Sacrificio a Mólek

Asa Larsson · Capítulo 3 de 6 · parte 1/3

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Sacrificio a Mólek

Lunes

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

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24 DE OCTUBRE

La ira invadía los sueños de Rebecka Martinsson hasta que se despertó. En el móvil eran las cinco, pronto, pero no media noche.

«Puedo levantarme cuando quiera —pensó—. Y dormir un poco la siesta. No voy a ir al trabajo. Que se vayan al infierno».

Su jefe, Alf Björnfot, simplemente la había apartado de la investigación y se la había pasado a Von Post. ¿Qué creía? ¿Que iba a sonreír, lamerse la herida en silencio y, obediente, hacerse cargo de sus putos casos fiscales?

¿Se creía que estaba mal de la cabeza?

«No pienso volver», se dijo.

Mocoso estaba acostado a los pies de la cama respirando ruidosamente.

Cuando ella se movió se despertó y dio unos cuantos golpes con la cola.

Nunca se despertaba enfadado. Ella decidió que lo mejor sería levantarse y encender la cocina.

El perro corrió hasta la puerta. Quería orinar.

—Sí, sí —le dijo poniéndose los zapatos. Fuera estaba oscuro como sólo lo está a finales de otoño, justo antes de que caiga la primera nieve. La descomposición del negro absorbía el débil brillo de la luna y de las luces de todas las casas del pueblo, donde la gente vivía sus vidas, donde todo continuaba como siempre, a pesar de lo que había ocurrido. El río, un poco más allá, callado y con la tranquilidad del otoño. Los barcos y los embarcaderos ya no estaban en el agua, cualquier noche se formaría el hielo.

Mocoso desapareció en la oscuridad y Rebecka se sentó a la débil luz de la lámpara del porche. Tenía ganas de fumar y se sentía inquieta.

«Dime qué debo hacer —pensó—. ¿Adónde voy?».

De pronto oyó ladrar al perro. Una mezcla de ladrido y gruñido. Miedo, defensa, aviso. Oyó cómo iba de un lado a otro. Luego una voz:

—Hola, Rebecka. Sólo soy yo, Maja.

Una linterna se encendió más allá en el almacén.

—Tranquilo, perrito. ¿Te he asustado? No soy peligrosa.

Mocoso siguió corriendo y ladrando hasta que Rebecka lo llamó para que volviera a su lado. Fue con él hasta la luz de la linterna. El perro Gruñía desde el fondo de la garganta. La gente que en medio de la oscuridad se metía en su territorio no era de fiar.

—Sólo soy yo —dijo Maja Larsson de nuevo alumbrando su propia cara, que apareció pálida con oscuras ojeras alrededor de los ojos, como un fantasma.

Bajó la linterna y el haz de luz cayó sobre un montón de colillas en el suelo. El olor de humo frío se mezcló con los olores de putrefacción orgánica del otoño.

«¿Cuánto tiempo lleva aquí?», pensó Rebecka.

—Perdona —dijo Maja—. No quería asustarte.

Saludó al perro y dejó que le lamiera las manos.

—¿Es por mi culpa? Que te apartaran del caso.

Rebecka negó con la cabeza. Entonces se dio cuenta de que no podía verla.

—No —respondió.

Maja había apagado la linterna, se la metió en el bolsillo y encendió un cigarrillo.

—He pensado en ti —continuó Maja.

Su voz era profunda y afónica de manera agradable. Una auténtica voz de la noche, adecuada para la oscuridad.

Rebecka había soltado a Mocoso y lo oía escarbar por los alrededores.

—He pensado en tu madre. Es como si la tuviera delante todo el tiempo.

Ahora también. He soñado con ella y tuve que venir aquí a esperar a que te despertaras. Supuse que soltarías a los perros por la mañana. Perdona que

no te dijera que Sol-Britt tenía una relación. No sé quién es. Aunque debería haberte dicho algo. Seguramente no quería verme implicada.

—No te preocupes. De todas formas me hubieran apartado del caso.

—Ese fiscal es un cerdo. Le trae al pairo quién asesinara a Sol-Britt.

Sólo quiere…

—Sí.

—Tu madre…

—Lo siento —la interrumpió Rebecka con la voz dolida—. Seguro que no es nada malo, pero no quiero saber nada de ella.

Se obligó a guardar silencio. Le dolía la garganta.

«¿Qué es lo que pasa?», pensó

—Si me dejas explicarte —insistió Maja Larsson en voz baja—. Dame cinco minutos y después te dejaré tranquila. Así ella a lo mejor me deja tranquila a mí.

Rebecka continuó callada.

—Tu madre… —empezó a decir Maja—. Sé lo que dicen de ella en el pueblo. Vino aquí guapa y maquillada y de la ciudad. Se juntó con tu padre.

Se cansó de él. Te cogió y se volvió a Kiruna. Dicen que fue culpa suya que él empezara a beber, ya lo habrás oído. Después se marchó a vivir a Åland tras un nuevo amor y a ti te dejó aquí. Tuvo otro hijo con el nuevo y después se mató con el coche.

—No —dijo Rebecka con la voz rota—. La atropellaron. Ella no iba en el coche…, sólo apareció…

—Sí. Y tu hermano pequeño también. Ella lo llevaba en el cochecito.

—Aunque yo no llegué a conocerlo, así que…

—Te voy a contar una cosa. La gente dice que tu padre, antes de que conociera a tu madre, era demasiado bueno. Pero la verdad es que era demasiado débil. Y no es lo mismo. Por ejemplo, a veces trabajaba para un transportista de Gällivare y cuando llegaba el momento de cobrar, entonces abrían el almacén de herramientas de una obra en la que trabajaban y de allí podía coger lo que quisiera, en lugar de cobrar. Ni siquiera eran cosas de su propiedad. Mikko también se daba cuenta. Hacían que robara mientras ellos se quedaban mirando. Joder, lo mal que se sentía por aquello. Pero no era

capaz de hacerles frente. A veces le prometían alguna chatarra de coche que valdría tanto si él hacía esto o lo otro. Tu padre no sabía arreglar coches, así que en el jardín había un par de Citroëns oxidándose. Tu abuela suspiraba porque ella sólo era fuerte dentro de casa; traspasada la valla no podía hacer nada. También le pagaban en diésel. El transportista podía desgravarlo pero a tu padre se lo pagaba a precio de distribuidor. Así que olvídate de impuestos y también de pensiones.

