Siete pacientes
Capítulo 4: Miasis
—Oiga, Doc, apuesto a que nunca antes había visto algo así. —le gritaron los paramédicos a Peters mientras trasladaban a otro paciente a la abarrotada sala de emergencias.
Estábamos en el medio de una ola de calor, en el quinto día consecutivo con más de 37 grados, y la sala de emergencias estaba atestada más de lo normal.
Es común tener, en la emergencia, todas las salas, sin los quirófanos de urgencia, llenas con el mismo número de pacientes en los pasillos y las sillas, lo cual es hablar de más de 40 pacientes activos en cualquier momento. Hoy nos presentaron el estacionamiento en doble fila.
La mayoría de los pacientes en los pasillos son, tal como suena, una camilla con una persona que está enferma, pero no crítica, y que está
“estacionada” en el pasillo. Hoy tenemos gente estacionada en doble fila en los pasillos, haciendo todo más apretado y, a menos que tenga un IMC
menor a 25, no podrá pasar sin ponerse un poco íntimo con cualquier sin hogar que esté contaminando los pasillos.
Los sin hogar, en general, aparecen en la sala de emergencias en los días más calurosos del año debido a la falta de aire acondicionado en las calles.
Pero no son tontos; aseguran tener dolor de pecho, no deshidratación. Si una persona está deshidratada, se le da fluidos intravenosos y salen por la puerta en una hora. El dolor de pecho debe ser tomado seriamente y requiere, al menos, siete horas de evaluación hasta que los resultados de laboratorio den negativos. Ya a esa hora el sol se oculta, la temperatura es razonable y las tiendas de licor ya están abiertas.
El costo de evaluar a alguien que pretende tener dolor de pecho en una sala de emergencias puede oscilar entre cinco y diez mil dólares, dependiendo del hospital. Sería más barato alojar a los sin techo de la ciudad en el Ritz Carlton durante la canícula.
—Muchachos, estoy un poco ocupado con este tubo torácico en este momento. Pónganla en el pasillo y los veré en un rato. —respondió una agobiada Dra. Peters.
Yo observaba confundido mientras tres paramédicos, dos bomberos y el Detective Higgs pasaban al lado mío con la paciente. A menos que sea Nancy Reagan o una asesina serial, este era un séquito demasiado grande.
Algo estaba sucediendo.
Tras examinar más de cerca, vi que todos tenían una expresión petulante y que los bomberos se estaban riendo como colegialas, sin la actitud de macho que parecían tener sus psiques pro-luchadoras.
La curiosidad estaba surtiendo efecto y decidí seguirlos para ver lo que estaba sucediendo. El vagabundo con la bacinilla, al que estaba a punto de asistir, podía esperar. Olerlo una vez era suficiente para darse cuenta de que su ropa, obviamente, había estado sirviendo la función de bacinilla por algún tiempo.
Justo cuando giré en la esquina buscando a Higgs, oí el característico ruido de fluido al tocar el piso de baldosa. Por lo menos, el servicio de limpieza va a cobrar por limpiar este desastre. Era mejor usar los dólares invertidos en mis clases para investigar lo que estaba pasando en otro lugar.
Los paramédicos estacionaron la camilla de nuestra misteriosa paciente junto a la pared, como había ordenado la Dra. Peters, y comenzaron a darse palmadas en el pecho, unos a otros, y a sonreír estúpidamente. Pero, de inmediato, cambiaron de actitud cuando me acerqué e hice contacto visual.
En breve, formaron una impenetrable barrera alrededor de la camilla, impidiendo que yo formara parte de la emoción.
—Hola, Detective Higgs. — al oírme saludar al jefe sólo aumentó las sospechas de todos con respecto a mí. Continuaron sosteniéndome la mirada, sin comunicación verbal. Claramente, no me querían allí.
—Oye, amigo, eres el estudiante de medicina del caso del bebé sacudido, ¿no es cierto? Lo siento; tendrás que recordarme tu nombre. —al
oír a Higgs reconocer mi existencia hizo que los cinco pilares humanos del Muro de Adriano aflojaran, aunque todavía no me dejaban acceder al paciente.
—Rajen.
—Cierto. ¿Todavía sigues trabajando con la Dra. Peters?
