Sol naciente

Michael Crichton · Capítulo 4 de 10 · parte 1/6

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Sol naciente

Segundo Día

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

–Papá ha vuelto muy tarde -dije-. Papá está cansado.

Ella no me hizo caso.

– Papá, abre los ojos. ¿Abres los ojos, papá? Papá, abre los ojos.

Yo sabía que ella seguiría repitiendo lo mismo una vez y otra hasta que yo me volviera loco o abriera los ojos. Me puse boca arriba y tosí.

–Papá aún está cansado, Shelly. Ves a ver qué hace Mrs. Ascenio.

–Papá, abre los ojos.

–¿Por qué no dejas dormir un poco más a papá? Esta mañana, papá quiere dormir un poco más.

–Es de día, papá. Abre los ojos. Abre los ojos.

Abrí los ojos. Tenía razón la niña.

Era de día.

Qué diantre.

SEGUNDO DÍA

–Come los buñuelos.

–No quiero más.

–Otro bocadito, Shelly. – Por la ventana de la cocina entraba el sol. Bostecé.

Eran las siete de la mañana.

–¿Hoy viene mamá?

–No cambies de conversación. Anda, Shel, otro bocadito, por favor.

Estábamos sentados a su mesita, en el rincón de la cocina. Hay días en que no quiere comer en la mesa grande y, en la pequeña, consigo que coma.

Pero aquel día no tenía suerte. Michelle me miraba sin pestañear.

–¿Hoy viene mamá?

–Creo que sí, pero no estoy seguro. – No quería desilusionarla-. Estamos esperando que nos llame.

–¿Se va otra vez fuera de la ciudad?

–Quizá. – Me hubiera gustado saber qué significaba para una criatura de dos años «irse fuera de la ciudad», qué imagen le sugería.

–¿Se va con el tío Rick?

¿Y quién es el tío Rick? Yo sostenía el tenedor delante de su cara.

–No lo sé, Shel. Anda, abre la boca. Otro bocado.

–El tío Rick tiene coche nuevo -dijo Michelle moviendo la cabeza con el gesto solemne que ponía cuando me daba una noticia importante.

–¿De verdad?

–Aja. Un coche negro.

–Pues qué bien. ¿Y qué coche es?

–Sedes.

–¿Un Sedes?

–No. Sedes.

–¿Mercedes?

–Aja. Negro.

–Qué bien.

–¿Cuándo viene mamá?

–Otro bocadito, Shel.

Abrió la boca y yo le acerqué el tenedor. En el último instante, volvió la cara con los labios fruncidos.

–No, papá.

–Está bien. Dejémoslo.

–Es que no tengo hambre, papá.

–Ya lo veo.

Mrs. Ascenio estaba recogiendo la cocina antes de volver a su apartamento.

Faltaban quince minutos para que llegara Elaine, la asistenta, que llevaría a Michelle a la guardería. Todavía tenía que vestirla. Acababa de dejar los buñuelos en el fregadero cuando sonó el teléfono. Era Ellen Farley, la encargada de Prensa del alcalde.

–¿Estás mirando?

–¿Mirando qué?

–Las noticias. Canal Siete. Están dando el accidente.

–¿Lo están dando?

–Llámame luego -dijo ella.

Entré en el dormitorio y conecté el televisor. Una voz decía:

«-… informan de una persecución a gran velocidad por la autopista de Hollywood en dirección al Sur, que acabó cuando el sospechoso estrelló su

«Ferrari» contra el viaducto de Vine Street, cerca de Hollywood Bowl.

Testigos presenciales dicen que el coche chocó contra la pared de hormigón a más de ciento sesenta kilómetros por hora y que se incendió en el acto.

Los coches de bomberos acudieron inmediatamente al lugar del siniestro, pero no hubo supervivientes. El cuerpo del conductor estaba calcinado y hasta los lentes se fundieron. El detective Thomas Graham, que había ordenado la persecución, dijo que el conductor, Mr. Edward Sakamura, estaba reclamado en relación con el supuesto asesinato de una mujer ocurrido en un edificio del centro. Pero hoy amistades de Mr. Sakamura expresaron incredulidad ante esta acusación y aseguraron que las tácticas intimidatorias de la Policía infundieron pánico en el sospechoso induciéndole a huir. Se han formulado quejas de que el incidente tuvo motivación racial. No está claro si la Policía tenía el propósito de acusar del asesinato a Mr. Sakamura y ciertos observadores apuntan que ésta es la tercera persecución a gran velocidad que se ha hecho por la autopista 101

en las dos últimas semanas. La prudencia de tales persecuciones se puso en tela de juicio cuando una mujer de Compton resultó muerta en el curso de una de ellas en enero último. No hemos podido ponernos en contacto con el detective Graham ni con su ayudante, el teniente Peter Smith, y esperamos información acerca de si van a ser sancionados o suspendidos por el Departamento.»

Hostia.

–Papá…

–Un momento, Shel.

La pantalla mostraba cómo los restos retorcidos y humeantes del coche eran cargados en el camión parado en el arcén. La pared de hormigón había quedado tiznada.

La imagen volvió al estudio, donde la presentadora dijo mirando a la cámara:

–La «KNBC» ha sabido que dos oficiales de Policía se entrevistaron con Mr. Sakamura unas horas antes, en relación con este caso, pero no lo arrestaron. El capitán John Connor y el teniente Smith pueden ser sometidos a expediente disciplinario por el Departamento, puesto que existen dudas acerca de posibles violaciones del procedimiento. Ahora bien, la buena noticia es que en la 101 se han terminado los atascos en dirección Sur. Te paso conexión, Bob.

Yo miraba al televisor, helado. ¿Expediente disciplinario?

Sonó el teléfono. Era otra vez Ellen Farley.

–¿Te has enterado de todo?

–Sí. Y no puedo creerlo. ¿De qué va la cosa, Ellen?

–Nada de eso ha salido de la oficina del alcalde, si es lo que preguntas. Pero la comunidad japonesa ya estaba descontenta de Graham antes. Opinan que es racista. Parece que ahora les ha dado la razón.

–Yo estaba allí y Graham actuó correctamente.

–Sí, ya sé que estabas allí, Pete. Francamente, es lamentable. No quiero que te midan a ti con el mismo rasero.

–Graham actuó correctamente.

–¿Me has oído, Pete?

–¿Qué es eso de la suspensión y del expediente disciplinario?

–Primera noticia -dijo Ellen-. Pero eso tiene que haber salido de tu propio departamento. A propósito, ¿es verdad? ¿Hablasteis tú y Connor con Sakamura anoche?

–Sí.

–¿Y no lo arrestasteis?

