Stone Butch Blues
Cece Mcdonald
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Tenía el mentón apoyado en la mano. Me aclaré la garganta. Me miró cansada y dio un sorbo a su bebida.
—¿Qué quieres? —me preguntó.
—Eh..., he pensado que... ¿Quieres bailar conmigo?
Ella negó con la cabeza.
—Quizá más tarde, cariño. ¿Vale?
Puede que fuese la forma en que me quedé allí parada. No había manera de volver a cruzar la sala delante del grupo de Monique o del mío sin haber bailado. No había pensado en aquello. ¿Lo había hecho Jackie? Puede que los ojos de Jacqueline se cruzasen con los de Yvette de un lado a otro de la sala, porque finalmente Yvette dijo «bueno, por qué no» y se levantó para bailar conmigo.
La esperé en medio de la pista de baile. La voz de Roy Orbison era suave y soñadora. Me quedé quieta, con su mano en la mía, hasta que se relajó y se acercó a mí. Después de un rato bailando me dijo «puedes respirar, ¿sabes?». Nos reímos mucho, las dos a la vez.
Entonces sentí que su cuerpo se acercaba al mío y nos fundíamos en uno. Descubrí todas las dulces sorpresas que una femme puede darle a una butch: su mano en mi nuca, abierta sobre mi hombro o cerrada en un puño. La sensación de su abdomen y sus muslos contra los míos. Sus labios que casi rozaban mi oreja.
La música paró y empezamos a separarnos. Sujeté su mano suavemente.
—¿Por favor? —pregunté.
—Cariño —se rio—, has dicho las palabras mágicas.
Bailamos varias canciones lentas seguidas. Nuestros cuerpos se movían sin esfuerzo en los giros del baile. El más leve cambio en la presión de mi mano sobre su espalda cambiaba el movimiento de su cuerpo. En ningún momento presioné su pelvis con mi muslo.
Sabía que allí era donde le habían hecho daño. A pesar de ser toda-58
vía una joven butch, ese era el sitio que yo también protegía de mi propio cuerpo. Yo sentía su dolor y ella sentía el mío. Yo sentía su deseo y ella despertaba el mío.
Finalmente la música se detuvo y la dejé ir. La besé en la mejilla y le di las gracias. Crucé la pista de baile hacia mi mesa. Algo en mí había cambiado para siempre.
Jacqueline me dio una palmadita en el muslo y me lanzó una sonrisa dulce. Las otras femmes —chicos y chicas— me miraban de forma diferente. A medida que el mundo nos iba destrozando, las femmes trataban de alimentar y proteger nuestra ternura por todos los medios. Lo que habían visto era mi capacidad de ser tierna.
Ahora, las otras butches percibían mi sexualidad, me veían como una competidora. Incluso Al me miraba diferente.
A pesar de lo doloroso que había sido todo ese ritual, no era más que un rito de paso. No se me subió a la cabeza. Me enseñó que la humildad era justo la emoción correcta cuando se busca despertar la pasión de una mujer.
Fuerte con mis enemigos, amable con los que amaba y respetaba.
Eso es lo que quería ser. Pronto tendría que poner a prueba esas cualidades. Pero, por el momento, estaba contenta.
El viernes siguiente el bar estaba hasta arriba. Todas nos reíamos y bailábamos. Yo miraba a Yvette de reojo. Jacqueline debió de darse cuenta, porque me explicó que el chulo de Yvette nunca la iba a dejar tener una butch estable. El estómago se me encogió de rabia. Aun así seguí pendiente de ella. Después de todo, un chulo no puede saber todo lo que ocurre, ¿no?
Cuando se encendió la luz roja, me fui al baño de mujeres y me coloqué en mi sitio junto al retrete. Pasó mucho tiempo. Escuché golpes y varios gritos. Después silencio.
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Me asomé fuera. Todas las stone butches y las drags estaban ali-neadas contra la pared, con las muñecas esposadas a la espalda. Los maderos estaban maltratando y golpeando a algunas de las femmes que sabían que eran prostitutas, las habían separado del resto. Salir de la cárcel esa noche les iba a costar al menos una mamada.
Un policía me vio y me agarró del cuello. Me esposó y me empujó al otro lado de la sala. Busqué a Al, pero ya estaban empezando a llevarse a la gente a las lecheras que había fuera.
Jacqueline corrió hacia mí.
—Cuidad las unas de las otras —dijo—. Ten cuidado, cariño —añadió.
Asentí. Las muñecas esposadas a la espalda me dolían mucho.
Estaba asustada. Intentaría tener mucho cuidado. Esperaba que Al y yo pudiésemos cuidar la una de la otra.
Cuando me cogieron, el furgón de las butches ya estaba lleno.
Monté en otro con Mona y las demás drags. Me alegré. Mona me dio un beso en la mejilla y me dijo que no tuviese miedo. Que no me iba a pasar nada. Pero si aquello era verdad, no entendía por qué las drags parecían tan asustadas como yo.
En la comisaría vi a Yvette y a Monique, a las que habían arrestado en una redada callejera. Yvette me lanzó una sonrisa y yo le guiñé un ojo. Un policía me empujó por la espalda para que avan-zase hacia las entrañas de la comisaría. Me metían en la boca del lobo. Estaban sacando a Al de la celda cuando me metieron a mí.
La llamé por su nombre. No pareció oírme.
Los policías me encerraron. Al menos tenía las muñecas libres.
Me fumé un cigarrillo. ¿Qué iba a pasar ahora? A través de los barrotes de la ventana pude ver cómo fichaban a algunas de las butches. A Al la habían llevado en dirección contraria.
