Signos vitales

Robin Cook · Capítulo 1 de 44

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Signos vitales

Prologo

16 DE FEBRERO DE 1988

Las bacterias infecciosas llegaron en un rápido chorro como si fluyeran de una cloaca. En un instante, varios millones de microorganismos delgados y con forma de bastones llenaron el lumen de las trompas de Falopio. La mayoría se agrupaban en pequeños racimos apretados. Se instalaron en los repliegues aterciopelados de la mucosa y anidaron en sus cálidos valles y perfiles, absorbiendo los abundantes nutrimentos y expulsando sus propias sucias excreciones.

Las delicadas células que revestían el interior de los oviductos fueron incapaces de resistir aquella repentina horda invasora. Los desechos de las bacterias proteínas cáusticas y sucias grasas quemaban como ácido provocando la destrucción instantánea de los finos cilios cuya función normal es desplazar el óvulo fecundado hacia el útero.

Las células tubulares liberaron sus sustancias químicas defensivas y mensajeras avisando al cuerpo y reclamando su ayuda.

Por desgracia, esas secreciones defensivas no tuvieron el menor efecto sobre las bacterias, cuyas membranas se encontraban protegidas por una envoltura de lípidos cerosa y de color castaño.

Los estudiantes de medicina, con sus frescos recuerdos de los laboratorios de microbiología, habrían reconocido esas bacterias, o habrían creído reconocerlas. Las paredes celulares grasientas de las bacterias eran resistentes a los ácidos, capaces de absorber ciertos colorantes y de resistir a la decoloración con alcohol ácido. Los estudiantes de medicina habrían gritado al unísono «¡Tuberculosis!», con una satisfacción que rayaba en la autocomplacencia.

Tuberculosis o no, en lo que se refiere a las células de las trompas cualquier clase de bacterias invasoras significaban problemas. Las sustancias químicas mensajeras que habían liberado iniciaron la compleja defensa inmunológica contra los invasores extraños, que se habían desarrollado a través de miles de millones de años de evolución de la vida sobre la Tierra.

Los productos químicos emitidos iniciaron un cambio en los vasos sanguíneos locales. El flujo de sangre se incrementó, y abrieron diminutas ventanas y liberaron plasma en los tejidos. Una primera línea especializada

de células defensivas, llamadas “granulocitos" migraron directamente del torrente circulatorio hacia la horda bacteriana. Estas células liberaron más sustancias químicas, incluyendo potentes enzimas. También combatieron a las bacterias directamente.

Pero para ellas fue una táctica de auténticos kamikazes: después de liberar sus gránulos, casi todos los granulocitos perecieron.

Muy pronto, unas células grandes, llamadas macrófagos, respondieron a la llamada de las sustancias químicas y se desplazaron desde los ganglios linfáticos y la médula ósea. También ellas atravesaron los poros de los capilares para tomar parte en la refriega.

Tuvieron más éxito que los granulocitos y absorbieron parte de las bacterias.

Liberaron asimismo sustancias químicas en el pus, cada vez más abundante, que adquirió ahora un tono verdoso.

Al cabo de siete horas, los linfocitos comenzaron a acumularse, marcando el comienzo de otro nivel de defensa inmunológica. Puesto que esta clase particular de bacterias no se había presentado antes, no existían en circulación unos anticuerpos específicos para combatirlas; pero el proceso para formarlos ya se había iniciado. Los linfocitos se congregaron y sufrieron alteraciones inducidas por las sustancias químicas. Estimularon también la llegada de más macrófagos que, a su vez, provocaron la agregación de células T en una espiral incesante de actividad celular.

Al cabo de veinticuatro horas, el equilibrio de la batalla había empezado a resultar adverso para las bacterias. Las células tubulares estaban ganando, pero se trataba de una victoria pirrica. Vastas zonas del delicado revestimiento de las trompas de Falopio habían sido destruidas por la reacción inmunológica. Una cicatrización extensa resultaba inevitable. A ello se añadía la obstaculización del libre flujo de la sangre y, por si esto fuera poco, las bacterias inmunológico. El cuerpo insistía en acumular más tropas celulares, sin advertir que la batalla ya había sido ganada. Los macrófagos seguían acudiendo y su actividad provocaba más destrucción.

En su frenesí, algunas células sufrieron una dimisión nuclear sin la posterior división celular, resultando de ello células con núcleos múltiples.

Una vez más, los estudiantes de medicina se hubieran sonreído con suficiencia de haber tenido la oportunidad de observar esta secuencia a través de la lente de un microscopio. Habrían realizado un ademán de