Soñadores
Capítulo 5
Llovió todo el día y los tres jóvenes se quedaron en casa. Dado que se retiró pronto a su estudio para atender a su inspiración, el poeta no manifestó más interés por el bienestar de Matthew. Su esposa había salido de compras en preparación del viaje a Trouville.
Los varones pasaron el día holgazaneando en el dormitorio de Théo, tan descoyuntados como gatos; charlaron, idearon preguntas sobre películas para poner a prueba la memoria del otro, y actualizaron los álbumes de Théo.
A Isabelle, por su parte, le impacientaban aquellos pasatiempos infantiles. Procedió a leer una novela de Queneau, devorando las páginas como si la última línea de cada una proclamase algún cambio sorprendente, cuyas consecuencias sólo se conocerían al comienzo de la siguiente. De cuando en cuando, desplegaba sus extremidades angulosas, se estiraba hasta alcanzar un pequeño tocadiscos situado sobre la alfombra y colocaba la aguja sobre un disco, invariablemente el mismo tema rayado, Que reste-t-il de nos amours?, de Charles Trenet, al que era adicta.
Ce soir le vent qui frappe à ma porte
me parle des amours mortes
devant le feu qui s’éteint.
Ce soir c’est une chanson d’automne
devant la maison qui frissonne
et je pense aux jours lointains.
Que reste-t-il de nos amours?
Que reste-t-il de ces bonsjours?
Une photo, vieille photo
de ma jeunesse.
Que reste-t-il des billets-doux,
des mois d’avril, des rendez-vous?
Un souvenir qui me poursuit
sans cesse.
Bonheurs fanés, cheveux aux vents,
baisers volés, rêves mouvants,
que reste-t-il de tout cela?
Dîtes-le-moi.
Un p’tit village, un vieux clocher,
un paysage si bien caché,
et dans un nuage le cher visage
de mon passé[1].
Cuando Isabelle se movió para poner la canción de nuevo, en lo que podría ser la novena o la décima vez, su hermano la fulminó con la mirada.
—Si tengo que escuchar ese disco una vez más, juro que lo parto por la mitad.
El asombro abrió desmesuradamente los ojos de Isabelle.
—Charles Trenet te gusta.
—Falso. Me gustaba.
—Escucha lo que dice, Matthew. Théo ha visto Laura ocho veces. ¡Ocho veces! ¿Te das cuenta? Y me ordena que deje de escuchar un simple disco. Bueno, pues no lo voy a hacer.
Tratando de fingir una despreocupada imperturbabilidad, volvió a colocar la aguja en el comienzo.
Después del inevitable ruido crepitante —el disco aclarándose la garganta —, se oyó la voz de Trenet.
Ce soir le vent qui frappe à ma porte
me parle des amours mortes
devant le feu qui s’éteint.
Théo infundió vida a su largo cuerpo perezoso e Isabelle se colocó delante del tocadiscos para protegerlo de su hermano. El choque parecía inevitable. Luego:
Que reste-t-il des billets-doux,
des mois d’avril, des rendez-vous?
Un souvenir qui me poursuit…
Un souvenir qui me poursuit…
Un souvenir qui me poursuit…
El disco se había rayado.
En lugar de aplacar la indignación de Théo, el accidente la exacerbó. Esforzándose por apartarlo con los puños, Isabelle protestó con un agudo chillido de niñita.
—¡Quieto! ¡Espera! Matthew, dime, ¿qué película?
—¿Cómo?
Isabelle aún trataba de apartar a Théo.
—Di una película, arrete, je te dis! Di una película en la que se raya un disco. Tendrás que pagar una prenda si no sabes responder.
—¿Un disco que se raya?
—¡Deprisa, deprisa, o pagarás prenda!
Matthew rebuscó en su memoria y finalmente anunció a bombo y platillo:
—¡Sombrero de copa!
—¿Sombrero de copa?
—¿No te acuerdas? ¿Fred Astaire que baila claqué en su habitación encima de la suite de Ginger Rogers y el disco se raya?
Isabelle reflexionó unos segundos, tratando de obtener una imagen mental de la escena.
—Tiene razón, ¿sabes? —dijo Théo.
—En ese caso, ¡bravo, mi pequeño Matthew! —exclamó Isabelle.
—Pero, Isabelle, ¿cuál habría sido la prenda?
—Ah —respondió ella—, quieres saber demasiado.
Y así fue como empezó el juego.
Isabelle, que insistía en ponerle nombre a todo, incluso a las cosas que no lo necesitaban, lo bautizó como «películas a domicilio». La idea era la siguiente: se ocuparían tranquilamente de sus asuntos, juntos o por separado, leerían, jugarían a backgammon delante del fuego, atribuirían estrellas a las películas enumeradas en L’Officiel des Spectacles —lo que tendía a ser la más aburrida de las ocupaciones—, hasta que uno de ellos, asaltado sin premeditación por algún recuerdo ocioso, se detuviera, representase un fragmento de la acción para los otros dos y exclamase: «¿Qué película?». O: «¿Qué escena?». O también: «Nombrad un personaje que…».