Las drags estaban en una celda enorme cerca de la nuestra. Mona y yo nos sonreímos. En ese momento, tres policías le ordenaron salir de la celda. Su cuerpo se echó para atrás ligeramente. Tenía los 60
ojos llenos de lágrimas. Después caminó hacia ellos, era mejor eso que provocar que te arrastrasen por la fuerza.
Pasó el tiempo. ¿Qué le estarían haciendo?
Una hora después, los policías trajeron a Mona. Se me rompió el corazón cuando la vi. Dos policías la llevaban a rastras, apenas podía mantenerse de pie. Tenía el pelo húmedo y pegado a la cara.
Se le había corrido el maquillaje. Había sangre cayéndose por la parte de atrás de las medias. La tiraron en la celda contigua a la mía. Se quedó en el mismo sitio en el que cayó. Me faltaba el aire.
Le hablé en susurros.
—Cariño, ¿quieres un cigarrillo? ¿Quieres fumar? Ven aquí, a mi lado.
Parecía aturdida, reacia a moverse. Finalmente se deslizó por los barrotes hasta llegar junto a mí. Mientras fumaba, pasé el brazo entre los barrotes y le toqué el pelo suavemente, después le puse la mano en el hombro. Le hablé en voz baja. Durante mucho rato no pareció oírme. Finalmente, apoyó la frente en los barrotes y la rodeé con los brazos.
—Estas cosas te cambian —dijo—. Lo que te hacen aquí dentro, la mierda que tragas todos los días en las calles, esto te cambia,
¿sabes?—. Yo escuchaba. Sonrió—. No recuerdo si alguna vez fui tan dulce como tú cuando tenía tu edad. —Su sonrisa se desvaneció—. No quiero verte cambiar. No quiero verte después de que te hayas endurecido.
De alguna manera lo entendí. Pero estaba muy preocupada por Al y no sabía lo que iba a pasarme. Aquello sonaba a discusión filosófica. No sabía siquiera si iba a llegar a tener la edad suficiente como para que la experiencia me cambiase. Simplemente quería salir viva de aquella noche. Quería saber dónde estaba Al.
Los policías le dijeron a Mona que estaba en libertad bajo fianza.
—Debo de tener una pinta horrible —dijo.
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—Estás preciosa —le dije, y lo pensaba de verdad. La miré a la cara unos últimos instantes, preguntándome si los hombres a los que se entregaba la amaban tanto como yo.
—Eres una butch muy dulce —dijo Mona antes de salir. Aquello me hizo sentir bien.
Los policías metieron a Al a rastras dentro de la celda justo después de que Mona saliese. Estaba en muy mal estado. Tenía la camisa parcialmente abierta y la cremallera del pantalón bajada.
Le habían quitado el binder16, dejando sus grandes pechos libres.
Tenía el pelo mojado. Le salía sangre de la boca y la nariz. Parecía aturdida, como Mona.
La metieron a empujones en la celda. Después se acercaron a mí.
Retrocedí hasta darme contra los barrotes. Se quedaron quietos y sonrieron. Uno de los policías se tocó la entrepierna. El otro me metió las manos en las axilas, me levantó un par de centímetros del suelo y me golpeó contra las barras. Presionó con fuerza sus pulgares contra mis pechos y me metió la rodilla entre las piernas.
—Dentro de poco serás así de alta, lo suficiente para que te lleguen los pies al suelo. Entonces nos ocuparemos de ti, como hemos hecho con tu amiguita Allison —se burló de mí. Después se marcharon.
Allison.
Cogí el paquete de cigarrillos y el Zippo y me acerqué al lugar donde se había desplomado Al. Me temblaba todo el cuerpo.
—Al —dije, acercándole el paquete. No me miró. Le puse la mano en el hombro. Me la apartó. Tenía la cabeza baja. Solo podía ver la amplitud de su ancha espalda, la curva de sus hombros. La toqué sin pensármelo dos veces. Me dejó hacerlo.
Fumaba con una mano mientras tenía la otra sobre su espalda.
Empezó a temblar. La rodeé con los brazos. Su cuerpo se relajó con el contacto. Estaba hecha polvo. Por unos momentos, el padre 16. Prenda interior cuya función es comprimir los pechos para disimular su apariencia.
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se había convertido en el hijo. Me sentí fuerte. Al podía encontrar consuelo en mis brazos.
—Oye, mira eso —le gritó uno de los policías a otro—. Allison ha encontrado una pequeña butch. Parecen dos maricones. —Los policías se echaron a reír.
La abracé con más fuerza para protegerla, como si pudiese mantenerla a salvo de las burlas y resguardarla entre mis brazos.
Siempre me había asombrado su fuerza. Ahora sentía los músculos de su espalda, sus hombros y sus brazos. Sentía la fuerza de una butch como ella, incluso cuando se desplomó cansada sobre mí.
Los policías nos informaron de que Jacqueline había pagado nuestras fianzas.
—Volverás. Recuerda lo que le hemos hecho a tu amiga —fueron las últimas palabras que les oí decir.
¿Qué le habían hecho? Las preguntas volvían de nuevo. Jacqueline nos miraba preguntándonos lo mismo. No tenía respuestas. Al no dijo nada. En el coche, Jacqueline sujetaba a Al de una manera que parecía que era ella la que estaba consolando a Jacqueline. Yo me senté en silencio en el asiento delantero, también necesitada de consuelo. No conocía al hombre gay que conducía.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Claro —dije sin pensar.
Nos dejó en casa de Al y Jackie. Al se comió unos huevos con gesto de asco. No habló. Jacqueline miraba nerviosa a Al, después a mí y luego de nuevo a Al. Comí y fregué los platos. Al fue al baño.
—Va a estar allí un buen rato —dijo Jacqueline.
¿Cómo lo sabía? ¿Había pasado esto muchas veces antes? Sequé los platos. Jacqueline volvió su atención hacia mí.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, estoy bien —mentí.
