Soñadores
Capítulo 2
Mientras tanto los cinéfilos se habían dispersado para beber menthes a l’eau en alguno de los cafés que bordeaban la plaza del Trocadéro. En el jardín la luz se había suavizado, igualándose, sin un asomo de brisa que perturbara su brillo uniformemente distribuido. Envueltos en aquella media luz —a su vez barrida a intervalos regulares por otra más concentrada, proveniente de la Orilla Izquierda del Sena: el cono luminoso que se balanceaba como un giróscopo en lo alto de la Torre Eiffel— los arbustos habían empezado a producir alas imprecisas, como de murciélago.
Cerca de la entrada de la Cinémathèque una pareja muy joven, incongruentemente bronceada, los dos vestidos con abrigos grises de tela gruesa y boinas escocesas de lana, se abrazaba en un banco. Imagínense hermanos siameses unidos por los labios. Indiferentes al mundo que, según afirma la tradición popular, hacían girar, reajustaban repetidamente el ángulo del cuello, los hombros, los brazos, como acróbatas que se preparasen para un triple salto mortal. Sus manifestaciones amorosas eran tan primitivas y espontáneas que un antropólogo las podría haber confundido con algún rito tribal de paso: la danza nupcial de dos aborígenes.
Matthew se estremeció. La tez luminosa de los amantes hizo que se sintiera descolorido.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
Primero comerían, en la explanada del Trocadéro, los sándwiches que habían traído para la velada.
En la pendiente que desciende desde la explanada misma hasta la orilla del Sena alguien había colocado, a distancia uniforme, una hilera de botellas de coca-cola entre las que, a velocidades terroríficas, hacían eslalon los patinadores, encorvando el cuerpo como si fuera un cascanueces y deteniéndose antes de caer de cabeza al río mediante el arabesco de un derrape en el último segundo. Con un chaleco azul muy fino y pantalones vaqueros cortados por encima de la rodilla, un altísimo y esbelto limpiabotas negro, con una piel bien bruñida que era el mejor anuncio de su oficio, después de dejar a un lado su caja de utensilios, se había puesto un par de patines y había empezado a deslizarse majestuosamente en círculo, muy erguido, los brazos alzados hasta la horizontal a ambos lados del cuerpo, muy hermoso, en la postura de un Jesucristo negro crucificado. Un vello sedoso y brillante brotaba de las axilas de la Cruz.
Los amigos encontraron un sitio protegido que dominaba la escena, se sentaron allí y balancearon las piernas en el aire mientras se comían los sándwiches.
Fue Isabelle quien habló. De la misma manera que los monjes trapenses hacen voto de silencio, Isabelle había hecho voto de conversación, y empezó a comentar el espectáculo que se extendía a sus pies. Jugaba a ser Dios.
Mirando con insolencia a una adolescente de piel aceitunada, ojos como canicas marrones y una sombra de bigote, dijo:
—Vamos a ver: penséis lo que penséis de ella, y concedo que no les guste a todos, no me imagino a Dios creando el mundo sin incluir al menos un ejemplar de ese tipo, ¿no?
O, de un jovencito soñador, rubio y con gafas de montura transparente que suavizaban quizá una mirada demasiado penetrante:
—Le habría dado unos pómulos más delicados, quiero decir, si fuese Dios, pero, de todos modos, el efecto de conjunto no está mal, pero que nada mal.
O también, de una sorprendente pareja que paseaba cerca de las fuentes, dos hermanos albinos y en apariencia ciegos, gemelos idénticos, cumplidos los treinta, ambos vestidos exactamente igual, los dos provistos de un bastón blanco con el que golpeaban el suelo al unísono, izquierda, derecha, izquierda, derecha, tan conjuntados como miembros de una guardia:
—¡Vaya! ¡He de reconocer que nunca había pensado en eso!
Empezó a llover. Isabelle, que no soportaba «que el clima la tocase», insistió en utilizar el metro, aunque sus dos acompañantes habrían preferido recorrer los muelles del Sena.
