Siete Días Sin Besos
Aro no respondió. La miró de arriba…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿O lo que había ocurrido después? ¿Y si se había equivocado? Lo último que deseaba era provocar una guerra entre los dos rivales.
–Sí -respondió con firmeza-. Strabo.
–¿Y dónde está? ¿Ha vuelto contigo?
–No, desapareció -Lydia se llevó la mano a la garganta al revivir el terrible momento en el que había sentido aquellas manos sobre sus hombros-. Dijo que me esperaría abajo, pero cuando volví no estaba por ninguna parte.
–¿Y no se te ocurrió volver a casa de Rufus y esperarlo allí?
–No. La casa era demasiado pequeña y los abuelos de Tuccia estaban enfermos -hizo una pausa y lo miró con los ojos muy abiertos-. Pensabas que me había pasado algo.
–Recibimos una noticia que ahora parece no ser cierta, gracias a Mercurio.
La cabeza de Lydia no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido. No podía saber si efectivamente Ofelio había pretendido secuestrarla o si tenía intención de hacerle daño. Quizá sólo hubiera querido llevarla a casa. De otro modo habría podido retenerla al ver a Sulpicia. No, seguramente sólo había querido darle un susto. No quería que Aro sufriera ningún daño por su culpa.
–No ha pasado nada. Me encontré con Sulpicia y ella me trajo.
–¿Y qué hacía tu cuñada en esa zona de la ciudad?
–Había ido al templo a consultar a los augures sobre el nacimiento del bebé.
Lydia esperó a que dijera algo, pero siguió en silencio mirándola como si fuera una niña traviesa. Debería alegrarse de ver que había vuelto, pero no era así. Evidentemente, algo iba a mal pero, una vez más, él no iba a compartirlo con su esposa.
–Ahora tendrás que perdonarme -dijo dirigiéndose a la puerta-. Ha sido un día muy largo y quiero descansar.
Salió de allí sin esperar una respuesta, con la cabeza bien alta, sin dignarse a mirar atrás.
–¿Qué hago con los hombres? – le preguntó Piso en cuanto volvió al atrio.
–Diles que vuelvan a sus puestos, hoy no habrá batalla -se echó a reír con orgullo-. Parece que nuestro adversario subestimó a mi esposa. Lydia ha vuelto sana y salva. Ahora no quiero molestarla, así que esperaré a más tarde para pedirle que me cuente qué ha sucedido exactamente.
–¿Crees que la retuvo él? El mensaje era muy claro.
–Creo que lo intentó, pero Lydia consiguió escapar de algún modo.
Ofelio parece empeñado en reanudar las hostilidades, pero no comprendo por qué ahora. Y por qué de un modo tan provocador.
–La estafa del aceite de oliva empezó meses atrás, sólo que nunca lo había intentado con la casa Lupan hasta ahora. Es muy raro que su capitán intentara atacaros de esa manera a Lydia y a ti. No comprendo como se le ha ocurrido poner en peligro a la esposa del jefe de una casa de comercio.
Pase lo que pase, mis hombres y yo estaremos a tu lado. No me importa lo que digan esas maldiciones, lo único que sé es que te agradezco que me hicieras venir de Ostia antes de embarcarme hacia el norte.
Aro le puso la mano en el hombro a su amigo y dijo:
–Eres un verdadero amigo. Gracias.
–Me habría gustado ver la cara de Ofelio cuando Lydia se le escapó de las manos. Con la experiencia que tiene ese sinvergüenza en secuestrar mujeres.
Se le heló la sangre en las venas al imaginar lo que habría podido pasar.
–Afortunadamente, Lydia ha demostrado ser una dura adversaria para él.
–Apruebas lo que hizo.
–Parece que al igual que Ofelio, la has subestimado -su esposa era una mujer fuerte-. Y me temo que yo también lo he hecho. Quiero que hables con nuestro contacto en el negocio de Ofelio y averigües para quién trabaja.
Ofelio jamás se atrevería a intentar secuestrar a la hija de un senador a menos que contara con la protección de otro senador igualmente poderoso.
–¿Qué piensas hacer tú? – le preguntó Piso.
–Arreglar las cosas con Lydia.
OceanofPDF.com
Capítulo 15
Lydia se quitó el vestido y las sandalias, ya encontraría el modo de librarse de todo aquello. No quería que nada le recordara nunca lo sucedido aquella tarde.
Mientras se untaba el cuerpo con aceite de oliva no podía dejar de pensar que lo único que había conseguido al no hacer lo que Aro le había aconsejado y al no volver a casa de Rufus para esperar a buen recaudo era demostrarle a Aro lo tonta que era. Que no era la matrona madura y sensata que pretendía ser.
Lo peor de todo era que al regresar había deseado sentir los labios de Aro, había estado dispuesta incluso a suplicar por ello, a perder la apuesta.
Pero parecía que Aro lo había olvidado.
Tan absorta estaba en sus pensamientos, que no oyó el sonido de la puerta y no supo de su presencia hasta que sintió el roce de su mano tratando de quitarle el frasco de aceite.
–Vete -gritó.
–¿Y perderme esta increíble visión? – respondió él con voz tranquila y sardónica.
–Deja que me vista -le pidió antes de que se diera cuenta del modo en que su cuerpo reaccionaba con sólo verlo, de como se le habían endurecido los pezones.
Pero él agarró el strigil y volvió a acercarse.
–Estás cubierta de aceite. Deja que te frote -la miró con una sonrisa que era pura seducción-. Tuccia está con sus abuelos, así que necesitas una doncella.
–Aro, puedo imaginarte haciendo muchas cosas, pero jamás trabajando como doncella. Además, no creo haber pedido tu ayuda -tragó saliva e intentó no pensar en que sus manos la tocaran.
–No me rechaces antes de ver qué tal lo hago.
Sin esperar una respuesta, Aro comenzó a frotarle la piel, provocando un sinfín de escalofríos y de sensaciones completamente nuevas para ella.
–Ya está bien. Puedo arreglármelas sola -trató de cubrirse con una mano mientras con la otra le quitaba el strigil. El aceite había vuelto transparente la combinación y ahora se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.
–¿Igual que lo has hecho esta tarde?
Lydia lo miró con la boca abierta. ¿Quién se lo había contado?
–¿De qué estás hablando? – después de dejar el strigil en la repisa, se acercó a las toallas, pero no acertó a colocársela sabiendo que Aro seguía observándola sin pestañear y con una sonrisa en los labios como si supiera por qué estaba tan nerviosa. Por fin se concentró en lo que estaba haciendo y se cubrió con la toalla-. Ya te he dicho lo que pasó.