Se acercó a mí.
—¿Te han hecho daño, cariño?
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—No —mentí. Estaba construyendo un muro de ladrillos en mi interior. El muro no me protegía, y aun así veía cómo mis manos colocaban los ladrillos como si no fueran mías. Le di la espalda, tenía algo importante que preguntarle—. Jacqueline, ¿soy lo suficientemente fuerte?
Se acercó más a mí y me giró sujetándome por el hombro. Puso mi cara contra su mejilla.
—¿Quién lo es, cariño? —susurró—. Nadie es suficientemente fuerte. Simplemente pasas por todo esto lo mejor que puedes.
Las butches como tú y Al no tenéis otra opción. Os va a suceder.
Simplemente intentas sobrevivir a ello.
Ardía en deseos de hacerle otra pregunta.
—Al quiere que me endurezca. Tú y Mona siempre me decís que sea suave y dulce. ¿Cómo puedo ser las dos cosas a la vez?
Jacqueline me acarició la mejilla.
—En realidad Al tiene razón. Supongo que es egoísta por nuestra parte. Queremos que seáis lo suficientemente fuertes para sobrevivir a toda la mierda que vais a encontraros. Nos encanta lo fuertes que sois. Pero a las butches también les destrozan el corazón. Y
supongo que a veces deseamos protegéroslo y que sigáis siendo dulces con nosotras, ¿entiendes?
No. No lo entendía.
—¿Al es cariñosa?
La cara de Jacqueline se tensó. La preguntaba amenazaba con revelar algo que podía perforar la armadura de Butch Al. Jacqueline vio que yo necesitaba realmente aquella respuesta.
—Le han hecho daño de verdad. Le cuesta decir lo que siente.
Pero sí, no creo que pudiese estar con ella si no fuese cariñosa conmigo.
Oímos cómo Al abría la puerta del baño. Jacqueline me miró pidiendo disculpas. Le dije que lo entendía. Salió de la cocina.
Estaba sola. Tenía mucho en lo que pensar.
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Me tumbé en el sofá. Después de un rato, Jacqueline me trajo ropa de cama. Se sentó junto a mí y me acarició la cara. Me sentí bien. Me miró durante un buen rato con expresión triste. No sé por qué pero aquello me asustó. Supongo que pensé que podía ver lo que estaba por llegar antes que yo.
—¿Estás bien de verdad, cariño? —preguntó.
—Sí —sonreí.
—¿Necesitas algo?
Sí. Necesitaba una femme que me quisiera como ella quería a Al.
Necesitaba que Al me dijese exactamente lo que me iban a hacer la próxima vez y cómo sobrevivir a ello. Y necesitaba el pecho de Jacqueline. Casi tan pronto como ese pensamiento me cruzó la cabeza, colocó mi mano en su pecho. Giró la cabeza en dirección a la habitación como si estuviese escuchando a Al.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó una última vez.
—Sí, estoy bien —dije.
Su rostro se suavizó. Me tocó la mejilla y me apartó la mano del pecho.
—Eres una butch de verdad —dijo, moviendo la cabeza. Me sentí orgullosa cuando escuché aquello.
Por la mañana, me levanté temprano y salí en silencio.
Butch Al y Jacqueline no volvieron al bar después de aquello. Su teléfono estaba desconectado. Oí algunas historias sobre lo que le había pasado a Al. Decidí no creerme ninguna.
Pasó el verano. Llegó el momento de empezar mi primer año de secundaria. Cuando el verano se convirtió en otoño dejé de ir a Niagara Falls los fines de semana. Justo antes de Navidad volví al Tifka a ver al antiguo grupo. Yvette no estaba. Oí que había muerto sola en un callejón, con la garganta rajada de oreja a oreja. Mona tuvo una sobredosis, a propósito. Nadie había visto a Al. Jackie estaba haciendo la calle de nuevo.
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Caminé contra un viento cortante de bar en bar por todo el distrito de Tenderloin. Escuché su risa antes de verla. Jacqueline estaba en la sombra de un callejón, bromeando con otras chicas que también estaban trabajando. Me vio.
Vino hacia mí rápidamente, sonriendo. Vi el brillo de la heroína en sus ojos. Estaba delgada, muy delgada. Me miró. Me abrió el cuello del abrigo para ajustarme la corbata. Después volvió a subírmelo para protegerme del frío. Me quedé frente a ella con las manos hundidas en los bolsillos. Me sentía igual que la noche que bailé con Yvette.
Nos estábamos haciendo un montón de preguntas con la mirada y respondiéndolas de la misma forma. Todo pasó muy deprisa. Vi que le empezaban a caer lágrimas y se giró para irse.
Cuando conseguí tener un hilo de voz para hablar, Jacqueline había desaparecido.
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La nota cruzó mi mesa y se deslizó hasta el suelo. Miré a la señora Rotondo mientras me inclinaba para recogerla. Por suerte no parecía que se hubiese dado cuenta.
PELIGRO!! Mis padres quieren saber por qué los tuyos llaman a casa buscándote. No te puedo cubrir más. POR FAVOR, PERDÓNAME!!
Amor eterno, tu amiga para siempre, Barbara.
Miré hacia arriba y me encontré con los ojos de Barbara. Se retorció las manos e hizo un gesto pidiendo perdón. Sonreí y asentí. Hice el gesto de fumar un cigarrillo. Barbara asintió y sonrió. Me hacía sentir bien por dentro. Barbara, la chica con la que me había sentado en clase durante dos años. Barbara, la chica que me había dicho que si fuera un chico estaría enamorada de mí.
Nos encontramos en el baño de chicas. Dos chavalas de nuestro curso que estaban fumando ya habían abierto la ventana.
