Tejedora
Tejedora
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Nina Allan
Tejedora
ePub r1.0
Titivillus 06.02.2022
OceanofPDF.com
Título original: Spin
Nina Allan, 2013
Traducción: Silvia Schettin
Diseño de cubierta: Omar Moreno
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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Nota de los editores
Una de las preguntas que más ha obsesionado a los filósofos, retóricos y críticos desde antaño y que sigue acaparando páginas de medios hoy en día consiste en saber si la literatura, y el arte en general, es algo que se puede aprender como otro oficio cualquiera, siguiendo unas instrucciones y técnicas definidas, o si la verdadera creación parte de un talento innato e intransferible, un don que no necesita de aprendizajes pues brota de una inspiración espontánea. En otras palabras, ¿se puede aprender a ser un artista? O, más en concreto, ¿qué es un artista?
La pregunta tiene su importancia porque si optamos por pensar que la capacidad artística es un don innato (un «algo» indefinible) quiere decir que no está al alcance de la mayoría y que por más que todos podamos perfeccionar nuestras habilidades técnicas, algunos toparemos con un límite creativo que no podremos sobrepasar. Una de las últimas vueltas sobre esta milenaria discusión se produjo cuando el respetado escritor Hanif Kureishi, a la sazón profesor de escritura creativa, declaró que los cursos de (mira tú por dónde) escritura creativa son un fraude y que los alumnos mejor harían en dedicar su tiempo a leer pues el arte de la escritura no puede ser enseñado. Y es que en un momento donde tantos escritores consiguen una parte importante de sus ingresos impartiendo talleres, cursos y charlas, y donde internet y la cultura pop han convertido a los consumidores en creadores, la pregunta sobre qué es un artista y cuál es el origen de la inspiración se plantea en términos nunca vistos antes.
El problema de la naturaleza de la inspiración poética, si el poeta nace o se hace, se remonta a los filósofos presocráticos y sobre todo a Platón.
Según él, el poeta tendría una naturaleza especial porque estaría poseído por
un genio divino, una suerte de locura transitoria (lo que luego los romanos asimilaron como furor poeticus), y mediante revelaciones irracionales actuaría de canal entre las musas y los espectadores. En otras palabras, el poeta estaría más cerca del vidente que del artesano, pues su arte es fruto de la inspiración enajenada y no del cumplimiento justo de ningún requisito técnico o formal. Aristóteles, por el contrario, más interesado en la naturaleza que en la psicología del artista, centra su poética en otros conceptos funcionales como la trama y solo menciona que el arte poético tiene más que ver con técnicas imitativas de la realidad.
Será Horacio en su influyentísima poética quien condense de forma explícita esta polémica sobre la índole del artista en la dualidad ars/ingenium: ¿es el artista un artífice que aplica estrictamente unas reglas compositivas y se esfuerza por lograr un resultado armonioso?, ¿o es un ser con una inexplicable facilidad natural para la composición? Horacio plantea la dualidad y opta por el equilibrio entre ambas fuerzas: el esfuerzo personal y el don innato se imbrican hasta tal punto que ambos son necesarios para realizar una obra artística. De nada serviría el don natural si no se perfeccionara adquiriendo ciertos conocimientos técnicos y se ajustara a las reglas de lo bello (reglas que por cierto él mismo dicta en su propia poética, acercando así para siempre la labor del escritor y del crítico literario).
En líneas generales, la historia del arte ha asumido el equilibro de Horacio y gravitado entre esa racionalidad de la técnica y la irracionalidad del talento de forma armoniosa hasta hoy en día. Aunque también ha habido espacio para variaciones. Por ejemplo, el concepto de «talento» como habilidad natural para la composición fue relegado durante el Romanticismo por el de «genio», un concepto mucho más extremo y antropocéntrico; el genio está cercano a la furia poética platónica aunque en este caso el origen de la inspiración no se halla en las musas ni en ninguna fuerza divina ajena al poeta, sino en la innata e incontrolable capacidad del propio autor para dejarse llevar por una fuerza que supera los límites de la mente humana y de la naturaleza. Es decir, el genio sería una capacidad para canalizar lo sublime, las fuerzas de la naturaleza y el carácter del
pueblo en un arte visionario donde (como Coleridge en Kubla Khan) el poeta sería un canal por el que el arte habla y se materializa.
Tras el Modernismo, el concepto de genio ha entrado en crisis, en favor de la más democrática idea de que el talento debe combinarse con el esfuerzo y el trabajo, así como la percepción de que un perfecto artista debe tener conocimientos teóricos sobre arte y composición. La crítica literaria ha seguido también el mismo sendero: si el Romanticismo y la primera crítica biográfica e impresionista exploraban la vida del autor, los formalistas y la Nueva Crítica lo abandonaron para centrarse en el texto, mientras que el Nuevo Historicismo, los Estudios Culturales y otras tantas corrientes reflexionaron después sobre los factores externos al texto e incluso, con el Posmodernismo, sobre el propio proceso de comunicación.
En resumen, a medida que el arte y, sobre todo, la crítica se iban centrando menos en la vida del autor y más en el propio texto y en el proceso de diálogo con el lector, la creencia de que los artistas tienen un don innato y de que la imaginación es superior a la técnica ha entrado en decadencia. La popularización de cursos, decálogos de escritura, libros de consejos, foros de encuentro para artistas de todo orden… ha contribuido a poner el arte al alcance público, e internet por su parte contribuye a que dichas obras puedan alcanzar una exposición impensable en el viejo orden mundial.
