Temporal
Temporal
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Tomás González
Temporal
ePub r1.0
Titivillus 26.07.2019
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Tomás González, 2013
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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¿Qué es la eternidad?
Es el sol mezclado con el mar
ARTHUR RIMBAUD
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Vendaval sin rumbo
que te llevas tantas cosas
de este mundo,
llévate la angustia
que produce mi dolor,
que es tan profundo.
JAVIER SOLÍS
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sábado, 4 a.m.
Mario acomodó con rabia, pero con cuidado, los dos remos en la lancha y fue a la casa del padre por los bidones de gasolina. Ya Javier había traído los enfriadores con el hielo y las garrafas de agua, y estaría ahora en su casa, hirviendo los huevos del desayuno y colando el café para los termos.
Mario había nacido dos horas después que Javier y deseaba con frecuencia no haber nacido nunca. La lancha, de diez metros de largo, era de color azul cielo, en fibra de vidrio, y sobre una de sus bancas había una lámpara Coleman encendida. A pesar del frío de la hora, Mario iba sin camisa. El calor del rencor hacia su padre le bastaba.
De haberse interesado por ellas, habría admirado la red de estrellas que cubría la bóveda celeste. Miró hacia el cielo, pero no vio estrellas o no quiso verlas. Javier sabía de osas mayores y menores y cruces del sur; él, Mario, podía desarmar y armar un motor fuera de borda con los ojos cerrados y se movía bien en el golfo, sin saber nada de cruces. Le prestó atención, sí, al rayo que bajó sus tentáculos en el horizonte y también notó la ausencia de viento, no para admirarlos, pues no era de los que admiraban la forma de los rayos, ni el viento ni la ausencia de viento, sino porque percibía todo aquello que tuviera que ver con el mar y con la pesca.
El huésped que había bebido toda la noche en la única cabaña que, aparte de las de ellos, tenía a esa hora luces encendidas quitó a Gardel y apagó la luz. Entre Olimpo Cárdenas, Gardel y la ventisca del rencor era poco lo que el mellizo había podido dormir esa noche. La cabaña del turista quedaba a pocos metros de la suya y, aunque no ponía la música a volumen demasiado alto, se alcanzaba a oír. Pero hacia él no sentía Mario odio alguno, pues las molestias por los borrachos eran parte del trabajo: los
huéspedes pagaban para emborracharse frente al mar, y de eso vivía él, vivían todos.
Fue al patio trasero de la cabaña del padre, que en ese momento se ocupaba en sacar la carnada con la atarraya, a dos kilómetros de allí, frente al aeropuerto. Llevó dos bidones rojos de gasolina y los acomodó en la popa. Volvió por los otros dos. Los insectos se estrellaban contra la Coleman, la circundaban. Las olas se desplegaban casi sin ruido sobre la arena. Alrededor de las cabañas, entre los cocoteros y almendros, volaban murciélagos que ni Mario ni nadie en ese momento veían. Tal vez Dios los tenía presentes, pero en lo que concernía a Mario, y en su opinión, Dios no existía.
Iban a pescar un día con su noche a un lugar situado a dos horas mar adentro, frente al golfo. Se proponían sacar trescientos o cuatrocientos kilos de mojarras, cojinúas, róbalos, jureles, sábalos, chinitos y roncos, que los huéspedes, siempre hambrientos a causa del mar o de la resaca, se comerían en el restaurante del hotel, con plátano frito, arroz con coco y ensalada de cebolla y tomate, como habían hecho durante la temporada de fin de año, día tras día, a lo largo de los años.
Mario acomodó los otros dos bidones en la lancha y fue por la pértiga de mangle que usaban para impulsarla contra la arena del fondo. Al lado de su cabaña estaba la cabaña número dos, donde había hablado sola su madre día tras día, también a lo largo de los años. Las cabañas iban del uno al quince, con números pintados sin arte, en blanco, sobre tablas sin barnizar puestas encima de la puerta principal. La de él era la tres; la de su hermano, la nueve; la del padre no tenía número. Nora en realidad no hablaba sola, sino con mucha gente, a veces en voz baja, a veces un poco más alta, pero casi nunca a gritos. No obstante estar «loca venteada» —así mencionaban la enfermedad los mellizos, a pesar de que amaban a su madre—, alcanzaba a entender que su marido podría venir y callarla.
Mario llevó la pértiga, la puso con cuidado en un costado de la lancha y fue a la cocina del hotel. Llevarían una olla de fríjoles, que había preparado el padre en persona, y otra de arroz. La gente de la Costa no sabía hacerlos
como se debía, acostumbraba decir el padre, y para comerse unos buenos fríjoles tenía que prepararlos uno mismo. Mario tomó las ollas y dijo en voz baja: «Se cree la vaca que más caga, mi papá. Cualquier pendejo es capaz de hacer fríjoles. Para eso no hay ciencia». El rencor le daba calor a la piel, pero al corazón llegaban soplos fríos.
Hotel Playamar se llamaba el grupo de cabañas.
Puso cada olla en una bolsa de plástico y las dos en un enfriador de icopor, sin hielo, donde cabían una al lado de la otra, bien ajustadas, y lo llevó a la lancha. «Que no se me olviden las arepas», pensó, y volvió a la cocina. «Donde se me queden me mata, viejo marica». Además de la bolsa de arepas y las gaseosas, trajo de la cocina el cuchillo grande y muy afilado que usaba la cocinera para cortar las postas de pescado. Puso las arepas en la nevera donde estaban los fríjoles, y las Coca-Colas en una de las neveras con hielo donde pondrían más tarde los peces ya limpios de vísceras.
