Sol naciente

Michael Crichton · Capítulo 6 de 10

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Sol naciente

Segunda Noche

–¡No tuve más remedio!

Cuando llegamos al rellano del primer piso, Connor gritó:

–¡Senador! – Entonces fue cuando oímos aquel ruido seco. No muy fuerte: como una silla que se vuelca. Pero yo sabía que era un disparo.

SEGUNDA NOCHE

El sol se ponía en el sekitei. Las sombras de las rocas se rizaban sobre los círculos concéntricos de la arena rastrillada. Yo contemplaba su dibujo.

Connor seguía dentro, mirando la televisión. Se oía débilmente el telediario.

Por supuesto, un templo zen había de tener televisor. Yo empezaba a acostumbrarme a estas contradicciones.

Pero no tenía ganas de seguir mirando la televisión. Durante la última hora había visto lo suficiente para saber el tratamiento que los medios de comunicación iban a dar al caso. Últimamente, el senador Morton estaba bajo una gran tensión. Su vida familiar estaba perturbada: su hijo adolescente había sido arrestado recientemente por conducir borracho, después de un accidente en el que otro adolescente había resultado gravemente herido. Se rumoreaba que la hija del senador había abortado hacía poco. Mrs. Morton no estaba visible, aunque había periodistas a la puerta de su casa de Arlington.

El personal del senador había coincidido en que, últimamente, el senador soportaba una fuerte tensión, al tener que compaginar su vida familiar con los preparativos de su inminente campaña electoral. El senador estaba desconocido: malhumorado y reservado. Según un ayudante, «parecía disgustado por algún asunto personal».

Si bien nadie cuestionaba el criterio del senador, un colega, el senador Dowling, dijo que Morlón «últimamente mostraba un cierto fanatismo en sus planteamientos del tema del Japón, quizá síntoma de la tensión a que estaba sometido. John no parecía pensar que fuera posible un acuerdo con el Japón, cuando todos sabemos que hay que buscar el acuerdo. Nuestras dos naciones están ya muy íntimamente ligadas. Desgraciadamente, ninguno de nosotros podía imaginar la presión que estaba soportando. John Morton era un hombre reservado».

Yo contemplaba cómo las piedras del jardín iban pasando del dorado al rojo. Un monje zen norteamericano llamado Bill Harris salió a preguntarme si quería té o, quizás, una «Coca-Cola». Le dije que no y se marchó. Al mirar al interior, vi el resplandor azulado del televisor. No distinguí a Connor.

Volví a mirar las piedras del jardín.

El primer disparo no mató al senador Morton. Cuando abrimos de un puntapié la puerta del cuarto de baño, vimos que se levantaba sangrando por la garganta. Connor gritó: «¡No!» y, en el mismo momento, Morton se metió en la boca el cañón de la pistola y volvió a disparar. El segundo disparo fue mortal. La pistola escapó de sus manos, rodó por el suelo de baldosas y vino a parar a mis pies. Había mucha sangre en las paredes.

La gente empezó a chillar. Me volví y vi a la maquilladora en la puerta con la cara entre las manos, chillando a pleno pulmón. Cuando llegaron los sanitarios tuvieron que sedarla.

Connor y yo nos quedamos hasta que la División envió a Bob Kaplan y Tony Marsh. Eran los detectives encargados del caso. Dije a Bob que haríamos la declaración cuando ellos quisieran y nos fuimos. Observé que Ishigura se había marchado. Eddie Sakamura, también.

Esto inquietó a Connor.

–Ese maldito Eddie. ¿Dónde se habrá metido?

–¿Qué importa? – dije.

–Eddie es un problema -dijo Connor.

–¿Por qué?

–¿No se ha fijado cómo habló a Ishigura? Con qué confianza. Demasiada confianza. Hubiera debido estar asustado y no lo estaba.

Yo me encogí de hombros.

–Usted mismo dijo que Eddie está loco. Quién sabe por qué hace lo que hace. – Estaba cansado del caso y cansado de todas las sutilezas niponas de Connor. Dije que, probablemente, Eddie habría regresado al Japón o se habría ido a México, adonde nos había dicho que le gustaría ir.

–Ojalá no se equivoque -dijo Connor.

