Tejedora
Tejedora
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
¿Le parece bien?
—Puede visitarlo cuando quiera —respondió Nashe Crawe—. Nunca ve a nadie, solo a mí y a las chicas. La gente tiene miedo de acercársele. Es horrible que alguien tan joven esté tan solo. — Ahogó un gemido, en lo hondo de la garganta, y Layla se dio cuenta de que estaba al borde del llanto
—. ¿Pero hará un cuadro para él? ¿Uno de sus tapices? Es todo cuanto pido.
No importa lo que sea con tal de que sea para él y nada más que para él.
—Lo haré —dijo Layla—. Pero no quiero más dinero. Quiero que sea un regalo para Alcander.
Nashe Crawe juntó las manos como si estuviera rezando. Al momento siguiente estaba de rodillas sobre la hierba, abrazándose con fuerza a la cintura de Layla.
—Gracias —dijo con un jadeo—. No sé cómo darle las gracias.
Emitió un sonido como de ahogo y Layla sintió que a la mujer le temblaba todo el cuerpo.
—Señora Crawe —suplicó Layla—. Por favor, no. No es necesario.
— Dio un paso atrás, tratando de zafarse del abrazo. En ese momento la puerta del pasillo se abrió de golpe y entraron dos niñas. Una llevaba una jarra de cristal, llena hasta el borde de un turbio líquido amarillo que Layla supuso que sería limonada. La otra niña, que pasó junto a ella, llevaba una bandeja de estaño. Sobre ella había dos tazas de cristal y un plato con bizcochitos un poco aplastados.
—Lo hemos hecho todo nosotras solas — sentenció la niña. Dejó la bandeja en la hierba.
—No nos queda duda, Selena. Las dos sois muy listas —suspiró Nashe Crawe. Acto seguido, se puso de pie dificultosamente—. Estas son mis hijas — dijo. Extendió los brazos, acercando a la más pequeña y alborotándole el pelo. La niña era muy joven, quizá seis años, pero ya se
veía que iba a convertirse en una versión más rubia y clara de su madre. La mayor se parecía más a Alcander. Tenía una pequeña marca de nacimiento en forma de cruz debajo del ojo izquierdo.
Layla bebió un vaso de limonada, comió un bizcochito y luego dijo que tenía que marcharse.
—Acompaña a Layla hasta la puerta, Selena, por favor — dijo Nashe Crawe. Eso hizo la chica, corriendo delante de ella por los pasillos como un animalillo juguetón. Cuando Layla salió a la entrada la chica le cogió la mano.
—¿Estás enamorada de nuestro hermano? — preguntó.
—Me gusta mucho Alcander —respondió Layla —. Ojalá se mejore pronto.
—Mamá dice que un monstruo va tras él. Tengo miedo de que se lo coma.
—Tendré que atraparlo primero. — Le tocó la naricilla chata y respingona con la punta del dedo—. Y vamos a hacer todo lo posible para que no pase. Nosotras somos mejores que los monstruos, ¿a que sí?
Ya era casi de noche cuando llegó a casa. Se equivocó de autobús y terminó a kilómetros de distancia de su parada. Cuando llegó al apartamento encontró una nota de John Caribe metida por debajo de la puerta en la que la invitaba a tomar algo con él en uno de los bares que frecuentaba. Rompió la nota por la mitad y la tiró en el cubo de basura debajo del fregadero.
§
La librería junto al museo municipal tenía varias colecciones de poesía de Panteleimon. Layla compró sus Poemas escogidos, una recopilación de varias obras de su periodo de exilio además de versos escritos cuando aún era estudiante en Ciudad Atolón. En general prefirió sus Versos, como Alcander Xenakis había previsto. Los poemas tempranos le parecieron atrevidos, llenos de monstruos y asesinatos e intrigas políticas, así como cuajados de los fascinantes colores y las ásperas texturas del Egeo. Admiró
sobre todo una obra narrativa larga llamada Los piratas, que versaba sobre el capitán renegado de un trirreme y su enemistad con un mercenario de Cartago curtido en la batalla. Tanto al capitán como al soldado les cegaba la ambición y eran tan semejantes en muchos aspectos que parecían más hermanos que enemigos, aunque ninguno de ellos estuviera dispuesto a admitirlo.
El poema rezumaba un humor negro del que carecían los poemas tardíos. Algunas escenas evocaban unas imágenes tan vívidas en la mente de Layla que era como rememorar momentos de una película. Leyó el poema obsesivamente y llegó a memorizar partes enteras. En algún momento fue consciente de que Los piratas sería la base de la panorámica que había prometido tejer para Alcander Xenakis.
Pensaba mucho en Alcander. Sabía que había habido algo entre los dos, una chispa de atracción mutua que parecía trascender todos los obstáculos.
La idea de tocar su piel enferma le repugnaba, pero al mismo tiempo sentía un enorme deseo de estar con él tan pronto como pudiera.
Pasó mucho tiempo en foros de internet, tratando de descubrir la naturaleza exacta de la enfermedad de Alcander, pero lo que encontraba era demasiado general para ser de utilidad. Si los mejores médicos de Ciudad Atolón habían sido incapaces de ayudarle, ¿cómo iba a hacerlo ella?
«Thanick Acampos sabría qué hacer», pensó. La idea resonó dentro de ella como un refrán insistente. Deseó haberle preguntado a Nashe Crawe la dirección de la anciana cuando pudo hacerlo. Se le ocurrió escribirle un correo electrónico, pero no quería que la mujer se inmiscuyera en sus asuntos. No podía olvidar lo que le había dicho Nashe Crawe, que Thanick Acampos aseguraba haber conocido a Layla de niña. Layla rastreó en su memoria en busca de recuerdos, pero no había nada, solo un vacío doloroso y la sensación de haber olvidado algo que ni siquiera estuvo allí nunca para ser recordado.
