Temporal
Temporal
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
En la isla se sacaba pargo pequeño, pez loro y pez ronco. Mario era buen pescador de playa, pero esta vez no sacó nada después de mucho rato, así que enrolló el cordel y caminó hacia la lancha. El padre estaba sentado en el mismo sitio, muy enojado por la demora de Javier. Mario puso el tambor en la lancha y se quedó de pie mirando la arena.
—¿Vos te quedaste haciéndote la paja o qué? Ya iba a salir Mario por vos. ¡No sabe uno cuál de los dos es más inútil, avemaría! —dijo el padre cuando apareció Javier entre los mangles, con una canasta de cervezas que repicaban al ritmo de sus pasos. Que se había encontrado con los amigos de
Bogotá, le explicó Javier a Mario, no a su padre, a quien no miró ni siquiera de reojo.
Otra vez encendió Mario la lancha y la sacó a mar abierto. La aceleró entonces hasta empinarla y el padre casi pierde pie, pues se había levantado a buscar una cerveza. Mario lo vio equilibrarse de milagro y lo oyó maldecir en pleno esplendor del mar. «Coño, casi», pensó, y se rio sin ruido al pensar que había estado a punto de lograr que su padre levantara las piernas y se fuera para atrás, como Condorito, y tal vez se desnucara o cayera al agua. La lancha dio tres golpazos más y otras tres veces maldijo el padre. «A ver qué hace ahora el viejo marica», pensó Mario, listo a acelerar en caso de que su padre se dispusiera a levantarse para ir a pegarle.
Javier le preguntó que qué coños era lo que estaba haciendo y Mario pidió disculpas. Que se había distraído, explicó. Javier le dijo que así era como se mataba la gente en el mar, y Mario dijo:
—Ya me disculpé, ¿qué más hago? ¿Suelto esto y me arrodillo?
—Tras de ladrón bufón —dijo adelante el padre.
La tormenta parecía haberse quedado estática, aunque furiosa. Después de tomarse gran parte de la costa se detuvo, todavía muy lejos de ellos, encerrada en su furor. No se expandía, pero el contraste de sus grises con el verde del mar era cada vez más intenso, y la línea azul oscura que separaba el gris casi negro y el turquesa, cada vez más definida. Mario estaba seguro de que en la isla le habían dicho a Javier que era demasiada imprudencia salir en estas condiciones, y Javier había preferido no decirles nada a ellos dos. «Y razón tiene. Para qué», pensó Mario. «El Rey de todas formas va a salir, a como sea. Y a mí me da lo mismo. Si nos ahogamos, que nos ahoguemos; no se pierde mucho. De Javier sí me da lástima. Y de la loca».
Durante mucho tiempo solo se oyó el sonido del motor y el monótono golpear del casco contra las olas. Mario dejó de pensar en su padre y durante un rato muy largo, piadosamente largo, se hizo uno con la lancha, con el motor y con el agua, y descansó de ser Mario. Entonces el motor tosió dos veces y volvió a recuperarse. Tosió otra vez y se apagó.
—Carburador —dijo Javier.
En las embarcaciones a motor, sean barcos trasatlánticos o lanchas de diez metros, la sensación de impotencia se produce de forma instantánea cuando el motor se apaga. Hasta el más pequeño rizo zangolotea el casco, y las verdaderas proporciones de la vida se restablecen. El poder de la embarcación sobre el agua aparece en toda su ilusión y solo queda su arrogancia inerte. El miedo a la sed, al sol y al hambre tiende a imponerse: el miedo a la muerte.
«Me mira como si yo lo hubiera apagado de aposta», pensó Mario, que se alegró del incidente, pues si en algo reinaba él sobre su padre era en el conocimiento de los motores fuera de borda. «Ahora me va a preguntar que por qué se apagó si está casi nuevo».
—Un hijueputa motor prácticamente nuevo —dijo el padre con su rudo acento antioqueño que contrastaba con la suave entonación costeña de sus hijos.
El mellizo sabía bien que el padre era un imbécil, un pobre inútil cuando se trataba de motores. Se le veía de lejos el fastidio que le producía la grasa de motor, lo mucho que evitaba tocarla con sus manos, vigorosas sí, velludas, curtidas, pero en los últimos tiempos demasiado bien cuidadas y ahora manicuradas por Iris, su nueva joven mujer, uñas de viejo coqueto, de viejo mujeriego, viejo desgraciado, pensaba Mario. Así que, para exasperarlo, resolvió tomarse su tiempo en el arreglo del motor, que, como había dicho Javier, se había apagado por algún mugre que obstruía el paso de la gasolina. Mario sentía que tenía al padre agarrado por el cuello.
Con la inmovilidad, el sol golpeó como un ariete. Mario desmontó el motor mientras Javier y el padre servían el almuerzo. Javier le puso el plato a su hermano al lado, sobre la banca, pero Mario ni lo miró. Sobre el arroz y los fríjoles alumbró todo el sol del trópico. Mario desmontaba pequeñas piezas que ponía con mucho orden, como joyas, sobre una bayetilla roja que había extendido también en la banca, y de vez en cuando agarraba el plato y comía un poco. El mar estaba levemente rizado y muy deslumbrante. Mario conocía bien el modo como su padre comía cuando estaba de malhumor.
Masticaba rápido y miraba los alimentos con desdén, como si les estuviera haciendo un favor al con sumirlos. Mario sabía lo que significaban todos y cada uno de los gestos de su padre.
—¿Tienes que desmontar todo eso? —preguntó.
Javier.
—¿Qué crees tú?
—¿Vas a desarmar todo el motor?
—Arréglalo tú, entonces.
—No, no, no. Dale.
—Esto pinta maluco —dijo Mario, mirando el motor. Levantó los ojos hacia el mar—. Y hay corriente. A la mierda vamos a dar donde no encienda. Y el mar no pinta bueno.