Más tarde, aquel mismo día, por ejemplo, mientras clasificaba recortes de periódicos que había acumulado durante años, Théo colocó encima un pisapapeles de cristal, del tipo de los que, al invertirlos, producen una nevada en miniatura. Luego, con un imprudente movimiento de los hombros, tal vez deliberado, tal vez no, lo derribó sobre la alfombra. Sin darle siquiera la oportunidad de formular la pregunta consiguiente, Matthew e Isabelle exclamaron al unísono:
—¡Ciudadano Kane!
Aquélla era fácil. Pero, con el tiempo, el juego se hizo cada vez más difícil. Otra mañana, en la cocina, podría haberse oído este diálogo entre Matthew y Théo.
—Me pregunto, Théo…
—Querrías, Matthew…
Una pausa, luego:
—Adelante…
—Lo siento. ¿Qué era…?
Nueva pausa.
—Sólo quiero…
—Tenía intención de…
Fue entonces cuando saltó Matthew.
—¡Un título!
—¿Qué?
—Vamos, Théo. Un título, nada más que el título de una película, en la que dos personas insisten en tratar de hablar al mismo tiempo.
Lo que seguía eran protestas mezcladas de: «¡No me lo digas, no me lo digas!», y: «¡Se ha terminado el tiempo! ¡Prenda!», hasta que Théo acertaba con el título o pagaba prenda.
En un primer momento las prendas fueron estrictamente monetarias. Un franco, dos, cincuenta céntimos, dependiendo de los recursos de la víctima o del capricho del vencedor. Pero pronto los tres se aburrieron de aquellas recompensas insignificantes, que, por otra parte, como sus escasos recursos acababan siempre en un fondo común, llegaron a parecerles totalmente sin sentido. No, del mismo modo que una jerarquía de juicios, pruebas y desafíos transformaría el juego, que había empezado de manera tan inocente, con bromas y risitas infantiles, en un sacramento y en una liturgia, las prendas adquirirían, a su vez, una significación completamente nueva.
Volvamos a aquella tarde primera. Théo y Matthew salieron del piso a las cinco en punto. La Mobylette de Théo estaba sujeta con cadena y candado al pie de las escaleras en el vestíbulo del edificio de apartamentos. El plan consistía en que Théo fuera al hotel con Matthew en el asiento trasero, lo depositara a la entrada y regresara a casa, dejando que su amigo hiciera las maletas y volviera al piso por su cuenta en un taxi. Pero Théo haría algo más, un desvío del itinerario que no se había atrevido a explicarle a Isabelle: se proponía pasar por la Cinémathèque para ver si, por casualidad, había abierto otra vez sus puertas. Temeroso de la lengua viperina de su hermana, había exigido de Matthew que guardara el secreto, bajo pena de tortura.
Pero si alguien te suplica que no divulgues una confidencia, casi con toda seguridad la dejará escapar él primero. Y así sucedió en este caso. Tan deprisa, en efecto, que cuando Matthew regresó al quartier des enfants, Isabelle ya estaba al tanto de un secreto que ni siquiera el potro de tortura habría logrado arrancarle. No hace falta decirlo, el cartel de Fermé seguía colgado de la reja de la Cinémathèque.
También Matthew tenía su secreto. Era martes, el día en el que acostumbraba confesarse. Razón por la cual, después de que Théo se alejara a toda velocidad, había seguido en dirección opuesta a su hotel para tomar el metro y presentarse en la avenida Hoche.
Allí, en la iglesia británica, en una capilla frente al confesionario, había una Virgen con un globo terráqueo, semejante a una pelota de baloncesto, bien apretado contra los pliegues esculpidos de la túnica. El rostro, pálido, se inclinaba hacia un lado. El halo, rodeado por una guirnalda de estrellas, parecía un ventilador en movimiento. Los ojos, vidriosos, extraviados, estaban abiertos pero parecían cerrados, como si alguien hubiera dibujado pupilas falsas sobre la superficie de los párpados.
Matthew se arrodilló ante ella y rezó por algo que no se considera materia apropiada para una plegaria, algo que, si llegaba a suceder, le obligaría a confesarse y a arrepentirse.
En vano forcejeó interiormente para no formular, incluso para dejar de pensar aquella petición blasfema. Por desgracia, el problema consiste en que la carne no es débil, sino terriblemente fuerte.
De hecho, la Virgen escuchó su plegaria. Y aunque sus ojos pintados no derramasen lágrimas, los de Matthew sí lo hicieron, lo que ya era, por sí solo, algo muy parecido a un milagro.
Al salir de la capilla vio que una mujer de edad abandonaba el confesionario. Después de un momento de vacilación, Matthew ocupó el sitio que había quedado libre.
