Tejedora

Nina Allan · Capítulo 1 de 1 · parte 2/3

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Tejedora

Tejedora

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Tenía unos ojos bonitos, sin embargo, de una tonalidad violeta tan poco corriente que Layla se descubrió pensando que ojalá se hubiese traído su caja de acuarelas, para hacer así la mezcla ella misma y usarla después. La belleza de esos ojos en un rostro tan marchito marcaba un contraste que de algún modo resultaba indecente. Era como si los ojos pertenecieran a alguien completamente distinto, una preciosa joven cautiva en el cuerpo de una bruja monstruosa.

—Te conozco —dijo Layla—. Estabas en el autobús. — No tenía ni idea de por qué le había dicho eso, solo sabía que quería sorprenderla de la misma forma en que la vieja la había sorprendido a ella, conseguir que el asombro se dibujase en su rostro, ver esas facciones grotescas recomponerse en algo más humano. Soltó una risita, impaciente por obtener una reacción. La anciana se inclinó hacia delante para escudriñar la cara de Layla. Le llegó el olor de su aliento, el aroma a almendra y azúcar de las pastas.

—Yo también te conozco —afirmó la vieja—. Eres Layla Vargas. Yo era amiga de tu madre. O quizá debería decir su admiradora, más que su amiga. — Apartó la mirada de Layla y volvió a fijarla en la araña, que en aquel momento se afanaba por anclar el marco de la telaraña a los extremos espinosos y rígidos del matorral—. Es preciosa, ¿verdad? Se puede aprender mucho de ella, estoy segura.

—Qué va —dijo Layla—. Una araña no sabe lo que es la belleza, solo teje. Ni siquiera sabe que existe, mucho menos lo que está haciendo. No se puede comparar con el arte de verdad.

Habló con aire ausente, articulando ideas que antes siempre le habían parecido verdaderas e importantes pero que ahora le sonaban imperfectas e indistintas, verdades parciales solamente, quizá ni la verdad siquiera. No le importaba. Estaba haciendo un esfuerzo por asimilar lo que la anciana había dicho justo antes de que se hubiera puesto a alabar a la araña, lo de que sabía quién era Layla y que había conocido a su madre. Eso último no

parecía posible. Romilly Perec había muerto con apenas treinta años; esta anciana tenía el aspecto de llevar viva desde la caída de Roma. Aun así Layla quería creerla, lo deseaba desesperadamente.

Si esta mujer recordaba a su madre significaría que alguna parte de Romilly Perec seguía viva, por pequeña que fuera. Layla sabía desde hacía tiempo que su padre había matado dentro de él lo que quedaba de su madre, que la había eliminado de su vida más a fondo de lo que la sentencia del tribunal, los verdugos de la ciudad o las incomparables aguas cobalto del Mediterráneo jamás hicieron. Le habían ordenado deshacerse de sus recuerdos y él acató las órdenes.

Layla no se podía imaginar a esta mujer acatando nada. «Antes moriría», pensó Layla. «Dejaría que molieran sus huesos hasta convertirlos en polvo de tiza».

—Tengo unos libros sobre arañas que podría prestarte si quieres — dijo la mujer—. Te sorprendería lo que son capaces de hacer, lo que saben.

—¿Quién eres? —preguntó Layla—. ¿Es verdad eso que acabas de decir sobre mi madre? ¿Eres familia suya? — Recordó algo que le había dicho Iona de que la familia de su madre venía de Tsokla, el árido enclave al norte de Ciudad Atolón, el lugar al que llegaban los pastores de ovejas de Ankara para ejercer su oficio, y donde había un barrio de chabolas con chozas de cartón yeso y cobertizos de lona esparcidos en montones andrajosos, como una baraja de cartas tirada bajo los inmensos soportes de cemento que sostenían la pasarela elevada. Según Iona, la familia de su madre había sido rica, pero lo perdieron todo en los derrumbamientos y se habían visto obligados a vivir en dos frías y húmedas habitaciones del sótano de la enorme casa que una vez fuera su hogar. Del padre de su madre no sabía nada.

—Familia no —dijo la anciana. Continuaba observando la araña, moviendo sus ojos violetas al compás de las evoluciones del animal—.

Solía ir a sus lecturas. No es que leyera en público muy a menudo. Decía que la ponía nerviosa. — Apartó la mirada de la araña con repentina brusquedad y la clavó en Layla—. Sabes que compartes su don, ¿verdad?

Se pega como el polen.

—No creo en nada de eso —respondió Layla —. No quiero hablar de ello.

—¿Porque crees que mató a tu madre o porque tienes miedo de que pueda matarte a ti?

Layla sintió que se le encogían las entrañas y fue consciente, como a veces le pasaba, de la humedad carnosa y orgánica de sus órganos vitales.

Recordó cómo una vez en el colegio la habían mandado a casa por insultar a un profesor que les había dicho que las leyes de clarividencia habían sido aprobadas para proteger el país de espías extranjeros. Layla nunca había hablado de los crímenes de su madre, no en voz alta, con nadie. Cerró las manos en un puño como si fuera a defenderse de un ataque. Tenía las palmas pegajosas del sudor.

—Mi madre fue asesinada —dijo—. La mataron seres humanos.

Hombres que no querían que la gente dijera lo que piensa porque creían que la libertad de expresión amenazaba su poder. Lo que dijera mi madre no tiene ninguna importancia. No eran más que locuras.

—¿Eso es lo que crees? ¿Que estaba loca?

—Creía que podía predecir el futuro. ¿Cómo lo llamarías tú?

—Era una poeta, Layla Vargas, así se consideraba a sí misma. Nunca reconoció su clarividencia, en eso era como tú, aunque sus refutaciones no eran tan temerosas ni estridentes. No deberías rechazar tan rápidamente tu derecho de nacimiento. No todos los dioses sienten afecto por los videntes, menos aún por los ingratos.

—No soy vidente, soy una tejedora. Y los dioses están muertos.