La misma sensación que le sobrevenía cuando trataba de recordar a su madre. Era como si la anciana hubiera hurgado en su vida y alterado el pasado. Trató de sacar de su cabeza todo lo relacionado con Thanick Acampos, pero una tarde después del trabajo se sorprendió a sí misma cogiendo un autobús a Amberville y llamando a Macy Persimmon. No
había estado en contacto con Macy desde que se fuera de su apartamento y no estaba segura de que pudiera recibirla, pero Macy pareció encantada de verla. Abrió la puerta envuelta en una bata y con una toalla enrollada alrededor de la cabeza. Rastros de tinte escarlata manchaban su frente.
—Mírate —le dijo—. No me puedo creer lo mucho que has cambiado.
— Se llevó las manos a las mejillas en un desmesurado gesto de sorpresa.
Sus uñas brillaron y resplandecieron como dagas rosas.
—¿Cambiado cómo? —preguntó Layla.
Rizos del pelo recién teñido de Macy se le escapaban por debajo de la toalla. Había escogido un rojo cálido, como una llama, y contrastaba con extravagancia con el fucsia de tintes azules del esmalte de uñas. Layla no sabía si era o no un efecto buscado. Aún no lograba comprender lo que su padre había visto en ella.
—Bueno ya sabes. —Macy bajó los párpados plateados, con aire azorado —. Se te veía tan de campo cuando viniste. Pero mírate ahora. Estás espectacular.
—Gracias. —Layla forzó una sonrisa. Se sintió irracionalmente molesta porque sabía que se refería a los cambios superficiales, a los vaqueros Wilding, al bolso vintage de WaKo Gladstone que había comprado por cinco dracmas en una de las tiendas de segunda mano de la parte de atrás del mercado de carne. Macy nada podía saber del encargo para el Parnaso, de las horas que pasaba en el museo de la ciudad estudiando las obras de Crea Atolón y Livia Sol. Y aunque lo supiera le daría lo mismo. «¿Qué importa?», pensó Layla. «No tienes que volver a verla después de hoy».
Hizo cuanto pudo para contener su frustración.
»¿Sabes si mi padre tiene algún familiar aquí en la ciudad? — le preguntó—. ¿Tías, primas o algo así?
—No lo creo —dijo Macy—. Tiene a su hermano, pero está en Damasco, ¿no? No estoy segura de si hay alguien más. Nunca ha surgido el tema.
—No estoy hablando del tío Robbin. Alguien más viejo.
—De verdad que no lo sé, Layla. ¿Por qué no se lo preguntas tú? No me digas que has discutido con él o algo.
—Nada de eso. Solo tenía curiosidad. Me pareció ver a alguien familiar.
—Bueno, si tú lo dices. Deberías llamarlo de todos modos. Te echa de menos, ¿sabes?
—Creo que lo haré. —El consejo de Macy la sorprendió un poco. En los correos semanales que enviaba a su padre ella le hablaba de los libros que estaba leyendo y le contaba algunos cotilleos de Tejidos Minerva porque sabía que a él le gustaba saber esas cosas, pero sus respuestas eran breves y él no le daba nunca ninguna señal de que le afectase su ausencia. No le gustaba pensar que su padre pudiera estar triste, pero lo cierto es que había días en los que no pensaba en él en absoluto.
—Debería irme —le dijo a Macy.
Se fue a casa sintiéndose deprimida, preguntándose qué había buscado en Macy, por qué había perdido el tiempo. Decidió pasar el resto de la tarde escogiendo los colores para la nueva panorámica. Como siempre, el tacto de la seda entre los dedos le devolvió el ánimo.
Había decidido concentrarse en una escena concreta de Los piratas, una secuencia del tercer canto donde el soldado Telos Mavrommatis captura una jauría y la conduce a bordo del trirreme de Atlas Tyburn, el Hesperión.
Escogió colores intensos y seguros, rojo veneciano, amarillo ocre y verde prusiano, colores que expresarían el calor asfixiante y la bruñida intensidad del verano egeo.
Se fue tarde a la cama y durmió mal. No podía dejar de pensar en los sabuesos de la jauría; su pelaje liso y brillante y sus largos hocicos le recordaban a un perro mestizo que había tenido su padre, que se metió en el mar para perseguir una morena y nunca regresó.
Supuso que su preocupación por ahogarse era inevitable, dada su historia familiar. Se lavó y se vistió, con una sensación como de irrealidad y confusión mental. Justo cuando salía al trabajo le sonó el móvil. Era Nashe Crawe, preguntando si podía ir a ver a Alcander.
—Esta semana se ha encontrado mejor — le dijo—. Su visita le hizo bien, lo sé.
Layla pensó por un momento en la habitación abarrotada y sofocante casi con espanto. Después le dijo a Nashe Crawe que se pasaría esa tarde cuando acabara su turno.
La casa parecía diferente, menos oscura, quizá, aunque supuso que a lo mejor solo se lo parecía porque la oscuridad no la cogía por sorpresa.
Además, Nashe Crawe estaba allí para recibirla.
—Qué contenta estoy de que haya venido — le dijo—. No ha dicho mucho, pero sé que Alcander tiene muchas ganas de verla.
Layla farfulló algún comentario halagador sin sentido. Una vez más se sintió avergonzada por Alcander, por aquella invasión de su privacidad en la que cada una de sus acciones y reacciones eran observadas y examinadas.
Cuando por fin quedó a solas con él al principio pensó que no había habido ningún cambio, que la mejora de la que había hablado su madre no era más que pura imaginación. Pero entonces se fijó en el modo en el que estaba sentado, apoyado recto sobre los almohadones en vez de desplomado sobre el reposacabezas. Junto al diván había un carrito con ruedas como los que se usan para servir las comidas en los hospitales o las clínicas de reposo.
Encima había un ordenador portátil.
—He estado trabajando un poco — le dijo. Hizo un gesto hacia el portátil, tocando el borde del carrito con una mano vendada. Layla vio manchas oscuras en la venda, puntos por donde se le habían filtrado la mucosidad y quizá también la sangre, pero las lesiones de su cara se veían algo menos rojas o al menos a ella se lo pareció.