—Bendígame, padre —murmuró—, porque he pecado.
El acento del sacerdote era irlandés, su voz cansada y sonora.
—¿Cuánto hace desde la última confesión?
—No me ha entendido, padre —dijo Matthew, impaciente por acabar—. Acabo de pecar. Aquí mismo, en esta iglesia.
—¿Cómo? —preguntó el somnoliento sacerdote saliendo bruscamente de su sopor.
De regreso al hotel, guardó sus pertenencias en una maleta de cuero. Luego pagó la cuenta y le pidió al conserje que le llamara un taxi.
Cuando el automóvil que lo llevaba se detuvo en el semáforo próximo al cruce del Odéon, pasó a toda velocidad un coche de bomberos: la sirena gimiendo, la enorme manguera enrollada como pelo trenzado, los bomberos vestidos de rojo, agarrados desesperadamente al vehículo, como los Keystone Kops del cine mudo. Su aparición hizo que se acordara de su dormitorio de San Diego, de la casa de sus padres, de los chalés de los vecinos, todos parecidos, con sus aspersores en el jardín y sus rancheras de color beis y crema, estacionados delante de la puerta abierta del garaje. Porque hay algo acogedor, que lleva inesperadamente a la nostalgia, en un coche de bomberos.
Matthew apartó la vista. El rojo del semáforo dio paso al verde y el taxi siguió su camino.
Aquella noche Matthew llevó a cenar a Théo e Isabelle a una marisquería y cervecería de la plaza Bienvenue de Montparnasse, para agradecerles que lo hubieran invitado a quedarse en el piso. Pidieron una bandeja colosal de ostras, percebes, cigalas, buccinos, gambas, cangrejos y langosta, todo sobre un lecho de hielo machacado. Con ayuda de martillos y tenazas dejaron la bandeja tan devastada como un yacimiento arqueológico.
Pasaban unos minutos de la medianoche cuando regresaron al piso. El poeta y su esposa se habían retirado ya. Se proponían ponerse en camino hacia Trouville al amanecer.
Con cierta frecuencia, cuando estaba a punto de iniciar o terminar uno de sus libros, el poeta optaba por trasladarse a su casa de verano en la costa normanda. Y si bien, en viajes anteriores, cuando sus hijos aún eran niños, su mujer se quedaba en París, ahora requería su presencia, para el caso de que, en algún momento intemporal de la hora de la inspiración (a menos veinte o a y veinte), el caprichoso ángel guardián de su Musa renunciara a posarse sobre la página virgen.
A sus hijos, insistía, se los podía dejar solos. Eran seres maduros e inteligentes. Además, estaba su hermana, una señora soltera, de poco más de sesenta años, para asegurar que todo se hiciera como tenía que hacerse.
Y, una y otra vez, se había demostrado que estaba en lo cierto. Los padres regresaban, encontraban el piso en perfecto estado, y a sus vástagos concienzudamente entregados a sus tareas escolares, en el proceso de traducir a Virgilio o de resolver algún rompecabezas matemático en el que intervenían cañerías, lavabos y grifos que goteaban.
Inimaginada, inconcebible era la metamorfosis que habían sufrido mientras tanto el piso y sus ocupantes. Porque cada uno de aquellos viajes paternos dejaba a los gemelos entregados a sus peculiares iniciativas. Iniciativas múltiples, variadas y maravillosas, con las que tanto Théo como Isabelle, al menos desde el comienzo de la adolescencia, habían aprovechado la libertad física y espiritual que se les concedía. Como jugadores que, privados de sus naipes o de sus dados, utilizan para hacer apuestas los números de las matrículas de los automóviles, o la velocidad con que las gotas de lluvia se deslizan por el cristal de una ventana, o cualquier otra cosa, los dos hermanos sólo necesitaban la mutua complicidad, incondicionalmente ofrecida, para descender a sus infiernos particulares.
Al aventurarse por el mundo bajaban las luces como baja sus faros un coche que, de noche, se cruza con otro por la carretera. Una vez allí, tan pronto como la puerta que daba al mundo se había cerrado tras ellos, las mismas luces volvían a brillar con gran fuerza, cegando el ojo desprotegido.
Lo que iba a suceder, por tanto, no era nada nuevo; si esta vez su locura era más intensa, se debía quizá a que en Matthew habían encontrado al fin un hijo para su incestuosa cuna.
Los primeros días fueron tranquilos. Por las mañanas, en la cocina, desayunaban copos de maíz, impertérritos ante los fragmentos secos que iban recubriendo los bordes de los tazones sin lavar. Luego Isabelle acompañaba a su hermano en su Mobylette al instituto en el que los dos estaban matriculados, mientras Matthew tomaba el metro para trasladarse a su escuela de idiomas en las afueras. Todas las noches, al volver, abandonaban abrigos, chaquetas y bufandas sobre el suelo del vestíbulo, se retiraban al quartier des enfants y se entregaban a sesiones cada vez más obsesivas de «películas a domicilio», para las que habían empezado ya a atribuirse una puntuación.