–Pero has omitido lo que ocurrió entre la visita a casa de Rufus y el momento en que te encontraste con Sulpicia -le recordó con gesto sombrío-.
Tenemos que hablar, Lydia. Necesito saber qué ocurrió.
–¿Es tan importante?
–Strabo está en la enfermería con la cabeza abierta. El doctor dice que se pondrá bien -añadió con voz firme-. ¿Viste algo que pudiera ayudarnos a encontrar a la persona que lo atacó? Tengo que proteger a mis hombres.
–Me crucé con dos hombres en la escalera de la casa de Rufus y me pareció que eran hombres de Ofelio, pero ahora no estoy tan segura. No quiero causar problemas. Podría hacerle daño a alguien.
–A Strabo ya se lo han hecho -cruzó los brazos sobre el pecho-. Sigue contándome. Quiero saberlo todo.
Finalmente, Lydia le relató brevemente el encuentro con Ofelio y sus hombres. Vio como su gesto se hacía más y más serio. Empezaron a temblarle las manos al pensar en lo que podría haberle pasado, pero se concentró en seguir hablando y parecer tranquila. Si la rozaba siquiera o hacía el menor gesto, Lydia sabía que acabaría en sus brazos.
–¿Y te dejó escapar?
–Supongo que no quiso hacer una escena. Sulpicia me había visto. Me dijo que mi padre está haciendo algún tipo de negocios con él -Lydia se encogió de hombros-. Ofelio tiene buena relación con mi padre, no creo que se atreviera a atacarme. Mi padre sigue teniendo amigos poderosos a pesar de la enfermedad. Es evidente que Ofelio sólo hacía lo que creía que era su deber. Por supuesto que me asusté, pero ahora me doy cuenta de que me dejé llevar por mi imaginación.
–Me mandó una tablilla solicitándome que me reuniera con él. Quería hablarme de algo de valor que me pertenecía. Estaba seguro de que se trataba de ti.
Sintió un escalofrío al oír que la consideraba de valor… aunque seguramente para él su único valor residía en la influencia de su padre.
–Por eso estaban aquí todos esos hombres.
–No suelo pasar por alto un insulto como ése -dijo Aro poniéndose las manos en las caderas como el capitán de barco que era-. No permito que nadie ataque a mi esposa y quede impune.
–No hubo tal ataque. Estoy bien y, como te he dicho, seguramente fuera sólo un malentendido.
–Si prefieres pensar eso… -se quedó mirándola en silencio, con actitud inflexible.
Lydia asintió. No era tan ingenua como para pensar que habría puesto en peligro a sus hombres por ella. Habría sido para defender el honor de la casa Lupan.
–Si ya tienes toda la información que buscabas, puedes marcharte -dijo señalando la puerta.
–¿Crees que estaba bromeando cuando me he ofrecido a ser tu doncella?
– dio un paso hacia ella.
–Tú y yo tenemos un acuerdo -se apresuró a decir al tiempo que trataba de controlar el calor que había invadido su cuerpo-. Se supone que no me besarás hasta que yo no te lo suplique.
–Ya me lo has pedido dos veces -le recordó Aro con un misterioso brillo en los ojos-. Pero nunca dije nada de tocarte.
Sumergió los dedos en el aceite y, tras quitarle la toalla, empezó a dibujar círculos en su nuca, pequeños círculos de calor. Lydia sabía que si daba un paso atrás, se encontraría con el muro de su fuerte pecho. Aro continuó hablando en un tono distendido, como si se encontraran en el atrio en lugar de en la intimidad del baño.
–Deberías recordar la naturaleza de la apuesta. Yo hablé de labios, no de manos.
Lydia tragó saliva. Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero no podía decírselo porque eso significaría que había perdido. Después de lo sucedido con Ofelio, ya no estaba segura de lo que quería. Había vuelto a toda prisa buscando la protección de Aro y se preguntaba si eso la convertía en una hipócrita. Quizá lo quisiera todo.
–Un caballero jamás habría entrado aquí sin llamar -dijo tajantemente.
Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios.
–Nunca dije que fuera un caballero, pero soy tu esposo.
–Eso no lo olvido -bajó la mirada al anillo que adornaba su mano y pensó en lo extraño que resultaba que aquel objeto hubiese pasado a formar parte de ella tan deprisa.
Entonces Aro separó las manos de su cuerpo y la miró.
–Me marcharé si eso es lo que realmente deseas.
Lydia lo miró y supo que si le pedía que se fuera, lo lamentaría durante el resto de su vida. Ya pensaría en las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, ahora sólo quería sentir sus caricias, quería sentir lo que había sentido al hacer el amor con él, antes de que él lo estropeara todo.
Pero esa vez, si hacían el amor, sabría que lo había hecho porque lo deseaba tanto como ella y no por obligación.
–Quédate -susurró por fin.
–Como desees.
–No te estoy suplicando -añadió ella rápidamente-. Sólo te lo estoy pidiendo.
–Lo sé. Si en esta habitación hay algún pensamiento impuro, no son los míos.
–Puedes ayudarme con el strigil, eso es todo -iba a demostrarle que era inmune a él, que podía aguantar un día más.
–No vas a perder, esposa mía, ambos ganamos con la rendición.
–¿De qué clase de rendición estamos hablando?
–Incondicional.
Lydia pensó en lo que eso significaría y sintió que le ardía la piel, el cuerpo entero. Había empezado a pasarle el aceite por la base del cuello y su mano comenzaba a bajar hasta el borde de la combinación. Bajo ella, los pezones eran dos picos endurecidos por el poder de las sensaciones.
Necesitaba tocarlo, sentir su boca. Y necesitaba pensar que no era una rendición.
–Por favor -susurró.
Su mirada se clavó en ella y Lydia tuvo la sensación que podía alcanzar a verle el alma. ¿Vería también cuánto lo deseaba?
Sacó la lengua y se humedeció los labios. Estaba tan cerca de él, que sólo tenía que inclinar la cabeza un poco para rozar su boca. ¿Se atrevería a hacerlo?
No fue necesario que buscara la respuesta. Fue él el que le puso la mano en el cuello y la acercó hasta hacer desaparecer la ínfima distancia que los
separaba. Sus bocas se encontraron y también sus lenguas.
Aro la rodeó entre sus brazos y la apretó contra sí. Podía sentir su excitación. El también la deseaba, la deseaba tanto como ella a él.
–Vas a tener que desnudarte -le dijo sin apartar la boca de la de ella.
–¿Por qué? – podía ver el ansia en su mirada.
–Para poder seguir limpiándote. Sería una lástima dejar la labor a medias.