–No; cuando hablarnos con él no teníamos pruebas. No las tuvimos hasta después.

–¿Crees realmente que él pudo cometer el asesinato?

–Me consta que lo cometió. Lo tenemos grabado en cinta.

–¿Grabado en cinta? ¿Lo dices en serio?

–Sí. Tenemos el asesinato grabado en vídeo por una de las cámaras de seguridad de la «Nakamoto».

Ella no decía nada.

–¿Ellen?

–Escucha lo que voy a decirte. Extraoficialmente, ¿de acuerdo?

–Desde luego.

–No sé lo que está pasando, Pete. Hay cosas que no entiendo.

–¿Por qué anoche no me dijiste quién era la chica?

–Lo siento. Pero había en juego muchas cosas.

–Ellen…

Silencio y luego:

–Pete, esa muchacha salía mucho, conocía a mucha gente.

–¿Conocía al alcalde?

Silencio.

–¿Le conocía bien?

–Mira, digamos que era una muchacha muy bonita y que se relacionaba con mucha gente de esta ciudad. Personalmente, yo la consideraba desequilibrada, pero era atractiva y tenía un gancho impresionante.

Hubieras tenido que verlo. Ahora hay mucha carne en el asador. ¿Y has visto el Times?

–No.

–Echa un vistazo. Si quieres que te diga lo que pienso, vas a tener que ir con muchísimo tiento durante un par de días. Con pies de plomo. Siempre con el libro en la mano. Y vigila a tu espalda, ¿de acuerdo?

–De acuerdo. Gracias, Ellen.

–No me des las gracias. No te he llamado. – Su voz se suavizó-. Ten mucho cuidado, Peter.

Oí la señal de marcar.

–¿Papá?

–Un momento, Shel.

–¿Puedo ver los dibujos?

–Pues claro, cariño.

Le busqué una cadena de dibujos animados y salí a la sala de estar. Abrí la puerta y recogí el Times del felpudo. Me llevó un rato encontrar la noticia.

Estaba en la última página de la sección local.

ACUSACIONES DE RACISMO POLICIAL EMPAÑAN FIESTA

JAPONESA

Leí por encima el primer párrafo. Directivos japoneses de la «Nakamoto Corporation» se quejaban de la «ruda y desconsiderada» conducta de la Policía que, según ellos, puso una nota negativa en la fiesta de inauguración de su nuevo rascacielos de Figueroa, a la que asistieron relevantes personalidades y grandes estrellas del mundo del espectáculo. Por lo menos uno de los directivos de «Nakamoto» expresó la opinión de que la actuación de la Policía estuvo «determinada por motivos raciales». Un portavoz de la empresa dijo: «No creemos que el Departamento de Policía de Los Ángeles hubiera procedido de este modo, de no tratarse de una empresa japonesa.

Nos duele que la actuación de la Policía ponga de manifiesto la aplicación por las autoridades de un patrón de conducta diferente para los japoneses.»

Mr. Hiroshi Ogura, presidente del Consejo de la «Nakamoto», asistió a la fiesta en la que también estaban presentes personajes como Madonna y Tom Cruise, pero no hizo comentarios sobre el incidente. Un portavoz manifestó:

«Mr. Ogura deplora que la hostilidad de las autoridades haya empañado este acto. Lamenta profundamente el desagradable hecho acaecido.»

Según observadores, el alcalde Thomas envió a un miembro de su oficina a hablar con la Policía, pero infructuosamente. La Policía no modificó su conducta, a pesar de la presencia del teniente Peter Smith, oficial de enlace para asuntos relacionados con ciudadanos japoneses, cuya tarea consiste en limar asperezas en las situaciones delicadas…

Etcétera.

Tenías que leer cuatro párrafos para enterarte de que se había cometido un asesinato. Este detalle parecía insignificante.

Miré el titular. La noticia era de la agencia local, es decir, no estaba firmada.

Me indigné tanto como para llamar a Kenny Shubik, mi antiguo contacto en el Times. Ken era el principal reportero de Local. Trabajaba en el periódico desde siempre y estaba enterado de todo lo que ocurría. Como no eran más que las ocho, lo llamé a su casa.

–Ken. Pete Smith.

–Hola. Me alegro de que te dieran mi recado.

En el fondo se oía una voz que parecía de una adolescente.

– Vamos ya, papá. ¿Se puede saber por qué no puedo ir?

–Jennifer, déjame hablar por teléfono un momento.

–¿Qué recado? – dije.

–Te llamé anoche, porque me pareció que tenías que saberlo inmediatamente. Está claro que él actúa basándose en un soplo. ¿Tienes idea de lo que hay detrás?

–¿Detrás de qué? – No sabía de qué me hablaba-. Lo siento, Ken, pero no me dieron tu recado.

–¿No? Te llamé a eso de las once y media de la noche. La telefonista dijo que habías salido para un asunto del servicio, pero que tenías teléfono en el

coche. Le dije que era importante y que podías llamarme a casa. Porque estaba seguro de que te interesaría saberlo.

La niña decía:

–Vamos, papá… Tengo que decidir qué me pongo.

–Puñeta, Jennifer. ¿Quieres callarte? – Y a mí-: Tienes una hija, ¿verdad?

–Sí, pero sólo tiene dos años.

–Pues espera y verás -dijo Ken-. Oye, Pete. ¿De verdad no te dieron mi recado?

–Yo te llamo por otra cosa. La noticia que publicáis en el periódico de esta mañana.

–¿Qué noticia?

–La de «Nakamoto», página ocho. La de la actuación «ruda y desconsiderada» de la Policía en la fiesta de inauguración.

–Jo, no creí que en la edición de hoy se hablara de la «Nakamoto». Jodie fue a cubrir la fiesta, pero no saldrá hasta mañana. Y es que ya sabes lo que ocurre, el Japón atrae a los glitterati y ayer Jeff no tenía espacio en Local.

Jeff era el redactor-jefe de Local.

–En la edición de esta mañana viene la noticia del asesinato.

–¿Qué asesinato? – Su voz tenía un tono extraño.

–Anoche en la «Nakamoto» se cometió un asesinato. A eso de las ocho y media. Una de las invitadas fue asesinada.

Ken, al otro extremo del hilo, guardaba silencio, mientras se hacía una

composición de lugar. Finalmente, preguntó.

–¿Tú interviniste?

–Homicidios me llamó. Soy oficial de enlace con los japoneses.

–Hum -exclamó Ken-. Mira, deja que llegue a mi mesa, a ver qué puedo averiguar. Llámame dentro de una hora. Y dame tus números, para que pueda llamarte directamente.

–De acuerdo.

Ken carraspeó.

–Dime, Pete, «entre tú y yo», ¿tienes algún problema?