Al salir del metro en la plaza del Odéon, Matthew dejó a sus amigos y regresó solo hasta la habitación de su hotel en el Barrio Latino, un inmueble rodeado de florecientes tiendas de pantalones vaqueros, minúsculos cines de arte y ensayo que prosperaban con una dieta espartana de Bergman y Antonioni, y charcuterías tunecinas donde, por un par de francos, te vendían un kebab de cordero o de carnero y un pegajoso dulce con relleno de miel apelmazada o sabor a limón. La banda sonora del patio era de película neorrealista italiana: música de baile, llantinas de bebés, las notas del Para Elisa en un piano desafinado.
El sueño es un espíritu que, como la mayoría de los espíritus, llega a depender de la escenificación de la sesión de espiritismo: las lámparas cubiertas, las cortinas echadas, la paciencia y el silencio. Depende también de la credulidad del durmiente, de su buena disposición para creer que, al cabo de unos minutos, si pone la casa en orden antes de marcharse, caerá en un trance autoprovocado. Sólo entonces consiente ese espíritu en desprender el ectoplasma opaco y terrible de los sueños.
Matthew desconfiaba de las ocultas tentaciones del dormir. Aquella noche, sin embargo, soñó. Su sueño se confundió con un recuerdo, el recuerdo de estar en Londres, el año anterior, de camino hacia la Galería Nacional.
Se encontraba en una isla peatonal de Trafalgar Square. En la acera de enfrente, delante de la pinacoteca, un muchacho (¿americano?, ¿alemán?, ¿sueco?) de un atractivo físico incomparable esperaba para cruzar. A Matthew se le llenaron los ojos de lágrimas, la clase de lágrimas que sólo provoca una manifestación de belleza del todo extraordinaria y que, como líquidos incompatibles dentro de un tubo de ensayo, nunca se mezclan con otros menos densos. Matthew no tenía ni la más remota sospecha de lo que se le venía encima. Porque sólo cuando el joven empezó a cruzar la calle, vio la descoordinación de sus extremidades. Atacado por una dolencia neurológica, caminaba como un payaso de astracanada, y lanzaba absurdamente las rodillas hacia fuera al avanzar.
Las dos especies de lágrimas incompatibles se mezclaron de repente en los ojos de Matthew. Sacudido por la compasión hacia aquel monstruo deslumbrante, quiso dar un paso adelante, sujetarlo por los hombros, besarlo en la frente y ordenarle que caminara erguido. Hecho lo cual, desaparecería entre la multitud sin ser visto, mientras muchas personas, atónitas ante el milagro, se ponían de rodillas en oración. Dicho de otra manera, Matthew tenía complejo de Jesucristo, una categoría psíquica sin codificar pero no por ello inexistente.
Hasta ahí el recuerdo. Después era el sueño el que mandaba.
En él, Matthew se apresuraba a defender al muchacho contra los transeúntes que se burlaban de él. Exclamaba: «¡Pero el corazón lo tiene en su sitio!»; lo cual sólo servía para que los viandantes gritaran: «¡No, no lo tiene en su sitio! ¡Nada de eso!». Luego veía que el muchacho estaba subido en lo más alto de la columna de Nelson, y blandía la pantalla de la Cinémathèque como si fuera una gran bandera amarilla de cuarentena. Matthew ascendía por la columna que se balanceaba. Desde el suelo, a mucha distancia, la multitud lo apedreaba, incitados por Théo e Isabelle, los rostros deformados por la rabia. Matthew coronaba su escalada. En rápida sucesión, el joven se convertía en Nelson, en Napoleón, para volver a ser él. Sobre la pantalla aparecía entonces la marca de las películas Paramount: una montaña nevada rodeada por una tiara de estrellas. Luego se oyó un disparo, lo que provocó que Matthew y el muchacho ascendieran juntos al cielo en un prolongado fundido, aureolados por las estrellas de la Paramount, como la Virgen y el Niño de Zurbarán.