También guardó el cuchillo en la nevera con hielo, pues no se le ocurrió dónde más ponerlo. Se olvidaría de pasarlo a otro sitio, y el padre, ya en el mar, le diría al abrir la nevera para sacar la primera Coca-Cola:
—¿Y esto?
—Por si acaso.
—¿Por si acaso?
«Qué inútil que sos», insinuaba siempre el padre en las frases que dirigía a sus hijos.
Mario fue a su casa por el destapador de gaseosas y sus cañas de pescar, pero antes pasó por la cabaña de la madre, para ver si dormía o hablaba con el gentío. Nora había apagado el aire acondicionado y dormía, o por lo menos no hablaba, aunque el gentío se sentía. Allí permanecía la multitud, estuviera ella dormida o despierta. Mario no hizo ruido. No quería despertarla en caso de que durmiera, ni que supiera que él estaba allí, pues ya iban a salir y se pondría a hablarle. El mellizo no pensó «la pobre», ni
«qué vida triste la suya». Los mellizos nunca pensaban ni hablaban de su madre en esos términos: simplemente habían estado a su lado desde siempre
y hecho todo lo posible para que no sufriera más de lo que Dios, que no existía, había determinado que sufriera. Y cuando algún huésped ingenuo, por entrometido o por mostrarse solidario, les decía que la de ella era una vida demasiado dura, respondían «¿te parece a ti?», y a partir de entonces el turista se abstenía de opinar.
El padre, pecho velludo y canoso, piernas musculosas de venas resaltadas, emergió de la oscuridad, sin camisa, en pantaloneta, con la atarraya en el hombro y una mochila de red llena de sardinas y camarones para carnada. Se acercó a la lancha y puso la carnada en la otra nevera con hielo. Para alguien que mirara desde el exterior y no viera el resplandor anaranjado del odio en el vientre del hijo ni la llama verdosa del desprecio en el del padre, el tiempo parecería fluir como siempre había fluido.
El padre vio que todo estaba en orden y no dijo nada. Mario sintió alivio, luego rabia.
—¿Y Javier? —preguntó su padre.
—Voy por él.
Entró a la cabaña de su hermano y, tal como esperaba, lo encontró en la sala, leyendo en la hamaca, debajo del bombillo del cielo raso, vestido con pantaloneta amarilla y chaqueta impermeable roja de nailon. Javier tenía los mismos ojos negros e intensos del padre. Sufría miopía leve y usaba gafas muy pequeñas y resistentes que se empañaban por el vaho del mar y limpiaba con la toalla pequeña que se colgaba del cuello cuando salía en la lancha. En la cabaña había libros por todas partes: en la sala, en las tres habitaciones de la casa e incluso en el baño y la cocina, no en bibliotecas sino en pilas de diez a quince libros, como si se tratara de una especie de depósito o bodega.
En el piso, al lado de la hamaca, estaban sus cañas de pescar, el balde de plástico con los carretes y la mochila arhuaca en la que Javier llevaba siempre un libro, cigarrillos, la navaja y sus implementos menores de pesca: anzuelos, plomadas y demás. También llevaba en ella un frasco de los de mermelada, con la marihuana y la pipa. En la lancha, cuando fumaba marihuana, Javier trataba de que el viento no le llevara el humo al padre,
que desaprobaba su uso y acostumbraba decirle que dejara de consumir porquerías. Al lado de la mochila estaban los cuatro termos grandes que llevaban siempre, con café muy dulce y muy cargado, y una bolsa de plástico con diez huevos duros sin pelar.
—¿Listos? —preguntó Javier.
Mario conducía la lancha. El padre, a pesar de haberse criado en las montañas, se consideraba mejor lanchero que sus hijos, pero desde hacía ya algún tiempo se daba el lujo de viajar nada más que recibiendo el viento sobre su rostro bien parecido, bien afeitado, curtido por el sol. Tenía setenta y un años y parecía de sesenta. Un rayo rajó la negrura del cielo por el horizonte, como agrietando un pocillo. Mario agarraba el mango del timón del Evinrude con la mano izquierda. El mar era un espejo negro.
5 a.m.
Nora había sentido al mellizo, pero prefirió que la creyera dormida.
Sonaron los motores como una matanza de cerdos y desde el cielo raso cantó el coro de profetas:
—Sones de fondo que alumbran las estrellas. Borrasca que castañea.
—Correcto —respondió Nora—. Esas cosas pasan. Así es la vida.
Veintinueve de diciembre. El veintitrés, su marido, el Rey, había acuchillado con su propia mano en la playa a un cerdo que chilló como si fuera muchos y sonó como los motores cuando arrancan y se va se va la lancha. No tardará en amanecer.
—Amanece y amanece. ¿Para qué? —se preguntó Nora en voz alta.
—Fiebre de sol que calcina la playa, sol de derrumbe —profetizaron todos, aunque faltaban muchas horas para que empezara en el mar el sol
abrasador que tanto mal le haría al padre.
El cielo raso de tablas de pino era bajo y agobiante, pero en la cabaña hacía frío. A Nora le habían quitado el ventilador desde la noche en que metió los dedos en él, y había aguantado calor durante mucho tiempo, pues el padre se negó a comprarle un aparato de aire acondicionado. Cuando los mellizos lo hicieron con su propio dinero, se negó a instalarlo, por el costo de la electricidad, pero al fin cedió y ahora todo el mundo tiritaba cuando ella se olvidaba de apagarlo.
—Tun, tun —dijeron en la puerta.
Era doña Libe, que venía todas las mañanas con su hija menor e invitaba a Nora a caminar por la playa. A veces iba con ellas, a veces no.
—¿Quién es?
—La vieja Inés, doña Nora —dijo doña Libe.
