Sacrificio a Mólek
Domingo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
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23 DE OCTUBRE
El río de otoño seguía hablándole de la muerte. Pero de otro modo. Primero era negro y le decía: puedes acabar con ello, puedes correr sobre el delgado hielo tan lejos como seas capaz hasta que se rompa. Ahora el río le dice: tú, niña mía, sólo eres un parpadeo. Eso era un consuelo.
La fiscal del distrito Rebecka Martinsson dormía tranquila de madrugada. Ya no se despertaba como cuando la atacaba la angustia por dentro, la removía, la arañaba. Se acabaron los sudores, las palpitaciones.
No estaba ante el espejo del baño mirando sus negras pupilas, queriendo cortarse el pelo o prender fuego a algo, a sí misma.
Por el contrario, decía: «Todo está bien». A sí misma o al río, a veces a alguien que se atrevía a preguntárselo.
Estaba bien. Se ocupaba de su trabajo, limpiaba la casa. No tenía siempre la boca seca ni le salían sarpullidos por las medicinas. Dormía por la noche.
Incluso a veces se reía. Mientras, el río seguía bajando como había hecho generación tras generación, y así seguiría mucho tiempo después de que ella desapareciera.
Precisamente ahora, en una corta bocanada de vida, podía reírse y mantener limpia su casa, trabajar y fumarse en su porche un cigarrillo al sol.
Llegaría un momento en que no sería nada.
—¿No es cierto? —preguntó el río.
Le gustaba tener la casa limpia. Conservarla como en tiempos de su abuela. Dormía en la hornacina, en el barnizado sofá cama. En el suelo
había alfombras de trapos tejidas por su abuela. Las bandejas colgaban en la pared de una cinta bordada.
La mesa de alas abatibles y las sillas, todo pintado de azul, estaban gastadas donde las manos habían descansado, donde los pies se habían apoyado. En el estante de la pared se apretaban el sermonario de Laestadius, el libro de salmos y treinta años de viejos ejemplares de las revistas Hemmets Journal, Allers y Land, las dos primeras para mujeres, la última de agricultura. En el armario de la ropa de cama había desgastadas sábanas planchadas.
A los pies de Rebecka dormitaba su cachorro Jasko. Se lo había regalado el policía Krister Eriksson hacía un año y medio. Un bonito pastor alemán. Dentro de poco un chico mayor, por lo menos eso era lo que él creía. Levantaba la pata tan alto cuando orinaba que casi perdía el equilibrio. Cuando dormía soñaba que era el rey de Kurravaara. Se le movían las patas al soñar que corría detrás de aquellos irritantes roedores que ocupaban su tiempo con tentadores olores pero que nunca se dejaban atrapar. Gruñía y la boca se le movía cuando los cogía por el lomo con un sonido de algo que se rompe. Quizá soñaba también con todas las hembras de la zona, que respondían a las cartas de amor que les dejaba al orinar en cada hierba a lo largo del día. Pero cuando el rey de Kurravaara se despertaba no era más que Mocoso, y las hembras no aparecían.
El otro perro de Rebecka nunca se tumbaba en su cama, tampoco en sus rodillas como solía hacer Mocoso. La hembra Vera —una mezcla de razas
— se dejaba acariciar un momento, pero nunca aceptaba largas demostraciones de ternura.
Dormía bajo la mesa de la cocina. No estaban claras ni la edad ni la raza. Antes había vivido con su amo en medio del bosque, un hombre solitario que se hacía su propio aceite contra los mosquitos e iba desnudo en verano. Cuando lo asesinaron, la fiscal Martinsson la acogió; iban a sacrificarla, Rebecka no pudo soportar la idea y Vera la acompañó a su casa y allí se quedó.
De todos modos, no era exactamente así. La perra iba y venía según le apetecía, y hacía que Rebecka tuviera que salir a buscarla por la carretera
que llegaba hasta el pueblo o a través de los patatales, hasta el embarcadero.
—No sé cómo dejas que se vaya por ahí —le decía su vecino Sivving
—. Ya sabes cómo es la gente. Acabarán disparándola.
«Protégela —pedía entonces Rebecka a un Dios en el que a veces tenía esperanzas—. Y si no lo haces, que sea rápido. Porque no puedo impedirle que se vaya, no puedo, no es mía».
Las patas de Vera no se movían cuando dormía, no corría en sueños detrás de los atractivos olores. Lo que Mocoso soñaba, ella lo hacía cuando estaba despierta. En invierno oía los ratones de campo debajo de la nieve, metía el hocico y los atacaba como hacen los zorros, o se daba impulso y los mataba a pisotones con las patas delanteras. En verano saqueaba sus madrigueras, se comía las desvalidas crías y también el estiércol de los campos. Sabía qué tierras y qué casas debía evitar, por allí pasaba deprisa, al lado de las acequias. Y sabía dónde la invitaban a bollos de canela y a carne de reno.
A veces se quedaba quieta mirando fijamente hacia el noreste, y a Rebecka se le ponía la piel de gallina. Porque allí estaba su antigua casa, donde el río, arriba, en Vittangijärvi.
—¿Lo echas de menos? —le preguntaba entonces Rebecka. Y se sentía agradecida de que sólo el río la oyera.
La perra se despertó y se sentó en el suelo junto a la cabecera de la cama, mirando a Rebecka. Cuando esta abrió los ojos, Vera empezó a dar golpes con el rabo contra el suelo, animándola.
—Bromeas —suspiró Rebecka—. Es domingo. Estoy durmiendo.
Se tapó la cabeza con el edredón. Vera apoyó la suya en el borde de la cama.
—Vete —ordenó Rebecka bajo la ropa, aunque sabía que era demasiado tarde, ya se había despertado por completo—. ¿Quieres salir a hacer pis?
Cuando oía la palabra «pis», Vera solía ponerse junto a la puerta. Pero hoy no.
—¿Es Krister? —preguntó Rebecka—. ¿Está Krister de camino?
Parecía que Vera supiera cuándo Krister Eriksson se sentaba en el coche en la ciudad, a quince kilómetros de distancia del pueblo.
Como respuesta a la pregunta de Rebecka, Vera salió trotando hasta la puerta y se tumbó a esperar.
Rebecka cogió la ropa que estaba en una silla al lado del sofá cama y la metió un momento debajo del edredón antes de vestirse. La casa estaba helada después de la noche y era insoportable levantarse y ponerse la ropa tan fría.
Sentada en el váter, los dos perros se colocaron delante de ella. Mocoso le puso la cabeza sobre las rodillas para que le rascara.
—Vamos a desayunar —dijo Rebecka alcanzando el papel higiénico.