Se oyó un segundo disparo. Era el teléfono. Matthew consultó el reloj de la mesilla de noche. No había dormido más de siete minutos. Théo llamaba para decir que, después de despedirse en la plaza del Odéon, se había acordado de comprar Le Monde.
El asunto Langlois ocupaba toda la primera plana.
Los tres jóvenes estaban tan concentrados en la pantalla de la Cinémathèque, que habían permanecido completamente ajenos a lo que sucedía detrás. El golpe de Estado se había preparado con la profesionalidad de una incursión de comandos. El cierre de aquella tarde sólo había sido el golpe de gracia, provocado por montones de telegramas de directores de todo el mundo que habían donado copias de sus películas a Langlois y que se negaban a autorizar cualquier proyección si Henri abandonaba la Cinémathèque.
De toda aquella andanada Matthew se quedó sólo con un dato, que procedió a formular como un teorema lógico. La Cinémathèque había cerrado sus puertas. Era en la Cinémathèque, y sólo en la Cinémathèque, donde se trataba con Théo e Isabelle. Iba, en consecuencia, a dejar de verlos.
La sombra que arrojaba el teléfono contra la pared tomó la forma de un revólver contra su cabeza.
—¿Quiere eso decir que no os veré mañana?
Se produjo un silencio al otro lado de la línea.
—Quieres decir ¿ir a Chaillot de todos modos?
—No, me refería…
Matthew siempre se había dejado llevar por los acontecimientos. Se contentaba con permitirles que lo llevaran en volandas, como el final de cierta película, ridícula pero conmovedora, que habían visto juntos en la Cinémathèque, donde Edith Piaf ascendía al cielo en el funicular de Montmartre mientras la palabra Fin se acercaba velozmente hasta el primer plano de la pantalla como la luz al final de un túnel. En todo lo relativo a elegir la película que ver, el restaurante donde comer o la decisión que tomar, siempre les había dejado la iniciativa a los hermanos. Ahora, por vez primera en su relación, iba a hacerle una propuesta a Théo.
—¿No podríamos vernos por la tarde? ¿Quizá para tomar algo?
El teléfono como ojo de la cerradura. El oído, espía de la voz. Théo, a quien nunca se le había ocurrido que pudiera verse con Matthew en otro sitio que en la Cinémathèque, se dio cuenta de que había captado una ligera señal de angustia.
—Bueno… —respondió, dudoso—. Tendría que faltar a una clase. Pero… de acuerdo. En la Rhumerie a las tres. ¿Sabes dónde está?
Su tono era el de alguien que da órdenes sin pararse a pensar si serán obedecidas, de alguien que hace esperar a la gente, sabedor de que esperará.
—¿La Rhumerie? ¿Boulevard Saint-Germain?
—A las tres allí. Ciao.
La comunicación se interrumpió. Matthew se subió la colcha hasta la barbilla y cerró los ojos. Su amistad con Théo e Isabelle era un ejercicio en la cuerda floja. En aquella ocasión había llegado sano y salvo al otro lado.
En la calle oyó el gemido nada melodioso de un coche patrulla.
La espera. Matthew esperaba. Llevaba desde las tres menos diez en uno de los asientos de mimbre de la terraza cerrada, de color pardo, de la Rhumerie, tomándose con toda la calma del mundo un ponche caliente. Eran las tres y cuarto. Al menos eso decían las agujas del reloj situado al otro lado del bulevar. Matthew, que tenía muñecas finas, frágiles y cuadradas, nunca llevaba reloj de pulsera: la hebilla y la correa le apretaban las venas y le hacían sentirse tan mareado como si un médico le tomara el pulso sin interrupción. De manera que estaba obligado a fiarse de los relojes de la calle. Y se quedaba tan convencido de que el primero que encontraba le daba la hora correcta que, incluso aunque todos los relojes posteriores contradijeran aquella información, seguía dándola por buena.