Eso sí, el interés persistente de los medios por las vidas de los escritores, por conocer si sus textos tienen un trasfondo autobiográfico y ahondar en qué sucesos marcaron su crecimiento (ausencia de padres, episodios trágicos, relaciones atormentadas) aún deja entrever que subsiste cierto culto a la persona del escritor como un ser especial, y la idea de que las anomalías vitales o psicológicas pueden contribuir a desarrollar una sensibilidad creativa fuera de lo común y alejada de cualquier cosa que se pueda aprender de forma regulada. Esta sospecha de que el genio transita por caminos a veces diferentes a los del arte reglado también se hace patente en la compleja posición que en nuestros días ocupa por ejemplo el arte naíf (Henry Darger es tal vez el representante por antonomasia), creado fuera de cualquier ámbito académico y de manera absolutamente autodidacta, movido solo por pura fuerza interior. ¿Cómo clasificar esas obras extrañas, no siempre muy logradas según los cánones habituales?
Esta relación conflictiva entre la inspiración y la técnica conforma el corazón de la novela corta a la que estás a punto de acceder, lector. La británica Nina Allan, recogiendo el testigo de generaciones de filósofos y críticos, se preocupa aquí por la cuestión de cómo se forma un artista y cuáles son los riesgos y sacrificios que conlleva el ejercicio del arte.
Y para abordar un problema tan presente en la filosofía griega, Allan hila en Tejedora una versión moderna y personal del mito de Aracne. Según Ovidio, Aracne era una tejedora hija del tintorero Idmón de Colofón, tan conocida por su gran talento para el tejido y el bordado que cometió la osadía de afirmar que su habilidad era superior a la de la diosa Atenea.
Dicha diosa, enfadada, adoptó la forma de una anciana para acudir al taller de la joven y retarla a un concurso de tejido. Aracne, aunque tejió un tapiz perfecto se atrevió a representar a los dioses cometiendo infidelidades disfrazados de animales, algo que Atenea no pudo soportar. Aracne, tras comprender su error, trató de ahorcarse, pero Atenea roció la soga con un jugo que convirtió la cuerda en una telaraña y a la joven en la primera araña.
El mito original, por supuesto, se centra en el pecado de la hibris, ese vicio de orgullo personal y resistencia a aceptar el propio destino en que también incurrieron Odiseo o Ícaro. La versión de Allan parte de la misma historia y retoma también el concepto de hibris, pero trasplantándolos a una Grecia alternativa y completamente original, donde la tecnología moderna convive con las divinidades mediterráneas. En ese mundo, Tejedora narra la lucha de una artista atrapada entre dos fuerzas en apariencia antagónicas: el ars de la creación racional (la práctica, el esfuerzo personal y la libertad absoluta) y el ingenium de la furia creativa (el artista como vidente canalizador de una inspiración divina y, por tanto, esclavo de su obra). A partir de aquí, en medio de una vibrante y colorida ambientación, la historia se revuelve en torno a una serie de preguntas sobre la condición del artista:
¿es el verdadero arte fruto del esfuerzo o la producción espontánea también puede ser artística?, ¿se puede seguir un conjunto de normas para producir un objeto verdaderamente original?, ¿a qué grado de soledad e incomprensión debe enfrentarse el genio?, etcétera.
Pero como todo buen mito Tejedora es también la historia de un personaje trágico en el más puro sentido del término, ya que la vida de Layla, la Aracne moderna, está señalada desde antes de nacer y su obstinación por apartarse del camino de los dioses solo contribuye a acelerar su destino.
Las editoras agradecen a Yolanda, Félix y Pablo su ayuda en la publicación de este libro.
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Para mi padre, Stuart Stephen Allan.
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Tejedora
«No fue ilustre aquella ni por su nacimiento ni por el origen de su linaje, sino por su arte; su padre, Idmón de Colofón, teñía la lana que se empapa con púrpura de Focea; había muerto su madre, pero también esta había sido una mujer del pueblo e igual a su marido. Sin embargo, ella había conseguido con su dedicación un nombre digno de recuerdo por todas las ciudades lidias».
Metamorfosis, libro VI, «La transformación de Aracne en una araña», Ovidio (edición de Consuelo Álvarez y Rosa María Iglesias).
Su padre no fue a despedirla. No era extraño que se levantase temprano y saliese con el barco, pero Layla sabía que hoy lo había hecho adrede, que no quería verla marchar. Anduvo hacia la estación de autobuses por el camino que daba a la bahía, esperando tener la oportunidad de divisarlo a lo lejos, ver su cuerpo dibujar una línea tensa sobre el agua mientras tiraba de las cuerdas del Auster, dirigiendo la vela al amanecer como una flecha hacia el fuego. Oteó el horizonte expectante, protegiéndose los ojos del sol con las manos, pero no había rastro de él. Probablemente estaría ya mar adentro.
Podrían pasar horas hasta que regresara.
Llegó a la parada de autobuses del puerto justo después de las seis. La aurora estaba saliendo del mar y llegando a la arena. De niña, a Layla le gustaba imaginar que su madre regresaría a ella de aquella forma, emergiendo lentamente de las aguas en las que se había ahogado, con el vestido empapado pegado a las curvas de su cuerpo como una segunda piel, sus largos y arqueados pies tan blancos como una perla calzados en sus sandalias de ante rosa.
La parada estaba desierta. El autobús de las siete iría mucho más lleno, cosa que Layla había querido evitar. Al final el autobús llegó tarde, traqueteando por la carretera de la costa, dejando un reguero de humo de diésel y fino polvo blanco. Layla presentó su billete al conductor y ocupó un asiento de la parte delantera. No le gustaban los asientos traseros, donde los mercaderes de telas y los recolectores de lana jugaban interminables torneos de whist y se dejaban algún ojo morado cuando empezaban a perder. Guardó la mochila debajo del asiento. Eso le dejaba poco espacio, pero no se fiaba de poner el equipaje en el estante.