Sostuvo la mirada de la anciana durante un momento y después bajó los ojos. Deseó no haber pronunciado aquellas palabras. Mofarse de Iona con su descreimiento era una cosa, pero esta mujer de ojos amatista parecía distinta y Layla deseó no haberla ofendido. Sus pensamientos ondulaban en suaves olas como las arenas del desierto, repiqueteando y enroscándose como serpientes en un pozo. Los rayos del sol caían como metal fundido, escaldándole la nuca y disolviendo su tensión en un éxtasis fangoso. Su cabeza comenzó a retumbar con los gritos de las chicharras y se dio cuenta de que, en un paradójico impulso que le encharcaba la mente como grasa en

el fondo de un perol, estaba deseando que el cielo de acero azul se abriese y se la tragase.

La anciana brilló en el calor como un espejismo y, por un momento, a Layla le pareció no ver la monstruosa máscara decrépita de la vieja sino el rostro anguloso, apasionadamente astuto de Bella Lukic, quien comenzó su carrera interpretando a Atenea en una comedia de la vTV que estuvo en el ojo del huracán del juicio por blasfemias de KenTech, el escándalo que la hizo famosa y le trajo después el éxito. Layla parpadeó y después avanzó hacia la anciana, impulsada por un deseo de verla más de cerca, de tocarla incluso, pero una náusea se le agolpó en la garganta, tropezó y cayó. Gateó, sintiendo la gravilla cubierta de polvo atravesarle la piel de las rodillas por varios sitios. Se agarró al poste de una valla buscando enderezarse. Una ortiga le pinchó la palma de una mano. Ya después por la tarde vio la marca, una fila de pequeños verdugones rojos, como la línea de puntos en un patrón de costura.

Cuando por fin consiguió ponerse en pie, la anciana ya no estaba allí.

§

Idmón Vargas era un buen padre. Se había ocupado de Layla con devoción a pesar de que ella sabía que tanto entre amigos como entre enemigos los había que decían que sería mejor para él — mejor para el negocio— que renegase de ella como había renegado de su madre. Layla lo amaba por la obstinación con la que se negaba a escuchar esos consejos. Más aún, lo amaba porque siempre la trataba como a un igual. Fue de Idmón Vargas de quien primero aprendió sobre la alquimia del color, la calidad de la seda, las aparentemente mágicas propiedades del múrice. Él había tenido que aprender de la forma más difícil: empezando de cero. Le encantaba contar la historia de cómo había salido de casa de su padre cuando tenía quince años con un billete de diez dracmas en el bolsillo y ninguna experiencia laboral demostrable salvo los dos veranos que había pasado como estibador en el muelle de Tiro.

Layla sabía que los métodos de trabajo de su padre se consideraban anticuados. El método de prensado — que consistía en recoger los múrices por miles y después triturarlos hasta conseguir la pulpa de la que se extraía el tinte— llevaba en uso más de una generación y era la técnica empleada por todas las firmas textiles importantes. Para cuando Layla fue lo bastante mayor como para cardar sus propias sedas, incluso las casas de costura más exclusivas que servían a la clientela más selecta, y que al principio se habían reído del método de prensado porque lo consideraban un truco barato, habían terminado por adoptarlo.

Entre los principales productores solo su padre mantenía el método del cultivo en vivo, que implicaba criar los múrices en su ambiente natural y extraerles el líquido cuando llegaba la temporada. Idmón Vargas aducía que el método de prensado era un derroche y que el tinte que producía nunca era tan puro como el que se obtenía del cultivo en vivo. Parecía una locura, pero Layla sabía que tenía razón. Quizá podía engañarse al ojo inexperto y quizá la tintura obtenida con prensado podía aprovecharse para muy diversos fines, pero para el padre de Layla las tinturas de cultivo en vivo tenían una claridad de tono, una fragancia casi, que las hacía únicas. Layla veía la diferencia con la mente tanto como con los ojos, pues sentía el púrpura auténtico como una oleada de resplandor que llenaba la tela, del mismo modo que el viento y la luz del sol llenaban las velas del Auster cuando su padre la llevaba sobre la marea de la mañana.

También influía que el hedor y la porquería de las tinas de prensado le daban asco, y que pensar en tanta muerte — ciudades enteras de múrices inertes, sus pastos inservibles, sus blandos cuerpos convertidos en mugre nauseabunda— hacía que la bilis le subiera por la garganta. No era un sentimiento fácil de explicar, pero varias veces después del encuentro con la anciana pensó que ella sí lo entendería bien. Regresaba a la calle Ateneo cada tarde, albergando la ilógica esperanza de que la anciana fuera a estar allí de nuevo, pero no volvió a encontrarla. Layla no podía creer que la hubiera dejado escapar sin averiguar dónde vivía o su nombre al menos.

La vieja le daba un poco de miedo, pero la idea de que al perderla de vista hubiera podido perder también un vínculo remoto con su madre le daba más miedo si cabía. Esperaba dando vueltas en la calle, observando el

interior de los matorrales y valorando lo que la anciana le había dicho, que podría aprender de las delicadas arañas tejedoras si así lo quisiera. Cuanto más observaba Layla a las arañas, más inclinada se sentía a admitir que tenía que haber algo de verdad en las palabras de la anciana. Aquella devoción imperturbable por su tarea era algo que entendía a la perfección.

Incluso tuvo que admitir que los métodos de las arañas le resultaban menos misteriosos que los de sus colegas de trabajo en Textiles Minerva, hijas de pescadores en su mayoría, que eran sin duda bastante diestras pero no sentían ningún interés por la estética y que aprovechaban la más mínima interrupción en la rutina como excusa para olvidarse del trabajo por completo.

El trabajo para las arañas era inextricable de ellas mismas, tan fundamental para su supervivencia como su estómago y sus intestinos.

Nada más llegar a la ciudad Layla había empezado a tejer una nueva panorámica, una escena que retrataba las aventuras de la infame forajida Yocasta Zeta. Solo tras una semana de trabajo se dio cuenta de que para la imagen de Yocasta se había inspirado en la recepcionista negra del Hotel Europa.