La espera. Para la persona que aguarda, la paradoja de Zenón, que niega la conclusión de cualquier movimiento, tiene más de experiencia vivida que de paradoja. Matthew vivía la paradoja. Para que Théo abandonara el piso de sus padres en la calle del Odéon y recorriera la corta distancia hasta la Rhumerie (se dijo), tendría primero que llegar al bulevar Saint-Germain. Pero, antes de llegar al bulevar, debería cruzar la plaza del Odéon y, antes, recorrer la calle del Odéon y, todavía antes, bajarse de la acera…, y así sucesivamente, hasta el momento en que aún seguiría, paralizado, en el umbral de su dormitorio, con un brazo metido a medias en la manga de la chaqueta.
Mientras esperaba, Matthew se fijó en un grupo de jóvenes americanos de ambos sexos que pasaban por delante del café, encorvados bajo el peso de las mochilas. Con sus chales y sus caftanes, mocasines, gafas de colores, guitarras, cantimploras de cuero y niños desconcertados a remolque, sabían sin duda que debían reunirse en el cruce del bulevar Saint-Germain con el de Saint-Michel. Era su reserva. Allí aspiraban felices el humo de sus porros de marihuana, que se pasaban como si fueran la pipa de la paz. Y era tan difícil imaginarlos en cualquier otro quartier que uno estaba tentado de creer que sus aviones chárter aterrizaban directamente en la plaza Saint-Michel, rodando hasta detenerse entre la fuente y los revendedores árabes, que distribuían hachís desde un bolsillo y billetes de metro con descuento desde el otro.
Ya eran las tres y veinte. Según un proverbio chino, cuando haces esperar a alguien le das tiempo para que revise tus defectos. Lo típico de Matthew era, por el contrario, repasar los suyos. Porque, pensaba, eran sus defectos, más que los de Théo, lo que impedía a este último llegar a tiempo a la cita. Isabelle lo aplastaba sin remedio. Cuando estaba con ella, siempre se acordaba demasiado tarde de lo que tenía que haber dicho. Mientras que la superioridad de Théo no era de la clase que le hacía sentirse insignificante.
Aunque aquello sólo era verdad a medias. Había momentos, desde luego, en los que Théo y él hablaban como iguales, y Matthew se permitía incurrir en las conversaciones delirantes de los cinéfilos con menos inhibiciones que cuando Isabelle estaba presente. Pero incluso en esos casos, una Isabelle espectral, tan incorpórea que llegaba casi a ser invisible, tomaba posesión de su hermano, como en uno de esos montajes fotográficos en los que dos perfiles se superponen para producir un tercer rostro, tercer rostro que se veía en su totalidad, y era el de un perfecto desconocido.
Matthew amaba a aquel desconocido. Pero su amor lo debilitaba. Se descubría tartamudeando como un tímido mozuelo en alguna farsa pueblerina. La frase más sencilla se convertía en un trabalenguas.
Aún seguía esperando. La euforia sentida la víspera al colgar el teléfono se había esfumado. Estaba otra vez en la cuerda floja, extendida sobre un nuevo abismo. Eran casi las tres y veinticinco.
En la acera, delante de la Rhumerie, un músico callejero, un joven violinista marroquí, tocaba, más o menos hábilmente, la balada de «Vilja», de La viuda alegre. Matthew se dedicó a estudiarlo. De cuando en cuando, siempre que concluía una frase de la melodía, la recuperaba en el último instante con un golpe de arco, envolviéndola con su violín como si fuera una de esas tiras de caramelo blando que cuelgan en las verbenas de los pueblos.
Aunque sonreía mientras tocaba, hacía que otros se sintieran melancólicos sólo por pensar en él. Llevaba en su interior el germen de la melancolía como otro puede ser portador de una enfermedad infecciosa, que transmite a los demás sin saberlo ni contraería él.