Mientras el autobús se alejaba del litoral y se adentraba en la tierra Layla se preguntó si era verdad lo que la nana Iona le había dicho, que una vez que estabas lejos de la costa Mani parecía otro país completamente distinto. Layla podía sentir el áspero aliento de la tierra, tan distinto de las brisas dulces que agitaban las olas en la costa de Kardamili. La carretera de montaña era accidentada, de gravilla, con tramos aún sin hacer y ondulaba bajo pendientes escarpadas pobladas por raquíticos olivos y saxífragas doradas. Por primera vez desde que compró el billete, Layla se sintió atenazada por las dudas y por algo que interpretó como nostalgia. Si el Taigeto era otro país, Ciudad Atolón era en sí un mundo alienígena.
Llegaron a Kalamata alrededor del mediodía. Era una parada programada de descanso, una hora para aprovisionarse de comida o simplemente estirar las piernas. Layla caminó hasta el puerto, donde una remesa de cristal estaba siendo descargada de un buque de vapor y llevada en pilas resplandecientes a la bodega de un avión de transporte. Los peones brillaban de sudor mientras un minúsculo hombre barbudo con un iPad en la mano correteaba por la pista gritando instrucciones. Layla se compró un sándwich de cangrejo y se dedicó a observar el tráfico del puerto, que
avanzaba despacio por las gradas que llevaban hacia la carretera de circunvalación. La gente en los coches vestía con colores brillantes: prendas baratas en un arcoíris de tejidos sintéticos, reducciones de los tonos que a su padre le había llevado décadas perfeccionar. La ruidosa cacofonía le provocó una sensación de picor en las terminaciones nerviosas.
Cuando quedaban cinco minutos para salir empezó a caminar de vuelta al autobús. Sabía que se subirían más pasajeros en Kalamata y no quería arriesgarse a perder su asiento. Cuando terminó el descanso el autobús estaba lleno. El asiento junto al suyo, que había estado vacío hasta la parada, estaba ahora ocupado por una anciana. Era delgada como un palo y su aspecto inspiraba miedo, pues su fealdad resultaba casi monstruosa.
Sujetaba una mochila en el regazo, una bolsa de cuero con cordones que parecía hincharse y palpitar con vida propia. A Layla le aterrorizó pensar qué espanto podría esconderse allí dentro. Miró fijamente por la ventana, decidida a no encontrarse con la mirada de la vieja. Se moría por sacar su bordado, pero la mochila se le había escurrido debajo del asiento y no quería llamar la atención rebuscándola. Aún faltaban cinco horas hasta que pararan a dormir en Corinto. La idea de tener a la vieja pegada a ella durante el viaje le daba arcadas. Hicieron una parada para ir al baño en Tegea, donde para sorpresa de Layla la mujer dejó vacío el asiento tan pronto como se detuvo el vehículo. Layla cogió su mochila y bajó del autobús. Había una fuente de agua potable en la cuneta de la carretera, unas tuberías oxidadas colocadas directamente en la roca. Layla bebió y se impregnó la boca y la garganta de sabor a monedas. A pesar del calor acumulado durante todo el día el agua estaba helada.
Las chicharras gritaban agitadas. La accidentada carretera resplandecía de calor como un espejismo. Después de diez minutos o así el conductor del autobús hizo sonar un silbato y todos empezaron a embarcar de nuevo.
Layla se abrió paso a empujones para ponerse al frente porque no quería que la vieja se le adelantara y le arrebatara el asiento junto a la ventana. Le sorprendió que la anciana no apareciera. Cuando salieron a bandazos del área de descanso Layla echó un vistazo hacia el lateral de la carretera, casi esperando ver a la mujer renquear detrás del autobús en una lisiada carrera,
con la abultada mochila de cuero aferrada contra el pecho. No había ni rastro de ella, sin embargo, y el asiento junto al de Layla permaneció vacío.
Al avanzar la tarde la luz se fue atenuando, pasando del topacio al zafiro y luego a un amatista grisáceo. Layla abrió la mochila y sacó la panorámica en miniatura en la que había estado trabajando antes de marcharse. Acababa de empezarla, y solo una esquina brillante de puntadas daba prueba de lo que pretendía, pero la pieza ya la había poseído, se había convertido para ella, como le pasaba siempre con cada nueva obra, en una extensión material de su espíritu.
Había escogido el más pequeño de todos sus bastidores, el único que le pareció que podría caber en la mochila sin tener que desmontarlo. Estaba hecho de madera de gingko lijada y después sellada con aceite de teca, las dos secciones unidas con un calce perfecto. Iona había sido la primera que le había enseñado a usarlo, cómo estirar bien la tela sobre el círculo interior, cómo asegurarla después apretando los cuatro tornillos de latón del círculo exterior. Layla tenía entonces cuatro años y no paraba de incordiar rebuscando en la cesta de bordado de Iona.
No era de extrañar que Iona creyese que la niña a su cargo se aburriría en cuanto tuviera que enfrentarse a algo más constructivo que dar puntadas aleatorias, pero resultó que se equivocaba. Aquella misma tarde, Layla fue capaz de hacer un punto cruzado sencillo. Una semana después le enseñó su primer tapiz a su padre, Idmón. Era una obra sencilla pero aun así extraordinaria. Donde un niño menos hábil habría tratado de representar un diagrama simplificado de su casa, por ejemplo, o de su mono mascota, la Layla Vargas de cuatro años había llenado de colores toda la tela circular con un bosque de puntadas verdes, un diseño abstracto confeccionado con los cabos sueltos de seda de prueba que había encontrado desperdigados debajo de los bancos de trabajo de los maestros tintoreros. Idmón Vargas contó veintiséis tonos de verde en total. La puntada era casi perfectamente uniforme, el tipo de trabajo que se esperaría de una chica que le triplicase la edad o más.