Planeaba montar una exposición para la siguiente primavera. Su jefe en Minerva le había ofrecido una parte del puesto de la firma en el Ciudad Atolón Expo que se celebraría aquel mismo otoño, pero al final Layla había dicho que no. Era una oportunidad única, pero Layla no quería que su trabajo quedara ligado para siempre con el sector comercial. Había recibido dos comisiones privadas gracias a la publicidad generada por el concurso que había ganado antes de venir a Ciudad Atolón. Ambas comisiones eran lucrativas, y un par de galerías habían expresado un titubeante interés por representarla. Si las cosas continuaban progresando, esperaba ser capaz de dejar el trabajo en Minerva al cabo de un año.

A mediados de agosto se embarcó en su primera aventura amorosa.

John Caribe era un mercader de telas y seda, originario de Madrid. Hacía años que conocía a Idmón Vargas y vendía sedas a precio de oro por todo el mundo. Tenía los labios carnosos, la piel atezada y las puntas de los dedos callosas de medir el hilo. Layla sabía que muchas mujeres se debían de sentir atraídas hacia Caribe por sus gemelos de diamantes y por su evidente

carisma, pero lo que a ella más la cautivaba era cómo hablaba de los colores: la manera en que arrojaba sus nombres como un guante en su extraño acento de erres marcadas, cómo los enumeraba uno a uno como si recitara un pasaje de poesía callejera oscuramente cautivador.

Lo conoció cuando fue a comprarle seda, estuvo bromeando con que no se podía permitir los precios de su padre, y cuando al fin Caribe apretó los labios contra los suyos en el almacén de sus cavernosas instalaciones en la calle Salamanka no opuso resistencia. Le sorprendió, y excitó en secreto, ver cómo aquel magnate de ojos almendrados con sonrisa sardónica y la cabeza más fría para los negocios que hubiera visto nunca se volvía tan malhablado y desinhibido como un vulgar soldado en el incómodo sofá cama de la parte trasera de su oficina.

No se le pasó por la cabeza que ella podría no ser la única mujer con la que se veía. Cuando su aventura acabó se preguntó cómo podía haber sido tan estúpida. Las mujeres eran un juego para Caribe. Lo único que de verdad lo conmovía era el dinero y la seda.

—Tu padre es un cabrón tacaño — decía al coger uno de los cuadrados de seda teñida que su padre le enviaba siempre como muestra y lo estiraba de lado a lado agarrándolo de las esquinas con los dedos extendidos, como si le frustrara no encontrar ningún defecto. Layla sentía un arranque de orgullo cada vez que hablaba así, consciente de que Idmón Vargas se preocupaba mucho más por la calidad que por el dinero, de que de alguna forma, a través de su padre, ella y John Caribe quedaban como iguales. Más tarde tuvo que preguntarse si la pura verdad no habría sido que Caribe la había seducido como forma de vengarse de su padre. Layla sabía que él se sentía verdaderamente molesto por el dinero que tenía que desembolsar por la tintura púrpura de Idmón Vargas, incluso aunque supiera que podía vender toda la remesa diez veces más cara.

Caribe alzó el cuadrado hacia la luz. Un anochecer violáceo le cubrió el rostro levantado.

—Un maldito timo, eso pienso. Un atraco a mano armada.

Sin embargo, lo primero que vio Layla de la mujer con la que Caribe estaba en el Parnaso fue que llevaba un bolso de mano hecho de damasco púrpura, de la mezcla de su padre. El Parnaso era un club de tauromaquia

en la parte occidental de los muelles, un lugar donde se congregaban jóvenes actrices en ciernes con la esperanza de enganchar un torero de primera línea o de llamar la atención de uno de los muchos agentes y cazatalentos que se suponía que andaban por allí. Layla observó a las mujeres que iban de acá para allá bajo los focos, mirando de soslayo sus reflejos en el techo de espejos, y se preguntó en qué se entretendrían durante el día. Normalmente no habría puesto pie en un sitio como el Parnaso, pero los gerentes del club la habían invitado para encargarle una comisión. El bar estaba lleno de obras de arte, la mayor parte relacionadas con los toros, y Layla pensó para sus adentros que embutir allí más objetos todavía sería tirar el dinero. Pero el pago que le ofrecían era tan alto que no pudo negarse y la ostentosa opulencia que la rodeaba hasta le dio la confianza necesaria para pedir un poco más.

El gerente le resultaba vagamente familiar y en algún momento de la conversación Layla se dio cuenta de que era Steely Jurassic, el boxeador que salía en la vTV cuando ella era niña. Le pidió a Layla que se quedara a cenar con él, pero ella rechazó la invitación. No quería arriesgarse a que él intentara seducirla y que su comisión peligrase al rechazarlo. Iba camino de la salida cuando los vio, a John Caribe y a la mujer con el bolso de mano púrpura, sentados juntos en una de las cabinas con cortinas de terciopelo que había a un lado de la barra. Reían juntos, frente contra frente. El brazo de Caribe se apoyaba suavemente sobre los hombros de ella.

Salió corriendo del club, diciéndose que la mujer probablemente no era más que una clienta. Decidió no mencionar el asunto, pero cuando Caribe fue a su apartamento la tarde siguiente no lo pudo evitar.

Lo que más le sorprendió fue que Caribe se riera.

—Vamos a ver, ¿cómo crees que te conseguí esa comisión? —preguntó

—. Honor Clayden es la novia del gerente. Ella diseñó el lugar, o el interior por lo menos. No van soltando pasta a cualquiera. Míralo como una especie de soborno. — Esbozó una sugerente sonrisa que hizo que Layla se pusiese tensa de furia a pesar del horror con el que se dio cuenta de que la excitaba.

—Yo no soy cualquiera. ¿Quieres decir que el gerente lo sabe?

—Claro que lo sabe. Por eso consigue que Honor siga con él. El viejo Néstor está curado de espanto.