—Terminé la rotación inicial. Ahora, regresé a la sala de emergencias para mis segundas dos semanas. Luego, pasaré a la sala de internación del piso de arriba, pero seguiré cerca de la sala de emergencias para los ingresos.
—Recuerdas el caso de la beba sacudida hace un par de meses, ¿no es cierto?
—¡Claro! ¿Cómo podría olvidarlo? Fue mi primer paciente.
—Bueno, todo ese tema legal todavía continúa...el falso padre, ¿cómo se llamaba?, el muchacho que se volvió loco y que pensaba que la beba era de él.
—Juan.-dije.
—Sí, exacto. Se comprobó que estaba demente. Tuvo algunos verdaderos problemas de confianza. Todavía cree que la beba es suya, a pesar del test de ADN que confirma que no lo es con una exactitud del 99.99%. Lo ingresaron a uno de esos hospitales psiquiátricos donde, supuestamente, tuvo una terrible crisis de nervios. Creo que todavía lo están tratando de reparar, probablemente lleve años arreglarle los tornillos sueltos.
—¿Y qué hay del tipo que realmente sacudió a la beba? ¿Y Juanita?
—Bueno, la mamá utilizó su edad como defensa y la trataron como a una niña en lugar de una adulta... ¿Por qué? ¡No lo sé! Pero le dieron como cuatro años de cárcel, terapia psicológica y servicio comunitario. Supongo que en dos años saldrá por buena conducta. Todavía podrá ir a la universidad si se recupera y toma píldoras anticonceptivas.
—La beba es un vegetal y está ciega, pero su cuerpo está funcionando.
Tiene, por lo menos, unos 70 años por delante en un asilo que tú y yo pagaremos.
—Qué triste.
—Lo peor es que nunca pudimos obtener pistas con respecto a quién fue el que verdaderamente sacudió a la beba. Juanita sólo lo conocía como “J”
el cual, aparentemente, era un falso nombre callejero y nadie sabía quién era. El verdadero padre de la niña todavía está en la cárcel y asegura no saber nada.
—Así que ¿eso es todo?
—No del todo. La mamá presentó una apelación, así que eso deberá ser tratado antes de que se le ponga fin a este caso.
Me quedé mirando curiosamente a todos los muchachos alrededor de Higgs, que escuchaban disimuladamente nuestra conversación.
—Me imagino que se estarán preguntando por qué estamos aquí. Y
créanme, no es por el aroma. Es sorprendente cómo la sala de emergencias huele peor que un mingitorio abandonado cuando afuera hacen más de treinta y siete grados.
No pude evitar preguntarme cuántos dólares de la educación de un estudiante de medicina eran dados al hospital para colaborar con el deber de bacinillas. Diablos, las enfermeras ya ni siquiera ayudaban con las cuñas.
Tenían sus enfermeras auxiliares para hacer el trabajo sucio. Incluso, algunas enfermeras auxiliares tenían asistentes médicos para hacer su trabajo sucio.
La Dra. Peters caminó hacia Higgs con una mirada de sorpresa, claramente fingida, al ver al hombre grande. —Apenas me di cuenta de que habían entrado. Muchachos, ustedes fueron tan sigilosos y sutiles como un estampido sónico. Los seis atacaron rápidamente la sala de emergencias, atendieron una sola camilla y le gritaron al médico tratante sin registrarse.
No se necesita ser un sabueso para darse cuenta de que algo está sucediendo. Maldición, la mitad de la sala de emergencias se está preguntando acerca de la carga de ustedes. Voy a llevar a este espécimen y regresaré en un par de minutos. —se fue hacia el laboratorio a paso rápido.
—Sí, ahora que lo pienso, la entrada VIP tal vez habría sido mejor. —
murmuró uno de los paramédicos.
—Entonces, ¿me van a permitir ser parte de esta situación o van a enviar al estudiante de medicina a hacer rondas de café? —pregunté al grupo.
—No creo que esto sea para estudiantes de medicina. —comentó uno de los paramédicos.-Jack vomitó su almuerzo en el asilo; afortunadamente logró llegar al lavabo. Apuesto a que todavía están limpiando.
—Caballeros, seamos profesionales. Él va a convertirse en médico pronto y necesita saber con lo que se encontrará en el futuro. —comentó Higgs. Luego, guiñó el ojo y la pared se dividió, permitiéndome ver lo que yacía en la camilla.
