Signos vitales

Robin Cook · Capítulo 22 de 44

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Signos vitales

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occidental, con la misma pauta de distribución. No hubo agrupamientos como en Brisbane. Al parecer, todavía no se ha informado de la existencia de casos en Sudamérica o en Africa. No sé qué pensar al respecto, pero ya lo sabes: si llego a enterarme de algo más, te llamaré.

Has conseguido interesarme. Avísame si desarrollas alguna teoría.

Marissa volvió a agradecerle la llamada y se despidieron.

Esa nueva información era muy interesante. Significaba que la incidencia de salpingitis tuberculosa ya no podía descartarse como accidente estadístico. Ocurría a escala internacional. Y ahora, hasta Cyrill sentía curiosidad. Por un instante, Marissa olvidó su tristeza, su furia y su cansancio.

Analizó las posibilidades. ¿Podría la tuberculosis haber sufrido una mutación y terminado por convertirse en una enfermedad venérea? ¿Se habría transformado en una infección asintomática en el varón, como en algunos casos de clamidia o de micoplasma? ¿Debía insistir en que le hicieran una revisión a Robert? ¿Podría él haberla contraído en alguno de sus muchos viajes de negocios? A Marissa no le gustaba esa línea de pensamiento, pero debía adoptar una actitud cien tífica.

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–Lo siento, pero no recibe llamadas telefónicas -contestó Gustave.

–Comprendo -replicó Marissa-. Por favor dile que he llamado y pídele que me llame en cuanto se sienta en condiciones de hacerlo.

–Estoy preocupado por ella -le confió Gustave -. Nunca la he visto tan deprimida. No sé qué hacer.

–¿Crees que querría verme? – preguntó Marissa.

–Quizá -admitió Gustave.

Su tono resultó alentador.

–Voy para allá -añadió Marissa.

–Gracias. De veras que lo aprecio. Y sé que a Wendy le pasará lo mismo.

Marissa cogió su abrigo y fue a buscar su coche al garaje.

Cuando estaba a punto de subir a él, apareció Robert.

–¿Adónde crees que vas a estas horas? – preguntó.

–A casa de Wendy -explicó Marissa, mientras oprimía el interruptor de la puerta automática del garaje.

–¿Qué se supone que significa eso? – preguntó Robert.

–Si tú no lo sabes -repuso Marissa y subió al coche -, dudo que alguien te lo pueda explicar.

Marissa hizo retroceder el vehículo para sacarlo del garaje y cerró la puerta. Después, sacudió la cabeza con desaliento al pensar en lo mucho que se había deteriorado su relación con Robert.

Tardó apenas quince minutos en llegar a la casa victoriana de Wendy.

Gustave la esperaba. Abrió la puerta antes de que ella tuviera tiempo de tocar el timbre.

–Te agradezco que hayas venido a estas horas -dijo Gustave y le cogió el abrigo.

–No te preocupes -repuso Marissa-. ¿Dónde está Wendy?

–Arriba, en su dormitorio. Cuando llegues a la parte superior de la escalera, segunda puerta a la derecha. ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Café, té?

Marissa negó con la cabeza y subió por la escalera.

Al llegar a la puerta del dormitorio, se detuvo un momento interior.

Golpeó con suavidad. Cuando no hubo respuesta, pronunció el nombre de Wendy.

La puerta se abrió casi al instante.

–¡Marissa! – exclamó Wendy con auténtica sorpresa -. ¿Qué haces aquí?

Llevaba puesta una bata de paño y zapatillas. Sus ojos seguían hundidos e irritados, pero, por lo demás, su aspecto era mucho mejor que aquella mañana en la sala del juzgado.

–Gustave me dijo que no recibías llamadas telefónicas.

Y, también, que estaba muy preocupado por ti. Realmente preocupado.

Me invitó a que viniera.

–¡Oh, por el amor de Dios! – exclamó Wendy -. No estoy tan grave. Por supuesto que estoy deprimida; pero, además estoy furiosa con él. Quiere que me sienta agradecida por lo que él llama la magnanimidad de la Clínica de la Mujer.

–Robert piensa lo mismo -replicó Marissa.

–Yo creo que fue una maniobra encubridora -alegó Wendy.

–¡Yo también!

–¿Y tu prueba de embarazo? – preguntó Wendy.

–No me lo preguntes -repuso Marissa y sacudió la cabeza.

–¿Quieres tomar algo? – ofreció Wendy -. ¿Café o té? Demonios, ya que no estamos embarazadas, ¿qué te parecería una copa de vino?

–Maravilloso -reconoció Marissa.