Se mareó tratando de averiguar de quién estaba hablando Caribe, enseguida se dio cuenta de que Néstor debía de ser el verdadero nombre de Steely Jurassic. En una voz que parecía salir de fuera de ella le pidió a Caribe que se marchara. Él extendió las manos en un gesto que podría significar enfado o súplica, después se encogió de hombros y se puso la chaqueta. Era una chaqueta cara, hecha de piel de cerdo blanca y suave como un cabrito.

—Supongo que no esperabas que renunciase a mi vida, ¿verdad? — dijo

—. No podría vivir así, Lay. Me moriría de aburrimiento en una semana.

Después se marchó. El ruido de la puerta al cerrarse llenó a Layla de una especie de apagada exaltación, pero en los días que siguieron le perturbó lo mucho que lo echaba de menos. No tanto a Caribe en sí como a su cuerpo, su desafiante modo de manejarla, la liberación del sexo. A veces se despertaba en mitad de la noche, extrañándolo con tal ansia que se descubría mordiéndose los nudillos para no llorar.

Necesitaba hablar con alguien, pero no había nadie en quien pudiera confiar. Las chicas de Minerva parecían cambiar de novios cada semana, emergiendo de cada ruptura furiosas pero aparentemente indemnes. Layla no veía cómo podrían ser capaces de comprender de verdad sus sentimientos.

Una semana después llamó para decir que estaba enferma y cogió el autobús a Tsokla en busca de la anciana. Incluso allí, de pie en la parada del autobús, reconocía que las posibilidades de encontrarla eran casi inexistentes, que no tenía motivos para creer que la vieja viviese en Tsokla o en ninguna otra parte. No era más que una corazonada, la fe de que si Iona estaba en lo cierto respecto a que la familia de su madre era de Tsokla entonces la anciana también tenía que haber crecido en los alrededores.

En cualquier caso eso era todo lo que tenía y estaba desesperada. Sin embargo, aquel era un lugar sórdido, una colmena podrida de viviendas que se desmoronaban y comercios asegurados con tablones, y mientras pasaba de un aparcamiento con basura desparramada a otro empezó a preguntarse qué la había poseído para ir hasta allí. Sabía que en la zona vivía gente corriente, que muchos de los trabajadores del muelle, de los limpiadores de oficinas, de las mujeres que trabajaban en la fábrica de conservas y en la

fábrica de papel Soyinka venían de Tsokla, pero a mediodía el lugar daba aspecto de desuso, una impresión de abandono polvoriento que Layla sintió como una agobiante inquietud que punzaba sus senos nasales y que la hizo sentir como a punto de tener un constipado. No dejaba de pensar que algo malo iba a pasar y el hecho de que no sucediera era casi peor. Al final terminó donde había empezado, en la parada de autobuses de la carretera Elías frente a una hilera escorzada de edificios de cinco plantas. La última casa de la fila estaba en ruinas, con los muros casi derruidos, aunque las habitaciones inferiores estaban claramente ocupadas. Prendas de ropa tendida aleteaban en las ventanas de la planta baja como jirones de los banderines de una fiesta ya pasada. Olía a guano y a madera podrida.

Las casas de enfrente habían tenido un pasado majestuoso, pero las desgracias que habían azotado el distrito las habían reducido primero a pensiones y después a estudios, cuatro en cada planta. Se preguntó si su madre habría crecido en una casa así, un suspiro de niña con rodillas llenas de costras y el pelo oscuro y áspero tan revuelto como el suyo. Miró fijamente las casas, casi convencida de que si se lo imaginaba con suficiente claridad una de las puertas se abriría y saldría la niña. Pero no fue así, la calle siguió vacía. Cuando llegó el autobús Layla se subió deprisa y no miró atrás. Al entrar en la ciudad propiamente dicha le pareció por un momento ver a la vieja salir de un supermercado que estaba justo debajo de la entrada del mercado de pájaros, pero cuando se fijó mejor se dio cuenta de que no era la anciana sino una chica joven, con el pelo casi al rape teñido con un spray color plata y que empujaba un cochecito de bebé.

No obstante, tenía la sensación de que la vieja la estaba observando. Se bajó del autobús en la estación principal y se abrió paso a empellones hacia la salida entre la multitud de trabajadores del turno de mañana. Le dolían los pies. Solo quería regresar a su estudio y echarse. Pensó en John Caribe, preparada para la muda explosión de dolor que normalmente acompañaba aquella exploración mental, pero sentía su centro yermo y mudo, como un campamento desierto después de una tormenta de arena.

Se preparó un café y miró el correo. Tenía uno del gerente comercial del Parnaso confirmando el anticipo para la comisión. Layla consideró por un momento si escribir para cancelarla, pero lo descartó de inmediato. Si lo

pensaba con frialdad, el trabajo para el Parnaso era lo más fructífero que podría salir de la relación con John Caribe. En vez de rechazarlo, escribió un recibí formal. Después se quedó dormida en la cama. Se despertó un rato después porque alguien llamaba suavemente a la puerta, una serie de golpecitos seguidos de un ruido como de arrastrar los pies, como si la persona que esperaba estuviera sosteniéndose primero sobre un pie, luego sobre el otro.

Al principio creyó que era John Caribe, pero lo descartó enseguida.

Caribe habría hecho más ruido y jamás habría llamado con tanta timidez. Se arregló el cabello con las manos y abrió la puerta. La mujer que estaba al otro lado era pequeña y ligera. A primera vista podría haber pasado por una niña, aunque al observarla más de cerca Layla supuso que tendría unos cuarenta años. Llevaba unos vaqueros ajustados, un blusón hasta las rodillas y deportivas manchadas de grasa; un atuendo más propio de una mujer la mitad de joven. El efecto resultaba incongruente y un poco desconcertante.

Del rabillo de sus ojos se extendía una cartografía de pequeñas arrugas.

—Hola —dijo Layla—. ¿Puedo ayudarla? — Daba por hecho que la mujer se habría perdido. No podía imaginar ninguna otra razón para que estuviera allí.

—¿Está sola? —preguntó—. ¿Puedo hablar con usted un momento?

