Sol naciente

Michael Crichton · Capítulo 3 de 10 · parte 1/3

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Sol naciente

Han Robado las Cintas.

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Andando -dijo Connor. Yo puse en marcha el coche.

El telediario de las once de la noche había terminado y la redacción estaba casi desierta. Connor y yo fuimos por el pasillo hasta el estudio de sonido, en donde todavía estaba iluminado el letrero: En antena-Noticias.

En el monitor se estaba repitiendo la emisión de la noche sin sonido. El presentador señalaba la pantalla.

–Yo no me chupo el dedo, Bobby. Yo, en estas cosas, me fijo. Tres noches seguidas ella ha abierto y ha cerrado el programa. – Echó el cuerpo hacia atrás y cruzó los brazos-. Estoy esperando lo que tengas que decir, Bobby.

Bob Arthur, mi amigo, el fornido y cansado productor de las noticias de las once, bebió un sorbo de whisky seco de un vaso tan grande como su puño.

–Jim, la cosa vino rodada -dijo.

–Y un huevo, vino rodada -dijo el presentador.

La presentadora era una pelirroja espectacular con una figura impresionante. Recogía sus papeles con parsimonia, con el oído atento a la conversación entre Bob y su compañero.

–En mi contrato está bien claro. La mitad de las introducciones y la mitad de los cierres. Es contractual.

–Pero, Jim -dijo el productor-•, esta noche el programa ha empezado por los desfiles de alta costura de París y la fiesta de la «Nakamoto». Son temas de interés humano.

–Hubiera tenido que ser el asesino múltiple.

–Se aplazó su acusación. Además, el público está harto de asesinos múltiples.

–¿Que el público está harto de asesinos múltiples? – dijo el presentador con incredulidad-. ¿De dónde has sacado la idea?

–Puedes comprobarlo por ti mismo en los sondeos, Jim. Se ha abusado de los asesinatos múltiples. El público se preocupa por la economía. No quiere saber nada más de asesinos múltiples.

–¿Y porque el público se preocupa por la economía nosotros entramos con la «Nakamoto» y la moda de París?

–Exactamente, Jim -dijo Bob Arthur-. En los tiempos difíciles hay que poner grandes saraos. Es lo que quiere ver el público: moda y lujo.

El presentador dijo con cara hosca:

–Yo soy periodista; yo estoy aquí para cubrir las noticias fuertes, no modas.

–Exactamente, Jim -dijo el productor-. Por eso Liz hizo esta noche la introducción. Queremos reservar tu imagen para las noticias fuertes.

–Cuando Teddy Roosevelt sacó al país de la Gran Depresión no lo hizo con modas y lujo.

–Franklin Roosevelt.

–El que fuera. Tú ya sabes a lo que me refiero. Si el público está preocupado, informemos de economía. Balanza de pagos y esas cosas.

–De acuerdo, Jim. Pero es el telediario de las once de la noche para el mercado local, y la gente no quiere oír…

–Pues eso es lo malo de América -sentenció el presentador, agitando el índice-. La gente no quiere oír las verdaderas noticias.

–Cierto, Jim, estás en lo cierto. – Bob pasó el brazo por los hombros del presentador-. Ahora descansa un poco, ¿de acuerdo? Mañana hablaremos.

Esto pareció ser una especie de señal, porque la presentadora dejó de arreglar sus papeles y se marchó.

–Yo soy periodista -dijo el presentador-. Yo sólo quiero hacer mi trabajo como un buen profesional.

–El muy zoquete… -murmuró Bob Arthur mientras nos llevaba por un pasillo- Teddy Roosevelt. Dios. No son periodistas. Son actores. Y cuentan sus líneas lo mismo que los actores. – Suspiró y tomó otro trago de escocés.

Ahora dime otra vez, ¿qué es lo que queréis ver?

–La cinta de la inauguración del edificio «Nakamoto».

–¿Te refieres al reportaje que dimos esta noche?

–No; queremos ver las grabaciones originales.

–Los carretes originales. Jo, espero que todavía los tengamos. Que no los hayan borrado.

–¿Tan pronto?

–Es que grabamos cuarenta carretes al día. La mayoría los borramos inmediatamente. Antes los guardábamos una semana, pero hay que reducir costes.

En una de las paredes laterales de la redacción había estanterías con cartuchos «Betamax». Bob pasó el dedo por las etiquetas.

–«Nakamoto»… «Nakamoto»… No; no las veo. – Pasó por su lado una mujer-. Cindy, ¿está Rick?

–No; ya se fue a casa. ¿Necesitas algo?

–Las cintas «Nakamoto». No están en la estantería.

–Mira en el despacho de Don. Él las editó.

–De acuerdo. – Bob nos llevó a las cabinas de edición, situadas al otro lado de la redacción. Abrió una puerta y entramos en un cuartito desordenado, con dos monitores, varios estantes de cintas y una consola de edición.

Diseminadas por el suelo había cajas de cintas. Bob rebuscó en ellas-. Vaya, habéis tenido suerte. Originales de cámara. Hay mucho. Llamaré a Jenny para que os las comente. Es nuestra mejor especialista en personalidades.

Conoce a todo el mundo. – Se asomó a la puerta-. ¿Jenny? ¡Jenny!

–Bueno, vamos a ver -dijo Jenny Gonzales minutos después. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, fornida y con gafas. Repasó las notas del editor y frunció la frente-. Por más que le digas, no hay forma de que anoten las cosas como es debido… Vaya, por fin. Cuatro cintas. Dos de la llegada de los coches. Dos de la fiesta en sí. ¿Qué quieren ver?

–Empecemos por la llegada de los coches. – Connor miró el reloj-. ¿Podría pasarlo rápido? Tenemos prisa.