Fueron días gozosos para Matthew, que, a veces, al volver de sus clases, sólo iba en metro hasta Denfert-Rochereau. Desde allí, con paso elástico, hacía a pie el resto del camino hasta el apartamento, entusiasmándose con la perspectiva de pasar otra velada en compañía de sus amados mentores y torturadores.
Inevitablemente, sin embargo, las cosas no podían durar mucho tal como estaban. Porque así es como funciona una droga, que atrapa a su víctima con la sagacidad del tahúr que permite al futuro adicto ganar unas cuantas manos antes de asestar el golpe definitivo. Théo e Isabelle eran adictos de nacimiento, adictos para cuya ansia el cine y ellos dos eran los únicos narcóticos de los que habían tenido conocimiento. Matthew —quien, de no haber abandonado San Diego, sin duda se habría casado con algún amor de la adolescencia, alguna muchacha coqueta y encantadora, toda paciencia, gratitud y astucia—, por su parte, se había comprometido de una vez por todas con la incierta suerte de los gemelos.
La primera fase de «películas a domicilio», su prehistoria, duró más bien poco, porque Isabelle, cansada de tener que esperar una ocasión para atacar, no tardó en forzar las cosas.
Una tarde, vestida con mono blanco, un improvisado turbante también blanco y unas gafas oscuras de montura blanca, al estilo de alguna actriz de Hollywood de los años treinta fotografiada en una postura informal en la terraza de su mansión de Bel Air, se presentó en el dormitorio de Théo, donde su hermano y Matthew se leían en voz alta fragmentos de números atrasados de Cahiers du Cinéma. Los ojos inquisitivos de Isabelle repararon en el revoltijo cada vez mayor de libros, revistas, ropa interior, sándwiches a medio comer y cáscaras de cacahuetes. Sonriéndose, sacó un cigarrillo y golpeó el extremo contra la cajetilla con sincopada violencia. Luego, adornándose con una ostentosa bocanada de humo, al tiempo que mascaba su observación con un lado de la boca como si fuera un trozo de chicle, escupió:
—¡Menuda pocilga!
Sin alzar los ojos de la página que leía, Théo respondió maquinalmente:
Isabelle sonrió triunfante.
—Liz Taylor en. ¿Quién teme a Virginia Woolf?
—¡Te equivocas!
—¡No me equivoco!
—¡Claro que sí!
—En la escena inicial dé. ¿Quién teme a Virginia Woolf?…
Al darse cuenta de su error, Théo se interrumpió.
—Ah, ya entiendo. Liz está imitando a otra actriz, ¿no es eso? ¿Bette Davis?
—¿En qué película, hermano querido?
—Dios santo, debería saberlo. ¿Es una película que he visto?
—La vimos juntos.
—¿En serio?
Théo se esforzó por recordar.
—Dame una pista.
—Por supuesto que no.
—Sé buena. El nombre del director.
—No.
—Sólo el nombre del director.
—No.
—Cuántas palabras tiene el título.
—He dicho que no.
—¿El número de palabras del título? ¿Es pedir demasiado? —intentó engatusarla—. S’il te plaît, Isa, s’il te î.
—No.
—La primera letra de la primera palabra.
—Cielos, eres patético —dijo Isabelle con expresión desdeñosa—. ¿No te parece patético, Matthew? ¿No crees que es patético?
—¡Matthew! —exclamó Théo—. ¡Seguro que lo sabes!
Pero Isabelle cortó en seguida por lo sano. ¿Acaso la Esfinge le dio pistas a Edipo?
A Théo no le quedó más remedio que declararse derrotado.
—Más allá del bosque —dijo Isabelle—. Dirigida por King Vidor en 1949. Paga prenda.
—De acuerdo. ¿Cuánto?
—Esta vez no —replicó su hermana, imitando todavía a Bette Davis—. Esta vez quiero pago en especie.
—¿Qué quieres decir con pago en especie?
Isabelle se bajó las gafas de estrella de cine.
—Te reto a que hagas ahora, delante de nosotros, lo que te he visto hacer —se quitó las gafas del todo y las agitó en dirección al retrato oval de Gene Tierney— delante de ella.
Aquel desafío, desconcertante para Matthew, quien, de todos modos, sintió cernirse por la habitación extrañas sombras nuevas, se recibió con un silencio tan absoluto que fue perfectamente capaz de mantenerse íntegro entre toda clase de sonidos superfluos, prosaicos. La voz de Trenet trató en vano de interrumpirlo.
Ce soir c’est une chanson d’automne
devant la maison qui frissonne
et je pense aux jours lointains.
Que reste-t-il de nos amours?
Que reste-t-il de ces bonsjours?