—¿Dónde has estado últimamente? —quiso saber Barbara.
—Trabajando a saco. Tengo que salir de casa de mis padres o voy a morirme allí. Se comportan como si me odiasen. —Le di una 67
calada profunda al cigarrillo—. Creo que desearían que no hubiese nacido.
Barbara parecía asustada.
—No digas eso —me dijo. Después miró a su alrededor como si alguien pudiese oírnos. Dio una calada profunda, retuvo el humo en la boca y lo dejó salir mientras lo inhalaba por la nariz—. ¿A que mola mucho? Se llama rizo francés. Me lo enseñó Kevin.
—Mierda —siseó alguien.
—Muy bien, señoritas, ¡en fila! —Era la señora Antoinette, el azote de las chicas adictas a la nicotina.
Ordenó que nos pusiéramos en fila para olernos el aliento. Como no me había visto, me arriesgué y salí por la puerta. El pasillo estaba desierto. En unos minutos, iba a sonar un timbre enloquecedor y se iba a llenar de chavales con las carpetas cogidas delante del pecho como si fueran escudos en una batalla.
Supongo que el verano me había cambiado. De otra manera, nunca me habría librado de la losa de la costumbre y no habría salido del edificio durante las horas de clase. Quería correr por la pista todo lo rápido que pudiese, para sudar esa sensación pegajosa de encarcelamiento. Pero los chicos estaban entrenando fútbol americano en medio del campo y un grupo de chicas ensayaba números de animadoras. Así que subí a las gradas y caminé hasta el final.
Un halcón de cola roja pasó volando por encima de los árboles, una imagen poco habitual en la ciudad. No había ningún sitio al que ir, no había nada que hacer. Fuese a pasar lo que fuese a pasar en mi vida, tenía prisa por que llegara. Deseé poder jugar de quar-terback en el equipo. Podía imaginar el peso de la equipación y el uniforme encima del pecho. Me apreté los senos con las manos.
Me di cuenta de que cinco de las ocho chicas que ensayaban para ser animadoras eran rubias. No sabía que había tantas chicas rubias en el colegio. Casi la mitad de los alumnos eran blancos, judíos y de clase media. La otra mitad eran afroamericanos y de clase traba-68
jadora. Mi familia era judía y de clase trabajadora. Me sentía en un solitario abismo social. Los pocos amigos que tenía en el colegio procedían de familias que tenían que luchar para llegar a fin de mes.
Vi que las animadoras se iban del campo. Miraron por encima del hombro para ver si los chicos se daban cuenta.
El entrenamiento de fútbol americano acabó. Algunos de los chicos blancos se quedaron en el campo. Uno de ellos, Bobby, me hizo un gesto con la cabeza. Me levanté para irme.
—¿A dónde vas, Jess? —se burló, caminando hacia mí. Algunos de los chicos le siguieron.
Empecé a andar más deprisa por las gradas.
—¿A dónde va Jessi la camionera?
Me siguieron mientras yo intentaba huir. Indicó a uno de los chicos que subiese a las gradas por delante de mí. Venían directamente hacia donde yo estaba. Salté de las gradas y corrí al campo. Bobby se tiró a por mí, me golpeé fuerte contra el suelo. Todo sucedió muy deprisa. No pude pararle.
—¿Qué pasa, Jess? ¿No te caemos bien? —Bobby tenía la mano debajo de mi vestido, entre las piernas. Empujé y di golpes, pero él y los otros chicos me tenían sujeta—. He visto que nos mirabas.
Vamos, sé que esto te gusta, ¿verdad, Jessi?
Mordí la mano que tenía más cerca de la boca.
—¡Ah, mierda, joder! —gritó el chico, y me golpeó la cara con el dorso de la mano. Pude notar el sabor de la sangre. Las expresiones de sus caras me asustaron. Ya no eran niños.
Golpeé el pecho de Bobby todo lo fuerte que pude. Debí de darle en las protecciones, porque me levanté la piel de los nudillos y Bobby simplemente se rio. Presionó la frente contra mi garganta. Uno de los chicos me pisó el tobillo con los tacos. Luché y los insulté. Ellos se reían como si todo aquello fuese un juego.
Bobby se desabrochó el uniforme y me metió el pene en la vagina. El dolor me subió por la tripa, paralizándome de terror. Sentí 69
como si algo me rasgase por dentro. Conté a los agresores. Eran seis.
Con el que estaba más enfadada era con Bill Turley. Todo el mundo sabía que se había metido en el equipo porque los chavales se burlaban de él llamándole marica. Arañó la hierba con los tacos y esperó su turno.
Parte de la pesadilla tenía que ver con que todo parecía muy real.
No podía pararlo, no podía huir, así que fingí que no estaba pasando. Miré al cielo, a lo claro y tranquilo que estaba. Imaginé que era el océano y que las nubes eran olas cubiertas de espuma blanca.
Había otro chico resoplando encima de mí. Lo reconocí: Jeffrey Darling, un acosador y un chulo de mierda. Jeffrey me agarró del pelo y tiró tan fuerte que gemí. Quería que prestase atención a la violación. Me folló más fuerte.
—Eres una puta y una guarra, rata judía, una camionera de mierda—. Enumeraron todos mis crímenes. Me declararon culpable de los cargos.
¿Es así como tienen sexo los hombres y las mujeres? Sabía que eso no era hacer el amor, era más como hacer el odio. Pero ¿este movimiento mecánico era del que hablaban todos los chistes, las revistas guarras y los comentarios por lo bajo? ¿Era esto?
Me reí, no porque lo que estaba pasando fuese divertido, sino porque todo ese lío con el sexo de pronto me pareció ridículo.
Jeffrey sacó la polla y me abofeteó ambos lados de la cara.
—No es divertido —gritó—. No es divertido, puta loca.