—He estado leyendo Los piratas —comentó ella—. Creo que me estoy enamorando de Telos Mavrommatis. — Sonrió, sentándose en una silla cerca de la ventana. Vio que la proyección de hologramas había sido reprogramada para mostrar un lago rodeado de altas coníferas. Un muelle de madera sobresalía por encima del agua. Aquel cambio de paisaje le resultó desconcertante, aunque supuso que Nashe Crawe iba alternando los escenarios con frecuencia.
—¿En serio te gusta Los piratas? — preguntó Alcander—. Algunos encuentran sus primeros textos un tanto floridos.
—No sé mucho de poesía. Pero esto, no sé explicarlo. — Hizo una pausa
—. Me gusta la forma en la que me hace sentir. Como si yo formase parte de una historia. Me recordaba a las series de vTV que me gustaban de pequeña, donde salían monstruos y gladiadores. Espero que no te moleste lo que digo. Lo estoy entendiendo todo mal, supongo.
—Tú y toda la industria de los juegos nada más. — Parecía encantado por la respuesta de Layla—. Han hecho al menos tres series de anime basadas en Los piratas, y eso es solo el material legal. Aunque fue muy mal recibido cuando se publicó por primera vez. La crítica lo desaprobó por considerarlo fantasía.
—¿Quieres decir que se basa en un hecho real?
—¿Acaso no pasa con todo? Todo es real en cierto modo, una vez que lo has imaginado.
—Suenas como… —Suenas como la anciana, quería decir, pero se lo pensó mejor. No quería meter a Thanick Acampos en la conversación. Ya era lo bastante malo que atravesara sus pensamientos cada dos por tres.
Layla se mordió el labio y fue hacia la ventana. La luz del sol caía horizontalmente sobre el lago como el lustre sobre el satén. Se preguntó cuándo había estado Alcander al aire libre por última vez.
—¿Suenas como qué? —preguntó Alcander. Sonrió, un gesto en el que ahora se reconocía lo que de verdad era en vez de parecer una mueca de dolor. Sabía que era imposible que se produjera una mejoría tan rápida en la enfermedad de Alcander, pero apenas podía negar la evidencia ante sus ojos.
Se dijo que lo que pasaba es que se estaba acostumbrando a su aspecto, que ahora veía al hombre y no al monstruo en el que la enfermedad lo había convertido.
—Ah, no sé —le dijo—. Iba a decir que me recordabas a Platón o algo.
Alguno de esos. En realidad no sé lo que estoy diciendo.
La boca de él se ensanchó de lado a lado con una arcada que Layla identificó como risa.
—Creo que sabes más de lo que dices saber. Sea como sea, no tengo mucho tiempo para la filosofía ni para ninguna de esas pequeñas teorías ordenadas que se inventan. A veces creo que a los filósofos les apasiona tanto pensar que todo el mundo es mediocre como a los agentes de la ley.
Por eso amo a los poetas. Un poeta no se interesa en ningún sistema de pensamiento más que en el suyo propio. Los académicos dirían que Panteleimon era un anarquista, un defensor de los mil doscientos fundadores. Pero en realidad estaba demasiado enfrascado en su propia vida
hasta para eso. Y solo cuando alguien habla por sí mismo y solo por sí mismo puedes saber que está diciendo la verdad.
Su discurso acabó en un arranque de tos, una terrible tos seca que sonaba como si se le fuesen a salir las entrañas. Se tapó la boca con las manos. Cuando las despegó Layla vio que la palma que no tenía vendada estaba totalmente manchada de flema verde. Se limpió la mano en un trozo de toalla de rizo que había enrollada sobre el reposacabezas, después alargó la mano para alcanzar una taza de porcelana en la mesa de hospital. Le temblaban los dedos. Layla se levantó como un resorte de su asiento y fue a su lado. Cogió la taza, que era tan pesada y voluminosa como una jarra de cerveza. Supuso que eso la hacía menos proclive a ser tirada. El agua de la taza tenía el mismo olor metálico que la que había bebido en la fuente de camino a Corinto, y una vez más le vino a la mente Thanick Acampos.
Acercó la taza a los labios de Alcander, sosteniéndola con las dos manos para mantenerla firme.
—No deberías hablar tanto — le dijo—. Al menos no de golpe.
Ella sonrió y él deglutió el agua, pero el rostro de Alcander, cuando lo alzó después, tenía un aspecto afligido.
—Qué vergüenza —le dijo—. Solo Dios sabe qué debes de estar pensando de mí.
—Pienso que probablemente eres la persona más interesante que he conocido nunca. — Le retiró la taza de las manos y la dejó de nuevo en la mesa—. Y la más valiente, sin lugar a duda.
—Interesante y valiente. —Hizo una mueca —. Eso es casi peor que lo del sentido del humor.
Layla rio.
—¿Y si te dijera que «interesante» es el mejor cumplido que conozco?
—No estoy seguro de que te creyese. Tendría que aplazar mi veredicto hasta que te conociese mejor. — Volvió a alargar la mano hacia la taza y Layla vio que los dedos habían dejado de temblar, que podía levantar el vaso él solo—. Si me prohíbes hablar tendrás que hablar tú sola. Tu reacción ante Los piratas, como si fuese de vTV o algún reportaje emocionante… es así justo como debería leerse la poesía. Si tratas las obras de arte como fósiles es en eso en lo que se convierten. Lo comprendiste de
forma instintiva. Quiero que me digas por qué dijiste que no sabías nada de poesía cuando está claro que sabes mucho.
—Te equivocas —repuso Layla—. No sé nada. Fueron los colores, nada más, la forma en la que describía las cosas. — Hizo una pausa. Se dio cuenta de que este era un punto de inflexión, que era ahora cuando tenía que decidir si lo que sentía por Alcander Xenakis era lo bastante importante para permitirse confiar en él. Nunca había compartido su vida con nadie.