–Muy bien. Pero, si yo me desnudo, tendrás que hacerlo tú también.
Aro la miró sólo un instante y se echó a reír.
–Si es eso lo que ordenas, soy tu fiel servidor.
Un momento después estaba frente a ella, completamente desnudo.
Lydia no pudo resistir la tentación de tocar aquel cuerpo perfecto como las esculturas de los dioses. Le acarició los pezones y se deleitó en su reacción.
–Te sobra mucha ropa -le dijo y, acto seguido, la despojó de la fina tela que cubría su cuerpo.
Entonces fue él el que le acarició los pezones hasta hacer que perdiera el equilibrio y tuviera que agarrarse a él. Aro sonrió y bajó la cara hasta poder acariciar con la lengua lo que acababan de tocar sus dedos. De sus labios escapó un gemido de placer.
Aro volvió a meter los dedos en el aceite para después ponerle unas gotas en el pecho. El líquido cayó poco a poco por su vientre y entonces él se lo extendió suavemente por todo el cuerpo, evitando el triángulo oscuro entre sus piernas. Después volvió a frotarla con el strigil hasta eliminar todo el aceite. El deseo creció más y más en su interior.
–Ahora te toca a ti -susurró Lydia quitándole el aceite.
Ahora fue ella la que recorrió su cuerpo del mismo modo que él lo había hecho. El aceite convertía su piel en oro puro. Lo frotó con el strigil, sintiendo el poder de sus músculos.
–Creo que he terminado -declaró con una voz empapada en deseo que apenas reconocía.
–Aún no lo has hecho todo.
Lydia bajó la cabeza y vio la prueba innegable de su excitación. Su mano lo tocó, duro pero suave como la seda. Él puso la mano sobre la suya y la mantuvo allí unos segundos. Después, muy despacio, la hizo tumbarse en el suelo.
Su lengua fue recorriéndola hasta llegar al oscuro vello rizado de su pubis. Lydia no pudo reprimir un gemido en el momento en que sintió como la lengua de Aro penetraba en la parte más íntima de su cuerpo.
–¿Quieres que siga? – le preguntó.
Su única respuesta fue un gemido gutural y primitivo.
–Supongo que eso es un sí.
Su lengua volvió a ella y la atormentó y embriagó hasta que todo estalló a su alrededor.
Lo agarró del pelo, hundiéndole el rostro contra ella.
–Por favor -suplicó-. Por favor, te deseo. Quiero tenerte dentro… ahora.
Aro levantó la cara y una masculina sonrisa rozó sus labios. Ella abrió los muslos para dejarle paso adonde acababa de estar su lengua. Su cuerpo se abrió a él para luego envolverlo y moverse con él, cada vez más rápido hasta alcanzar esa maravillosa liberación.
Después de la tormenta, Lydia se quedó tumbada con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón.
–Menos de siete días, ninfa mía -susurró él con voz grave-. Quizá la próxima vez te fíes de mi palabra.
Lydia frunció el ceño y trató de levantarse, pero sus brazos se lo impidieron estrechándola con fuerza.
–Esta vez no. No voy a dejar que salgas corriendo, hecha una furia.
Quiero que admitas que has perdido la apuesta. Seguirás siendo mi esposa tal y como nos casamos -hundió la cara en su pelo-. Yo por mi parte prometo cuidarte y protegerte.
–No has jugado limpio -farfulló Lydia aun sabiendo que no era verdad.
Ahora que estaba en sus brazos, dejaba de parecerle importante quién tuviera su custodia. Sabía que deseaba a Aro con todas sus fuerzas y que ya no era la misma mujer que había sido. No quería volver a cuidar de su padre y de Sulpicia. Quería vivir su propia vida.
–Yo sólo me ofrecí a ayudarte, a ser tu doncella.
–Pero sabías lo que pasaría -dijo sentándose frente a él.
–Más que saberlo, lo esperaba -respondió con los ojos clavados en los de ella.
–¿Y qué esperabas ganar con esa demostración?
–Qué siempre cumplo las promesas que hago, por extrañas que parezcan.
–Hay otras maneras de demostrarlo.
–Pero ninguna tan placentera -aseguró acompañando sus palabras de un beso en la frente.
–En eso estoy de acuerdo.
Lydia se levantó para vestirse, pues en el suelo se estaba quedando fría.
Después de ponerse la toga, Aro la ayudó con su vestido.
–¿Ves como me necesitas en ausencia de Tuccia? – bromeó Aro.
Al oír el nombre de su doncella Lydia recordó el ánfora con el sello de Publio que había visto en casa de Rufus.
–¿Quién te vendió ese liquamen? – preguntó después de que Aro le hubiese confirmado que lo había comprado en el foro.
–Un comerciante, no recuerdo, pero el comprobante de compra estará en mi despacho. ¿Por qué es tan importante? añadió sin comprender.
–Porque llevaba el sello de mi hermano. Ofelio le prometió a Sulpicia que Publio había recibido el cargamento en Corinto.
–Comprobaré la fecha, pero desde luego sé que fue hace más de un mes.
–No comprendo qué está pasando. ¿Por qué mintió Ofelio a Sulpicia?
–No tengo respuesta para esa pregunta -admitió Aro con un beso-. Pero puedo hacer algunas averiguaciones. Lo que está claro es que Ofelio está metido en un juego muy peligroso.
–¿Debería decírselo a Sulpicia? Me ha dicho que mi padre está haciendo negocios con Ofelio. Quizá si tú hablaras con ella…
–Sólo conseguiría preocuparla más. Confía en mí. Deja que investigue un poco y, mientras, quédate tranquila sabiendo que Publio tiene su dinero.
Aro la miró fijamente y Lydia supo que confiaba en él. Después de aquel día, no quería ni pensar en tener que volver a enfrentarse a Ofelio.
–¿Qué prefieres… una comida caliente o una cama? – le preguntó entonces Aro.
–Las dos cosas.
–Creo que podré arreglarlo.
OceanofPDF.com
Capítulo 16
Aro miró al cielo nocturno de la ciudad. Estaba a punto de cumplir la promesa que le había hecho a su padre y ahora aquello. Necesitaba saber quién era el responsable de que Ofelio hubiese intentado secuestrar a Lydia y, lo más extraño, por qué la había dejado marchar. Lydia había sido muy lista, pero Aro tenía la sospecha de que, si Ofelio realmente hubiese querido retenerla, lo habría conseguido.
También le preocupaba que aquel incidente hubiese revelado su punto débil. Llegar al senado no significaría nada si Lydia no estaba a su lado.