Oí el sonido de un silbato.
—Mierda, el entrenador —avisó Frank Humphrey a los otros tíos. Jeffrey dio un salto y se subió los pantalones. Todos los chicos se dispersaron hacia el gimnasio.
Estaba sola en el campo. El entrenador permaneció a cierta distancia, mirándome. Me tambaleé mientras intentaba levantarme.
Tenía manchas de hierba en la falda y por las piernas me bajaba una sustancia babosa mezclada con sangre.
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—Vete de aquí, putita —ordenó el entrenador Moriarty.
Tuve que recorrer andando toda la distancia hasta mi casa, el abono del autobús no era válido a esas horas. No sentía que aquella vida que estaba viviendo fuese la mía. Parecía una película. Un Chevy del 57 lleno de chicos redujo la velocidad.
—Nos vemos mañana, camionera —oí que gritaba Bobby mientras pasaban junto a mí.
¿Ahora era de su propiedad? Si no había sido lo suficientemente fuerte para pararlos una vez, ¿podría defenderme en otra ocasión?
Corrí al baño tan pronto como llegué a casa y vomité en el retrete. Mi entrepierna parecía carne picada, los dolores punzantes me asustaron. Me di baño de burbujas muy largo. Le pedí a mi hermana que le dijese a mis padres que estaba enferma y que me iba a la cama. Cuando me desperté era la hora de ir al colegio. Pero no podía, ¡no estaba preparada!
—¡Ya! —mi madre me ordenó que saliese de la cama. Me dolía todo el cuerpo. Intentaba no pensar en el dolor que sentía en la entrepierna. Mis padres parecieron no darse cuenta de que tenía el labio partido ni de que cojeaba un poco. Me movía despacio.
No podía pensar con claridad. —¡Date prisa! —me regañó mi madre—. Vas a llegar tarde al colegio.
Perdí el autobús a propósito para poder ir andando. Si llegaba tarde no tendría que enfrentarme a la gente antes de que sonase la campana. Me olvidé de todo a medida que caminaba. El viento soplaba entre los árboles. Los perros ladraban y los pájaros cantaban. Caminaba despacio, como si no fuese a ningún sitio en concreto.
De repente, el edificio del colegio se cernió sobre mí como un castillo medieval, y todos los recuerdos aparecieron de nuevo con una rapidez enfermiza. ¿Lo sabría la gente? La forma en que mur-muraban cuando crucé el pasillo en el primer recreo me hizo pensar que sí. Pensaba que estaba paranoica hasta que una de las chicas me llamó:
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—Jess, Bobby y Jeffrey te están buscando. —Todos se rieron. Me sentí culpable.
Entré en la clase de Historia justo cuando sonaba la campana. La señora Duncan pronunció las temidas palabras:
—Clase, arrancad media hoja de papel y numerad de uno a diez.
Es un examen. Pregunta número uno: ¿en qué año se firmó la Constitución?
Intenté recordar si alguna vez nos había dicho qué coño era la puta Constitución. Diez datos flotando en el vacío. Mordisqueé el lápiz y me quedé mirando la hoja que tenía delante de mí. Levanté la mano y pedí ir al baño.
—Puede ir cuando acabe el examen, señorita Goldberg.
—Por favor, señora Duncan, es una emergencia.
—Sí —dijo Kevin Manley—, tiene que ir a buscar a Bobby.
Escuché las carcajadas detrás de mí cuando salí corriendo del aula. Corrí por los pasillos intentando encontrar a alguien que pudiese ayudarme. Tenía que hablar con quien fuese. Subí corriendo a la cafetería, buscaba a mi amiga Karla de la clase de gimnasia.
Cuando sonó la campana vi a Karla entre la gente que entraba y salía por la puerta doble.
—Karla —grité—. Tengo que hablar contigo.
—¿Qué pasa?
—Tengo que hablar contigo. —Nos pusimos en la fila del almuerzo.—¿Qué ponen hoy? —me preguntó Karla—. ¿Puedes verlo?
—Mierda con arroz y basura podrida con patatas.
—¡Bien! Lo mismo que ayer.
—Y que antes de ayer. —Me sentí aliviada de poder reírme con ella.
Cogimos las bandejas e hicimos una mueca cuando la cocinera dejó caer un montón de algo indeterminado en cada uno de nuestros platos. Cogimos los cartones de leche y pagamos la comida.
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—¿Podemos hablar? —le pregunté.
—Claro —dijo—. ¿Después de comer?
—¿Por qué no ahora?
Karla me miró sin comprender lo que estaba diciendo.
—¿Puedo sentarme contigo? —la presioné.
Seguía mirándome.
—Tía, ¿se te va la olla? —La miré confusa—. Los sitios están separados, ¿o es que no te has dado cuenta?
En el momento en que lo dijo, supe que era verdad. Miré el comedor como si no lo hubiese visto nunca. La cafetería estaba totalmente segregada, justo por el medio.
—¿Lo entiendes, cariño? ¿Dónde has estado todo este tiempo?
—¿Me puedo sentar contigo de todas maneras?
Karla inclinó la cabeza hacia atrás y me miró con los ojos entre-cerrados.
—Es un país libre —dijo mientras se giraba y echaba a andar.
—¡Hola, chica blanca! ¿Eres nueva en el barrio? —bromeó Darnell mientras se movía para dejarme sitio al lado de Karla.
Me reí. No se oía nada más en toda aquella sala enorme. Se podría haber escuchado el sonido de un alfiler cayendo al suelo. Se me encogió el estómago y la comida del plato me pareció todavía más asquerosa.
—Karla. —Me senté junto a ella—. Realmente necesito hablar contigo, ha pasado algo.
—Oh, oh —susurró alguien en la mesa.