Los perros salieron corriendo hasta la cocina. Pero al llegar a sus cuencos pareció que se dieran cuenta de que la hembra alfa se había quedado en el baño y volvieron hasta ella. Rebecka había acabado y, tras tirar de la cadena, se lavó deprisa las manos con el agua fría del grifo.
Después de desayunar, Mocoso volvió al calor de la cama.
Vera se tumbó sobre la alfombra de trapos junto a la puerta de entrada, puso su delgado hocico sobre las patas y dejó escapar un profundo suspiro de melancolía.
Diez minutos más tarde se oyó el ruido de un coche que entraba en el jardín.
Mocoso saltó disparado de la cama, de tal manera que el edredón salió volando. Se metió debajo de la mesa de la cocina, fue hasta Rebecka, luego hasta la puerta y deshizo el mismo camino otra vez. Arrugó las alfombras de trapos, resbaló por el barnizado suelo de madera y volcó las sillas de la cocina.
Vera se había levantado y esperaba paciente a que la dejaran salir.
Movía la cola de alegría pero sin aspavientos.
—Es que no entiendo lo que queréis —dijo Rebecka fingiendo inocencia—. Tenéis que hablar más claro.
Mocoso gemía, aullaba y miraba la puerta pidiendo algo. Fue hacia allí y volvió de nuevo hasta Rebecka.
Esta se dirigió a la puerta infinitamente despacio, a cámara lenta. Miró de nuevo a Mocoso, que temblaba y ladraba de excitación. Vera se sentó a
esperar qué pasaba. Entonces Rebecka le dio la vuelta a la llave y abrió la puerta. Los perros salieron corriendo por la escalera.
—Vaya, eso es lo que queríais —dijo riendo.
El policía e instructor canino, Krister Eriksson, aparcó su coche delante de la casa de Rebecka Martinsson. En la distancia había visto luz en las ventanas de la cocina en el piso de arriba y sintió una gran alegría.
Abrió la puerta del coche en el mismo momento en que los perros de Rebecka salían afuera corriendo.
Primero llegó Vera moviendo los cuartos traseros. Doblaba el lomo loca de contento.
Los dos perros de Krister, Tintin y Roy, eran dos bonitos pastores alemanes de pura raza muy trabajadores y disciplinados. Sus compañeros de la ciudad hablaban de los perros de Krister. Mocoso era hijo de Tintin. Sería precioso.
Y luego estaba Vera, un perro de campo. Delgada como un clavo, una oreja tiesa y la otra doblada y una mancha negra alrededor de un ojo.
Al principio Krister había intentado educarla. Sit, le decía. Ella lo miraba a los ojos y ladeaba la cabeza: «Si entendiera lo que me quieres decir… Pero no me voy a comer esa golosina de hígado». Estaba acostumbrado a que los perros lo obedecieran. Pero a Vera ni siquiera podía sobornarla.
—¡Hola, gamberra! —dijo estirándole de las orejas y acariciando la delgada cabeza—. ¿Cómo puedes estar tan flaca con lo que comes?
Se dejó acariciar, pero sólo un poco. Después cedió el sitio a Mocoso, que se movía entre las piernas de Krister como si tuviera el cuerpo lleno de hormigas y hacía ochos mientras corría. No se estaba quieto y Krister no podía acariciarlo. Se tumbó rendido y se puso de nuevo de pie, volvió a correr entre las piernas del hombre y se tumbó de nuevo de espaldas, dio vueltas, corrió a buscar una piña con la que quizá pudieran jugar, la dejó a los pies de Krister, le lamió la mano y finalmente se tumbó con un gran bostezo para dejar salir todos aquellos sentimientos que lo desbordaban.
Rebecka salió al porche. La miró. Qué guapa. Los brazos cruzados y los hombros subidos hasta las orejas para mantener el calor. El contorno de sus pequeños pechos se dibujaba debajo de la camiseta de estilo militar. El pelo largo y oscuro despeinado de recién levantada.
—¡Hola! —la saludó—. Qué bien que te levantes temprano.
—Qué gracia, temprano —le respondió Rebecka—. Es esa perra. Estáis en connivencia de alguna manera, me despierta cuando estás viniendo hacia aquí.
Krister se echó a reír. La alegría y el dolor cogidos del brazo. Ya tenía novio, el abogado de Estocolmo.
«Pero soy yo el que va al bosque con ella —pensó—. Soy yo quien quita la nieve de su jardín y le cuida los perros. Cuando se va con él, claro.
Pero es igual. Tomo lo que me dan —se dijo como si fuera un mantra—.
Tomo lo que me dan».
—Bien hecho —le susurró a Vera—. Debes despertarla. Y al abogado le puedes morder en la pierna.
Rebecka miró a Krister y sacudió un poco la cabeza, sorprendida. No le había dicho abiertamente que estaba enamorado de ella, tampoco la presionaba. Pero siempre se permitía mirarla largo y despacio. Sonreía y la observaba como si fuera un milagro. Sin preguntar primero, iba a su casa y la llevaba al bosque. Si no estaba Måns, naturalmente. Cuando estaba, se mantenía alejado por completo.
A Måns no le gustaba Krister Eriksson.
—Parece un marciano —solía decir.
—Sí —respondía Rebecka.
Porque era verdad. Una grave quemadura le había desfigurado terriblemente cuando Krister era joven. No tenía orejas, la nariz era un agujero en la cara y la piel un gran mapa rosa y marrón.
«Sin embargo, tiene un cuerpo fuerte y flexible», pensó ella mientras Mocoso le lamía la cara al hombre. Los perros sabían qué tacto tenía aquella piel.
—Sólo para que lo sepas —dijo sonriendo dulcemente—, ayer se pasó toda la tarde en el montón de estiércol de Larsson escarbando entre la
mierda de vaca seca y se comió los gusanos blancos que había dentro.
—¡Aggg! —dijo asqueado Krister cerrando la boca e intentado apartar a Mocoso.
Vera levantó la cabeza, miró hacia el camino y dio un ladrido.
Los perros de Krister también empezaron a ladrar dentro del coche.
Todos menos ellos hacía rato que se lo estaban pasando bien.
Al cabo de unos segundos vieron al vecino de Rebecka, Sivving, junto a los buzones.
—¡Hola! —los saludó—. Hola, Krister, me pareció oír tu coche.
—¡Por Dios! —murmuró Rebecka—, hace un momento tenía yo una apacible mañana de domingo.
Vera fue trotando a saludar a Sivving. Él andaba todo lo deprisa que podía, que no era mucho. La parte izquierda de su cuerpo no quería acompañarlo del todo y arrastraba el pie mientras el brazo le colgaba sin fuerza al lado.
Rebecka vio que Vera le quitaba un guante a Sivving y daba una vuelta a su alrededor, tan despacio y tan cerca que él consiguió cogerle de nuevo el guante.
—¡Maldito perro! —le oyó decir con una voz llena de calidez.