Sonrió con tristeza. Sólo esperaba no tener que elegir nunca entre la lealtad a su padre y sus sentimientos por su esposa.
Un movimiento entre las sombras lo sacó de sus pensamientos y lo puso en guardia hasta que se dio cuenta de que se trataba de Piso.
–¿Qué te ha contado nuestro amigo? – le preguntó Aro después de asegurarle que Lydia estaba bien.
–Según me ha contado Flora nuestro amigo se cayó de un barco hace dos días. Un final trágico para un indeseable. Estoy convencido de que llevaba un doble juego.
–¿Qué más sabe Flora? ¿Te ha dicho para quién trabaja Ofelio?
–Esto no te va a gustar… trabaja para Veratio Cornelio.
–¿El padre de Lydia? – Aro no se esforzó en ocultar su sorpresa.
–El mismo. Uno de los hombres de Ofelio es muy cariñoso con las chicas de Flora y parece ser que esta misma noche se quejaba de que el plan se había estropeado porque al viejo le entró miedo y apareció donde no debía.
Aro sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Parecía que Rufus había estado en lo cierto desde el principio; no debían confiar en los Veratio. ¿Cómo iba a explicárselo a Lydia?
–¿Estás seguro? Es muy importante que estés seguro. Las confesiones de un borracho a su prostituta no sirven de prueba ante un tribunal.
–Flora nunca me ha dicho algo que no fuera cierto. ¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que reúna a algunos hombres y vayamos a ajustarle las cuentas a Veratio Cornelio?
A Aro se le heló la sangre en las venas al pensar en lo que significaba lo que Piso acababa de contarle. ¿Veratio Cornelio estaba dispuesto a
sacrificar a su propia hija para vengarse? Tenía que haber un error porque, si era cierto, ese hombre no merecía una hija como Lydia.
–¿Cómo puede alguien querer hacer algo así a su hija? ¿Es que no se da cuenta de lo que es capaz Ofelio? – Aro clavó la mirada en el vacío, intentando encontrar el sentido a todo aquello.
–Quizá fue por eso por lo que se asustó.
–No fue Veratio el que envió esa litera, la que iba dentro era Sulpicia, de vuelta del templo.
–Entonces no lo entiendo.
–Antes de decírselo a Lydia, necesito estar completamente seguro.
–¿Aro? – era la voz de Lydia-. ¿Con quién hablas?
–Con Piso. Salió a ver qué tal te encontrabas.
Lydia salió a la luz de la luna. Se había echado un manto sobre los hombros y estaba encantadora. Su esposa, la mujer que había jurado proteger, estaba en peligro por culpa de su propio padre.
Piso se despidió enseguida y los dejó solos, pero Lydia sospechaba de aquella conversación a horas tan intempestivas.
–Dime la verdad, Fabio Aro -le pidió poniendo la mano sobre la suya-.
¿Lo que hablabais tiene algo que ver con el susto de esta tarde? Estoy segura de que tiene que haber una explicación muy sencilla.
Aro observó su rostro y supo que no podía mentirle, pero tampoco podía decirle la verdad. La estrechó en sus brazos y apoyó la mejilla en su cabeza.
–Tiene que ver con lo sucedido esta tarde, sí. Estoy tratando de descubrir la razón de lo ocurrido y de todos los demás ataques. El negocio de Ofelio y la casa Lupan siempre han sido rivales, pero nunca enemigos enconados. No es bueno para los negocios.
Lydia levantó la cara para mirarlo. No podía darle falsas esperanzas; tenía que ver las cosas tal como eran.
–Estás hablando de una tercera persona. Crees que hay alguien más implicado.
Aquél era un momento decisivo. Podía decirle lo que le había contado Piso y destruir cualquier posibilidad de futuro con ella, o podía esperar. Por primera vez en su vida, Aro dudó sobre qué hacer, pues era consciente de todo lo que se arriesgaba a perder.
–No tengo ninguna prueba, pero la conseguiré y pondré fin a estos ataques, Lydia. Debes confiar en mí.
–Confío en ti, Aro -dijo acariciándole la mejilla-. Es tarde y pronto irán a levantarte de la cama. Ven a estar un rato conmigo.
–Debes perdonarme por no explicártelo antes. Tenía intención de hacerlo cuando te encontré en el baño.
–Me parece que tenías otras cosas en la cabeza -susurró riéndose.
–Ojalá siempre tenga ese tipo de distracciones, mi ninfa -le dio un beso en la frente y, en silencio, pidió a los dioses que le dieran más tiempo.
Unos días más tarde, Lydia decidió salir a almorzar al jardín mientras esperaba el regreso de Aro. Por fin había llegado el momento de que el censor confirmara su posición en el senado, una ceremonia a la cual no se permitía asistir a las mujeres. Lydia había invitado a su padre a que fuera a cenar tras la ceremonia, pero Veratio Cornelio había declinado la invitación poniendo su salud como excusa.
Lydia estaba decepcionada, pero Aro le había dicho que no se preocupara, que así la celebración sería más íntima.
Él se había marchado un poco antes de lo necesario porque durante la noche había habido algún problema en el almacén.
Un estruendo de pasos y voces precedió la llegada de Gallus, el sirviente de su padre, seguido del de Aro, que parecía furioso.
–Lo siento, señora, pero no ha habido manera de que este rufián esperara en la puerta. Insiste en hablar con usted.
–Está bien, Clodio, conozco a este hombre.
–Lydia Veratia, tiene que venir enseguida. Su padre solicita su presencia
-anunció Gallus.
–¿Qué ocurre, Gallus? ¿Para qué me necesita mi padre?
–Es la señora Sulpicia. Parece que está de parto. Veratio Cornelio le pide que vaya enseguida.
Lydia frunció el ceño. El bebé de Sulpicia no debía nacer hasta las siguientes calendas.
–¿Han llamado a la comadrona?
–Estaba de camino. Pero la señora Sulpicia pregunta por usted.
–Entonces iré. Le prometí que estaría a su lado -Lydia se puso en pie y pensó como organizarlo todo. Tenía muchas cosas que hacer y no sabía cuánto tiempo tendría que estar allí cuidando a Sulpicia. Al menos volvía a contar con la ayuda de Tuccia, que había regresado hacia unos días.
–Señora, Fabio Aro insistió en que estuviera usted aquí a su regreso. El cocinero ha preparado una cena especial y los músicos estarán a punto de llegar.
–Lo entenderá. Se trata de una emergencia -se volvió a mirar a Gallus-.
Es una emergencia, ¿verdad?
Gallus bajó la mirada con el rostro sonrojado.
–Eso me dio a entender Veratio Cornelio.
