Signos vitales
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–Fantástico -exclamó Marissa-. ¿Qué longitud tiene esa barrera de arrecifes de coral? ¿Continúa hasta Nueva Guinea?
–Prácticamente -repuso Wendy -. Tiene más de mil seis cientos kilómetros de longitud y, en cuanto a superficie, es igual a la isla Hamilton.
Wendy clavó el dedo en la parte superior de la península.
–Es parte del grupo de las islas Whitsunday -señaló.
–¿Estás segura de que a mí me gustará? – preguntó Marissa.
En realidad, no tenía tanta práctica de buceo como su amiga.
–¡Te encantará! – aseguró Wendy -. La isla Hamilton es una buena elección porque tiene aeropuerto con pista para reactores de línea. Podemos volar directamente desde Brisbane con Ansett Airlines. Por lo general es difícil conseguir pasaje por la cantidad de reservas, pero da la casualidad de que abril no es un mes de temporada alta.
–Tampoco eso me hace mucha gracia -replicó Marissa-. Si está fuera de temporada, por algo será, y entonces no es buen momento para ir.
–Me han dicho que es posible que tengamos una o dos tormentas eléctricas, pero ésa es la única parte negativa -explicó Wendy.
–¿El buceo en ese arrecife es peligroso? – preguntó Marissa.
–¡No te preocupes! Nos acompañará un experto en buceo -aseguró Wendy -. Contrataremos un barco y nos dirigiremos al arrecife exterior. Allí es donde están casi todos los peces y el agua es más transparente.
–¿No hay tiburones? – preguntó Marissa.
–No me dijeron nada acerca de eso -repuso Wendy -. Pero los tiburones permanecen en aguas profundas. Nosotros bucearemos en el arrecife mismo. Te juro que te fascinará.
Confía en mí.
–Bueno, la información que yo tengo es menos espectacular -siguió Marissa-. El conserje me recomendó que hiciéramos un paseo turístico organizado para recorrer la ciudad en autobús. Al principio dijo que lo mejor era que saliéramos a caminar, pero cuando le expliqué que acabábamos de llegar en avión me habló de los autobuses. Insistió en que no dejáramos de visitar el Refugio Koala Lone Pine.
–¡Estupendo! – exclamó Wendy regocijada -. ¡Adoro los koalas!
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La excursión en autobús fue excelente. Les trasladaron en un vehículo con aire acondicionado y cómodas butacas y pudieron admirar el edificio del Parlamento, de estilo renacentista francés, y el del Ministerio de Hacienda, de estilo renacentista italiano. En casi todas las veredas había cafés con mesas y sillas, y a Marissa le impresionó el aspecto distendido e informal de todos los habitantes.
La fatiga volvió a apoderarse de ellas. Durante la segunda hora, tanto Marissa como Wendy empezaron a cabecear cuando el autobús aminoró la marcha para que los pasajeros contemplaran el nuevo Centro Cultural de Queensland.
Después, se levantaron un momento para la visita al Refugio Koala Lone Pine. No sólo había más koalas de lo que habían imaginado, sino también dingos, mastines cazadores, canguros y hasta un ornitorrinco.
Caminaron entre los canguros y les dieron de comer con la mano. La fuerza de las patas delanteras de esos animales las sorprendió.
Los más animados y atractivos del lugar eran los koalas.
Wendy casi se derritió cuando se enteró de que podía tener uno en brazos, pero cuando su deseo se hizo realidad, ya no se mostró tan entusiasta. Desprendían un olor especial que a ella le resultó desagradable.
–Es por la dieta de eucalipto -explicó uno de los guardianes.
Después de presenciar un espectáculo con los koalas y de enterarse de toda clase de trivialidades acerca de esos animalitos, decidieron que ya tenían bastante. Subieron a un autobús local y regresaron al hotel.
–¡No lo harás! – exclamó Marissa cuando le impidió Wendy desplomarse en la cama.