Me llevó a la puerta trasera de los estudios. Dijo que quería marcharse antes de que llegara la Prensa. Subimos al coche y nos fuimos. Él me indicó la dirección del centro zen. Allí estábamos ahora. Llamé a Lauren, pero había salido de la oficina. Llamé a Theresa al laboratorio, pero su teléfono comunicaba. Llamé a casa y Elaine me dijo que Michelle estaba bien y que los periodistas se habían ido. Me preguntó si quería que se quedara a dar la cena a Michelle. Le dije que sí, que quizá yo regresara tarde.

Y, durante la hora siguiente, estuve mirando la televisión. Hasta que me cansé de mirar.

Oscurecía. La arena había tomado un tono púrpura grisáceo. Tenía el cuerpo anquilosado por el mucho rato que llevaba allí sentado. Empezaba a sentir frío. Mi buscapersonas empezó a sonar. Me llamaban de la División. O

quizá fuera Theresa. Me levanté y entré.

En la pantalla del televisor, el senador Rowe expresaba su condolencia a la afligida familia y mencionaba el fuerte estrés que sufría últimamente el senador Morton. Rowe señaló que la oferta de «Akai» no había sido retirada. Que él supiera, la operación seguía adelante y ahora ya no podía encontrar gran oposición.

–Hummm -murmuró Connor.

–¿Han vuelto a poner en marcha la operación?

–Yo diría que nunca estuvo parada. – Connor parecía preocupado.

–¿No aprueba la venta?

–Me preocupa Eddie. Demasiado bravucón. Todo depende de lo que haga ahora Ishigura.

–¿Qué importa? – Yo estaba cansado. La muchacha había muerto, Morton había muerto y la venta seguía adelante.

Connor movió la cabeza.

–Recuerde lo que está en juego -dijo-. Es mucho lo que está en juego. A Ishigura no le preocupa un sórdido homicidio sin importancia, ni siquiera la compra de una empresa de estratégica tecnología punta. A él le preocupa la reputación de la «Nakamoto» en Estados Unidos. La «Nakamoto» tiene una relevante imagen corporativa en Norteamérica y él aspira a darle mayor relevancia. Y Eddie puede dañar esa imagen.

–¿Cómo?

–No lo sé de cierto.

Mi buscapersonas volvió a sonar. Llamé a la División. Era Frank Ellis, el jefe de guardia.

–Hola, Pete. Tenemos una petición de Servicios Especiales. El sargento Matlovsky, del depósito de vehículos, pide un intérprete.

–¿De qué se trata?

–Dice que tiene a cinco ciudadanos japoneses que exigen que se les deje examinar el vehículo siniestrado.

–¿Qué vehículo siniestrado? – pregunté frunciendo el entrecejo.

–El «Ferrari». El de la persecución a gran velocidad. Al parecer, está destrozado: aplastado e incendiado. Esta mañana, han tenido que usar sopletes para sacar el cuerpo. Pero estos japoneses se empeñan en revisar el vehículo. Por el expediente, Matlovsky no sabe si debe o no autorizarlo. Es decir, si puede afectar a una investigación en curso. Y no se entiende con los japoneses. Uno de ellos dice ser pariente del difunto. ¿Podrías hacerte cargo?

Yo suspiré.

–¿Estoy de servicio esta noche? Lo estuve ayer.

–Estás en la lista. Al parecer, cambiaste el turno con Alien.

Creía recordar que, efectivamente, había cambiado el turno con Alien para que él pudiera llevar a su chico a un partido de hockey de los Kings. Lo habíamos acordado hacía una semana pero ahora me parecía que hacía un siglo.

–De acuerdo -dije-. Yo me encargaré.

Dije a Connor que tenía que marcharme. Él me escuchaba y, de pronto, se puso en pie de un salto.

–¡Naturalmente! ¡Naturalmente! ¿En qué estaba yo pensando? – Se dio un puñetazo en la palma de la mano-. ¡Vamos, kohai!

–¿Al depósito?

–¿Al depósito? Por supuesto que no.

–Entonces, ¿qué hacemos?

–¡Maldita sea! ¡Soy un imbécil! – Ya iba camino del coche. Yo corrí tras él.

Cuando paré el coche delante de la casa de Eddie Sakamura, Connor saltó a tierra y subió corriendo las escaleras. Yo aparqué y corrí tras él. El cielo estaba azul oscuro. Era casi de noche.

