Soñadores

Gilbert Adair · Capítulo 8 de 8

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Soñadores

Epílogo

 

La primera versión de la novela que acaban ustedes de leer se publicó en 1988 con el título The Holy Innocents [Los santos inocentes]. Era también mi primera novela, de la que, si bien la acogida de la prensa había sido buena en su conjunto —unos cuantos comentaristas se deshicieron en elogios, otros pocos se mostraron desdeñosos, la mayoría, ni una cosa ni otra—, yo estaba, por varias razones, profundamente descontento en el momento de su publicación, y he seguido estándolo desde entonces. Tanto que cuando, casi de inmediato, mi agente recibió una oferta de una productora cinematográfica, le dije categóricamente que la rechazara. Y cuando, a lo largo de los años, hubo productores que siguieron manifestando interés, pedí que ni siquiera se me informara de quiénes eran ni de lo que ofrecían. (Soy, en este sentido concreto, una de esas personas que dicen amén a todo, porque me resulta más fácil decir que sí que decir que no).

Mi agente respetó mi petición hasta la primavera del 2001, cuando por fin cedió. Le pareció (y dio la casualidad de que estaba en lo cierto) que me gustaría saber no sólo que había recibido una oferta de Jeremy Thomas, con mucho el más audaz y menos provinciano de los productores británicos contemporáneos (¡Feliz Navidad, Mr. Lawrence!, El último emperador, Crash, entre otras), sino que la había hecho en nombre de Bernardo Bertolucci, un director por quien yo sentía enorme admiración.

Acepté la oferta y también la sugerencia, de Bernardo y de Jeremy, de que escribiera la adaptación: acepté la oferta porque no se me ocurría otro director en todo el mundo que tuviera más afinidad con los temas de la novela que Bernardo; y acepté la sugerencia porque me daba la oportunidad, en simultaneidad con el guión que se me encargaba, de reescribir —o, más bien, como en un palimpsesto, de borrar— la primera versión de la que estaba tan poco satisfecho. (No hay que olvidar además —seamos honrados— que iba a ganar mucho dinero). El nuevo título, diferente, Soñadores, es mío, pero el impulso para abandonar el original vino de Bernardo, a quien le disgustaba tanto como había llegado a disgustarme a mí. Fue el primero de innumerables cambios.

La película de Bernardo existe ya. Si el lector la ha visto, se dará cuenta de que este libro, aunque más próximo a la película que la primera versión, no es en absoluto lo que suele denominarse una «novelización». Eso es deliberado. Y quizá logre explicarlo mediante una breve y caprichosa analogía. Si uno lleva pantalones de color gris oscuro, pongamos por ejemplo, y una chaqueta que también es gris, pero no exactamente el mismo gris, el resultado parece torpe e inelegante, casi como si se tuviera la esperanza de hacer creer que el conjunto es un traje completo. Mejor llevar una chaqueta de un color completamente distinto. Lo mismo es aplicable a una novela y su adaptación cinematográfica.

Eso es lo que sucede con mi novela y la película de Bernardo. Quizá sean gemelas, pero —como en el caso de Théo e Isabelle, mis gemelos de ficción — no son idénticas.

 

G. A.

Abril de 2003

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