La señora Benson venía corriendo hacia nuestra mesa.
—Señorita, ¿qué está haciendo?
Respiré hondo.
—Comer, señora Benson.
En la mesa todo el mundo trató de aguantarse la risa, pero cuando a Darnell se le salió la leche por la nariz, bueno, aquello no se pudo controlar.
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—Venga conmigo, jovencita —dijo la señora Benson.
—¿Por qué? —quise saber—. No he hecho nada. —Benson se alejó de nosotros.
—Ha sido fácil —dijo Darnell.
—Demasiado fácil —contestó Karla.
—Karla, de verdad que necesito hablar contigo —le dije.
—Oh, oh —dijo Darryl—, ahí viene Jim Crow17. —En realidad era Moriarty. El entrenador venía directo hacia mí.
Esperé a que me dijese algo, pero no lo hizo. Me agarró de los brazos, clavándome los dedos en la carne. Prácticamente me arrastró hacia la puerta de la cafetería.
—Putita —susurró.
—Me ocuparé de esto, entrenador —intervino la señorita Moore, la subdirectora. Me pasó el brazo por encima y me sacó al pasillo—. Niña, estás metida en un montón de problemas. ¿Qué narices estabas haciendo?
—Nada, señorita Moore. No he hecho nada. Solo estaba intentando hablar con Karla.
Me sonrió.
—A veces una se mete en problemas sin hacer nada malo.
Todo el pánico y el terror me brotó de los ojos en forma de lágrimas. Tenía muchas ganas de abrirme con la señorita Moore.
—Cariño, no pasa nada —me aseguró. Yo era incapaz de hablar—.
¿Estás bien, Jess? ¿Sucede algo? —Me miró el labio partido, nadie más se había dado cuenta—. ¿Quieres hablar, Jess?
Quería hablar. Pero mis labios no se movieron.
—Aquí está la otra alborotadora —dijo Moriarty. Tenía agarrada a Karla.
La señorita Moore atrajo a Karla hacia sí.
—Yo me ocupo de esto, entrenador. Vuelva a vigilar el comedor.
17. Leyes que propugnaban la segregación racial. Estuvieron vigentes en el sur de Estados Unidos hasta 1965.
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La miró sin disimular el odio. Pude ver lo racista que era.
—Vamos, chicas. —La señorita Moore puso un brazo alrededor de cada una—. Le explicaré al director que no habéis hecho nada.
Karla y yo nos inclinamos hacia delante y nos miramos.
—Lo siento —le dije—. No quería meterte en un lío.
La señorita Moore se detuvo.
—No habéis hecho nada malo. Os habéis topado con una regla no escrita que tiene que cambiarse. Solo quiero que esto no os cause problemas.
Cuando el director, el señor Donatto, me llamó por fin a su despacho, la señorita Moore preguntó si podía pasar conmigo. El director frunció las gruesas cejas.
—Preferiría que no lo hicieras, Suzanne.
El señor Donatto cerró la puerta y me indicó que me sentara.
Me sentí sola en un mundo hostil. Se desplomó en la silla y juntó las yemas de los dedos. Miré el retrato de George Washington que había colgado en la pared y me pregunté si llevaba puesto un abrigo de piel de oveja o si es que la pintura estaba sin acabar. El señor Donatto se aclaró la garganta. Supe que estaba listo para empezar.
—Me han dicho que ha causado problemas en el comedor, señorita. ¿Querría explicarme qué ha pasado?
—No he hecho nada —dije, encogiéndome de hombros.
El señor Donatto se echó para atrás en la silla.
—El mundo es un lugar muy complicado. Más complejo de lo que percibís vosotros, los niños. —«Oh, Dios», pensé, «aquí viene la chapa»—. En algunos colegios hay peleas entre los niños de color y los blancos. ¿Lo sabías? —Negué con la cabeza—. Estoy orgulloso de las buenas relaciones interraciales que hay en este colegio. No ha sido fácil desde que cambiaron el distrito escolar.
Queremos que las cosas sigan tranquilas ¿entiendes?
—No sé por qué no puedo comer con mis amigas. No nos estábamos peleando
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—El comedor es así porque los estudiantes están más cómodos de esa forma —dijo apretando la mandíbula.
—Bueno, yo no —me pregunté por qué no podía controlar la boca. El señor Donatto golpeó la mesa con la palma de la mano.
La señorita Moore abrió la puerta.
—¿Puedo ayudar, señor?
—¡Sal y cierra la puerta! —le gritó. Se giró hacia mí y cogió aire—.
Quiero que entiendas que queremos tener buenas relaciones entre los estudiantes.
—Entonces, ¿por qué no puedo comer con mis amigas?
El señor Donatto se acercó tanto a mí que pude sentir su aliento en la cara.
— Jovencita, escúchame y escúchame bien. Estoy intentando que las cosas vayan bien en esta escuela y estaré jodido si dejo que una alborotadora como tú deshaga todo el trabajo. ¿Me entiendes? —parpadeé cuando las gotas de saliva me dieron en la cara—.
Estás expulsada durante una semana.
¿Una semana? ¿Por qué?
—De todas formas quiero dejarlo —le dije.
Sonrió burlonamente.
—No puedes dejarlo hasta que tengas dieciséis.
—¿Yo no puedo dejarlo pero usted sí puede expulsarme?
—Así es, jovencita. Señorita Moore —gritó el señor Donatto—, esta estudiante ha sido expulsada. Haga que salga del edificio inmediatamente.
La señorita Moore estaba de pie al otro lado de la puerta. Me sonrió y me puso la mano en el hombro.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Claro —dije.
—Se olvidarán pronto de todo esto —me aseguró.
—Déjeme ver a la señora Noble y la señorita Candi, por favor.