Una cosa se hizo cierta de inmediato; no fue debido a su estatus social que ella ordenó escoltarla. Su olor era único, como el de carne en descomposición pero no de putrefacción; parecido a carne cruda que ha sido dejada afuera demasiado tiempo y mezclada con sudor. En general, apenas un poco más tolerable que el hedor a orina vieja que estaba impregnando el resto de la sala de emergencias.
Lo más desconcertante era el sonido...una clase de sorbo ruidoso como si se pasaran varias cucharas por una abundante ensalada de macaroni.
Rápidamente localicé el sonido en el extremo de la camilla.
Miré rápidamente y noté que estaba cubierta por una sábana hasta el cuello y que sólo tenía expuesto el lado izquierdo de la cabeza. Su piel, o lo poco que pude ver de ella, revelaba que no se había duchado en días, a juzgar por la cantidad de costras formadas por transpiración y grasa que tenía pegada. Su cabello habría puesto celoso a Einstein. Tenía el lado derecho de la cara cubierto con un vendaje abdominal grande y acolchado, pegado a la piel. De ahí provenía el sonido.
Me acerqué. Cuando me di cuenta de lo que estaba sucediendo, me caí hacia atrás en el piso y sentí que se me subía el desayuno. Logré detener las arcadas, pero no sin antes que mis contenidos gástricos se escaparan por las fosas nasales a la manga. Maldita sea, eso quemaba.
Una vez que me puse de pie, me di cuenta de que había atraído la atención de todos los que estaban cerca. Miré a mi alrededor y había risas.
Dos de los bomberos estaban tomando fotos de mí con sus teléfonos.
Después de limpiarme la nariz y recuperar la dignidad, regresé a la cabeza vendada de nuestra paciente.
Ahí fue cuando descubrí que el vendaje se estaba moviendo.
Tenía unas larvas blancas, no muy pequeñas, escapándose por el borde inferior del vendaje, cerca del lado derecho de la mandíbula. Parecía como si quisiesen trepársele a los ojos.
Uno de los médicos se puso los guantes y levantó el vendaje. No sé lo que me llegó primero. No sé si fue el hedor, el sonido o mi desayuno parcialmente digerido. El servicio de limpieza, con seguridad, hoy se ganaría su sustento.
Le faltaba el ojo derecho por completo. La cavidad de su órbita estaba llena de larvas moviéndose. El sonido era aún más fuerte sin el vendaje. La luz debe de haberlos asustado porque todos parecían querer refugiarse dentro de la órbita y debajo de la fosa nasal derecha.
—Muy bien, muchachos. Ya se divirtieron. Tápenla hasta que vuelva Peters. Me va a encantar ver su expresión cuando vea esto.— dijo Higgs a mis espaldas, entregándome una toalla para limpiarme.
—¿Qué diablos sucede? — pregunté, a nadie en particular.— Eso fue la cosa más asquerosa que haya visto en mi vida.
—En ese momento, Peters llegó y se encontró con esta escena: dos paramédicos parados en la cabecera de la camilla, riéndose, yo limpiándome la manga, Higgs negando con la cabeza, con una consternación entretenida, y los bomberos parados contra la pared, intentando verse profesionales.
—Raj, ¿estás bien? ¿Qué diablos sucedió?
—Nada. El desayuno no me cayó demasiado bien.
—Higgs, ¿Qué le dije acerca de atormentar a mis estudiantes?
—Se lo advertí, Doc, pero él insistió en ser parte del grupo. Lo manejó mejor de lo que pensé. Jack vomitó su almuerzo y Sam tuvo que irse de la sala. Los médicos se han hecho el día con sus malditos teléfonos.
—Ok, muchachos, ¿Qué tenemos aquí?
Uno de los médicos vino:-mujer de 59 años, historia de carcinoma escamoso en el ojo derecho. Se negó a realizar tratamiento en dos ocasiones. Alguien del asilo nos llamó para informarnos que tenía un
“vendaje que se movía” por encima del ojo derecho, sin especificar más y requirió transferencia inmediata a la sala de emergencias. Y aquí estamos.