–¿Como por ejemplo?

–Un problema de tipo moral, o de cuenta bancaria. Discrepancias entre ingresos reales y declarados… algo que yo tenga que saber como amigo tuyo.

–No.

–No necesito detalles. Pero si hay algo irregular…

–Nada, Ken.

–Porque, si tengo que salir en defensa tuya, no quiero encontrarme con que he pisado una plasta.

–Ken, ¿qué ocurre?

–No puedo entrar en detalles ahora. Pero en resumen puedo decirte que alguien trata de joderte por el culo.

– Papá, eso es una guarrada.

–Tú no tendrías que estar ahí escuchando. ¿Pete?

–Sí; estoy aquí.

–Llámame dentro de una hora.

–Eres un amigo, Ken. Estoy en deuda contigo.

–Y que lo digas.

Ken colgó el teléfono.

Miré mi apartamento. Todo parecía estar lo mismo que antes. Aún entraba sol en la habitación. Michelle estaba sentada en su butaca favorita, mirando la tele y chupándose el pulgar. Pero, en cierto modo, todo parecía haber cambiado. Era horripilante. Como si el mundo hubiera dado un vuelco.

Pero yo tenía cosas que hacer. Se hacía tarde y había que vestir a la niña antes de que llegara Elaine para llevarla a la guardería. Así se lo dije. Ella se echó a llorar. Entonces apagué el televisor y ella se tiró al suelo y empezó a chillar y patalear.

–¡No, papá! ¡Los dibujos, papá!

La levanté del suelo, me la puse debajo del brazo y la llevé al dormitorio.

Berreaba a pleno pulmón. Volvió a sonar el teléfono. Esta vez era la telefonista de la división.

–Buenos días, teniente. Mensajes para usted.

–Déjame buscar un lápiz -dije. Puse a Michelle en el suelo y ella arreció en sus berridos-. ¿Por qué no vas a escoger los zapatos que quieres llevar hoy?

–Suena como si tuviera ahí un caso de asesinato -dijo la telefonista.

–No quiere que la vista para ir al colegio.

Michelle me tiraba del pantalón.

–No, papá. Colegio no, papá.

–Colegio sí -dije con firmeza. Ella aulló-. Ya puede decir…

–Bien. A las once cuarenta y uno le llamó un tal Ken Subotik o Subotnik, del L. A. Times. Que haga el favor de llamarle. El recado dice así: «La Comadreja está investigándote.» Dijo que usted ya sabe lo que significa.

Puede llamarle a su casa. ¿Tiene el número?

–Sí.

–Bien. A la una cuarenta y dos de la madrugada, le llamó un tal Mr. Eddie Saka… parece que pone Sakamura. Dijo que era urgente, que lo llamara a su casa, 555-8434. Sobre la cinta desaparecida. ¿Lo tiene?

Mierda.

–¿A qué hora se recibió la llamada?

–A la una cuarenta y dos. Fue pasada al Hospital del Condado y, al parecer, la centralita no pudo localizarle. ¿Estaban en el depósito?

–Sí.

–Lo siento, teniente, pero cuando está fuera de su coche, tenemos que servirnos de intermediarios.

–Está bien. ¿Algo más?

–A las seis cuarenta y tres, el capitán Connor dejó el número de un móvil para que le llame usted. Dijo que esta mañana juega al golf.

–De acuerdo.

–Y a las siete y diez recibió una llamada de Robert Woodson, de la oficina del senador Morton. El senador desea hablar con usted y con el capitán Connor a la una en el Country Club de Los Ángeles. Dice que le llamen para confirmar que van. Le he llamado antes pero comunicaba usted.

¿Llamará al senador?

Dije que sí y pedí a la telefonista que diera aviso al club de golf para que Connor me llamara al coche.

Oí abrirse la puerta. Entró Elaine.

–Buenos días -dijo.

–Lo siento, pero Shelly todavía no está vestida.

–No importa, yo la vestiré. ¿A qué hora viene a recogerla Mrs. Davies?

–Ya nos avisará.

Elaine había oído muchas veces la misma respuesta.

–Ven conmigo, Michelle. Elegiremos qué vestido llevarás hoy. Ya es hora de ir al colegio.

Miré el reloj. Iba a servirme otra taza de café cuando sonó el teléfono.

–El teniente Peter Smith, por favor.

Era Jim Olson, el adjunto del jefe.

–Hola, Jim.

–Buenos días, Pete. – Parecía afable. Pero Jim Olson nunca llamaba a nadie antes de las diez de la mañana, a no ser que hubiera un grave problema-. Da la impresión de que hemos agarrado por la cola una serpiente de cascabel.

¿Has visto los periódicos?

–Sí.

–¿Y el telediario?

–Parte.

–El jefe me ha pedido que haga control de daños. Pero, antes de hacer una recomendación, he querido recoger vuestra versión. ¿Me sigues?

–Te sigo.

–Acabo de hablar con Tom Graham. Reconoce que lo de anoche fue una chapuza de campeonato. Nadie se cubrió de gloria.

–Me temo que no.

–Dos mujeres desnudas tuvieron en jaque a dos robustos policías e impidieron el arresto del sospechoso, ¿no es así?

Parecía ridículo.

–Hubieras tenido que estar allí, Jim.

–Aja. Por lo menos, de una cosa podemos felicitarnos. He comprobado si se siguió el procedimiento de persecución correcto. Al parecer, así es.

Tenemos registros de los ordenadores y grabaciones de la radio y todo es correcto. Gracias a Dios. Ni siquiera una palabrota. Si las cosas se ponen peor, podríamos incluso dar las grabaciones a la Prensa. De modo que por ahí estamos cubiertos. Pero es una lástima que Sakamura haya muerto.

–Sí.

–Graham volvió a la casa, para interrogar a las mujeres, pero ya no estaban.

–Comprendo.

–Con las prisas, ¿a nadie se le ocurrió preguntarles el nombre?

–Lo siento, no.

–Eso significa que no tenemos testigos de lo que ocurrió en la casa. De modo que por ahí estamos un poco vulnerables.

–Aja.

–Esta mañana extraen el cuerpo de Sakamura del coche para enviarlo al depósito. Dice Graham que, por él, el caso está cerrado. Tengo entendido que hay cintas de vídeo que demuestran que Sakamura mató a la muchacha.

Graham dice que por él se puede archivar el caso. ¿También tú lo ves así?

¿Está cerrado?

–Creo que sí, Jim. Seguro.

–Entonces vamos a cerrarlo. La comunidad japonesa considera que la investigación acerca de la «Nakamoto» es irritante y ofensiva. No quieren que se prolongue más de lo indispensable. De modo que, si podemos darla por terminada, será un alivio.