Connor subía los escalones de dos en dos.

–La culpa es mía. Debí darme cuenta antes. Debí comprender lo que significaba.

–¿Qué significaba qué? -pregunté jadeando un poco en lo alto de la escalera.

Connor abrió la puerta. Entramos. La sala de estar seguía tal como la había visto yo aquel mismo día cuando hablé con Graham.

Connor iba rápidamente de una habitación a otra. En el dormitorio había una maleta abierta. Encima de la cama vi varias chaquetas «Armani» y

«Biblos», preparadas para ser dobladas y metidas en la maleta.

–El idiota -dijo Connor-. No debió volver.

Las luces de la piscina estaban encendidas. Proyectaban un reverbero verdoso en el techo. Connor salió.

El cuerpo desnudo flotaba boca abajo en el centro de la piscina, una silueta

oscura en el verde rectángulo luminoso. Connor cogió un palo de espumar y empujó a Eddie hacia el lado opuesto. Lo izamos al borde de cemento.

Estaba frío, amoratado y un poco rígido. No tenía señales.

–Son muy cuidadosos con eso -dijo Connor.

–¿Con qué?

–Con lo de no dejar marcas. Pero estoy seguro de que podemos encontrar la prueba… -Sacó su linterna lápiz y examinó la boca de Eddie. Le miró las tetillas y los genitales-. Sí. Aquí. ¿Ve esas hileras de puntos rojos? En el escroto. Y en la cara interna del muslo…

–¿Pinzas de electroshock?

–Sí. De la bobina del electroshock. ¡Maldita sea! ¿Por qué no me lo habrá dicho? Tuvo ocasión, durante el trayecto desde su casa hasta los estudios de televisión, cuando íbamos a ver al senador. Hubiera podido decírmelo entonces. Decirme la verdad.

–¿La verdad de qué?

Connor no me contestó. Estaba sumido en sus pensamientos. Suspiró.

–¿Sabe? A fin de cuentas, no somos más que gaijin. Extranjeros. Incluso en su desesperación nos excluyen. Y, probablemente, no quiso decírnoslo porque…

Se interrumpió, mirando el cadáver. Finalmente, dejó caer al agua el cuerpo que volvió a quedar flotando.

–Que otros se encarguen del papeleo -dijo Connor poniéndose en pie-. No tenemos por qué ser nosotros los que encontremos el cuerpo. Ya no importa.

– Miró a Eddie derivar hacia el centro de la piscina. La cabeza se hundía ligeramente y los talones sobresalían.

–Yo le apreciaba -dijo Connor-. Me había hecho favores. Hasta conocí a su familia en el Japón. A una parte de su familia. Al padre, no. – Miró cómo el cuerpo giraba lentamente-. Pero Eddie era un buen sujeto. Y ahora quiero saber.

Yo estaba desconcertado. No sabía de qué hablaba, pero no consideré oportuno preguntar. Connor parecía furioso.

–Vamos -fijó al fin-. Hay que moverse de prisa. Sólo hay un par de posibilidades. Y, una vez más, los acontecimientos nos han tomado la delantera. Pero voy a pescar a ese hijo de puta aunque sea lo último que haga en mi vida.

–¿Qué hijo de puta?

–Ishigura.

Volvíamos a mi apartamento.

–Váyase a descansar -dijo Connor.

–Yo voy con usted.

–No; esto tengo que hacerlo yo solo, kohai. Es preferible que usted no sepa nada.

–¿Nada de qué? – pregunté.

Seguimos así un rato. El no quería dar detalles. Al fin dijo:

–Anoche Tanaka fue a casa de Eddie porque Eddie tenía la cinta.

Probablemente, el original.

–¿Sí?

–Y Tanaka quería que se lo devolviera. Por eso discutieron. Cuando llegaron usted y Graham y se armó el pitote, Eddie dijo a Tanaka que la cinta estaba en el «Ferrari». Tanaka bajó, le entró pánico al ver a la Policía y se fue en el coche.

–Bien.

–Yo suponía que la cinta se había quemado con el coche.

–Sí…

–Pero es evidente que no se quemó. Porque, de no tener la cinta, Eddie no se hubiera mostrado tan chulo con Ishigura. La cinta era su carta de triunfo y él lo sabía. Pero, evidentemente, no tenía idea de lo bestia que podía ser Ishigura.