—¿Sobre qué? —quiso saber Layla —. ¿La conozco?

La mujer permaneció en el umbral, parpadeando tan rápidamente que por un momento a Layla se le ocurrió la extraña idea de que la mujer no era en absoluto humana sino una marioneta de compleja fabricación.

—¿Es usted Layla Vargas? —preguntó la desconocida —. Me dijeron que puede predecir el futuro.

—Sí, soy Layla Vargas. Pero no soy vidente. No sé quién le habrá contado eso, pero no es cierto.

—Me llamo Nashe Crawe. Mi marido es Demitris Xenakis, el tirador.

Mi hijo Alcander está muy enfermo. Los médicos no quieren admitirlo porque le tienen miedo a mi marido, pero sé que se está muriendo. Quiero que cambie su futuro. —Alzó una bolsa, un pequeño morral cosido cubierto de complejos bordados que Layla reconoció como candados de la suerte.

Imaginó que la bolsa estaría llena de monedas, de créditos—. Esto no es

nada —continuó la mujer—. Puedo pagarle el doble. — Hizo oscilar la bolsa de un lado a otro con la cuerda—. Fue Thanick Acampos quien me dijo dónde encontrarla. Dijo que usted podía hacerlo. Dijo que debería pedírselo directamente.

—No sé de quién está hablando — replicó Layla.

—Thanick Acampos también es profetisa, pero ya no ejerce. Me dijo que la conoció de niña.

—Está hablando de la anciana — dijo Layla. Se dio la vuelta antes de que Nashe Crawe pudiera responder. No quería que la mujer viera su rostro, que leyera el asombro y el alivio que tenía escritos en él. Había vuelto a encontrar a la anciana al fin, o al menos la anciana la había encontrado a ella—. Será mejor que pase. Le prepararé un té.

Apartó la ropa suelta y un trozo largo de tela de refuerzo del único sillón que había y los tiró al suelo. Cuando le puso un momento la mano en el hombro para indicarle que podía sentarse sintió una pesada y tenue emanación que podría haber sido simple nerviosismo pero que más bien parecía miedo. Nashe Crawe se sentó y posó la bolsa de monedas en su regazo como un animalillo encorvado. Se llevó las manos hacia el collar, retorció la hilera de cuentas de pálido topacio. Layla meditó sobre lo increíble que resultaba que alguien como Nashe Crawe pudiera tenerle miedo. Echó agua en la tetera.

—No puedo hacer lo que me pide — le dijo—. Tiene que comprenderlo.

No creo en esas cosas. Ni siquiera las sibilas predecían el futuro en realidad.

Todo el arte es profético hasta cierto punto: está en la naturaleza del arte mirar hacia delante, pero el arte se ocupa de los sentimientos, no de los hechos. Las obras de arte importantes te muestran lo que quieres ver, esa es su grandeza. Pero el futuro no existe hasta que llegamos a él. No puedes cambiar algo que no existe.

—Hay gente que calificaría su punto de vista de blasfemo.

—Otros dirían que es la ley.

Layla se dio la vuelta con brusquedad, después echó agua hirviendo sobre las hojas de té. Se sentía enfadada con Nashe Crawe por incitarla a decir cosas en las que no creía. No tenía ningún respeto por los agentes de la ley que levantan estatuas solo para sostener sus propios prejuicios. Era la

clase de hombres que había ordenado la muerte de su madre. Para Layla las leyes sobre clarividencia eran, en última instancia, despóticas e irracionales; era como intentar ilegalizar la locura. Aun así, sentía que Nashe Crawe la había arrinconado.

Mientras esperaba a que el té se hiciera pensó en la anciana, Thanick Acampos. Thanick era un nombre extraño, extranjero. Layla se preguntó qué intención tenía al enviarle a Nashe Crawe, con sus deportivas sucias y su joyería cara y su manida creencia en una filosofía que la anciana sabía que Layla detestaba. Quizá simplemente lo había hecho porque Nashe Crawe era rica y Thanick Acampos pensó que a Layla le iría bien el dinero.

Sirvió el té y abrió un paquete de galletas.

—Siento lo de su hijo —dijo Layla —. Ojalá pudiera ayudar, pero no puedo.

—¿Vendría a verlo, nada más? — preguntó Nashe Crawe—. No viene mucha gente a casa. Ya no.

Había una mirada suplicante en sus ojos, una especie de voluntariosa impotencia que llenaba a Layla de ira y compasión al mismo tiempo.

—No sé si es buena idea —se excusó —. La verdad es que no tengo tiempo.

—Le pagaré su tiempo, por supuesto —replicó rápidamente Nashe Crawe—. Es decir, me gustaría solicitarle un encargo. Querría uno de sus tapices. — Tiró de la cuerda de la bolsa que tenía en el regazo. Las monedas repiquetearon como obleas de granito—. ¿Podría venir mañana?

Le dijo la dirección, una calle en una parte de la ciudad de la que Layla había oído hablar pero en la que nunca había estado, un distrito de voluminosas mansiones detrás de vallas electrificadas, de estrechas calles adoquinadas sin salida y fuentes de mármol. Había oído que allí vivían un montón de exmilicianos, de jugadores profesionales, gente que se preocupaba por su seguridad.

Nashe Crawe había dicho que su marido era tirador, lo que en realidad venía a significar que era un sicario. Sintió curiosidad, a pesar de sí misma.

Le preguntó a Nashe Crawe si le importaría dejar la bolsa de monedas como depósito de la comisión. Pensó que aquel descarado interés por el dinero

podría poner fin a todo el negocio, pero para su asombro la mujer accedió sin vacilar.

—La veré mañana, entonces — dijo. Le dio la bolsa.