Layla recordaba que todos la habían halagado por su trabajo, recordaba haber tomado conciencia de que a los ojos de Iona, de su padre y de los trabajadores de las tiendas de seda había logrado una proeza insólita. Pero
ante sus propios ojos aquellas cosas eran accesorias y superficiales, como las pequeñas olas que se deslizan por la costa al primer soplo de viento. Lo fundamental para ella era lo que sucedía en su interior cuando pensaba en la seda. Antes de aprender a hacer punto de cruz había vivido rodeada de color y textura sin darse cuenta de que eran materiales con los que se podían elaborar otras cosas. Después, el marco de gingko se convirtió para ella en una «o» tan vasta como el mundo, una ventana circular por la que podía salir y entrar en reinos y realidades de su propia elección. Con esa «o»
podía darle sentido al color y transformarlo en su esclavo. Podía convertirlo en algo suyo, perfeccionarlo como la suma sacerdotisa de Delfos perfeccionaba los ecos vacíos en las huecas rocas subterráneas y los sacaba a la luz del sol convertidos en la voz de un dios.
A los doce años, Layla se convenció de repente de que su madre, Romilly Perec, había sido una sibila. Era la única forma de explicarse su don, y aunque todos los videntes tenían ahora los mismos derechos ante la ley, había aprendido en el colegio que las sibilas seguían siendo ejecutadas por crímenes de clarividencia hasta hacía apenas diez años, sobre todo en provincias.
Guardó para sí esos pensamientos hasta que fueron una carga demasiado pesada. Entonces le preguntó a Iona si era verdad.
—No digas tonterías —le respondió Iona. El rostro se le coloreó con un intenso rojo como el moco de pavo y Layla se acordó de algo en lo que no solía pensar: que Iona era la hija del carnicero, que cuando no cocinaba y limpiaba para Idmón Vargas estaba en el matadero, hirviendo cubos de sangre para hacer morcillas —. Tu madre no habría sabido lo que era una aguja ni aunque saltara y le pinchara en la cara. Escribía cosas, nada más, estupideces. No tenía tiempo para la clarividencia, igual que no tenía tiempo para la ley ni para el foro ni para el trabajo honesto, ya que estamos.
No dejes que tu padre te pille haciendo preguntas sobre ella o te zurrará.
Layla tuvo ganas de cruzarle la cara a Iona con la mano abierta, empujarla a la alacena de la carne y recordarle que Idmón Vargas no le había «zurrado» en toda su vida. En vez de eso fue a su habitación, se tumbó en la cama y se clavó las uñas en las manos para reprimir el llanto.
No porque llorar le pareciera mal, sino porque no iba a permitir que Iona
Phillipos la viera así. Aquella misma tarde, empezó a trabajar en lo que luego reconoció como la primera de lo que llamó sus panorámicas, tapices a gran escala del largo y ancho de una mesa de comedor o incluso más grandes, lo bastante para narrar historias enteras en vez de ilustrar escenas concretas.
La primera panorámica mostraba un equipo de trirremes saliendo de la bahía circular de Limeni. En un primer plano, junto al muro del puerto, dos pescadores arrastraban fuera del agua el cuerpo de una mujer. Sus pies estaban atados. El agua caía por los torsos desnudos de los pescadores en riachuelos de aguamarina transparente. El efecto del agua era particularmente difícil de conseguir y Layla había trabajado en ello de forma obsesiva, descosiendo y volviendo a coser hasta que quedó bien.
El capitán del trirreme principal, un hombre fornido de pelo oscuro con una barba negra cuadrada, hablaba por el móvil.
Cuando su padre vio el tapiz se quedó en silencio.
—¿Quién te lo ha contado? — preguntó al fin —. No quería que supieras lo de tu madre hasta que fueras mayor.
—Nadie me ha dicho nada —dijo Layla —. Me lo he inventado yo sola.
Layla sintió una intensa punzada de irritación por el hecho de que su padre pudiera pensar que había copiado, que asumiese que las imágenes del tapiz no eran de su propia invención. En ese mismo instante, Iona, tan robusta y enérgica como un tren de vapor, entró en la habitación y se puso a recoger tres tazas de café sucias, un montón de revistas y un plato con cortezas de tostadas. Supuestamente Iona no debía entrar en la habitación de Layla sin llamar y Layla sabía que si lo había hecho justo entonces era solo porque su padre se encontraba allí. Layla abrió la boca para protestar, pero en aquel momento Iona alzó la cabeza y vio por primera vez la panorámica.
Las tazas de café se estrellaron contra el suelo. Dos de ellas se hicieron añicos y Layla vio la tercera desaparecer rodando debajo de una silla (la recuperó un mes después, llena de moho). Iona tenía las manos apretadas contra la boca y a Layla le impresionó ver brotar lágrimas de sus ojos.
—No pasa nada, Iona —dijo su padre —. Layla y yo terminaremos de recoger. Tú vuelve a casa, pareces cansada.
Después de que Iona se marchara y ellos hubieran cenado, Idmón Vargas le contó a su hija cómo había muerto su madre.
§
Cuando el autobús llegó a Corinto la oscuridad no dejaba ver nada. Las calles de la parte vieja estaban impregnadas de un intenso crepúsculo, el morado antiguo y amargo del glasto. Layla dejó a un lado su trabajo y apoyó la cabeza contra la ventanilla, tratando de ver, a través de su reflejo, la ciudad de ahí fuera. La mayor parte de Corinto había sido destruida en la guerra contra Cartago un siglo antes, pero quedaban restos de edificios más antiguos: un conglomerado de estrechos palacetes alrededor de un viejo pozo de bombeo, la mole en sombras de unos grandes almacenes de seis pisos recubiertos con trabajos de forja tradicionales. Aquí y allá una pálida luz dorada extendía sus enfermizos dedos por las rejillas de una contraventana. Reinaba un profundo silencio, como si el lugar guardara aún el luto por su propia muerte, y hasta que el autobús no cruzó el puente hacia la parte moderna de la ciudad Layla no se dio cuenta de que la vieja Corinto no era más que un lugar de paso para los turistas que seguían el circuito de los sitios arqueológicos.