«Pues conmigo no juega nunca», pensó Rebecka.
Sivving llegó hasta ellos. Todavía era un hombre grande, alto; una persona que inspiraba respeto, con el pelo blanco y despeinado como la bola de un diente de león.
—¿Podríamos ir a ver a Sol-Britt Uusitalo? —preguntó sin rodeos—.
He prometido ir a comprobar si le pasa algo. Me han llamado de su trabajo intranquilos. Vive por Lehtiniemi.
A Rebecka no le gustó aquello.
«Siempre me involucra en algo —pensó—. Le promete cosas a la gente y después viene a casa pronto por la mañana, aunque sea domingo».
Krister abrió la puerta del copiloto.
—Entra —le dijo a Sivving echando hacia atrás el respaldo para que al anciano le resultara más fácil sentarse.
«Es buena persona —pensó Rebecka—. Bueno y considerado». Sintió remordimientos de conciencia.
—Ann-Helen Alajärvi, ya sabes quién es, la hija de Gösta Asplund —
dijo Sivving mientras luchaba por pasar el cinturón de seguridad por encima de su gran barriga—. Trabaja sirviendo desayunos con Sol-Britt en el Vinterpalatset. Me llamó intranquila. Sol-Britt debería haber llegado al trabajo a las seis de la mañana. Le prometí ir a ver qué pasa. Quería salir con Bella, y entonces vi que llegaba Krister. Iría bien que tú también vinieras, Rebecka —añadió—. Por si es necesario forzar la cerradura.
Los miró satisfecho. Una fiscal y un policía.
—Las cosas no funcionan así —dijo Rebecka.
—Claro que funcionan así —respondió Krister riendo—. Rebecka se sube al tejado y se mete por la ventana y yo me abalanzo contra la puerta.
Se dirigieron a Lehtiniemi.
—¿Conoces bien a Sol-Britt? —preguntó Krister.
Rebecka iba sentada en la parte de atrás con Vera y Bella, la hembra braco alemán de Sivving. Mocoso tuvo que compartir jaula con los perros de Krister.
El coche olía a perro, y además a Bella, que se mareaba, le caían unas largas hileras de baba.
—En realidad, no —respondió Sivving—. Es más joven que yo. Vive un poco lejos. Pero como siempre ha vivido aquí, nos saludamos cuando nos vemos. Hace un tiempo tenía problemas con el alcohol, no era extraño que a veces faltara al trabajo. Los compañeros lo sabían. Un día apareció en mi porche y me pidió que le prestara dinero. Me negué, pero le dije que la invitaba a comer si quería. No quiso. Bueno, pues hace tres años atropellaron a su hijo y murió. Tenía treinta y cinco años, trabajaba en una fábrica de Jukkasjärvi donde cortan el hielo en bloques. Una promesa del esquí cuando era joven, incluso ganó una competición regional a los diecisiete. Dejó huérfano a un niño, de unos tres o cuatro años. ¿Cómo se llama…?
Sivving se quedó callado sacudiendo la cabeza, como para que le saliera el nombre del chiquillo. No podían continuar sin recordar aquel nombre.
«Dios santo, lo que habla…», pensó Rebecka mirando por la ventanilla.
Al final se acordó:
—¡Marcus! Eso es otra historia. La madre se había ido a vivir a Estocolmo hacía mucho tiempo. Tenía otro compañero y dos críos más con él. Fue rápido. Se marchó cuando Marcus acababa de cumplir un año, y fue a vivir directamente con el nuevo novio; enseguida tuvo los otros hijos, así que no tenía mucho interés en hacerse cargo de su primer chaval. Sol-Britt estaba indignada, aunque contenta de que Marcus se quedara con ella. Y fue como volver a empezar. Iba a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y dejó de beber. Cuando llamó Ann-Helen esta mañana le pregunté si creía que Sol-Britt había recaído. Pueden suceder muchas cosas. También resbalarte con la alfombra y darte con la cabeza en la mesa. Pueden pasar días antes de que alguien te encuentre.
Rebecka no dijo: «La verdad es que por eso mismo voy a verte por lo menos una vez al día». Se dio cuenta de que Krister le echaba una mirada rápida a través del espejo retrovisor.
—Ya. ¿Has cogido moras del pantano este año? —preguntó el policía.
—Parece ser que este año nadie ha encontrado nada. Hay pocos insectos. Tengo localizadas algunas turberas por Rensjön, donde suelo ir.
Allí siempre hay. Pero no, este año no. Anduve varias horas y apenas llené el culo del cubo. Pero hay como una pista de osos a lo largo del lago.
Estuve por esa zona hace unos cuatro años porque pensé que en aquel camino debería haber, pero no encontré ni una sola baya. Y este año, cuando no había moras en ninguna parte, pensé en ir a ver si había alguna por allí. ¡Y estaba lleno! Era como una alfombra. No tenía más de quince metros de ancho y cien de largo, pero estuve cogiendo durante dos horas y conseguí siete u ocho litros.
—¡Guau! —exclamó Krister impresionado.
Rebecka aprovechó para dejar volar los pensamientos. Le gustaba que Krister se mostrara contento e interesado para que Sivving hablara cuanto quisiera. Lo hacía más por eso que porque los perros necesitaran pasear.
—Claro que con este brazo no es fácil —continuó Sivving—. Antes sí, cuando Maj-Lis y yo íbamos a buscar bayas en Pauranki. Puede que fuera
en el noventa y cinco: en ocho horas cogí ciento cincuenta y cinco litros de arándanos azules. Crecían por todas partes. En las lindes de las turberas, en el campo seco y en los claros donde habían talado. Había tantos que las ramitas se doblaban. Primero sólo se veía lo verde y tenías que levantar las ramas para cogerlos. Unas bayas enormes que habían recibido mucho sol y estaban muy dulces. ¡Aquí es! No es necesario que metas el coche en el jardín. Párate ahí mismo.
«Por fin», pensó Rebecka.
Sivving señaló una casa al lado de la carretera. Tenía dos plantas y era de madera pintada de amarillo. Construida en la primera mitad del siglo XX, en la parte delantera había un balcón de hierro, encima de la puerta principal. Estaba en tal estado que no parecía habitable. No había porche; dos trozos de tarima de madera, uno sobre otro, hacían de escalón hasta la puerta. Probablemente habían derribado el viejo porche y no volvieron a levantarlo. No había césped, la casa estaba sobre una especie de delicado prado que crecía sobre la tierra arenosa. Un reloj de sol y un mástil cuya pintura se había desconchado parecían abandonados en el centro del jardín.
En un tendedero estaba tendida una funda de edredón helada y el almohadón, testigos de que habían empezado las noches frías.