–Tan rápido como quieran. Estoy acostumbrada. Lo pasaremos a máxima velocidad.

La mujer oprimió un botón. Vimos llegar limusinas, puertas que se abrían bruscamente, gente que se apeaba y se alejaba con celeridad espasmódica.

–¿Buscan a alguien en particular? Porque veo que durante la edición alguien marcó los trozos de cinta en los que aparecen las celebridades.

–No buscamos celebridades -dije.

–Lástima. Probablemente, es a los únicos que se grabó. – Mientras mirábamos la cinta, Jenny iba diciendo-: El senador Kennedy. Ha adelgazado un poco, ¿verdad? Zas, se fue. Y el senador Morton. Parece estar en buena forma. No es de extrañar. Su horripilante asistente. Me da dentera. El senador Rowe, sin su esposa, como de costumbre. Tom Hanks.

No conozco a ese japonés.

–Arata Masagawa -dijo Connor-. Vicepresidente de la «Mitsui».

–Ahí va el senador Chalmers. El trasplante de pelo le prospera. El diputado Levine. El diputado Daniels. Sobrio, para variar. ¿Saben?, me sorprende que la «Nakamoto» consiguiera que viniera a su fiesta tanta gente de Washington.

–¿Por qué lo dice?

–Si bien se mira, no es más que la inauguración de un edificio. Un acto empresarial. En la Costa Oeste. Y, en estos momentos, la «Nakamoto» está en entredicho. Barbra Streisand. No sé quién es el que la acompaña.

–¿En entredicho la «Nakamoto»? ¿Por qué?

–Por la venta de la «MicroCon».

–¿Qué es la «MicroCon»?

–La «MicroCon» es una empresa norteamericana que fabrica componentes para ordenadores. Una compañía japonesa, la «Akai Ceramics», trata de comprarla. El Congreso se opone a la venta porque teme que Norteamérica pierda tecnología ante el Japón.

–¿Y eso qué tiene que ver con la «Nakamoto»?

–La «Akai» es una filial de la «Nakamoto». – Se acabó la primera cinta que

fue expulsada del aparato. ¿No han visto nada que les interesara?

–No. Sigamos.

–Bien. – Ella introdujo la segunda cinta-. Lo cierto es que me sorprende la cantidad de senadores y diputados que se han dejado ver esta noche en la fiesta. Allá vamos. Más coches que llegan. Roger Hillerman, subsecretario de Estado para asuntos del Pacífico. Con él va su ayudante. Kinichi Hiako, cónsul general del Japón en Los Ángeles. Richard Meier, arquitecto.

Trabaja para la Getty. A ésa no la conozco. Un japonés…

–Hisashi Konawa -dijo Connor-, vicepresidente de «Honda USA»

–Oh, sí -dijo Jenny-. Lleva aquí unos tres años. Probablemente, no tardará en regresar a su país. Edna Morris, la presidenta de la delegación de Estados Unidos en las conversaciones del GATT, ya saben, el convenio sobre comercio y tarifas. No comprendo qué ha venido a hacer aquí: existe un conflicto de intereses. Pero ahí la tienen, toda sonrisas y tan campante.

Chuck Norris. Eddie Sakamura, una especie de play-boy local. No conozco a la que está con él. Tom Cruise, con su esposa australiana. Y Madonna, desde luego.

En la cinta acelerada, los flashes prácticamente se encadenaban sin solución de continuidad mientras Madonna se apeaba de la limusina y posaba.

–¿Quieren que lo pase más despacio? ¿Les interesa esto?

–Esta noche, no -dijo Connor.

–Bien, probablemente haya mucho de ella -dijo Jenny. Oprimió el pulsador de máxima velocidad y las imágenes del monitor se diluyeron en una masa gris. Cuando volvió a pulsar, Madonna se dirigía hacia el ascensor con acelerado contoneo, apoyándose en el brazo de un esbelto mozo hispánico con bigote. La imagen se borró mientras la cámara giraba de nuevo hacia la calle. Luego volvió a estabilizarse.

–Daniel Okimoto, experto en política industrial japonesa. Arnold, con María. Y, detrás, Steve Martin con Arato Isozaki, el arquitecto que diseñó el museo…

–Un momento -dijo Connor.

Ella oprimió el botón de la consola. La imagen se congeló. Jenny parecía sorprendida.

–¿Le interesa Isozaki?

–No. Retroceda, por favor.

La cinta retrocedió y los fotogramas parpadearon, borrosos. Después de enfocar a Steve Martin, la cámara tomó una vista panorámica y pasó a grabar el coche siguiente. Pero, durante la panorámica, apareció un grupo de personas que ya se habían apeado de sus limusinas y avanzaban por la alfombrada acera.

–Ahí -exclamó Connor.

La imagen se congeló. Yo vi la figura ligeramente borrosa de una muchacha alta y rubia con vestido de cóctel negro que avanzaba al lado de un hombre atractivo con traje oscuro.

–Aja -hizo Jenny-. ¿Le interesa él o ella?

–Ella.

–Déjeme pensar -dijo Jenny, frunciendo el entrecejo-. Se la ve en fiestas con la gente de Washington desde hará unos nueve meses. Es la rubia de moda.

La modelo atlética. Pero también sofisticada. Una especie de doble de Tatiana. Se llama… Austin. Cindy Austin, Carrie Austin… Cheryl, eso es, Cheryl Austin.

–¿Sabe algo más de ella? – pregunté.

Jenny movió la cabeza.

–Mire, yo creo que con que se sepa el nombre ya es mucho. No hacen más que salir chicas como ella. Aparece una nueva y la ves en todas partes durante seis meses o un año. Después, se esfuman. Sabe Dios a dónde van.

¿Quién va a poder seguirles la pista?

–¿Y el que la acompaña?