Maja encendió otro cigarrillo con la brasa del que estaba fumando. Un poco alejado, Mocoso escarbaba como un loco, junto al camino del almacén, desde donde lo oyeron gemir de emoción. Seguramente algún ratón de campo que ya estaría a mil kilómetros de allí pero su olor era fresco y totalmente irresistible.

—Cuando entró como socio en la empresa de Sven Vajstedt —continuó Maja—, Sven tenía una Retro y tu padre consiguió un préstamo para comprar un volquete. Sven tenía buen pico y conseguía los trabajos. Los gastos se repartían jodidamente bien pero la mayor parte de los ingresos se quedaban en el camino, en casa de Svenne. Tu madre paró todo aquello.

Consiguió que tu padre y el volquete dejaran la empresa y así pudo trabajar para sí mismo. Ella hacía las facturas y sólo aceptaba dinero como pago.

También le buscaba trabajo, pero la firma era de tu abuela y de tu padre y el dinero se gastaba todo en la finca. Entonces empezaron a aparecer los primeros vuelos chárter. Tu madre quería viajar pero ni hablar. Ir al extranjero, ¿para qué?

Rebecka callaba, tensa. Maja se echó a reír.

—A ella le gustaba bailar y lo cierto es que se conocieron en el baile, pero después él dejó de ir. Y eso de que empezó a beber cuando ella se fue, la verdad es que ya bebía demasiado antes también.

—No sé qué quieres de mí —dijo Rebecka con un nudo en la garganta.

Mocoso volvió hasta ellas y se sentó junto a su ama con un profundo suspiro. Quería desayunar.

Maja pisó la colilla.

—Necesitaba decírtelo. Mi madre se está muriendo y a veces quiero que todo pase muy deprisa. Vine a Kurravaara para estar con ella y tengo todos

los motivos del mundo para estar indignada, y tú también. Pero la vida pasa demasiado deprisa. Adiós.

Se fue como un alce. Desapareció en la oscuridad. A Rebecka no le dio tiempo de responder. Tampoco pudo. La voz se le había quedado pegada a la garganta.

«¿Qué es lo que pasa? Ese capítulo está cerrado. No estoy bien de la cabeza —pensaba mientras entraba de nuevo en la casa—. ¿Por qué me he venido a vivir aquí?».

En aquella casa veía a su padre constantemente. El lugar junto al marco de la puerta donde solía ponerse cuando se quitaba las botas. Su madre inclinada sobre un ejemplar de la revista Allers en la mesa de la cocina. La abuela que andaba deprisa por el jardín, siempre ocupándose de algo: niño o animal, hombres que hacían una pausa, el vecino con ganas de tomar café.

«Si alguien pudiera abrazarme hasta que se me pase», pensó.

Quizá debería llamar a Måns. No, no. Ni siquiera podía hablar. ¿Iba a llamarle para hiparle en la oreja?

«Tampoco sería de ayuda —pensó—. No puede ayudarme. Los que importaban están todos muertos».

Cogió el teléfono. Tenía un mensaje. Era de Krister.

«Llámame en cuanto leas esto —ponía—. Es por Marcus».

El sábado 8 de agosto de 1914, el gerente Lundbohm celebra una cangrejada. Traen vivos los cangrejos desde el mercado de Östermalmshallen de Estocolmo, en cajas de madera llenas de hielo y serrín. Flisan mira en el libro de cocina Hemmets kokbok cómo se cuecen los cangrejos y hace que las chicas, con espanto, los metan vivos en la olla más grande de cobre que hay y vean aquella muerte diabólica y cómo enrojecen junto con el eneldo. Luego los coloca en una fuente grande con hielo picado.

Elina es una invitada. Ha comprado por correo una rosa de terciopelo para anudársela debajo del cuello y un largo collar de perlas.

El gerente ha invitado a la gente que es importante para el pueblo. Sus esfuerzos serán ahora aplaudidos y ellos, animados a seguir. Da un discurso de bienvenida y los llama amigos. Hace menos de una semana que Su Majestad el Rey decidió que Suecia observaría una neutralidad total, así que la gente ya no se reúne por las tardes para saber más, exigir datos o divulgar rumores. La guerra será corta, todo el mundo con sentido común está de acuerdo. Y Kiruna, bueno, toda la Suecia neutral, dice el gerente, puede ganar dinero con la guerra. Igual que en la guerra de Crimea.

Una treintena de invitados se hace sitio en la larga mesa del comedor.

Están los presidentes del consejo escolar y la casa de la Caridad. El jefe guardagujas de la zona norte discute con el farmacéutico de la ciudad el absurdo acaparamiento de comida, alimentos ahumados y salados, conservas y macarrones. Y harina, sobre todo de harina. Ni siquiera durante la gran huelga se vio tanta locura.

El delegado del Gobierno, Björnfot, está allí con su sombría esposa, cuyo silencioso odio hacia Kiruna crece en su cuerpo como un tumor. Elina intenta hablar con ella pero enseguida se rinde.

El jefe de la Policía rural, que es un conquistador, bromea con Elina todo el tiempo. A la vez le da las cáscaras y las cabezas de los cangrejos a su perro, que durante el postre vomita en la piel de oso del gerente.

El lapón Johan Tuuri se ríe a gusto diciendo que nunca ha comido algo así, juega con las pinzas y hace un pequeño espectáculo de pelea con dos cangrejos como protagonistas.

El párroco protestante no cierra el pico y se llena con rapidez la copa de aguardiente mientras el cura de la compañía se queja del estómago y se limita a la cerveza.

El médico está cansado y parece que vaya a quedarse dormido en la silla, pero con la música resucita de entre los muertos y demuestra ser un as con las canciones de Bellman.

Los ingenieros de la mina no saben hablar de otra cosa que de la montaña. Es como si la obsesión por el mineral creciera cuanto más bebían.

Algunos comerciantes y un transportista también han sido invitados.

La asociación de orquestas se encarga del entretenimiento, y a los músicos les dan una copa en la cocina cuando hacen una pausa.

El intendente jefe de la mina, Fasth, y mano derecha de Hjalmar Lundbohm, le dedica un discurso al gerente. A esas alturas, el gorrito de papel con cangrejos se le ha resbalado hacia la nuca y el babero de colores está en la fuente de la comida.