Une photo, vieille photo
de ma jeunesse.
Después de mirar primero a Matthew, Théo se volvió una vez más hacia su hermana, la boca desfigurada por una densa carga de malhumor.
—No sé de qué estás hablando.
—Claro que lo sabes, precioso mío —continuó Isabelle con gran dulzura —. Sólo que, voilà, no sabías que yo estaba al tanto. Esas tardes en las que vuelves de clase, echas el pestillo a tu puerta y empiezan a crujir los muelles del somier. Caramba, ¿crees que soy tan lerda como para no imaginarme lo que está pasando? Además, la cama está frente al ojo de la cerradura.
Bonheurs fanés, cheveux aux vents,
baisers volés, rêves mouvants,
que reste-t-il de tout cela?
Dîtes-le-moi.
Un p’tit village, un vieux clocher…
—Debes prenda —repitió Isabelle con mucha calma.
—No lo voy a hacer.
—¿No lo vas a hacer?
—Tú no lo harías.
Isabelle sonrió.
—Gene Tierney no es mi tipo —dijo, después de mirar el retrato.
—Qué mala persona eres. Mala y sádica.
—No, soy partidaria de Sade. No es lo mismo, ni mucho menos —bostezó —. ¿Pagas la prenda o te vas a arrugar, lo que, no sé si te das cuenta, supondría el fin del juego?
Los ojos de Théo pasaron por turnos de uno a otro: Isabelle, Matthew, el retrato oval.
—Muy bien, Isa. El juego debe continuar.
Habló con la voz del actor que recibe un telegrama fatídico en el momento en que va a alzarse el telón y ha de interpretar una comedia frívola.
Matthew nunca se había sentido tan cerca de detestar a Isabelle como en aquel instante. La detestaba por haber arrancado de Théo, de su amigo, un pacto humillante de cuya naturaleza precisa permanecía aún ignorante, pero que evocaba ya recuerdos incómodos de indignidades impuestas por lascivos boy scouts en tiendas de campaña montadas en claros solitarios.
Pero somos especialmente despiadados cuando descubrimos nuestra propia bajeza, nuestras espantosas hipocresías reflejadas en las de otro, y el miedo que se apoderó de Matthew, un miedo que abarcaba no sólo a Théo sino a su futuro personal, en aquella isla, aquel planeta, en aquel apartamento en un primer piso junto a la plaza del Odéon, fue acompañado de un júbilo casi incontrolable.
Théo se puso en pie y se quitó el jersey. Sin terminar de desabrocharse la camisa, se la sacó por encima de los omóplatos. No tenía pelo en el pecho, a excepción de un único mechón oscuro que, como un riachuelo de montaña, le brotaba del ombligo antes de esconderse tras el cinturón. Al desabrochárselo, dejó que los pantalones de pana se derrumbaran a sus pies. Luego, inclinándose hacia delante, los apartó con un gesto brusco.
Momento en el que Isabelle se tapó los ojos con las manos y gritó:
—¡No, no! ¡Por el amor de Dios, no!
El asombro de Matthew fue grande. ¿Iba a dar marcha atrás? ¿Se daba cuenta de que Théo había sido más listo, al obligarla a descubrir su farol?
Ni mucho menos. Porque, asomándose con cautela entre los dedos entrelazados, como si fueran dos tablillas de una veneciana, Isabelle se estremeció.
—¿Cuántas veces te he dicho que no te quites los pantalones antes que los calcetines? Mírate, memo, los llevas de color azul marino. Te dan un horroroso aspecto de mutilado cuando estás desnudo. Fuera con ellos ahora mismo.
Después de mirar a su hermana con el ceño fruncido, Théo se quitó los calcetines. Al cabo de unos instantes empezó a desprenderse de los calzoncillos blancos, pero enrollándolos más que bajándoselos, a la manera en que una mujer enrolla una media de nailon antes de introducir el pie y se la alisa después a lo largo de la pierna con la palma de la mano. Se los terminó de quitar cuando le llegaron a la altura de los tobillos y se quedó parado delante de ellos, con las rodillas juntas, ligeramente estremecido, como un Sebastián sin flechas.
Libre ya de la sucia crisálida de su propia ropa, la transformación fue tan sorprendente como la de esos harapientos golfillos de Fez o de Tánger que, una vez en la playa, se mudan a las galas de su desnudez.
Se contempló el pene durante un segundo o dos. Estaba casi en erección. Los testículos parecían tan pesados como calabazas.
