Soñadores

Gilbert Adair · Capítulo 1 de 8

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Soñadores

Capítulo 1

Gilbert Adair

 

 

ePub r1.0

Titivillus 24.09.2019

Título original: Dreamers

Gilbert Adair, 2003

Traducción: José Luis López Muñoz, 2004

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Para Michael, Eva y Louis;

otros intérpretes hubieran sido impostores.

La Cinémathèque Française está situada en el me 16 arrondissement, entre la explanada del Trocadéro y la avenida Albert-de-Mun. La monumentalidad mussoliniana del Palais de Chaillot en el que está alojada impresiona tanto al cinéfilo que la visita por vez primera que le llena de alegría vivir en un país donde se concede tal honor a la que, en otros sitios, tiende a ser la menos respetada de las artes. De ahí su decepción cuando descubre, en un examen más detenido, que la Cinémathèque sólo ocupa un ala insignificante del edificio, a la que se llega, de manera casi furtiva, por una entrada en el sótano, escondida a primera vista.

A esa entrada se puede acceder o bien desde la explanada, un espacio poblado de amantes, guitarristas, patinadores, vendedores de souvenirs negros y niñitas con faldas escocesas acompañadas de sus niñeras inglesas o portuguesas; o bien por un camino ajardinado en curva que, en paralelo a la avenida Albert-de-Mun, permite vislumbrar, a través de los arbustos iluminados, ese Fujiyama de hierro forjado que es la Torre Eiffel. Por cualquiera de los dos accesos se acaba descendiendo un tramo de escalones hasta el vestíbulo de la Cinémathèque, cuya austeridad intimidatoria queda aliviada por la exhibición permanente de kinetoscopios, praxinoscopios, cámaras oscuras, linternas mágicas y otras ingenuas y encantadoras reliquias de la prehistoria del cine.

Era costumbre que los cinéfilos invadieran el jardín tres veces todas las tardes, a las seis y media, a las ocho y media y a las diez y media.

Los auténticos fanáticos, sin embargo, los llamados «ratones de filmoteca», que llegaban para la función de las seis y media y pocas veces se marchaban antes de la medianoche, preferían no confraternizar con los visitantes menos obsesivos para quienes Chaillot sólo significaba una salida nocturna económica. Porque la cinefilia, tal como se practicaba en la primera fila de butacas, era como una sociedad secreta, una secta, una francmasonería. Aquella primera fila era propiedad exclusiva de los «ratones», cuyos nombres deberían estar grabados en sus butacas como los nombres de los directores de Hollywood solían estar impresos en el respaldo de sus sillas de lona plegables, el Señor Ford o Señor Capra oculto en parte por el hombro y la parte alta del brazo del aludido cuando volvía, sonriente, el rostro bronceado hacia el fotógrafo.

¿Qué otra cosa eran aquellos «ratones», aquellos fanáticos, aquellos habitantes de la noche sino vampiros que se envolvían en la capa de su propia sombra?

Si se sentaban tan cerca de la pantalla era porque no podían soportar no ser los primeros en recibir las imágenes, no recibirlas antes de que tuvieran que sortear el obstáculo de las sucesivas filas, antes de que se transmitieran de hilera en hilera, de espectador en espectador, de ojo en ojo, hasta — envilecidas, usadas, reducidas a la dimensión de un sello de correos e ignoradas por los novios de la última fila— regresar con alivio a su origen, la cabina de proyección.

Además de lo cual, la pantalla era realmente una pantalla, una mampara que los protegía del mundo.

 

—¿Has visto la de King?

La primavera, con sus matas de azafrán y violetas, que estallaban de la nada como el ramillete de flores de papel de un prestidigitador, había llegado aquella tarde a los jardines de la Cinémathèque.

Eran las seis y veinte. Tres adolescentes salían del metro de la plaza del Trocadéro para dirigirse al camino que corre paralelo a la avenida Albert-de-Mun. La pregunta la había hecho el más alto de los tres. Aunque musculoso y delgado, caminaba encorvado y torcido, de una manera que parecía incoherente con su físico. Bajo su ropa de mercadillo de segunda mano se podían imaginar tobillos delicadamente cincelados y omóplatos afilados como aletas de tiburón. Y llevaba la ropa —la chaqueta de pana con coderas, los vaqueros cuya raya se perdía en bolsas informes por debajo de las rodillas, las sandalias de cuero— con el talento que Stendhal atribuye a veces a las damas al apearse de su carruaje. Se llamaba Théo. Tenía diecisiete años.