La nueva ciudad era una plaza fuerte, un lugar por el que la gente pasaba o del que se marchaba, y parecía consistir principalmente en una serie de paradas de camiones, conectadas por rayas de asfalto roto y gris e iluminadas por las chillonas luces de neón de los bares que abrían toda la noche y las tiendas circundantes. El autobús aminoró la marcha a su paso por el asfalto horadado de la carretera interior de circunvalación y después se paró frente al cadáver torcido y combado de un edificio con falsas columnas corintias y un cartel de parpadeantes luces fluorescentes que representaban un toro. El lugar se llamaba Hotel Europa y Layla advirtió con desazón que era allí donde pernoctarían. Nunca antes había estado en un lugar semejante. En las raras ocasiones en las que había viajado a Atolón con su padre siempre se habían hospedado en una de las lujosas residencias privadas de alguno de los socios comerciales de Idmón Vargas, y la propia
Atolón contaba con fastuosos hoteles corporativos por todo el extremo occidental de la bahía, a lo largo de un entramado de resplandecientes diagonales de cristal y acero. Su padre mantenía acuerdos de tarifas con al menos dos de ellos para sus representantes comerciales. El Europa no era mucho mejor que un hostal de camioneros, el típico sitio al que Iona llamaría un «antro».
Layla echó un vistazo a su alrededor angustiada, tratando de ver lo que los demás pasajeros pensaban del lugar. Algunos terminarían su viaje en Corinto, por supuesto, así que no se quedarían en el Europa. Tan pronto como aparcó, el autobús se convirtió en un estallido de alboroto y agitación mientras la gente bajaba las bolsas de los estantes y se apresuraba a recoger sus pertenencias esparcidas por el compartimento del equipaje de mano.
Layla esperó hasta que el autobús estuvo casi vacío antes de dirigirse a la salida. Asumía que la noche en el Europa iba incluida en el precio del billete, pero no estaba segura de cuál era el procedimiento para registrarse.
Miró disimuladamente al conductor, un campesino rechoncho que llevaba tatuadas, con elaborado realismo, unas esposas en ambas muñecas y que lucía una barba negra peinada tiesa para que se asemejara a una daga.
—Disculpe —le dijo Layla.
El conductor le soltó una retahíla de palabras en algo que sonaba a arameo y agitó las manos. Le pareció entender las palabras «billete» y
«recepción».
—De acuerdo —contestó Layla—. Gracias.
Se bajó del autobús y caminó hacia la entrada del hotel, pegándose como una lapa a un grupo de pescadores de tiburones que recordaba haber visto subirse en Kalamata. Una vez dentro se apiñaron en torno a la mesa de recepción, lanzándose a voces bromas e insultos de mentira. Una mujer negra con un pañuelo verde azulado en la cabeza estaba entregando llaves.
Era joven, aún no había cumplido los treinta y su piel era lustrosa como madera de teca. Layla se preguntó de dónde era. No estaba acostumbrada a ver mujeres africanas, aunque dos de los criadores de púrpura de Tiro de su padre eran de Etiopía. Idmón Vargas decía que tenían un talento natural para el trabajo, que a los múrices les gustaban.
La mujer le dio a Layla una llave que iba atada a un trozo de cuerda roja.
—Está en el tercer piso —le dijo—. Hay que subir un poco, pero al menos debería de tener algo de paz y tranquilidad. — La mujer echó una explícita mirada a los pescadores de tiburones y sonrió.
Cuando la recepcionista giró la cabeza, Layla se horrorizó al ver que tenía la parte derecha de la cara cubierta de cicatrices; un tubo de tejido retorcido y engrosado le surcaba como una zanja la piel tensa y brillante de la mejilla. El resultado de una herida de cuchillo, probablemente. Layla se preguntó si ese tipo de cosas se consideraban un riesgo laboral en el Europa.
—No se preocupe —dijo la mujer—. Yo esto lo veo como la vacuna necesaria contra los bandidos. — Se rio, un ruido estridente parecido al hipo, como la llamada de un ave exótica.
Layla se apartó, avergonzada de que la mujer la hubiera sorprendido mirándola. La recepcionista llevaba piedras preciosas facetadas en las orejas, del verde amarillento salpicado por el sol de los peridotos. La luz cetrina de la bombilla suspendida parecía enrollarse a su alrededor como una tenia. Layla cogió su llave y subió las escaleras. La habitación estaba metida bajo los aleros y la luz del cartel con el toro proyectaba coloridos patrones sobre el linóleo desnudo. Olía a ambiente blanqueado por el sol y a tabaco consumido, y de algún lugar de entre las profundidades del hotel llegaba el apagado pero insistente llanto de un bebé.
Se sintió tan aliviada de no estar rodeada de gente que Layla apenas notó esas ligeras incomodidades. Se quitó las deportivas y se tumbó en la cama. Pensó que se quedaría dormida enseguida, pero la extrañeza del lugar y el calor acumulado del día, condensado entre las vigas como bajo un edredón de plumas de ganso, se lo impidió. Dormitó, con una sucesión de imágenes de los acontecimientos del día titilando por detrás de sus párpados como polillas atrapadas. Salió de aquel adormilamiento porque alguien llamó a la puerta. Layla contuvo el aliento, con el corazón desbocado, pensando en la mujer con la herida de cuchillo y preguntándose cómo de alto tendría que gritar en un lugar como el Europa para que alguien la oyera.
Esperó a ver si ocurría algo más y cuando no pasó nada caminó de puntillas
hacia la puerta y la entreabrió. Fuera, en el pasillo, encontró una vasija con agua y un cuenco de hojalata lleno de arroz y keftedes. A Layla le rugieron las tripas. Se dio cuenta de que no había comido nada desde el sándwich de cangrejo del puerto en Kalamata. Engulló la comida en menos de diez minutos y poco después se durmió de verdad. Cuando se despertó era por la mañana y la luz estaba filtrándose por la ventana sin cortinas. Se calzó las deportivas y cogió la mochila. Se fijó en lo diferente que parecía la habitación a la luz del día, menos sórdida. Había un impreso enmarcado en la pared, una página de la Magna Eneida de Agnes Sartoria. Layla se apresuró escalera abajo. Estaba convencida de que había sido la mujer negra la que había dejado la comida la noche antes y no quería irse sin darle las gracias, pero en recepción no había ni rastro de ella y ahora estaba al cargo un joven con un repugnante brote de granos en la frente y unas gafas de aspecto frágil con montura de alambre.