Una vez que Nashe Crawe se hubo marchado, Layla sacó las monedas y las esparció por el suelo. Había veinte en total, eran amuletos de oro, que habían dejado de ser moneda oficial hacía dos siglos pero que podían cambiarse en cualquier parte por cinco mil dracmas cada pieza. Layla se mareó. Era más dinero del que había visto en la vida. Sintió la necesidad de salir corriendo detrás de Nashe Crawe, de perseguirla calle abajo y de ponerle de nuevo en las manos la bolsa con su contenido. Sabía que tener las monedas la comprometía a algo, que la ataba a Nashe Crawe, a su hijo, a la anciana Thanick Acampos de formas que aún no comprendía. No estaba acostumbrada a estar atada a nada. Era el equivalente a vender su alma.

Pero era mucho dinero. Una cantidad así le garantizaría independencia económica para muchos años.

Cogió una de las monedas, recordando los amuletos de bronce que en su día estuvo de moda coleccionar entre sus compañeros de colegio. Gracias a ellos, reconoció ambos motivos: Idris y Séneca en un lado, la hidra de dos cabezas de Ciudad Atolón en el otro. Séneca había sido uno de los máximos legisladores de su tiempo; su esposa Idris había sido la hija de uno de sus cónsules. Los amuletos habían sido acuñados para conmemorar su matrimonio; cuatro años después Idris fue juzgada y ejecutada por espionaje. Todo aquello, sin embargo, era historia antigua. Layla confiaba en que tocar las monedas le ayudaría a comprender mejor a Nashe Crawe y sus motivaciones, pero la bolsa y su contenido parecían tan ajenos a su misteriosa benefactora como si esta nunca los hubiera tenido en la mano.

No eran ajenos a todo, sin embargo. Mientras deslizaba una moneda de oro de una mano a otra tuvo la inquietante sensación de que alguien la estaba observando. Se concentró con fuerza y después de algunos minutos comprendió que las monedas habían sido propiedad del tirador Demitris Xenakis.

§

La casa era más o menos como se la había imaginado: una fachada de piedra de color óxido protegida por una barrera de seguridad invisible que emitía un zumbido de aviso cuando te acercabas. Dijo su nombre en el intercomunicador y después de un segundo o así el aire pareció centellear delante de ella, indicando que la barrera había sido desactivada. Había supuesto que Nashe Crawe estaría allí para recibirla, pero no había rastro de ella ni de nadie, aunque Layla sabía por el dron espía que zumbaba casi inaudiblemente por encima de ella que alguien estaba observando todo lo que hacía.

La puerta principal de la casa no estaba cerrada con llave. Layla permaneció de pie en el recibidor, indecisa de si continuar o de qué hacer.

Al principio no podía ver nada en absoluto. Sospechaba que la oscuridad había sido intensificada de forma artificial como medida de seguridad, pero según sus ojos se fueron acostumbrando gradualmente se dio cuenta de que no era más que el contraste entre la penumbra interior y la brillante luz del sol del exterior. El suelo era de granito rojo pulido, las paredes habían sido decoradas con anticuados paneles de teca. El resultado era opulento pero deprimente. Empujó una puerta para abrirla y después otra, revelando el interior de un armario lleno de abrigos y una sala lateral que, aparte de un clavicordio vertical, parecía estar vacía. Al final de la entrada había una escalera ancha que subía por un techo de cristal negro, del que Layla pensó que probablemente fuese un espejo de dos caras. La idea de subir la escalera le llenó de una ansiedad que solo pudo atribuir al intenso e inesperado silencio del lugar.

—¿Señora Crawe? —dijo, con la esperanza de que el sonido de su propia voz la tranquilizara —. ¿Nashe?

De puntillas, llegó al final del recibidor, después pasó por una entrada hasta un largo pasillo desde el que se abrían media docena más de puertas.

Pensó que podría ser completamente posible perderse en la casa. Tuvo una visión de sí misma saliendo de la mansión diez años más vieja de lo que había entrado. La idea era tan terrorífica como divertida. Soltó para sí unas risitas nerviosas. La puerta que tenía más cerca parecía estar cerrada con llave. Probó una a una las demás hasta que dio con una que se abría.

Se encontró con Alcander Xenakis en una habitación soleada que daba al jardín. Por la forma en la que Nashe Crawe había hablado de él, Layla había supuesto que sería más joven, quizá un niño de ocho años. Lo cierto es que era un hombre adulto, quizá un año o así menor que ella, pero no más. Tenía la misma complexión delgada que su madre aunque le sacaba más de quince centímetros.

Estaba tumbado en un diván recubierto con sábanas blancas, desnudo salvo por un par de calzoncillos bóxer de algodón blanco. Habría sido guapo de no ser por el sarpullido escamoso y putrescente que le cubría el cuerpo. Sobre el sarpullido le habían extendido alguna clase de ungüento reparador, un preparado oleoso que hacía que las costras y manchas brillaran como si supurasen baba. La habitación entera despedía un apestoso y agridulce hedor a carne podrida, pero era difícil saber si provenía de la piel enferma del joven o de la pomada. Layla reparó en que las ventanas de la habitación estaban cerradas; el cielo se empujaba contra los marcos de madera de cedro, duro y brillante como el celofán.

El joven se incorporó como un resorte. Contuvo el aliento y tiró de algo que tenía a los pies, una sábana manchada con rastros de ungüento verduzco. Se echó la sábana por los hombros y se cubrió.

—Lo siento —dijo él—. Debería dejarme la ropa puesta, pero no soporto el picor.

Sonrió, claramente tratando de quitarle hierro al asunto, pero el aspecto doloroso de las lesiones en sus labios y en la enrojecida piel alrededor de su boca transformaron la sonrisa en una mueca tan espantosa que Layla tuvo que obligarse a no apartar la mirada. A pesar de la revulsión admiró su valentía. Había imaginado un ser desvalido y sobreprotegido; apenas unos segundos después de conocerlo Layla sabía que Alcander Xenakis no era ninguna de las dos cosas. Tampoco parecía que se estuviera muriendo, o no exactamente. Era más como si estuviera batallando contra algo. El sarpullido o viruela o lo que fuera que estuviera atacando su cuerpo lo había dejado en muy mal estado, pero no había acabado con él, al menos no aún.