Se arrodilló sobre la cama debajo del retrato oval. Théo, sus ojos cautivados por la máscara de imperturbabilidad con la que la actriz le devolvía las miradas, empezó a tocarse. Siguiendo el ritmo de los muelles de la cama, que resonaban por la habitación como los émbolos de un tren expreso que lo acercase cada vez más hacia su meta, la mano se aceleró, redescubriendo de manera instintiva un antiguo latido familiar. Era como si su miembro amoratado dirigiera los movimientos de la mano, y no al revés, como si no pudiera retirar los dedos aunque hubiese querido, a la manera en que, durante un solo momento aterrador, se nos pegan los dedos al asa ardiendo de una cacerola. Y cuando llegó el clímax, el chorro de esperma que su pene arrojó —esperma que brillaba, así le pareció a Matthew, con diminutas partículas nacaradas de luz— se mantuvo en el aire durante una fracción de segundo, detenido en su vuelo, como una fuente que de repente se congela y produce, si se chasquean los dedos contra el resplandeciente pináculo de hielo en el que se ha convertido, una nota musical, aguda, pura, plateada.
Luego, bruscamente, todo fue húmeda pegajosidad, vello apelmazado en los muslos, el olor, ligeramente dulce, de la pasta de pescado.
Théo quedó tumbado en la cama, jadeante, apoyado sobre un costado, las manos alineadas con la columna vertebral, en la postura del fumador de opio. En el nido de la entrepierna, el ave madre empollaba otra vez plácidamente sus dos huevos.
Isabelle era una voyeuse sutil. Le gustaba espiar a los voyeurs. Tras las gafas oscuras, mientras Théo se masturbaba, sus ojos, nerviosos, iban y venían velozmente, de su hermano a Matthew y viceversa. Una vez terminado el espectáculo, esos ojos se volvieron indescifrables.
Sólo se podía discernir, detrás de las sombras, un revoloteo de pestañas como mariposas nocturnas en la oscuridad.
En cuanto a Matthew, que había presenciado la escena sin decir palabra, su cuerpo mentía tan poco sobre sus sentimientos como podía hacerlo él mismo. Tenía las mejillas enrojecidas, le temblaban las manos, y en la entrepierna le parecía sentir un puño apretado entre los muslos. Se preguntaba si podría mirar de nuevo a los ojos a Théo.
De la manera más inesperada, sin embargo, después de aquella apuesta tan alta se produjo una tregua, un armisticio, un descanso que les permitió superar los dos días que siguieron. Ya fuera porque nada de lo que ninguno de ellos dijo o hizo evocó un gesto similar en alguna película clásica o, lo más probable, porque a todos les parecía tan inimaginable avanzar como retroceder, el grito de «¿qué película?» o «dime el título» dejó de resonar por el piso durante algún tiempo.
Matthew sabía que el asunto no había terminado, que no podía terminar así. Théo, por supuesto, volvió a vestirse sin el menor alboroto y actuó como si nada hubiera sucedido que pudiera provocar un cambio de política. Pero a Matthew le parecía sumamente sospechosa la anormal compostura de su amigo precisamente porque, para él, algo sí había cambiado, y de manera permanente.
Las nubes se deslizaban por el techo. En aquella nueva atmósfera de vigilancia y expectación, el quartier des enfants se balanceaba, suspendido en una jaula. Y sin embargo, como otras veces, y a la misma hora, aquella noche y la noche siguiente, Matthew salió de puntillas de su dormitorio y recorrió el pasillo hasta llegar al de Théo. Allí, como si también estuviera hecho a propósito, la puerta había quedado entreabierta y la lámpara de la mesilla de noche, encendida. Y Matthew procedía en silencio a absorber el espectáculo de hermano y hermana, extremidades entrelazadas, una pierna visible sobre la ropa de la cama, la silueta de la otra discernible debajo, como un cisne y su reflejo sobre la superficie de un lago.
El juego se reanudó dos tardes después de que Théo hubiese pagado su prenda en especie. Se hallaban, como de costumbre, en el quartier des enfants, donde Théo, de pie junto a la ventana, seguía con expresión soñadora el progreso de la alta sombra vertical que la atravesaba lentamente.
De pronto, precisamente cuando formaba una equis con el travesaño que separaba las dos hojas de cristal, se apretó el pecho, derrumbándose sobre la alfombra.
—¡Aaaah! —exclamó—. ¡Me han alcanzado!
Retorciéndose se arrancó la ropa.
—¡Qué dolor! ¡Qué desesperación! ¡Me muero!
Isabelle levantó por fin la vista de la novela que leía.
—¿Qué te pasa? —preguntó, pero sin curiosidad, de manera formularia.
Théo se levantó de inmediato con una sonrisa.
—¿Qué película?
Isabelle llevaba dos días esperando a que su hermano le volviera las tornas. Aquella pregunta, sin embargo, la sorprendió por completo. Sólo pudo, estúpidamente, obligarle a que la repitiera.
—Dime una película, por favor, en la que una cruz marca el lugar de un asesinato.
—¿Hablas en serio?
—¿Por qué no?
—Tiene que haber montones de películas.
—Si tal es el caso, no os será difícil dar el título de alguna. Tú también, Matthew.
Matthew palideció. Le había llegado el turno.