Aquél era uno de los momentos en los que Matthew estaba más indefenso ante la infección. Se veía como protagonista de un tipo de película que detestaba, un marginado lleno de sensibilidad que se abre paso en solitario por bulevares resplandecientes, iluminados por luces de neón, entre multitudes alegres y bulliciosas que avanzan en dirección contraria. La música de fondo sería interpretada exclusivamente por músicos callejeros, todos ellos a cual más auténtico, reclutados por el director en persona en lo que habría sido una expedición, ampliamente promocionada, por las calles, plazas, parques y pasillos de metro de la ciudad a la caza de talentos. Y el tema musical —«Vilja», precisamente— se transmitiría de instrumento en instrumento, de músico callejero en músico callejero, desde la vieja bruja chalada del Flore, cuya sonrisa era tan amplia y arrugada como su acordeón, al ciego arpista judío cuyo territorio era la plaza Monge, como si persiguiera al protagonista por todo París.
Eran las tres y media cuando Théo se presentó por fin, caminando sin prisa por el bulevar. Y no venía solo. Una Isabelle aburrida había decidido acompañarlo. Llevaba un «trajecito» de preguerra firmado por Chanel que, con notable exceso de puños y botones, era al menos dos tallas más pequeño que ella. Dado que Théo vestía su acostumbrada chaqueta de pana, pantalones de lo mismo y sandalias, los dos alegraron a Matthew al causar sensación entre las matronas de clase media con sus fulares Hermés y su inextinguible reserva de historias de horror farmacéuticas que, junto con algún solitario y lacónico lector de Le Monde o de Le Nouvel Observateur, componían la clientela de la Rhumerie.
Ni Théo ni Isabelle se disculparon por llegar con media hora de retraso, puesto que no se les había pasado por la imaginación que Matthew pudiera haberse marchado. Théo echó una ojeada al menú, e Isabelle, apoderándose de un libro de bolsillo que Matthew había dejado sobre la mesa, empezó a pasar rápidamente las páginas.
—¿Lees a Salinger en italiano? Molto chic.
—Me dijeron que una buena manera de aprender un idioma era leer traducciones de libros que ya te sabías de memoria.
—Qué interesante.
Pero Isabelle no estaba en absoluto interesada. Acababa de descubrir una nueva expresión y la saboreaba con deleite. De ahora en adelante todo lo que antes había sido sublime —una película, un vestido de Worth, un biombo Coromandel— pasaría a ser molto chic. Como a los devotos de la columna que el Reader’s Digest consagra a mejorar el propio vocabulario, que vinculan su reputación de conversadores al número de veces que, en un solo día, encuentran sitio para palabras como plétora, extemporáneo y decadentismo, dejándolas caer como otros presumen de conocer a personas importantes, a Isabelle no le gustaba dejar pasar ninguna frase divertida si le había llamado la atención.
Podía ser una cita. Por ejemplo, la de Napoleón: «La gente está dispuesta a creer cualquier cosa con tal de que no esté en la Biblia», comentario que, pese a no ser cristiana, todo lo contrario, le gustaba citar tanto si venía a cuento como si no.
O bien podía tratarse de un caprichoso nombre de mascota que quedaba ya para siempre incorporado a un objeto. A sus cigarrillos, que eran rusos, de color malva y parecían lápices de labios, los había rebautizado «rasputines». Y si uno de ellos seguía consumiéndose después de varios intentos de apagarlo, decía con una sonrisa tonta, como improvisando: «¡Sencillamente se niega a morir! ¡Es un rasputín!».
Théo y Matthew, por su parte, habían decidido que tomarían el metro hasta Trocadéro a las seis, como si nada hubiera sucedido. Aún existía la posibilidad, por remota que fuera, de que la situación hubiera vuelto a la normalidad. Tenían la esperanza de sorprender al destino.
Ante ellos se extendía una tarde fresca y nublada.
—Podríamos ir al cine —dijo Matthew.
—No hay nada que ver —respondió Théo. Después de retirar con aire taciturno la sombrilla de papel rosa que protegía su helado de los rayos de un sol imaginario y de empujar arriba y abajo su diminuta bóveda palmeada, abriéndola y cerrándola, se sacó del bolsillo de la chaqueta un ejemplar manchado de tinta de L’Officiel des Spectacles y lo arrojó en dirección a Matthew.