—¿Quieres que abra una ventana? —preguntó Layla—. Aquí dentro el ambiente es sofocante. — Vaciló. Quería preguntar qué hacía allí metido cuando el aire fresco podría hacerle más bien a su piel que cualquier dosis

de ungüento curativo. ¿Debía acaso mencionar su enfermedad o hacer como si no existiera? Nashe Crawe no se lo había dicho.

—Yo no lo haría en tu lugar — respondió el joven—. A menos que quieras escuchar un sermón sobre la teoría de mi madre acerca de las esporas.

—¿Esporas?

—Eso es. Una vez que te atrapan lo llevas claro.

Esbozó su espantosa sonrisa al tiempo que abría los ojos en un horror fingido. Al igual que los pensamientos que antes le habían cruzado la cabeza a Layla sobre la casa, la situación le pareció terrible pero también divertida. Layla empezó a reír, después se tapó la boca. Parecía inadecuado reírse en una habitación como aquella. Si bien, se fijó, esa habitación era distinta a las demás partes de la casa que había visto hasta entonces. Ni rastro de granito ni del pesado revestimiento de madera. En su lugar, el suelo de baldosas se suavizaba con esterillas, las paredes encaladas estaban cubiertas de mapas, detalladas cartas de navegación hechas a mano de lo que parecía el Mediterráneo oriental y las islas del mar Egeo.

—Estoy investigando para un libro — le dijo el chico, al ver que Layla miraba—. Una biografía del poeta Panteleimon. No creo que vaya a ser una obra maestra, pero es una exquisita forma de pasar el tiempo.

Lo anticuado de la palabra «exquisito» resonó en los oídos de Layla alto y claro como una campana. Había oído hablar de Panteleimon, pero muy poco. Tenía la sensación de que su poesía era difícil de entender.

—No sé mucho de él —confesó Layla —. ¿No lo exiliaron o algo así?

—Sí, así es. Lo desterraron por indecencia y pasó los últimos veinte años de su vida en la isla de Cos. Allí fue donde escribió sus mejores obras.

—¿Qué hizo tan indecente para ser desterrado?

—Estaba enamorado de su hermana y fue lo bastante sincero como para escribir poemas al respecto. ¿Por qué? ¿Te interesa la poesía?

—No sé nada de poesía.

—Eso en realidad no responde a la pregunta. — Hizo una pausa—. Tú eres la adivina o no sé qué de la que mi madre no para de hablar. No eres para nada como te imaginaba.

—¿Y cómo me imaginabas entonces? ¿Una vieja desdentada con un pañuelo en la cabeza? En cualquier caso, no soy lo que ella busca. Traté de decírselo, pero no quería escucharme.

—Veo que te diste cuenta.

Los dos sonrieron. Esta vez su sonrisa no le pareció tan espantosa. Es increíble, pensó Layla, lo rápido que te acostumbras a alguien si te gusta, a pesar del aspecto que tenga.

—¿Qué es lo que te pasa realmente? — le preguntó ella.

Él se encogió de hombros.

—Nadie parece saberlo. ¿Una infección fúngica que se ha vuelto loca?

De ahí la obsesión de mi madre con las esporas, supongo. Parece como un eczema infantil, pero no responde a ninguno de los tratamientos habituales.

Sea como sea, el problema es que está empezando a expandirse hacia dentro. Dicen los médicos que en algún momento atacará mis órganos vitales y después mi columna vertebral. Creen que me quedan dos años más hasta que ocurra, tres con suerte.

—Qué espanto.

—Me dará pena no terminar el libro. — Se recostó en el acolchado reposacabezas del diván y cerró los ojos. Tenía ampollas en los párpados, la piel costrosa por la mucosidad solidificada. Layla sintió que no era capaz de mirarlo más tiempo. Un dolor intenso se había apoderado de sus tripas. Era como si tuviera larvas alimentándose de las paredes de su estómago y se preguntó si era así como se sentía Alcander Xenakis, no solo cuando estaba cansado sino todo el tiempo, el constante, inexorable dolor de ser comido vivo.

Fue hacia él con la intención de consolarlo de algún modo o al menos de decirle que tenía que seguir vivo para poder continuar escribiendo su libro, pero antes de que pudiera decir nada la puerta se abrió y apareció Nashe Crawe. Layla se asustó al verla, no solo por la brusquedad de su entrada sino por la forma en la que iba vestida. Las deportivas y los vaqueros habían desaparecido. En su lugar llevaba un vestido negro hasta las pantorrillas del tipo que llevaban las viudas del juego. Se veía claramente que el vestido estaba hecho a medida, que valía una fortuna.

Layla fue consciente de que había sido estúpida al no darse cuenta de que el

blusón holgado y las deportivas sucias no eran más que una máscara, un disfraz que podía ponerse cuando quisiera para moverse por la ciudad sin que se fijaran en ella.

Los ojos de Crawe volaron hacia el joven del sofá.

—Alcander. —Su voz sonó estridente por el pánico —. Te dije que tuvieras la puerta cerrada hasta que yo volviera.

—No pasa nada, mamá, de verdad. Layla y yo solo estábamos hablando.

— Abrió los ojos, hendiduras azules en un rostro devastado, y trató de humedecerse los labios con la punta de la lengua. La lengua también parecía enrojecida, ulcerada. Layla deseó que Nashe Crawe aprendiera a refrenar su ansiedad, al menos en presencia de su hijo. No le gustaba pensar cómo tenía que ser el día a día para Alcander, cada minuto de su vida cargado con el amor de esta mujer cuando las cargas que tenía que soportar ya eran tan pesadas. Aun así, el sonido de su voz pareció relajar a la madre.

Su expresión se suavizó, su postura se hizo menos tensa.

—De todos modos es tu hora de dormir, cielo. Voy a robarte a Layla, quiero descubrir de qué habéis estado chismorreando.

Se volvió hacia Layla, sonriendo tentativamente. Layla entendió que solo tras comprobar que su hijo seguía vivo e igual que lo había dejado la última vez era Crawe capaz de interesarse por la existencia de otra persona.