Peters le dio una miradita por arriba a la paciente y rápidamente se puso los guantes y se aproximó. De inmediato, la atrajo el vendaje en el lado derecho de la cara del paciente. Por supuesto que ahora no se movía.
Supongo que todas las larvas estaban intentando ocultarse de la reciente exposición a la luz.
—Señora, soy la Dra. Peters, ¿cómo se llama?
—Be...Be...B...Beatrice-murmuró.— ¿Me va a dar más leche para el ojo?
Me había olvidado de que había una paciente abajo. Ni siquiera había intentado hablar con ella o establecer una relación.
Ahora Peters estaba rodeada de todo el equipo, todos expectantes para ver su expresión cuando se diese cuenta de lo que estaba sucediendo.
—¿Sabe dónde está, Beatrice?
—Sí, en el hotel. Me dijeron que si me iba del asilo, me darían más leche. Usted ya sabe que tengo cáncer en el ojo derecho. Pero le he estado dando leche los últimos tres meses y estoy segura de que está mejorando.
—Bueno, voy a examinar su ojo derecho en este instante. Por favor no se mueva.
Beatrice asintió y una pequeña larva cayó por debajo de la gasa, justo cuando Peters estaba por quitársela. Rebotó en el piso y comenzó a retorcerse a medida que se alejaba. Peters se arrodilló para examinarla y se puso de pie para mirar a Higgs.
—¿Qué le hice yo a usted para merecer esto? Apuesto a que ella tiene una miasis aguda, probablemente hasta haya perdido el ojo derecho, ¿no?
¿Es por eso que el vendaje se movía? Déjeme adivinar. Ella vive en un asilo de mala muerte donde no le trataron la herida apropiadamente. La ola de calor y el cáncer invasivo fueron perfectos para que las moscas pusieran sus huevos y TA-DÁ. ¿Acaso tengo que mirar?
Todos estaban sorprendidos de cómo armó la historia completa sin, ni siquiera, quitar el vendaje pero, a su vez, estaban tristes por no haber podido ver la expresión de shock que estaban esperando. Higgs rompió el silencio. —Maldición, ¿ven?, por eso ella es la jefa. Usted sabe lo que hace, Doc. A usted le gusta toda esta basura.
—Higgs, ¡esto me lo va a pagar! No se olvide. —El brillo en los ojos de Peters era real y los engranajes estaban girando. Esto no iba a ser pasado por alto y Higgs pagaría con altos intereses. En el fondo, yo tenía la esperanza de estar en ese momento pero no agitó demasiado a la bestia.
Peters, rápidamente, levantó el vendaje y se quejó con disgusto mientras tres de las decenas de larvas se caían de la cara de Beatrice a la camilla.
Una rebotó y continuó su descenso, retorciéndose en el medio del aire para finalmente golpear con un plaf en los nuevos Ferragamo de Peters.
Ella logró controlar su desayuno. Al mirar hacia abajo y evaluar el daño irreparable de sus costosos zapatos de taco alto de gamuza, le lanzó a Higgs la mirada más fría que yo alguna vez haya visto. De inmediato, Peters volvió a colocar el vendaje para cubrir la granja de larvas y rápidamente se excusó, transmitiendo nada más que el máximo grado de profesionalismo y aplomo a todos los que estaban alrededor. Mientras daba vuelta en la esquina, gritó:-Rajen, que le hagan una tomografía computarizada de cabeza DE INMEDIATO y llama al oftalmólogo... y que también vengan los psicólogos.
Con seguridad, esto le gana al hecho de tener que limpiar bacinillas y ser acompañante de los sin techo. Llamé a los consultores, preparé a Beatrice para su tomografía computarizada y decidí ayudar a transportarla para escapar del hedor de la sala de emergencias. El olor a las larvas, carcomiendo el cáncer, le gana al olor de un sin techo en una ola de calor.
Beatrice fue llevada a una habitación privada cuando volvió de Radiología. Aparentemente, una cara llena de larvas o un sangrado vaginal (el otro, un diagnóstico más común que no fue evaluado en un pasillo) era lo que se necesitaba para salir del corredor y entrar a una sala real.
Por lo visto, Higgs y sus amigos se habían ido a cumplir con otras tareas. Ya no estaban cuando volví y Peters estaba ocupada con un traumatismo menor por un accidente vehicular, que acababa de ingresar.