Nora quería caminar. La vecina y su hija siempre llegaban antes de que saliera el sol y las tres contemplaban el nacimiento de la luz en los manglares. La hija tenía dieciséis años y sufría retardo mental. La vecina era blanca, no muy alta, de unos cincuenta años, robusta y con poca cintura.
Llegaba siempre en vestido de baño y con ojos muy maquillados. Vieron a las primeras garzas salir de los árboles donde dormían y volar hacia la ciénaga que quedaba al sur. Doña Libe preguntó que si los muchachos al fin habían salido, y ya la multitud se disponía a cantar, anunciándole a la vecina, figúrense, el posible desastre que les esperaba, cuando Nora les dijo en voz baja y haciendo muchas señas y guiños y otros gestos con los ojos, para que doña Libe no se diera cuenta:
—Chito, cállense todos. ¡Ahora no! ¿Cómo se les ocurre? ¡Imprudentes!
—¿Y con quién es que usted habla, doña Nora? —preguntó con una sonrisa doña Libe, que era dueña junto con su marido de un hotelito a media legua de distancia, hacia donde volaban las garzas.
—¿Yo?
—Sí, doña Nora.
—Con nadie, ¿por qué?
—Ah, por nada —contestó la vecina, casi cantando, con otra sonrisa.
En el mar no había señal alguna de ningún desastre. Se veían las luces de los barcos pesqueros, mar adentro, y las pequeñas luces de los pescadores artesanales que se dirigían a los sitios donde fondearían, no lejos de la playa.
—¿Sí ven? —les dijo Nora a los del coro, severa, refiriéndose a la oportunidad que le habían dado a doña Libe de informarse sobre sus asuntos.
Caminaban con el agua a los tobillos. Doña Libe alumbraba la espuma con la linterna. A la izquierda, los cangrejos corrían despavoridos por la arena muy blanca del golfo, como si se estuviera anunciando el Juicio Final y buscaran sus agujeros para escapar de Dios. A la derecha el gentío ahora se movía en silencio, pero había quienes se atravesaban y bloqueaban la vista, y Nora debía empinarse un poco para ver las luces en el mar.
—Córranse, ¿sí?, que me están tapando —les decía con voz que se le había aflautado de forma extraña por la enfermedad, y la vecina la miraba intrigada. No así la niña, que por el aturdimiento del cerebro no le prestaba mucha atención a su entorno.
Allá iría la lancha.
Nora pensó en sus hijos y deseó que regresaran sin daño. El coro malinterpretó su preocupación como una autorización para empezar a cantar:
—Luna acuosa que resplandece. Luna que crucifica al verso…
—A ver, a ver. Silencio todo el mundo, ¿sí? —interrumpió Nora con su voz delgada.
—Hablan mucho, ¿no? —comentó la vecina, siempre bondadosa y dispuesta a ponerse en la piel de los demás.
A Nora la gente se le atravesaba. La preocupación por sus hijos en la lancha también se le atravesaba. El gentío, como un coro, parecía ansioso
de proclamarlo y ella de callarlo, para que la vecina no se enterara. No descartaba Nora que doña Libe fuera parte del plan contra ella que fraguaban los escuadrones de la muerte, asesorados por su marido, y la miró de reojo, con mucho recelo, como a punto de creer que formaba parte de la conspiración.
—Es un arrodillado —dijo de repente, furiosa como un pájaro, refiriéndose al Presidente—. ¡Un lacayo, un lacayo!
—Ay, no diga esas cosas de nadie, doña Nora —dijo la vecina. No sabía lo que significaba lacayo, pero demasiado bien no le había sonado.
Pasaron frente al hotel de doña Libe y saludaron al marido, que, alumbrado por la luz de los postes, regaba el césped con la manguera como con un falo, se le ocurrió a Nora. Era moreno, alto, de bigote, sesenta años o algo así, y le brillaban mucho los ojos claros cuando sonreía. Siguieron caminando hacia la ciénaga y pasaron frente a las casas de recreo de la gente de Medellín, ocupadas en esta época del año por sus dueños. Eran las cinco y media de la mañana y dueños y cuidanderos aún dormían. Nora se quedó mirando las losas con motivos marinos empotradas en la pared de una de las casas, hasta que doña Libe la arrastró con suavidad del codo y logró que su espíritu se desprendiera de esas imágenes de barcos y atardeceres que la fascinaban. Entonces regresaron las tres a la parte de la playa donde el agua todavía oscura les mojaba los tobillos.
—Don Alberto se parece al diablo —dijo Nora de pronto, y la vecina sonrió complacida, enamorada.
—Bello y caballeroso como el diablo —concedió—. ¿Cierto niña que su papá es muy hermoso?
—Sí.
La vecina decía que la niña había quedado bobita por la meningitis, pero Nora siempre había pensado que venía mal hecha desde el principio. Y era alta, lo cual la hacía aún más fea, en su opinión. Parecía como si la hubieran recortado mal de un cartón y con las tijeras le hubieran dejado plana la parte de atrás de la cabeza, la nariz muy grande y curva y los ojos muy juntos.
—¡Silencio ustedes! —les gritó a todos, de forma preventiva. Donde manda capitán no manda marinero, pensó. Ojalá el mellizo le pegue su cuchillada al capitán del marinero. Y ojalá que no. También podría ahogarlo, que dicen que es muerte dulce. Muerte dulce en agua salada, cómo les parece a ustedes.
En el mar liso se veían ya como rayitas las canoas de los pescadores.
Van a vaciar el mar. No les van a dejar nada a mis hijos, pensó Nora con rencor.
—Ay, no veo la hora de salir de vacaciones —dijo entonces, con gesto de cansancio, y esta vez la vecina se mostró sinceramente impresionada y sorprendida.