Las dos mujeres bajaron a la cocina. Gustave entró en ella pero Wendy lo echó.

–Estaba muy preocupado -subrayó Marissa.

–Que sufra un poco más -replicó -. Esta tarde estuve tan furiosa como para tener ganas de atacarlo con una de esas agujas de treinta centímetros de largo para la recolección de óvulos. Le vendría bien tener una idea de lo que he debido soportar estos últimos meses.

Wendy abrió una botella de Chardonnay y condujo a Marissa a la salita.

–Aunque no sabía si estarías en condiciones -explicó Marissa cuando estuvieron sentadas – te traje un articulo para que lo leyeras.

–Justo lo que necesitaba -replicó Wendy con ironía.

Colocó la copa de vino sobre la mesita auxiliar y cogió las hojas que Marissa le daba. Leyó el resumen.

Mientras Wendy pasaba la vista por el artículo, Marissa le contó todo lo que Dubchek le había explicado.

–Esto es increíble -reconoció Wendy, levantando la vista del papel -.

¡En Brisbane, Australia! ¿Sabes cuál es una de las cosas que hacen que Brisbane sea tan interesante?

Marissa meneó la cabeza.

–Que es la puerta de entrada naturales del mundo.

–¿Cuál?

–¡La Gran Barrera de Arrecifes! El paraíso de los buceadores.

–¿En serio? – preguntó Marissa-. Confieso que no sé mucho acerca de eso.

–Bueno, es el lugar del mundo que siempre deseé conocer -prosiguió Wendy -. El buceo es una de mis pasiones. Mi bautismo submarino tuvo lugar en California durante mi época de residente. Solía pasar todas mis vacaciones en Hawai para bucear. De hecho, fue así como conocí a Gustave. ¿Alguna vez has buceado, Marissa?

–Un poco. En el instituto hice un curso de buceo con escafandra autónoma y he ido algunas veces al Caribe.

–A mí me fascina -siguió Wendy -. Por desgracia, hace mucho que no lo hago.

–¿Qué te parece el estudio? – preguntó Marissa, volviendo al tema principal de la conversación.

Wendy lo miró.

–Es un buen artículo. Pero no dice nada acerca de la transmisión de la enfermedad. El autor menciona la posibilidad de un incremento de la tuberculosis debido a la inmigración; pero ¿cómo se contagia, sobre todo en una población tan definida?

–Esa fue también mi pregunta -replicó Marissa-. ¿Y cómo llega a las trompas de Falopio? Ciertamente, no parece ser una propagación de la tuberculosis en el cuerpo. Me pregunto si no se tratará de transmisión venérea.

–¿No podría ser a través de tampones contaminados?

–Es una idea -replicó Marissa, al recordar que los tampones resultaron ser la base del síndrome del choque toxémico Te advierto que yo sólo uso tampones.

–También yo -reconoció Wendy -. El problema es que en el artículo no se mencionan siquiera los tampones.

–Se me ocurre algo -adujo Marissa-. ¿Por qué no llamamos por teléfono a Brisbane y hablamos con el autor del trabajo?

Podemos preguntarle sobre el uso de tampones. También sería interesante saber si se ha hecho un seguimiento de los treinta y tres casos y si han aparecido nuevos casos en la clínica FCA de Brisbane. Al fin y al cabo, este trabajo fue escrito hace casi dos años.

–¿Cual es la diferencia de horario entre EU y Australia? – preguntó Wendy.

–No tengo la menor idea.

Wendy levantó el auricular del teléfono. Llamó al operador de larga distancia y se lo preguntó. Después, colgó.

–Tienen catorce horas de adelanto con respecto a nosotros -anunció.

–Así que en este momento…

–Es alrededor de mediodía de mañana -indicó Wendy Intentémoslo.

En información de larga distancia consiguieron el número de la FCA, en Brisbane, y pidieron la llamada.

Wendy apretó la tecla para que las dos pudieran escuchar.

Las dos pudieron oír la campanilla del teléfono y, después, que alguien en el otro extremo de la línea contestaba. Una voz alegre con fuerte acento

australiano respondió.

–Habla la doctora Wilson desde Boston, Estados Unidos -se presentó Wendy -. Quisiera hablar con el doctor Tristan Williams.

–No creo que tengamos aquí a nadie con ese nombre -respondió la telefonista -. Un momento, por favor.

Por el altavoz se oía música mientras las hacían aguar

–Me dicen que había un doctor Williams en la clínica pero que ya no trabaja aquí.

–¿Podría decirme dónde lo puedo localizar? – preguntó Wendy.

–Me temo que no lo sé -repuso la telefonista.