—Me pregunto si no fue ese mismo año cuando cogí tantas moras —
continuó Sivving, de buen humor con los recuerdos de las bayas y poco dispuesto a acabar la historia—. Salí a finales de otoño. Debían cogerse bien avanzado el día porque el frío de la noche ya había empezado y por la mañana las bayas estaban heladas.
Rebecka se removió en el asiento. A ver si iba a ver a Sol-Britt de una vez y se podían ir al bosque después.
«Tiene que llegar al final de la historia —se dijo a sí misma—. Deja que acabe».
—Un día cogí veinticuatro litros —continuó Sivving—. Le di dos litros a la hermana de Maj-Lis, la de Pajala. Tenía unos familiares finlandeses de visita. Estaban muy satisfechos porque habían recogido cinco litros. Gunsan dijo: «Conozco a uno que ha cogido veinticuatro». Sitä ei voi, dijeron. «No puede ser». «Este puede», respondió Gunsan.
Se interrumpió y observó la casa. Estaba todo en silencio.
—Bueno, voy a entrar a ver —dijo después—. Me esperáis, ¿verdad?
Sivving abrió la puerta de la casa sin llamar, como era costumbre en el pueblo.
—¡Hola! —gritó sin obtener respuesta.
El recibidor daba a la cocina. Estaba todo ordenado y limpio. El fregadero metálico relucía. Había un pequeño trapo con un jarrón vacío encima. La vajilla recogida. Las baldosas blancas estaban decoradas con pegatinas de cuatro frutas y flores amarillas y marrones que se repetían.
Se quedó un momento de pie y pensó en su mujer, Maj-Lis. Ella tampoco hubiera dejado ni siquiera un vaso en el fregadero. Todo debía hacerse hasta el final. Secarlo con el trapo y guardarlo en el armario.
Cuando fregaba él, por mucho cuidado que pusiera en ello, ella siempre tenía que ir detrás con un trapo para acabar el trabajo.
«No es lo mismo sin Maj-Lis», se dijo.
Nunca había imaginado que ella moriría antes que él. Tenían la misma edad. Todas esas malditas investigaciones dicen que las mujeres viven más que los hombres. ¿Por qué tuvo que ser Maj-Lis la excepción? Cuando murió, él planchó todos los trapos y puso ramas y flores en jarrones por toda la casa. Brezo, romero silvestre y calderones. Pero dio lo mismo. Daba lo mismo por mucho que él limpiara. La casa no volvió a estar viva, era como si no quisiera. No quería venderla pero tampoco soportaba vivir en aquel vacío, así que el sótano de la caldera, debajo de la vivienda, había sido la mejor solución.
«Menos que limpiar», les decía a los que preguntaban. ¿Cómo podía explicarle a la gente lo que él mismo no entendía?
Miró detenidamente la cocina de Sol-Britt: cortinas recogidas a los lados, detalles decorativos y muchas macetas en los alféizares de las ventanas. Pero las puertas de todos los armarios de abajo estaban abiertas.
«Qué extraño», pensó. Su cabeza buscó una explicación: igual había oído roer a un ratón e intentó localizarlo. O había estado buscando algo.
Algún detergente que no encontraba.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta. No se oía nada. ¿Debía entrar?
—¡Hola! —volvió a gritar—. ¡Sol-Britt!
Dudó. Entrar en el dormitorio de una mujer sin ser invitado… Igual estaba durmiendo la borrachera.
Ebria, medio desnuda, sin conocimiento. Él no la conocía y, aunque Ann-Helen creía que no, podría haber sufrido una recaída y entonces…
No le gustó la idea. Mejor que entrara Rebecka. Ella era mujer.
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En el camino, Rebecka y Krister habían salido del coche. Los perros estaban tranquilos. Dentro de poco podrían correr por el bosque.
Krister se sacó del bolsillo una cajita de tabaco prensado. Apretó un pellizco y se lo metió debajo del labio superior. Vio un ligero desagrado en la mirada de Rebecka.
—Ya lo sé… —dijo.
—Haz lo que quieras —dijo sonriendo—. No es asunto mío. Lo probé una vez y creo que nunca me he sentido peor.
Krister guardó la cajita de nuevo en el bolsillo. Después volvió a sacarla.
—Puedo dejarlo —proclamó.
—¿Por qué?
Miró hacia la pendiente.
Ella se quedó callada y miró también al mismo lugar. Después él sonrió de nuevo y señaló su labio.
—Mi última dosis.
Cogió la cajita de tabaco y la lanzó al fondo del bosque.
Sivving salió de la casa.
—¡No está en la cocina! —gritó volviendo la cabeza hacia la casa—. Y
no he querido entrar en el dormitorio. A lo mejor está durmiendo y se despierta de golpe con un hombre allí dentro. Para qué asustarla. ¿Qué decís vosotros? ¿Os parece que entre?
—Su coche está aquí —le dijo Rebecka a Krister.
Se miraron el uno al otro. No era nada extraño que la gente respirara por última vez mientras dormía.
Tintin soltó un ladrido penetrante y empezó a arañar la jaula.
—Bueno, entraré yo —decidió Rebecka.
Krister Eriksson la cogió del brazo:
—¡Espera! —le dijo mirando a Tintin.
El perro estaba de pie. El hocico iba de un lado a otro. Dio otro ladrido y volvió a arañar la jaula.
—Está marcando —dijo en voz baja—. Aquí huele a muerto. Ha venido de golpe. El aire es como un lago de sangre.
—¡Sivving! Iremos Krister y yo —gritó Rebecka—. Espera. No entres en la casa.
Rebecka entró con Krister Eriksson pegado detrás de ella. Gritó ¡hola!, pero todo estaba en silencio. Los armarios abiertos eran como bocas queriendo decir algo pero no pronunciaban ni una palabra.
«Un infarto —pensó Rebecka cuando iba hacia el dormitorio—. Se ha caído y se ha dado en la cabeza. Y si no está muerta, quizá está inconsciente».
Sol-Britt Uusitalo estaba tumbada de espaldas, en su cama. Tenía la cabeza vuelta hacia un lado, los ojos y la boca abiertos. Se le veía media lengua y un brazo le colgaba fuera de la cama.
Sólo llevaba puestas las bragas. El edredón estaba en el suelo, al lado de la cama. El cuerpo tenía puntos marrones de pequeñas heridas.
—Pero qué… —empezó a decir Rebecka.
Krister Eriksson entró y puso un dedo en el cuello de la mujer para cerciorarse. Algunas apáticas moscas abandonaron el cuerpo y se posaron en el techo. Krister le hizo un gesto de asentimiento a Rebecka.
Esta observaba el cuerpo de la mujer muerta. De algunas heridas le salían hilillos de sangre seca. Buscó en su interior algo que se pareciera a la indignación, al horror.
Pero no sintió nada.