Su hermana Isabelle era hora y media más joven. Llevaba un sombrero acampanado y un boa de suave piel de zorro blanco que, cada cinco minutos más o menos, se echaba al hombro con la misma negligencia que si se tratara de la toalla de un boxeador.

Pero estaba tan lejos de ser una de esas jovencitas con cabeza de chorlito para quienes tales accesorios representan una manera de ir a la última como lo estaría un atleta que corriera al lado de otro, codo con codo, pero llevándole una vuelta de ventaja. Desde niña no se había puesto nada nuevo. Para ser más exactos, nunca había abandonado el capricho infantil de engalanarse con los vestidos de su abuela. Había crecido con aquella ropa y la había hecho suya.

Las jovencitas con cabeza de chorlito se la quedaban mirando, preguntándose cómo lo conseguía. El secreto era que no utilizaba espejos. Isabelle decía con altivez: «Mirarse en un espejo es vulgar. Los espejos están para mirar a otros».

No era a su hermana, sino al joven que caminaba a su lado, a quien Théo había dirigido la pregunta. Aunque Matthew, con dieciocho años, era el de más edad de los tres, parecía el más joven. Tenía la ligereza de un peso pluma y no se había afeitado nunca. Con sus vaqueros bien planchados, su jersey mínimo y ceñido y sus playeras blancas, parecía caminar de puntillas sin hacerlo en realidad. Tenía las uñas en carne viva de tanto mordérselas y la costumbre obsesiva de golpearse la punta de la nariz con un dedo índice muy corto y cuadrado.

Hubo una vez un fauno que se acercó a un lago de montaña para beber, pero fue incapaz de hacerlo porque se volvía, una y otra vez, para asegurarse de que ninguna presencia hostil lo acechaba por los alrededores. Finalmente murió de sed. Matthew podría haber sido aquel fauno. Incluso en reposo, sus ojos miraban a izquierda y derecha, recelosos.

Norteamericano, aunque descendiente de inmigrantes italianos, procedía de San Diego. Era la primera vez que abandonaba su hogar. En París, donde estudiaba francés, se sentía tan torpe como un extraterrestre. Consideraba su amistad con Théo e Isabelle —una amistad que había madurado a la sombra blanca de la pantalla de la Cinémathèque— un privilegio que no se merecía y vivía con el temor de que, a la larga, sus amigos llegaran a la misma conclusión.

También le aterraba el hecho de que no había leído a fondo la letra pequeña de su relación. Olvidaba que la verdadera amistad es un contrato en el que no cabe la letra pequeña.

Un hombre solitario sólo piensa en la amistad, de la misma manera que un reprimido sólo piensa en el sexo. Si a Matthew le hubiera concedido un deseo su ángel de la guarda, habría solicitado una máquina, todavía por inventar, que permitiera a su poseedor saber dónde estaba cada uno de sus amigos en un momento determinado, qué era lo que hacía y con quién lo hacía. Pertenecía a la raza de los que merodean bajo la ventana de la amada de madrugada y se esfuerzan por descifrar las sombras fugaces que pasan por detrás de las persianas venecianas.

En su San Diego natal, antes de trasladarse a París, su mejor amigo había sido un jugador de fútbol americano, un joven bien parecido, de facciones simétricas estropeadas por una nariz rota. Aquel amigo suyo lo invitó una vez a pasar la noche en casa de sus padres. Su habitación se hallaba en completo desorden. La cama estaba cubierta de camisetas y calzoncillos sucios. De las paredes colgaban un póster de Bob Dylan y un banderín universitario. Un montón de juegos de mesa ocupaba un rincón. Del último cajón de una cómoda el amigo sacó un sobre grande de color beis cuyo contenido extendió sobre la alfombra: fotografías de textura lechosa, recortadas de revistas de moda y de deportes, que mostraban a jóvenes, en su mayoría de perfil, todos ellos en distintos grados de déshabillé. Matthew, turbado, creyó que su amigo le hacía una confesión y que, en consecuencia, se esperaba de él una confesión similar. De manera que reconoció lo que no había entendido acerca de sí mismo hasta aquel preciso instante: que también a él le excitaba la belleza masculina, los muchachos desnudos con pezones como estrellas.