—Puedes comprobarlo tú mismo.
Era costumbre de Théo, los miércoles por la mañana, cuando se ponía a la venta la revista, garabatear una estrella junto al título de las películas que ya había visto. En todas las páginas, como descubrió en seguida Matthew, había un sucesión casi ininterrumpida de estrellas.
—En todo caso —prosiguió Théo—, tendríamos que ir a la sesión de las cuatro y eso significa que llegaríamos tarde a la Cinémathèque.
La voz burlona de Isabelle los interrumpió.
—Estás loco.
Théo se puso colorado.
—¿Se puede saber qué te pasa?
—¿No te das cuenta de que te pones en ridículo? ¿De que os ponéis los dos? La Cinémathèque está cerrada. Ce-rra-da. Ir a Chaillot hoy es una pérdida de tiempo y los dos lo sabéis. Si no fuerais tan cobardes, compraríais un periódico y os ahorraríais el precio del billete de metro.
—En primer lugar —fue la respuesta de su hermano—, un periódico cuesta más que un billete de metro. En segundo, fuiste tú la que juraste que, a más tardar, Langlois sería repuesto hoy. Y en tercero, nadie, que yo sepa, te ha invitado a venir con nosotros, de la misma manera que nadie te invitó a salir conmigo de casa.
Aplacado su enfado con Isabelle gracias a la abundancia, la fuerza y la inesperada circularidad de sus argumentos, Théo guardó de nuevo silencio y empezó a juguetear una vez más con la sombrilla.
Isabelle aumentó la presión.
—No, no, claro que voy a ir. Aunque sólo sea para verte la cara cuando te la encuentres cerrada. Qué espectáculo el de anoche. Parecía que ibas a echarte a llorar. ¿No te dio asco, Matthew? ¿No te avergonzaste de que te vieran con él? ¿Has conocido alguna vez a alguien más abyecto? Siento decirlo, pero mi hermano es tan patético como los demás. Como Peplum. Como Jacques. Un fracasado nato.
Matthew no se atrevió a intervenir. Nunca se sentía tan intruso como durante aquellas escenas. Su silencio era el del niño en pijama que, a medianoche, escucha junto a la puerta cerrada del dormitorio cómo sus padres intercambian insultos irreparables.
Théo no había dicho nada durante la invectiva de Isabelle. Pero tiró con tanta fuerza de la palanca del quitasol que terminó por volverlo del revés, como un paraguas en un día ventoso.
—¿Qué quieres decir? —preguntó por fin—. ¿Crees que no debemos ir a la Cinémathèque?
—Por supuesto que vamos a la Cinémathèque —replicó Isabelle—. Nadie se ha planteado nunca no ir. Lo que no soporto es veros a los dos babeando sobre el Officiel exactamente igual que vuestros horrorosos compinches.
—Entonces, ¿qué es lo que propones?
—¿Qué propongo? —respondió ella, haciendo su famosa imitación de Peter Lorre. Para ello se inclinó hacia delante y habló en un susurro casi inaudible, exactamente como en esas secuencias que terminan con un fundido en el momento exacto en que el jefe de los conspiradores está a punto de revelar su plan para obligar al mundo a pagar un rescate astronómico.
Lo que Isabelle proponía era lo siguiente. En el tiempo libre que Théo lograba rescatar de la asistencia a clases y a la Cinémathèque, se dedicaba a inventariar sus películas favoritas en carpetas de anillas que compraba en Gibert Jeune y que, cuando se llenaban, archivaba por orden rigurosamente cronológico. En una de aquellas carpetas tenía recogidas sus cien películas favoritas de todos los tiempos; en otra, los cien mejores filmes de cada año. Las venía confeccionando desde niño, pero había una película hacia la que mantenía una lealtad inalterable, Banda aparte, de Godard, en una de cuyas escenas los tres personajes principales corren por los salones y los pasillos del Louvre en un intento de batir el récord —nueve minutos y cuarenta y cinco segundos—, tiempo mínimo para ver, o echar un vistazo, a la colección de tesoros del museo. La propuesta de Isabelle era que intentaran repetir la hazaña.