–Por mí no hay inconveniente -dije-. Démosla por terminada.

–Muy bien, Pete -dijo Jim-. Hablaré con el jefe para ver si podernos evitar cualquier medida disciplinaria.

–Gracias, Jim.

–Procura no preocuparte. Yo no creo que haya lugar a medidas disciplinarias. Por lo menos, mientras el vídeo demuestre que lo hizo

Sakamura.

–Lo demuestra.

–A propósito de esos vídeos. He mandado a Marty a buscarlos al armario de pruebas. Dice que no los encuentra.

Aspiré profundamente.

–Los tengo yo -dije.

–¿No los pusiste en el armario de pruebas?

–No; quería sacar copias.

Jim tosió.

–Peter, hubiera preferido que te atuvieras a las normas.

–Yo quería sacar copias.

–Verás lo que vamos a hacer -dijo Jim-. Saca las copias y tráeme los originales antes de las diez. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

–Se puede tardar hasta entonces en localizar material en el armario de pruebas. Ya sabes lo que ocurre a veces.

Estaba diciéndome que me cubriría.

–Gracias, Jim.

–No me des las gracias, porque yo no hago nada -dijo-. Que yo sepa, se ha seguido el procedimiento.

–Bien.

–Entre tú y yo: date prisa. Yo puedo defender el fuerte durante un par de horas. Pero aquí ocurre algo raro. No sé de dónde viene exactamente. De modo que hazlo cuanto antes, ¿de acuerdo?

–De acuerdo, Jim. Ahora mismo me ocupo de eso.

Colgué el teléfono y fui a sacar las copias.

Pasadena parecía una ciudad situada en el fondo de un vaso de leche agria.

El Jet Propulsión Laboratory se encontraba en las afueras de la ciudad, al pie de las colinas, cerca del Rose Bowl. Pero ni a las ocho y media de la mañana se veían las montañas, con aquella bruma amarillenta.

Yo, con la caja de las cintas debajo del brazo, enseñé la placa, firmé en la hoja de visitas del guardia y juré que era ciudadano norteamericano. El guardia me indicó el edificio principal, al otro lado de un patio interior.

Durante décadas, el Jet Propulsión Laboratory había sido el centro de mando de las sondas espaciales norteamericanas que hacían fotografías de Júpiter y los anillos de Saturno y las enviaban a la Tierra en forma de imágenes de vídeo. El JPL era el lugar en el que se había inventado el moderno proceso de imágenes de vídeo. Si en algún sitio podían copiarse las cintas era allí. Mary Jane Kelleher, la secretaria de Prensa, me acompañó al tercer piso, íbamos por un pasillo verde tilo, pasando por delante de puertas de despachos vacíos. Yo lo comenté.

–Es verdad -asintió ella-. Últimamente hemos perdido a gente muy buena.

–¿A dónde va la gente?

–La mayoría, a la industria. Siempre se habían marchado; antes se iban a la

«IBM» de Armok o a los laboratorios de la «Bell» en Nueva Jersey. Pero ahora esos laboratorios ya no disponen de los mejores equipos y

subvenciones. Ahora se van a laboratorios de investigación japoneses como

«Hitachi» en Long Beach, «Sanyo» en Torrance o «Canon» en Inglewood.

Están contratando a muchos investigadores norteamericanos.

–¿Y al JPL no le preocupa eso?

–Desde luego -dijo ella-. Todo el mundo sabe que el mejor vehículo para transferir tecnología es el cerebro humano. Pero, ¿qué podemos hacer? – Se encogió de hombros-. Los investigadores quieren investigar. Y

Norteamérica ya no investiga tanto. Los presupuestos son cada vez más cortos. Así que es mejor trabajar para los japoneses. Ellos pagan bien y profesan un auténtico respeto a la investigación. Si necesitas un aparato, te lo dan. Por lo menos, es lo que dicen mis amigos. Ya hemos llegado.

Me introdujo en un laboratorio abarrotado de material de vídeo. Había cajas negras amontonadas en estanterías y mesas metálicas, cables que se retorcían por el suelo y profusión de monitores y pantallas. En medio de todo ello, vi a un hombre con barba, de unos treinta y cinco años, llamado Kevin Howzer. En su monitor tenía la imagen de un mecanismo de transmisión, en la que se iban alternando los colores del arco iris. Encima de la mesa había latas de «Coke» y envoltorios de caramelo: había trabajado toda la noche.

–Kevin, el teniente Smith, del Departamento de Policía de Los Ángeles.

Necesita copiar unas cintas de vídeo especiales.

–¿Sólo copiar? – Howzer parecía decepcionado-. ¿No desea que se les haga algo?

–No, Kevin -dijo ella.

–No hay inconveniente.

Entregué a Howzer una de las cáseles. Él le dio la vuelta y se encogió de hombros.

–Parece un carrete normal de ocho milímetros. ¿Qué contiene?

–Imágenes de TV japonesa de alta definición.

–¿Señal de AD?

–Eso creo.

–No debería haber dificultad. ¿Trae el aparato?

–Sí. – Saqué el vídeo de la caja y se lo di.

–Vaya, qué monadas hacen, ¿eh? Es una preciosidad. – Kevin examinó los mandos-. Sí, es alta definición. Se puede hacer. – Dio la vuelta al aparato y miró fijamente las clavijas de la parte posterior. Frunció el entrecejo.

Acercó la luz de sobremesa y abrió el estuche de plástico de la casete, dejando la cinta al descubierto. Tenía una leve pátina plateada-. ¿Esto… es algo oficial?

–Sí.

Me devolvió la cinta.

–Lo siento. No puedo copiarla.

–¿Por qué no?

–¿Ve ese tono plateado? Es cinta de metal evaporado. Muy alta densidad.

Supongo que el formato tiene compresión y descompresión de tiempo real en la misma caja. No puedo sacarle copia porque no dispongo de formatos equivalentes, es decir, no puedo garantizar que la señal que yo obtenga sea legible. Puedo hacerle una copia, pero no puedo estar seguro de que sea una copia exacta, porque no tengo los mismos formatos. De manera que si es un asunto criminal… y supongo que debe de serlo, tendrá que llevarlo a otro sitio para que se lo copien.

–¿Adonde, por ejemplo?

–Si es el nuevo formato patentado D4, el único sitio es la «Hamaguri».

–¿«Hamaguri»?

–Es un laboratorio de investigación de Glendale, de las Industrias Kaikatsu.

Allí tienen todo el material de vídeo que se conoce.

–¿Cree que me ayudarán?

–¿A sacar copias? Desde luego. Conozco a uno de los directores del laboratorio, Jim Donaldson. Si quiere, puedo llamarle por teléfono.