—¿Y usted dónde es que trabaja, doña Nora, si no es indiscreción?
—En la Cancillería, con todas esas medianías.
Llegaron casi hasta las casetas que quedaban poco antes de la boca de la ciénaga. Estarían muy pronto repletas de turistas que vendrían en buses desde Sincelejo y Montería, a bailar, a comer, a beber y a meterse al mar.
Ahora la arena estaba limpia y barrida, impecable, y parecía imposible que en muy pocas horas todo fuera a llenarse de inmundicias. Un domingo Nora había venido con sus hijos por la tarde y había visto el cilindro perfecto de un excremento humano que entraba y salía del mar, rodando con la ola, mientras la multitud, que desde temprano había llegado a regar papeles y botellas por todas partes, se bañaba a su alrededor. Ahora, cuando veía las casetas de techo de palma, Nora quería siempre devolverse. Era como si el cilindro se hubiera quedado allí por siempre, rodando con la ola, esperándola.
Regresaron a la casa, se despidió la vecina y se fue con la niña, que nunca se despedía.
—Temporal que cruza la brújula. Sextante que no marca el horizonte.
—Sí, ya sé, no me lo tienen que repetir tanto. Cansones. ¿Saben qué?
Mejor hagamos una fiesta.
Se aseguró de que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, puso menos frío el aire acondicionado y una fiesta hicieron.
6 a.m.
Javier miraba las invulnerables espaldas de su padre, que, en la proa, recibía la mañana en plena cara. El padre era más macizo y más bajo que él, y vestía ahora una camiseta Polo que alguna vez había sido roja. A Javier, de mediana estatura, le decían que se parecía mucho a su padre y muy poco a su hermano. Mario era rubio y espigado, como había sido Nora antes de que la enfermedad la encogiera o le deformara el cuerpo o se lo cambiara, algo le hiciera.
El hecho de parecerse a su padre dejaba a Javier indiferente.
Su relación con él no era fácil, pero, a diferencia de Mario, había aprendido a controlar sus propios sentimientos. Procuraba conservar siempre la cabeza fría, para ayudar mejor a que no se les complicara demasiado la vida a su madre y a su hermano. A Javier, como a Mario, le gustaban las drogas: la cocaína y, muy de tarde en tarde, anfetaminas, pues le permitían descansar de la monotonía de la vida frente al mar, pero casi siempre sabía mantenerlas bajo control. De vez en cuando se encerraba en su casa, igual que su hermano, y no volvía a salir durante algunos días.
Estas rachas de melancolía, encierro, alcohol, drogas y lecturas se producían solo en temporada baja, cuando no había turistas, pues Javier, como su padre y su hermano, era ante todo negociante, y además buen negociante, esto es, disciplinado, y no iba a despilfarrar la temporada alta por andar encerrándose en su casa a leer y consumir cocaína y aguardiente.
Javier no creía para nada que él y Mario fueran un fracaso en la vida, como decía el padre cuando estaba con tragos, y a veces incluso sin tragos.
A él no le importaba que dijera esas tonterías, pero Mario era más frágil y se hería. Javier no negaba que les gustara consumir drogas, pero lo cierto era que a nadie le debían pedir para pagarse los vicios. Administraban con eficiencia el restaurante del hotel y habían comprado, ellos dos solos, sin asesoría del padre, una tienda de abarrotes que quedaba por la carretera pavimentada y también les reportaba buenas utilidades.
Sacó el paquete de Pielroja de la mochila, le dio la espalda al viento y encendió un cigarrillo. Vio entonces que Mario tenía la mirada demasiado quieta y concentrada, y empuñaba el timón con excesiva fuerza. «Ahora este güevón quién sabe en qué andará», pensó. El Evinrude estaba casi nuevo y sonaba muy parejo. Era placentero sentir cómo la lancha se empinaba cuando Mario lo aceleraba. Costoso sí había salido, pero lo caro a la larga sale barato, pensó Javier. Llegaron a la punta de la tenaza del golfo, por el norte, y se enrumbaron hacia la primera isla del archipiélago, cerca de la cual pescarían. Mar adentro, por el noroccidente, había aparecido una acumulación de nubes de un gris casi negro, y el lejano diluvio de color de piedra era alumbrado por relámpagos que se superponían unos a otros y subían y bajaban en intensidad, pero nunca se apagaban. Era como si en aquel punto remoto se hubiera localizado una especie de infierno. El resto del mar, el resto del universo, estaba tranquilo y azul.
Se sirvió café de un termo y bebió a sorbos cortos, mientras el agua azul turquesa se precipitaba veloz bajo la lancha. En el mar, el espectáculo de la tormenta se estaba intensificando. Nadie hizo comentarios, pues no venían con ganas de hablar, y mucho menos de paisajes, pero a cada rato volteaban la cabeza para mirarlo. Apareció la isla a la derecha, con sus cocoteros, y las chozas de palma, y las tiendas de campaña, y la ropa de los campistas colgada como harapos en los mangles bajos, y siguieron hasta que de nuevo desapareció la isla y solo hubo agua por todas partes.
El padre dijo «aquí» y fondearon.
Empezaron a sacar peces tan pronto como los anzuelos tocaron el agua.
Salían mojarras, pargos rojos, róbalos grandes, y todos chapoteaban, con los colores del arco iris, en el fondo de la lancha. A veces los aturdían con un
garrote corto y grueso; a veces no tenían tiempo de golpearlos, pues debían ocuparse en recobrar los peces de los demás cordeles. Semejante abundancia no era frecuente. Sacaban cojinúas, sierras, jureles. Javier tuvo que detenerse para descansar. Se fumó un cigarrillo y luego buscó en la mochila el frasco con la marihuana y encendió la pipa, cuidando de que el humo no le llegara al padre.