–¡Por favor! – suplicó Wendy -. Dile al organizador del viaje que tengo peste bubónica.
Después de la tercera ducha del día, siguieron el consejo del conserje y caminaron por el Victoria Bridge hasta el Centro Cultural de Queensland.
En un restaurante bastante moderno, llamado Fountain Room, se relajaron y tomaron su primera cena en Australia. La vista de la ciudad del otro lado del río fangoso era soberbia.
Terminaron pidiendo barramundi, un tipo de perca australiana. Para complementar la comida, seleccionaron un Chablis australiano bien helado.
Cuando les trajeron la botella y se la abrieron, las dos mujeres brindaron por su aventura australiana.
Después de probar el vino, Marissa sonrió con satisfacción: su aroma y sabor eran una delicia para el paladar. Por el momento, confiaba en que el viaje sería una combinación exacta de descanso e investigación.
–¡Ahhhh! – exclamó Wendy, mientras miraba el interior de su copa de pie de alto -. Justo lo que me recetó el médico.
–Amén -repuso Marissa.
A la mañana siguiente, después de un copioso desayuno inglés, Marissa y Wendy cogieron un taxi.
–¿Conoce esta dirección? – preguntó Marissa.
Le había entregado al chofer un trozo de papel con la dirección de la clínica FCA.
–¡Por supuesto, encanto! – respondió él -. Es la clínica de mujeres.
Sujétense el cinturón de seguridad y las llevaré enseguida.
El viaje a Herston fue agradable. Cuando entraron en los suburbios llenos de colinas y de vegetación, notaron una serie de casas extrañas con techo de latón y edificadas sobre pilotes.
–A ésas se las conoce como “Queenslanders” -explicó el chofer -. Están edificadas en el aire para mantenerlas alejadas del agua. Las galerías son para procurarles frescor.
Durante el verano hace mucho calor aquí.
Minutos después, el taxi se detuvo junto a un edificio de cuatro plantas sorprendentemente moderno, cuya fachada es taba cubierta de cristales color bronce. Los jardines se hallaban adornados con magníficos árboles y arbustos en flor.
Al apearse del taxi, a Marissa y a Wendy les maravilló el ruido de las aves. Parecían estar en todas partes.
Mientras se acercaban a la entrada de la clínica tropezaron con un grupo de aves mynah que se peleaban por un pedazo de pan.
En cuanto las puertas de entrada se cerraron detrás de ellas, las dos mujeres se detuvieron, estupefactas ante el interior del edificio. La FCA no se parecía a ninguna de las clínicas que conocían. Los suelos eran de ónice resplandeciente. Las paredes, de una madera tropical oscura lustrada hasta obtener un brillo intenso.
–Este lugar parece un gabinete jurídico -comentó Wendy, un poco intranquila -. ¿Seguro que es esta dirección?
En el centro del edificio había un sector ajardinado con la misma mezcla de plantas en flor que en el exterior.
Incluso se veía un pequeño estanque con un salto de agua construido en bloques de granito rojo.
En un extremo del espacioso vestíbulo se encontraba un sector de información que parecía el mostrador de recepción de un hotel de lujo.
–¿En qué puedo servirlas? – preguntó una de las dos entusiastas recepcionistas.
En lugar del blanco que era clásico en las clínicas norteamericanas, aquellas mujeres iban vestidas con estampados floreados de vivos colores.
–Somos doctoras de Estados Unidos -explicó Marissa Nos interesa conocer su clínica. Nos preguntábamos si…
–¡De Norteamérica! – exclamó con fruición la mujer -. Acabo de regresar de California. Qué agradable resulta que vengan a visitarnos.
Avisaré al señor Carstans. Un momento, por favor.
La recepcionista marcó un número en el teléfono que tenía delante y habló brevemente. Al colgar, anunció: -El señor Carstans vendrá en seguida. Tal vez quieran aguardarle en nuestro sector de espera, al otro lado de esos maceteros -sugirió, señalando con el lápiz.