–No hay hombres de sobra. Tendrá que esperar a que alguno vuelva del almacén. No puedo permitir que salga sin protección. Fabio Aro dio órdenes explícitas al respecto.
–¿Cuándo hizo eso?
–Esta mañana antes de marcharse. Dijo que usted no debía salir sola de casa en el día de hoy.
–No estaré sola. Gallus está aquí.
Clodio miró al otro sirviente con una expresión que daba a entender que no le merecía demasiada confianza.
–A Fabio Aro no le gustará.
–Si supiera lo que ocurre, estaría de acuerdo conmigo.
Pero Clodio no parecía impresionado con su firmeza y Lydia no quería arriesgarse a que hubiera más malentendidos entre ellos.
–Está bien, yo misma le informaré -decidió de pronto-. Llévame con mi marido y yo misma se lo diré.
El almacén estaba en completo silencio, nada que ver con el ajetreo de la otra vez. Había algún que otro obrero, pero era como si el edificio entero estuviera conteniendo la respiración.
Según le explicó Clodio, la gente había empezado a temer las continuas maldiciones y se decía incluso que los dioses le habían dado la espalda al Lobo de mar. Lydia no pudo evitar pensar que esas maldiciones habían empezado a aparecer justo cuando ella se había casado con Aro. ¿Quién sería su enemigo?
–Dicen también que podría perder la elección para senador -añadió Clodio en un susurro.
Lydia sintió un escalofrío. Aquel puesto en el senado lo era todo para Aro. Se había casado con ella para asegurarse los votos necesarios para conseguirlo.
–Eso es una tontería. Estoy segura de que Fabio Aro estaría de acuerdo conmigo.
–¿En qué? – dijo la voz de Aro.
Su esposo apareció con un aspecto que en nada se parecía a su imagen impoluta de siempre; tenía la frente empapada en sudor y la túnica manchada como si hubiera estado levantando piedras o ánforas.
–Es Sulpicia -empezó a explicarle Lydia nada más verlo-. Gallus dice que el bebé está en camino y ha pedido que vaya. Cuando me casé le prometí que volvería cuando fuese a nacer el niño. Es lo menos que puedo hacer, Aro.
Aro le acarició la mejilla y le dio un beso en la frente.
–Pensé que todavía quedaba tiempo para que naciera el bebé.
–A veces se adelantan. Deja que vaya, por favor.
–No puedo, Lydia. – dijo apartando la mirada de ella-. Temo que sea una trampa.
–¿Una trampa? ¿De qué estás hablando? – Lydia sintió un frío repentino.
–Corre el rumor de que tu padre está asociado con Ofelio y que ambos intentan desacreditarme. Me temo que podrías estar en peligro.
–¿Mi padre? ¿Qué tontería es ésa?
–Ofelio se comportó de un modo muy extraño el día que intentó secuestrarte.
–Me escapé -intentó no pensar en que era cierto que ni siquiera había intentado impedirle que huyera-. Mi padre jamás intentaría hacerme daño.
Soy su hija.
–Estoy seguro de que no tenía la menor intención de hacerte ningún daño -le puso la mano en el brazo en un gesto que la llenó de calor.
–¿Por qué iba a hacerlo entonces? Me niego a creerlo. Quien te haya dicho eso sólo pretende perjudicar a mi padre.
–Aún no sé los motivos, pero hasta que los sepa debo pedirte que no vayas a su casa. Tienes que creerme, Lydia. No tengo ningún interés en manchar el buen nombre de tu padre.
–Pero crees que es cierto.
–Sí.
El miedo se apoderó de ella. Tenía que haber una explicación. Aro insistía una y otra vez en que no estaba acusándolo a la ligera, que tenía
pruebas consistentes, pero Lydia sencillamente no podía creerlo. Tenía la seguridad de que en casa de su padre estaría a salvo, por eso le pidió a Aro que la acompañara si tan convencido estaba de que era peligroso.
–¿Por qué no esperas tú hasta que yo tenga tiempo para ir? Anoche alguien cortó las cuerdas que sujetaban las ánforas. Podría haber habido una tragedia y ahora tengo que asegurarme de que todo está bien. Después tengo que ir a la ceremonia con el censor.
–¡Y yo tengo que cumplir la promesa que le hice a mi cuñada!
–No tienes por qué gritar -respondió con evidente irritación-. Te acompañaré en cuanto haya solucionado las cosas aquí, así podré esperarte.
–¿Por qué? ¿Es que no confías en que vaya a volver? – no podía creer que, a pesar de todo lo que habían vivido, siguiera sin fiarse de ella.
–Yo no he dicho eso -dijo con una sonrisa que no hizo más que enfurecerla aún más-. Cálmate. No estás en estado de ir a ayudar a Sulpicia.
Además, ¿qué sabes tú de partos? Deja que se encargue la comadrona.
–Se lo prometí. ¿Es que no lo entiendes?
Aro ablandó el gesto y Lydia pensó que por fin lo había comprendido y dejaría que fuera.
–¿No entiendes tú que para mí lo más importante es que no te pase nada? – le dijo dulcemente-. Sólo te pido que esperes un poco.
–Tengo que ir ahora -insistió Lydia, segura de que Aro pondría una excusa tras otra para no dejarla marchar-Y voy a ir con o sin tu permiso.
–Te lo prohíbo. Eres mi mujer y vas a hacer lo que yo diga.
–De eso nada.
Estaba iracunda. ¿Se lo prohibía? Había creído que entre ellos las cosas eran diferentes, pero ahora se daba cuenta de que no podría soportar una relación así. Con un movimiento de furia Lydia se quitó el anillo y lo tiró al suelo, a los pies de Aro.
–Me temo que no puedo ser la esposa que deseas. Pensé que podría, pero no puedo.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta con el corazón roto. Sabía que si se volvía a mirarlo y veía el menor arrepentimiento, la más ínfima señal de comprensión en sus ojos, correría a sus brazos, así que continuó andando sin mirar atrás.
Aro vio el anillo en el suelo y dio un par de pasos hacia Lydia, pero entonces se detuvo. Fabio Aro no iba detrás de las mujeres. Así pues, se
agachó y tomó el anillo.
–¿Quieres que vaya tras ella? – preguntó Clodio.
Aro cerró los ojos y negó con la cabeza.
Al principio Lydia estuvo demasiado furiosa como para pensar, pero entonces había empezado a preocuparse de que fuera tras ella y después de que no fuera. No lo hizo, ni siquiera envió a uno de sus hombres.