Fasth no es un hombre sumiso. La comida grasa y la bebida fuerte han formado su constitución y su genio. La cabeza y el tronco son dos esferas, una pequeña encima de otra más grande. No tiene el temple de la mujer del delegado ni tampoco está cansado y rendido como el médico. No, el intendente jefe es áspero como el chirriante, cortante e inexorable invierno.

Es duro como el hierro de la montaña. Opina en secreto que el delegado y el gerente Lundbohm son débiles. Él no tiene problema ninguno en poner en jaque a la gente: no se priva de desahuciar, despedir, liberar, echar o embargar. El miedo en los ojos de los pobres lo deja frío.

A pesar de su corta estatura, es físicamente fuerte. Pocos le superan haciendo un pulso y de los presentes sólo el delegado y el jefe de Policía.

En estos momentos está resoplando el discurso de agradecimiento y su amargado carácter le hace recordar que si no fuera por él el gerente no estaría allí.

Uno de esos jodidos que se creen amigos de la gente y a los que les gusta relacionarse sobre todo con pintores, maricones y marimachos como Lagerlöf y Key, vaya una mierda.

Y todos esos viajes. El gerente ya se puede ir a cualquier parte del mundo e instruirse, mientras él, Fasth, vela para que la ciudad funcione, ata corto a los trabajadores y pone a la gente en su sitio. Para que salga el hierro.

Y esa maestra de escuela que está sentada al otro lado de la mesa.

Mientras habla, su mirada se posa en sus pechos y en su cintura. Es un coño bonito, sí que lo es, pero con demasiadas ideas en la cabeza. Él se las sacaría si tuviera la ocasión. Durante la fiesta ha visto intercambiar miradas entre el gerente y la maestra. Así que esas tenemos. ¿Qué es lo que ve ella?

Dinero, está claro. Mañana mismo controlará el sueldo que tiene, no faltaría más.

Flisan ordena a las chicas quitar la mesa y después sirven pastel de manzana caliente con nata. Las manzanas no crecen allí tan arriba, también han llegado en cajas de madera para el gerente, cada manzana envuelta cuidadosamente en papel de periódico.

Flisan está en el quicio de la puerta y ve al intendente jefe mirar a Elina.

Es una mirada embotada, con los ojos medio cerrados. Tiene la boca abierta y algo de ave rapaz. Como un sapo de verano entre los juncos. Dispuesto, preparado.

Cuando pone la tarta de manzana en el plato de Elina, le susurra algo rápido en el oído.

«Haz como que tienes que salir y ven a la cocina».

Piensa decirle a Elina que se vaya a casa de inmediato. El intendente jefe no es de fiar. Además, ha bebido en exceso. Es peligroso para las mujeres.

Pero Elina no va a la cocina. El aguardiente la ha puesto de buen humor y tiene ganas de hablar. Quizá ni siquiera ha oído lo que le ha dicho Flisan porque a estas alturas los invitados hacen mucho ruido.

Cuando llega la hora del coñac en el salón, la mayor parte de las señoras se va a casa, pero Elina se queda. Fasth apenas se despide de su mujer cuando esta le agradece al gerente la alegre velada y se marcha. La esposa no se esfuerza en llevarse a su marido consigo. Quizá le parezca agradable estar sin él, quizá se sienta aliviada si él puede dar rienda suelta a sus necesidades viriles entre las piernas de otra.

Flisan friega y va de un lado a otro con bayetas y trapos como una posesa para estar lista cuando el último invitado se vaya a casa.

Sin embargo, cuando Elina se va, Flisan todavía no ha acabado. Las copas de coñac y la fuente de bombones están todavía fuera y aún tiene que fregarlas y guardarlas cuando los últimos invitados ya están en el recibidor agradeciendo a su anfitrión la magnífica velada.

Flisan ve al intendente Fasth coger del brazo a Elina y decirle al gerente Lundbohm que él personalmente la acompañará hasta su casa.

Al otro lado de la puerta, la toma del brazo con autoridad y se la lleva antes de que los demás invitados puedan abrir la boca.

Elina se siente a disgusto. Nota el brazo como sujeto a un tornillo de banco de trabajo, y el intendente parece no darse cuenta cuando ella tropieza porque él anda demasiado deprisa. La clara noche de verano ha pasado y está sola con aquel hombre que huele a alcohol y que casi la lleva a rastras.

Cuando han pasado la tienda de ultramarinos Silfverbrand, en la calle Iggesundsgatan, la mete sin previo aviso en el patio interior. Está oscuro como un saco de carbón, sólo una débil luz de luna cae sobre barricas, carretillas, un carro y las cajas vacías de la tienda.

Fasth la presiona contra la pared de la leñera.

—Venga —balbucea cuando ella intenta protestar—. No te hagas la estrecha…

Le coge fuerte los pechos.

—No disimules. Bien que te tiras a Lundbohm… y seguro que a otros muchos.

Su boca babea sobre la cara de Elina y ella intenta volverla hacia un lado. La mano sobre los pechos presiona cada vez más, y con el cuerpo la sujeta fuerte contra la pared.

—Cuando pruebes a un hombre de verdad, luego no querrás otro.

Le coge la barbilla y pone su boca sobre la de ella metiéndole su gruesa lengua.

Entonces ella le muerde el labio y siente el sabor a sangre explotar en su boca.

Él maldice y se lleva a la boca la mano con la que le apretaba los pechos. Ella coge aire y grita a todo pulmón:

—¡Suélteme!

Grita tan fuerte que seguro que despierta a la gente que duerme por los alrededores.

De su grito recibe una inesperada fuerza y aparta a Fasth a un lado. Está borracho y quizá por eso a ella le da tiempo de librarse de él antes de que recupere el equilibrio.

Sale corriendo del patio como una perdiz perseguida. Detrás de ella oye su voz:

—¡Puta!

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Krister Eriksson se despertó pronto. En la tienda hacía frío. El perro salvaje tenía su saco de invierno y él había tenido que dormir en el de verano.

Tintin estaba a su lado. Se despertó cuando él se estiró y le lamió la cara.

Uf, qué frío. No podía aguantarlo, tenía que levantarse.

Además quería una dosis de tabaco.

Roy estaba quieto a sus pies, pero cuando empezó a moverse los dos perros se levantaron y comenzaron a ir de un lado a otro en la pequeña tienda; se apretujaron en la entrada hasta que pudieron salir a orinar.