7 a.m.
Soy el turista anciano de la cabaña cinco. Es la que tiene la mejor vista al mar, así los inodoros no suelten bien y el anjeo de las ventanas deje pasar los zancudos. Me trajeron mi nieta mayor y su marido. En la vejez uno se despierta demasiado temprano y por eso alcancé a ver por las persianas al papá cuando salía con la atarraya y al mellizo cuando prendía la Coleman y empezaba a alistar la lancha. Me acosté otra vez, no a dormir sino a esperar el día. Los oí arrancar. Cuando uno está tan viejo, las noches se hacen eternas. Hasta el ruido de las olas las alarga y uno no sabe ya si la vida dura mucho o poco, con segundos que son como babosas y semanas que se precipitan al vacío. Me dormí a pesar de todo. Cuando desperté era de día y ya había olvidado al papá y a los muchachos.
Somos los turistas.
Yo soy la niña de siete años, muy rubia, de Medellín, que se clavó la púa dorsal de un pez barbúo en el pie, y a quien un niño negro le acaba de orinar la herida, para quitarle el veneno. Llegamos ayer casi de noche con mis papás y dos tías. Me desperté, salí corriendo a meterme en el mar, y el agua no me llegaba todavía a la rodilla cuando, pácata, pisé el pescado y me enterré la púa. No alcancé a saber nada del dueño del hotel ni de sus hijos, pero conozco el dolor horrible de la púa y el calor de los orines del niño.
«¿Cómo te dejaste orinar toda?», dijo mi mamá cuando llegó a la playa. «El
pie nomás, seño», dijo el niño. Ella ni lo miraba. Ya casi salimos a buscar un médico.
O soy la abuela, nacida y criada en lo abisal de las montañas de Antioquia, que no conocía el mar y se ardió hombros y muslos bajo el sol cuando todos menos pensaron, y a quien ahora aplican leche de magnesia en su cabaña, para bajarle las ampollas. No sé ni me importa en este momento lo que pueda pasarles a ellos en el mar. Sé de las ampollas y sé de las pesadillas febriles de la insolación y del miedo a la muerte.
Y soy, en fin, el turista borracho que no vio nada, pues se quedó dormido en la playa a las diez de la noche, pero sabe bien lo que es despertarse a las siete de la mañana bajo el sol, en la arena, con la botella casi vacía en la mano y el remordimiento en el vientre.
Todo el mundo tiene premoniciones y nosotros, los turistas, también las tenemos, pero debemos reconocer que muchas veces son desacertadas. Me late que va a llover, decimos, y media hora después sale el sol. En esto los nativos del golfo nos miran como a niños de brazos, pues todo lo percibimos, pero del mar nada sabemos. Suéltenme un cordel y un anzuelo y verán cómo me enredo y enredo a todo el mundo en la lancha. Por eso los pescadores de verdad, como el padre y los mellizos, prefieren no llevarnos.
Pero los turistas vinimos a divertirnos y nos reímos de eso y de mucho más.
Nuestra condición individual en el golfo no es eterna: somos empleados de banco, estudiantes de primaria o de posgrado, de kínder, taxistas, pensionados, amas de casa… ¡Desgraciados aquellos que deben quedarse aquí para siempre, encadenados a este mar y a esta condena!
Supimos que la condena de Nora había comenzado hacía mucho tiempo, cuando vivían en Montería. El padre nunca estuvo enamorado de ella y se casó para no dejarla sola con los niños. Muy pocas veces le ha pegado y nunca ha dejado de ver por sus necesidades, pero tampoco se preocupó de que no se enterara de sus muchas infidelidades, que ocurrían en las narices de Nora, y mucho menos del daño psicológico que eso podría causarles a ella y a los niños.
Hace poco trajo a una mujer joven, Iris, a vivir con él en Playamar. Vino con niño y todo. Si le hablaras de daños psicológicos, el padre se te quedaría mirando como si le hablaras en ruso, o tal vez se te reiría en la cara. Claro que a este golfo solo de vez en cuando llega algún turista que sepa de daños o desencadenantes psicológicos, y que hable de ellos. El turismo de por aquí es más vital que intelectual; más de aguardiente que de libros, y, al menos durante la temporada alta, por estas playas no se ven intelectuales ni estudiosos de ninguna especie, pues esos le temen a la desmesura en el ruido y la alegría. En temporada baja sí llegan algunos y, cuando llegan, Javier habla con ellos y presta atención a lo que dicen. Fue por ellos que supo de los desencadenantes psicológicos de la esquizofrenia y demás asuntos que el padre, puesto a la defensiva, muy posiblemente calificaría de «sarta de mariconadas».
Ni siquiera aquello que ocurre cuando no está presente alguno de nosotros escapa a nuestro conocimiento, pues siempre alguien que sí estuvo allí y es nativo del golfo nos cuenta la historia, y por eso nada nos queda oculto durante mucho tiempo: ni siquiera aquello que ocurriría o dejaría de ocurrir en alta mar en la lancha cuando la isla dejó de verse y fondearon; ni siquiera lo que ocurriría después, ya de regreso.
Yo soy el señor amable que a los cincuenta y siete años de edad, y por un motivo u otro, se quedó solo en la vida —aunque tengo unos primos hermanos en Remedios— y ando por la playa conversando con todos y con ninguno. En Medellín dos ancianas que alquilan cuartos cerca de la plazuela de San Ignacio me arriendan uno y me aprecian mucho, lo mismo que yo a ellas. Con ellas y otros tres pensionados desayuno, almuerzo y ceno. Soy jubilado de la Siemens y lo primero que le cuento a la gente que voy conociendo en el golfo —y conozco a mucha gente, pues camino y converso— es que soy jubilado de la Siemens.