–Se lo agradecería.

–No faltaba más.

El Instituto de Investigación Hamaguri era un edificio de cristal de espejo situado en el polígono industrial del norte de Glendale. Yo llevé la caja al vestíbulo. Detrás del estilizado mostrador de recepción, se veía un atrio en el centro del edificio rodeado de laboratorios con tabiques de vidrio ahumado.

Pregunté por el doctor Jim Donaldson y me senté en el vestíbulo. Mientras esperaba, llegaron dos hombres con traje completo, saludaron a la recepcionista con un familiar movimiento de cabeza y se sentaron a mi lado en el sofá. Sin reparar en mí, desdoblaron unos folletos en la mesa de centro.

–Mira -dijo uno-, lo que te decía: esto, para broche final. El colofón.

Miré el folleto y vi un prado florido y montañas nevadas al fondo. El hombre que había hablado golpeó las fotos con el dedo.

–Quiero decir que son las Rocosas, tú, la verdadera América. Déjame hacer a mí, eso es lo que les tienta. Y es una propiedad de narices.

–¿Cuánto dices que tiene?

–Ciento treinta mil acres. El trozo de Montana más grande que está disponible. Veinte kilómetros por diez de tierra ganadera, lindando con las Rocosas. Tiene el tamaño de un parque nacional. Posee grandeza, dimensión, envergadura. Y muy buena calidad. Es perfecta para un consorcio japonés.

–¿Han dicho algo de precio?

–Todavía no. Pero los rancheros están en una situación difícil. Ahora es legal que los extranjeros exporten carne a Tokyo, y en el Japón la carne se paga a veinte y veintidós dólares el kilo. Pero en el Japón nadie compraría buey norteamericano. La carne de buey que les envíen los americanos se pudrirá en el puerto. Pero, si venden su rancho a los japoneses, entonces sí se puede exportar carne. Porque los japoneses la comprarán a un rancho de propiedad japonesa. Los japoneses no tendrán inconveniente en hacer negocios con otros japoneses. En Montana y en Wyoming se han vendido muchos ranchos. Los otros rancheros ven cabalgar por el campo a cowboys japoneses. Ven que los otros ranchos introducen mejoras, reconstruyen los establos, modernizan las instalaciones y todas esas cosas. Y es que los otros ranchos venden la carne al Japón a buen precio. Y los propietarios americanos no son tontos. Ellos saben lo que se avecina. Saben que no pueden competir. Y venden.

–¿Y qué hacen entonces los americanos?

–Se quedan a trabajar para los japoneses. No existe la menor dificultad. Los japoneses necesitan que les enseñen a llevar un rancho. Y a toda la gente del rancho se le aumenta el sueldo. Los japoneses son muy considerados con los sentimientos de los norteamericanos. Son gente muy sensible.

–Eso ya lo sé -dijo el otro hombre-. Pero no me gusta. El plan no me gusta

nada.

–Está bien, Ted. ¿Y qué quieres hacer? ¿Escribir a tu diputado? Si todos trabajan para los japoneses. ¡Qué carajo, si los japoneses explotan esos ranchos con subsidios del Gobierno norteamericano! – El primer hombre retorcía una cadena de oro que llevaba en la muñeca. Se acercó al otro-.

Mira, Ted, no nos pongamos tan morales. Porque no puedo permitírmelo.

Ni tú tampoco. Estamos hablando de una comisión del cuatro por ciento sobre una operación de setecientos millones, pagaderos en cinco años.

Vamos a no perderlo de vista, ¿quieres? Tú personalmente te llevarás dos millones cuatrocientos mil sólo el primer año. Y son cinco años,

¿recuerdas?

–Ya lo sé, pero me preocupa.

–Mira, Ted, yo pienso que cuando cerremos la operación se habrán terminado tus preocupaciones. Pero tenemos que atender un par de detalles… -En esto parecieron darse cuenta de que yo escuchaba. Se levantaron y se apartaron de mí. Yo oí al primer hombre decir algo acerca de «garantías de que el Estado de Montana apoya y autoriza…», mientras el otro asentía lentamente. El primero le dio un golpecito en el hombro, para animarlo.

–¿Teniente Smith?

Al lado de mi butaca había una mujer.

–¿Sí?

–Soy Kriste, la ayudante del doctor Donaldson. Nos ha llamado Kevin del JPL para anunciarnos su visita. ¿Es algo relacionado con unas cintas?

–Sí. Necesito sacar una copia.

–Siento no haber estado aquí cuando llamó Kevin. Tomó el recado una de las secretarias que no estaba al corriente de la situación.

–¿Existe algún inconveniente?

–Desgraciadamente, el doctor Donaldson no está. Tiene que dar una conferencia esta mañana.

–Ya.

–Y, no estando él en el laboratorio, nos resulta muy difícil…

–Sólo se trata de copiar unas cintas. Quizá pueda ayudarme otra persona.

–Normalmente, sí; pero hoy no es posible.

La muralla japonesa. De cortesía, pero muralla. Suspiré. Probablemente, había sido un iluso al pensar que un instituto de investigación japonés me ayudaría. Incluso en algo tan sencillo como copiar unas cintas.

–Comprendo.

–Es que esta mañana no queda nadie en el laboratorio. Todos estuvieron trabajando por la noche en una cosa urgente y supongo que se quedarían hasta las tantas. Por eso la gente llega hoy tan tarde. Y eso es lo que la muchacha que tomó el recado no sabía. La gente llega tarde. De modo que no sabría qué decirle.

Hice un último intento.

–Como usted sabe, trabajo para el jefe de Policía. Éste es el segundo sitio en el que pruebo esta mañana. Y él me presiona para que consiga el duplicado lo antes posible.

–Me gustaría ayudarle. Sé que al doctor Donaldson le encantaría. Ya hemos hecho trabajos especiales para la Policía antes. Y estoy segura de que podemos sacar duplicados de cualquier material que usted tenga. Quizá más tarde. O si quiere dejarlo…

–Lo siento, pero no puedo dejárselo.

–Desde luego. Es natural. Comprendo. En fin, lo siento mucho, teniente.

Quizá si vuelve más tarde… -Se encogió de hombros ligeramente.

–Probablemente no pueda volver. Mala suerte que todo el mundo haya tenido que trabajar esta noche.

–Sí, es algo excepcional.

–¿Qué pasó? ¿Algún problema de investigación?

–En realidad, no lo sé. Nuestro laboratorio es tan versátil que a veces nos piden cosas realmente fuera de lo normal. Un anuncio de televisión que precisa un efecto especial o cosas por el estilo. Nosotros intervinimos en el vídeo de Michael Jackson para «Sony». A veces, se trata de restaurar cinta destruida. Ya sabe, reconstruir la señal. Pero no sé qué fue lo de anoche.