Krister sacó la cabeza por la obertura de la tienda. Daba gusto que aún no hubiera caído la primera nieve. Salió como pudo y miró dentro de la caseta del perro. Mientras, Roy y Tintin daban una vuelta alrededor de la casa olisqueando.

La caseta de perro era sencilla y sin calefacción. La había hecho él mismo. Delante de la entrada había tres capas de plástico que no mantenían fuera el frío pero sí evitaban que entrara el aire. Los perros podían entrar y salir sin problemas.

Apartó hacia un lado las capas de plástico. Allí estaba Marcus, durmiendo tranquilo con Vera junto a él. Krister le había puesto debajo una piel de reno y una manta extra sobre el saco de dormir de invierno.

Vera se despertó de inmediato y también salió fuera.

—No tengo remedio —les dijo a los perros.

Fue hasta el cubo de la basura, lo abrió y sacó la bolsa del día anterior.

Los perros se juntaron interesados a su alrededor.

—Ya lo sé —dijo en voz alta cuando la desató y buscó su caja de tabaco prensado, que estaba un poco sucia—. Es indigno.

Los perros entraron con él en casa a desayunar. Krister se puso la deliciosa dosis debajo del labio y, aunque sólo eran las cinco menos cuarto, preparó el café de la mañana.

Sacó del congelador las moras de la temporada. Esperaba que a Marcus le gustaran. Para mayor seguridad también sacó un paquete de arándanos azules. Si preparaba creps en el horno, la confitura sería un buen relleno. Le

preguntaría a Sivving y a Rebecka si querían comer con ellos. «Si se queda hoy conmigo», se recordó a sí mismo.

Hizo sus ejercicios de entrenamiento: de espalda, de piernas, de brazos y de articulaciones. Después consultó las cuentas por Internet y aspiró toda la casa. Lo hacía cada mañana porque los perros soltaban muchísimo pelo.

Vera se sentó junto a la puerta y empezó a rascarla. Quería salir. Miró el reloj. El chico podía dormir todo lo que quisiera, aunque seguro que Vera lo iría a buscar antes y para Marcus esa sería la mejor manera de despertarse.

Roy y Tintin estaban tumbados en el sofá. Esos no tenían plan de irse a ninguna parte.

Vera hacía ruido con la cola, mirándolo. Tuvo la sensación de que la perra lo entendía. Esa perra, cuyo amo él había visto asesinado, de alguna forma sabía por lo que el niño había pasado y había decidido ayudarlo.

—Necesito tu ayuda —le dijo Krister a Vera dejándola salir.

Fue hasta la ventana de la cocina, desde donde se podía ver la caseta del perro. Vera se acercaba trotando y moviendo la cola hacia ella.

Después se quedó parada delante de la entrada.

«¿Por qué no entra?», pensó Krister.

Vera dio un ladrido. Era agudo y lleno de inquietud. Después metió la cabeza en la caseta y volvió a echarla hacia atrás. Ladró de nuevo.

¿Qué le pasaba a la perra? Krister salió corriendo, en calcetines, al jardín. Cayó de rodillas delante de la caseta y apartó los plásticos de la entrada.

Allí estaba Marcus durmiendo. Dentro, junto a la puerta, ardía un hachón. El estómago de Krister se retorció de miedo. ¡Un hachón! ¿Dónde lo habría encontrado?

Lo cogió rápidamente y lo puso boca abajo en el césped. Se apagó con un corto chisporroteo. Después sacó a Marcus de la caseta con el saco y todo.

Sacudió al niño.

—¡Marcus, Marcus, despierta!

Se le acumulaban los pensamientos. Dios mío, si se hubiera movido y se hubiera prendido el saco…

No podía ni pensarlo. Él mismo había ardido cuando sólo tenía unos años más que el chico.

¿Por qué no se despertaba? Las velas en espacios pequeños eran una trampa mortal. Él lo sabía. Cada año morían varios montañistas por ese motivo, dejaban las velas encendidas en la caravana o haciendo vivac.

Cocinaban dentro de las pequeñas tiendas y se dormían hasta morir envenenados con el monóxido de carbono.

—¡Marcus!

El niño estaba desmayado entre sus brazos, pero de pronto abrió los ojos y lo miró sin decir nada.

Krister se sintió tan aliviado que casi rompió a llorar.

Estaba contento de que Vera lamiera impasible a Marcus para darle los buenos días. Marcus intentaba lamerla a su vez, sin conseguirlo.

—No se pueden tener velas en una caseta de perro —dijo Krister serio

—. ¡Puede prenderse fuego! ¡El aire puede acabarse! ¿Dónde lo has encontrado?

Marcus lo miró interrogante.

—¿Guau?

—¡Eso!

Krister levantó el hachón apagado y se lo enseñó al niño.

El chico negó con la cabeza.

La perra se enfadó con Krister y este miró a su alrededor.

En ese mismo momento apareció un hombre joven que parecía no venir de ninguna parte. Llevaba el pelo recogido en un moño y gafas negras estilo años sesenta. Llevaba una camisa blanca y una chaqueta demasiado ligera.

Detrás de él corría una mujer igual de joven. Iba vestida con una sudadera con capucha y vaqueros anchos. Parecían de esos que ocupaban casas y tiraban piedras a la Policía Montada, observó Krister. Instintivamente atrajo a Marcus hacia sí. Se levantó y puso al niño de pie todavía dentro del saco.

—¡Krister Eriksson! —gritó el joven—. ¿Por qué duerme Marcus fuera, en una caseta de perro? ¿Es que supone un riesgo? ¿Es que no te atreves a dejarlo dormir dentro de la casa?

—¿Qué?

La mujer había sacado una cámara y hacía fotos.

Periodistas.

—Fuera de mi propiedad —dijo Krister.

Les señaló con el dedo mientras volvía la cara de Marcus hacia él.

El hombre y la mujer se pararon justo al lado del buzón. Conocían sus derechos. Necesitaban algo más que un policía extraterrestre para asustarlos. La mujer continuaba haciendo fotos mientras el hombre gritaba preguntas.

—¿Es peligroso? ¿Creéis que fue él quien mató a su abuela? ¿Es cierto que lo van a ver los psiquiatras hoy?

Krister temblaba por la ira contenida.

—¿Estáis locos? Desapareced de aquí ahora mismo.

Cogió a Marcus en brazos y llamó a Vera, que trotaba impasible alrededor de los recién aparecidos.