–¿Le torturaron para que les dijera dónde está la cinta?

–Sí; pero Eddie debió de ser una sorpresa para ellos. No se lo dijo.

–¿Cómo lo sabe?

–Porque, de lo contrario, no tendríamos a cinco ciudadanos japoneses ansiosos de examinar los restos de un «Ferrari» a altas horas de la noche.

–¿O sea, que aún están buscando la cinta?

–Sí, o rastro de ella. Incluso es posible que no sepan todavía cuántas cintas faltan.

Yo reflexioné.

–¿Qué se propone? – pregunté.

–Encontrar la cinta -dijo Connor-. Porque tiene que ser importante. Por ella

se mata y se muere. Si podemos encontrar el original… -Movió la cabeza-Ishigura estará con la mierda al cuello. Como debe estar.

Paré delante de mi casa. Tal como había dicho Elaine, todos los periodistas se habían ido. La calle estaba desierta. Oscura.

–Quiero ir con usted -insistí.

Connor movió negativamente la cabeza.

–Yo estoy en situación de excedencia -dijo-. Usted, no. Debe pensar en su pensión. Y no le conviene saber lo que voy a hacer.

–Lo adivino -dije-. Reconstruir lo que Eddie hizo anoche. Eddie estuvo en casa de la pelirroja. Quizá fuera a algún otro sitio…

–No perdamos más tiempo, kohai -dijo Eddie-. Tengo contactos y personas de confianza. No insista. Si me necesita, llámeme al coche. Pero sólo si es imprescindible, porque voy a estar ocupado.

–Pero…

–Vamos, kohai. Fuera del coche. Descanse con su niña. Ha hecho un buen trabajo, pero su trabajo ya acabó.

Finalmente, salí del coche.

– Sayonara -dijo Connor agitando la mano con ironía. Y el coche arrancó.

–¡Papá! ¡Papá! – Michelle venía corriendo con los brazos abiertos-.

¡Levanta, papá!

La levanté en brazos.

–¡Hola, Shelly!

–Papá, ¿puedo ver La Bella Durmiente?

–No lo sé. ¿Has cenado?

–Se ha comido dos perros calientes y un cucurucho -dijo Elaine que estaba en la cocina fregando cacharros.

–Vaya, creí que no íbamos a darle más comida basura.

–No ha querido otra cosa -dijo Elaine. Estaba irritable. Era el fin de un día muy largo con una niña de dos años.

–Papá, ¿puedo ver La Bella Durmiente?

–Un momento, Shelly, estoy hablando con Elaine.

–Traté de hacerle tomar esa sopa -dijo Elaine-, pero no ha querido ni probarla. Quería perritos.

–Papá, ¿puedo ver el canal Disney?

–Michelle -dije.

–Pensé que así, por lo menos, algo comería. Me parece que estaba muy nerviosa. Ya sabe, con los periodistas y demás. Mucho jaleo.

–Papá, ¿puedo? ¿La Bella Durmiente? -Brincaba en mis brazos y me daba palmadas en la cara para hacer que la escuchara.

–Está bien, Shel.

–¿Ahora, papá?

–Ahora.

La puse en el suelo. Ella corrió a la sala y conectó el televisor, pulsando el control remoto sin vacilar.

–Creo que mira demasiada tele.

–Lo mismo que todos los niños -dijo Elaine encogiéndose de hombros.

–¿Papá?

Salí a la sala e inserté la cinta. Pulsé la tecla de avance rápido hasta que aparecieron los títulos.

–Esto no me gusta -dijo con impaciencia.

Volví a pulsar hasta que empezó la acción. El paso de las páginas de un libro.

–Esto, esto -dijo tirándome de la mano.

Dejé que la cinta pasara a velocidad normal. Michelle se sentó en el sofá y se metió el pulgar en la boca, pero en seguida se lo sacó y golpeó el sofá a su lado.

–Aquí, papá.

Quería que me sentara con ella.

Suspiré. Miré la habitación. Estaba muy revuelta. Había lápices de cera y cuadernos en el suelo. Y el gran molino de viento.

–Deja que ordene todo esto -dije-. Estaré aquí contigo.