Nadie nombraba a la muerte y allí estaba, de capa, capirote y guadaña, sentada en una de las bancas.
—Maluco, las pelotas —dijo el padre—. Que lo prendés, lo prendés,
¿oíste?
—Lo que ordene, su majestad —dijo el mellizo en voz baja mientras desmontaba otra pieza.
Las joyas aumentaban sobre la bayetilla. Mario soplaba piezas, enjuagaba piezas con agua dulce, miraba piezas al trasluz, enjuagaba piezas con gasolina, las secaba con un trapo, volvía a soplar y a mirar. «Donde me dé la real gana nos ahogamos todos, viejo infeliz, o nos morimos de la sed», pensó. Medio motor brillaba en añicos sobre la banca y el otro medio era un caparazón lleno de huesos. Mario se daba cuenta de que su padre lo miraba con intriga e involuntaria admiración, por su destreza.
«Ya empezó a desconfiar el viejo marica», pensó, eufórico.
3:00 p.m.
—La ola llega siempre al lugar al que va y parte siempre del lugar donde se ha incubado —dice la madre como si describiera minuciosa, más que profetizara, un acontecimiento inminente—. Lo mismo pasa con el viento. Ola y viento. Corazón humano.
Había ido a la cocina a buscar el almuerzo y se había sentado a la mesa con el gentío de su corte. El pescuezo de la gallina se desleía en su boca y la cocinera le advirtió, o tal vez fue su conciencia, que tuviera cuidado de no atragantarse con alguna vértebra o con la cabeza misma, que la miraba con ojos inquisitivos y burlones. Soplaba la brisa en el quiosco. La delicia del ñame se abrió bajo su tenedor, como témpano caliente.
—¡Y el plátano! ¡Miren! ¡El plátano! —exclamó.
—Lancha, lancha que se enreda bajo su soledad —respondió la multitud, recordándole así de la existencia del padre, su marido, el Rey, a quien Nora había olvidado mientras sorbía la cabeza del pollo y partía con el tenedor el ñame.
—¡Ay, sí, ay! —contestó la madre, reina de Persia y de Playamar, y dijo muchas veces «ay» hasta que vino la cocinera a ver lo que pasaba.
—¡Que Dios lo perdone a él por su maldad y a ellos si llegaran a hacer lo que el mar les propone!
—No diga esas cosas, doña Nora, no, no —aconsejó la cocinera, que era negra, nacida y criada en Santiago de Tolú, y tenía en los ojos y en la sonrisa una tristeza de siglos, y, sobre la tristeza, alegría.
—¡Ay, qué vamos a hacer, Cordelia! —dijo Nora.
—Imogenia. Pero no grite, que va a espantar a los ángeles. Cordelia es mi prima, ¿se acuerda? Ayuda los domingos. Vive en Múcura.
Nora no estuvo segura de que la cocinera hubiera mencionado a los ángeles, y esta incertidumbre le produjo un destello de terror, y dijo apresuradamente:
—Los nombres, los nombres, qué importan los nombres. Andá Imogenia, ¿sí?, me traés otro poquito de sancocho, pero no le digás a Aquel, porque me mata.
—¡ Aquel! —gritó la multitud a lo lejos, sorprendiéndola. Se habían ido todos para la playa a cantar con el trasfondo de las olas, que a esa hora se hacían más fuertes y se llenaban de luz hasta reventar—. Aquel que causó tanto dolor. Aquel que la mata, la mató, la matará —gritó la multitud, y plas, cayó la ola, que abrió sus abanicos sobre la arena, ushhhhh, como laberintos del alma, y que Nora alcanzó a oír con todo el detalle de sus filtraciones arenosas y remolinos minúsculos, como los de la tristeza. Y se tendió el mar a sus pies, lento, con todas sus lúgubres sedas imperiales.
—Mar que se ensombrece con mi amor —dijo Nora, mientras la robustísima Imogenia se hacía cada vez más pequeña y compasiva, como si se alejara por el ojo de un telescopio o por el túnel de la muerte.
Regresó Imogenia, que en realidad hacía parte de la conspiración que contra Nora tejían los escuadrones de la muerte con el apoyo de su marido, y que de compasiva no tenía nada, por lo menos nada permanente, y venía la traidora cocinera con el plato de sancocho y también con su marido, que era negro y de brazos poderosos, brazos que, junto con los de Imogenia, podrían amarrarla a la cama en cualquier momento, como a un cabrito.
Nora sabía que el Rey los había aleccionado y enseñado a sujetarla mientras traían a una enfermera de un hotel de lujo que quedaba a veinte minutos, para que la sedara. Aquello podía suceder siempre y cuando no estuvieran presentes los hijos, que jamás lo habrían tolerado y se hubieran enfrentado a su padre y degollado al esclavo con tal de impedir que la amarraran para envenenarla con calmantes o ponerle electrochoques, como había ocurrido algunas veces.
—¿Todo bien, señora Nora? —preguntó el negro, quien por su arrogancia y modo de vestir parecía algún príncipe.
—¡Si no fuera porque el odio y el resentimiento se te salen por los ojos y delatan tu condición de esclavo, me engañarías! —dijo Nora con una gran
carcajada en la que apareció muy nítida y rosada la falta de muchos de los dientes incisivos y la negrura de los molares.
—Tranquila, doña Nora, que allí tengo la cuerda y la jeringa —replicó el malvado negro. Cuando los hijos estaban (que no el marido, de quien era su más servil esclavo) cuidaba más sus palabras, el infeliz.
—¡No le digas esas cosas, no seas bruto, que la alborotas más! ¡Mejor no te hubiera llamado! —dijo Imogenia.
