Temporal

Tomás González · Capítulo 1 de 1 · parte 4/5

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Temporal

Temporal

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

desquitarse. Una torcedura no iba a hacer que, terco como era, el padre decidiera regresar. «Va a querer seguir aunque tengan que cortarle el puto pie cuando volvamos», pensó. «Porque eso sí tiene el viejo marica: que a nada se le aculilla».

—Aguantalo, que aquí estoy —dijo el padre.

De niños, e incluso de adolescentes, acostumbraba llevarlos cuando debía hacer diligencias en algún banco de Montería o Sincelejo, para que lo vieran ocuparse de asuntos de dinero o adelantar trámites, y así aprendieran.

El padre se movía con serenidad por aquellas oficinas intimidantes, heladas por el aire acondicionado, y hablaba de igual a igual con los gerentes encargados de evaluar sus solicitudes de préstamos, que casi siempre le aprobaban. Y alcanzaban los niños a reconocer su superioridad y a percibir su orgullo por no haber necesitado nunca ponerse corbatas para ser alguien, a diferencia de los directores o subdirectores de las instituciones, públicas o privadas, que solo eran, según él, empleados, empleaduchos, pobres diablos.

Mario lo vio agarrar el garfio y, todavía desencajado por el dolor, disponerse a subir el pez a la lancha. El mellizo pensó que había la posibilidad de que el tobillo estuviera fracturado, e hizo un esfuerzo para no sentir compasión, primero, y desconcierto por ceder a la compasión, después, y se concentró en seguir cansando a su sábalo con tirones laterales.

Aunque ya no saltaba, el pez sostenía por momentos una tensión sorda, inanimada casi, como si el anzuelo se hubiera clavado en los corales.

En el instante de subir el sábalo, que pesaba unos cien kilos y medía dos metros, por lo menos, Javier le hizo perder el equilibrio al padre, que cayó sentado con garfio y pez en el fondo de la lancha y dio un grito de dolor. El empujón no había sido intencional, supuso Mario, pues se irguió de nuevo, maldiciéndose el tobillo, y no insultó ni trató de hacerle nada a Javier. Ya en la banca, dejó de maldecir y, con el tobillo agarrado con la mano izquierda, alumbró al sábalo, que chapoteó en el fondo de la lancha, metálico, inundado de luz.

—Una belleza, el hijueputa —dijo.

Durante la infancia y parte de la adolescencia los niños habían admirado el aplomo e, incluso, la falta de piedad de su padre. Al borracho que le vendió el jeep en plena borrachera, y que resultaría ser hijo de un influyente político y hacendado de Montería, se le sostuvo firme en el corredor de su casa en Playamar y al final le hizo ver que uno era tan responsable de lo que hacía en sano juicio como en las borracheras. Y le dijo que nada nos ganábamos lamentándonos por ahí de haber metido la pata por borrachos, ni arrepintiéndonos, sino que mejor era enfrentar la cosa con entereza y asumir las pérdidas. Pérdidas que ni siquiera habían sido tantas, agregó, pues el jeep era barato por ese precio, lo reconocía, pero un regalo tampoco había sido. Y durante la conversación, que tuvo momentos muy tensos, pues el hijo del hacendado parecía a punto de ponerse violento, no les dijo a los mellizos que se fueran, que aquella era conversación de mayores, pues quería que aprendieran la forma como hacen negocios los varones.

El pez de Mario empezaba a perder fuerza. Ya no hacía corridas ni saltaba. Había buscado la profundidad, y ahora, al tirar del cordel, al mellizo le parecía estar descuajando una roca del fondo del mar. Distraído por lo que había ocurrido o, más bien, dejado de ocurrir entre Javier y el padre, no siempre se había mantenido atento, y había sido una suerte que el cordel no se reventara. Javier se puso a su lado y le daba consejos, «no pares de trabajarlo, no lo dejes descansar», consejos del todo innecesarios, pues Mario sabía perfectamente lo que estaba haciendo. De reojo vio que su padre se quitaba el vendaje para examinarse el tobillo y volvía a ponérselo.

Cuando le dijo que tirara con más ganitas y que parecía pajeado, al mellizo le regresó, intacto, el rencor.

—Vaya a que se lo coma un burro —respondió, aunque no estuvo seguro de que hubiera alcanzado a oírlo.

Javier sí lo oyó, pues le dijo en voz baja:

—No le hagas caso. Tú sigue en lo tuyo.