—¿Le gustaría ver el jardín? — preguntó Nashe Crawe—. Les diré a las chicas que nos traigan bebidas.

Layla supuso que por chicas quería decir criadas. Asintió con la cabeza.

Contempló a Alcander Xenakis, sus brazos llenos de ampollas estirados junto a sus costados, la sábana tiznada extendida sobre su cuerpo prono, y se preguntó si lo volvería a ver. La posibilidad de que no hubiera un rencuentro le trajo una punzada de aflicción, una sensación de pérdida que parecía mucho más arraigada que cualquier sentimiento que hubiera albergado por John Caribe.

—¿Hay algo de Panteleimon en línea? — preguntó Layla—. Me gustaría leer algunos de sus poemas.

—Encontrarás sus Versos tempranos, supongo. — La voz del joven estaba ya cerca del susurro y Layla se dio cuenta de que probablemente la conversación lo había agotado. Recordó cómo se había apresurado a juzgar

a su madre y se sintió mal. ¿Qué sabía ella, de Alcander o de nada?—. Los Poemas del exilio son más difíciles, pero los Versos están bien, es un buen punto de partida de todos modos. Me gustaría saber qué te parecen. De verdad.

—Entonces volveré para decírtelo — aseguró Layla—. También yo lo digo de verdad.

Se dio la vuelta. Era consciente de que Nashe Crawe la observaba, pero evitó su mirada, sin deseos de saber cómo había recibido su conversación con Alcander. Salió de la habitación de regreso al lúgubre pasillo. Nashe Crawe le dijo algo a Alcander, demasiado bajo como para que Layla lo oyera, después salió tras ella.

—Le gusta —dijo Crawe—. Eso es bueno.

—Él también me gusta a mí — respondió ella. Le sorprendió que Crawe aceptara el interés amistoso de su hijo por ella, prácticamente una extraña.

Había esperado muestras de celos, posesividad, y se sintió culpable de nuevo por juzgar mal a la mujer.

—Salgamos fuera —propuso Nashe Crawe —. Hay cosas que me gustaría contarle.

Guio el camino por el pasillo oscuro hacia una puerta al fondo que daba acceso a los terrenos. Desde la habitación de Alcander el jardín había parecido grande, pero ahora Layla comprendía que la vista que se le había ofrecido desde la ventana no le había mostrado ni la mitad. Los jardines eran inmensos; el arreglo formal de parterres y olivos enanos que había atisbado desde la habitación de Alcander representaba apenas una pequeña muestra. Más allá de los olivos había un prado de pastos y más allá una colina cubierta de maleza y de flores silvestres. Una lengua azul del mar lamía el horizonte. No había rastro de casas vecinas, eso sí, de modo que Layla se dio cuenta con un sobresalto de que lo que estaba viendo era una proyección holográfica. Miró con fijeza a media distancia tratando de averiguar dónde terminaban los terrenos de verdad y comenzaba la proyección, pero le pareció imposible saberlo.

Este tipo de sofisticadas proyecciones eran siempre propiedad de corporaciones publicitarias o de cadenas hoteleras de primera fila y estaban muy lejos del alcance de los ciudadanos de a pie. Los jardines de la villa

eran prueba de que Demitris Xenakis no era solo rico: era intocable. No había nada que no pudiera comprar: los mejores entornos, los mejores médicos especialistas, meticulosos cuidados las veinticuatro horas. La idea de que un hombre como él buscara la ayuda de Layla era absurda al tiempo que terrorífica.

—Y bien —dijo Nashe Crawe—, ¿lo ayudará? — Estaba de pie, muy recta, con los brazos doblados sobre el pecho. Ataviada con el vestido negro y las sandalias doradas parecía una reina diminuta y malograda. En contraste con la noche anterior, su pálida mirada era interrogativa en vez de suplicante.

—¿Cómo podría? —dijo Layla—. No soy médico.

—No hablo de eso y usted lo sabe. Quiero que teja un nuevo futuro para él. Si es de los agentes de la ley de quien tiene miedo, no lo tenga. Nos aseguraremos de que esté protegida. Ya ve cómo son las cosas aquí. Ponga un precio y lo pagaremos. Da igual el dinero. El dinero no es un problema.

—Ojalá pudiera decir que sí. Ojalá pudiera hacer las cosas que cree que puedo hacer. Pero no es posible.

Nashe Crawe suspiró. Dejó caer los brazos a los costados.

—Hace cinco años que vi a mi marido por última vez, ¿sabe? — confesó de repente—. Dice que es porque ahora no es seguro para él volver a casa, pero yo sé que es porque se avergüenza de mirar a su hijo. Se culpa por lo que le está ocurriendo a Alcander. Un caudillo de guerra cartaginés impuso una maldición a Alcander para vengarse de Demitris. Porque Demitris mató a su hijo, por eso. Lo disparó por la espalda con una flecha envenenada.

Tardó tres días en morir y fue una agonía. Tres meses después comenzaron a aparecer las primeras llagas en el cuerpo de Alcander.

—Pero ¿por qué lo mató Demitris? Al hijo del otro hombre, quiero decir.

—Lo contrataron, claro. Eso es todo lo que sé y es todo cuanto deseo saber. No quiero meterme en política. —Sacudió los brazos—. Demitris nunca falla. No se ha hecho rico y famoso por nada. Ojalá hubiera matado también al padre. Nada de esto habría ocurrido si hubiera liquidado a ese cabrón. — Lanzó una mano al aire—. Pero él es estricto con esas cosas. No hay contrato, no hay muerte.

—Es una historia terrible. — Layla pensó en el hijo del señor de la guerra, gritando de dolor por su herida necrótica. La idea de que la enfermedad de Alcander fuera una suerte de castigo por la acción de su padre resultaba risible, pero no podía quitársela de encima. Persistía, como el estribillo de una canción o como las últimas y fatídicas palabras de una carta de despedida—. Pero me gustaría venir otro día a visitar a Alcander.

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