Nora no quiso responder y volvió más bien a ocuparse del sancocho. Si quería salvar su vida y asegurar así el porvenir de la humanidad tendría que darse mañas para engañarlos. Ni siquiera quiso protestarles ni insultarlos, pues temía que aprovecharan la confusión para escamotearle del plato algún trozo de yuca. Astucia, más astucia, siempre astucia era lo que necesitaba Nora para vencerlos. Ya regresarían sus hijos a vengarla y correría la sangre en esas playas.
—Debacle —dijo Nora con la boca llena.
—¿Cómo dice? —preguntó Imogenia.
Cuando Nora levantó la mirada se dio cuenta de que el marido de Imogenia ya no estaba. En los ojos sentía el cansancio de que cupieran en ellos muchos brillos de tantos mundos, unos amables, muchos filosos.
—Aquella quisiera dormir —dijo.
—¿Quién?
—La reina de Persia. Sajamarakajanda V.
—¿Quinta? —preguntó el marido, que había estado muy oculto entre la palma del techo, como un murciélago.
—Cállate tú, demonio. Vete ya —dijo Imogenia—. Acábese de comer el sancocho, más bien, señora Nora. ¿Le gustó?
—Le gustó —respondió Nora—. Pero le hizo falta el aguacate.
—¿Y dónde le va a caber el aguacate a la reina Sajaranosequecoño, si puede saberse? —preguntó el marido, e Imogenia le dijo que si no se iba ya,
lo sacaba a escobazos. El marido se fue con el rabo entre las piernas y esta vez no hizo ni siquiera el amago de volar a esconderse en el techo del quiosco, maldito vampiro.
—Así se expulsa a los demonios y a las cucarachas —dijo Nora, que estuvo a punto de confiar de nuevo en Imogenia.
Mientras la cocinera y Nora caminaban hacia la cabaña, las tijeretas giraban casi al final del cielo, y las olas caían con la fuerza y el brillo extremos de esa hora de la tarde. Alzaron vuelo unas campanas frías que aturdieron a Nora, como si hubiera subido a alguna catedral medieval para acuclillarse a orinar en el campanario. Entonces dejaron de sonar, se desarrebataron, todo regresó al trópico y al deslumbramiento de su mar, y vio ella que hoy se presentaría la oportunidad de resolver lo de la cocinera de una vez por todas. Muerta Imogenia, la aniquilación del marido sería juego de niños y con él caerían también la meretriz de Carlota y el grupo grande de los maldicientes con sus falos podridos que tanto la habían atormentado.
Sería hoy, pero no ahora mismo. Ahora mismo tenía sueño y poca inclinación a emprender asuntos que tuvieran que ver con el bien común.
En la Cancillería lo entenderían, pues conocían ya su legendaria eficacia y diligencia. Lo importante era que no sospechara, la maldita. Que creyera que la quería. Y, al entrar ahora a la cabaña, Nora debería cuidarse de no mirar hacia cierta tabla del cielo raso, donde estaba escondido el instrumento contundente de la justicia y de la redención. Imogenia moriría.
Iris, la concubina plácida, moriría. El niño viviría. El sapo del marido de Imogenia moriría.
—Esplendor de la tarde —cantó el coro de los buenos, ahora apiñados tras la cortina del baño, para animarla—. Venganza que no dará aviso, marejada en la garganta de él. Son buenos a veces los sesos salpicados, las sangres derramadas. Desacuerdo.
—Exacto. Completamente equivocado. Gracias, niños.
—¿Le pongo el aire, doña Nora?
Sopló el aire acondicionado sobre la frente sudorosa de Nora, llevándole profundo alivio. Se tendió en la cama a mirar las tablas del techo, menos una en particular, y ya no tuvo mente para la cocinera, quien la cubrió con una sábana blanca que Nora rechazó.
—La van a molestar las moscas.
—Dormir nomás —dijo Nora.
—¿Le mando a una de las muchachas para que la bañe?
Nora negó con la cabeza y se quitó la combinación.
—Si se va a desnudar le voy a poner el toldillo.
Se lo puso y Nora lo arrancó de un manotazo. El aire acondicionado purificaba el cuarto enrarecido. La madre se deslizó al insondable sueño de los locos mientras afuera las afiladas mariamulatas articulaban sus pensamientos en almendros y cocoteros.
4:00 p.m.
Javier vio a su hermano desarmar casi todo el motor, volver a armarlo, fallar al intentar encenderlo y empezar otra vez a desarmarlo. Flotaban a la deriva, y las islas poco a poco dejaron de estar visibles. Sin motor, la corriente los llevaría inexorablemente mar adentro. «No puedo creer que te esté quedando grande la joda esa», estuvo a punto de decir Javier, pero guardó silencio, para no atizar la furia del padre.
—¿No que eras el genio para eso, pues? —preguntó de pronto el padre, con voz espesa por el desprecio—. ¡Mucho tilín tilín y nada de paletas, lo del marica este!
Javier vio la muerte en el destornillador de su hermano y se acercó para lanzarse sobre él y retenerlo en caso de que fuera necesario. Pero Mario sopló sobre otra pieza sin mirar a nadie, ni siquiera al mar, y siguió desmontando pieza tras pieza. Javier se sentó frente a él en la banca, de espaldas al padre.
—¿Va a prender? —preguntó.
—Va a prender. No han hecho el motor que me gane. Pero va a prender cuando me dé la gana.
—Bocón como un costeño —dijo el padre con desdén ancestral por el carácter exuberante y poco violento de la gente de la región.
—O que venga él y lo prenda, que aquí lo espero.
—Cállate, cállate, pendejo —dijo Javier en voz baja, a punto de perder también él la cordura—. Arregla la joda esa y cállate.
Después de un rato, cuando le dio la gana, Mario prendió el motor. Lo aceleró e hizo empinar la lancha, que otra vez dio varios golpazos contra el mar, pero el padre ya estaba en guardia y se sostuvo firme. «Será que este se está enloqueciendo también», pensó Javier. Cuando disminuyó la brutalidad de los golpes, Javier evitó levantar la mirada, para no ver la expresión que tendría el rostro de su padre. Veinte minutos después el padre dijo «aquí», y como Mario parecía no querer detenerse, Javier se levantó rápido, le dio un empellón suave y apagó el motor.