–Richard Levitt. Cirujano plástico. Tiene entre sus clientes a muchas grandes estrellas.

–¿Qué hace aquí?

Ella se encogió de hombros.

–Dejarse ver y estar a la que salta. Como tantos otros, es la pareja de las estrellas en un momento de apuro. Si su paciente está en trámite de divorcio, él la acompaña a las fiestas. Cuando no saca a una cliente, sale con modelos como ella. Desde luego, hacen buena pareja.

En el monitor, Cheryl y su acompañante caminaban hacia nosotros con movimientos intermitentes, un fotograma cada treinta segundos. Máxima lentitud. Observé que no se miraban en ningún momento. Ella parecía tensa, expectante.

–Bien: cirujano plástico y modelo, ¿qué tienen de particular esos dos?

Porque, en una velada como ésta, no son más que comparsas.

–A ella la mataron esta noche -dijo Connor.

–Oh, ¿es ella? Muy interesante.

–¿Usted ya lo sabía? – pregunté.

–Desde luego.

–¿Salió en el telediario?

–No; no hubo tiempo de incluirlo en el de las once -dijo Jenny-. Y

probablemente, tampoco salga mañana. No lo creo. En realidad, no es noticia.

–¿Y por qué no? – pregunté mirando a Connor.

–Vamos a ver, ¿qué relevancia puede tener?

–No acabo de entenderla.

–«Nakamoto» diría que sólo es noticia porque ocurrió en su fiesta, que dar la noticia es echarle un baldón. Y tendría razón, en cierto modo. Quiero decir que si a la chica la matan en la autopista no sale en el telediario. Si la matan en un atraco a una tienda abierta por la noche, no es noticia. Por lo tanto, si la matan en una fiesta…, ¿a quién le importa? Sigue sin ser noticia.

Es joven y bonita pero no fuera de lo corriente. No es como si actuara en una serie o algo por el estilo.

Connor miró su reloj.

–¿Podemos ver las otras cintas?

–¿La grabación de la fiesta? Desde luego. ¿Buscan a esta chica en particular?

–Desde luego.

–Bien, allá vamos. – Jenny insertó la tercera cinta. Vimos… escenas de la fiesta del piso cuarenta y cinco: la orquesta de swing, parejas que bailaban bajo adornos colgantes. Mientras escudriñábamos la multitud, tratando de descubrir a la muchacha, Jenny dijo:

–En el Japón, no tendríamos que buscar a ojo. Los japoneses tienen ahora unos programas informáticos de identificación por vídeo muy sofisticados.

Hay un programa con el que tú señalas una imagen, por ejemplo, una cara, y él, automáticamente, te muestra todas las tomas en las que aparece esa cara. Te la encuentra en una multitud o donde sea. Con una sola vista de un objeto tridimensional, te lo reconoce en todas las otras tomas. Es fantástico, aunque un poco lento, desde luego.

–Es extraño que esta cadena no lo tenga.

–Oh, aquí no está a la venta. En este país no existe el equipo japonés de vídeo más avanzado. Nos mantienen entre tres y cinco años por detrás. Y es privilegio suyo. Al fin y al cabo, es su tecnología y pueden hacer con ella lo que quieran. Pero sería útil en un caso como éste.

Las borrosas imágenes de la fiesta desfilaban a ritmo frenético.

De pronto, ella detuvo la imagen.

–Ahí. Al fondo, a la izquierda. La joven Austin hablando con Eddie Sakamura. Desde luego, él tenía que conocerla. Sakamura conoce a todas las modelos. ¿Velocidad normal?

–Sí, por favor -dijo Connor.

La cámara se paseó lentamente por la sala. Cheryl Austin permaneció en pantalla durante casi toda la toma. Hablaba con Eddie Sakamura, se reía echando atrás la cabeza y apoyando la mano en el brazo de él, satisfecha de estar a su lado. Eddie hacía visajes, deseoso de divertirla. Pero ella, de vez en cuando, miraba rápidamente alrededor. Como si esperase que ocurriera algo. O que llegara alguien.

Cuando Sakamura observó que no monopolizaba su atención, la asió del brazo y la atrajo con brusquedad. Ella volvió la cara hacia otro lado. Él se inclinó y dijo unas palabras, furioso. Entonces, un calvo se puso delante de la cámara. El potente foco le dio en la cara difuminándole las facciones y su

cabeza nos tapó a Eddie y a la muchacha. Luego la cámara giró hacia la izquierda y los perdimos.

–Maldita sea.

–¿Otra vez? – preguntó Jenny, y volvió a pasar la escena.

–Es evidente que Eddie no está contento.

–Desde luego.

–Es difícil sacar conclusiones por lo que vemos -dijo Connor frunciendo la frente-. ¿Tiene sonido de esta escena?

–Desde luego -dijo Jenny-; pero probablemente será sólo bla bla. – La mujer pulsó botones y volvió a pasar la imagen. La banda sonora era un murmullo continuo. Sólo captamos una frase aislada.

De pronto, Cheryl Austin miró a Eddie Sakamura y dijo: -…mala suerte si es importante para ti que me… La respuesta de él estaba distorsionada, pero poco después se le oía decir claramente:

–No comprendo… todo lo de la reunión del sábado.

Y, durante los últimos segundos de la toma, cuando la atrajo hacia sí, gruñó unas palabras que sonaban como:

–…seas estúpida… barata…

–¿Ha dicho «barata»? – pregunté.

–Algo por el estilo -dijo Connor.

–¿La paso otra vez? – preguntó Jenny.

–No -dijo Connor-. De ahí no podemos sacar nada más. Sigamos.

–Está bien -dijo Jenny.

La imagen se aceleró, los invitados se movían frenéticamente, reían y levantaban la copa con movimientos rápidos. Y entonces yo dije:

–Un momento.