—El autobús está fuera —avisó—. Será mejor que se dé prisa o se marchará sin usted. Se ha quedado dormida.
El chico sonrió cuando Layla salió corriendo por la puerta. El autobús volvía a estar lleno y por llegar tarde Layla se tuvo que conformar con un asiento de pasillo. El brillo cegador del sol le hizo cerrar los ojos y no volvió a abrirlos hasta que estuvieron entrando en la terminal de autobuses de Ciudad Atolón.
§
Macy Persimmon estaba allí para recibirla tal como habían acordado. Macy era la directora de cuentas de Idmón Vargas. Layla sospechaba que era también su amante, o al menos que lo había sido en el pasado. No la había visto nunca con el mismo color de pelo y el día que llegó a Ciudad Atolón era de color lapislázuli.
—¡Dios mío, estás aquí! —gritó Macy —. ¿Ha sido horrible el viaje en autobús? Seguro que sí. Le dije a tu padre que tendría que haberte hecho coger una ruta aérea.
—No fue tan malo —respondió Layla—. De verdad. — Se le había olvidado lo agotadora que podía resultar Macy. Tuvo ganas de decirle que su padre ya no estaba en posición de obligarla a hacer nada, que él se había ofrecido a pagar la tarifa aérea, pero que ella se había negado porque tener que depender de su dinero justo cuando estaba empezando una nueva vida independiente le habría parecido admitir una derrota. No dijo nada de todo aquello, por supuesto. Macy Persimmon, con su pelo brillante como un espejo y su elegancia natural, siempre se las arreglaba para hacerla sentir como una niña balbuceante.
Fueron en el coche de Macy hasta su apartamento en Amberville, una parte de la ciudad solo al alcance de los magnates de los transportes intercontinentales y de los comerciantes de especias. El apartamento de Macy era tan grande como un armario de limpieza espacioso. Era también un vertedero, un compostaje de perfume caro y ropa interior de diseño.
Macy le había ofrecido su cama supletoria hasta que encontrara algo permanente. Dicha cama supletoria estaba en un rincón del salón-cocina, empotrada detrás de una pila de cajas de cartón rebosantes de revistas de moda y un enorme monitor de vTV. La cama de Macy estaba en una plataforma accesible por una escalera de hierro forjado que parecía servir también de tendedero.
Todo el apartamento vibraba de color, pero de una clase inferior, efímera, como el resplandor plastificado del acrílico en oposición a una lustrosa pátina de óleo. Layla no podía evitar sentir que había una discordancia entre la clamorosa luminosidad de las cosas de Macy y las maneras nerviosas con las que deambulaba de acá para allá, como si a pesar de su vivaracha seguridad temiera un escrutinio cercano. Layla miró fijamente las medias descartadas, las revistas y los viejos menús de comida para llevar y sintió la presión de un risa llorosa debajo de las costillas. Sabía que allí no podría trabajar, que el polvoriento cubículo del Europa habría sido preferible. Tendría que escaparse en cuanto pudiera. No quería ser injusta con Macy — al fin y al cabo había sido ella la que le había encontrado el trabajo en Textiles Minerva—, pero la tambaleante profusión de objetos superfluos llenaba su alma de un miasma de desesperación.
—La verdad es que tengo que estar de reuniones todo el día — dijo Macy—. ¿Estarás bien tú sola hasta que vuelva?
—Estaré bien —aseguró Layla.
Macy asintió con la cabeza y sonrió, pero quedaba claro que sus pensamientos estaban ya a kilómetros de allí. Era como un ave del paraíso, pensó Layla. Uno de esos loris encaramados a las altas ramas que se conservan en los recintos cercados con alambre de los jardines botánicos.
La mayor parte de esos pájaros mueren, porque los inviernos europeos son demasiado fríos para ellos, pero los más fuertes sobreviven durante años.
Macy revoloteaba por el piso, metiendo cosas en el bolso y parloteando sin parar. Al final se fue. Layla se dirigió hacia la ventana y bajó la mirada, vio la cabeza azul de Macy botar por la calle como el cursor de un videojuego.
Cuando la perdió de vista Layla cogió un vaso del armario sobre el fregadero y se echó agua del grifo. El agua tenía un sabor algo rancio, como la que solía tener el agua de Ciudad Atolón, sobre todo en verano. Layla dio vueltas al vaso en la mano, notando su peso, el fondo azul verdoso del cristal, los patrones de hojas de vid grabados por el borde. Era algo hermoso, discordante con el resto del apartamento, y Layla no pudo negar lo que sabía, que el vaso era un regalo de Idmón Vargas. Podía sentir las huellas de su padre en el cristal como si lo hubiera sostenido entre sus manos el día anterior. Desconocía cómo lo sabía, pero lo sabía. Era como un aroma conocido, el rastro de algo dejado atrás por los recuerdos de una persona. Lo mismo que trataba de tejer en sus panorámicas.
Se sintió mal por su padre y por Macy. Macy era inofensiva y sus intenciones buenas, pero aun así Layla no soportaba la idea de que su padre tuviera una relación con ella. De todos modos no era un asunto de su incumbencia. Sintió una oleada de alivio al pensarlo, al comprender que ahora que se había ido de casa podía desentenderse de todo aquello. Macy Persimmon podía irse a vivir con Idmón Vargas si quería y a ella no debía importarle. Ahora era libre. Tuvo la repentina visión del comedor con paneles de madera de pino pintados de blanco de la casa de Kardamili, lleno a rebosar de los desperdigados cojines bordados con espejos de Macy y de su aparentemente innumerable familia de elefantes de cristal.