—Así no. Así no es, así no es —masculló, mirando hacia el piso de la lancha, donde boqueaban los innumerables peces multicolores, fríos, babosos, punzantes, que les llegaban más arriba de los tobillos.
—Aquí no vamos a sacar un carajo —dijo Mario, también en voz baja.
—¿Te quieres ganar un pescozón?
—¡Que se atreva! —dijo Mario. Había dejado el destornillador al alcance de la mano, en la plataforma donde se sujetaba el motor.
—Si no te da el pescozón él te lo doy yo.
Al principio Javier pensó que su hermano estaba equivocado, pues alcanzaron a sacar algunas mojarras medianas y una sierra de casi cuatro libras, antes de que los peces dejaran de picar del todo. Y se alegró por él cuando dejaron de hacerlo. «No darle esa satisfacción tampoco al viejo, así nos toque aplastarnos en estas bancas quién sabe durante cuánto tiempo sin sacar nada». El mar se había picado. Los grises del lejano temporal en cualquier momento podrían romper el enclaustramiento, y el infierno de lluvia, viento y relámpagos avanzar hacia ellos. Javier decidió en ese momento dejar de fumar marihuana hasta que regresaran de la pesquería.
«El palo no está para cucharas, con este par que andan con ganas de matarse. Yo a Mario nunca lo había visto así, y el viejo mejor que se cuide o le pegan su puñalada con ese puto destornillador, que ni mal que le sentaría, a ver si aprende a respetar», pensó y respiró profundo, para que no le fuera a hervir también a él la sangre.
Como los peces no picaban, Javier se entretenía mirando la tormenta.
Parecía estar cerca, pero el sonido de los rayos, a pesar de que los relámpagos eran intensos, tardaba en llegar. Estaba dentro de lo probable, sin embargo, que cambiara en cualquier momento de dirección y, si lo hacía hacia el sur, no tendrían manera de escapar a tiempo. Se lo comentó al padre, que nada contestó. Mario, en cambio, farfulló algo que Javier no alcanzó a entender, aunque supuso, pues conocía bien a su hermano, que tendría que ver con lo bueno que sería que se los tragara el mar y se acabara este cagado mundo de una buena vez.
A Javier lo exasperaba la manía de Mario de decir que no le había pedido el ser a nadie y que mejor habría sido no haber nacido, y se debía controlar para no responderle que eso uno no lo pedía, ser o no ser, no seas marica, eso te llega y es cosa tuya si te pegas un tiro o metes la puta cabeza al inodoro, a nadie le importa un soberano culo. Y se tenía que controlar porque, especial mente con tragos, Javier, pasado cierto límite, se iba sulfurando cada vez más, y dos o tres veces había terminado dándole un puñetazo o un coscorrón en medio de la borrachera, y después le había pesado.
Del lado poniente del horizonte, a la derecha del temporal color de piedra, el cielo había empezado a ponerse dorado y rosado, lo que auguraba una puesta de sol de arreboles intensos. Javier estuvo a punto de buscar la pipa en la mochila, pero se contuvo. Aunque las cosas ahora parecían tranquilas, el alma de todos en la minúscula lancha, incluso la suya, estaba demasiado tensa por la angustia, y la soberbia, y la incertidumbre, y el desdén, por todo eso junto y entremezclado, y alguien tenía que mantener, hasta donde le fuera posible, la cordura. Javier estaba dispuesto a matar por su hermano, así a veces perdiera la paciencia con él y le pegara, igual que estaría dispuesto a matar por su madre.
Con el cuchillo abrió una de las sierras grandes, hundió la mano en el vientre frío y la sacó llena de tripas y glándulas casi líquidas, que arrojó al mar. Cuando terminó de vaciarla siguió con uno de los jureles. El olor casi le ardía en las narices. Una vez limpios, Javier ponía los peces en las neveras, donde el hielo estaba ya a medio derretir. Cada cierto tiempo sacaba sus cordeles del agua para revisar la carnada y volvía a lanzarlos.
Los peces seguían sin picar. A veces les cambiaba la carnada sin necesidad.
Lo mismo hacían Mario y el padre. La imagen del rey asesino, protagonista del libro que estaba leyendo por esos días, le daba vueltas a Javier en la cabeza, mientras la luz y los colores de la tarde se matizaban cada vez más en un mundo ahora por completo vacío de embarcaciones y de pájaros. Se puso de pie y estiró el cuerpo. Antes de sentarse se apoyó en el borde y, a unos diez metros de profundidad, vio la sombra de los corales y de las plantas acuáticas en el agua todavía azul y luminosa.
«Lástima», pensó. «Tres toques de hierba hubieran sido lo máximo. Con razón aquel se la pasa dándole a sus acuarelas, que hasta el papel se le va a acabar, pienso yo, y eso que trajo una maleta llena. Y la mujer no está nada mal. Eso sí tiene la Costa, que en temporada las mujeres no faltan y uno no se aburre y a veces puede hasta cuadrárselas. Con esta, en todo caso, conversar. En temporada baja los días se hacen largos, si no fuera por los libros. Buen tipo, traerme los libros. Claro que yo los traje a ellos tres de Montería en el jeep y les cobré barato. Tampoco gratis. No puede uno andar
regalando tiempo y trabajo, ¿no?, por más amigos que sean o favores que le hayan hecho».