Con John Caribe había construido una relación cimentada en sus acontecimientos vitales desde que había llegado a Ciudad Atolón. Con sus compañeros de Minerva menos que eso.
Si le preguntaban por su madre Layla se limitaba a decir que había muerto cuando ella era pequeña. Si pensaba hablarle a Alcander de Romilly Perec ese era el momento. Se dijo que era una suerte tener la elección.
Alcander llevaba los acontecimientos de su vida abrasados en su piel a la vista de todos. Tanto si quería como si no, estaba desnudo frente a ella.
—Siempre me he sentido más segura con las imágenes, con los colores
— dijo—. Cuando creas una imagen eso es todo lo que hay: una imagen, y una imagen es solo lo que haces con ella. La gente puede decir lo que le gusta de ella, pero no pueden acusarte de nada. Las palabras son distintas.
Las palabras son definitivas, en cierto modo. Una vez que las has pronunciado no puedes retirarlas. Te atrapan para siempre. Y la gente puede usarlas contra ti cuando quiera.
Volvió de nuevo a la ventana y miró hacia el lago. Se preguntó qué habría allí en realidad, detrás de la simulación. Un jardín cercado, quizá, de tamaño mediano, lleno de higueras y de olivos enanos como en los jardines de las casas de la calle Ateneo.
«Si viviera aquí con él volveríamos atrás», pensó Layla. «Solo el jardín, tal como es de verdad».
—Mi madre era poeta —confesó—. La ejecutaron al auspicio de las leyes sobre clarividencia. Mi padre fue obligado a repudiarla en público.
Alcander inspiró y Layla temió por un momento que se pusiese a toser de nuevo.
—Layla —dijo—, lo siento mucho.
La miró fijamente. Layla observó que sus ojos azules eran del mismo tono de azul que la pequeña jabonera de Delft que estaba en la estantería sobre el lavabo de la esquina. Se dio cuenta de que era la primera vez que la llamaba por su nombre.
—¿Sabes cómo ejecutan a las videntes en Mesenia? — le preguntó—.
Les atan las extremidades y las arrojan al mar desde un acantilado. La ley dice que si son capaces de alcanzar la orilla sin ayuda humana tienen permiso para marchar libres. Pero, claro, con los brazos y las piernas atadas la mayoría se hunden en menos de un minuto. A mi madre la sacaron justo después del amanecer. Normalmente habría habido una multitud, pero al parecer la ejecución de mi madre no fue popular, así que solo asistieron mi padre y los agentes de la ley.
—¿Tu padre estaba allí?
Alcander hablaba con voz tan queda que apenas podía oírlo.
—Ah, sí, era parte de la condena, que tenía que verlo. Me contó que mi madre flotó de espaldas, al menos al principio, al menos durante unos momentos. Mi padre decía que era una buena nadadora. Nunca le tuvo miedo al mar y por eso consiguió relajarse lo suficiente para dejar que el agua la transportase hacia la orilla. Pero entonces una ola enorme le pasó por encima y cuando se marchó estaba boca abajo en el agua. Vio cómo intentaba darse la vuelta pero no lo lograba. Es imposible hacer nada en el agua sin usar las piernas y los brazos. Lo sé porque lo intenté una vez. Nadé mar adentro y después me puse de espaldas con los brazos en los costados y las piernas juntas. Empecé a hundirme casi al instante. Pero yo no tuve más que dar unas patadas y ya flotaba de nuevo.
»No dejaba de imaginar lo que habría pasado por la mente de mi madre, cómo habrían sido para ella esos minutos finales cuando sabía que se ahogaba y que nadie iba a rescatarla. Al final tuve que dejar de imaginármelo porque me daba pesadillas. Pero solo eran pesadillas. Podía echarlas a patadas del mismo modo que podía patalear en el agua para mantenerme a flote. Mi madre no pudo hacer eso. Tuvo que vivir la pesadilla hasta el final.
Layla se puso a llorar, lágrimas duras y pequeñas que pugnaban por salir de debajo de sus párpados y se escurrían por sus mejillas. La última vez que
había llorado en público tenía trece años, en una ocasión en que había dejado que Iona la provocara en una mezquina discusión sobre cuánta vTV
debería ver antes de un examen del colegio. Aún recordaba la humillación que sintió por haber permitido que sus sentimientos personales quedaran expuestos de aquella manera.
Esta vez fue diferente. Le pareció que estaba compartiendo algo que no podía compartirse de ningún otro modo.
—Quiero abrazarte —le dijo Alcander —, pero mis manos son tan horribles.
Layla levantó la cabeza, le miró a los ojos, después tomó la mano vendada entre las suyas. Lo hizo con toda la delicadeza de la que era capaz, temerosa de hacerle daño con el contacto.
—Tus manos no son horribles — le dijo—. Es la enfermedad la que es horrible, no tú.
—Pero si vives con algo el tiempo suficiente se convierte en ti. Eso es lo que me asusta, al menos. Que sin esa cosa que me define la persona que conozco como mí mismo no existiría.
—Eso son tonterías —dijo Layla. Pero mientras pronunciaba las palabras pensó que quizá tenía razón. ¿Seguiría siendo ella misma sin la ejecución de su madre y sin la callada forma en la que había forjado su identidad alrededor de aquel acontecimiento durante todos estos años, custodiando el horror dentro de ella como un órgano vital? Aquella idea era nueva, y terrorífica, pero supuso que ya era demasiado tarde para darle importancia.
Por la forma en la que Alcander la miraba mientras ella le sostenía la mano, con asombro pero también con miedo, parecía que había comprendido con presteza que al dejar que una persona se acercase tanto estaba también abriendo una puerta al dolor.
También parecía cansado.
—Debería irme —le dijo Layla. Creyó que a lo mejor él se opondría, pero no lo hizo, bien porque estaba en verdad cansado, bien porque, como ella, quería estar a solas para pensar. Ella le estrechó suavemente los dedos, ejerciendo la presión más delicada posible. Las vendas resultaban rígidas al tacto, encostradas de mucosidad solidificada, y sintió repugnancia al tiempo
que notaba crecerle la rabia dentro al pensar en el dolor de Alcander. Tuvo ganas de llorar otra vez.