Su matrimonio no era lo bastante importante para él. Nunca le había dicho que la amara, sólo que la protegería, igual que habría hecho por cualquiera de sus hombres. Pero lo más irónico era que ella sí lo amaba y si hubiera ido tras ella, Lydia habría olvidado todos sus principios. Pero no lo había hecho. A Aro sólo le importaba su negocio y las apariencias.
La casa de su padre estaba inusualmente tranquila. Lydia fue directamente a la habitación de Sulpicia con la intención de hablar con su padre más tarde para aclarar todos aquellos malentendidos.
Encontró a su cuñada en su habitación, junto a Beroe, la doncella.
–Sulpicia, he venido tan pronto como he podido. Dime que no llego tarde.
–¿Lydia? ¿Qué haces aquí?
–Enviaste a Gallus para que me hiciera venir.
–No, yo no -Sulpicia se echó a reír con gesto de incomprensión-. No he visto a Gallus en toda la mañana.
La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor. Alguien le había mentido para sacarla de casa de Aro.
–¿Qué te ocurre, querida? Te has quedado muy pálida.
–Estoy bien -dijo Lydia entre dientes-. Pero, ¿por qué alguien ha querido que viniera aquí con tanta urgencia? Gallus me dijo que estabas de parto.
–Parezco una ballena y me duelen los pies, pero sabes muy bien que el bebé no llegará hasta las próximas calendas. Yo no tenía necesidad de hacerte venir.
De pronto se dio cuenta de que su cuñada se había sonrojado.
–Tú sabes quién me ha hecho venir -dijo en voz baja.
Los ojos de Sulpicia se llenaron de lágrimas.
–Fue Cornelio. Me pidió que escribiera la nota, pero me negué a hacerlo. Esperaba que no vinieras, pensé que te darías cuenta de que yo te
habría enviado una nota escrita por mí misma. No confío en la memoria de Gallus.
–Claro que he venido. Te hice una promesa.
–Cornelio dijo que vendrías. Discutimos por eso y es uno de los motivos por los que estoy en mi habitación. Está imposible desde que empezó esa repentina amistad con Ofelio.
Lydia resistió la necesidad que sentía de gritar. Su padre la conocía bien y la había utilizado precisamente porque conocía su sentido del deber. En su empeño por cumplir la promesa que había hecho, había desoído las palabras de Aro. En lugar de demostrarle lo buena persona que era, había mostrado desprecio por su afán de protegerla. Y por su amor.
Ahora sólo deseaba tener la oportunidad de disculparse con él y empezar de nuevo. Entre ellos había algo y quizá aún pudieran salvarlo. En adelante, lo escucharía con el corazón.
–Lydia, ¿adónde vas?
–Tengo que volver. Tengo que encontrar a Aro y pedirle perdón.
–No puedes irte -le dijo Sulpicia agarrándola del brazo con desesperación-. Díselo, Beroe, dile que tiene que quedarse aquí. Cornelio sólo hace caso a Ofelio. Te hizo venir y ahora tiene rodeada la casa para asegurarse de que no sales. Quiere destrozar a Aro. Dijo que cuando hubiera acabado con él, ya no habría más Lobo de mar.
OceanofPDF.com
Capítulo 17
Con los dientes apretados, Aro puso el anillo de Lydia en la cadena que llevaba siempre en el cuello y volvió a colocársela. El anillo de su padre lo metió en la caja fuerte que tenía en el despacho. Después sacó la toga con la banda púrpura y la dejó encima de la caja. Ser senador no era nada comparado con ser el esposo de Lydia. La promesa que le había hecho a su padre no era tan importante como la que le había hecho a ella el día de la boda. Puede que hubiese tirado el anillo, pero no iba a permitir que tirara también su matrimonio.
–Debes de ser el predilecto de los dioses -dijo la voz de Piso a su espalda.
–¿De qué hablas, Piso?
–El nieto de Rufus ha aparecido con la prueba que buscábamos. Veratio y Ofelio están trabajando juntos. El muchacho se ha hecho amigo de otro que trabaja para Ofelio y parece ser que hoy le ha dicho que no podía verlo porque tenía una misión importante que duraría varios días.
–¿Una misión importante? Piso, a veces me parece que pasas demasiado tiempo en la taberna.
–Antes escucha hasta el final. Ofelio tiene a todos sus hombres rodeando la casa de Veratio y les han dicho que se preparen bien. Les han dado una insignia en la que se ve el mismo símbolo que había en el cuchillo que me enseñaste el otro día.
–¿Cuándo ha sido eso? – preguntó Aro con impaciencia.
–Esta mañana. Según ha contado el chico, tenían que esconderse entre las sombras hasta que llegara una persona y después esperar fuera por si hubiera algún problema -Piso percibió la preocupación de su amigo-. ¿Qué ocurre?
–Lydia se marchó esta mañana. Su padre pidió su presencia en la casa diciéndole que Sulpicia estaba de parto -Aro abrió la caja fuerte y sacó una daga que se colocó en la sandalia.
–¿Y tú dejaste que se fuera?
–No tuve otra opción. Parece que Veratio conoce muy bien a su hija.
Desconfié desde el primer momento; debería haber ido con ella en lugar de enfadarme con ella por haber herido mi orgullo. Supongo… espero que su padre no deje que le pase nada.
–Es una trampa, Aro, no puedes ir allí. Ofelio lo utilizará como excusa.
Lydia encontrará el modo de volver a ti…
–¡Reúne a todos los hombres!
–¿Qué vas a hacer?
–Vamos a darle a Lydia la oportunidad de ser libre y vamos a acabar de una vez por todas con esta disputa entre las dos casas de comercio -le dio una palmada en la espalda a su amigo-. ¿A qué esperas? Vamos a la guerra.
Lydia encontró a su padre en su estudio, charlando animadamente con Ofelio. Lo primero en que se fijó fue en que su daga no estaba en el sitio de siempre. Sintió un escalofrío.
–Padre, ¿por qué no estás en el Campus Martius dando tu apoyo a Aro?
¿Y por qué estás con este hombre? Intentó secuestrarme hace unos días y, antes de eso, uno de sus hombres me atacó con un cuchillo.
–¿De qué está hablando, Ofelio? – su padre parecía sorprendido-.
Cuando te di el cuchillo te dije que mi hija no debía sufrir el menor daño.
A Lydia se le revolvió el estómago al encontrarse frente a frente con la terrible realidad. Su padre lo había sabido desde el principio. Aro tenía razón. Miró a su alrededor; resultaba irónico que siempre hubiese creído que aquél fuera el lugar donde siempre se había sentido segura.
Ya no era así.
–Fue un malentendido -aseguró Ofelio-. Encontré a tu hija sola en la calle e intenté traerla a casa, contigo.