De nuevo a velocidad normal. Una mujer rubia con un traje de chaqueta de seda de «Armani» daba la mano al calvo que había aparecido antes.

–¿Quién es? – preguntó Jenny mirándome.

–Su mujer -dijo Connor.

La mujer se inclinó y dio un leve beso en los labios al calvo.

Luego se apartó e hizo un comentario acerca del traje del hombre.

–Es abogada y trabaja en la oficina del fiscal del distrito -dijo Jenny-.

Lauren Davis. Le ha ayudado en un par de casos importantes. El estrangulador de Sunset y el tiroteo Kellerman. Es muy ambiciosa. Lista y bien relacionada. Dicen que, si continúa en la profesión, tiene futuro. Y

debe de ser verdad, porque Wyland no la deja abrir boca ante la Prensa.

Como pueden ver, sabe presentarse, pero él la mantiene alejada de los micrófonos. El calvo es John McKenna, de «Regis McKenna» de San Francisco, la empresa que hace la publicidad de la mayoría de empresas de tecnología avanzada.

–Podemos seguir -dije.

Jenny oprimió el botón.

–¿De verdad es su esposa, o su compañero bromeaba?

–No; de verdad es mi esposa. Lo era.

–¿Están divorciados?

~~"Ol.

Jenny me miró y fue a decir algo. Luego pareció pensarlo mejor y volvió a mirar a la pantalla. En el monitor, la fiesta seguía desarrollándose a gran velocidad.

Yo me puse a pensar en Lauren. Cuando la conocí, era inteligente y ambiciosa, pero no sabía mucho de la vida. Se había criado en un ambiente privilegiado, había ido a escuelas privadas y tenía la profunda convicción de todos los privilegiados, de que lo que ella pensaba, probablemente, era verdad. O, por lo menos, era lo bastante válido como para regirse por ello.

No había que contrastar nada con la realidad.

Era muy joven, eso también influía. Todavía estaba descubriendo el mundo, aprendiendo cómo funcionaba. Era entusiasta y podía apasionarse cuando defendía sus creencias. Pero, desde luego, sus creencias cambiaban constantemente, según quién fuera la última persona con la que había hablado. Era muy impresionable. Ella probaba las ideas del mismo modo en que algunas personas se prueban los sombreros. Siempre estaba informada de la última tendencia. A mí aquello me parecía refrescante y simpático, hasta que empezó a cansarme.

Porque no tenía personalidad, no tenía esencia. Era como un televisor: se limitaba a poner el último programa. Cualquiera que fuese. Nunca lo cuestionaba.

En el fondo, el mayor talento de Lauren era la adaptación. Era una experta en analizar la televisión, el periódico, lo que decía el jefe, todo lo que ella considerara una autoridad y deducir de dónde soplaba el viento. Y situarse donde ella creía que debía estar. No me sorprendió la noticia de que estuviera haciendo carrera. Sus valores, lo mismo que sus vestidos, eran siempre elegantes y actuales.

–…a usted, teniente, pero se hace tarde… ¿Teniente? Yo parpadeé y volví a la realidad del momento. Jenny me hablaba. Señalaba la pantalla en la que una imagen congelada mostraba a Cheryl Austin con su vestido negro entre dos hombres de mediana edad.

Miré a Connor, pero él estaba de espaldas, hablando por teléfono.

–¿Teniente? ¿Le interesa esto?

–Sí, desde luego. ¿Quiénes son?

Jenny accionó la cinta, pasándola a velocidad normal. – El senador John Morton y el senador Stephen Rowe. Los dos están en la comisión de Finanzas. La que investiga lo relacionado con esa venta de la «MicroCon».

En la pantalla, Cheryl reía y movía la cabeza. En movimiento, era muy bonita, con una interesante mezcla de inocencia y sensualidad. Había momentos en los que su expresión era astuta, casi dura. Parecía conocer a los dos hombres, pero no muy bien. No se acercaba ni los tocaba, salvo para estrecharles la mano. Los senadores, a su vez, parecían conscientes de la cámara y mantenían una actitud afable pero formal.

–El país se va al garete y un jueves por la noche, los senadores de los Estados Unidos anclan de jarana, charlando con modelos -dijo Jenny-. No es de extrañar que tengamos problemas. Y ésos son gente importante. Se habla de Morton como candidato a la presidencia en las próximas elecciones.

–¿Qué sabe de ellos en el aspecto personal? – dije.

–Los dos están casados. Bien, Rowe está semiseparado. Su mujer vive en Virginia. Él alterna. Parece que le gusta beber.

Miré a Rowe en el monitor. Era el hombre que había entrado en el ascensor aquella noche, casi tambaleándose. Pero ahora no estaba borracho.

–¿Y qué hay de Morton?

–Al parecer es un hombre intachable. Un ex atleta. Tiene la manía de la forma física. Come de macrobiótico. Un hombre de familia. Su especialidad es la ciencia, y la tecnología. El medio ambiente. La competitividad norteamericana, los valores norteamericanos. Todas esas cosas. Pero no puede ser tan intachable. Al parecer, tiene una amiguita.

–¿Seguro?

Ella se encogió de hombros.

–Se dice que su equipo trata de hacerle romper. Pero quién sabe la verdad en estos casos.

La cinta fue expulsada y Jenny introdujo la siguiente. – La última, señores.

Connor colgó y dijo:

–Olvídese de la cinta. – Se puso en pie-. Tenemos que marcharnos, kohai.

–¿Por qué?

–Estaba hablando con la Compañía Telefónica acerca de las llamadas hechas desde el teléfono público del vestíbulo del edificio «Nakamoto»

entre las ocho y las diez.

–¿Y?

–Durante ese tiempo no se hizo ninguna llamada.