Antes de que pudiera encontrar algo más en lo que ocuparme, vi a un residente excesivamente energético corriendo al escritorio central de la sala de emergencias, tratando de esquivar los obstáculos del pasillo y de evitar pisar un charco indeseable que todavía estaba presente. Lo oí preguntarle a la enfermera a cargo por la paciente del ojo.
Ella señaló en mi dirección y él se dirigió hacia mí. Cuando se aproximaba, todo lo que podía distinguir en su gafete era que decía
“Oftalmología”, lo cual tenía sentido dado que estaba preguntando por la paciente del ojo.
—Hola, Dr. Sun, soy...
—Llámame “S”. Estamos en el mismo equipo; lo de doctor es para los egos y los pacientes. ¿Eres el estudiante de medicina de este caso?
Asentí:-Rajen.— Tras asegurar que su apodo era raro, decidí apegarme a Dr. Sun.
Asintió y fue directo a Beatrice. Se puso los guantes y le sacó el vendaje.
—MIERDA... ¿qué te metiste, Beatrice, esta vez?
Me quedé paralizado; así no era cómo un médico le hablaba a un paciente. Al menos, esa no era la forma en la que nos enseñaban a hablarles.
Nunca me había encontrado con otros médicos que les hablen a los pacientes de una manera tan informal pero, a la vez, había salido de una rotación quirúrgica en la que tenía que llamar a mis colegas “Doctor”.
Este fue el momento en mi entrenamiento que marcó mi iniciación en el lado oscuro de la medicina. El lado que sólo los médicos conocen y que está bien oculto del ojo público. Todavía no lo conocía, pero pronto aprendí que los médicos usaban las malas palabras de maneras en las que harían enorgullecer a los marineros. Sólo tiene sentido por el estrés de tomar decisiones de vida o muerte a diario.
—¿Es el Dr. Sun? He estado usando leche tal como le dije; creo que ahora puedo ver mejor y que el cáncer ya casi ha desaparecido, ¿no es así?
—habló con una lucidez marcada, de una manera desconcertante, dado que le faltaba un ojo y que una larva le acababa de caer de la fosa nasal derecha.
—Oye, Rajen, ¿viste esto? Es lo más asqueroso que haya visto. Trae tu cámara.
—Beatrice, ¿está bien si te saco algunas fotos de la cara? Necesito que firmes estos formularios. — el Dr. Sun le puso algunos formularios en las manos a Beatrice para que los firmase y procedió a hacer videos y fotos de Beatrice desde todos los ángulos.
—Rajen, lo digo en serio, esto contribuirá a unas fantásticas rondas o a la presentación de un caso de un estudiante de medicina. Diablos, si estás interesado, probablemente podamos publicarlo. Nunca oí de un caso de miasis orbital tan fulminante en un mundo desarrollado.
No estaba seguro de qué hacer. Nadie me había tratado como colega antes y nunca había presenciado el uso de un lenguaje tan coloquial frente a un paciente. Me quedé parado tratando de asimilar todo. Pero él parecía competente e involucrado en el cuidado de ella, a pesar de su lenguaje y su actitud liberal.
—¿Miasis? — finalmente pregunté.
—Ay, discúlpame la jerga. Es sólo una manera elegante de describir una infestación a causa de larvas. —Continuó sacando algunas fotos y videos.
—Bueno, Beatrice, gracias por la sesión fotográfica. Ahora, deberíamos limpiarte y ver lo que está sucediendo aquí. ¿Sabes cómo sucedió esto?
—¿Qué sucedió, Dr. Sun? ¿Puede darme leche?
—Ja,ja...ok, Beatrice, supongo que no voy a poder obtener la historia de ti. ¿Puedes leer estas letras pequeñas con tu ojo?
Ella leyó extraordinariamente la tabla optométrica con el ojo izquierdo y siguió muy bien las órdenes, nunca discutiendo ni causando ningún problema. Los placeres de los gratamente desquiciados.
—Muy bien, Rajen, limpiemos este lío y veamos lo que tenemos aquí.
¿Puedes prepararme un Yankauer? Iré a buscar unas batas para nosotros, fórceps y todo el kit de recolección de muestras que quieren los patólogos.
¿Nos encontramos aquí en cinco minutos?