—¡Ven aquí! ¡Aquí, te digo!

Cómo era posible que Rebecka no le hubiera enseñado ni la orden más sencilla.

Marcus pataleaba en sus brazos, no quería que lo llevara así. Ladró a los periodistas mientras Krister lo metía en la casa.

—¡Guau! —gritó—. ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Carl von Post había dormido mal. Había soñado que estrangulaba a su mujer con un fino hilo de acero. Se le había puesto la cara azul, hinchada como un globo a punto de reventar. El acero le había cortado la piel y la sangre le empezaba a salir. El sueño se había ido pero no estaba seguro de si había gritado y de si los vecinos lo habrían oído.

No entendía por qué había soñado aquellas cosas tan raras. Tenía que ser algo que había comido. ¿O se estaba poniendo enfermo? De cualquier forma, no era por la prima aquella, Maja Larsson, y lo que le había dicho de su padre y de su mujer. Descartado. Maja Larsson era una persona carente de importancia.

Carl von Post se encontraba en la puerta del despacho de Rebecka Martinsson, en la fiscalía. Alf Björnfot estaba detrás del escritorio con los documentos relativos al asesinato esparcidos ante sí. Diez sencillos documentos, en total. Cada uno de ellos significaba una media hora de trabajo.

«Es extraordinario», pensó Von Post sintiendo cómo el malestar del sueño desaparecía.

Rebecka Martinsson había reaccionado mejor, o mejor dicho, peor de lo que él esperaba. Había montado una escena como una vieja histérica. Se peleó con el jefe y después se negó a acudir al trabajo.

Ahora las cosas estaban así: él era el responsable del caso y ella se había superado en su papel de imbécil, traidora e histérica. Había que esforzarse para no ponerse a canturrear y sonreír. No, había que mostrar cara de preocupación.

—¿Mucho? —le preguntó a su jefe con un tono de voz bajo.

Alf Björnfot le lanzó una mirada irritada.

—Es profundamente lamentable que se lo haya tomado de forma tan personal —continuó Von Post, que en ese momento se sentía tan a gusto como en las navidades de su infancia—. No hay derecho que tengas que venir desde Luleå y dejarlo todo…

Su jefe lo interrumpió con un gesto de rechazo.

—Bueno, la verdad es que lo ha dejado preparado hasta el último detalle. Condenadamente bien. Ha escrito informes, comunicados, lista de preguntas, incluso ha hecho un borrador para el alegato. Simplemente se trata de leer.

La maquinaria en el interior de Von Post empezó a chirriar y los villancicos se callaron de golpe. Estaba claro que debería haber repasado el caso y metido los jodidos comunicados en la trituradora de papel. Además de retocar los informes.

—A mí me parece que todo esto es una mierda —dijo afectado—.

Negarse a comparecer en el trabajo es motivo de despido. Cualquiera le haría una advertencia.

Se congratulaba a sí mismo de haber hecho de forma tan elegante la insinuación de que podría considerarse favoritismo si el jefe no le hacía la advertencia. Una advertencia era necesaria antes de despedir a alguien. No porque Björnfot fuera a despedirla, porque estaba chiflado, pero tampoco era necesario. Si le hacían una advertencia se despediría ella misma, casi podía asegurarlo.

—Le he concedido vacaciones —dijo Alf Björnfot—. Y por mi parte estoy agradecido si me perdona y no se despide. Sería muy satisfactorio para Meijer & Ditzinger hacerla socia si volviera.

«El jefe está pálido —pensó Von Post—. Enfermo. Está mal».

—Dime si hay algo que pueda hacer yo —dijo sonriendo.

En ese momento aparecieron en el pasillo Fred Olsson y Anna-Maria Mella, con la cara roja y muertos de risa.

Cuando vieron a Von Post se callaron.

Von Post los llamó para que fueran hasta allí.

—Dentro de poco lo tendremos —dijo Fred Olsson dándole un papel a Von Post.

Saludaron a Björnfot pero no fue un saludo caluroso. Anna-Maria lo miró fijamente y Björnfot respondió al saludo preocupado.

—He repasado los sms del amigo secreto de Sol-Britt Uusitalo —dijo Fred Olsson—. La última tarjeta de prepago fue activada hace dos semanas.

Los mensajes enviados durante el día proceden de una estación base en Kiruna y los de la noche se enviaron desde Kurravaara. El sábado se mandó uno desde Abisko.

—Fue asesinada la noche del sábado al domingo —dijo Von Post.

—Pero en una hora se llega allí.

—Maja Larsson, la prima de Sol-Britt, le dijo a Sven-Erik que Sol-Britt tenía una relación con un hombre casado que vivía en Kurravaara —explicó Anna-Maria. Seguía sin mirar a Von Post—. Puedo hablar con el vecino de Rebecka, Sivving. Conoce a todo el pueblo. A ver si hay alguien que tenga una cabaña o algo así en la zona de Abisko.

—Hazlo —dijo Björnfot—. De inmediato.

Sonrió cansado hacia Anna-Maria. Ella se dio la vuelta, se alejó y llamó.

«Un poco de investigación no puede ser malo —pensó Von Post satisfecho—. A ver si a la enana esa también le da un ataque de histeria.

¿Habría algo más divertido?».

Björnfot se volvió hacia Fred Olsson.

—¿No habrás conseguido saber dónde se vendió la tarjeta de prepago?

—Claro que sí. En la tienda de comestibles Be-We:s.

—Ve y pregúntales si alguien de Kurravaara suele comprar tarjetas de prepago allí —ordenó Björnfot.

Se levantó de la silla y se puso la americana, dispuesto a hacerse cargo del puesto de Rebecka, es decir, a continuar la lucha contra la gente que orinaba en lugares públicos, iba en ciclomotor sin casco, ladronzuelos, conductores borrachos y contra los que destilaban en casa.

—Aquí la gente sabe de la gente —dijo.

Se quedaron callados. Desde el pasillo les llegó un «sí», un «hmm» y un

«gracias, pero tengo que cortar» de Anna-Maria. Lo repitió varias veces hasta que consiguió finalizar la conversación.

Cuando entró de nuevo en el despacho se quedaron mirándola.

«Ve al grano», pensó Von Post.