—¿Crees que debería saludar a tu madre antes de marcharme? — le preguntó.
—No te molestes —respondió Alcander —. Pasa la mayoría de las tardes en la simulación.
—¿Quieres decir…?
Asintió.
—¿Has visto el jardín? Pidió que le hicieran una copia de papá, la misma clase de holograma de alta resolución. Los hologramas son como una droga para ella. Es probable que haya estado follando como una loca mientras hablábamos. — Sonrió con languidez. La mención del sexo pareció quedarse flotando entre ambos, un miasma de partículas amarillentas, acre como el polen.
—¿Qué hay de tus hermanas? — preguntó Layla al fin—. ¿Quién se ocupa de ellas mientras está… ausente?
—Las chicas son también hologramas. Pensaba que lo sabías.
—Pero si las toqué. Hablé con ellas. — Recordó los bizcochitos y la limonada, el burbujeante dulzor en contacto con su lengua. No podía creer que hubiera imaginado esas cosas, aunque tenía que conceder que cuanto más intentaba concentrarse en ellas más vagas se volvían. No sabía qué era peor, que Nashe Crawe tuviese que inventarse a dos niñas normales para compensar el hecho de que su auténtico hijo, Alcander, probablemente se estuviese muriendo, o que Alcander estuviese solo en una casa con una madre loca.
—No me gusta dejarte —le dijo.
—Yo no me preocuparía. Hay criados. De carne y hueso, quiero decir.
Me mantienen limpio y arreglado, pasan la fregona.
—No hagas bromas con eso.
—No lo hago. —La mano de Alcander se escurrió en el apretón de Layla mientras intentaba estrecharle los dedos —. Estoy tan contento de que hayas venido. ¿Crees que volverás?
—Lo haré —le dijo Layla—. Pronto.
Se abrió camino por la casa, atenta a cualquier ruido por si oía a Nashe Crawe divirtiéndose con su simulacro, pero no se oyó nada. El silencio era profundo y total y si no hubiera estado con Alcander hacía apenas un momento habría jurado que el lugar estaba desierto y llevaba años así.
Era un lugar fantasma, como los apartamentos bombardeados que había visto en Tsokla. Casi le resultaba plausible pensar que si regresase a la habitación de Alcander y abriese la puerta de golpe no encontraría a nadie allí.
La casa, pensó, era como un palacio de cristal. Vista de una determinada forma y bajo una determinada luz se desvanecería de la existencia por completo. Recordó algo que le había dicho John Caribe una vez, que en cuanto sobrepasabas un cierto nivel de riqueza material alcanzabas un nuevo nivel de locura, uno que el resto del mundo no podía ni concebir. En su momento había reaccionado con desdén al oírlo. Ahora se sentía inclinada a creerle.
§
La temperatura de la tarde rondaba los treinta y muchos y sin aire acondicionado hacía demasiado calor para trabajar en el apartamento. Una vez terminado su turno en la fábrica, Layla cogió el trolebús hacia Voula, donde podría nadar lejos de las rocas y tomar después un ouzo helado en una de las tabernas de la playa. El calor achicharrante de finales de agosto hacía que se alegrase de escapar de la ciudad y durante las horas que pasó mirando el agua en dirección a la gibosa masa insular de Egina casi podía imaginar que estaba de vuelta en Kardamili, que si se quedaba en la playa solo un poco más podría atisbar a su padre, mientras viraba el Auster hacia el puerto. Era en momentos así cuando pensaba en dejar Ciudad Atolón, en recoger sus cosas y ocultarse en una de las muchas granjas en ruinas en Stoupa o Aerópolis. Podía trabajar allí sin que la molestaran y totalmente protegida.
Ignoraba por qué la palabra «protegida» no dejaba de volver a ella con esa insistencia, pero lo hacía. No podía evitar pensar en Livia Sol, que
terminó volviéndose loca, torturada, o eso se decía, por sus propias visiones. Pero cuando la temperatura bajó al final de la tarde y la brisa racheada trajo el hedor a ollas de langosta y a vísceras de tiburón de los aparejos de pesca colgados en el puerto de Pireo, regresó a su apartamento y a su trabajo en Los sabuesos noctívagos con renovada intensidad. Había algo en la obsesiva lucha entre el marinero Atlas Tyburn y el asesino Telos Mavrommatis que le recordaba a la vendetta entre el padre de Alcander, Demitris, y el señor de la guerra sin nombre a cuyo hijo había asesinado.
Suponía que lo había sabido desde el principio, que ese conocimiento había sido determinante para escoger Los piratas como tema para la panorámica de Alcander.
Fuese cual fuese la verdad, Layla no perdió el tiempo pensando en ella.
El trabajo había alcanzado esa fase en la que era en sí mismo toda la inspiración y ocupaba sus pensamientos hasta el punto de dejar fuera todo lo demás.
Era el personaje del señor de los sabuesos, Egesto, quien más la había preocupado. Aparecía muy poco en el poema de Panteleimon, pero tenía un papel importante y Layla lo había situado en un primer plano de la acción.
Era un joven esbelto y veloz, ágil y astuto como uno de sus perros, y Layla sabía que era realmente un doble de Alcander. Para su piel desnuda escogió una seda del color de la luna en el mejor tono disponible. Trabajó la silueta con cuidado y a medida que avanzaron los días el joven fue cobrando más y más vida bajo sus dedos. Hubo noches en las que no dejó de trabajar hasta que el mar empezaba a reflejar la primera luz del amanecer.
Durante la primera parte del día apenas estaba despierta y una vez hasta se quedó dormida en el autobús de camino al trabajo, de modo que atravesó Betsabé, donde estaba la fábrica, y llegó hasta la última parada en la estación de la pasarela aérea. La despertó un grupo de colegiales que entró en tropel al autobús como un enjambre de abejas. Aún sentía la cabeza entumecida por el sueño. Llamó por el móvil para decir que estaba enferma, después regresó al apartamento y se desplomó sobre la cama. Sus sueños fueron inquietos y ruidosos por el ladrido de los perros.