—Claro.
—Con una misión, partí inmediatamente sin una dirección clara, con el problema de no saber qué era un Yankauer. Por suerte, me encontré a la enfermera a cargo cuando giré en la esquina y le pregunté.
—¿Para qué lo necesitas?
—El Dr. Sun me pidió que le consiguiera uno.
—Ah, ¿ya conoces al doctor de ojos? Es un buen muchacho. Podrías aprender mucho de él. Es uno de los pocos que ama lo que hace y enseña a quien muestre interés, no es sólo un médico becario. Hasta deja a los
estudiantes ayudar con procedimientos y exámenes. ¿Estás trabajando en el caso de la mujer con larvas?
Asentí y ella me condujo hasta el depósito, alabando con entusiasmo al doctor de ojos y entregándome varias piezas de equipo plástico.
—Buena suerte, hazme saber si “S” necesita algo. Y no te preocupes, que no entraré a la habitación.
Regresé a donde estaba Beatrice, sabiendo que a pesar de sus palabrotas y su estilo excesivamente casual, el Dr. Sun era uno de los residentes más publicado de la universidad y querido por casi todos.
La habitación de Beatrice había sido convertida en un mini quirófano, con gasas estériles por encima de Beatrice, una luz brillante por encima de las cabezas y muchas herramientas y contenedores. El Dr. Sun estaba parado firme, con la bata y los guantes puestos, esperándome.
—Muy buen trabajo. Conseguiste todo. La mayoría de los estudiantes consiguen de todo, a excepción de lo necesario. Déjame mostrarte cómo se conecta todo.
Procedió a mostrarme cómo se colocaba un Yankauer. Al parecer, era un dispositivo de succión usado por anestesistas y cirujanos para aspirar fluidos. Resultó ser que yo lo había usado antes durante cirugías mayores, pero siempre nos referimos a él como “succión”. Las larvas no podían ser absorbidas a través de la punta del Yankauer que había traído, así que modificamos el aparato cortando el tubo para crear una manguera de succión, con un agujero grande, similar a una aspiradora portátil.
Con batas, guantes y mascarillas comenzamos a trabajar, sorbiendo las larvas de la órbita derecha de Beatrice. Esas cosas escurridizas fueron listas y sintieron que algo estaba sucediendo, así que intentaron excavar más profundo en sus tejidos. Pero el Dr. Sun fue aún más listo al hacerme poner solución salina estéril y normal en su órbita para hacer salir a las larvas. Al parecer, no podían respirar debajo del agua. Aparecieron lentamente y las absorbimos por unos largos 20 minutos. Pasaban a través del tubo, como pelotitas de tapioca, con un pequeño “plaf” a medida que pegaban contra el contenedor de recolección, donde se retorcían en la solución salina sanguinolenta, como pececitos fuera del agua, hasta flotar una por una.
Cuando quedaban pocas larvas, dejamos la succión y cambiamos a los fórceps con el fin de obtener algunas muestras para los departamentos de patología y microbiología. El renombrado Dr. Debakey (inventor de los fórceps que estamos usando en la actualidad) nunca debe de haber imaginado que sus fórceps de tejido serían utilizados de esta manera.
Después de obtener un par de especímenes, el Dr. Sun me pidió que me acercara y me entregó los fórceps.
—OK, Rajen, tu turno. Agarra suavemente las larvas y colócalas en el vial con formalina. No aprietes demasiado fuerte; suelen soltar como un tipo de caca blanca. —señaló su bata mostrándome una secreción blancuzca que tenía salpicada de un extremo al otro del pecho.
Agarré los fórceps y me di cuenta de que ésta era la primera vez que iba a hacer un procedimiento, aun cuando este implicara recoger una larva de la cara, comida a la mitad, de una persona. Además me di cuenta de que tenía un temblor. Bueno, era eso o tenía un agudo arranque de Parkinson. Rezaba para que fuera el primero y que fuese debido a mis nervios si no, no tendría una potencial carrera como cirujano.
“S” me guió la mano y me ayudó a agarrar y recolectar una larva. La coloqué en la formalina y la etiqueté. Sólo dos quedaban y la próxima la agarré solo. Extendí la mano y agarré la última. Pero antes de que pudiera poner el espécimen en el contenedor, sentí otro apretón de mano alrededor de la mía. Luego, sentí un “pum” y algo me salpicó en la frente y pelo.