Miró a Krister; estaba serio pero tranquilo. Sólo en televisión los policías vomitaban en el lugar donde encontraban el cuerpo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó ella escuchando su fría voz—.
¿Alguien la ha pinchado?
—¡Hola! —gritó Sivving desde fuera.
—¡Está aquí! —respondió Rebecka—. No entres.
—Mírale la cara —recomendó Krister Eriksson inclinándose sobre la mujer—. La mandíbula. Es como si alguien le hubiera arrancado la piel.
—Tenemos que irnos —dijo—. Y llamar a los técnicos y al forense.
—Mira la pared —dijo Krister.
Alguien había escrito, encima de la cabecera de la cama, PUTA en grandes letras negras.
Rebecka se dio la vuelta para salir. Sivving estaba al lado de la puerta de entrada lleno de intranquilidad.
—¿Qué ha pasado?
—Oh, Sivving —dijo Rebecka.
Alargó el brazo para tocarlo pero se arrepintió a mitad del movimiento y dejó caer la mano.
Así se relacionaba con él. Sus padres estaban muertos, su abuela también. Él era la persona más cercana que tenía en el mundo, pero nunca se tocaban, no era su manera de ser.
En ese momento sintió que debería haber convertido la caricia en un hábito.
«Podría haberle rozado como la abuela hacía conmigo —pensó—.
Como de pasada: una rápida palmada o una caricia cuando pasaba por la cocina; cuando me ayudaba con la cremallera o a ponerme las manoplas; cuando me quitaba la nieve en el porche».
Si lo hubiera hecho con Sivving quizá no se sentiría tan mal ahora.
Deseaba cogerle la mano, pero no era capaz.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? —preguntó Sivving—. ¿Ha pasado algo terrible? Está muerta, ¿verdad?
Krister había aparecido detrás de Rebecka. Miraba a Sivving.
—¿No dijiste que vivía con su nieto? —dijo en voz baja—. Marcus, se llama así, ¿no?
—Sí —respondió Sivving—. ¿Dónde está? ¿Dónde está el chico?
La inspectora de Policía Anna-Maria Mella miraba sorprendida a Gustav, su hijo pequeño. Parecía mentira que cupieran tantas palabras en un cuerpo tan pequeño. Empezaba a parlotear en cuanto abría los ojos por la mañana.
Estaba en la puerta del dormitorio de sus padres hablando mientras ella buscaba unos pantis en la cómoda.
Era el cumpleaños de la hermana de Robert, Junosuando. Pensaba ponerse falda. ¿Cómo era posible tener un cajón de la cómoda lleno de pantis y ningún par entero?
Además, la falda le iba estrecha. Apenas unos kilos marcaban tanta diferencia. Antes le quedaba bien en las caderas; ahora la cinturilla se le subía hasta debajo de las costillas en cuanto se movía. Le quedaba demasiado corta y enseñaba medio muslo.
«Como un pollo cebado», pensó mirándose abatida en el espejo.
—Mamá, ¿sabes una cosa? El hermano mayor de Malte tiene el Zelda Legend of the Hourglass. Y yo y Malte pudimos ver cómo jugaba y ha llegado muy lejos. Hay una cueva, y luego hay una puerta y ¿sabes qué se tiene que hacer para entrar por la puerta? ¡Mamá! ¿Lo sabes?
—No.
—Se tiene que hablar con un cartel y después se tiene que escribir allí, aunque no me acuerdo de qué se tenía que escribir, le preguntaré a Malte, y entonces… ¿Me escuchas?
—Mmm.
—Entonces se abre la puerta y se pasa por un puente y allí hay una espada. ¡Oh, lo que me gustaría tener una Nintento DS! ¿Me la puedes comprar?
—No. Vete a tu habitación y vístete. La ropa está en la silla.
«Agujeros en el talón —pensó tirando otro par al suelo—. Tengo los talones tan duros y con tantas grietas que agujereo los pantis».
Gustav todavía seguía en el dormitorio. Aunque ahora estaba andando a cuatro patas.
—Mira, puedo ponerme boca abajo, mírame cuando…
—Escúchame, muchachito. ¡A tu habitación! Y ponte la ropa. ¡Ahora!
Gustav se fue cabizbajo a su dormitorio.
«Estos —se dijo inspeccionando contenta un par de pantis con las manos—. ¡Están enteros!».
Empezó a ponérselos. Cuando se los pasó por el trasero se hizo una carrera. El siguiente par también estaba roto. Y otro más se rompió cuando ya lo había subido hasta las rodillas.
Se puso a hurgar en el cajón. Bragas, calcetines gruesos, pantis, todo mezclado. El polvo la hizo estornudar.
—¡Joder! —exclamó.
—¿Qué pasa? —preguntó su marido, Robert, que entró recién duchado.
—Se me ha escapado el pis —dijo Anna-Maria sentándose en el borde de la cama—. He estado buscando en el polvoriento cajón de los calcetines, he estornudado y se me ha escapado. Soy un desastre.
—¿Mucho?
—No, ¿qué creías? Sólo unas gotas. Pero aun así. Me rindo. Había pensado ponerme falda porque tus hermanas siempre van tan arregladas…
Pero voy a por unos pantalones y una compresa de las de astronauta.
—Cariño. Ven aquí que lo vea.
—Escúchame bien: si me tocas ahora, saco mi pistola.
Se levantó y extrajo un par de bragas de algodón y unos calcetines de invierno del cajón, se los puso, y luego unos vaqueros, todo en treinta segundos.
«Me da lo mismo —pensó—. Tampoco puedo competir con ellas».
Asomó la cabeza en la habitación de Gustav. Estaba haciendo el pino en la cama.
—Pero ¡vístete! No pienso insistir. Vístete, vístete, vístete. ¿Cuántas veces…?
—Sólo una vez, porque tengo que ganar a Lovisa en la escuela, porque tenemos una competición a ver quién puede estar más rato boca abajo y ella sólo quiere competir y competir porque yo la gano siempre. Dice que su récord es de treinta segundos. Jo, es muy difícil hacerlo en la cama porque es muy blanda. Quita el edredón y la almohada. Mamá, ¿me escuchas?
Quita…
—Ten, ponte el jersey antes de que me enfade.
Anna-Maria cogió a su hijo y le puso el jersey por la cabeza. Debería haberlo planchado. Y qué pelo tan largo llevaba, la madre de Robert se lo
diría. Debajo del jersey, Gustav seguía hablando sin parar.
—Pero, mamá, ¿tú crees que el récord de Lovisa es de treinta segundos…? Si en la escuela no puede hacer el pino ni tres segundos. Y
mamá, ¿sabes? ¿Has visto mi carta para Papá Noel?
—Mil veces. Y todavía falta mucho para Navidad. Ponte los calcetines.