Todavía con las sobregafas oscuras puestas, a pesar de que el sol había bajado en intensidad, miró con desapego a su padre, que pescaba, ceñudo, y no cedía en el empeño de hacerlo donde no había peces. La admiración que alguna vez sintió por él —única forma de amor que el viejo al final hizo posible— había desaparecido hacía ya mucho tiempo. El poder absoluto quizás deslumbre a un niño, no a un joven. «Lo que es a mí ya nadie me va a joder más la vida», pensó, mientras recobraba uno de los cordeles, para verificar si aún tenía carnada. «Lo que es a mí me va a tener que respetar, y también a Mario. No le estamos pidiendo plata, nosotros nos la sabemos ganar. Y si nos quiere pedir las casas, sacamos nuestras pertenencias y nos vamos con la loca a vivir a otro lado. Pero no lo va a hacer, pues le tocaría manejar el restaurante y él no tiene paciencia para aquello de andar siguiéndole la pista al azúcar o al aceite, y sin eso no le va a marchar.
»En un restaurante las utilidades no aparecen si no se cuida la minucia.
Los empleados se llevan hasta el papel higiénico, si uno no está al pie. Y ni hablar de la calidad. Hay que ver lo que le sirven al turista cuando a él le toca ponerse al frente. Al viejo no le importa, y la cocinera se larga cuando le da la gana y se hace remplazar por alguna empleada. Los huéspedes se comen lo que les den, qué más hacen, el pescado como caucho y la yuca dura, y rara vez protestan. Yo no digo que la cosa tenga que ser de dieciséis estrellas, pero que por lo menos la yuca se deje comer, carajo. Y a veces hay pescado fresco, y por alguna razón fríen el que está ya congelado, estoy seguro».
El sol seguía bajando, y el horizonte, llenándose de color. Aparte de eso nada parecía cambiar con el paso de los segundos, pues la tormenta se mantenía dentro de sus límites, como si fuera sólida, las aves marinas seguían ausentes y el agua continuaba con su rizado imperturbable. Pero el caos en cualquier momento empezaría a brotar de nuevo por todos lados, como humo, como lava. Por lo que había visto en sus veintiséis años, y también por lo que había leído, Javier tendía a concluir que la vida no era
más que un perpetuo entrar a los infiernos y salir de ellos. Lo cual no quería decir para nada que mejor matarse, como pensaba el güevón de Mario.
Lejos de eso.
Uno vive la alegría a fondo, cuando llega, así sea por momentos, y más que todo en la niñez, e incluso Mario y él, en medio de tanto lío, la habían conocido. ¿O no? Precisamente por eso los momentos buenos habían sido tan intensos, pensaba Javier. Y ya solo por el hecho de haber tenido tanta intensidad para ellos había que concluir que era siempre necesario y obligatorio vivir la vida toda, sin importar las circunstancias. Por eso se indignaba cuando su hermano expresaba sus infantiles deseos de morirse. A la vida había que respetarla, maldita sea, y Javier no tenía paciencia con los lamentos ni recriminaciones a Dios, vinieran de su hermano, de él mismo, o de cualquier otra persona. ¿Y de qué tanto se quejaba Mario, a ver? ¿No lo veía acaso Javier gozar con la lancha y el motor y los cordeles y anzuelos, y olvidarse, por completo, así fuera solo durante esos ratos, de suicidios y de reproches a Dios?
«¡Miren, miren ese atardecer!», pensó entonces, como si el anaranjado del horizonte le estuviera dando el argumento definitivo contra la oscuridad de su hermano, contra la oscuridad propia e, incluso, contra la oscuridad tan cruel e involuntaria de la pobre loca.
5:00 p.m.
Me llamo Ligia María Zuluaga, estudio cuarto de primaria en el Colegio María Auxiliadora y vivo en el barrio La Floresta, Medellín, Antioquia, Colombia, Suramérica, América, la Tierra, la Vía Láctea, el Universo. Qué bonito que me ha parecido el mar. Qué tal estos atardeceres, como de morirse. Nos vinimos de turismo por tierra desde Medellín en el jeep de mi
papá y cuando entramos a Tolú y vi eso inmenso, inmenso, azul, azul, que se veía, ¿cierto?, al final de las calles, me dio como un taco y casi me pongo a llorar. Mi papá tiene tres taxis que le manejan mis tíos y una tractomula. A mi mamá también le dan de esos tacos. Mis dos hermanitas venían dormidas, tan bobitas, y miraban el mar con ojos que se les cerraban, y no vieron nada.
¡He estado tan feliz aquí en la Costa!
Llegamos a un hotel que se llama cabañas Playa-mar porque están frente al mar y hay mucha playa. Hay muchos niños y me hice amiga. Ayer por la noche salimos como cien con linterna, de todas las cabañas, a alumbrar a los cangrejos y a correr detrás de ellos por la playa. Algunos niños los mataban con palos, qué pecao, ninguna de nosotras las niñas los mataba. Hoy también vamos a ir, pero están diciendo que el mar se va a poner bravo o sea que no nos vamos a poder bañar, claro que a mí me da miedo meterme al agua por la noche porque me da impresión que me piquen los pescados o una barracuda. El agua es más caliente que afuera.
Hemos pasado rico, pero mi mamá le dijo a mi papá que no podía seguir trasnochando con el señor del hotel y haciendo dizque negocios. Dice mi mamá que ya va estando hasta la coronilla porque vinimos fue a descansar, no a bobear ni a emborracharse. Claro que el señor del hotel hoy no está porque se fue a pescar con los hijos. La cocinera dice que se van a ahogar.
La señora del hotel está loca y vive en combinación y mi mamá dice que pobrecita, porque ella a veces grita por la noche y él va y le hace poner inyecciones para que se calle, dicen los niños de la cocinera. Ellos son negros negros y saben jugar con troncos de árboles en el mar. Aquí en la Costa hay muchas frutas. Hay patillas, mangos, papayas, melones y nísperos, pero que son distintos a los de Medellín. Mi mamá dice que son muy arenosos, pero a mí me encantan, eso sí, manchan la ropa.
¡Esto es tan tan tan tan bonito!