Después me iré. —Hice un gesto de súplica. La señorita Moore asintió.
76
Tenía muchas ganas de hablar con ella, pero me sentía como si estuviera metida en un bote a la deriva que se alejaba de todo el mundo. Dije adiós y me fui.
La señora Noble estaba corrigiendo exámenes. Levantó la cabeza cuando entré al aula.
—Lo he oído —dijo, y continuó corrigiendo.
Me senté encima de una mesa frente a ella.
—He venido a despedirme.
La señora Noble levantó la vista y se quitó las gafas.
—¿Vas a dejar el colegio por esto?
Me encogí de hombros.
—Me han expulsado, pero no voy a volver.
—¿Te han expulsado? ¿Por lo que ha pasado en el comedor?
—Se frotó los ojos y volvió a ponerse las gafas.
—¿Cree que he hecho algo malo?
Se recostó en la silla.
—Cuando haces algo por convicción, querida, debería ser porque crees que es lo correcto. Si buscas la aprobación de todo el mundo, nunca harás nada.
Sentí que me estaba criticando.
—No le estoy preguntando a todo el mundo, le estoy preguntando a usted —dije de mal humor.
La señora Noble negó con la cabeza.
—Piénsate lo de volver. Tienes que ir a la universidad.
Me encogí de hombros.
—No voy a acabar el instituto. Voy a entrar en alguna fábrica.
—Necesitas conocimientos, incluso para trabajar en una fábrica.
—De todas formas no me puedo permitir ir a la universidad. —
Me encogí de hombros de nuevo—. Mis padres no se van a gastar un centavo en mí y tampoco van a firmar un préstamo.
Se pasó las manos por el pelo. Me fijé por primera vez en lo gris que lo tenía.
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—¿Qué quieres hacer con tu vida?—me preguntó.
—Quiero un buen trabajo, con buenas condiciones y un buen sindicato —dije al cabo de un rato—. Me gustaría entrar en la fábrica de acero, o en la de Chevrolet.
—Supongo que no es justo por mi parte querer que desees algo más.
—¿Como qué? —dije, enfadada porque ahora también la estaba decepcionando a ella.
—Puedo imaginarte convertida en una gran poeta, o en una dura líder sindical, o descubriendo la cura contra el cáncer. —Se quitó las gafas y las limpió con un clínex—. Quiero que ayudes a cambiar el mundo.
Me reí. No tenía ni idea de lo impotente que me sentía.
—No puedo cambiar nada —le dije. Pensé en contarle lo que había pasado en el campo de fútbol americano, pero no pude encontrar las palabras para empezar a hablar.
—¿Sabes lo que se necesita para cambiar el mundo, Jess?
—Negué con la cabeza—. Tienes que encontrar algo en lo que creas de verdad y después buscar a gente que crea en lo mismo.
Lo único que tienes que hacer sola es decidir lo que es importante para ti.
Asentí y me bajé de la mesa.
—Mejor me voy, señora Noble, antes de que manden a alguien para echarme del recinto de la escuela.
Se levantó y me cogió la cara entre las manos. Me besó en la frente. Por alguna razón, eso me hizo pensar en cómo me había sentido en la cárcel con Al y Mona, en esos momentos en que te arrancan de la gente a la que quieres y de la que te sientes cerca de verdad.
—Vuelve a visitarme —dijo la señora Noble.
—Claro —mentí.
Me dirigí al gimnasio a decirle adiós a la señorita Candi. La señorita Johnson me paró en el pasillo.
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—¿Dónde está tu pase, jovencita?
—No lo necesito. Estoy expulsada —mi voz sonó alegre.
Solo unas horas antes me había sentido encarcelada entre esas paredes. Ahora que me iba, la escuela parecía más pequeña. Recorrí los pasillos como si fuese una antigua alumna. Podía oír las marchas de John Philip Sousa sonando desafinadas en el auditorio.
Había olvidado la asamblea del último trimestre. Supongo que ya no tenía que ir. Cuando sonó el timbre, las puertas se abrieron y los estudiantes inundaron el pasillo. Esperé a que la multitud se diluyera antes de intentar llegar al gimnasio.
No había nadie en el vestuario de chicas cuando llegué. Cogí las zapatillas y los pantalones cortos de la taquilla y me los puse.
Comencé a jugar con las cuerdas, subiendo por una y cruzando después a las demás. Cuando bajé, tenía tantas emociones reprimidas dentro que pensé que iba a explotar. Corrí por la pista interior hasta que casi me desmayé.
Cuando paré, vi a la señorita Candi mirándome. Había vuelto al despacho del gimnasio a por algo y me había visto corriendo.
—¿Cuánto tiempo lleva mirándome?
Se encogió de hombros.
—He oído que te han expulsado.
—¿Cree que he hecho algo malo, señorita Candi? —Cuando lo dije, recordé lo que me había explicado la señora Noble sobre la necesidad de aprobación.
—No creo que haya que remover la mierda, eso es todo —dijo mirando a otro lado.
—Oh —exclamé decepcionada—. Bueno, señorita Candi, solo he venido a decir adiós.
Pasé por el aula de mecánica. Quería haber ido a esa clase, pero en su lugar me pusieron a hacer buñuelos con crema de limón en la clase de cocina. ¿Cómo creía la señora Noble que se podía cambiar el mundo haciendo buñuelos?
79
Encima de la entrada principal estaban grabadas en piedra las palabras Optima futura. «Lo mejor está por llegar». Esperaba que fuese verdad.
—Eh —gritó Darnell desde el aula de castigo del segundo piso—.
¡Bien hecho! —Lo saludé—. Vente con nosotros luego. —Un profesor tiró de él hacia dentro y cerró la ventana.
—¡Jess! —escuché a Karla llamarme por mi nombre—. ¡Jess, espera!