Y pregunto cosas.
—¿Entonces por allá quedan las islas?
—Por allá, sí señor —contesta el pescador, al lado de su lancha. Es negro. Es lacónico. Es despectivo. Al turista no le dice que hoy no salió a
pescar por temor al mar de leva.
—Y tienen muy buena pesca, me han dicho.
—Buena pesca.
—¿Quedan lejos?
—Más o menos —dice el pescador y entonces resuelve ser un poco más amable y dar la información—. Como dos horas en una buena lancha. Tres horas en la mía.
Cansado y decepcionado por haber tenido que llevar en las espaldas el peso y la iniciativa de la conversación, va a tomarse una cerveza muy fría en un bar, sobre una de las calles que llevan al parque, y esta vez tiene mejor suerte con la señora que atiende las mesas. Es el turista amable y solo. Está en el pueblo más importante del golfo, Tolú, cuyo nombre según algunos es contracción de Todoluz, a veinte minutos en taxi desde el Hotel Playamar, donde se aloja. Y turista y señora hablan entonces con alegría sobre algún tema, cualquier tema, no importa el tema…
O soy el señor de cuarenta años, padre de tres niñas de ojos claros, de diez, nueve y seis años de edad, y dueño de un Toyota muy admirado en la playa, tanto por los no entendidos como por los que sí saben de camperos.
Es negociante avezado, este turista, tiene capital y dice estar interesado en comprar negocios o propiedades a la orilla del mar. La noche anterior el padre y él habían conversado en una de las bonitas casetas con techo de palma que el hotel tiene en la playa, mientras comían trozos fritos de cerdo acompañados de trozos fritos de plátano y trozos de arepa de maíz, y tomaban aguardiente. El padre al turista avezado le contaba que tenía dos hijos inútiles. Que si no fuera por eso, él no vendía —acababa de pedir cien millones y la propiedad valía tal vez cuarenta—, pero que ya estaba cansado de llevar todo el peso del negocio él solo, y buen negocio que era. El padre proporcionó al turista cifras de utilidades. Lo que alcanzaba a ganar en temporada alta era impresionante, según sus números. El padre contó que a veces llegaban hasta cuatro buses de Medellín al tiempo, llenos de turistas, y él no encontraba cómo alojar al gentío, así que acomodaba hasta ocho
personas por cuarto. Y como se cobraba lo mismo, pues ya usted podrá ir haciendo la cuenta. Más lo del restaurante. Más el trago…
La humildad no es el punto flaco del padre y, a medida que avanzaban los tragos, el Hotel Playamar se iba convirtiendo en monumento a su genio de negociante. Con los tragos habla mucho, el padre, mucho. A Mario, que es callado y a menudo lo oye decir que ellos son dos inútiles, lo enloquece.
A estas alturas el huésped estaba borracho también, aunque no se le notaba, pues sabía beber, y se mostraba sinceramente impresionado. Es un hipócrita, por supuesto, este turista, la sinceridad no la conoce ni desde lejos, y sabía muy bien que la propiedad no valía ni la mitad de lo que el padre estaba pidiendo. Sabía que el padre sufría de delirio de grandeza, muy común en quienes se dedican a crear empresas, delirio que el turista no criticaba de ninguna manera, sino que más bien daba por sentado y consideraba normal en los buenos negociantes. El turista no tenía la más mínima intención de comprar negocio alguno, aunque la plata sí la tenía, y el padre sabía muy bien que el otro no tenía ninguna intención de comprar nada aunque la plata la tuviera. Los dos convivían, sin embargo, en una especie de simbiosis: el turista hacía posible que el padre levantara vuelo con sus delirios de grandeza comercial y sus alabanzas del golfo, y se sentía, por su parte, tratado como alguien especial, no como uno de esos güevones de pantaloneta de tela de toalla que vienen en los buses, sino como un huésped de clase Uno A Plus, que llegó con su familia en el más engallado y admirado campero de esta playa.
Al hablar del golfo el padre se pone lírico y menciona la belleza de los atardeceres y del color del mar. A Mario por alguna razón eso lo enoja sobremanera, y en ese momento quisiera matarlo. También habla el padre de la tranquilidad en que allí se vive, aunque justo entonces la música que sale del poderoso estéreo de una camioneta que pasa casi no deja oír lo que dice y apaga incluso el ruido de las olas. Y habla, en fin, de la limpieza del medio ambiente, cuando bien sabe el mellizo —aunque tampoco a él le importe— lo que están haciendo en el hotel con las aguas negras.
Cuando Mario oye hablar a su padre con el turista quisiera que de la noche saliera un rayo que fulminara a padre y a turista. Al huésped, por su
parte, en el momento en que el padre vuelve a tocar el tema de la carga que para él han sido los mellizos, se le atraviesa la idea de que no es bueno hablar tan mal de los hijos, en especial cuando ellos te están oyendo, pero al final nada dice. Cada cual verá cómo cría a sus hijos. Él primero se arrancaría la lengua que hablar mal de sus hijas, pues las quiere con pasión, así como ama a su mujer con pasión, y todas ellas a él. «Allá cada uno, allá cada uno…», piensa, no sin cierta tristeza alcohólica, mientras ve a Mario aparecer en la luz de la caseta de las golosinas para atender a un niño y volver a salir hacia la sombra…
Y yo soy Yónatan, el niño que esa vez le compró al mellizo el potecito de leche condensada. Tengo siete años, estudio primero de primaria en La Salle de Envigado, Antioquia, y el mellizo me entregó entre las devueltas un billete de mil pesos vuelto chicuca. El papá de él, el dueño del hotel, estaba tomando con otro señor en una de las mesas de la playa y el mellizo miraba para allá cada rato. Yo me quedé con el billete en la mano. El mellizo dejó de mirar a los señores.