Mientras en la parte del cielo que no estaba emborronada por la tormenta el despliegue de estrellas era infinito, en la lancha el padre y los hijos parecían encerrarse cada vez más en un pozo. Mario peleaba con el

pez mientras le corrían por las venas oleadas de resentimiento contra su padre. Sintió en la caña el salto del sábalo. Los chorros de las linternas lo alumbraron y el animal flotó por un instante, como una luna, a unos veinte metros de la lancha. Era aún más grande que el de Javier. Tomado por sorpresa, Mario a duras penas alcanzó a bajar la caña, para que el cordel no se tensara demasiado y se reventara cuando de nuevo cayera el pez al agua.

—Esto va para largo —comentó Javier.

El padre dijo que si no tuviera el tobillo vuelto mierda lo sacaba en media hora, cuarenta y cinco minutos, máximo. Los muchachos fingieron no oírlo.

—No joda —dijo Mario mientras levantaba con fuerza la caña—. Otra vez está como si nada.

Su pez había logrado recuperarse mientras él estaba distraído con su odio. «No se les puede dar ventajas o toca empezar desde el principio», pensó. «Hasta raro cómo se recuperan y siguen la pelea. Viejo marica. Ojalá tenga quebrado el puto pie. Pero no creo. Véanlo ahora». El padre había encendido la linterna y se acomodaba uno de los remos a manera de muleta, iba hasta la caja de los anzuelos, regresaba y empezaba a colocarle el anzuelo y la plomada al cordel que había cortado.

—Ya va aflojando otra vez —dijo Javier.

Mario lucharía otra hora larga con el pez y, ya en el momento de sacarlo, y un segundo antes de que Javier lograra asegurarlo con el garfio, se reventaría el nailon y desaparecerían de un solo golpe la tensión y el pez.

El padre diría:

—Ya sabía yo que lo ibas a dejar ir.

—Cállese ya, maldita sea —dijo Javier.

8:00 p.m.

A Nora la despertaron los ruidos del marsupial trompudo escondido en el cielo raso: el instrumento de su justicia. Las mariamulatas hacía rato se habían silenciado y las garzas terminaron de pasar hacia la ciénaga. El mundo era otra vez de los cangrejos y de los murciélagos.

—Viento —dijo Nora.

El aire acondicionado la hacía tiritar.

—Viento —respondió el coro.

No encendió la luz de la mesa de noche. Una de las muchachas que ayudaba en la cocina tocó la puerta, entró y encendió la del techo. Nora estaba desnuda.

—Apágala —dijo, y su orden fue corroborada por todos. La muchacha la apagó.

—¿Y doña Nora qué va a comer? —preguntó.

Como no respondía, la muchacha dijo:

—Queda sancochito de róbalo.

—Sí.

—¿Le quito el aire? ¿Le pongo una sábana? —Sí. No.

A cincuenta metros sonaba el mar. Detrás de la cortina del baño se agolpaba la multitud que había empezado a indicar aquello que, llegado el momento, habría de hacer el canguro con trompa de martillo, el martillo con orejas de canguro. Sesos. Audacia. Cráneos hendidos. Audacia, más audacia, siempre audacia.

—Silencio en las cortes. No al arbitramento —dijo Nora con voz alta y firme.

—¿Cómo dice, doña Nora?

—Nada digo, doña Lora. Pero digo. Jijijijiji.

Se puso la combinación, salió al corredor y bajó a la franja de césped ralo que había al frente. Las estrellas se le antojaron inestables, como si en cualquier momento una mano las fuera a borrar como un mandala de arena.

Nora sabía de mandalas, budismo y monjes tibetanos. Su madre le dijo muchas veces que no lograba entender cómo justamente a ella, a semejante hippie, se le había ocurrido casarse con semejante bestia. La madre de Nora, ya fallecida, fue durante muchos años rectora de un liceo femenino de Cali.

Nadie en el mundo había odiado y despreciado tanto al padre como ella.

—¡Om, om, om…! —gritó Nora a todo pulmón, mientras miraba las estrellas.

La muchacha, confundida por la sílaba sagrada, no sabía qué hacer.

—Ya le traigo su comida, entonces —dijo al fin y se fue casi corriendo para la cocina.

Cantó la multitud, así:

—Él quiso dejarla sin cielo ni firmamento. Dejarla sola, amancebarse y acabar con sus hijos.

—¡Sí, sí, sí! ¡Ay, sí, maldito!