A mí me gusta el pescado frito. El que más me gusta es uno que se llama chinito, que es chiquito y rojo. Yo siempre le digo a la cocinera «¡me pido un chinito, si hay!». Siempre me dice que esta niña tan menudita y
rubiecita y mírenle la manera de comer, que parece un peón. La cocinera viene a hablar con mi mamá y a ella no le gusta, porque le chocan los chismes, pero no sabe cómo librarse. La cocinera dice que el dueño le ha dado muy mala vida a la señora loquita. La cocinera es gorda, pero a mí me cae bien porque me hace trenzas con chaquiras y dice que se me ven muy bonitas con mi pelo rubio y mis ojos, porque son chaquiras verdes. Pero a mí no me gusta que me digan tanto que tengo ojos verdes, qué pereza. Qué bueno que pasamos en estas vacaciones. Ayer fuimos a Tolú en el carro y entramos a la iglesia…
Yo soy Yónatan, el niño de ocho años que estudia en la Fernando González, de Envigado, pero no vivo en el pueblo sino en una finca de la loma, y bajo a pie como veinte minutos a estudiar. Fue a mí que el mellizo me dio un billete todo desbaratado y que olía maluco y después se me terminó de desbaratar. A los niños no nos cae bien ese mellizo porque siempre está bravo. En cambio Javier es un bacán, todos los niños dicen, y juega fútbol con nosotros en la arena. A mí me tocaba hacer una tarea sobre mis vacaciones, pero no he empezado. ¿Para qué le ponen a uno tareas, si está en vacaciones? ¿O por qué son vacaciones entonces, a ver?
Cuando le dije a la abuela lo del billete y que el mellizo nunca nos hacía caso a los niños ella dijo: «Qué pecado, al pobre muchacho le ha tocado duro». Es que yo soy nieto de doña Libe, y somos dueños de las cabañas de mis abuelos que quedan abajo de Playa-mar. Dijo: «Pero donde se meta con cualquiera de ustedes no respondo». En vacaciones vienen los hijos de mis tíos y tías y nos juntamos como quince primos. Ellos viven casi todos en Medellín, menos mi tía que vive en La Estrella. Nos ponen a todos los niños en un mismo cuarto y en otro a las niñas con muchas camascamarote y pasamos muy bueno prendiendo las linternas por la noche y tirándonos pedos en el cuarto de los niños. «¡Eavemaría, cochinos!», nos gritan del cuarto de las niñas y nos da risa. ¡Más bueno que pasamos!…
Y yo soy el turista que se tomó los primeros aguardientes a las nueve de la mañana, después de un desayuno con bollos de maíz y huevos en el
restaurante del hotel, y sigue tomando aguardiente todavía. Claro que hoy voy a beber con cuidado, para que no me enlagune de pronto y empiece a caminar por estas playas como un zombi.
—Tenés que tener cuidado con el trago, hombre Juan Carlos —me dijo un día Javier, el mellizo, que es amigo mío.
Y fue que me había quedado dormido en la playa por allá abajo donde están las casetas de comida y baile. Otros turistas fueron a contarle, y Javier mandó por mí, para que me trajeran y me cargaran hasta el cuarto. Pero ya me había despertado y no me tuvieron que cargar, menos mal.
—Te puede pasar algo, güevón, te roban o te matan por la noche. Esto aquí es tranquilo, pero uno nunca sabe.
Y tiene razón. Y más en mi caso, que estoy solo aquí y quién va a preguntar por mí. Buen tipo, Javier. En ese tronco me voy a sentar a tomarme un trago y a ver bajar el sol…
Yo me llamo Johanna. Vine con Ricardo, mi novio, que había prometido llevarme a Cartagena, pero no le alcanzó la plata para tanto, porque Cartagena es para el jet set, dice él, no hay plata que alcance, y aquí estamos. Ricardo quería que pusiera cara de contenta, porque dice que barato tampoco le costó, con pasajes desde Bogotá y todo, pero cómo voy a estar contenta, imagínense, esto está repleto. Como todo estaba lleno nos pusieron en la cabaña al lado de la señora del dueño, que anda todo el día en combinación, y a veces en bola hasta que la hacen ponerse ropa por la fuerza, y habla y grita a veces por las noches. Ayer un borracho se la pasó poniendo música de cantina casi hasta el amanecer en otra de las cabañas y no pude pegar el ojo.
Es raro todo, porque el dueño, como de setenta años, tiene una mujer jovencita costeña y un bebé. Todo aquí en la Costa es raro. ¡Tan distinto!
Tiene también dos mellizos buenmozos, en especial el de ojos claros, para mi gusto. Todo bronceado y de cuerpo espigado y crespos rubios. Es como dorado. Ricardo estaba muy blanco y cometió la imprudencia de meterse en
el mar mucho rato y se pegó la quemada del siglo, que hasta la sábana lo hace gritar, así que ahora está en el cuarto con fiebre y con leche de magnesia por todo el cuerpo, y yo me tengo que estar sola por ahí, entreteniéndome lo mejor que puedo. Si el mellizo hijo del dueño no se hubiera ido con el papá y el hermano a pescar yo hubiera podido, por lo menos, conversar con él.
Nada, y ahora me tocó venirme sola a caminar por la playa donde no haya tanta gente con balones, tantos niños llorando o gritando y hombres tomando aguardiente. La cocinera me recomendó que viniera por aquí frente al aeropuerto, que era más tranquilo. Y sí. Bonito y tranquilo sí es por esta parte. No para bañarme, porque le tengo pánico a las aguamalas, pero sí para caminar… ¡Miren eso! ¡Miren este atardecer! ¡Lo que se está perdiendo el pobre Ricardo! ¡Qué belleza de mar!
6:00 p.m.