Sólo sé que debió de dar mucho trabajo. Hubo que trabajar en una veintena de cintas. Y con mucha urgencia. Tengo entendido que no terminaron hasta después de medianoche.

No es posible, pensé.

Traté de imaginar qué haría Connor, cómo manejaría él la situación. Decidí que merecía la pena dar un palo de ciego.

–Desde luego, la «Nakamoto» estará muy agradecida por su trabajo.

–Oh, sí. Porque quedó muy bien. Estaban muy contentos.

–Dijo usted que Mr. Donaldson daba una conferencia…

–El doctor Donaldson, sí.

–¿Dónde es?

–En un seminario de formación de mandos en el hotel «Bonaventure».

Técnicas de dirección en la investigación. Debe de estar muy cansado esta mañana; pero es muy buen orador.

–Gracias. – Le di la tarjeta-. Ha sido usted muy amable. Si se le ocurre algo, o puedo serle útil en algo, llámeme.

–Está bien. – Miró la tarjeta-. Gracias.

Di media vuelta para marcharme. Cuando yo salía, bajó en el ascensor un muchacho norteamericano de veintitantos años, con un traje de «Armani» y el aire presumido de un «master» en Administración de Empresas que lee revistas de moda. Se acercó a los dos hombres y dijo:

–Mr. Nakagawa les espera.

Los hombres se levantaron de un salto, recogieron sus relucientes fotografías y folletos y siguieron al muchacho que se dirigía al ascensor con paso tranquilo y mesurado. Yo salí al smog.

En el letrero del vestíbulo se leía: TRABAJO CONJUNTO: ESTILOS DE

DIRECCIÓN JAPONÉS Y NORTEAMERICANO. Dentro de la sala de conferencias, se celebraba uno de esos crepusculares seminarios de técnicas empresariales en los que hombres y mujeres sentados a largas mesas cubiertas de tapete gris toman apuntes en la semipenumbra mientras el conferenciante habla en el podio con voz monótona.

Yo me había quedado de pie delante de una mesa en la que se veían las tarjetas de identificación de los rezagados. Una mujer con gafas se me acercó y me preguntó:

–¿Está inscrito? ¿Le han dado la carpeta?

Me volví ligeramente y le mostré la placa.

–Deseo hablar con el doctor Donaldson.

–Es nuestro siguiente orador. Tiene que hablar dentro de siete u ocho minutos. ¿No podría ayudarle otra persona?

–Sólo será un momento.

Ella vacilaba.

–Es que queda tan poco tiempo…

–Entonces vale más que se dé usted prisa.

Me miró como si la hubiera abofeteado. No sé qué esperaría. Yo era oficial de Policía y preguntaba por una persona. ¿Imaginaba que me conformaría con un sustituto? El joven maniquí del traje de «Armani» me había puesto de mal humor. Con qué suficiencia precedía a los dos corredores de fincas.

¿Por qué se creía tan importante aquel mozo? Por muy «master» en Administración de Empresas que fuera, hacía de conserje de su jefe japonés.

Seguí con la mirada a la mujer que andaba alrededor de la sala de conferencias, en dirección a un estrado en el que había cuatro hombres esperando turno para hablar. El auditorio seguía tomando apuntes mientras el hombre de pelo pajizo que hablaba desde el podio decía:

–… En la empresa japonesa hay sitio para los extranjeros. No en la cúspide, desde luego, tal vez ni siquiera en los cuadros superiores. Pero hay sitio.

Deben ustedes considerar que el lugar que como extranjeros ocupan en una empresa japonesa es importante, que son ustedes respetados y que tienen su labor. Por ser extranjeros, quizá tengan que vencer ciertos obstáculos, pero pueden hacerlo. Y, si recuerdan que en todo momento deben saber cuál es su sitio, triunfarán.

Yo miraba a los asistentes, con americana y corbata, escribiendo con la

cabeza inclinada. Me hubiera gustado saber qué escribían. ¿Saber cuál es su sitio? El orador prosiguió:

–Muchas veces, oirán decir a un directivo: «Yo no tenía sitio en una empresa japonesa, y tuve que marcharme.» O a alguien que comenta: «No me escuchaban, no tenía posibilidad de poner en práctica mis ideas, no podía prosperar.» Estas personas no comprendieron el papel de un extranjero en la sociedad japonesa. No consiguieron encajar y por eso tuvieron que marcharse. Pero es problema de ellos. Los japoneses están perfectamente dispuestos a aceptar a los norteamericanos o a otros extranjeros en sus empresas. Es más, están deseosos de tenerlos. Y ustedes serán aceptados: siempre que recuerden cuál es su sitio.

Una mujer levantó la mano y preguntó:

–¿Qué hay de los prejuicios contra las mujeres en las empresas japonesas?

–No hay prejuicios contra las mujeres -dijo el orador.

–He oído decir que las mujeres no ascienden.

–No es verdad.

–Entonces, ¿por qué hay tantas demandas judiciales? El «Sumitomo Bank»

acaba de perder una fuerte demanda por discriminación. He leído que una tercera parte de las empresas japonesas han sido demandadas por sus empleadas norteamericanas. ¿Qué puede decir sobre ello?

–Que es perfectamente comprensible -dijo el orador-. Es fácil que la empresa que empieza a trabajar en un país extranjero cometa errores mientras se amolda a los hábitos y patrones locales. Cuando las empresas norteamericanas empezaron a introducirse en Europa, en los años cincuenta y sesenta, se encontraron con dificultades y también entonces hubo demandas. Por lo tanto, no es de extrañar que las empresas japonesas que se establecen en América tengan que pasar un período de adaptación. Hay que tener paciencia.

Un hombre dijo riendo:

–¿Existe algún momento en el que no haya que tener paciencia con el Japón? – Pero parecía más pesaroso que enfadado.

Los otros seguían tomando notas.

–¿Oficial? Soy Jim Donaldson. ¿De qué se trata?

Me volví. El doctor Donaldson era un hombre alto, delgado, con gafas y un aire meticuloso, casi remilgado. Vestía al estilo del clásico profesor: americana sport de tweed y corbata roja, pero del bolsillo de la camisa le asomaba la hilera de bolígrafos típica del cateto. Supuse que era ingeniero.

–Sólo un par de preguntas acerca de las cintas de la «Nakamoto».

–¿Las cintas de la «Nakamoto»?

–Las que llevaron anoche a su laboratorio.

–¿A mi laboratorio? Mr… ah…

–Smith, teniente Smith. – Le di mi tarjeta.