Yo sabía que Connor pensaba que alguien había salido del puesto de seguridad para hablar por el teléfono público; Colé o uno de los japoneses.

Ahora había perdido toda esperanza de hallar una pista prometedora localizando la llamada.

–Lástima -dije.

–¿Lástima? – repitió Connor, sorprendido-. Eso está muy bien. Reduce considerablemente el campo de acción. Miss Gonzales, ¿hay cintas de la salida de la fiesta?

–¿De la salida? No. Una vez llegaron todos los invitados, los equipos subieron a grabar la fiesta y nos trajeron las cintas sin esperar a que terminara, para llegar antes del cierre de la edición.

–Muy bien. Entonces creo que hemos terminado. Muchas gracias por su ayuda. La felicito por lo bien informada que está. Kohai, vámonos.

Otra vez en el coche. Ahora, camino de Beverly Hills. Ya era más de la una y yo estaba cansado.

–¿Por qué es tan importante lo del teléfono del vestíbulo?

–Porque todo nuestro planteamiento del caso se basa en si alguien hizo o no hizo una llamada desde ese teléfono. Ahora lo importante es saber qué empresa japonesa está en pugna con la «Nakamoto».

–¿Qué empresa japonesa?

–Sí -dijo Connor-. Evidentemente, se trata de una compañía que pertenece a una keiretsu diferente.

–¿Una keiretsu?

–Los japoneses estructuran sus negocios en grandes organizaciones que ellos llaman keiretsu. Hay seis grandes organizaciones de éstas en el Japón y son enormes. Por ejemplo, la keiretsu de la «Mitsubishi» engloba a setecientas compañías que trabajan juntas, tienen financiación interrelacionada o convenios de índole diversa. En Norteamérica no existen estas grandes estructuras, porque violarían nuestra legislación

antimonopolio. En el Japón, por el contrario, son la norma. Nosotros solemos pensar en corporaciones aisladas. Para situarnos en el contexto japonés, tendríamos que imaginar, por ejemplo, una asociación entre

«IBM», «Citibank», «Ford» y «Exxon», mediante convenios secretos de cooperar o compartir financiación o investigación. Esto significa que una empresa japonesa nunca está sola sino que siempre actúa en asociación con cientos de empresas. Y en competencia con las compañías de otras keiretsu.

»Por lo tanto, cuando usted piensa en lo que hace la «Nakamoto Corporation», tiene que preguntarse qué hace la keiretsu «Nakamoto» en el Japón. Y qué compañías de otras keiretsu se enfrentan a ella. Porque este asesinato es una contrariedad para la «Nakamoto». Incluso podría interpretarse como un ataque contra la «Nakamoto».

–¿Un ataque?

–Piensa un momento. «Nakamoto» prepara una fiesta espléndida, con asistencia de grandes celebridades, para inaugurar su edificio. Quieren que todo salga a la perfección. Por alguna razón, una de las invitadas es estrangulada. Y la cuestión es: ¿quién dio el aviso?

–¿Quién llamó a la Policía?

–Exactamente. Porque, al fin y al cabo, la «Nakamoto» controla perfectamente el terreno: es su fiesta y su edificio. Y para ellos nada más sencillo que esperar hasta las once, cuando hubiera terminado la fiesta y se hubieran marchado los invitados, para llamar a la Policía. Si a mí me preocuparan las apariencias y los matices de la imagen pública, eso es lo que haría. Porque otra cosa puede suponer un peligro para la imagen corporativa de la «Nakamoto».

–Conforme.

–Pero el aviso no se demoró -dijo Connor-. Al contrario, alguien llamó a las ocho treinta y dos, cuando la fiesta entraba en su apogeo. Haciendo peligrar el éxito de la velada. Y nuestra pregunta sigue siendo: ¿quién dio el aviso?

–Usted dijo a Ishigura que encontrara al que había hecho la llamada. Pero todavía no lo ha encontrado.

–Exactamente. Porque no puede.

–¿Él no sabe quién llamó?

–Justo.

–¿Usted no cree que la llamada la hiciera alguien de la «Nakamoto Corporation»?

–No.

–¿Un enemigo de la «Nakamoto»?

–Casi seguro.

–¿Y cómo podemos encontrarlo?

–Por eso he querido comprobar las llamadas del teléfono del vestíbulo. Es crucial.

–¿Por qué crucial?

–Imagine que usted trabaja para una empresa de la competencia y quiere enterarse de lo que pasa dentro de la «Nakamoto». No puede averiguarlo, porque las empresas japonesas conservan a sus directivos en régimen vitalicio. Se consideran miembros de una familia. Y ellos nunca traicionarían a su familia. Por consiguiente, la «Nakamoto Corporation»

presenta una máscara impenetrable al resto del mundo, lo que hace que hasta los detalles más insignificantes tengan importancia: qué directivos han venido del Japón, quién habla con quién, las entradas y salidas, etcétera. Y

de estos detalles puede enterarse si se hace amigo de un guardia de seguridad que se pasa todo el día sentado delante de los monitores.

Especialmente, si ese guardia ha sido imbuido de los prejuicios de los japoneses contra los negros.

–Continúe -dije.

–Los japoneses con frecuencia tratan de sobornar a los empleados de seguridad de empresas competidoras. Los japoneses son gente honorable, pero su tradición les permite esas prácticas. Todo vale en la guerra y en el amor, y para los japoneses los negocios son la guerra. El soborno es lícito, si se tiene ocasión de esgrimirlo.

–De acuerdo.

–Bien. En los segundos que siguieron al asesinato, sólo dos personas sabían que aquí se había asesinado a una muchacha: una es el asesino y la otra, Ted Colé, que lo vio por los monitores.

–Espere un momento. ¿Ted Colé lo vio por los monitores? ¿Él sabe quién es el asesino?