—¿Qué pasó? —me preguntó.
—¿Me cambia el billete, por favor? —le contesté.
—¿Cambiar? ¿Tú eres marica? Es plata, es plata. Está viejito pero es plata. Vete más bien, ¿sí?, que estoy ocupado —dijo el mellizo, que miró otra vez a los señores y se fue de la caseta.
Guardé las devueltas en el bolsillo de la pantaloneta, bregando a que los mil pesos no se desbarataran del todo.
Caminó, pues, el turista con sus mil pesos en el bolsillo y se llenó la boca de leche condensada hasta que la dulzura lo hizo toser cuando le raspó la garganta.
Al día siguiente el padre y los mellizos saldrían y ocurriría la pesca abundante que se ha venido mencionando, y luego la ausencia de pesca, y después la pesca de los grandes sábalos, y el mar de fondo y el golpe de mar.
8 a.m.
Sacaban tantos peces que no tenían tiempo de darles el garrotazo para aturdirlos, y chapoteaban en el piso de la lancha como un arco iris caótico, de olor muy intenso al que ya estaban más que acostumbrados. «Más de quinientos kilos tampoco podemos cargar, o esta mierda se hunde con que medio se sacuda el hijueputa mar», pensó el padre. «Habría que botar la nevera de las gaseosas al agua. Y la de los fríjoles. Y a uno de los mellizos». El chiste lo hizo sonreír. Se produjo un violento tirón en uno de los cordeles, chilló el carrete, y el padre empezó a recobrar la presa, que, por el modo de pelear, parecía una cojinúa o un jurel de los grandes.
La tormenta que habían visto por el noroccidente, aunque mantenía límites sólidos, como de lajas de piedra, se había hecho por lo menos tres veces más extensa y se había desplazado hacia la costa. El padre subió a la lancha una hermosa cojinúa dorada, de casi un metro de largo, le dio dos garrotazos secos y cortos y miró el temporal, sin pensar en nada. Estaba tan lejos que no les llegaba aún el ruido de los rayos.
—A trabajar, a trabajar —le dijo a Javier, que había parado otra vez a fumar—. Te hubieras quedado en la sala de tu casa, güevón, si era para eso.
Javier guardó silencio. Casi nunca contestaba, y tal vez por eso el padre había tenido menos problemas con él, pues el otro era altanero y se había ganado más de un grito y alguna bofetada. No le gusta al padre pegarles a los hijos, pero es lo mejor, a veces, pues se despeja rápido el asunto y todo a la larga funciona. A pesar de la locura de Nora y de la compleja relación con sus hijos, el padre considera que, visto con la debida perspectiva, y sobre todo teniendo en cuenta las riquezas que les ha traído el hotel, todo ha salido bien con sus vidas.
Problemas todo el mundo tiene.
Cien millones de pesos el hotel; diez el jeep; veinte el lote que hay detrás del hotel, pasando la carretera, que es donde piensa ampliar las instalaciones cuando surja la necesidad; cincuenta una casa que tiene en el pueblo. ¿Qué más? Falta algo. Ah, bueno, y la casa de Medellín, donde
viven tres de sus hermanas, las solteras, sin pagar arriendo, y que vale cien, ciento cincuenta. Y ya se disponía el padre a sumar, cuando sintió el tirón en una de las cañas y después de unos minutos sacó un róbalo de libra, libra y media.
El mundo es cuerno de abundancia.
La noche anterior se había quedado hasta las diez con el huésped que hablaba de comprar el hotel, y entonces se había ido a acostar. Había en el padre algo de ascetismo. Si bebía, era parte del trabajo de atender al turista; y si hacía sus alardes de riqueza y de menosprecio hacia los hijos, era en parte por vanidad, pero también por hacerle la visita amena al huésped, interesante. Tampoco iba a desmadrarse con los tragos, por supuesto, y dejar que el negocio se saliera de control. En su amabilidad había un trasfondo frío y una especie de desdén por el turista, como el que se sentiría por un bobo o por la gallina de los huevos de oro, precisamente por el hecho de que bobo y gallina se dejaran despojar. Había un toque de violencia en su manera de concebir la hotelería y negocios afines.
Lo que era incapaz de aceptar —y aquel turista sagaz intuía dicha imposibilidad— era que él y los mellizos, siendo grandes pescadores, no eran del mar. Esa arrogancia en especial, la presunción de conocer el mar, ha causado desastres desde que existe el mar y hay Historia. Los muchachos casi habían nacido en el golfo, es verdad, pero seguían siendo del interior y tenían ciertos rasgos del turista. Los tres eran pescadores curtidos, y el padre incluso había ganado campeonatos por el pez espada y el mero más grandes, pero ningún pescador hijo y nieto de pescadores del golfo habría permanecido en el mar en aquellas circunstancias. Muchos ni siquiera habían zarpado ese día. Y la codicia de aficionado, y tal vez el mucho sol, contribuirían a nublarle al padre el juicio, pues llegaría un momento, ya por la noche, en que aún para él se haría evidente que algo podría pasar, y Javier se lo diría, y él no lo oiría o fingiría no oírlo.
A las ocho y media de la mañana el sol se mezclaba con el mar color turquesa, y la lancha y ellos tres flotaban en la eternidad del esplendor.