–¿Quién es el señor Carstans? – preguntó Wendy.
–Nuestro encargado de relaciones públicas -explicó la recepcionista.
Marissa y Wendy se dirigieron a la sala de espera.
¿Cuántas clínicas conoces que tengan encargados de relaciones públicas?
–Exactamente lo que estaba pensando -replicó Marissa-.
Esta clínica debe de trabajar muy bien para poder justificar esa clase de gastos.
Al cabo de unos minutos de espera, un hombre se les acercó.
–Buenos días, señoras -saludó.
Carstans era un hombre alto y corpulento y de cara rubicunda. Usaba pantalones cortos, camisa y corbata.
–Bienvenidas a la FCA. Mi nombre es Bruce Carstans. ¿En qué podemos ayudarlas?
–Soy la doctora Blumenthal y ésta es la doctora Wilson -se presentó Marissa.
–¿Ginecólogas? – preguntó el señor Carstans.
–Yo soy pediatra -respondió Marissa.
–Y yo, oftalmóloga -repuso Wendy.
–Nuestra fama debe de estar propagándose por todo el mundo -bromeó el señor Carstans con una sonrisa -. Por lo general nos visitan ginecólogos del extranjero. ¿Les gustaría recorrer nuestro establecimiento?
Las mujeres intercambiaron una mirada y después se encogieron de hombros.
–¿Por qué no? – asintió Wendy.
–Sería interesante -añadió Marissa.
Durante la hora siguiente, Marissa y Wendy tuvieron oportunidad de observar el establecimiento hospitalario más moderno que habían visto en su vida. La clínica ofrecía una serie muy completa de servicios médicos para la mujer. Había salas de radiología, un tomógrafo computadorizado, gabinetes de examen, salas de espera, quirófanos para intervenciones menores y salas de parto. También un sector de hospitalización.
Pero la parte más impresionante de la clínica era el sector de problemas de infertilidad, que se preciaba de tener su propia ala quirúrgica capaz de realizar operaciones de cirugía general.
Había asimismo seis salas de ultrasonidos totalmente informatizadas.
Con los equipos más avanzados, su aspecto recordaba la guerra de las galaxias. El laboratorio principal era un recinto enorme con grandes incubadoras centrífugas y modernas unidades criogénicas.
Marissa y Wendy creían haberlo visto todo cuando el señor Carstans abrió una pesada puerta y se hizo a un lado para permitirles pasar. Las dos mujeres se encontraron en un recinto cerrado con cristaleras que servía de entrada libre de polvo al mundo mágico de instrumentos de alta tecnología.
Al otro lado del cristal trabajaban algunos técnicos con capuchas.
El laboratorio parecía una estación espacial del siglo XXI -Este es el corazón de la FCA -explicó el señor Carstans -.
Es la sección básica de investigación. Aquí han tenido su origen muchos de los hallazgos relativos a las técnicas de fecundación in vitro. En este momento nos concentramos en técnicas de criopreservación, tanto para embriones como para gametos. Pero también estamos trabajando en la investigación del tejido fetal, sobre todo para la enfermedad de Parkinson, la diabetes e incluso los problemas de inmunodeficiencia.
–¡Jamás había visto un laboratorio de investigación así!-exclamó Wendy.
–Es un tributo al capitalismo -explicó el señor Carstans con una sonrisa
-. La iniciativa privada y la inversión privada.
Es la única forma de hacer las cosas en el mundo moderno. El público se beneficia de la posibilidad de acceder a nuevas técnicas y a una atención médica superior.
–¿Cuál es el porcentaje de éxitos de la FCA en lo relativo a la fecundación in vitro?
–Nos estamos aproximando a un índice de embarazo del ochenta por ciento -explicó el señor Carstans con evidente orgullo -. Ningún otro programa puede igualar esas cifras.
El señor Carstans condujo a las mujeres de regreso a la entrada principal. Advirtió lo impresionadas que estaban.