–Teniente, lo siento, pero no sé de qué me habla. ¿Cintas en mi laboratorio, anoche?

–Kristen, su secretaria, me dijo que todo el laboratorio estuvo trabajando con unas cintas.

–Sí, es cierto. La mayoría de mi personal.

–Y que las cintas procedían de la «Nakamoto».

–¿De la «Nakamoto»? -Movió negativamente la cabeza-. ¿Quién se lo ha

dicho?

–Ella.

–Le aseguro, teniente, que las cintas no eran de la «Nakamoto».

–Tengo entendido que había veinte cintas.

–Sí; por lo menos, veinte. No estoy seguro del número exacto. Pero eran de la «McCann-Erickson». Una campaña publicitaria para la cerveza «Asahi».

Tuvimos que cambiar el logo de todos los anuncios. Ahora que «Asahi» es la cerveza número uno de Norteamérica.

–Pero la «Nakamoto»…

–Teniente -me atajó con impaciencia, mirando al podio-, voy a explicarle una cosa. Yo trabajo para los laboratorios de investigación «Hamaguri».

«Hamaguri» forma parte de las «Industrias Kaikatsu». Competidoras de la

«Nakamoto». La competencia entre las empresas japonesas es muy intensa.

Muy intensa. Le doy mi palabra de que anoche mi laboratorio no trabajó en cintas de la «Nakamoto». Esto no puede suceder bajo ningún concepto. Si mi secretaria se lo dijo, mi secretaria está equivocada. Es algo que queda completamente fuera de toda posibilidad. Perdone, pero tengo que dar una conferencia. ¿Algo más?

–No -dije-. Gracias.

Sonaron débiles aplausos cuando el orador que estaba en el podio acabó de hablar. Yo di media vuelta y me marché.

Cuando me alejaba del Bonaventure en mi coche, llamó Connor desde el campo de golf. Parecía molesto.

–Recibí su recado. He tenido que interrumpir el partido. Más le valdrá que sea algo importante.

Le dije que el senador Morlón nos esperaba a la una.

–Está bien. Recójame aquí a las diez y media. ¿Algo más?

Le conté mi visita al JLP y a la «Hamaguri» y mi conversación con Donaldson.

–Ha sido perder el tiempo.

–¿Por qué?

–Porque la Hamaguri está financiada por la «Kaikatsu» que es competidora de la «Nakamoto». Imposible que se avinieran a ayudar a la «Nakamoto».

–Es lo que me dijo Donaldson.

–¿Adonde va ahora?

OceanofPDF.com

–A los laboratorios de vídeo de la U.S.C. (2). Aún intento que alguien me saque copias de las cintas.

Connor hizo una pausa.

–¿Algo más que yo deba saber?

–No.

–Bien. Hasta las diez y media.

–¿Por qué tan temprano?

–Diez y media -repitió, y colgó.

Apenas colgué, volvió a sonar el teléfono.

–Oye, ¿no habíamos quedado en que me llamarías? – Era Ken Shubik desde el Times. Parecía irritado.

–Lo siento. Me han entretenido. ¿Podemos hablar ahora?

–Desde luego.

–¿Tienes información para mí?

–Escucha. – Hizo una pausa-. ¿Estás por aquí cerca?

–A unas cinco calles.

–Entonces ven a tomar un café.

–¿No podrías decírmelo por teléfono?

–Es que…

–Vamos, Ken. A ti te gusta hablar por teléfono. – Shubik, al igual que los demás reporteros del Times, se pasaba el día sentado delante del ordenador, con los auriculares puestos y hablando por teléfono. Era su forma preferida de hacer las cosas. Tenía siempre todo el material ante sí y era capaz de teclear sus notas en el ordenador mientras hablaba por teléfono. Cuando yo era encargado de Prensa, tenía el despacho en la jefatura de Parker Center, a dos calles del edificio «Times». Y no obstante, un reportero como Ken prefería hablar conmigo por teléfono antes que en persona.

–Vente por aquí, Pete.

No podía estar más claro.

Ken no quería hablar por teléfono.

–De acuerdo -dije-. Hasta dentro de diez minutos.

El Los Ángeles Times es el periódico más próspero de Norteamérica. La Redacción ocupa toda una planta del edificio «Times», por lo que tiene la superficie de todo un bloque. El espacio ha sido subdividido con habilidad, de manera que nunca se te aparece en toda su extensión ni ves de golpe a los cientos de personas que allí trabajan. De todos modos, te da la impresión de que pasas días y días caminando por entre reporteros sentados en despachos modulares, con pantallas incandescentes, teléfonos con lucecitas que parpadean y los retratos de los niños clavados en la pared.

El despacho de Ken estaba en Local, en la parte este del edificio. Lo encontré paseando por delante de la mesa. Esperándome. Me cogió por el codo.

–Café -me dijo-. Vamos a tomar café.

–¿Qué ocurre? ¿No quieres que te vean conmigo?

–No. Mierda. Quiero evitar a la Comadreja. Está ahí delante, trabajándose a la chica nueva de Extranjero. La pobre aún no sabe de qué va la cosa. – Ken señaló con un movimiento de cabeza un extremo de la Redacción. Junto a las ventanas, vi la figura familiar de Willy Wilhelm, llamado Comadreja Wilhelm. En aquel momento, la estrecha cara de hurón de Willy era una máscara de sonriente atención mientras bromeaba con una muchacha rubia sentada ante una terminal.

–Es mona.

–Sí, un poco ancha por atrás. Es holandesa -explicó Ken-. Sólo lleva aquí una semana. Aún no ha oído hablar de él.

La mayoría de las organizaciones tienen una persona como la Comadreja: alguien que es más ambicioso que escrupuloso, alguien que encuentra la manera de hacerse útil al poder establecido y odioso al resto de la comunidad. Así era Comadreja Wilhelm.

Al igual que la mayoría de sinvergüenzas, la Comadreja creía lo peor de todo el mundo. Podías estar seguro de que él siempre presentaría los hechos bajo su aspecto más sórdido, asegurando que otra cosa sería maquillar la realidad. Tenía olfato para las debilidades humanas y afición al melodrama.

No daba importancia a la verdad y una exposición ecuánime le parecía falta de garra. Para la Comadreja, detrás de cualquier situación tenía que haber algo fuerte. Y eso era lo suyo.

Los otros reporteros del Times lo despreciaban.

Ken y yo salimos al pasillo central. Yo le seguí hacia las máquinas del café, pero él me llevó a la biblioteca. En el centro de la planta, el Times tenía una biblioteca que estaba mejor surtida que la de muchas Universidades.

–¿Qué pasa con Wilhelm? – pregunté.