Volvió a meterse el pulgar en la boca y se quedó mirando la pantalla. Su atención era total.

Guardé los lápices en el estuche y recogí los cuadernos y los puse en el

estante. De repente, noté el cansancio y me senté en el suelo, al lado de Michelle. En la pantalla, tres hadas, roja, verde y azul, entraban volando en el salón del trono de palacio.

–Ésa es Alegría -dijo Michelle señalando con el dedo-. La azul.

Elaine preguntó desde la cocina:

–¿Le preparo un sándwich, teniente?

–Estupendo -dije. En aquel momento, no deseaba nada más que estar allí sentado, al lado de mi hija. Quería olvidarme de todo, por lo menos, durante un rato. Me alegraba de que Connor me hubiera traído. Miraba la pantalla apáticamente.

Elaine me trajo un sándwich de salami con lechuga y mostaza. Estaba hambriento. Elaine miró al televisor, sacudió la cabeza y volvió a la cocina.

Yo me comí el sándwich al que Michelle se empeñó en dar varios bocados.

Le gusta el salami. A mí me preocupan los aditivos, aunque imagino que no debe de ser mucho peor el salami que los perros calientes.

Después del sándwich, me sentí un poco mejor. Me levanté y acabé de ordenar la habitación. Desmonté el molino de viento y fui guardando los listones en el tubo de cartón.

–¡Esto no, esto no! – dijo Michelle, llorosa. Yo pensé que no quería que desmontara el molino, pero no era eso. Se tapaba los ojos con las manos.

No le gustaba ver a Maléfica, la bruja. Yo hice avanzar la cinta hasta que se fue la bruja y ella se tranquilizó.

Acabé de poner las piezas del molino en el estuche tubular, lo cerré con su tapa metálica y lo guardé en el estante de abajo de la librería. Era su sitio.

Me gusta tener los juguetes bajos, para que Michelle pueda sacarlos sola.

El tubo se cayó del estante a la alfombra. Lo recogí. En el estante había algo. Un pequeño rectángulo gris. En seguida supe qué era.

Era una casete de vídeo de ocho milímetros, con una inscripción en japonés en la etiqueta.

Elaine dijo:

–Teniente, ¿necesita algo más? – Tenía puesta la chaqueta para marcharse.

–Un minuto -dije.

Fui al teléfono y llamé a la centralita de jefatura. Les pedí que me pusieran con Connor que estaba en mi coche. Esperé con impaciencia. Elaine me miraba.

–Un minuto, Elaine.

En la pantalla, el príncipe y la princesa cantaban a dúo y los pájaros trinaban. Michelle se chupaba el dedo.

–Lo siento -dijo la telefonista-; el coche no contesta.

–De acuerdo, ¿tienen el número del capitán Connor?

Una pausa.

–El capitán Connor no está en la lista de personal en activo.

–Ya lo sé; pero, ¿no tienen su número?

–No tengo nada, teniente.

–Me urge hablar con él.

–Un momento. – Me puso en espera. Yo juré entre dientes.

Elaine estaba en el recibidor, esperando para marcharse.

–¿Teniente? – Era la telefonista-. El capitán Ellis dice que el capitán Connor se ha marchado.

–¿Se ha marchado?

–Estuvo aquí hace un rato, pero ya se ha ido.

–¿Dice que estuvo en jefatura?

–Sí; pero ya no está. Y no tengo su número, lo siento. Colgué. ¿A qué diablos había ido Connor a jefatura?

Elaine seguía en el recibidor.

–¿Teniente?

–Un momento, Elaine.

–Teniente, tengo que…

– Un momento he dicho.

Empecé a pasear. No sabía qué hacer. Me invadió el miedo. Por aquella cinta habían matado a Eddie y no dudarían en volver a matar. Miré a mi hija, delante del televisor con el dedo en la boca. Dije a Elaine:

–¿Dónde tiene el coche?

–En el garaje.

–Bien. Quiero que lleve a Michelle a…

Sonó el teléfono. Descolgué rápidamente, deseando que fuera Connor.

–Diga.

– Moshi moshi. Connor-san desu ka?

–No está. – Apenas lo dije me arrepentí. Pero ya era tarde, el daño estaba hecho.

–Muy bien, teniente -dijo la voz, con fuerte acento-. Usted tiene lo que nosotros queremos, ¿verdad?