La visión fue espantosa pero tan implausible que resultó casi divertida.
§
El museo de Ciudad Atolón guardaba una de las más extensas colecciones de obras de sibilas de toda Europa. Las obras de la Edad Moderna se hallaban en su mayor parte en buenas condiciones, pero muchos de los tapices más antiguos estaban descoloridos y rotos en partes, los temas parcialmente oscurecidos por siglos de polvo acumulado. Era de sobra conocido que los conservadores del museo estaban atrapados en el aparentemente inextricable dilema de si los tapices debían ser limpiados o no. El director del museo y sus ayudantes estaban dispuestos a emplear las últimas técnicas bioquímicas de limpieza para devolverle a aquellos importantes artefactos su pasado esplendor, pero muchos de los miembros del comité de administración estaban en contra. Algunos creían, como habían creído los antiguos, que alterar la obra de las sibilas podía dar lugar a una corrección involuntaria del tiempo, un espontáneo desenmarañarse de la historia que podía resultar teóricamente en la muerte de millones.
Layla siempre había despachado esas teorías como estupideces primitivas. Veneraba el trabajo de las sibilas, no a causa de ninguna creencia supersticiosa en su poder sino por lo que era: el mayor éxito hasta la fecha del arte del tapiz. El telar de Livia Sol sobre los caballos de Poseidón, el petit point del tamaño de un pañuelo de los niños en los hornos de una Crea Atolón que contaba por entonces quince años de edad: eran obras de tal nivel de ejecución técnica y profundo impacto emocional que para Layla daba igual si habían predicho de verdad el tsunami de Nantucket o los hornos de Belsen como muchos habían asegurado. El sentido de la obra era la propia obra y nada más.
La prodigiosa Crea Atolón fue la última de las sibilas a las que se concedió una sanción oficial, pero fue precisamente durante su vida cuando se aprobaron las leyes anticlarividencia, de modo que hacia el final de sus días se vio obligada a emigrar. Sus obras tenían ahora un valor incalculable, pero en muchos de los testimonios históricos oficiales los acontecimientos de su vida habían sido embellecidos o incluso alterados.
De algún modo, se consideraba de mala educación hablar de las dificultades que había encontrado.
Junto a las dos extensas biografías de Crea Atolón, Layla había leído además el folleto ilustrado que se podía comprar en la tienda de regalos del museo y el largo tratado académico de Duchen Selwar. El libro de Selwar estuvo prohibido durante un tiempo, pero ahora volvía a estar disponible, aunque en una tirada tan corta y prohibitiva que quedaba fuera del alcance de la mayoría de los lectores interesados. La biblioteca pública de Kardamili tenía una copia, pero era solo para consulta. Layla se había visto obligada a leerlo en seis días consecutivos bajo la estrecha vigilancia de Admos Tsoilkos, el director de la biblioteca.
La primera vez que preguntó si podía leer el libro el hombre le echó una mirada extraña, como si quisiese dar a entender que ella, Layla Vargas en particular, estaría mejor leyendo otra cosa.
Era por su madre, claro. La gente pensaba que era contagioso.
Las reproducciones a color del libro de Selwar eran asombrosas, pero al lado de las auténticas obras parecían insulsas litografías. De pie por cuarta vez cuanto menos frente a Los bárbaros en la puerta de Crea Atolón, Layla deseó que ese viejo Tsoilkos estuviese allí junto a ella para poder decirle que lo que más admiraba de Crea Atolón era que hubiera sido una mortal que nunca pretendió nada con sus obras más que lo que estaba a la vista. El resto, los mitos, los contramitos y las rotundas falsedades eran invención de académicos y proselitistas, acólitos pomposos que injertaban en los tapices sus teorías, figuraciones e intereses creados hasta que la inevitable reacción política los volvía a arrastrar de vuelta a sus agujeros.
Crea Atolón había sido una tejedora, una artista. Su grandeza no tenía nada que ver con lo sobrenatural; su poder se fundamentaba en su habilidad para dar una forma física al funcionamiento interno de su imaginación, de revelar tanta complejidad intelectual y emocional en las imágenes que creaba que aquellos que las veían podían persuadirse de que se les estaba concediendo un atisbo de lo sagrado. Esto era a lo que todos los artistas aspiraban pero pocos conseguían. Era la profundidad del compromiso de Atolón lo que era sublime. Para Layla, la naturaleza divina era como la
belleza o la fuerza física: algo que no es fruto del trabajo y, por tanto, de escasa importancia.
Salió del museo y se adentró en la red de callejuelas que conformaba el centro. Se había acostumbrado a la ciudad casi de la noche a la mañana, reconociendo en sus plazas resecas y jardines socavados y patios llenos de basura un paisaje que toleraba su presencia y sosegaba su espíritu como ningún otro. Y había colores, colores por todas partes. Ella estaba acostumbrada a la paleta de aguamarina, salvia y color teja de Kardamili y el Taigeto. Pero en las calles de Ciudad Atolón la plétora de gente y mercancías superponía esos tres tonos de base con otros miles: naranja avispa y blanco demonio, el ácido azul del moho, el dulce color castaño del estiércol de caballo, el rosa llorón de los capullos de azalea, el ardiente amarillo catamita de las vestiduras de los chicos del coro de camino al templo. En el malva rasgado de los labios de la actriz de cine Bella Lukic
— los pósteres de su nueva película estaban por todas partes cuando Layla llegó por primera vez a la ciudad— reconoció de nuevo el púrpura regio que popularizó primero su padre y después copiaron y diluyeron muchos otros.