A su mejor amigo le repugnó aquella revelación no solicitada. Sus padres le habían ofrecido una operación de cirugía estética como regalo por sus dieciocho años. Lo que Matthew había interpretado como imágenes eróticas eran una antología de narices. Con el corazón saliéndosele del pecho, Matthew regresó a su hogar a medianoche.

Decidió que nunca más caería en semejante trampa. Por fortuna, la puerta del armario del que había salido momentáneamente resultó ser giratoria. Como el jugador de fútbol no deseaba en absoluto revelar su propio secreto, no dijo una palabra sobre la indiscreción de su amigo.

Matthew empezó a masturbarse, una, en ocasiones dos veces al día. Para provocar el orgasmo evocaba imágenes de jóvenes zanquilargos. Luego, exactamente cuando la represa estaba a punto de rebosar, se obligaba a pensar en chicas. Aquella súbita inversión llegó a convertirse en hábito. Como un niño a quien se lee un cuento de hadas, sus orgasmos solitarios no aceptaban ya la más mínima desviación del guión establecido de antemano, y fracasaban ignominiosamente si por desgracia omitía el brusco giro en el momento culminante.

Hay fuego y fuego: el fuego que quema y el fuego que da calor, el fuego que incendia el bosque y el que hace dormirse al gato. Lo mismo sucede con la autoestimulación. El miembro que en otro tiempo parecía una de las maravillas del universo pronto se hace tan casero como una zapatilla vieja. Matthew y él dejaron gradualmente de excitarse.

Para reavivar el deseo construyó un sistema fundado en la misma metedura de pata que había desbocado su corazón. Como buen católico, se confesaba todas las semanas en la iglesia británica de la avenida Hoche.

La confesión era su vicio. Declararse culpable de sus pequeñas miserias le excitaba más de lo que nunca antes le había excitado practicarlas. La humedad fría del confesionario conseguía casi siempre provocarle una erección. En cuanto al necesario frotamiento, lo provocaba la deliciosa turbación que sentía al tener que relatar el número de veces que «se había tocado».

Porque es más fácil acusarse en confesión de un asesinato que de masturbarse. Un asesino tiene garantizado que se le escuche con respeto. Para el sacerdote ese día adquiere sentido.

 

¿Amaba Matthew a Théo y a Isabelle? A decir verdad, se había enamorado de cierta faceta que compartían los dos por igual, de algo que tenían en común, aunque no fueran gemelos idénticos, de algo que aparecía de repente en un rostro, luego en el otro, y que dependía de una expresión o de un efecto de luz o del ángulo en que inclinaban la cabeza.

Como es lógico, nunca hablaba con ninguno de los dos de la avenida Hoche. Habría preferido morir antes que confesar que iba a confesarse.

 

—¿Has visto la de King?

—Sí, sí, creo que sí.

—¿Y bien?

—No la recuerdo como nada especial. Ni punto de comparación con la de Borzage.

Cuando Théo hablaba de «la de King», se refería a El séptimo cielo, un melodrama realizado en los años treinta por un director de Hollywood llamado Henry King. La misma historia había sido filmada antes por otro director, Frank Borzage, pero era la versión de King la que se disponían a ver. Durante el mes de marzo, la Cinémathèque programaba una retrospectiva de su obra.

Pero ¿por qué querían ver aquellos tres una película que, según Matthew, no era nada especial? Lo cierto es que les hubiera resultado tan impensable dejar de verla como al lector habitual de un periódico anular su suscripción por un ejemplar sin noticias de interés. No estaban allí para juzgar. Se consideraban, más bien, amigos, o invitados, de la pantalla blanca, que se convertiría, durante noventa minutos más o menos, en algo semejante a una embajada, en parte del suelo americano.

 

Mientras recorrían juntos el camino hacia la Cinémathèque hablaban de su interés dominante, es decir, de cine.

La conversación de los «ratones» era indescriptible. Hasta Matthew, para quien semejantes términos en inglés estaban de ordinario reservados para Miguel Ángel, Shakespeare y Beethoven, sucumbía a la tentación cinéfila de calificar una película medio decente de sublime y cualquier otra un poco mejor de obra maestra. Había, sin embargo, algo no del todo convincente en cómo aquellas palabras salían de sus labios. Matthew no lograba descifrar si había que colocarlas entre las pinzas irónicas de las comillas, de la misma manera que alguien poco acostumbrado a comer fuera de casa vacila ante un despliegue excesivo de cuchillos y tenedores. No entendía que las palabras, como el dinero, están sujetas a una tasa de cambio fluctuante y que, en la Cinémathèque, lo sublime y la obra maestra se habían convertido desde hacía mucho tiempo en moneda sobrevalorada.