–¿Tienen una oficina de personal? – preguntó Wendy.

–Desde luego que sí -respondió la telefonista -. ¿Quiere que la comunique?

–Por favor -pidió Wendy.

–Personal -contestó en un momento una voz de hombre.

Wendy repitió su petición de tratar de ponerse en contacto con Tristan Williams. Una vez más la hicieron esperar, esta vez por un rato más prolongado.

–Lo siento -se disculpó el hombre cuando volvió al teléfono -. Acabo de enterarme de que desconocemos el paradero del doctor Williams. Dejó de pertenecer al cuadro médico de la clínica hace alrededor de dos años.

–Ajá -exclamó Wendy -. ¿Podría pasarme con patología?

–Por supuesto -asintió el hombre.

Pasaron por lo menos diez minutos antes de que uno de los patólogos estuviera en el otro extremo de la línea.

Wendy le dio su nombre y le dijo qué quería.

–No llegué a conocerlo -explicó el patólogo -. Se fue antes de que yo llegara.

–Escribió un trabajo mientras estaba en la clínica -explicó Wendy -.

Tenía que ver con una serie de pacientes internadas ahí. Nos interesa averiguar si se ha realizado un seguimiento de alguno de los casos. También querríamos saber si se han presentado otros casos.

–No hemos tenido casos nuevos -repuso el médico -. En cuanto a seguimientos, no se han realizado.

–¿Sería posible obtener algunos de los nombres de los casos originales?

– preguntó Wendy -. Me gustaría ponerme en con tacto directamente con las

pacientes para conversar sobre sus historiales clínicos. Aquí en Boston tenemos cinco casos similares.

–Eso queda descartado por completo -cortó el médico -. Y lo siguiente que se oyó fue un clic cuando en el otro extremo cortaron la comunicación.

–¡Ha colgado! – exclamó Wendy, indignada -. ¡Qué descaro!

–El viejo obstáculo de la reserva -manifestó Marissa, desalentada, mientras sacudía la cabeza -. ¡Qué pena!

Veintitrés casos probablemente sean suficientes para extraer algunas conclusiones razonables.

–¿Qué te parecería hablar con mayor detalle con las dos mujeres que conocimos en la reunión de Resolución? – preguntó Wendy.

–Tal vez valga la pena -comentó Marissa, sin demasiado entusiasmo ante la aparente imposibilidad de obtener información -. Lo que realmente me gustaría es conseguir los dieciocho casos que el ordenador sugirió que existían en la Clínica de la Mujer.

–Es obvio que eso está fuera de toda cuestión -replicó Wendy -. Pero me pregunto cómo nos tratarían los de la FCA si nos presentáramos en su clínica.

–¡Claro! – asintió Marissa-. ¿Por qué no hacemos una escapada por la mañana y se lo preguntamos?

–A mí no me parece tan descabellado -repuso Wendy, con los ojos encendidos -. Siento curiosidad por saber qué harían si visitáramos la clínica. Creo que les halagaría el hecho de que hubiéramos atravesado medio mundo para ver sus instalaciones.

–¿Hablas en serio? – preguntó Marissa con incredulidad.

–¿Por qué no? – respondió Wendy -. Cuanto más lo pienso, mejor me parece. Dios sabe que a las dos nos vendrían bien unas vacaciones. Y nos resultaría más fácil buscar a ese tal Tristan Williams. Alguien del departamento de patología de la clínica tiene que saber adónde se fue.

Tienes que reconocer que sería mucho más sencillo que intentarlo por teléfono.

–Wendy -siguió Marissa con voz cansada -, no me siento con ganas de viajar miles de kilómetros en busca de un patólogo.

–Pero sería divertido. – Sus ojos se iluminaron -. Aunque visitar el arrecife no seria nada mal.

–Ahora empiezo a comprender tus motivaciones. Visitar la FCA es una excusa para una excursión de buceo.

–No hay ninguna ley que prohíba que uno se divierta un poco mientras trabaja -alegó Wendy con una sonrisa -. Tienes tan mal aspecto como yo -

Gracias, amiga mía -bromeó Marissa con ironía.

–Hablo en serio -prosiguió Wendy -. Las dos hemos tenido síndrome premenstrual durante seis meses. Hemos llorado como criaturas. Hemos engordado. ¿Cuándo fue la última vez que saliste a correr? Recuerdo que solía hacerlo todos los días.

–Wendy, eso son golpes bajos.

–Lo cierto es que unas vacaciones nos sentarían muy bien -concluyó Wendy -. A los dos nos fascinan esos casos de salpingitis tuberculosa, pero aquí estamos atadas de pies y manos. Tal como yo lo veo, mataríamos dos pájaros de un tiro.