Se despertó después del atardecer, hambrienta e intranquila, hostigada por el mismo deseo sexual que había seguido a su separación de John
Caribe. Engulló los restos de una paella que había pedido para la cena la noche antes y después cogió un taxi hacia un bar del que le habían hablado, situado en el sótano de uno de los hoteles justo al sur de Amberville, frecuentado sobre todo por actores en busca de trabajo y de empresarias de cincuenta y tantos años. No le llevó mucho encontrar lo que estaba buscando. El chico era pálido y flaco, con el pelo claro trenzado en rastas recogido hacia atrás. Acordaron un precio, después él la condujo por un pasaje abovedado tapado con cortinas hacia un pasillo de azulejos verdes con una serie de entradas en arco más pequeñas. La cabina a la que la llevó era austera pero limpia, lo que le trajo recuerdos de la habitación del Europa. Cuando el chico se quitó la camisa Layla vio que tenía la espalda surcada de viejas cicatrices, la piel abultada y corrugada en algunos lugares como si fuera material de embalaje desgarrado. Apretó los labios sobre el tejido cicatrizal endurecido y saboreó el regusto salado, después se puso a horcajadas sobre él, pensando que no tenía que preguntarle cómo se había hecho las cicatrices, que no tenía que preguntarle nada. Cuando se abrió de piernas pensó en Alcander y se corrió enseguida.
Era más de la una cuando llegó a casa. Se sintió llena de una inmensa oscuridad, un vacío de estrellas en el que el poder y la desesperación luchaban en igualdad de condiciones. Se perseguían en círculos el uno al otro como perros de pelea. No se veía capaz de dormir, pero cayó inconsciente en menos de un minuto después de meterse en la cama. Le despertó el sonido del móvil; el nombre de Nashe Crawe brillaba en la pantalla. Layla sintió un chispazo de temor, convencida de repente de que lo que había hecho con el chico la noche anterior había precipitado a Alcander al declive terminal.
—Necesito que venga —dijo Nashe Crawe. Sonaba jadeante, estridente, como si hubiera estado llamando a Layla durante mucho rato sin obtener respuesta —. Es un milagro.
—Señora Crawe —musitó Layla. Aún se sentía aturdida —. ¿Está bien?
¿De qué está hablando?
—Es Alcander —dijo—. Tiene los brazos y la cara limpios de llagas…
completamente limpios. Quedaban algunas costras, pero se fueron con frotarlas. Las ampollas de sus piernas se están secando también. Incluso las
más grandes. — Se oyó un quiebro en la voz, como si estuviera al borde de la risa histérica—. Se le está renovando la piel. Está… guapísimo.
Layla se frotó los ojos con el dorso de la mano. Tenía hambre y náuseas a la vez.
—¿Y él cómo se encuentra?
—Duerme, sobre todo. Es como si su cuerpo estuviese empleando toda la energía en curarse. Pero cada vez que despierta se siente más fuerte. Y
está comiendo bien, además. — Al fin se rompió y empezó a llorar—. Sabía que podría hacerlo.
Layla se apretó el teléfono contra el oído, escuchando el llanto ahogado de la mujer. Al otro lado de la habitación, los sabuesos noctívagos, de color leonado como los pumas, jugueteaban y daban vueltas alrededor de la figura de su maestro, Egesto. Eran nebulosos como demonios, el lienzo funcionaba de tal forma que en un primer vistazo los perros no parecían ser nada más que un remolino errante de hojas otoñales.
Recordó al chico de la noche anterior, tenso como la cuerda de un arco encima de ella, los dedos de Layla clavándose en el enrejado de cicatrices de su espalda.
—No he sido yo —le dijo a Nashe Crawe —. Yo no he hecho nada.
—No debería negarlo, de verdad. Si los dioses le han otorgado un don debería sentirse bendecida.
Layla quedó en silencio. Quería colgar y darse una ducha, pero Nashe Crawe seguía hablando, diciéndole que se había pasado la mañana tratando de localizar a su marido pero que nadie sabía dónde estaba. Ya eran las once de la mañana. Layla no recordaba la última vez que había dormido hasta tan tarde.
—¿Vendrá? —le preguntaba Nashe Crawe —. Alcander querrá verla.
—No puedo —respondió Layla—. No hasta que haya terminado el tapiz.
Nashe Crawe empezó a decir algo más, quizá una protesta, pero Layla cortó la llamada antes de que pudiera terminar. Sintió un miedo atroz, uno que jamás había experimentado, y el convencimiento de que nunca jamás podría volver a entrar en la casa de cristal.
No quería enfrentarse a la prueba de lo que tenía que ser imposible.
Pasó los dedos brevemente sobre el tapiz, las líneas del tejido estaban tirantes como cables. Sintió con imprecisión su respuesta, tenue y argentada como el sonido de un harpa detrás de una puerta cerrada.
Solo estaba Egesto, el señor de los canes. El amor que había sentido por Alcander parecía un sueño.
Cogió un autobús hacia el centro y después atravesó a pie el laberinto de callejuelas hasta que llegó a la polvorienta pasarela enlosada que llevaba al extremo más bajo, más ruinoso, de la calle Ateneo. Olía a cubos de basura rebosantes y asfalto cocido. Layla se metió por una callejuela entre dos casas, después se abrió paso por el camino que se elevaba sobre los jardines. No había nadie cerca. La última casa de la carretera era enorme y estaba muy bien conservada. Los luminosos ladrillos devolvían el brillo del sol como un disco volador, aunque los rodeaba un aura de calma siniestra.
Layla estaba segura de que, a pesar del aspecto, la casa estaba vacía y lo había estado durante años. Las puertas traseras se hallaban cerradas con candado.