—Pero ¡si no la has visto! Ayer escribí muchas cosas. Y se puede comprar todo por correo, en Ellos punto com. Aunque no es mi lista de Lego. También tengo una lista de Lego. ¡Ay, mis cejas! ¡Ayyy!
—Perdona.
La cabeza del crío apareció por el jersey. Lo ayudó también con los brazos.
—Me gustaría tener muchos Legos. Por ejemplo…
—¡Aquí! En mi lista está que te pongas los calzoncillos y los calcetines.
—¿Qué? ¿Es todo lo que quieres para Navidad? De acuerdo. Pero, mamá, todavía me gustaría ir a Ullared. Linus, de mi clase, ha estado allí y hay muuuchas cosas que se pueden comprar. ¿Y sabes cuántas señales de tráfico ya me sé? Quizá cien. Por ejemplo la que es azul, redonda y con una flecha dentro. Es muy fácil. Lo entendí enseguida. No he necesitado preguntártelo a ti ni a papá. Signicica que se tiene que ir por allí, es decir, hacia donde va la flecha. Y si hay flechas en un círculo redondo ¿sabes que signicica?
—¡Pantalones, ya!
—Sí, ya me los pongo. ¡ Signicica glorieta!
—Se dice significa —aclaró Peter, que pasaba por delante de la habitación de su hermano pequeño camino de la cocina.
Anna-Maria le puso los pantalones a Gustav y lo llevó hasta la cocina mientras él explicaba el significado de más señales de tráfico y daba lecciones del arte de la espada que Link recibe de Oshus cuando sale de la cueva. Lo aparcó delante de un plato de leche ácida y cereales y una tostada, y de espaldas a su hijo, le hizo un gesto a su marido de haz-el-favor-de-hacerte-cargo-de-él-antes-de-que-yo-haga-una-barbaridad. Robert ya estaba sentado a la mesa desayunando con la mirada fija en el semanario de anuncios Annonsbladet.
Su hija Jenny, de dieciséis años, estaba sentada inmersa en su libro de física. Anna-Maria hacía tiempo que había perdido la esperanza de poder ayudarla con los deberes del colegio; la puntilla fue un examen de geometría euclídea.
Peter, el de once, miraba su plato de leche con expresión de víctima.
—No tengo cuchara —se quejó.
—Pero a lo mejor tienes piernas —replicó Anna-Maria echándose café en la taza. Luego se sentó, cansada.
—Mamá, ¿sabes una cosa? —empezó Gustav, que había estado callado cinco segundos porque Anna-Maria le había metido una cucharada de leche en la boca.
—¿Puede hacer alguien que se calle? —preguntó Jenny—. Intento estudiar. Mañana tengo un examen.
—Te callas tú —respondió Gustav furioso—. ¡Me has interrumpido!
—Te prohíbo que hables conmigo —dijo Jenny tapándose los oídos.
—Si me regaláis el Lego del halco numeleo para Navidad estaré callado un mes entero. Mamá, ¿me lo compraréis?
—Se llama Halcón Milenario, tonto —le dijo Peter—. Mamá, ¿sabes lo que cuesta? Cinco mil novecientas noventa y nueve coronas.
—Venga ya —respondió Anna-Maria—. ¿Quién compra un Lego por seis mil coronas? No puede ser.
Peter se encogió de hombros.
—¡Tú sí que eres tonto! —gritó Gustav.
Peter hizo una serie de gestos con los dedos. Entre otros había una peineta y juntos significaban: es lo que hay y si no…
—Vale ya —gritó Gustav casi llorando—. No me hagas eso, ¡tonto gordo!
—Pero ¿podéis callaros? —gritó Jenny—. ¿Sabéis qué? No voy con vosotros. Tengo un examen mañana. ¿Podéis entenderlo?
Gustav le dio un empujón a su hermano. Le salían brillantes lágrimas de los ojos. Peter se reía burlón y Gustav empezó a darle puñetazos.
—¡Ay! —gimió Peter con voz aguda y estudiada.
Robert levantó la vista del periódico.
—Metedlo todo en el lavaplatos —dijo, al parecer inmutable ante la guerra mundial que acababa de iniciarse.
Jenny se levantó, cerró de golpe el libro y gritó:
—¡Ya voy!
En ese momento empezó a sonar el teléfono de Anna-Maria. Estaba en alguna parte, pero ¿dónde? Se oía no muy lejos.
—¡Por favor, callad! —gritó—. ¿Puede alguien encontrar mi teléfono?
Se levantó y escuchó hasta llegar a un montón de ropa que había en la silla del recibidor, una silla antigua con un armarito debajo donde se guardaba paja para los zapatos.
El silencio reinaba en la cocina. Su familia la miró. No fue una conversación larga.
—Sí —dijo—. ¡Joder! Ahora voy.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Jenny—. Venga, mamá, sabes que no se lo contamos a nadie.
—¿Ha muerto alguien? —preguntó Gustav—. ¿No será nadie que yo conozca?
—No es nadie que tú conozcas —respondió Anna-Maria.
Se volvió hacia Robert.
—Tengo que irme. Id…
No acabó la frase, pero con un gesto de la mano abarcó el desayuno, el jaleo de la cocina y los niños, la familia de Robert y el viaje en coche con todos los críos Junosuando de ida y vuelta.
Notó el rubor que aparecía en sus mejillas.
«Un arma punzante y fina», pensó.
El corazón le latía intranquilo en el pecho.
Muchas punzadas. Quizá cien. ¡Y ha tenido que ser en Kurravaara!
—Dadle recuerdos a Ingela —les dijo a los niños.
Se volvió hacia Robert y bajó la comisura de los labios para intentar hacer una convincente mueca de desilusión.
—Y a la abuela —continuó—. De verdad que…
—No sigas —respondió Robert.
La atrajo hacia sí y la besó en el pelo.
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Sivving no podía estarse quieto. Mecía su peso de un lado a otro y mantenía la mirada en el bosque.
—Lo encontrarás —le dijo a Krister Eriksson—. Estoy seguro.
Seguían en la parte delantera de la casa de Sol-Britt Uusitalo. Los técnicos y el forense estaban de camino. Krister miró de reojo a Rebecka.
Todavía hablaba por teléfono.
Habían buscado al niño. En su habitación del piso de arriba estaba la cama revuelta. Habían mirado en la leñera y en el viejo almacén, y rodearon toda la casa. Le llamaron, pero Marcus no aparecía.
Krister Eriksson emitió un sonido como respuesta. Le puso el chaleco de trabajo a Tintin. Sivving se fue detrás de él.
Krister estaba acostumbrado. Siempre había gente andando a su alrededor: padres de niños desaparecidos en el bosque, niños adultos cuyos padres seniles habían salido a andar y habían desaparecido, compañeros.