—¿Yo?
—No existe una regla que impida desafiaros a la vez.
—Pero, Théo, yo no tuve nada que ver con lo que pasó.
—El título de una película —fue la respuesta de Théo—. O paga prenda.
La venganza, según un dicho francés, es un plato que se sirve frío. Estaba claro que Théo prefería la suya bien caliente. Á chacun son goüt, como también dicen los franceses.
Matthew le dio vueltas en la cabeza una y otra vez sin el menor resultado. Si aún quería librarse de las consecuencias del desafío de Théo, consecuencias en las que prefería no pararse a pensar, no tenía otra alternativa que dar un título. Isabelle, sin duda, estaba en lo cierto. Tenían que existir docenas de películas en las que una cruz señalara el lugar de un asesinato; y si no docenas, al menos una docena, o media, tres o cuatro; tenía que haber por lo menos tres o cuatro.
Pero debido al miedo a lo que podía sucederle en aquel maldito apartamento, no le era posible concentrarse. Si Théo le hubiera pedido el título de una película, de cualquier película, tampoco habría sabido qué decir.
Isabelle, por su parte, recuperó en seguida la compostura. No propuso respuesta alguna a la pregunta planteada. Tampoco suplicó, como había hecho Théo, que le proporcionara alguna pista o indicio. Era ella, después de todo, quien había introducido una nueva dimensión en el juego; y conocía demasiado bien a su hermano, y se conocía a sí misma, para engañarse suponiendo que cualquiera de los dos pudiera regresar a las apuestas infantiles con las que antes se conformaban.
—Se ha terminado el tiempo —dijo Théo por fin, como sin darle importancia.
—¿El título? —preguntó Isabelle. Era una mera formalidad, pero había que respetarla.
—¿El título? Scarface, el terror del hampa. Howard Hawks, 1932.
—¿Y la prenda?
—Vamos a ver —declaró Théo, irguiéndose en la silla—. Como sabes, Isa, no soy un sádico. Ni siquiera partidario de Sade. Sólo quiero ver feliz a todo el mundo, que nadie se quede fuera. Me gustaría que Matthew y tú, mis dos compañeros más queridos, hicierais el amor delante de mí.
Isabelle cerró la novela, no sin antes colocar una señal en el sitio donde había interrumpido la lectura.
—Como quieras.
—Pero aquí no —precisó Théo—. No me apetece dormir sobre el repugnante semen de otra persona. Sin ánimo de ofender, Matthew.
Mientras este último se sentía incapaz de moverse, Isabelle siguió haciendo preguntas sencillas, prácticas, sobre lo que se esperaba de ella.
—¿Dónde entonces?
—En el cuarto de invitados. Delante del Delacroix. Quién sabe —propuso Théo con una sonrisa—, una reproducción quizá lleve a otra.
—¿No te importa que me desnude aquí?
—Como prefieras.
Isabelle apagó el cigarrillo en un cenicero de bronce, luego fue hasta el tocadiscos y lo puso una vez más en marcha con la canción de Trenet. Dado que la melodía había pasado a ser el tema musical del juego, habría sido inconcebible pagar prenda sin tenerla como fondo sonoro.
Se desnudó sin excesiva prisa, como para irse a dormir. No miró desafiante ni a Théo ni a Matthew, ni tampoco apartó la vista recatadamente. El único indicio de perversidad en su actuación fue conservar las gafas oscuras todo el tiempo, quitándoselas al final, como si sólo entonces quisiera ofrecer sus ojos frontalmente.
Aquella joven, que se las ingeniaba para llevar la ropa pasada de moda de su abuela de manera tan convincente como un ave del paraíso su improbable plumaje, parecía ahora incorpórea, separada de su torso, que exponía de manera tan desapasionada como si sostuviera para subastarlo un desnudo de sí misma.
Era un torso admirable, esbelto, y todos sus pliegues, depresiones y huecos provocaban la tentación irresistible de la inquisitiva penetración del dedo: las concavidades de los hombros, nalgas y rodillas, los sombreados entrantes del abdomen, las dos sendas que convergen hacia ese pozo mágico en lo más hondo del bosque de cuento de hadas que es el pubis.
De pie en el charco de su ropa, Isabelle esperó a que Matthew procediera a desnudarse.
Por fin le había llegado el momento, el instante tanto tiempo temido, en el que iban a montarlo a la fuerza en la montaña rusa.
El deseo que le inspiraban tanto Théo como Isabelle forcejeaba en vano con los recuerdos que explotaban en su cerebro con la fuerza de cargas de profundidad, cuadros infantiles de escolares arrastrados entre gritos detrás de los retretes del patio de recreo, los testículos embadurnados de betún, el vello púbico afeitado. Por ridículo que aquello le hiciera a ojos de sus amigos, sólo existía una posibilidad: huir.