Layla se quedó a la sombra del muro y escuchó las cigarras, acompasando poco a poco su respiración con aquel ritmo constante.
Finalmente sus latidos comenzaron a sosegarse.
En su opinión, tenía dos opciones: podía aceptar lo que la gente decía de ella o podía no hacerlo. Nashe Crawe había dicho que su don era una bendición, pero si se dejaba llevar por esa creencia querría decir que las imágenes, los colores, los sentimientos que había experimentado al crear esos tapices jamás habían sido suyos. Significaría que todo cuanto hacía, todo cuanto había hecho, estaba predeterminado. Que no era una artista, sino un recipiente vacío, un canal adecuado de comunicación entre su mundo y un reino que ella misma apenas podía percibir entre los panoramas.
Siempre había pensado en su trabajo como el pasaporte a la libertad.
Pero si lo que Nashe Crawe creía era cierto, entonces no era más que la medalla concedida a su esclavitud. Crea Atolón había aceptado su llamada y ello le había reportado adulación durante un tiempo. Pero al final los vientos cambiaron, como habían cambiado para la madre de Layla, como cambiaron para todos, ¿y dónde se habían metido los dioses entonces?
¿Acaso no era mejor ser como Livia Sol, que había rechazado el mecenazgo de cualquier religión, incluso cuando el resto del mundo la había declarado loca? ¿O como Panteleimon, que insistió en su libertad personal, a pesar de que eso lo llevara al exilio y a la ruina?
«Thanick Acampos», pensó. «¿Quién eres en realidad?». Se dio la vuelta para mirar al muro, después metió un pie en una hendidura que había cobijado antes un ladrillo y se aupó. Los arbustos habían crecido desmesuradamente espesos, cubriendo el interior de las puertas e imposibilitando la entrada al jardín sin el uso de una motosierra o una guadaña. Solo las arañas tejedoras, las laboriosas juanas, parecían libres de ir y venir a su gusto. Layla se concentró en una de ellas, una delicada criatura de cuerpo delgado con un marrón más claro que el de la belleza rechoncha que había observado al principio del verano, vio cómo se tocaba las hileras con las patas de atrás y excretaba un hilo de seda, un mercurio líquido, vivo, que se endurecía hasta adquirir una transparencia brillante en una fracción de segundo.
Los movimientos de la araña tenían algo que recordaba a los pasos de baile, la misma flexible fluidez que contradecía las horas de práctica y deseo voraz que daba vida a todo arte.
Layla notó crecer el amor en su interior así como una sentida admiración. Sintió que moriría para proteger a esta criatura, para asegurar su derecho a continuar haciendo aquello que hacía tan bien.
—¿Sigues creyendo entonces que estamos todos muertos?
Layla se asustó tanto que se soltó del muro. Cayó en el suelo, rasguñándose las palmas de las manos y golpeándose dolorosamente las rodillas. Pensó al principio que era la dueña de la casa quien la llamaba; después vio que era la anciana, Thanick Acampos. Estaba vestida de forma incongruente, con un traje de negocios de estampado de pata de gallo y gruesos zapatos de salón. «¿Cómo puede aguantarlo, con este calor?», se preguntó Layla. «Esos zapatos tienen que estar matándola».
Parecía la vetusta secretaria de algún mafioso.
—Te he buscado por todas partes — dijo Layla.
—Pensé que no creías en mí — dijo Thanick Acampos.
—No quiero hablar de eso. Estoy hasta las narices de todo ese rollo sobre los dioses. Quiero que me hables de mi madre.
—Tu madre se ahogaba y estaba muerta de miedo. Pero llamó a mi prima Calíope y ella vino y la sacó del agua.
—Eso son estupideces y lo sabes. ¿Por qué no me dices la verdad?
—¿Aún sigues diciendo que es una estupidez? — La anciana se inclinó como para ajustarse una de las medias. La silueta empezó a titilar y por un momento Layla creyó que estaba a punto de desaparecer como había hecho aquella vez.
—Ni se te ocurra —le advirtió Layla—. Otra vez no. — Extendió un brazo y agarró a la anciana de una manga, pero el tupido material de la tela estaba empapado y cuando la vieja se giró para mirarla Layla vio que tenía enfrente a Romilly Perec. Estaba igual que en la pila de fotos antiguas guardadas en el fondo del armario de su padre, fotos que habían permanecido ocultas tanto tiempo que Layla sospechaba que Idmón Vargas se había olvidado de que estaban allí.
Era más alta que Layla y su piel más pálida, pero tenía el mismo pelo fosco y alborotado y los ojos de color esmeralda.
—Di mi nombre —dijo Romilly Perec. Habló con la voz seca, desconcertante de Thanick Acampos.
—Eso es perverso —sollozó Layla—. ¡Déjala marchar! — La cogió de los dos brazos, le clavó los dedos en la tela empapada y tiró de ella hacia delante. Los ojos de la mujer brillaban cuajados de lágrimas y Layla recordó la mañana de su marcha de Kardamili, el amanecer acercándose a ella por la arena con sus sandalias rosas de ante.
—Tienes que decir mi nombre para que pueda liberarla, Layla Vargas
—dijo la mujer—. Deberías aceptar tu don con elegancia, es todo cuanto pido. Ningún don es gratis. — La voz era diferente ahora, más joven, pero aún sonaba dura y teñida de lo que a Layla le pareció arrepentimiento.
—Mi don es mío —exclamó Layla—. No tiene nada que ver contigo.
Detesto todo lo que representas.
—¿Estás segura de lo que dices? Según tú yo ni siquiera existo, en primer lugar. — Se zafó de Layla y después la rodeó con sus brazos. Layla sintió los labios de su madre acariciarle la frente y después pareció
desvanecerse entre sus brazos. Un golpe de viento caliente le echó el pelo hacia atrás.
—¡No te vayas! —gritó Layla—. Quiero verte.