–Nos complace que hayan venido a visitarnos -alegó, deteniéndose cerca de la sala de espera desde donde habían iniciado el recorrido -. Creo que han visto prácticamente todo. Espero que hayan disfrutado. ¿Hay alguna pregunta que quieran hacerme?
–Yo sí tengo una pregunta -repuso Marissa.
Abrió su bolso y extrajo el artículo sobre la tuberculosis. Se lo entregó al señor Carstans.
–Supongo que conoce este trabajo. Es acerca de una serie de casos que tuvieron aquí, en la FCA.
El señor Carstans vaciló, y después tomó el papel. Le echó un vistazo superficial y se lo devolvió a Marissa.
–No, jamás lo había visto -aseguró.
–¿Cuánto hace que está en la FCA? – preguntó Wendy.
–Casi cinco años -respondió el señor Carstans.
–Este trabajo sólo tiene dos años -subrayó Wendy -. ¿Cómo es posible que el departamento de relaciones públicas no tenga noticias de él? Suponía que un trabajo de esta naturaleza habría tenido gran importancia para ustedes. Es sobre mujeres relativamente jóvenes con tuberculosis en las trompas de Falopio.
–Por lo general, no leo publicaciones técnicas -explicó el señor Carstans
-. ¿En qué revista fue publicado?
–En la Revista Australiana de Enfermedades Infecciosas -respondió Marissa-. ¿Y qué puede decirnos de su autor, el doctor Tristan Williams? Al parecer pertenecía a la plantilla médica de la clínica, en la sección de patología. ¿Lo conocía?
–Me temo que no -contestó el señor Carstans -. Pero, por otro lado, no conozco a todos los integrantes de la plantilla.
Para preguntas como ésa, debo enviarlas a Charles Lester, el director de la clínica.
–¿Cree que querrá recibirnos? – preguntó Marissa.
–En estas circunstancias -respondió el señor Carstans -, creo que tendrá mucho gusto en hablar con ustedes. Si aguardan un momento, subiré en seguida para averiguar si está libre en este momento.
Marissa y Wendy observaron al señor Carstans desaparecer por la puerta de la caja de la escalera.
Se miraron.
–¿Qué opinas? – preguntó Wendy.
–Ni idea -respondió Marissa-. No he podido darme cuenta de si decía o no la verdad.
–Empiezo a tener una sensación extraña -reconoció Wendy -. Este lugar es demasiado bueno para ser cierto.
¿Alguna vez has visto semejante opulencia en una clínica?
–Estoy asombrada que sea tan fácil hablar con el director -replicó Marissa-. Jamás pensé que eso sería posible sin una presentación formal.
En aquel momento reapareció el señor Carstans.
–Tienen suerte -explicó -. El director dice que tendrá mucho gusto en saludar a las estimadas colegas de Boston, siempre que ustedes tengan tiempo disponible.
–Desde luego que sí -aceptó Marissa.
Siguieron al señor Carstans y ascendieron un tramo de escalera. El mobiliario de la serie de oficinas del director resultaba todavía más lujoso de lo que habían visto hasta ese momento. Era como si estuvieran visitando la oficina del director general de la compañía Fortune 500.
–¡Pasen, por favor! – invitó el director, poniéndose de pie al otro lado del escritorio para saludar a Marissa y a Wendy.
Estrechó las manos de ambas y después les señaló unos sillones instándolas a que se pusieran cómodas. Despidió entonces al señor
Carstans, quien partió discretamente cerrando la puerta tras de sí.
Dirigiéndose de nuevo a las mujeres, el director preguntó: – ¿Les apetece un poco de café? Sé que ustedes los yanquis beben mucho café.
Charles Lester era un hombre corpulento, pero no tan rollizo como Carstans. Tenía el aspecto de un atleta de cierta edad pero todavía en condiciones de hacer un buen papel en un partido de tenis. Tenía la cara bronceada, como casi todos los habitantes de la ciudad, y ojos hundidos.