–Es posible que nos enteremos de algunos casos en el Memorial y en el General -comentó Marissa-. Todavía no hemos agotado nuestras posibilidades aquí.

–¿De veras me estás diciendo que no tienes ganas de tomar te unas vacaciones? – insistió Wendy.

–Bueno, eso siempre resulta atractivo -admitió Marissa.

–Gracias por reconocerlo -dijo Wendy -. Puedes ser muy obstinada.

–Pero no sé cómo se lo tomaría Robert. Ya tenemos suficientes problemas. Me imagino cuál será su respuesta si le doy a entender que quiero irme a Australia sola.

–Estoy segura de que a Gustave le parecería bien la idea -contraatacó Wendy -. A él también le vendría bien un des canso.

–¿Quieres decir que también podrían ir nuestros maridos? – preguntó Marissa, desconcertada.

–¡Diablos, no! – exclamó Wendy -. Lo que Gustave necesita es descansar de mí. Veamos si tengo razón.

Wendy escandalizó a Marissa llamando a Gustave a gritos.

Su voz reverberó por aquella casa de techos altos.

Tomó otro sorbo de vino. Gustave apareció a la carrera.

–¿Pasa algo? – preguntó, muy nervioso.

–No, todo marcha muy bien, querido -contestó Wendy -. Marissa y yo estábamos pensando que tal vez sería una buena idea que nos tomáramos

algunos días de vacaciones. ¿Qué opinas?

–Creo que es una idea muy buena -repuso Gustave.

Resultaba obvio que se sentía aliviado por el cambio de humor de Wendy.

–Marissa teme que Robert no lo apruebe -explicó Wendy -. ¿Qué crees tú?

–Bueno, no lo conozco bien -replicó Gustave -. Pero sí sé que está harto de la fecundación in vitro. Creo que se alegrará de tener un descanso.

¿Dónde pensáis ir?

–A Australia -respondió Wendy.

Gustave tragó saliva.

¿Por qué no al Caribe? – preguntó.

Más tarde, cuando Marissa conducía el coche de regreso a casa, su mente estaba hecha un torbellino. Había sido un día extraño, con emociones encontradas y hechos inesperados.

Minutos después de separarse de una excitada Wendy, Marissa comenzó a poner en tela de juicio la sensatez de irse a Australia en aquel momento.

Aunque alejarse le resultaba muy tentador, la idea de planear un viaje así era un final lógico para un día de locura. Además, no estaba segura de poder manejar a Robert con tanta habilidad como Wendy había mostrado con Gustave.

Metió el coche en el garaje, sin saber todavía cómo proceder. Se quedó sentada un momento detrás del volante y trató de pensar. Por último, sin ningún plan específico, se bajó del coche y entró en la casa. Se quitó el abrigo y lo colgó en el vestíbulo.

La casa estaba en silencio. Robert se encontraba arriba en su estudio; alcanzaba a oír apenas el tecleo del ordenador.

Se detuvo una vez más en la oscuridad del comedor. Le había costado tanto tomar una decisión.

Ya decidida, aunque con fuerza de ánimo bastante precaria, subió por la escalera y entró en el estudio de Robert.

–Robert, quisiera hablar contigo acerca de algo.

Robert se volvió para mirarla.

–Wendy y yo hemos estados pensando… -prosiguió.

–¿En qué?

–Tal vez suene un poco disparatado…

–En estos días, no espero oír otra cosa.

–Pensamos que tal vez nos haría bien alejarnos de aquí por un tiempo -

siguió Marissa-. Nos tomamos unas pequeñas vacaciones.

–Yo no puedo dejar mi trabajo en este momento -repuso Robert.

–No, no tú y yo -dijo Marissa-. Wendy y yo. Sólo nosotras dos.

Robert reflexionó un momento. La idea no era mala. Les daría a él y a Marissa tiempo para tranquilizarse.

–Eso no me parece tan disparatado. ¿Adónde os gustaría ir?

–A Australia -respondió Marissa.

Se sobresaltó cuando esas palabras salieron de su boca.

–¡A Australia! – exclamó Robert.

Se quitó las gafas de leer y las arrojó encima de su correspondencia.

–¡A Australia! – repitió, como si no hubiera oído bien.

–Hay una explicación -siguió Marissa-. No fue un lugar elegido al azar.

Hoy me enteré de que la única concentración de casos de tuberculosis de las trompas de Falopio, como el de Wendy y el mío, está en Brisbane, Australia. Así que podríamos hacer una pequeña investigación además de pasarlo bien.