El padre había mirado el atardecer sin querer darle demasiada importancia. El de hoy, sin embargo, había sido tan llamativo que le dedicó dos o tres segundos más que lo acostumbrado por él para esos atardeceres de postal, que tanto les gustaban a los turistas. Cuando bebía con sus huéspedes, los acompañaba, sí, en contemplaciones largas del sol poniente y hasta se ponía poético, pero se trataba en tales casos de un lirismo turístico, profesional, muy distinto a su íntima y orgullosa relación con el mar. Y si no fuera perjudicial para el negocio, en más de una ocasión en que los huéspedes alababan atardeceres apenas comunes y corrientes, les habría dicho: «Aquí se cansa uno a la larga de contemplar tanto hijueputa atardecer, creeme».
El calor había disminuido con el avance de la tarde. Ya menos agobiado por el sol, el padre asumió otra vez la dirección de los eventos. La
confianza en sí mismo, que era su fuerte, lo llevó, no a olvidar, sino a restarle importancia a la manera como Mario había acelerado la lancha o empuñado en cierto momento el destornillador. Creía saber cómo pensaban sus hijos y por eso nunca había sentido miedo, ni siquiera ahora que se encontraba en clara desventaja, pues si alguna fuerza tenían era gracias a él; de otro modo habrían estado igual de desvalidos que la madre. Y si Javier pensaba que lo iba a intimidar con sus libros, estaba meando fuera del tiesto. Sentía cierto orgullo por las capacidades intelectuales de su hijo e incluso alardeaba de ellas —si se había tomado algunos tragos y Javier no estaba, iba a su casa y le mostraba las pilas de libros al turista—, pero también las despreciaba.
Cayó el sol y empezó el atardecer profundo.
—Arrancá la mierda esta y ahora sí empecemos a pescar como Dios manda —dijo.
Mario encendió el motor y le puso velocidad a la lancha sin hacerla empinar, como si se hubiera acobardado o como si en la lancha se hubiera declarado una tregua y regresado en el último segundo la cordura. El padre y Javier empezaron a organizar todo, de modo que no tuvieran que andar tanteando en plena oscuridad para buscar los alicates o la caja de plomadas y anzuelos, o encender las linternas a cada rato para ubicarlos, ahuyentando así la pesca. De tiempo en tiempo el padre miraba con atención el agua, buscando el mejor lugar para fondear. Solo una vez miró de reojo a Mario, que fruncía el ceño en el timón y seguía sus instrucciones sin chistar. «Más le vale», pensó. «Mientras más se rebele peor le va a ir».
El agua empezaba a ponerse azul oscura, en su rápido camino a la negrura.
—Aquí es —dijo.
Mario apagó el motor, fondearon y el padre le ordenó a Javier que sirviera la comida. Comieron en silencio arroz y fríjoles. El padre masticaba y miraba el mar; sus hijos comían y miraban el plato o el fondo de la lancha. Le pidió una Coca-Cola a Javier y bebió con tragos largos después de haber limpiado el pico de la botella con la mano.
«Pescadores que se asustan con el medio amago de una leva», pensó.
«Se inventan disculpas para no salir y después andan quejándose de la pobreza. Es lo que les digo yo a cada rato: ustedes, güevones, nacieron con el pan debajo del brazo. No es sino salir y agarrar el pescado y volverse para la casa a fritarlo y comérselo. Los cocos les caen en las mismas cocorotas desde las palmas. El plátano y el arroz no valen nada. Pero ni eso hacen estos negros vagos y después arman semejante alharaca porque uno salga a pescar estando la tormenta en la puta mierda que está, que parece que estuviera en La Guajira o en Venezuela. Y entonces los niños les aguantan hambre y se les ponen barrigones y feos».
—Serví el café, ¿sí? —le dijo a Mario.
El atardecer profundo se convertía en noche. El cielo se poblaba de estrellas. Por los lados de la tormenta los relámpagos no paraban de alumbrar, pero otra vez los truenos habían dejado de sonar, como si se estuviera alejando. Después del café cebaron y lanzaron los cordeles. El padre no esperaba que el primer pique fuera a ser tan violento, ni que se diera casi inmediatamente después de haber lanzado el primer cordel.
Trastabilló al jalar con fuerza para que el anzuelo se enganchara bien en la boca huesuda, casi pétrea, del sábalo —supo de inmediato de qué pez se trataba— y sufrió una torcedura de tobillo que lo hizo maldecir a gritos.
Javier agarró la caña y empezó la pelea con el animal, que daba saltos para zafarse y brillaba, más que plateado, fosforescente e irreal, a unos veinte metros de la lancha. Mucho más real que el propio sábalo en la penumbra del atardecer era su ruido al caer de nuevo al agua. Los gritos de dolor del padre cesaron de repente y el espacio fue ocupado solo por la pelea con el pez.
—Suéltale cordel, no jales —dijo Mario—. Que no se te ponga en línea.
Que se canse. Que se canse.
El padre encendió la linterna, se miró el pie y pensó que el tobillo no estaba quebrado, aunque tenía sí un esguince que dolía como si lo estuviera.
«Se va a hinchar como un demonio», pensó. Otra vez el pez saltó y cayó al agua, y el padre calculó que era de por lo menos ochenta kilos. Se dio
cuenta, entonces, de que estaban rodeados de un banco de sábalos de los grandes. Se podía sentir su presencia por el sonido del agua al ser golpeada con suavidad por las aletas, y por el murmullo que producían al buscar oxígeno en la superficie. La emoción casi le hace olvidar el dolor. Sintió un pique en otra de las cañas y dio un fuerte tirón para enganchar al pez. Le aplicó el freno al carrete, que dejó de chillar, y el sábalo se elevó en la penumbra profunda y volvió a caer con estrépito, a unos quince metros de la lancha. Con el movimiento, el dolor del tobillo hacía gritar al padre, mientras Javier iba de un lado al otro de la lancha cuando su pez daba fuertes corridas laterales.