Sólo quienes tienen que traducir ideas de un idioma a otro serán sensibles a tales matices. Para Théo e Isabelle la discrepancia nunca se planteaba. De ahí que hubiera, a oídos de Matthew, algo realmente admirable en la facilidad con que sus amigos lanzaban de aquí para allá aquellos superlativos, haciéndolos tan ligeros como pelotas de bádminton.

Deslumbrado, tenía miedo de quedarse muy atrás, de que en comparación con el lirismo de los gemelos, su insípido entusiasmo les pareciera condenable por lo tibio de sus elogios. De manera que optaba por estar completamente de acuerdo con ellos. Decidió que su papel era estar de acuerdo.

Si a Isabelle le halagaba su actitud no lo demostraba lo más mínimo.

De hecho, Matthew se mostraba de acuerdo con la última observación de Isabelle mientras se acercaban a la entrada de la Cinémathèque.

—Mi pequeño Matthew —le respondió Isabelle de inmediato en tono cortante—, cuando dos personas están de acuerdo, una de ellas sobra.

A Matthew se le nubló la cara, aunque no ignoraba que tendría que seguir estando de acuerdo con Isabelle. Era como el jugador que prefiere perder el balón con el equipo que gana a marcar un gol con los que pierden.

—Nunca lo había pensado —respondió, impotente—, pero tienes razón, desde luego.

Isabelle se lo quedó mirando.

—Dios del cielo, eres incurable.

—Deja de pincharlo —la reprendió Théo—. ¿No ves lo mal que lo pasa?

—Tonterías. Le encanta. Recibe el castigo con glotonería; no, como un gourmet.

Matthew se quedó mirando a aquella terrible jovencita a la que amaba a su manera.

—Me desprecias, lo sé —dijo.

—Au contraire —replicó ella—. Me pareces tremendamente encantador. Nos lo pareces a los dos. Eres de verdad la persona más encantadora que conocemos. ¿No es cieno, Théo?

—No le hagas caso —dijo Théo—. Es una arpía. Respira ella sola todo el aire que tiene alrededor.

Acababan de llegar al jardín de la Cinémathèque.

 

A primera vista, la escena con la que se enfrentaban era idéntica a la que se repetía allí noche tras noche a la misma hora. Pero sólo a primera vista. Algo había cambiado. Los «ratones» no hablaban de cine.

Aprensivo, Théo se adelantó a los otros hasta llegar a las puertas de la Cinémathèque. Estaban cerradas a cal y canto. De ambos lados del candado colgaba, en medio círculo, una gruesa cadena de acero que le recordó las ostentosas leontinas que, en las películas soviéticas de propaganda, lucían los capitalistas, siempre gordos. En el centro estaba colgada, torcida, una cartulina escrita a mano que decía «Fermé».

Théo bajó las escaleras de dos en dos y echó una ojeada a través de los barrotes. Dentro, el vestíbulo estaba a oscuras. No había nadie en la taquilla. En el suelo, sin barrer, se veían por todas partes trozos de entradas. Las cámaras oscuras y las linternas mágicas, con sus gaviotas de papel, sus atletas desnudos y sus amazonas condenadas a saltar eternamente a través de una sucesión de diminutos aros de metal, permanecían imperturbables.

Théo miró como debió de hacerlo Newton en el momento en que cayó la manzana, o en el que se le hizo la luz en el cerebro. Un drogadicto al que se le negara su dosis diaria no habría tenido una expresión más espantable en el rostro.

—Salut.

Théo se volvió bruscamente.

Era Jacques, uno de los más fanáticos de los «ratones», que poseía los peculiares rasgos de un galgo disoluto. Con el largo chaquetón de ante lleno de manchas, la abultada bolsa que le colgaba del hombro, las botas embarradas, el rostro blanco de cocaína y el pelo horriblemente enmarañado, parecía un espantapájaros al que hubieran asustado unos cuervos.

—Salut, Jacques.

—Escucha, Théo, ¿podrías…?

Théo, sabedor de que Jacques iba a pedirle unos francos, lo interrumpió.