–Evidentemente.

–Él dijo que se fue a las ocho y cuarto.

–Mentía.

–Entonces, si usted lo sabía, ¿por qué no le…?

–Él a nosotros nunca nos lo diría -respondió Connor-. Como tampoco nos lo diría Phillips. Por eso no arresté a Colé para interrogarle. Sería perder el tiempo… y en este caso el tiempo tiene importancia capital. Sabemos que él no nos lo dirá. Mi pregunta es: ¿lo dijo a otra persona?

Yo empezaba a ver a dónde quería ir a parar.

–¿Quiere decir que Colé salió del puesto de seguridad, fue al teléfono

público del vestíbulo y llamó a alguien para decirle que aquí se había cometido un asesinato?

–Exactamente. Él no podía usar el teléfono del puesto; para llamar a esa persona, a un enemigo de la «Nakamoto», a un competidor, a quien sea, tuvo que ir al teléfono del vestíbulo.

–Y ahora sabemos que desde ese teléfono no se hizo ninguna llamada.

–Precisamente -dijo Connor.

–Entonces todo su razonamiento se viene abajo.

–En absoluto. Ahora queda más claro. Si Colé no avisó a nadie, entonces,

¿quién llamó a la Policía? Evidentemente, tuvo que ser el asesino.

Yo me quedé helado.

–¿Avisó a la Policía para poner en un brete a la «Nakamoto»?

–Probablemente -dijo Connor.

–¿Y desde dónde llamó?

–Eso todavía no está claro. Supongo que desde algún punto del edificio. Y

hay algunos detalles más que resultan confusos y que todavía no hemos empezado a considerar.

–¿Como por ejemplo?

Sonó el teléfono del coche. Connor contestó y me pasó el auricular.

–Es para usted.

–No, no -dijo Mrs. Ascenio-. La niña está bien. Entré a verla hace un par de

minutos. Está bien, teniente, sólo quería decirle que ha llamado Mrs. Davis.

– Así era como solía referirse ella a mi ex esposa.

–¿Cuándo?

–Hace unos diez minutos, me parece.

–¿Dejó algún número?

–No. Dice que esta noche no estará localizable. Pero quería que usted supiera que ella quizá tenga que marchar fuera de la ciudad y que este fin de semana no podrá llevarse a la niña.

–Está bien -suspiré.

–Ha dicho que le llamará mañana para confirmárselo.

–Conforme.

No me sorprendía. Era típico de Lauren. Cambios de última hora. Nunca podías hacer planes en los que ella interviniera, porque siempre estaba cambiando el programa. Probablemente, este último cambio significaba que tenía otra pareja y que quizá se marchara con él. No lo sabría hasta mañana.

Yo pensaba que esta incertidumbre no podía ser buena para Michelle, que le producía inseguridad. Pero los niños son gente práctica. Michelle parece comprender el modo de ser de su madre y no se altera.

Yo soy el que se altera.

–¿Volverá usted pronto, teniente? – preguntó Mrs. Ascenio.

–No. Creo que voy a tener que pasar la noche fuera. ¿Puede usted quedarse?

–Sí, pero tengo que marcharme a las nueve de la mañana. ¿Abro el sofá?

Yo tenía un sofá-cama en la sala y ella dormía allí cuando se quedaba toda la noche.

–Sí, desde luego.

–Está bien. Adiós, teniente.

–Buenas noches, Mrs. Ascenio.

–¿Pasa algo malo? – preguntó Connor. Me sorprendió percibir tensión en su voz.

–No. Sólo mi ex con sus líos de siempre. No está segura de poder ocuparse de la niña este fin de semana. ¿Por qué?

–Curiosidad -dijo Connor encogiéndose de hombros.

Yo no creía que hubiera preguntado por simple curiosidad.

–¿Qué quiso decir antes con lo de que este asunto podía ponerse feo? – dije.

–Quizá no se ponga feo -respondió Connor-. Lo mejor que podemos hacer es resolverlo esta misma noche. Y creo que podemos conseguirlo. Ahí está el restaurante, a la izquierda.

Vi el rótulo luminoso. «Bora Bora».

–¿Es el restaurante de Sakamura?

–Sí. En realidad, él no es más que un socio. No deje que el mozo se lleve el coche. Aparque en zona prohibida. Quizá tengamos que marcharnos de prisa.

El «Bora Bora» era el restaurante que aquella semana hacía furor en Los Ángeles. Estaba decorado con máscaras y escudos polinesios. Detrás del

bar, había una hilera de outriggers verde tilo colocados en sentido vertical que recordaban una dentadura. Sobre la cocina abierta, en una enorme pantalla de cinco metros, un vídeo de Prince parpadeaba fantasmagóricamente. El menú era típico de la Costa del Pacífico; el ruido, ensordecedor; la clientela, aspirantes a entrar en la industria del cine. Todo el mundo vestía de negro.

–Parece la plaza de un mercado después de que estallara una bomba, ¿no? –

sonrió Connor-. No ponga esa cara de paleto. ¿Es que no le dejan salir de noche?

–La verdad es que no -dije. Connor habló a la directora del local, una eurasiática. En el bar vi a dos mujeres que se daban un beso rápido en los labios. Más allá, un japonés con cazadora de aviador rodeaba con el brazo a una rubia enorme. Los dos escuchaban a un hombre de pelo escaso y aire agresivo en el que reconocí al director de…

–Andando -dijo Connor-. Nos vamos.

–¿Cómo?

–Eddie no está.

–¿Dónde está?

–En Beverly Huís, en una fiesta. Vamos.

La casa estaba en una carretera sinuosa, sobre Sunset Boulevard.