—Entonces di mi nombre. —La mujer reapareció, no como la vieja ni como Romilly Perec sino encarnada en la imagen de una fotografía en blanco y negro: Bella Lukic en el papel de la diosa Atenea. Entonces su imagen también desapareció. En su lugar había una mujer de mediana edad.
Vestía discretamente, llevaba un vestido recto de algodón azul. El pelo levemente moteado de gris, corto y peinado a la moda. Exudaba la cansada dignidad propia de un soldado que ha luchado heroicamente en muchas batallas pero que ahora considera que la guerra es fútil. Era hermosa, pero con una belleza que asustaba a Layla. De la anciana Thanick Acampos solo quedaban los ojos: ojos del color de la amatista, o de la pura luz malva de una tarde de verano.
—No iré contigo —sentenció Layla —. No lo haré.
—Quédate entonces —dijo la diosa—. Quédate para siempre y usa tu don sabiamente, ya que tanto te place. — Tocó suavemente un hombro de Layla y desapareció.
Layla dio un traspié, distraída por un movimiento rápido que captó por el rabillo del ojo. Meneó la cabeza, tratando de despejarse, y vio que una araña tejedora se le había enredado en el pelo. Sintió un segundo de aversión atávica al pensar que tenía la criatura tan inesperadamente cerca, después arrancó un tallo de hierba seca de la base de la pared y lo sujetó para que la araña pudiera huir en libertad.
La araña subió por el tallo, corriendo paso a paso como un monito pequeño. Layla la levantó hacia las ramas más altas del arbusto y el animal, después de un momento de duda, se subió a una hoja y corrió rápidamente hasta desaparecer de la vista.
Layla dejó caer el tallo de hierba en el polvo y se dio la vuelta para irse a casa.
§
Pasó el resto del día en casa, abrumada por un torpor soñoliento similar a un golpe de calor, pero más intenso. Se acostó bastante antes de medianoche, pero se despertó apenas una hora más tarde con náuseas y desorientada.
Pasó un rato tratando de recordar dónde estaba, después le vino a la mente su encuentro con la mujer en el camino detrás de la calle Ateneo, la tarde de calor mareante y el chillido de las cigarras. Fue a trompicones hasta el baño y vomitó, con cada arcada el estómago se le retorcía entre dolorosos retortijones. La cabeza le palpitaba, como si la hubieran golpeado.
Todo podía ser efecto de un golpe de calor, claro, pero el sol no la había afectado así jamás. Emprendió el camino de vuelta a la cama, un viaje que pareció llevarle horas. El colchón se elevaba y balanceaba como una balsa en el mar y la sábana de algodón, que parecía rígida como una caja de cartón, le raspaba la piel cada vez que se movía. Agobiada por un sofoco, se la quitó de encima. El ruido de un coche que pasaba le puso la piel de gallina.
Sus pensamientos le parecían desordenados y extraños. En algún momento a horas intempestivas se acordó del chico, el joven de la espalda llena de cicatrices al que había pagado para que se acostara con ella. Se le pasó por la cabeza que igual le había pegado alguna enfermedad espantosa, y cuanto más rumiaba ese pensamiento más arraigaba. Su acción, todas sus acciones hasta ese momento, le parecían fruto de la enajenación. Se preguntó si era así como se había sentido su madre cuando entendió que se estaba ahogando.
Con la llegada de la mañana se sintió mejor, aunque no tenía conciencia de haber dormido ni recordaba cuándo se había hecho de día exactamente.
Los terrores nocturnos continuaron, pero de forma menos insistente, como los remanentes de una pesadilla que sigue pareciendo real al despertar pero que se desvanece del mundo al cabo de una hora.
Pensó que sería capaz de cumplir con su turno en la fábrica como siempre, pero mientras esperaba en la parada de autobús se sintió presa del pánico y tuvo que volver al apartamento. La habitación apestaba a vómito consumido y al denso olor animal de su propio sudor rancio. Abrió la única ventana y la puerta que daba al pequeño balcón comunal. La brisa salada corrió a su encuentro, su pestilencia era tan pungente que casi se desmaya.
Se aferró a la barandilla del balcón. La luz del sol se derramaba cubriendo el mar con un barniz vítreo. La intensidad del resplandor reflejado parecía restregarse en sus retinas.
Marcó el número de su padre en el móvil, pero la llamada sonó y sonó sin respuesta. Se preguntó a quién más podría llamar, antes de darse cuenta de que no había nadie con quien quisiera hablar.
La fiebre la abandonó al atardecer. Bajó a la calle, donde podía sentir cómo Ciudad Atolón se insuflaba vida a sí misma a su alrededor. La brisa vespertina era malva, suave y empolvada como las alas de una polilla. Le llegaba el tintineo de los vasos en los restaurantes del muelle, el aroma del pescado frito de la Taberna del Tiburón. En algún lugar lejos de allí dos chicas reían y, en la distancia, allá en la carretera de la costa, podía oír el zumbido del tráfico acercarse al desvío de la pasarela aérea.
Fue un momento de completa inmovilidad, un segundo atrapado en ámbar, una joya brillante que más tarde examinaría con el ojo de la memoria y trataría de penetrar, esforzándose por evocar todos los detalles y las sensaciones. Estas eran las cosas que definían su trabajo, al fin y al cabo: los detalles, los momentos brillantes que sustituían universos enteros de memoria.
Sintió los pies más ligeros, como si la masa y la naturaleza de su cuerpo no tuvieran apenas relevancia. Solo la forma importaba, la transparencia de la visión, la urdimbre y la trama de la seda mientras se deslizaba, como hilos de fibra de vidrio, entre la desacostumbrada multiplicidad de sus miembros.
La seda fluía de su interior ahora e, igual que el hálito, formaba el núcleo de su ser. Recordó a Alcander, su Panteleimon, que aunque ahora estaba completo seguía siendo solo un niño. Un niño que estaba transformándose en hombre, pero solo eso y nada más.
Aun así, la frágil jaula de su cuerpo tembló al pensar en él, y la liberación de la seda desde sus entrañas fue un extático vaciarse.
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Nina Allan
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