—No empieces a traerlo —le dijo Mario a su hermano, que había tenido que moverse con rapidez para seguir la rápida trayectoria circular que trazó el animal. El padre encendió otra vez la linterna y alumbró a Mario. El mellizo había prendido el motor y se disponía a seguir al pez con la lancha, de forma que no hubiera que soltarle demasiado cordel.
—¿Y aquí qué, pendejo? —gritó el padre, pero Mario pareció no oírlo
—. ¿No ves que me jodí el tobillo? Vení agarrá esta mierda, ¿sí?
—Apaga el motor, apaga el motor, apaga el motor —dijo Javier mientras soltaba cordel.
El padre pensaba que Mario fingía ayudarle a su hermano, para sabotearlo a él, aprovechando que estaba débil y luchaba al mismo tiempo con el dolor y con el enorme pez. Mario apagó el motor.
—Ayúdale —dijo Javier.
Mario se le acercó, ágil, le arrebató la caña y, sin soltarla, le dio con las manos un empellón en el pecho que lo hizo caer sentado sobre la cama de peces y le causó una descarga de dolor en el tobillo. Se demoró unos segundos en entender lo que acababa de ocurrirle. De haber podido, habría matado a golpes a su hijo, pero a duras penas tuvo fuerzas para salir del fondo de la lancha y sentarse otra vez en su banca, sin hablar, como un anciano. El dolor era intenso y, mientras los mellizos peleaban con los sábalos, el padre empezó a sentir el frío de la noche. Había traído una chaqueta de nailon, pero su mochila estaba debajo de la tabla de la proa y le
era imposible alcanzarla, pues el tobillo le impedía tenerse en pie.
Ocupados como estaban, sus hijos no podían ayudarle. «El hijueputica de Mario tampoco me la iba a pasar, de todas formas», pensó, recordando de repente el empellón que, tal vez por lo absurdo, ya había olvidado. Se quitó la camiseta empapada, la escurrió retorciéndola y comenzó a tiritar. El tobillo empezaba a hinchársele.
Su ira reapareció y se hizo fría. Encendió la linterna. Sacó cubos de hielo de la nevera y se los puso en el tobillo. Rasgó la camiseta y se lo vendó, para ver si quedaba más firme y podía ponerse de pie. Lo hizo con mucho dolor y volvió a sentarse. Los dos peces saltaban, luchando por zafarse, ya más cerca de la lancha, pero ahora, con el avance de la oscuridad, su brillo en el aire era imaginario. El padre pensó que debía tener cuidado con el tobillo en el momento en que Mario o Javier subieran los sábalos, pues tendría que ayudarles con el garfio, y un coletazo podría causarle estragos al tobillo y a él dejarlo indefenso por completo. Sentado en la banca, subió el pie vendado y lo puso en la nevera con hielo hasta que empezó a dolerle demasiado y volvió a sacarlo. Cada cierto tiempo lo sumergía de nuevo. «Ya van a ver lo que es bueno, hijueputas», pensó. La frase iba dirigida a todo lo que no fuera él: a sus hijos, a los peces, al tobillo, a la tormenta lejana y seguramente a Dios.
El temporal se alejaba y a la vez se hacía más intenso. Los rayos se dibujaban en su periferia con articulaciones y tentáculos horizontales y verticales, mientras relámpagos informes alumbraban desde adentro un cerrado infierno de rayos, lluvia y viento.
La tempestad ocupaba un rincón del universo; el resto parecía estar tranquilo y quedaban en él vestigios de luz.
7:00 p.m.
Mario se dio cuenta de que en el momento de subir el sábalo a la lancha tendría la oportunidad de darle otro empellón a su padre en la oscuridad. Se acordó del garfio y pensó que, desesperado por el dolor, el viejo sería capaz de usarlo contra él. Aun así su decisión se hizo firme. De vez en cuando miraba de reojo a Javier, que había trabajado con solvencia el enorme sábalo y ya lo tenía dominado y listo para traerlo al costado de la lancha. El padre se había acercado con el garfio, para ayudar a sacarlo, y por un instante Mario pensó que también Javier había tenido la idea de empujarlo.
Entonces su hermano dijo, cortante:
—Para ya la joda.
Javier había adivinado su intención de hacer que el padre se dañara más el tobillo o incluso de lanzarlo al mar si a eso llegaba. «Ahora le va a dar por defender al viejo marica», pensó Mario, mientras bajaba la caña luego del salto del sábalo, para que el cordel no se reventara con el tirón del animal al caer al agua. El pez había resultado batallador, y el mellizo solo había logrado acercarlo algunos metros. «En vez de aprovechar y enseñarle aquí lo que no le enseñaron cuando chiquito: a respetar a mi madre, carajo, a tratar bien a la gente». Mario debió controlarse para que la rabia no le hiciera tirar muy fuerte del pez y tal vez perderlo.
Otro animal se enganchó e hizo chillar el carrete en la segunda caña del padre. Mario lo vio encender la linterna, volver a su sitio, cortar el cordel y regresar con dificultad y dolor hacia la banca de Javier. «Cuando uno quiere engancharlos se zafan, cuando quiere que se zafen se enganchan», pensó.
«Hasta mejor así. Al turista no le gusta el sábalo, por las espinas. No lo sabe comer. La cocinera lo hace frito y después con salsa de coco, y no le queda muy espinoso. Cuando le da la gana es la mejor manteca de esta playa, pero con dos monstruos de estos es suficiente. ¡Coño si jala!».
Había renunciado al plan de darle otro empellón al padre, pues Javier se interpondría, y con él no quería tener problemas. En ocasiones se habían peleado, como ocurre entre hermanos, pero el vínculo era tan fuerte que sufrían demasiado luego de las peleas y las evitaban tanto como les fuera posible. Faltaban muchas horas y ya encontraría Mario otra oportunidad de