Hubiéramos dominado una buena vista, pero la bruma era muy densa. A uno y otro lado de la calzada se alineaban coches de lujo: la mayoría eran

«Lexus» tipo sedán, con algún que otro «Mercedes» descapotable o

«Bentley». Los mozos de aparcamiento parecieron sorprendidos cuando dejamos el «Chevrolet» y nos dirigimos a la casa.

Al igual que otras residencias de aquella calle, la propiedad estaba rodeada por una tapia de tres metros y tenía puerta de acero con control remoto. En

lo alto de la puerta había una cámara de vigilancia y otra, en el camino que conducía a la casa. Junto al camino había un guardia de seguridad que examinó las placas.

–¿De quién es la casa? – pregunté.

Diez años atrás, los únicos habitantes de Los Ángeles que se dotaban de tan estrictas medidas de seguridad eran los mafiosos o las estrellas como Stallone, cuyos violentos personajes les hacían blanco de una violenta admiración. Pero últimamente parecía que todo el que vivía en zonas residenciales elegantes tenía servicio de seguridad. Era lo natural, casi la moda. Subimos una escalinata, cruzamos un jardín de cactos y nos acercamos a la casa que era moderna, de hormigón y con aspecto de fortaleza. Sonaba música estridente.

–Esta casa pertenece al dueño de «Maxim Noir». – Connor debió de ver mi cara de ignorancia-. Es una tienda de ropa cara, famosa por la insolencia de sus vendedores. Jack Nicholson y Cher se visten allí.

–Jack Nicholson y Cher -dije moviendo la cabeza-. ¿Y usted cómo lo sabe?

–Hay muchos japoneses que compran en «Maxim Noir». La mayoría de las tiendas caras de Norteamérica tendrían que cerrar, de no ser por la clientela de Tokyo. Dependen de los japoneses.

Cuando nos acercábamos a la puerta, apareció un hombre corpulento con americana sport. Tenía en la mano una tablilla con nombres.

–Lo siento, es sólo por invitación, señores.

Connor mostró la placa.

–Queremos hablar con uno de sus invitados -dijo.

–¿Con qué invitado, señor?

–Mr. Sakamura.

El hombre no parecía contento.

–Esperen aquí, por favor.

Desde el recibidor se veía la sala. Estaba repleta de invitados que, a primera vista, parecían una muestra de los asistentes a la recepción de la

«Nakamoto». Al igual que en el restaurante, casi todo el mundo vestía de negro. Pero lo que más me llamó la atención fue la habitación en sí: completamente blanca y sin adornos. Sin cuadros. Sin muebles. Sólo paredes blancas y desnudas y moqueta. Los invitados parecían incómodos.

Sostenían servilletitas de cóctel y copas y buscaban con la mirada un sitio donde dejarlas.

Pasó por nuestro lado una pareja camino del comedor.

–Rod siempre sabe lo que se hace -dijo la mujer.

–Sí -convino el hombre-. Minimalista con elegancia. Qué detalle en la ejecución de esa sala. No sé cómo habrá conseguido ese pintado. Es absolutamente perfecto. Ni una estría, ni un grumo. Una superficie impecable.

–Bien, tiene que serlo -dijo la mujer-. Forma parte de su concepto global.

–Desde luego, es muy atrevido.

–¿Atrevido? – dije-. ¿De qué están hablando? Si no es más que una habitación vacía.

–Yo lo llamo faux zen -sonrió Connor-. Estilo sin sustancia.

Yo recorrí la muchedumbre con la mirada.

–Ahí está el senador Morton. – El senador estaba perorando ante un grupo

de personas en un rincón. Era el típico candidato presidencial.

–Ahí está; sí, señor.

En vista de que el guardia no volvía, avanzamos un par de metros en la sala.

Al acercarme al senador Morton, le oí decir:

–Sí, les diré por qué me inquieta la envergadura que está tomando la participación japonesa en la industria norteamericana. Si perdemos la capacidad de fabricar nuestros productos, perdemos el control de nuestro destino. Así de sencillo. Por ejemplo, en 1987 nos enteramos de que

«Toshiba» había vendido a los rusos una tecnología que permitió a los soviéticos silenciar las hélices de sus submarinos. Ahora tenemos submarinos nucleares rusos delante de nuestras costas y no podemos detectarlos porque están dotados de tecnología japonesa. El Congreso se indignó y la gente levantaba los brazos al cielo. Y con razón, porque fue un escándalo. El Congreso quiso imponer sanciones económicas a «Toshiba», pero las compañías norteamericanas salieron en defensa de los japoneses, porque empresas como la «Hewlett-Packard» y la «Compaq» dependían de los suministros de «Toshiba» para sus ordenadores. No hubieran podido resistir un boicot porque no tenían otros proveedores. Y la realidad fue que no pudimos tomar represalias. Ellos vendían tecnología vital a nuestros enemigos y nosotros no podíamos hacer nada al respecto. Eso es lo malo.

Ahora dependemos del Japón, y yo pienso que América no debería depender de otra nación.

Alguien hizo una pregunta y Morlón asintió.

–Sí, es verdad que nuestra industria no marcha bien. El salario real está al nivel de 1962. El poder adquisitivo del obrero norteamericano es el mismo de hace treinta años. Y eso es grave, incluso para los que ahora están aquí, incluso para la gente de posibles, porque significa que el consumidor norteamericano no tiene dinero para ver las películas, o comprar los coches, o la ropa, o lo que sea que vosotros vendéis. La verdad es que nuestra nación está perdiendo terreno.

Una mujer hizo otra pregunta que no pude oír y Morton dijo:

–Sí; he dicho el nivel de 1962. Sí, ya sé que cuesta creerlo, pero no tienen más que pensar en los años cincuenta, en que el obrero norteamericano tenía casa propia, mantenía a una familia y podía enviar a sus hijos a la Universidad, todo con un solo salario. Ahora trabajan marido y mujer y la mayoría no pueden tener casa propia. Con un dólar se compra mucho menos, todo es más caro. La gente batalla sólo para no perder lo que tiene.