—Jocke Häggroth —dijo—. No lo conozco. Sivving ha dicho que es un tipo normal. Con mujer y dos hijos en edad escolar. Trabaja como soldador en Nybergs Mekaniska. Sivving cree que el hermano de ese Jocke Häggroth tiene una cabaña en Träsket, cerca de Abisko. También hay dos más que él sabe que tienen casetas de pesca allí arriba. También tienen hijos, pero mayores. Escribí los nombres: Tore Mäki y Sam Wahlund.

—Aunque a estas alturas del año las casetas están en tierra, ¿no? —dijo Von Post.

—Saca las fotos de los pasaportes de los tres y vayamos a Be-We:s —

dijo Björnfot—. A lo mejor reconocen a alguno. Si es así, lo traéis para un interrogatorio.

Anna-Maria asintió con la cabeza.

—Las tenemos —murmuró—. Ha ido rápido.

«Ha ido casi demasiado deprisa —pensó Von Post—. Pero aun así, ¡viva!».

Convocaría la rueda de prensa para la tarde. Entrar en la sala, sentarse.

La presentación era importante. «Me hice cargo del caso ayer y se ha seguido de forma efectiva, lo que ha dado resultados». «No, “lo que ha dado resultados”, no. Quizá “lo que da resultados”. Más punzante».

Esperaba que fuera un padre con hijos pequeños. Eso le gustaba a la prensa. Habría buenos titulares.

Sonó el teléfono de Mella. Krister Eriksson aparecía en la pantalla.

Respondió.

—Sí… Sí… ¿Qué cojones dices?

—¿El niño? —susurró Björnfot a Von Post y a Fred Olsson.

Esperaron en silencio.

Anna-Maria acabó la conversación. Con el teléfono en la mano miró a Alf Björnfot.

—Era Krister Eriksson —dijo finalmente—. Dice que alguien ha intentado matar a Marcus.

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—Rebecka Martinsson me ha dicho que tenía que hablar contigo.

Krister Eriksson había ido a la comisaría. En el pasillo, Marcus jugaba con Vera a ser un perro salvaje; Von Post, Krister Eriksson y Anna-Maria Mella hablaban en voz baja en el despacho de la inspectora.

—No sé por qué tuviste que llamar a Rebecka Martinsson —bufó Von Post—. Yo dirijo esta investigación.

—Da igual. Aquí está el hachón —respondió Krister mostrando el hachón en una bolsa de papel—. Pensé en las huellas dactilares…

—Podría ser que el chico metiera el hachón en la caseta y lo encendiera

—dijo Von Post.

A su pesar, cogió la bolsa de papel.

—Yo no tengo hachones en mi casa. ¿De dónde lo habría sacado? ¿Y

dónde están las cerillas? Alguien lo ha puesto en la caseta de los perros mientras yo estaba dentro de mi casa.

—También ha sido una idea brillante… dejarlo dormir en la caseta de los perros —dijo Von Post cáustico—. Dentro de media hora también veremos eso en los periódicos. «La Policía de Kiruna guarda a un niño traumatizado en la caseta del perro».

Krister no dijo nada.

—Entonces el niño ha visto algo —dijo Anna-Maria cogiéndole la bolsa a Von Post—. ¿Por qué, si no, querría alguien matarlo? Esto es importante.

A la una y veinte voy al aeropuerto a recoger a la compañera de Umeå

especialista en interrogatorios con niños.

—Estupendo —exclamó Von Post secándose la palma de la mano en el pantalón—. ¿Te haces cargo de él hasta entonces? —dijo mirando a Krister Eriksson y señalando con la mano hacia el pasillo donde Marcus hacía un momento corría en círculos.

Krister Eriksson asintió con la cabeza.

Dejó a sus compañeros y salió al pasillo. Vera y Marcus habían desaparecido. Sintió cierta inquietud y apresuró el paso. En uno de los

despachos vacíos estaba el niño sentado debajo del escritorio. Vera se había tumbado sobre la alfombra.

Krister se agachó.

—Hola —dijo suavemente—. ¿Qué tal?

Marcus no respondió ni tampoco lo miró a los ojos.

—¿Qué le pasa al perro salvaje? —preguntó—. ¿Tiene hambre o sed?

—El perro salvaje tiene mucho miedo —dijo Marcus, en voz baja—. Se ha escondido.

—Vaya —susurró Krister, y pidió a los dioses sabiduría y tacto—. ¿Por qué tiene tanto miedo?

—Todos en su familia de perros están muertos. Unos cazadores los persiguieron y les dispararon e hicieron agujeros para atraerlos y había otras trampas, ellos…

—¿Sí?

Marcus se quedó callado.

—De acuerdo —dijo Krister al cabo de un momento—. ¿Hay algún sitio donde el perro salvaje esté seguro?

Marcus asintió con la cabeza.

—Contigo y con Vera no tengo tanto miedo.

—Qué suerte que yo esté aquí —susurró Krister acercándose—. ¿Crees que el perro salvaje se atreve a saltar a mis brazos?

El chico le alargó los brazos.

«Qué se puede hacer», pensó Krister levantando a Marcus. El niño le rodeó el cuello y Eriksson se levantó.

«¿Qué hace uno con una persona tan pequeña que no tiene a nadie en la vida?». Apartó la ira contra la madre del niño que no quería hacerse cargo de él. «No sé nada de ella —se dijo a sí mismo—. Las cosas no se arreglarán aunque yo me enfade».

Se sentó en la silla del despacho con el niño en las rodillas. Enseguida notó mojados los muslos. Había una mancha de humedad encima de la alfombra de debajo del escritorio.

—Perdón —dijo Marcus.

—No importa. —Krister tragó saliva—. Son cosas que pasan. Ven aquí.

Te puedes apoyar en mí si quieres. Nos vamos a quedar sentados un ratito y después iremos a buscar ropa limpia. Te llevaré en brazos hasta el coche si tú quieres.

Krister apoyó la mejilla sobre el pelo de Marcus.

«No debes tener miedo, perrito —pensó—. Te lo prometo».

—Eres fuerte. Me puedes llevar —susurró Marcus—. Así los cazadores no verán nada.

—No, no verán nada de nada.

Krister sintió cómo se le humedecían los ojos.

—Te lo prometo. No debes tener miedo. Porque yo soy muy fuerte.

Rebecka estaba sentada a la mesa de su cocina y escribía en la parte trasera del sobre de un recibo que estaba en el montón de correo sin clasificar.