A Théo le encantó la idea. Sería un gesto de resistencia, un acto de desafío contra el cierre de la Cinémathèque. Si allí no se podía ver películas, muy bien, estupendamente, las llevarían a las calles. Incluso al Louvre. Riendo tontamente como niños que se embarcan en una travesura, Isabelle y Théo arrancaron una esquina del mantel de papel de la mesa a la que estaban sentados y prepararon el mejor itinerario.
Matthew aconsejó prudencia en vano. Le preocupaba que él, como extranjero, corría el riesgo de encontrarse en una situación muy incómoda si los detenían. Se veía ya devuelto a su casa de San Diego, avergonzado, abandonados sus estudios, su futuro comprometido. Para él el cine era bello porque limitaba su poder insidioso al rectángulo mágico de la pantalla blanca. Matthew era como una de esas personas que visitan las verbenas como espectadores divertidos pero pasivos, siempre con el temor secreto a que llegue el momento en que sus compañeros más bulliciosos los obliguen a montarse en la montaña rusa.
Pero Théo e Isabelle se habían aliado contra él. Como cualquier pareja, unida de la manera que sea, formaban un águila de dos cabezas, que tan pronto se sacaban los ojos como se frotaban afectuosamente el pico. Dos contra uno —o, más bien, dos contra el mundo—, los hermanos barrieron sus objeciones.
—¿Es que no lo veis? —dijo Matthew—. Si nos pillan, me deportarán.
—No te preocupes, hombrecito —replicó Isabelle—, no nos van a coger.
—Eso no lo sabes.
Isabelle tenía respuesta para todo.
—No los pillaron en Banda aparte y, si batimos su récord, tampoco nos atraparán a nosotros. Pura lógica.
—Escucha, Isabelle, es una idea divertida y de verdad quiero…
—Matthew —dijo Isabelle, mirándolo directamente a los ojos—, esto es una prueba. ¿Vas a pasarla o vas a fracasar? —y, antes de que pudiera replicar, añadió—: Ten cuidado. Mucho depende de cómo respondas.
En la plaza de Saint-Germain-des-Prés actuaba un tragasables delante del café de Flore. Al otro lado de la plaza, esperando la vez para entrar en escena, un gitano joven, vestido con un mugriento traje de Arlequín, muy alto sobre unos zancos, se apoyaba contra la verja de la iglesia. Cuando pasaron junto a él, cruzó los zancos tan despreocupadamente como si cruzara las piernas.
Demasiado desmoralizado para volver a protestar, Matthew siguió a sus amigos primero por la Rue Bonaparte y luego por la Rue des Beaux-Arts. A su derecha, mientras se acercaban al Quai Voltaire, quedaba la bailarina de Degas con su tutú de metal oxidado; a su izquierda, directamente enfrente, una estatua de Voltaire observaba sus progresos con ojos de piedra llenos de arrugas.
Dos corazones tan ligeros como el corcho, uno tan pesado como el plomo, siguieron por la orilla del Sena y cruzaron el río por el puente del Carrusel. Mientras lo recorrían, un bateau-mouche, deslizándose por debajo, las cubiertas superior e inferior tan alegremente iluminadas como las de un transatlántico en miniatura, desapareció por un lado y reapareció, mágicamente intacto, por el otro.
A lo lejos, sólo un poco más allá de la cuidada simetría de los jardines del Louvre, se alzaba una estatua ecuestre, la de Juana de Arco, su cota de malla brillante bajo el sol. Matthew descubrió de pronto que se había puesto a pensar en sus restos carbonizados al llegarle a las ventanas de la nariz el olor acre de un cohete ya quemado.