Sacaban sierras de tres y cuatro kilos, pargos rojos de veinte kilos que se
venderían a ocho mil la posta. Como el hotel y los hoteles vecinos estaban abarrotados, vendrían a ser ochenta personas —la capacidad del restaurante
—, por ocho mil pesos cada una. Pero los turistas comían rápido —pues traían la voracidad que les daba haber estado en el agua hasta que se les ponían rojos los ojos por la sal y se les arrugaban como pasas las yemas de las manos y de los pies— y muy pronto dejaban libre la mesa para irse a la siesta, y así se lograba despachar, digamos, a cien personas en cada almuerzo. «Por ocho mil el plato. El plátano vale un culo. El arroz, menos.
Dos tajadas de tomate, cuatro hilachas de repollo. Usted haga la cuenta».
No se consideraba ni codicioso ni tacaño, el padre, sino cuerdo. No tenía sentido, por ejemplo, ponerles demasiados lujos a las cabañas, si de todas formas se iban a repletar. A los huéspedes el calor no les importaba, con tal de estar cerca del mar. Sabían acomodarse y a muchos el aguardiente les ayudaba a dormir. Sus ventiladores les ponía, claro, y sus buenos toldillos, y bien caros que son y poco que los cuidan, para que pudieran dormir sin sábana y no los torturaran el calor y los zancudos.
«Nada de adornitos en las paredes ni maricadas, eso sí; nada de cortinitas en la ducha del baño, pues ni las cierran y de todas formas todo se va a mojar y es a ellos mismos a quienes les va a tocar trapear, no a mí. El turista no cuida y es como quemar pólvora en gallinazos. Si quieren hoteles de cinco estrellas, que vayan a Cartagena y paguen un dineral para bañarse en esas playas llenas de mercurio, no limpias como las de esta hermosura de golfo».
Seguía cebando los anzuelos y recobrándolos con peces de muchas postas, vendidos y comidos aún antes de que salieran del agua. Pasaron sobre la lancha cuarenta o cincuenta pelícanos, formados en cuña y acompañados, como siempre, del silencio. Le molestó que Javier se detuviera para mirarlos, pero esta vez no dijo nada y sintió, en cambio, un golpe involuntario de compasión por sus dos hijos, como si desde el cielo lo hubiera cagado de pronto una gaviota.
Les había tocado una madre loca a los pobres pendejos.
«La gente habla mucho, pero yo no tuve la culpa de nada», piensa mientras recobra un cordel al que se le robaron la carnada. «Cada cual es
responsable del camino que agarra su vida. Ya ella estaba un poco loca cuando nos casamos, y tal vez por eso mismo olvidó rápido lo que le dije: que lo hacía por el niño, pero que yo no había nacido para serle fiel a nadie; que ella iba a tener su casa, iba a tener su comida, su buena ropa, y ni a ella ni al niño, que después resultaron dos, iba nunca a faltarles nada, pero que yo era una persona que había nacido para ser libre. Cuando me casé con ella, ya había andado yo mucho en la vida. Me fui casi niño de mi casa. No había cumplido los quince cuando estaba ya vendiendo trastos de cocina por los pueblos, no como este par de güevones que no saben lo que es rebuscarse la vida y parecen hijos de papi a veces».
Mario había sacado casi tantos peces como él. «Buen pescador sí es, hay que abonárselo, no como el otro que se enmarihuana y a ratos queda como retardado. Es hábil para sacarlos del agua una vez enganchados, Javier, pero no los engancha fácil». A pesar de todo lo que el padre diga o piense, hay algo en su relación con Javier que le resulta difícil de reconocer.
Aunque casi nunca dice nada bueno de él, no puede evitar respetarlo. Es posible que los libros tengan algo que ver con ese respeto, pues el padre ha leído muy pocos, pero entiende bien que uno no puede andar burlándose de Shakespeare, por ejemplo, y diciendo que era un pobre güevón o un marica venteado. El padre es inteligente y sabe que ningún ser humano individual, ni siquiera él, entiende todo sobre las cosas importantes del mundo, y reconoce que a la humildad estaremos por siempre encadenados. Además ha visto cómo Javier ha sabido mantener la compostura a pesar de la madre loca y cómo ha podido conservar esa presencia de ánimo y cordura a lo largo de los años. Y termina por concluir, no sin orgullo, que la solidez y madurez de Javier se deben en gran parte al hecho mismo de que él, el padre, haya sabido mostrarse siempre firme, intransigente.
Pero los mellizos se encierran de vez en cuando a drogarse, y esa flaqueza ha sido para él fuente inagotable de superioridad y de preocupación. Cuando aquello ocurre se pone al frente de los negocios de los muchachos y habla sin cesar y en voz muy alta de la carga que para él han sido, de lo débiles que son y de lo mucho que le deben. «La verdad es para decirla. Vean cómo se encierran a morirse, que ni comen. Van a
terminar como la mamá, fíjense en lo que les digo». Y la cocinera y demás empleados, así como los huéspedes, lo oyen, los primeros con cierta admiración, los segundos con cierto asombro. Al frente está siempre el agua, a veces verde gris, a veces azul turquesa. En el aire están las garzas que pasan contra el cielo azul, los alcatraces. En verano, como ahora, el calor es fuerte, seco, y está lleno de viento. En época de lluvias, cuando los muchachos son más dados a encerrarse a fumar y a drogarse, la humedad y el calor son intensos y melancólicos, y los aguaceros son grandes y están cundidos de relámpagos.
Al padre se le engancha una barracuda que hace una corrida rápida de un extremo a otro de la lancha. Se ve obligado a apartar a sus hijos a empellones, para que no le dificulten los movimientos, y en la brega están a punto de voltearse y perder los más de cien kilos de pesca que ya tienen. El cordel se destensa de repente, al reventarse, y desaparece en el padre la exaltación como por arte de magia. La euforia es remplazada por la rabia contra los mellizos, que se han empeñado en estorbarle, contra el mar y contra el pez. Tiembla un poco por el frío.