No prospera.

Yo, sin darme cuenta, movía afirmativamente la cabeza. Hacía cosa de un mes, había estado buscando casa, para que Michelle pudiera tener jardín.

Pero en Los Ángeles los precios de las casas eran prohibitivos. Yo nunca podría comprar una casa, a no ser que volviera a casarme. Y quizá ni así, si piensa uno en…

Sentí que alguien me hundía el dedo en las costillas. Me volví y vi al portero. Con un movimiento de cabeza, señaló hacia la puerta principal.

–Atrás, usted.

Me sublevé. Miré a Connor y vi que retrocedía hacia la puerta dócilmente.

Cuando estuvimos en la puerta, el hombre dijo;

–He preguntado y aquí no hay ningún Mr. Sakamura.

–Mr. Sakamura es el caballero japonés que se encuentra al fondo a la derecha, hablando con la pelirroja.

El portero sacudió la cabeza.

–Lo siento, tíos. Como no traigan una orden de registro, van a tener que marcharse.

–Pero si no puede haber ningún inconveniente -dijo Connor-. Mr. Sakamura

es amigo mío. Sé que él querrá hablar conmigo.

–Lo siento. ¿Trae orden de registro?

–No -dijo Connor.

–Entonces esto es allanamiento. Yo les pido que se marchen. Connor se quedó donde estaba.

El portero dio un paso atrás y separó los pies.

–Creo que deben saber que soy cinturón negro -dijo.

–¿De verdad? – preguntó Connor.

–Y Jeff, también -dijo el portero cuando apareció un segundo hombre.

–Jeff -dijo Connor-, ¿es usted el que va a llevar a su amigo al hospital?

Jeff soltó una risita desagradable.

–Vaya, me gusta el humor. Es divertido. De acuerdo, listo, aquí no se le ha perdido nada. Ya se lo han explicado. Fuera. Ya. -Golpeó a Connor en el pecho con un dedo rechoncho.

–Esto es asalto -dijo Connor a media voz.

–Eh, a la mierda, ya les he dicho que aquí no tienen nada que…

Connor hizo un movimiento muy rápido y, de pronto, Jeff estaba en el suelo gimiendo de dolor. Rodando, fue a parar junto a unos pantalones negros. Al levantar la mirada, vi que el hombre de los pantalones negros vestía de negro de pies a cabeza: camisa negra, corbata negra y americana de raso negro. Tenía el pelo blanco y una afectación muy de Hollywood.

–Soy Rod Dwyer. Esta casa es mía. ¿Qué ocurre?

Connor hizo las presentaciones cortésmente y mostró la placa.

–Estamos en misión oficial y hemos pedido hablar con uno de sus invitados, Mr. Sakamura, que es el señor que está en ese rincón.

–¿Y esto? – preguntó Dwyer señalando a Jeff que jadeaba y tosía en el suelo.

–Me asaltó -dijo Connor tranquilamente.

–¡Y una mierda le asalté! – dijo Jeff apoyándose en el codo, sin dejar de toser.

–¿Le has tocado?

Jeff calló, echando chispas por los ojos.

Dwyer se volvió hacia nosotros.

–Siento lo ocurrido. Estos hombres son nuevos. No sé en qué estarían pensando. ¿Puedo ofrecerles una bebida?

–Gracias, estamos de servicio -dijo Connor.

–Diré a Mr. Sakamura que venga. ¿Me permite su nombre otra vez?

–Connor.

Dwyer se fue. El primer hombre ayudó a Jeff a ponerse en pie. Mientras se alejaba renqueando, Jeff murmuró:

–Cabritos de mierda.

–¿Se acuerda del tiempo en que se respetaba a la Policía? – pregunté.

Pero Connor movía la cabeza mirando al suelo.

–Estoy avergonzado -dijo.

–¿Por qué?

No quiso dar más explicaciones.

–¡Hola, John! ¡John Connor! Hisashiburi dane! ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Cómo va la vida, ¿eh? – Dio a Connor un puñetazo en el hombro.

Visto de cerca, Eddie Sakamura no era tan guapo. Tenía la piel grisácea y picada de viruelas y olía a whisky rancio. Sus movimientos eran bruscos, hiperactivos y hablaba de prisa. Eddie el rápido no estaba tranquilo.

–Bastante bien. Eddie -dijo Connor- ¿Y tú qué me cuentas? ¿Cómo te va?

–No puedo quejarme, capitán. Una o dos cositas, nada más. Una denuncia por conducir en estado de embriaguez, trato de defenderme, pero con mi historial es difícil. ¡En fin! ¡La vida sigue! ¿Y qué hacen aquí? Sitio curioso, ¿eh? Sin muebles, es lo último. Rod impone nuevo estilo

¡Fantástico! ¡Ya nadie puede sentarse! – Se reía-. ¡Nuevo estilo!

¡Fantástico!

Me daba la impresión de que estaba drogado. Demasiado vehemente. Pude observar atentamente la cicatriz de su mano izquierda. Era de color púrpura, de unos cuatro centímetros por tres. Parecía una vieja quemadura.

Connor bajó el tono de voz.

–En realidad, Eddie, hemos venido por el yakkaigoto de esta noche en la

«Nakamoto».

–Ah, sí -dijo Eddie, también en voz más baja-. No me sorprende que esa muchacha acabara mal. Era hinekureta onna.

–¿Una pervertida? ¿Por qué lo dice?

–¿Salimos? – dijo Eddie-. Tengo ganas de fumar un cigarrillo y Rod no deja fumar dentro de la casa.

Seguir: parte 2 de 3