Todos los que iban con él querían un final feliz. Él y Tintin eran su esperanza.
Pero Tintin no sabía qué era la intranquilidad ni la indecisión. Gemía de ganas de salir, contento por empezar a trabajar.
Krister se sintió afectado de golpe. No quería encontrar muerto al niño.
Podían haber pasado tantas cosas… La imaginación le daba muchas alternativas al final feliz: alguien lleva al niño hasta un coche. Él se agita en los brazos del agresor. Tiene una herida sangrante en la cabeza y un trapo dentro de la boca. Otro escenario: un loco mata a punzadas a una mujer en su cama. El niño se despierta, le pinchan a él también pero en la oscuridad consigue huir. Anda un rato, muere solo en el bosque.
Tendría que haber ido al bosque con Rebecka y los perros, era uno de los últimos días del año que se puede pasear por el bosque. Dentro de poco llegaría la nieve.
De todas formas, se habían sentido aliviados al no encontrar al niño pinchado hasta la muerte en su cama. En el suelo había un jersey gastado y negro con un dibujo. Seguramente lo llevaba puesto el día anterior. Krister
dejó que Tintin lo oliera bastante rato, después le dio la orden de búsqueda.
Empezaron dando una vuelta a la casa por fuera. La correa iba tirante. Al llegar a la parte de atrás la perra fue hacia el campo, el hocico rozando la hierba debilitada de otoño. Corrió a través de los rojos serbales y se adentró en el bosque, bajó al arroyo, subió de nuevo y pasó al lado de una vieja bañera medio enterrada entre el musgo. Dejaron atrás un montón de tablas tapadas con un toldo verde.
Luego levantó el morro. Las huellas olfativas en el aire siempre eran frescas. Tenían que estar cerca. Lo llevó hasta los pinos, por un sendero estrecho, desde donde ya no se veía la casa.
Y allí, un poco más allá, había una cabaña. Si se le podía llamar así. La penosa construcción estaba hecha con planchas de conglomerado pintadas con el rojo de las minas de cobre y el techo era de cartón alquitranado. La ventana se había roto hacía tiempo y estaba tapada con plástico transparente de los que se usan en las obras.
Krister tardó un segundo. Tintin tiraba de la correa gimiendo.
Había encontrado a niños muertos antes. Recordaba a una niña de doce años que se había suicidado. Fue por la zona de Kalix. Cerró los ojos con fuerza para apartar su imagen: estaba sentada junto a un árbol, parecía que estuviera durmiendo porque la cabeza no había caído de lado.
Tintin la encontró después de buscar durante tres horas. Y dado que a Tintin no le gustaban las golosinas para perros y tampoco comía en exceso, la premió como siempre lo hacía cuando llevaba a cabo un trabajo satisfactorio, jugando con ella. Era el mejor premio que le podían dar. Y era importante que viviera como algo placentero que la búsqueda tuviera éxito.
La niña muerta seguía sentada junto al árbol mientras Krister jugaba con Tintin y le decía: «Chica lista. Ahora sí que voy a pillar a mi chica lista».
Llegaron dos compañeros. Vieron a la niña muerta y después miraron a Krister como si no estuviera en sus cabales. Krister cogió a Tintin de la correa y se fue de allí. No intentó explicar nada. ¿Por qué iba a hacerlo? De todas formas no lo hubieran entendido. Pero se habló bastante de él en Kalix.
El niño estaba en la cabaña. Casi seguro. Tintin gemía y tiraba de la correa. Quería ir hasta allí. Estaba claro. Tenía que entrar a ver.
En el suelo había un colchón viejo floreado. En una mesa pequeña, un montón de latas vacías. Alguien solía beber cerveza y manosearse allí dentro. Pero ahora en el colchón había un pequeño cuerpo con un viejo y sucio edredón y varias mantas encima.
—¡Bien, bonita! —alabó a Tintin.
La perra giró sobre sí misma, a punto de explotar de orgullo.
Krister levantó las mantas y el edredón. Con cuidado, le puso la mano en el cuello. La piel estaba caliente. Notó el pulso. Vio el jersey blanco y los pies descalzos. No había sangre. Parecía ileso.
El alivio fue tan grande que Krister se puso a temblar, sentía escalofríos.
Estaba vivo.
En ese mismo momento el niño abrió los ojos lleno de espanto y miró fijamente a Krister.
Después dio un grito horrible.
Sivving dio otra vuelta alrededor del coche, arrastrando su lado paralizado.
«Dentro de poco se caerá —pensó Rebecka— y yo no podré levantarlo».
—¿Por qué no te sientas? —le dijo.
—Se nota que no ha tenido un compañero desde hace tiempo —dijo Sivving, que no parecía escucharla—. Mira la valla. En invierno la nieve la hará caer. ¿Cómo crees que le va? —Señaló con el brazo hacia el lugar donde Krister había desaparecido con Tintin.
Rebecka miró la valla que se balanceaba de un lado a otro. Los postes se habían podrido. No dijo nada respecto a que su valla estaba recta a pesar de la ausencia de un habilidoso hombre en la casa y tampoco mencionó que había unos cuantos solterones en el pueblo cuyas vallas se habían rendido hacía tiempo.
—¿Dijiste que a su hijo lo atropellaron? —preguntó.
—Sí, Dios mío —respondió Sivving, y se detuvo un momento—. Pobre chiquillo. Primero se va su madre a Estocolmo. Después atropellan a su padre. Y ahora a su abuela…
—¿Cómo lo atropellaron?
—No lo saben. Fue uno de esos que se dan a la fuga. Creo que me voy a sentar un rato. ¿Puedo? ¿No habrá un montón de huellas que…?
—Te puedes sentar en el coche. Echaré el asiento del conductor hacia atrás y podemos dejar la puerta abierta. Y podrías explicarme lo que sabes de Sol-Britt.
Sivving se sentó mientras se secaba la frente. Rebecka sentía la necesidad de hacer lo mismo.
—Bueno, la muerte de su hijo. A veces pienso que pudo haber sido alguien del pueblo. Se sabe que este y aquel conducen borrachos, les entra el pánico y huyen. O quizá ni siquiera se den cuenta.
Bella y Mocoso se movían inquietos dentro de la jaula; les habían dicho que iban a ir al bosque. Vera estaba tumbada en el asiento de atrás, suspirando.
—Y el padre de Sol-Britt el otoño pasado —continuó Sivving—.
Aquello fue otra historia. Pero ya la habrás oído.
—No.
—Claro que sí. Lo atacó un oso. Oh, Dios mío, ¿cuándo fue? Mi memoria falla, ya sabes. ¡A principios de junio! ¡Salió en el periódico! Era viejo y creyeron que se había perdido. Lo buscaron pero no lo encontraron.