—Lo siento, amigo, yo no podía ser el único con una salpicadura.
—¡Puajjj! — de manera reflexiva, dejé caer los fórceps y corrí a buscar algunas toallas para limpiarme las tripas de larva.
La enfermera a cargo y el Dr. Sun estaban al lado de la puerta, riendo como tontos. Supongo que podría haber sido peor, al menos la mascarilla y el protector de ojos me defendieron. Finalmente, sentí que era parte del equipo, en lugar de esperar a que se dieran cuenta que estaba allí.
—Aquí tienes, muchacho. Déjame ayudarte. —la enfermera a cargo me limpió la sustancia viscosa y recogió los especímenes.
—Gracias, Lorraine. Te agradezco que los lleves a Patología por mí. —
dijo el Dr. Sun mientras la enfermera desaparecía por el pasillo.
—Te debo una, S, por no hacerme asistir en ese lío. Hazme un favor y lleva al estudiante a cenar afuera. Después de todo, se lo merece.
Nos desvestimos, tiramos todo el equipo de protección y terminamos con todo el papeleo.
—¿Así que la conoce? —pregunté al Dr. Sun.
—¿A Beatrice? Sí, la conocí hace unos ocho meses en la clínica para ojos. Ayudé con su biopsia. Carcinoma de células escamosas de la órbita derecha. Era bastante grande y le dijimos que necesitábamos removerle el ojo derecho, lo cual implicaba quitarle el ojo, la piel y el hueso superficial.
Y hacer eso, le habría salvado la vida. Con un poco de trabajo plástico y una prótesis ocular, se habría visto casi igual que antes de la cirugía. Por supuesto que se rehusó. En su lugar, decidió tratarse por sí sola con terapia de leche tópica.
—¿Puede hacer eso?
—Bueno, pensé que estaba loca así que la ingresé al hospital y le hicieron una evaluación psiquiátrica...dos veces. En ambas el profesional a cargo dijo que ella era capaz de tomar sus propias decisiones y que no la podíamos forzar. Ahora, ves los resultados. Ella estaba en un asilo para cuidados paliativos ya que el cáncer se le había extendido por el cerebro y sólo Dios sabe por dónde más. Se negó a hacerse estudios y evaluaciones de rutina.
—Y entonces, ¿qué es lo que sigue?-pregunté.
—Supongo que llamaste para que le hagan una consulta psicológica,
¿no es cierto?
—Sí.
—Cancélala, no hace falta que les hagamos perder tiempo. Tiene orden de no resucitar y bajo cuidados paliativos, dudo de que le quede más de un mes de todas maneras. Ahora, me verás ser un bravucón; llamaremos a los muchachos de ORL y haremos que la lleven al quirófano para limpiarle la herida por completo y para que la vistan apropiadamente. Van a estar entusiasmados. Pero calculo que no hay nada que podamos hacer. Diablos, le falta el globo ocular, no podemos arreglar lo que no hay.
El departamento de psiquiatría estaba feliz de que la consulta haya sido cancelada. Los muchachos de ORL estaban enojadísimos por tener que
venir y se pelearon con el Dr. Sun por la consulta, negándose a ver al paciente, asegurando que no era el área de ellos.
—Oye, no me digas a mí que no van a venir. Díselo a Peters, ella está a cargo hoy. Déjame ir a buscarla. —el Dr. Sun le habló amablemente al residente de ORL, sabiendo que iba a ganar esta pequeña batalla al emplear el nombre de la médica supervisora.
—Espera. ¿Peters quiere la consulta? — preguntó el residente de ORL
con un repentino interés renovado, sabiendo que un supervisora estaba involucrada y que no era otro residente el que lo estaba llamando.
—Sí, espera, aquí viene para hablarte.
—No, no, todo bien. Dile que nos encantará ayudar y que yo estaré ahí en unos minutos. Reservaré también el quirófano así ella no tiene que hacerlo. — Era sorprendente lo rápido que se hacían las cosas cuando se mencionaba el nombre apropiado.
—Guau, pensé que no iba a venir por la manera que le estaba hablando antes. — farfullé cuando el Dr. Sun colgó el teléfono.