Su trabajo en la fábrica de textiles conllevaba levantarse a las seis y coger el tranvía a Betsabé, una región de raquíticas palmeras y cemento blanqueado donde los perros callejeros trotaban esperanzados entre los contenedores y grupos de adolescentes vociferantes tumbados en el césped seco ponían música estridente en unos viejos radiocasetes portátiles rescatados de entre los restos de los cargueros de vapor que se pelaban y agrietaban sobre las rocas a las afueras del puerto. El trabajo en sí — diseñar plantillas de impresión para la línea de tapicería de la fábrica Minerva— no era difícil y a ratos hasta resultaba interesante, además de que le reportaba dinero, dinero que se había ganado y que era suficiente para pagar el alquiler del estudio que había encontrado detrás del mercado de pescado. Y
cuando daban las tres y terminaba su turno tenía tiempo para deambular por la ciudad cuanto quisiese. Las tardes eran calurosas, pero ella las disfrutaba, incluso en el centro de la ciudad, donde cada banco de forja y entrada de piedra parecían magnificar el calor. Una vez se bajaban las persianas de los mercados de carne y los camiones de la basura terminaban sus rondas, las
calles se volvían silenciosas, surcadas por sombras punzantes como filos, patrulladas sigilosamente por los gatos. Incluso la gente caminaba con sigilo, como temerosos de despertar a los gigantes que según la leyenda pasaban los días dormitando en las refinerías de petróleo abandonadas y en los terrenos baldíos de las fábricas al norte de la ciudad.
Layla solía visitar algunas tiendas de segunda mano, lugares donde te podías llevar un juego de botones de perla por tres dracmas y de vez en cuando descubrías una chaqueta Regina Wilding o un cinturón de Bullinger.
Pero lo que más le gustaba era deambular sin más, dejar que sus pies memorizasen la ciudad para descansar finalmente en algún parque local descuidado o en un mercado después del cierre, allí escuchaba las cigarras y dejaba que las puntas de sus dedos y su mente absorbieran los colores. Le gustaba especialmente el verde lacado y craquelado de los arbustos que crecían en los jardines cercados de las altas casas encaladas de mercaderes en la calle Ateneo. Esos arbustos espinosos eran el hogar de muchas docenas de arañas tejedoras, que se veían atraídas por el calor almacenado en los enormes bloques de arenisca llenos de fisuras de los que estaban hechas las paredes. Layla solía visualizar los arbustos como ciudadelas de arañas, de cuyos almenados bastiones superiores colgaban estandartes de seda, con estrechas ventanas surtidas de trampas para atrapar a los invasores.
Los adeptos cristianos las llamaban arañas de santa Juana, o juanas.
Iona siempre repetía que era porque los cristianos creían que las arañas eran las emisarias secretas de su peculiar dios, pero Layla consideraba más probable que fuesen sus distintivas marcas — la sencilla cruz blanca sobre un fondo color nuez moscada de sus rechonchos cuerpecillos— las que explicaran su nombre. Le gustaba mirarlas mientras trabajaban, contemplar su resoluta determinación mientras extraían la seda de su interior, midiendo y cortando cada tramo con la entrenada precisión de un auténtico artesano.
«Para ellas no es solo seda», pensó. «Es la vida. Una extensión material de su ser».
A primera vista las juanas parecían idénticas, un ejército intercambiable de monstruos en miniatura, pero al acercarse Layla descubrió que enseguida era capaz de distinguirlas entre sí. El descubrimiento la fascinó. Había una
araña en particular por la que se sentía atraída: una hembra grande y ágil con un vientre pendular marrón rosáceo, la cruz en el lomo tan nítida y brillante que parecía pintada. Le gustaba cómo, siempre y cuando se quedara quieta y en silencio, la araña parecía perfectamente feliz de dejar que Layla la contemplara, cómo mostraba sus métodos en un millar de repeticiones pacientes y habilidosas, casi como si estuviera dando una clase magistral sobre la fabricación de telarañas. Layla adquirió la costumbre de ir a visitarla casi todos los días. Le gustaba pensar que la araña la reconocía, que incluso estaba esperando su visita.
A primeros de julio hacía tanto calor que Layla notaba las suelas de sus zapatillas pegarse a los adoquines. Debajo de los matorrales, los muros de arenisca bullían con el movimiento de lagartijas y abejas cortadoras de hojas. La araña seguía allí como siempre, pero la telaraña estaba hecha jirones. Layla pensó que lo más probable era que el daño hubiese sido causado por un lagarto o por el exitoso intento de huida de un avispón especialmente grande. Observó cómo la araña se disponía a emprender la ardua tarea de repararla. La cabeza le daba vueltas por el calor. El tiempo, al menos en aquel lugar escondido y soleado, parecía haberse detenido.
—Nos deja en ridículo, ¿no crees?
Layla sintió que el corazón le daba un vuelco y se giró. Había estado tan absorta mirando la araña que no se había dado cuenta de que ya no estaba sola, que ella también estaba siendo observada. Alguna gente
— comerciantes y vendedores ambulantes, sobre todo— acortaba a veces por el camino de acceso, pero la voz sonaba como si surgiese de la nada. La figura que vio ante ella parecía estar envuelta en una nube de calor, como si no fuera tanto un ser humano como una concentración de energía. Layla sacudió la cabeza, tratando de despejarse, y vio las cambiantes franjas de luz reorganizarse en el cuerpo de una anciana encorvada.
—Lo siento, cielo —se disculpó la mujer—. No pretendía asustarte.
— La anciana hizo un gesto de asentimiento con la cabeza como si estuviera aceptando una sugerencia que aún no hubiese sido formulada y Layla comprendió con consternación que la había visto antes, era la vieja arpía que se había sentado junto a ella en el autobús entre Kalamata y Tegea. La anciana era tan fea como recordaba, fea de un modo que poco tenía que ver
con la juventud o la belleza desvanecidas sino con una desproporción, una desmesura casi, que solo podía ser descrita como un «desagrado para la mirada», la repulsiva anormalidad visual que podría reconocerse en un pez piedra o un carcayú.