De repente, sin previo aviso, Théo e Isabelle cambiaron de velocidad y echaron a correr. Se estaban preparando para el plato fuerte.
Alcanzaron el Louvre ligeramente sin aliento.
—¡Ahora! —gritó Théo.
¡Doblaron esquinas con una pierna en el aire como Charlie Chaplin! ¡Lograron que los vigilantes que sesteaban se despertaran con resoplidos sobresaltados! ¡Dispersaron grupos de turistas que iban en visitas guiadas! ¡Obras maestras relampaguearon a su paso! ¡Vírgenes solas o con el Niño! ¡Crucifixiones! ¡San Antonios y San Jerónimos! ¡Fra Angélicos envueltos en panes de oro como bombones de licor! ¡Putti impertinentes, de narices chatas, que ahuecaban nubes como almohadas y se peleaban como en un dormitorio de internado al apagarse las luces! ¡La Mona Lisa! ¡La Victoria de Samotracia! ¡La Venus de Milo, a quien le rompieron los brazos al pasar a toda velocidad, Isabelle delante de Théo, con Matthew, que, después de un comienzo más lento, avanzaba decidido por el interior! ¡Autorretratos de Rembrandt! ¡Frailes del Greco! ¡La balsa de la Medusa! Luego, ya en la recta final, a la par, los tres juntos, ¡para una foto-finish delante de esas damas semejantes a centauros de La Grande Jatte, que se refugian del puntillismo bajo sus adornados parasoles!
No tropezaron ni una sola vez, no perdieron el equilibrio ni cayeron en brazos de ningún vigilante. Mostraron tanta propensión al milagro como de otros se dice que son propensos a los accidentes. ¡Y mejoraron el récord en quince segundos!
Salieron del Louvre de tres en fondo y no pararon de correr hasta que dejaron atrás los jardines y llegaron al muelle, doblados, apretándose el costado, jadeantes.
La euforia de haberse dejado ir hizo resplandecer los ojos de Isabelle. Con las dos manos agarró a Matthew del cuello.
—¡Ah, Matthew, mi pequeño Matthew, has estado maravilloso! ¡Sencillamente maravilloso! —y lo besó suavemente en la boca.
Théo, por su parte, había sospechado que Matthew se asustaría, que en el último minuto lo atraparían, petrificado por el miedo, en el punto de partida. Encantado de que hubiera superado la prueba, de que no se hubiese desacreditado a ojos de Isabelle, le ofreció fraternalmente la mano.
Matthew, sin embargo, se le adelantó. Quizá porque estaba aún embriagado por las inestables energías animales que la carrera había liberado en él, o quizá, también, porque captó que disponía de una oportunidad que tardaría en repetirse, se puso de puntillas y, de manera impulsiva, besó a Théo.
Su amigo retrocedió. Parecía que estaba a punto de sonrojarse, de decir algo irreparable. Pero se vio interrumpido por Isabelle, que empezó a murmurar en voz baja:
—Uno de los nuestros… Uno de los nuestros…
Su hermano reconoció al instante la alusión. Con una sonrisa, se incorporó a la cantinela:
—¡Uno de los nuestros! ¡Uno de los nuestros!
¿Quién, después de haberlo oído, podría olvidar nunca el siniestro grito solidario de los enanos, de los microcéfalos, de las mujeres barbudas y de los monstruos contorsionistas sin extremidades en el banquete con que se celebra la boda del diminuto Hans con Cleopatra, la voluptuosa trapecista, en La parada de los monstruos, de Ted Browning?
Sobre el horizonte, el faro de la Torre Eiffel, tan inevitable como la misma luna, estaba ya orientándolos hacia puerto. Lonchas de beicon veteaban el cielo. Fortalecida por su curso en historia del arte de nueve minutos y treinta segundos de duración, Isabelle reflexionó en voz alta.
—¿Por qué, cuando la naturaleza imita al arte —dijo—, siempre elige el peor arte para imitarla? Puestas de sol de Harpignies, nunca de Monet.