—Rajen, la medicina es un inmenso y maldito orden jerárquico para ver quién tiene el pene más grande...o los ovarios...o cualquiera que sea tu órgano reproductivo. Mientras que en apariencia tenemos que simular que nos ayudarnos unos a otros, en realidad, todo se trata de quién es el que ejerce el poder, al menos, en lo académico o en hospitales universitarios. En el mundo privado, todos están dispuestos a ayudarte porque les pagan.
Dejamos a Beatrice sola con su demencia, en el rincón feliz donde su subconsciente la llevase y encontramos a la Dra. Peters firmando la salida.
Además le informamos que los de ORL estaban en camino. El Dr. Sun fue muy preciso, en sus palabras, acerca de lo feliz que estaban los de ORL en ver a la paciente bajo la orden de ella. Simplemente asintió con la cabeza y continuó con la punción lumbar que estaba realizando para evaluar un paciente por posible meningitis.
El Dr. Sun se fue rápidamente, desvistiéndose por el pasillo. Giró cuando se dio cuenta de que no lo estaba siguiendo y gritó:-Oye, Rajen, estuviste fantástico hoy. Si continúas con esa actitud, vas a ser un gran médico. — Y con ese comentario que fomentaba confianza, se fue.
Me quedé parado ahí, extrañamente contento de que había ayudado a hacer una diferencia en la vida de alguien, aun siendo un modesto estudiante de medicina. Al fin y al cabo, todo este tema de medicina no era una mala idea.
Mi sensación de bienestar duró poco ya que sentí algo baboso entre los dedos cuando los puse en el bolsillo derecho de mi bata. Supe, sin tener que mirar hacia abajo, que el Dr. Sun me había dejado un regalito de nuestra reciente paciente. Al extender la mano frente a mí, vi la última larva pequeña de Beatrice que estaba apretada y deslizándose en el espacio entre el dedo del medio y el anular. El rastro de baba en mis dedos brillaba a la luz fluorescente del pasillo.
Corrí apresuradamente al lavabo más cercano y me lavé las manos por completo...tres veces.
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Sin tener nada más que hacer, decidí ir a chequear la “pizarra” de pacientes de la sala de emergencias (la cual es una inmensa pantalla plana digital de todos los pacientes activos) para buscar algo interesante. Mientras estaba leyendo detenidamente las quejas del jefe, la Dra. Peters vino hacia mí y me entregó un sobre. —Raj, esto llegó para ti hace un par de días.
Estuviste bien hoy. ¿Por qué no te vas temprano y te das una linda y larga ducha? —nos miramos y nos reímos. Nunca me habría imaginado que estaría ayudando a sacar larvas en el trabajo.
—Gracias, Dra. Peters.
Salí rápidamente de la sala de emergencias por miedo a que la Dra.
Peters retirase su oferta, al permitirme ir después de haber completado sólo la mitad de mi turno. Una vez que estaba seguro afuera, agarré el sobre que me había entregado. Era de Peter West con dirección de Nueva York como remitente.
El Dr. Peter West era un paciente con cáncer que ayudé a cuidar hace un par de meses. Sobrevivió a un cáncer pancreático gracias a un exitoso procedimiento de Whipple. Casi olvidaba el generoso regalo que me dio después de su alta del hospital. Me regaló dos pasajes en primera clase desde Los Ángeles a Nueva York, con fechas abiertas, válidos por un año y
un certificado de regalo para dos entradas, con asientos centrales, en el Avery Fisher Hall, donde su hijo toca en la Filarmónica.
Fue un regalo generoso, probablemente más valioso que mi coche.
Con un entusiasmo renovado, abrí el sobre y encontré una sola fotografía en color del Dr. West, su esposa y su hijo, parados alrededor del director de orquesta de la Filarmónica de Nueva York y sonriendo. Supongo que hizo bien en ir a Nueva York para uno de los conciertos de su hijo.
Di vuelta la fotografía y encontré una pequeña nota: “Un hombre sabio una vez me dijo que “hablar es gratis”. Lo próximo es Europa.
Estaba impresionado de que aún recordara quién era yo. Claramente, el Dr. West era hombre de palabra al cumplir las promesas que me hizo de disfrutar la vida, después de sobrevivir al cáncer.
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