—Me han expulsado —le dije.
—A mí también —dijo—. Dos semanas.
—¿Dos semanas? ¡A mí solo una! De todas formas lo dejo.
—Mierda, ¿estás segura? —susurró Karla, dejando escapar el aire entre los dientes.
—No puedo más con esto.
—Jess —dijo Karla—, con toda esta mierda he olvidado preguntarte qué ha pasado. Me dijiste que necesitabas hablar.
Aquel momento fue un punto de inflexión en mi vida. Me sentía como un dique a punto de estallar, pero me escuché a mí misma decir: «Ah, no es importante». Karla parecía preocupada.
—¿Seguro?
Asentí, notando cómo colocaba el último ladrillo del muro que estaba construyendo dentro de mí y que quizá nunca derribaría.
—Vamos a ir a Jefferson —dijo Karla—. ¿Quieres venir?
Negué con la cabeza y la abracé para despedirme. No quería enfrentarme a mis padres. Sabía que, si me daba prisa, no habrían llegado a casa todavía.
En cuanto entré, cogí dos fundas de almohada y metí dentro todos mis pantalones y camisas. Busqué en el fondo en el armario y saqué la mochila donde estaban el traje y la corbata que me habían comprado Al y Jacqueline.
¡El anillo! Lo cogí del joyero de mi madre y me lo puse en la mano izquierda.
80
Iba muy rápido, tenía miedo de que mis padres volvieran a casa y me pillaran. Encontré un lápiz y un trozo de papel. Estaba sudan-do y me temblaba la mano.
Queridos mamá y papá, escribí.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Rachel.
—¡Ssssh! —Continué escribiendo.
Me han echado del colegio. No ha sido mi culpa, por si queréis saberlo. Tengo casi dieciséis. Iba a dejarlo de todas formas. Tengo trabajo y dinero. Me marcho. Por favor, no me busquéis. Ya no quiero vivir aquí. No sabía qué más escribir. Podrían encontrarme en el trabajo si querían, pero existía la posibilidad de que estuviesen tan contentos de deshacerse de mí como yo de marcharme.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Rachel de nuevo. Le temblaba el labio.
—Sssh, no llores. —Le di un abrazo—. Me escapo de casa.
Negó con la cabeza.
—No puedes.
—Voy a intentarlo. Me voy a volver loca si sigo aquí.
—Se lo diré —me amenazó Rachel.
Atravesé la puerta corriendo, temía que mis padres me pilla-sen en el último momento. Podían obligarme a volver a la fuerza, hacer que me arrestaran o ingresarme en una institución. O podían dejarme ir. Dependía de ellos, eso lo sabía. Corrí calle abajo hasta que me ardieron los pulmones. Cuando estaba a unas calles de distancia, me apoyé contra una farola y contuve el aliento. Me sentía libre. Libre para explorar lo que significaba la libertad. Miré el reloj.
Era hora de ir al trabajo. Iba a cumplir dieciséis años. Tenía treinta y siete dólares en el bolsillo.
—Llegas tarde —me dijo el encargado cuando fiché.
—Lo siento —dije, y encendí la máquina de inmediato.
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—Maldita cría —le dijo a Gloria.
Ella bajó la cabeza hasta que se fue. Después me miró y sonrió.
—¿Un día duro, Jess?
Me reí.
—Me han echado del colegio y me he escapado de casa de mis padres.
Ella silbó y movió la cabeza.
—Te llevaría a casa conmigo, pero mi marido sigue intentado deshacerse de nuestros propios hijos.
Le pregunté a Eddie si podía doblar turno.
—Después te digo —me contestó.
A las once de la noche se acabó el trabajo y me mandó a casa.
Intenté dormir sentada en la estación de autobuses, pero los policías venían todo el rato para pedirme que les enseñase el billete.
Compré uno para Niagara Falls, pero me despertaban cada vez que salía un autobús para allá y me preguntaban por qué no me había montado. Di una vuelta, tomé un desayuno y un café y me puse a caminar de nuevo. A mediodía me metí en una sesión matinal de cine. Cuando me desperté, llegaba tarde al trabajo.
Eddie me avisó de que no lo hiciese de nuevo.
—Tienes una pinta horrible —me susurró Gloria.
—Muchas gracias. —Empecé a pensar—. Oye, Gloria, ¿te acuerdas cuando me hablaste de ese bar al que fue tu hermano en Niagara Falls?
Se puso tensa.
—Sí, ¿por?
—¿Sabe si hay un bar parecido por aquí? —Se encogió de hombros—. Es importante, Gloria. Te juro por dios que necesito saberlo.
Parecía nerviosa. Se limpió las manos manchadas de tinta en el delantal como si quisiera desentenderse de todo aquello. A la hora del almuerzo me puso un trozo de papel en la mano.
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—¿Qué es esto? —El papel tenía la palabra "Abba" escrita.
—He llamado a mi hermano. Le he preguntado adónde va. Me ha dicho que solía ir ahí.
Sonreí de oreja a oreja.
—¿Sabes dónde está?
—¿Qué tengo que hacer, llevarte hasta allí?
—Vale. —Levanté las manos haciendo el gesto de que me rendía—. Solo preguntaba.
Llamé a información y me dieron la dirección. Cuando acabé el turno, me lavé en el baño y me puse ropa limpia. Miré el anillo que tenía en el dedo. Se ajustaba a la perfección. Prometí que nunca me lo quitaría. Quizá había llegado el momento de que me revelase el secreto para sobrevivir por mi cuenta. Corrí al centro, hasta el Abba, y esperé fuera, paseando y fumando. Estaba tan asustada de entrar en el bar como lo había estado al entrar al Tifka. Solo que esta vez llevaba todo lo que tenía en dos fundas de almohada.