Hará sólo un par de meses, cuando mataron un oso en la zona de Lainio. Se había comido a un perro que estaba atado y en la barriga del oso encontraron un trozo del hombre, Frans Uusitalo, el padre de Sol-Britt. El oso se lo había ido comiendo durante el verano.
—Sí, lo leí en la prensa. ¿Era el padre de Sol-Britt?
Sivving la miró acusador.
—Estoy seguro de que te lo he explicado pero lo has olvidado.
Se quedó callada un momento. Dejó escapar los pensamientos.
Recordaba a un hombre atacado por un oso en Lainio. Cuando encontraron
el hueso de una mano dentro del animal, buscaron por la zona. Al final encontraron el cuerpo, o lo que quedaba de él.
De vez en cuando, los osos atacaban a la gente, si se interponían entre una hembra y sus crías. O si tenías un perro idiota que se ponía a perseguir al oso y luego volvía con el oso en los talones, buscando protección al lado de su dueño.
—Y a su madre —continuó Sivving—. Es decir, la abuela de Sol-Britt.
También la asesinaron.
—¿Cómo?
—Era maestra en Kiruna. ¿Cuándo fue eso? Sería justo antes de la Primera Guerra Mundial. Fue maestra de mi tío. Dulce como un caramelo, decía siempre. Buena con los niños. Tuvo un hijo aunque no estaba casada, el padre de Sol-Britt, al que atacó el oso. Cuando el niño apenas tenía unas semanas, la asesinaron. Una historia terrible. La mataron a golpes en su propia aula, una noche de invierno. Pero hace mucho tiempo de eso.
—¿Quién la mató?
—Tampoco se supo nunca. Su amiga cuidó del chiquillo y lo educó como si fuera propio. No era fácil en aquellos tiempos.
Lo último lo dijo como un reproche.
Rebecka pensó en la madre de Sivving, que pronto se quedó viuda y tuvo que sacar a los niños adelante ella sola.
«Sé que yo vivo bien —pensó—. Podría tener hijos y no nos faltaría de nada. Tendrían un techo bajo el que vivir, el estómago lleno e irían a la escuela. No tendría que abandonarlos».
Miró al anciano. Sabía que había luchado frente a frente con la pobreza.
A veces decía: «Igual podríamos haber acabado en un orfanato».
«No todo era mejor antes», se dijo Rebecka.
15 de abril de 1914. La maestra de escuela Elina Petersson va en el tren procedente de Estocolmo; se dirige a Kiruna. El viaje dura treinta y seis horas y veinticinco minutos, según el horario, aunque van retrasados por culpa de la gran cantidad de nieve que hay en la vía. Ha pasado dos noches
en el tren y le duele el trasero de haber ido sentada durmiendo, pero dentro de poco llegará a su destino.
Cuando mira a través de la ventanilla ve un sotobosque aplastado por la nieve. Pantanos y lagos cubiertos de nieve. Los rebaños de renos, que miran con los ojos muy abiertos pero al parecer sin miedo, observan el tren chirriante, jadeante, humeante. De vez en cuando deben desenganchar los vagones y la máquina tiene que echar marcha atrás para tomar impulso y que el quitanieves de la máquina pueda quitar la nieve de la vía.
Cuánta nieve y cuánto bosque. Suecia es increíblemente larga. Nunca antes había estado tan al norte. Nunca nadie que ella conozca ha estado tan al norte.
El sol calienta a través del cristal. Destellos hechos con algún cristal se posan sobre los asientos tapizados y corren por la felpa de los dibujos verdes y azules. La luz es tan fuerte que apenas se pueden abrir los ojos, pero no quiere bajar la cortina. Es todo tan bonito.
Se siente libre. Acaba de cumplir veintiún años ¡y va camino de Kiruna!
El lugar más moderno del mundo. Ella pertenece a eso, a los tiempos modernos.
En sólo unas décadas, Suecia ha resucitado de la miseria. No hace mucho que las vacunas, la paz y las patatas hicieron que aumentara la población de forma explosiva. Con toda la cantidad de pobres que había.
Ahora que ya no se morían tiraban adelante. Tenían hijos descalzos con las mejillas hundidas. ¿Y qué iban a hacer? ¿Continuar escarbando en las acequias o trabajar como criados? No. El pasado siglo no había dejado lugar para ellos. Las ciudades todavía eran ridículamente pequeñas. La gente se iba de Suecia. La juventud, la fuerza y los sueños emigraban a América.
Las autoridades, desarmadas, predicaban a favor del patriotismo con la actitud de quien se conforma con poco.
El alzamiento contra la miseria empezó como suele suceder entre los pobres, con los recursos naturales: el mineral, el bosque. Y después, cuando entraron en el siglo XX, apareció la genialidad industrial en serio. Se registraron patentes e inventos, se constituyeron sociedades anónimas, una tras otra.
Actualmente, la gente se va a las ciudades. Allí fabrican masa de papel, teléfonos, balas, máquinas para la agricultura, llaves inglesas, llaves para tubos, dinamita, cerillas. La nueva Suecia empieza a ser rica.
Estira la espalda y piensa que va a ir a la cafetería. Tiene que moverse un poco. Pronto, pronto estará en Kiruna.
Sólo esta población tiene electricidad, iluminación en las calles y en las viviendas. Hay baños públicos, salas de música y una biblioteca.
Mira la nieve iluminada por el sol y sonríe. Siente la sonrisa extraña en su cara. Se pone los dedos en la boca y la nota. Ahora, por primera vez, cuando ha dejado la zona rural tras de sí, ha dejado Jönåker, se da cuenta de que ha estado triste durante dos años.
Es como despertar de una pesadilla y apenas poder recordar sobre qué era. Va a olvidarse de la escuela del pueblo, de todos aquellos niños hijos de colonos, peones, mozos, sirvientes, criadas y jornaleros. Aquellos que saben que no podrán continuar los estudios cuando se acaben los seis años de enseñanza obligatoria: no se puede abandonar al padre, la madre y los hermanos pequeños. Algo se ha apagado en ellos, se les ve en los ojos.
Cuando llueve o nieva fuera, el aire en la clase se vuelve más pesado por el olor de sus ropas, de pocilga, suciedad y acidez de la lana.
Luego están los hijos de los hacendados. Ahora se pueden ir a paseo.
Gordos y sanos, ya pequeños patronos, hacen lo que quieren contra los compañeros de clase y contra la maestra, porque son los amos del pueblo, de los bosques y de los campos de alrededor. La maestra, que quiere conservar su puesto, trata bien al muchacho. Le pone buenas notas si no quiere quedarse sin regalo de Navidad: una barrica de centeno, jamón, embutidos y forraje para sus propias vacas. ¡Fuera los recuerdos de los terratenientes!