–No sé de qué me habla.

–Me parece que sí lo sabe, teniente.

Se oía un leve siseo. La llamada procedía de un teléfono de coche. Podían estar en cualquier sitio.

Podían estar en la puerta.

¡Maldita sea!

–¿Quién habla? – dije.

Pero sólo oí la señal de marcar.

–¿Qué ocurre, teniente? – preguntó Elaine.

Yo corría hacia la ventana. En la calle vi tres coches parados en doble fila.

De ellos se apeaban cinco hombres, siluetas oscuras en la noche.

Yo trataba de no perder la serenidad.

–Elaine -dije-, quiero que se lleve a Michelle a mi habitación. Métanse las dos debajo de la cama y quédense quietas, pase lo que pase. ¿Entendido?

–¡No, papá!

–Ahora mismo, Elaine.

–No, papá… Yo quiero ver La Bella Durmiente.

–Después la verás. – Yo había sacado la pistola y estaba comprobando el cargador. Elaine tenía los ojos muy abiertos.

Tomó en brazos a Michelle.

–Vamos, tesoro.

Michelle se revolvía, protestando.

–¡No, papá!

– Michelle.

Ella enmudeció, impresionada por mi tono de voz. Elaine la llevó al dormitorio. Yo preparé otro cargador y me lo puse en el bolsillo de la americana.

Apagué las luces de mi cuarto y del de Michelle. Miré su cuna, con el edredón de los elefantes aplicados. Apagué la luz de la cocina.

Volví a la sala. En la pantalla, la bruja daba instrucciones a su cuervo para que le encontrara a la Bella Durmiente.

–Tú eres mi última esperanza, bonito, no me falles -decía al pájaro que salía volando.

Me acerqué a la puerta, agachado. Volvió a sonar el teléfono. Retrocedí a gatas para contestar.

–Diga.

– Kohai. -Era la voz de Connor. Oí los parásitos de la línea del coche.

–¿Dónde está?

–¿Tiene la cinta?

–Sí; tengo la cinta. ¿Dónde está?

–En el aeropuerto.

–Pues venga aquí. Ahora mismo. ¡Y pida refuerzos! ¡Por Dios!

Oí ruido en el descansillo, delante de la puerta. Un ruido leve, como de pasos.

Colgué el teléfono. Estaba sudando.

Mierda.

Si Connor estaba en el aeropuerto, tardaría veinte minutos en llegar. O más.

O más.

Iba a tener que arreglármelas yo solo.

Yo miraba la puerta, aguzando el oído. Pero en el descansillo no se oía nada.

En el dormitorio, Michelle dijo:

–Quiero ver La Bella Durmiente. Quiero ver a papá. – Oí que Elaine le susurraba. La niña lloriqueó.

Luego, silencio.

Volvió a sonar el teléfono.

–Teniente -dijo aquella voz de fuerte acento-, no necesita refuerzos.

Mierda, escuchaban el teléfono del coche.

–No queremos causar daño, teniente. Sólo queremos una cosa. ¿Quiere hacer el favor de traernos la cinta?

–Sí; tengo la cinta -dije.

–Lo sabemos.

–Se la daré.

Comprendí que estaba solo. Pensaba de prisa. Mi única idea era llevármelos de allí. Alejarlos de mi hija.

–Pero no aquí -dije.

Sonaron unos golpes en la puerta. Rápidos, insistentes.

¡Maldita sea!

Sentía que los acontecimientos se precipitaban. Yo estaba agachado junto a la mesa del teléfono, tratando de mantenerme por debajo de las ventanas.

Otra vez los golpes en la puerta.

Dije por teléfono:

–Les daré la cinta. Pero llame a sus hombres.

–¿Cómo dice?

¡Dios, un problema de idioma!

–Retire a todos sus hombres. Quiero verlos a todos en la calle.

–Teniente, nosotros queremos las cintas.

–Ya lo sé. Se las daré. – Mientras hablaba, no apartaba la mirada de la puerta. Vi girar el picaporte. Alguien trataba de abrir. Lentamente, con sigilo. Luego, soltaron el picaporte. Por debajo de la puerta se deslizó una cosa blanca.

Una tarjeta.

–Por favor teniente, colabore.