Exhibía unos gruesos bigotes.
–Le aceptaría un café -dijo Wendy, y Marissa asintió para indicarle que también ella bebería lo mismo.
Lester llamó a su secretaria con un timbre y le pidió que trajera café para tres. Mientras aguardaban, se puso a conversar con las mujeres sobre temas generales. Les preguntó a qué hospital pertenecían, y dónde habían realizado las prácticas para su especialidad. Lester reconoció que había hecho algunos trabajos cuando estuvo becado en Boston.
–¿Usted es médico? – preguntó Wendy.
–Desde luego que sí -respondió Lester -. Algunos de nosotros preferimos que se utilice el “Señor”, como los ingleses.
Como cirujano ginecólogo, durante mis prácticas en Londres me acostumbré al “Señor”. Pero como médico no he llevado a cabo tareas de tipo clínico en los últimos tiempos. Por desgracia, he estado prisionero en este despacho, ocupado en más trabajos administrativos de lo que desearía.
Un camarero trajo el café y lo sirvió. Lester le añadió un poco de crema al suyo y se echó hacia atrás en su sillón.
Observó a las mujeres por el borde de la taza.
–El señor Carstans me ha comentado que ustedes han preguntado por un antiguo trabajo publicado en una revista -alegó Lester -. ¿Puedo saber sobre qué versaba ese trabajo?
Marissa sacó la separata de su bolso y se la entregó al doctor Lester. Al igual que hiciera el señor Carstans, lo miró por encima y se lo devolvió.
–¿Qué interés tienen ustedes en esto? – preguntó.
–Es una historia muy larga -repuso Marissa.
–Tengo tiempo -fue la lacónica respuesta de Lester.
–Está bien -respondió Marissa-. Tanto la doctora Wilson como yo tenemos el mismo problema de infertilidad descrito en el artículo: obstrucción de las trompas de Falopio debida a tuberculosis.
Pasó entonces a explicarle sus antecedentes en el CCE y su especialización en epidemiología.
–Cuando descubrimos que la incidencia del problema era a nivel internacional -continuó -, decidimos investigar.
Me enviaron el artículo los del CCE. Llamamos aquí a la clínica, pero no pudimos localizar al autor.
–¿Qué le habrían preguntado si hubieran logrado ponerse en contacto con él? – inquirió Lester.
–Dos cosas en particular -explicó Marissa-. Queríamos saber si había realizado un seguimiento epidemiológico de los casos detectados. También, si había visto nuevos casos.
En Boston, tenemos noticia de otros tres casos, aparte de nosotras mismas.
–Supongo que sí saben que la infertilidad está aumentando -indicó Lester -. La infertilidad por cualquier causa, no sólo por obstrucción de las trompas.
–Sí, somos conscientes de ello -replicó Marissa-. Pero incluso el incremento en trompas obstruidas, por lo general, es un proceso inflamatorio o endometriosis; no se trata de ninguna infección específica, sobre todo no algo tan relativamente poco frecuente como la tuberculosis.
Estos casos suscitan muchos interrogantes epidemiológicos que deberían ser contestados. Hasta es posible que representen una entidad clínica nueva y muy seria.
–Lamento que hayan hecho un viaje tan largo para enterar se de más datos sobre el artículo. Me temo que el autor inventó los datos que presentó.
Los fabricó. Si me hubieran llamado por teléfono se lo habría explicado.
–¡Oh, no! – exclamó Marissa.
La idea de que el artículo podía ser un fraude jamás se le había pasado por la cabeza.
–¿Dónde está su autor en este momento? – preguntó Wendy.
–No sabría decirles -contestó Lester -. Como es natural, lo eliminamos en seguida de la plantilla de la clínica.
Desde entonces, tengo entendido que se le ha procesado por algo relacionado con las drogas. Ignoro qué pasó después.
Tampoco sé dónde se encuentra en este momento, pero sí sé una cosa: que no está ejerciendo de patólogo.