–Esta no es mi casa -replicó Lydia con desesperación-. Mi casa está en el monte Aventino con Fabio Aro, mi marido.
–Puede que no lo sea por mucho tiempo -anunció su padre con voz solemne.
Miró a su padre sin comprender a qué se refería y qué pretendía.
–¿Fuiste tú el que envió las maldiciones? – le preguntó con horror, pues ya conocía la respuesta-. ¿Por qué querías destrozar a mi marido? No tiene sentido.
–Las maldiciones pararan cuando renuncie a ti como esposa -respondió su padre con aparente calma-. Cuando se dé cuenta de que los augures se equivocaron con respecto a vuestro matrimonio, te dejará libre. Ofelio me ha ayudado a poner en marcha mi plan. Dejaré que tenga su lugar en el senado, si renuncia a mi hija.
–Es hora de que el Lobo de mar aprenda un poco de humildad -intervino Ofelio.
–¿Y qué quieres de mi? – preguntó Lydia sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo, al hecho de que la persona que le había dado la vida estuviera detrás de los ataques.
–Quiero que dejes a tu marido y vuelvas aquí. Tú sí sabes como llevar esta casa, no como Sulpicia. Además, sé que eso es lo que deseas. Tú no querías casarte con Fabio Aro.
Lydia apartó la mano que su padre le había puesto en el brazo.
–¡No tienes la menor idea de lo que yo quiero! Sólo me quieres aquí por egoísmo, por cosas que no tienen nada que ver con mi felicidad.
–Contrólate, Lydia. Acabarás dándome las gracias.
–Jamás.
–Soy un hombre razonable. Puedes quedarte aquí, si no retiraré mi apoyo a Aro y nadie votará a un hombre al que han abandonado los dioses.
–No tienes derecho…
–Y él no tenía derecho a quitarme a mi hija.
Lydia cerró los ojos. Tenía que escapar de allí. Comenzó a caminar hacia la puerta.
–No te he dado permiso para marcharte. ¿Dónde vas?
–Al lugar donde debo estar -dijo con la cabeza bien alta para que ninguno de ellos supiera lo asustada que estaba.
–Piénsatelo bien, Lydia -le dijo Ofelio-. No tienes que contestar a tu padre ahora. Pregúntate qué vas a ganar desairándolo.
–Hija, piensa qué hará Aro cuando sepa que si no consigue un lugar en el senado, será por tu culpa. ¿Crees que seguirá queriendo que seas su esposa? Lo perderás todo y entonces mi puerta ya no estará abierta para ti.
Lydia miró a su padre como si fuera la primera vez que lo veía. Su padre había cambiado. Llevaba mucho tiempo excusando su comportamiento, pero lo cierto era que desde la enfermedad se había convertido en otra persona.
–Tú me inculcaste la idea de que uno siempre debe cumplir sus promesas. ¿Te gustaría que rompiera los votos que hice a Fabio Aro, padre?
–Es culpa suya. No me dejó opción cuando insistió en casarse contigo cum manu. No era eso lo que yo quería, por eso le pedí ayuda a Ofelio.
–Es una lástima que no se te ocurriera preguntarme qué quería yo.
–Soy tu padre. Sé lo que es mejor para ti.
–Estás muy equivocado. Además, Aro no te necesita para convertirse en senador, ni a ti ni a nadie -dijo mirándolos a ambos con los ojos encendidos-. Será el pueblo el que decida.
–Tú eliges, Lydia -le dijo su padre-. Deberías estar agradecida de que te dé esa opción.
Lydia negó con la cabeza. Aquél no era su padre, no podía ser. Había estado completamente ciega. En cierto modo sería fácil, Aro no desearía volver a verla después de que hubiera desoído sus advertencias y le hubiera tirado el anillo.
–Padre… -extendió las manos en un último intento por encontrar al padre tierno y generoso de antes.
–Creo que mi esposa preferirá que yo mismo decida mi futuro.
Lydia se dio la vuelta. El corazón estuvo a punto de salírsele por la boca. ¡Aro!
Dio un paso hacia él, que la estrechó en sus brazos con fuerza. Lydia le tocó la cara para asegurarse de que era real.
–Has venido por mí.
–¿Pensabas que iba a dejarte marchar así de fácil? – le susurró al oído.
–¿Cómo has entrado, Fabio Aro? – preguntó su padre-. La casa está protegida.
–Un consejo para el futuro, Veratio Cornelio, cuando intentes proteger una casa asegúrate de que los hombres la rodean por completo. Pude escalar el muro de atrás y entrar por una ventana. Sulpicia me informó de dónde podría encontrar a mi esposa. Ahora, si me disculpan, señores, creo que es momento de llevarme a mi mujer a casa. Ha sido un día muy largo.
Ofelio se interpuso en su camino.
–Solucionemos esto frente a frente. Ya has insultado bastante a esta familia.
Aro soltó la mano de Lydia y se volvió a mirar a Ofelio.
–Será un placer, pero no es a esta familia a quien he insultado sino a ti.
Deja que mi mujer y yo pasemos, Ofelio. Solucionaremos esto en otro momento… frente a un tribunal.
–Demasiadas palabras para un hombre que está a punto de morir.
Diciendo eso, Ofelio lo empujó hacia atrás y sacó una daga.
Aro miró a ambos lados para prepararse. No había buscado la confrontación, pero tampoco iba a rechazarla. Ofelio tenía que entender que Lydia era su mujer y que nadie podría quitársela.
Ofelio se abalanzó sobre él, pero Aro lo esquivó para después agarrarlo del brazo y hacerle soltar la daga. El pirata no tardó en liberarse y en volver a atacar enseguida. Esa vez lo agarró por la cintura, pero Aro consiguió darle un rodillazo en el pecho y hacerle caer al suelo.
–Padre, tienes que hacer algo, podría matar a Aro -oyó decir a Lydia al fondo de la habitación.
–Eso resolvería todos nuestros problemas, hija.
–No resolvería nada. Tú no lo conoces como yo, padre. Aro es el hombre más noble que he conocido en mi vida. El mundo se convertiría en un lugar mucho más gris si él muriera.
Aquellas palabras infundieron energía a Aro para continuar luchando.
Ofelio se preparaba para atacar de nuevo.
–¡Cuidado, tiene otra daga!
–Ya veo -dijo Aro sacándose la suya del cinturón.
De pronto Ofelio se lanzó sobre él daga en mano y Aro cayó al suelo.
Lydia oyó un grito que hizo retumbar las paredes y se dio cuenta de que había sido ella.
–Suéltame -le pidió a su padre, que la retenía-. ¿No ves que está herido?