Había hablado con Krister por teléfono. Él estaba convencido de que no había sido Marcus quien había cogido el hachón y lo había encendido.

—¿Sabes por qué? —le había preguntado—. Porque, ¿de dónde habría sacado el hachón y las cerillas? Pero sobre todo porque yo le había puesto una manta encima cuando dormía. Un crío tan pequeño no puede volver a entrar en el saco y colocarse la manta encima bien puesta. Cuando yo asomé la cabeza en la caseta y lo saqué seguía igual de tapado.

«Odia las casualidades —pensó Rebecka—. Tenía que parecer un accidente. Otro accidente más».

Dibujaba sobre el recibo, hizo círculos, escribió nombres y puso cruces sobre los muertos.

Hjalmar Lundbohm era el abuelo paterno de Sol-Britt. La abuela paterna, la maestra de escuela, fue asesinada. Al padre de Sol-Britt lo atacó un oso hacía unos meses. Ella fue asesinada. Su hijo, atropellado por alguien que se dio a la fuga hacía tres años. Y ahora parecía que alguien intentaba matar a su nieto Marcus.

Lo que parecía más lógico era que quien asesinó a Sol-Britt sabía que el niño había visto algo. Algo que aún no había explicado. De otra forma, se habría corrido la voz. Que el padre de Sol-Britt muriera y que su hijo tuviera un accidente no tenía nada que ver con esto. ¿Por qué iba a tener que ver?

«La gente muere —pensó—. Todos morimos, antes o después».

Rebecka puso el dedo dentro del círculo en el que había escrito el nombre de Sol-Britt.

«De todas formas voy a investigar ese atropello —pensó—. No tengo otra cosa que hacer».

Octubre de 1914. La guerra engulle hierro y acero. El frío del otoño muerde fuerte en las montañas. Las hojas dobladas de los abedules se vuelven amarillas y las turberas, rojas.

Se han acabado las clases por hoy y Elina se da prisa en ir a casa de Hjalmar Lundbohm. Ha estado mucho tiempo de viaje pero ya ha vuelto a Kiruna. Se esfuerza en no correr cuando pasa por la calle Iggesundsgatan.

Lo ha echado mucho de menos, pero él ni siquiera le ha escrito.

«El corazón de las personas es una cosa rara», piensa.

En ese momento se da cuenta de que se ha olvidado la chaqueta en el aula. «¡Cabeza hueca!», se dice a sí misma.

Dos corazones buscan el amor. Lo encuentran. Se zambullen. Aman. Se unen casi al momento. No soporta el pensamiento que la acompaña: que ha conocido a otra. Ha comido de su amor hasta saciarse, se ha echado a dormir, se ha despertado y ha salido por ahí con hambre en busca de otra que no es ella.

«Tampoco tiene por qué ser así —piensa—. Puede haber muchos otros motivos».

El mundo entero se rearma. El gerente Hjalmar Lundbohm exporta hierro a Estados Unidos y a Canadá, y naturalmente a la fábrica de armas más importante de Europa, Kruppverken, de Alemania. Suecia es neutral y

vende a cualquiera que pague. Seguro que trabaja día y noche. Ha estado fuera desde el 14 de agosto. Ese día las campanas de la iglesia tocaron todo el día, como en todas las ciudades suecas. Una declaración en favor de la guerra, porque Suecia estaba dispuesta a defenderse de posibles ataques.

Las sirenas de la mina también sonaron desde la mañana hasta la noche.

Algunos llamados a filas subieron al tren a la vez que Lundbohm. El llanto de las mujeres y de los niños se mezclaba con el repiqueteo de las campanas y el sonido de las sirenas. Elina bajó hasta allí para despedirse. Él estaba de buen humor. Le dijo que seguramente estaría fuera durante bastante tiempo, pero cuando vio la mirada de ella le prometió que le escribiría. Lo prometió.

Ni una línea. Primero pensó que no era tan raro. Había gente que ya llamaba a la guerra «guerra mundial». Después pensó que si él la echaba de menos, la amaba, en ese caso no podría hacer otra cosa que escribirle por la noche en lugar de dormir. Después pensó que podía irse al infierno. ¿Quién se creía que era? ¿Y por qué él? Había otros. Cada día había cartas en la puerta de su vivienda, todas de pretendientes que querían invitarla a tomar café o a dar un paseo.

Cuando vuelva a Kiruna se paseará con otro del brazo. Y si quiere verla, que se quede sentado, porque estará ocupada preparando las clases.

Ha intentado apartarse de las tribulaciones, ha ido a diferentes reuniones de asociaciones y también ha leído, claro. Flisan suele querer que le lea en voz alta, «siéntate y lee para mí, mientras yo friego», le dice. Incluso la ha acompañado al club de las sirvientas y a las reuniones del Ejército de Salvación para escuchar música de cuerda.

Flisan está contenta con la compañía. Su novio, Johan Albin, adora a Flisan, pero no la acompaña a la iglesia o al club de las sirvientas, ahí está el límite, dice él.

Y eso es lo que ha ocurrido con los firmes propósitos y por ahí va ella sin chaqueta.

Es como en las Escrituras. Ella es como la mujer del Cantar de los Cantares. La que va dando tumbos por la ciudad buscando a su amante,

aunque el guarda de la ciudad le pega y se burla de ella. «Me levantaré ahora, y rondaré por la ciudad; por las calles y por las plazas. Buscaré al que ama mi alma». Una y otra vez dice: «Estoy enferma de amor».

Eso es. Ese amor. Una enfermedad de la sangre.

Aminora la marcha cuando se acerca a la casa de Hjalmar Lundbohm.

Siente una palpitación cuando lo ve. Como al velar la trucha, un rápido movimiento que le recorre todo el cuerpo. Es un amor traicionero el que vive en ella, el que la hace palpitar de ese modo. Después siente otra palpitación, pero ahora de miedo, porque allí está el intendente jefe Fasth hablando con el gerente. No ha visto a Fasth desde la cangrejada. Después se lo explicó a Flisan y ella la avisó: «Mantente lejos de él, hazme caso, es peligroso». Un poco más alejado está Johansson, el director de la guardería, esperando que le toque hablar con el gerente.

Fasth la ve primero, porque Hjalmar está de espaldas. Ella anda lo más tranquila que puede hasta ellos y no inclina la cabeza hasta que está justo a su lado.