–Anoche estaba aquí -dijo Ken-. Al salir del teatro, vine a recoger unas

notas que necesitaba para una entrevista que tenía que hacer hoy al salir de casa. Vi que la Comadreja estaba en la biblioteca. Debían de ser las once.

Ya sabes lo ambicioso que es el muy gilipollas. Por la expresión de la cara comprendí que había olido la sangre. Naturalmente, tú querrás saber de quién.

–Naturalmente -dije. La Comadreja era un artista en la puñalada por la espalda. Hacía un año había conseguido que echaran al director del suplemento dominical y por un pelo no consiguió el puesto.

–Conque pregunto a Lilly, la bibliotecaria de anoche: «¿Qué busca la Comadreja?» Y ella me contesta: «Repasa notas de la Policía acerca de un poli.» Bueno, es un alivio, pienso.

Pero entonces empiezo a darle vueltas. Verás, yo sigo siendo el reportero más veterano de Local y todavía escribo crónicas de sucesos un par de veces al mes. ¿Qué sabe él que no sepa yo? La noticia tendría que ser mía.

Entonces pregunto a Lilly el nombre del policía.

–A ver si lo adivino.

–Exactamente -dijo Ken-: Peter J. Smith.

–¿A qué hora fue eso?

–Sobre las once.

–Fantástico -dije.

–Pensé que te interesaría.

–Me interesa.

–Entonces digo a Lilly, me refiero a anoche, le digo: «Lilly, ¿qué es lo que está sacando?» Resulta que saca de todo, que se dedica a desenterrar viejos informes. Al parecer, tiene una fuente en jefatura, alguien que va a filtrarle

expedientes de Asuntos Internos. Una investigación de un caso de corrupción de menores.

–Ah, mierda -dije.

–Luego, ¿es verdad?

–Hubo una investigación, sí; pero todo fue una patraña.

Ken me miró.

–Cuenta.

–Fue hace tres años. Yo todavía era detective en activo. Mi compañero y yo acudimos a investigar una denuncia de riña doméstica en Ladera Heights.

Una pareja que se peleaba; hispánicos, borrachos los dos. La mujer quería que arrestase a su marido y, cuando yo me negué, me dijo que había tratado de abusar de su niña. Yo fui a ver a la niña y la niña estaba bien. No arresté al hombre. La mujer se cabreó. Al día siguiente, va y me denuncia a mí de tratar de corromper a la niña. Hubo una investigación preliminar. La denuncia fue desestimada.

–Bien -dijo Ken-. Ahora dime, ¿has hecho algún viaje comprometedor?

–¿Viaje? – pregunté frunciendo el entrecejo.

– La Comadreja trataba de localizar registros de viajes. Pasajes de avión, excursiones, dietas…

–Nada que yo recuerde.

–Sí, ya me figuraba que en eso tenía que andar desencaminado. Tienes una hija pequeña a tu cargo y no puedes andar de jarana.

–Desde luego.

–Bien.

Habíamos seguido andando por la biblioteca y llegamos a un ángulo desde el que se podía ver la sección de Local de la Redacción a través del tabique de vidrio. Vi a la Comadreja que seguía hablando con la muchacha, camelándola.

–Lo que no entiendo, Ken, es por qué a mí. Quiero decir que yo no me ocupo de nada importante, ni comprometido. Hace tres años que no soy detective activo. Ni siquiera soy encargado de Prensa. Soy un enlace. Es decir, mi trabajo es puramente político. ¿Por qué va a ponerme en su punto de mira un reportero del Times?

–¿Quieres decir un jueves a las once de la noche? – Ken me miraba como si yo fuera idiota. Como si me colgara la baba.

–¿Piensas que los japoneses puedan estar detrás de esto? – pregunté.

–Lo que yo pienso es que la Comadreja hace trabajos por encargo. Es un saco de escoria que se alquila. Trabaja para estudios de cine, compañías discográficas, agentes de Bolsa, incluso para corredores de fincas. Es un consultor. Y lleva un «Mercedes 500SL».

–Ah, ¿sí?

–No está mal, con un sueldo de reportero, ¿no te parece?

–Desde luego.

–Así que tú sabrás si te has puesto a malas con alguien. ¿Es lo que ocurrió anoche?

–Quizá.

–Porque está claro que alguien encargó a la Comadreja que escarbara en tu pasado.

–No lo puedo creer -dije.

–Pues créelo -dijo Ken-. Lo que más me preocupa es quién pueda ser la fuente de la Comadreja en la jefatura de Parker Center. Alguien del Departamento está filtrándole información de Asuntos Internos. ¿Tú estás a bien con todos los del Departamento?

–Que yo sepa, sí.

–Menos mal, porque la Comadreja va a hacer de las suyas. Esta mañana hablé con Roger Bascombe, el abogado del periódico.

–¿Y?

–¿Adivinas quién le llamó anoche para hacerle una consulta urgente? La Comadreja. ¿Y adivinas cuál era la consulta?

No dije nada.

–La consulta era si el prestar servicio en calidad de encargado de Prensa hace de un policía una personalidad pública, es decir, una persona que no puede querellarse por difamación.

–¡Dios!

–Exactamente.

–¿Y qué le contestó?

–¿Qué importa? Tú ya sabes cómo funciona esto. La Comadreja no tiene más que llamar a unas cuantas personas diciendo: «Hola, soy Bill Wilhelm del Los Angeles Times. Mañana vamos a publicar la noticia de que el teniente Peter Smith es un corruptor de menores. ¿Quiere hacer algún comentario?» Si sabe elegir las llamadas, ni hará falta publicar la noticia.

Aunque el director la vete, el daño ya estará hecho.

Yo no dije nada. Sabía que era verdad lo que decía Ken. Lo había visto más de una vez.

–¿Qué puedo hacer?

–Podrías organizar uno de tus famosos incidentes de brutalidad policial.

–Eso no tiene gracia.

–Te prometo que nadie de este periódico cubriría el caso. Incluso podrías cargártelo. ¿Y si lo grabáramos en vídeo? Aquí hay más de uno que pagaría por verlo en vídeo.

–Ken…

–Se puede soñar, ¿no? – dijo él suspirando-. Está bien. Hay sólo una cosa.

El año pasado, cuando Wilhelm intervino en el, digamos, cambio de dirección del suplemento, yo recibí por correo un paquete sin indicación de remitente. Otras personas recibieron paquetes idénticos. Nadie los utilizó entonces. Es algo bastante guarro. ¿Te interesa?

–Sí.

Ken sacó del bolsillo interior de su americana sport un sobre marrón de esos que tienen un cordelito que hay que mover atrás y adelante para cerrarlos.

Seguir: parte 2 de 6