Me arrastré y miré la tarjeta. Leí: Jonathan Connor, capitán, Departamento de Policía de Los Angeles.

Entonces oí susurrar al otro lado:

– Kohai.

Yo sabía que era una trampa. Connor había dicho que estaba en el aeropuerto, de modo que tenía que ser una trampa…

–Quizá yo pueda ayudarle, kohai.

Eran las mismas palabras que dijo cuando empezó el caso. Me desconcertó oírlas.

–Abra la jodida puerta de una vez, kohai.

Era Connor. Levanté la mano y abrí la puerta. Él entró arrastrando una cosa azul: un chaleco Kevlar antibalas.

–Creí que estaba usted…

Sacudió la cabeza y susurró:

–Sabía que estarían aquí. Tenían que estar. Me quedé esperando en el coche, en el callejón de atrás.

–¿Cuántos hay delante?

–Me parece que son cinco. Quizá más.

Él asintió.

La voz del teléfono decía:

–¿Teniente? ¿Está ahí, teniente?

Me aparté el auricular del oído, para que Connor pudiera escuchar.

–Aquí estoy -dije.

En la televisión sonó una risa de bruja.

–Teniente, oigo que hay algo con usted.

–Es la Bella Durmiente.

–¿La boya durmiente? – dijo la voz, perpleja-. ¿Qué es?

–La televisión -dije-. Televisión.

Oí cuchicheos al otro lado. El zumbido de un coche que pasaba por la calle.

Eso me hizo pensar que ellos estaban en descubierto. En una calle de edificios de apartamentos. Con muchas ventanas. Alguien podía asomarse en cualquier momento. O pasar por allí. Aquellos hombres tenían que actuar de prisa.

Quizá ya estaban actuando.

Connor me tiraba de la americana y me hacía señas de que me desnudara.

Yo me quité la americana mientras hablaba.

–Está bien -dije-. ¿Qué quieren que haga?

–Que nos traiga la cinta.

Miré a Connor. Él movió afirmativamente la cabeza. Sí.

–Conforme -dije-. Pero antes retire a su gente.

–¿Cómo dice?

Connor apretó un puño e hizo una mueca de furor. Quería que me mostrara enfadado. Tapó el micro del teléfono y me susurró al oído una frase en japonés.

–Escuche bien -dije-: Yoku kiki!

Se oyó un gruñido. Sorpresa.

– Hai. Los hombres se retiran. Y ahora usted viene, teniente.

–De acuerdo -dije-. Allá voy. Colgué el teléfono.

Connor susurró:

–Treinta segundos -y se marchó. Yo todavía estaba abrochándome la camisa por encima del chaleco. El Kevlar es abultado y da mucho calor. Ya estaba sudando.

Esperé treinta segundos mirando la esfera de mi reloj, viendo correr el segundero. Luego, salí.

Alguien había apagado la luz de la escalera. Tropecé con un cuerpo. Me enderecé y miré la cara del caído. Era asiática, delgada y sorprendentemente joven. Un adolescente. Estaba inconsciente y respiraba de prisa.

Lentamente, bajé la escalera.

En el rellano del primer piso no había nadie. Seguí bajando. Detrás de una puerta del primer piso, oí risa enlatada de un televisor. Una voz decía:

–Cuéntenos a dónde fueron en esa primera cita.

Seguí hasta la planta baja. La puerta de la calle era de vidrio. Fuera no se veía más que coches aparcados, un seto y un trozo de césped delante del edificio. Los hombres y sus coches quedaban a la izquierda, fuera de mi campo visual.

Esperé. Inhalé una bocanada de aire. El corazón me golpeaba el pecho. Yo no quería salir, pero no pensaba más que en alejarlos de mi hija. Llevar la acción lejos de…

Salí a la noche.

Sentí el aire frío en la cara y cuello sudorosos.

Di dos pasos adelante.

Ahora podía ver a los hombres. Estaban a unos diez metros, al lado de los coches. Conté cuatro. Uno de ellos me llamó agitando un brazo. Yo vacilé.

¿Dónde estaban los otros?

No veía a nadie más que a los que estaban junto a los coches. Otra vez me hacían señas. Eché a andar hacia ellos cuando, de pronto, sentí un fuerte golpe en la espalda que me hizo caer de bruces en la hierba mojada.