Lundbohm exclama: «¡Señorita Pettersson!». Los tres hombres rozan el ala de sus sombreros, bueno, Johansson no, el de la guardería lleva aquel día un gorro de lana en la cabeza, pero se lo estira con cierta torpeza. Los ha dejado atrás y su ingrato corazón sigue batiendo y brincando de amor y de miedo.

En aquel momento tiene que esforzarse para no salir corriendo.

«No corras —le dice firme a su cuerpo sintiendo sus miradas en la espalda—. No corras. No corras».

La mirada del intendente Fasth va de Elina al gerente. Con que así están las cosas. Ahí va desfilando como una ramera sin chaqueta ni abrigo para enseñar su estrecha cintura y su exuberante pecho. Y ese pelo largo y rubio.

Pero el gerente se queda allí delante de Fasth esperando a que siga hablando. ¿Es posible que la historia haya acabado? En ese caso, no hay más que seguir adelante. Cuando el lobo y el oso se han hartado, le toca el turno al cuervo y al zorro.

«Corre, conejito —piensa dejando que la mirada acompañe el movimiento de la cintura y baje hasta las nalgas—. Corre, corre».

Al atardecer llega un chico con un mensaje para Elina.

«Queridísima Elina —pone—. Pasaste de largo deprisa y no me dio tiempo ni de saludarte. La guerra quizá te ha apartado de mí. Quizá tus pensamientos se han enfriado e incluso has conocido a otro. Si es así, de todos modos quiero ser amigo tuyo y como amigo quiero invitarte a cenar esta noche. ¿Puedes? ¿Quieres? Tu H.»

Lo único que ve es «Queridísima». Lee la palabra queridísima una y otra vez. Después corre hacia su casa. Sí, enferma de amor. Antes del postre ya están en la cama.

Ella no pregunta: ¿me quieres?, ¿todavía?, ¿qué va a pasar con nosotros? Pero lo mira. Él se queda dormido como si alguien le hubiera dado un golpe en la cabeza. Si por lo menos hubieran hablado un poco, como solían hacer. Si le hubiera susurrado que la amaba y después se hubiera quedado dormido en sus brazos con el sueño profundo de los niños.

No, le da la espalda y se duerme de repente. Elina se levanta y se lava el bajo vientre. Vuelve a la cama. Se queda mirándolo un rato. ¡Mira que dormirse!

Los pensamientos son como la arenilla. Respira arenilla cada vez que entra aire en su cuerpo. Dentro de poco toda ella será simplemente un montón de escoria gris de la mina. No la ama. No significa nada para él.

Al final, se viste y se va a su casa en mitad de la noche. Mientras, él sigue durmiendo.

Se ha formado hielo en Luossajärvi. A esas horas, se hace grueso deprisa.

Cruje y retumba. Los lapones tienen una palabra especial para eso, jamidit, cuando el hielo canta, brama, sin que nadie pase por encima.

A lo largo del camino a su casa, el hielo aúlla en los oídos de Elina.

Llora sin parar, se queja y se rompe.

—Bastante segura —dijo Marianne Aspehult, de la tienda Be-We:s, señalando la foto del pasaporte de Jocke Häggroth—. En realidad, completamente segura. Suele venir a comprar aquí pero no recuerdo si ha comprado alguna tarjeta de prepago.

Anna-Maria Mella recorre la tienda. Es muy acogedora, no había puesto los pies allí antes, aunque hace una eternidad que existe.

Marianne Aspehult miró las fotos de los dos hombres que Sivving había dicho que pescaban arriba, por la zona de Abisko.

—Claro que estos quizá también han venido a comprar alguna vez, aunque yo no lo recuerdo. La verdad es que creo que… no.

Anna-Maria asintió con la cabeza.

—Gracias —dijo.

—Tengo que preguntar una cosa —dijo Marianne Aspehult—. ¿Tiene esto algo que ver con el asesinato de Kurravaara?

Anna-Maria sacudió la cabeza en forma de disculpa.

—Claro —respondió Aspehult—. Coge golosinas si quieres, o el periódico.

«La gente es tan agradable —pensó Anna-Maria cuando abandonó la tienda—. Voluntariosos y buenos. La mayor parte no se dedica a matar a su prójimo».

Después llamó a Von Post. Había llegado el momento de ir a buscar a Jocke Häggroth para un interrogatorio.

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Rebecka Martinsson iba hacia Jukkasjärvi. Matti, el hijo de Sol-Britt, había trabajado en el taller de corte de bloques de hielo junto al Hotel de Hielo.

Allí cortaban los bloques de hielo que se utilizaban cuando construían el hotel, les suministraban los bloques a los escultores para sus obras de arte y hacían muescas en el hielo según sus deseos con máquinas especiales.

Fabricaban vasos de hielo, platos de hielo, todo lo que después utilizaría el Hotel de Hielo cuando se construyera en invierno.

Era como un taller normal y corriente, el ruido era el mismo, las sierras y las brocas. La única diferencia era el frío.

«Debería haberme puesto el anorak», pensó.

Rebecka preguntó por Hannes Karlsson. Él fue quien encontró a Matti Uusitalo cuando lo atropellaron. En la poca documentación que había sobre el caso ponía que eran compañeros de trabajo.

Hannes Karlsson trabajaba junto a una pequeña sierra. Fabricaba cristales de hielo de cinco centímetros de largo.

Cuando se acercó, él apagó la sierra, se quitó las gafas protectoras y los cascos para los oídos.

—Esto será una lámpara de cristal —dijo—. Hacemos piezas con el hielo que hemos almacenado. Después los artistas y los diseñadores lo pulen. Ahora estamos esperando a que llegue el invierno, entonces construiremos el hotel. Cuando queda listo suelo ir a Björkis a trabajar allí para la temporada de esquí.

Llevaba una barba corta y oscura y todavía estaba moreno. Se veía fuerte a pesar del cuerpo delgado y fibroso. Miraba a Rebecka con descarado interés.

«Un aventurero —pensó Rebecka—. De los que van en trineo tirado por perros y baja los rápidos en canoa. Una de esas almas inquietas».

—Podemos salir de aquí —dijo él con un gesto de la cabeza que significaba que se daba cuenta del frío que ella estaba pasando—. Iba a hacer una pausa para el café.

»Fue una maldita tragedia —afirmó cuando se sentaron en la sala con una taza de café cada uno—. Hace tres años que atropellaron a Matti.

Seguir: parte 2 de 3