Fue idea de Wendy. Es una fanática del buceo y la Gran Barrera de Arrecifes…

–¡Tenías razón! – replicó Robert, interrumpiéndola -. Me parece totalmente descabellado. Es lo más ridículo que he oído. Tu trabajo como médica está hundiéndose y quieres atravesar la mitad del mundo para continuar con una cruzada que casi te lleva a la cárcel. Pensaba que te referías a unas breves vacaciones, como, por ejemplo, un fin de semana en las Bermudas. Algo razonable.

–No tienes por qué saltar de esa manera -repuso Marissa Creí que podíamos hablarlo como dos personas adultas.

–¿Cómo quieres que reaccione? – preguntó Robert.

–No es tan descabellado -siguió Marissa-. También me enteré hoy de que esta forma extraña de tuberculosis ha estado apareciendo a escala internacional. No sólo en Australia, sino también en Europa. Alguien debería investigarlo.

–¿Y tú eres ese alguien? – preguntó Robert-. En el estado en que estás,

¿crees ser la persona apropiada?

–Me considero idónea para eso.

–Y yo creo que te equivocas -replicó Robert-. No podrías ser objetiva.

Tú misma eres uno de los casos por investigar. Y si realmente te importa mi opinión, creo que ir ahora a Australia es un soberano disparate. Esto es todo lo que tengo que decir.

Robert cogió sus gafas de lectura, se las puso y volvió a concentrar su atención en la pantalla de su ordenador.

Al ver que él no tenía intención de seguir hablando del tema, Marissa se dio media vuelta y salió por la puerta.

El problema de ir a Australia era que Marissa pensaba que, básicamente, Robert tenía razón. Le parecía una idea extravagante, tanto en tiempo como en dinero, pese a que el aspecto financiero no le importaba demasiado. De todas formas, no podía sacarse de encima la sensación de que era un disparate, así, de buenas a primeras, tomar un avión y atravesar la mitad del planeta.

Decidió llamar a Wendy por teléfono. Ella atendió al primer timbrazo, como si estuviera esperando junto al aparato.

–¿Y bien? – preguntó Wendy.

–Las cosas no marchan demasiado bien -contestó Marissa-Robert se opone a la idea, por lo menos a que me vaya a Australia. Pero le parece bien que me tome unas vacaciones.

–¡Maldición! – exclamó Wendy -. Estoy decepcionada. Ya casi estaba haciendo el equipaje y me parecía sentir ese abrasador sol estival de Australia.

–Otra vez será -repuso Marissa.

–No te preocupes más y vete a dormir. Tal vez mañana tú y Robert pensaréis de modo distinto. Estoy convencida de que nos habríamos divertido muchísimo.

Marissa colgó el teléfono. De pronto, irse a dormir le pareció una buena idea. Subió por la escalera deseando que, para variar, Robert la despertara diciéndole que había cambiado de idea.

Marissa abrió los ojos y en seguida supo que había dormido de más y que era tardísimo. La luz de su dormitorio era más intensa de lo acostumbrado. Rodó a un costado y miró el reloj.

Tenía razón, eran casi las ocho y media de la mañana, una hora más tarde de lo usual. No se sorprendió. Después de haberse despertado a las

cuatro de la madrugada y no haber podido volver a conciliar el sueño, se tomó uno de los tranquilizantes de Robert.

Se puso la bata, fue al cuarto de invitados y espió. La cama estaba vacía y no había sido ocupada. Se acercó a la escalera y llamó a Robert en voz alta. Si estaba abajo, no respondió.

Marissa descendió por la escalera y, pasando por la cocina, fue a mirar en el garaje. El coche de Robert no estaba.

Regresó al interior de la casa y miró en la mesita del lado del teléfono en busca de un mensaje. No había ninguno. Robert había salido hacia el trabajo sin dejarle siquiera una nota.

Cada vez que pensaba que la relación de ambos había alcanzado su nadir, se hundía aún más.

–Gracias por nada -dijo Marissa en voz alta mientras trataba de contener las lágrimas. Se recuperó -. Dios, hace sólo diez minutos que estoy despierta y ya estoy llorando.

Se preparó una taza de café instantáneo y se la llevó al piso superior para tomarlo mientras se vestía.

–Una nota no habría sido mucho pedir -se dijo al meterse bajo la ducha.

Mientras se vestía y se maquillaba, Marissa decidió que debía esforzarse para que su vida volviera a ser más normal.

Su carrera de medicina estaba hundiéndose. Quizá debería empezar a trabajar con más regularidad. Tal vez entonces su relación con Robert mejorase. Con esa idea en mente, Marissa decidió dirigirse en seguida a su clínica.

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