–Parece que el Lobo de mar no es inmortal -dijo Ofelio dándole una patada.
Aro lo agarró de la pierna y lo tiró al suelo. Al caer, se golpeó la cabeza con la mesa.
–Siempre has estado demasiado seguro de ti mismo, Ofelio -le dijo Aro poniéndose en pie.
Lydia se liberó de su padre, agarró el jarrón griego de su padre y se lo tiró a Ofelio a la cabeza. Aro dio un silbido que hizo aparecer a Piso con otros dos hombres.
–¿Has llamado, Lobo de mar?
–Ofelio necesita atención.
Piso esbozó una sonrisa de satisfacción.
–Será un placer.
–¿Todo en orden ahí afuera?
–Ningún problema. No sé dónde aprendieron a luchar esos que se creen marineros. Qué lástima. Su fiel servidor, Lydia Fabia -le dijo con una reverencia.
–¿Te das cuenta de lo caro que era ese jarrón, hija? – le preguntó su padre con enfado.
–¿Y tú te das cuenta de lo valioso que es mi marido para mí, padre? –
replicó ella con las manos en las caderas.
Miró a su padre y tuvo la sensación de que había encogido.
–Ahora me denunciarás al censor -dijo Veratio Cornelio a Aro cuando éste le ofreció la paz-. Ofelio me advirtió. Cuando ya no te sea de utilidad, me denunciarás al censor y rechazarás a mi hija.
–Padre, Ofelio te ha mentido -le contó todas las fechorías de aquel sinvergüenza en el que su padre había confiado.
–¿De verdad robó la salsa de pescado? – preguntó Veratio Cornelio al final del relato.
–La mitad de las ánforas que supuestamente envió a Corinto siguen aún en mi almacén -explicó Aro-. Supongo que era eso lo que pretendía destruir con el fuego.
–Que los dioses se apiaden de mí. ¿Qué he hecho? ¿Cómo pude creer a ese pirata? – Veratio Cornelio se tapó la cara con ambas manos.
Aro fue junto a él y lo obligó a levantar la vista.
–Eres mi suegro. Ofelio se aprovechó de ti y de tu enfermedad -le dijo Aro-. Lydia me ha asegurado que nunca le harías daño y yo la creo.
–¿Cómo podría yo hacer ningún daño a mi hija? – tenía los ojos llenos de lágrimas-. Sólo quería tu felicidad y Ofelio me dijo que no eras feliz, hija.
–Te mintió para poder destruir a Aro. Se aprovechó de tu rabia. Si hubieras hablado conmigo, yo te habría dicho que soy muy feliz y que quiero seguir siendo la esposa de Aro. Pero siempre seguiré siendo tu hija -
tenía que decir algo más antes de que Aro se marchara-. Igual que siempre seré su esposa… si él me acepta.
–Lydia -Aro le acarició la mejilla-…tú me has dado más de lo que jamás me habría atrevido a esperar.
–Hablaré con el censor y le convenceré de que celebre la sesión aunque se haya hecho tarde -sugirió su padre y salió de la habitación.
–Siempre puedo presentarme el año que viene -dijo Aro con total tranquilidad-. Ahora lo único que me importa es que mi esposa está sana y salva… y a mi lado.
Lydia lo miró sin poder creer que, después de todo lo que le había dicho, hubiera ido en su busca.
–Estás herido, Aro -dijo al verle una mancha de sangre en el costado.
–Sólo es un rasguño.
–No te hagas el héroe conmigo. Déjame ver.
–Viviré, Lydia, pero no deseo vivir si no es contigo.
El corazón se le detuvo por un instante.
–Pensé que te había perdido y me di cuenta de que no podría resistirlo -
susurró ella.
–Tengo algo que te pertenece -se sacó la cadenita de debajo de la túnica.
–¿Dónde está el sello de tu padre?
–Donde debe estar, en la caja fuerte del almacén. Se lo daré a nuestro primer hijo -añadió con una sonrisa-. Nada importa si tú no estás a mi lado.
No importa que tu padre me retire el apoyo, seré senador cuando lo quieran las Parcas, pero no seré nada si no te tengo.
–No debería haberte tirado el anillo.
Aro se arrodilló frente a ella, le tomó la mano y le puso el anillo.
–Lidia Veratia, ¿volverás conmigo? ¿Te quedarás conmigo y envejecerás a mi lado? Si lo deseas, le devolveré tu mano a tu padre, pero dime que te quedarás conmigo porque sin ti, no merece la pena vivir.
–¿Hace cuánto que sientes eso?
–Supe que eras la mujer de mi vida el día que te conocí -aseguró al tiempo que la estrechaba en sus brazos. Vine con la intención de denunciar a los Veratio y llevar a tu padre ante el censor, pero encontré a la mujer con la que quería compartir mi vida.
–¿De verdad? Tú a mí ni siquiera me gustaste entonces.
En su rostro apareció una pícara sonrisa.
–¿Y ahora te gusto?
–Te amo, Fabio Aro -tenía que decirlo, ya no quería más malentendidos-. Nunca seré el tipo de mujer que quieres. No me gusta tejer y odio los chismorreos y seguramente te desobedezca todo el tiempo.
–Dime que te quedarás conmigo y le devolveré la custodia a tu padre si es lo que quieres.
Lydia negó con la cabeza al darse cuenta de que eso era algo que ya no le importaba.
–Confío en ti y sé que me cuidarás igual… o mejor que mi padre.
–Juro solemnemente que nunca volveré a ser tan autocrático.
–Ten cuidado con prometer algo que no puedas cumplir -dijo riéndose con dulzura-. Antes de los próximos idus habrás vuelto a ser tan autocrático y exigente como siempre… Y no deseo que cambies, Lobo de mar.
–Tu Lobo de mar.
Inclinó la cabeza y rozó sus labios, primero suavemente y luego no tanto.
–¿Sabes lo que dicen de los lobos? – le preguntó después de un rato-.
Que se emparejan de por vida.
Lydia apoyó la cabeza en su pecho y suspiró de felicidad.
–¡Aro, Aro!
–Dije que no nos molestaran -protestó Aro al ver a Piso.
–Ha llegado esto del censor.
Aro abrió el sello del rollo y lo extendió. Enseguida apareció en su rostro una enorme sonrisa.
–Por aclamación popular, se me invita a ser senador.
Lydia se acercó a él y lo abrazó.
–¡Lo has conseguido!
La apretó con fuerza contra su pecho.
–Si te tengo conmigo, mi amor, lo tengo todo. Lo demás puede esperar.
Aro se inclinó sobre ella y dejó que el papiro cayera de sus manos.
OceanofPDF.com