Aunque se trataba de un ritual conocido, Jacques no era un pedigüeño ordinario. Siempre solicitaba «una ayuda para el montaje de mi película». Aunque nadie la había visto, cosas más extrañas habían sucedido y se habían conseguido obras maestras con menos dinero del que Jacques debía de haber gorroneado a sus amigos cinéfilos a lo largo de los años.

Últimamente los sablazos le resultaban más difíciles. Uno de los «ratones», como sabía que de manera habitual Jacques rebuscaba en los cubos de basura de la plaza del Trocadéro, había comprado en Pigalle una revista pornográfica y había dibujado, en la más lasciva de las fotografías, un globo de tira cómica sobre los genitales abiertos de la modelo, y dentro había escrito «bonjour, Jacques» en letra de trazos delgados e inseguros. A las seis y media, de camino a la Cinémathèque, el «ratón» lo había colocado donde tenía la seguridad de que Jacques se lo apropiaría al abandonar el lugar a medianoche, después de la última proyección.

Desde aquel incidente, que salió a pedir de boca, Jacques se había exilado de la primera fila y apenas intercambiaba una sola palabra con sus antiguos amigos. Théo sabía perfectamente que era el único a quien seguía pidiendo dinero, pero conservaba cierto afecto por aquel ser lastimoso al que había conocido en tiempos mejores.

Isabelle, por su parte, no quería saber nada de él. Insistía en que estaba sucio y olía mal.

—Si la mierda cagara —le decía a Théo—, olería exactamente como ese amigo tuyo.

 

Las noticias de Jacques eran terribles. Habían echado a Langlois. Henri Langlois, el creador y director de la Cinémathèque, a quien Cocteau llamara en una ocasión «el dragón que guarda nuestro tesoro», había sido cesado por Malraux, ministro de Cultura del general De Gaulle.

—¿Qué quieres decir con que lo han echado?

—Es todo lo que sé —replicó Jacques, que todavía buscaba la manera de pedir dinero prestado a su amigo—. Se ha ido, y la Cinémathèque está cerrada hasta nueva orden. Pero, escucha, Théo…

—¿Por qué iba a hacer Malraux una cosa así? No tiene sentido.

—Bah, lo de siempre. El caos, el desorden, la megalomanía.

Théo ya había oído antes todo aquello. Se decía de Langlois que tenía cajas de películas en la bañera, que había extraviado clásicos irreemplazables; pero también que, durante la guerra, en lugar de paracaidistas, como otros, había rescatado copias de películas.

Era un director excéntrico. Su idea de guardar el tesoro era darlo a conocer. Le gustaba enseñar las películas. Creía que era bueno pasarlas por el proyector. En eso se diferenciaba del tipo de archivero que cree que la proyección perjudica al film, lo que no es muy diferente de decir que sonreír es perjudicial para el rostro.

Sin embargo es totalmente cierto: la proyección, como el sonreír, produce arrugas. Los enemigos de Langlois lo acusaban de dilapidar el patrimonio de la nación. Las películas, decían, ya no se guardan en bañeras.

 

Théo, que nunca leía los periódicos, quería ahora comprar uno con urgencia. Detalles, necesitaba detalles. Se sacó maquinalmente un puñado de monedas del bolsillo y se las puso a Jacques en la mano sin examinarlas antes. Al pensar en la noticia que acababa de recibir, casi podía imaginar que estaba pagando a un confidente.

Isabelle no perdió la calma ante el giro que tomaban los acontecimientos.

—No me lo creo —afirmó con convicción de clarividente—. Tiene que haber un error. A Langlois lo han reñido por alguna infracción sin importancia. La Cinémathèque estará abierta mañana. Quizá esta noche a última hora.

Actuaba como quien oye un disparo y se tranquiliza diciéndose que es el escape de un automóvil.

—Escucha, Isa —dijo su hermano—. Quítate ese horroroso zorro muerto de los oídos y escucha por una vez. Te estoy contando lo que me ha dicho Jacques.

—¿Qué sabe Jacques?

—La noticia viene de Víctor Peplum. —Víctor Peplum era otro de los «ratones», así bautizado por su devoción por las películas italianas de romanos de bajo presupuesto, de las que presentan a musculosos Macistes y Hércules en el proceso de contraer obscenos bíceps bajo primorosas togas—, y Peplum se ha enterado por uno de los acomodadores.

—Ya verás como tengo razón —dijo Isabelle, golpeándose un lado de la nariz con el dedo índice.