Se lanzó de costado hacia la puerta. Pero Théo, que hasta aquel instante había parecido tan indolente como una odalisca, se puso en pie de un salto cerrándole el paso. Acorralado, Matthew retrocedió.
Se había roto el hechizo. Théo e Isabelle se relajaron. Entre risitas, empezaron a acercársele.
—Vamos, vamos, mi pequeño Matthew —zureó Isabelle—, no estás siendo muy galante, ¿sabes? ¿Tan odiosa te resulta la perspectiva de hacer el amor conmigo?
—¡Os he visto! —gritó Matthew—. ¡A los dos!
Théo dio un paso atrás.
—¿Qué dices?
—¡Juntos en la cama!
—¡Ah! —exclamó Théo—. Nuestro invitado nos espía. Vaya, eso no es una muestra especial de amistad. Sobre todo si se tiene en cuenta que hemos sido muy hospitalarios.
—¿Qué es lo que te asusta? —le preguntó Isabelle—. ¿Acaso no tienes una raja? Siempre he temido que alguien tan agradable y bien hecho y limpio como tú pudiera no tener una raja en el trasero, tan sólo una suave esfera de carne rosada, tierna como la de un bebé. ¿Es eso, Matthew? ¿Es eso lo que no quieres que veamos?
—No, no, Isabelle, por favor.
Se abalanzaron sobre él. Más alto y musculoso, Théo lo tuvo muy pronto tumbado en la alfombra. Le quitaron las playeras, los calcetines, la sudadera de la Universidad de California. Frenético, trató de escurrirse. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Un movimiento de impotencia de un brazo hizo que rozara los pechos de Isabelle. Sin embargo, tan pacientes como si estuvieran arrancándole las hojas a una alcachofa, tan metódicos como si lo estuvieran sometiendo a la tortura de un millar de cortes, prosiguieron con su tarea de verdugos, y descubrieron el pecho lampiño, ligeramente cóncavo, los brazos escarchados de nívea pelusilla, las piernas esbeltas, tostadas por el sol.
Para entonces Matthew había dejado de ofrecer resistencia. Con Isabelle sentada a horcajadas sobre sus piernas, los brazos sujetos al suelo por Théo, lloraba como lloran los niños pequeños, en un mar de lágrimas y mocos. Estaba desnudo, a excepción de unos calzoncillos de color azul pálido que, con un giro de muñeca, Isabelle le bajó hasta los pies y tiró lejos, hechos un rebujo.
La primera sorpresa fue la blancura de la entrepierna. Comparado con los brazos, las piernas y el pecho perennemente bronceados del adolescente norteamericano para quien el sol es una fuente de energía tan sencilla, diaria y nutritiva como un vaso de leche tibia, el abdomen de Matthew les hizo pensar en un trozo de pared de donde, en otro tiempo, colgaba un cuadro.
El vello púbico era oscuro, sedoso y nada ensortijado, como el de un oriental. Los testículos eran dos grosellas grises. El pene, circunciso, pequeño, aunque no anormalmente pequeño, era tan rollizo y redondo que parecía, más bien, un tercer testículo. Una cosa encantadora que, tan pronto como se ponían los ojos en ella, se sentía el deseo de tenerla tiernamente entre las palmas de las manos como un gorrioncillo palpitante.
Que fue exactamente lo que hizo Isabelle. Antes de que Matthew tuviera tiempo de suplicar por última vez, empezó a amasar aquél pene con manos expertas, manos de alfarero, moldeándolo, esculpiéndolo, abrillantándolo, alisándole las arrugas.
Para Matthew, que no había sentido nunca una mano ajena en sus órganos sexuales, fue como si acabara de descubrir en su cuerpo una extremidad inexplorada. Contuvo el aliento. Algo duro y tenso en su interior, algo que durante largo tiempo su alma había crucificado dentro de su cuerpo, quedó por fin en libertad.
Cuando Théo le soltó los brazos, instintivamente se abrazó a los redondos hombros de Isabelle. La muchacha se le tumbó encima, aplastándole el pene, que estaba ya curiosamente curvado como el brazo de un sofá estilo Imperio, obligándole otra vez a retener bruscamente el aliento.
Sus bocas se acercaron, luego los sexos.
Aún quedaban obstáculos que superar. Los dos eran vírgenes, Isabelle porque nunca había hecho el amor excepto con su hermano, Matthew porque nunca había hecho el amor excepto consigo mismo. A la larga, sin embargo, bocas y sexos se encontraron al mismo tiempo, como botones adyacentes, simultáneamente abrochados en el delantero de una camisa.
Mientras en el exterior, bajo la ventana del dormitorio, podría haberse oído, si alguien hubiera estado escuchando, un inexplicable ruido de pisadas y una fanfarria de sirenas policiales, Matthew e Isabelle se entregaron a las adorables torpezas del amor. Ante los ojos de Théo, opacos de repente al sentirse otro, pagaron su prenda.