—Y ahora la pagarán caro sus sirvientes, con sus sesos desarreglados, desarrapados, despatarrados, desarraigados, derrengados, derramados, desparramados. Y después los príncipes le darán a él el mar por sepultura

—cantó la multitud—. Silencio, que vienen los esclavos. Astucia, más astucia, siempre astucia.

—Sí, sí. ¡Ja, ja, ja! —gritó Nora a todo pulmón, pero cuando vio que llegaba la muchacha acompañada de otra de las mujeres que ayudaban en la cocina empezó a hablar en voz muy baja y a tanta velocidad que casi era otra lengua. Los turistas se asomaban a las ventanas y salían a los corredores. Algunos niños se aproximaron.

—A veces come y se calma —dijo la mujer, que llevaba más tiempo que la muchacha en el hotel—. Ve y tráele el sancocho. Yo la entretengo.

Sírvele bastante, ¡porque come…! No le pongas cuchillo ni tenedor. Ponle una de esas cucharas de plástico.

—No sabe entretenerse el coño y ya te quiere entretener a ti —murmuró al oído de Nora la maligna Carlota, la de las muchas cirugías faciales, la de la cara empastelada de nauseabundo maquillaje, y ella cayó en la provocación:

—No te sabes entretener el coño y me quieres entretener a mí —repitió en voz demasiado alta, y las madres escandalizadas que presenciaban todo desde los corredores, acompañadas de sus criaturas, seguramente se quejarían después ante el Rey, si este regresaba.

—Y dile que la cuchara de plástico se la puede meter culo arriba —

agregó Carlota, y Nora no pudo evitar repetirlo.

Cuando llegó el sancocho ya no quedaban niños en los corredores ni en ninguna parte, salvo aquellos que se habían escondido a mirar desde detrás de los cocoteros y de los almendros. Las madres también se habían encerrado después de exclamar: «¡Eavemaría! Cómo les parece, pues, la loca esta diciendo semejantes cochinadas delante de todos estos niños inocentes. ¡Jesús, María y José bendito!». Otras madres habían dicho que la perdonaran porque no sabía lo que decía, pero también ellas se habían encerrado en sus cabañas con sus niños de teta y con los ya mayores.

El sancocho le calmó a Nora los ánimos exaltados. Asustada por su falta de prudencia, más prudencia, siempre prudencia, que podría acarrearle repercusiones, se dedicó en silencio, con su humillante cuchara de plástico, a las suculentas papas, a los ñames y a los trozos de róbalo. «Glorioso, glorioso», decía. Detrás del cielo raso, el conejo le guiñó el ojo y movió las orejas. Durante algunos segundos Nora dejó de comer. Sesos. A partir de hoy la estrategia sería la de retroceder avanzando, como en el taichi. El sancocho desapareció pronto, aunque el hambre había aumentado.

—¡Quiere repetir! —dijo la multitud—. ¡La reina Sajamarakajanda V

quiere repetir!

—¿Quién? —preguntó la muchacha nueva, y la otra explicó:

—Es ella misma. No importa. No hagas caso.

Que repita sancocho si quiere. Ve y tráele otro plato lleno. Así más rápido se duerme y nos deja dormir.

—¿Por qué no la meterán en un manicomio? —dijo una arpía desde una de las cabañas de turistas.

Seguramente era una aliada de la malvada Carlota. Nora estuvo a punto de insultarla como solo ella sabía hacerlo, pero ya había llegado la muchacha con el sancocho, que apremiaba.

—Siempre astucia —dijo Nora con la boca llena, mostrándole a la muchacha nueva su índice sabio y admonitorio.

—¿Cómo me dice?

—Que tú eres de Sahagún.

—¿Cómo lo sabe, seño?

—Ya lo ves. Nada hay oculto para mí en estas playas. Además eres muy bella.

—Gracias, seño.

—Te puedes ir.

La muchacha de Sahagún se salvaría del baño de sangre y desde este momento estaba perdonada. Al final del segundo plato, Nora se empezó a cansar de tanto tubérculo, por delicioso que hubiera sido, y aunque habría querido comer más, su creciente falta de apetito se lo impedía. Se levantó de la mesa, salió de nuevo al corredor de su casa y caminó, en combinación, por entre las palmas iluminadas por la luz de los bombillos de las cabañas.

Llegó a la playa. Se sentó en una silla Rimax de plástico, en la oscuridad, lejos de las lámparas de los dos postes que alumbraban sin piedad la franja ancha de arena que había frente al hotel. El sancocho la había sedado, pero no quería acostarse otra vez sin ver los astros, antes de que el viento los aniquilara y se acabara el mundo.

También quería ver la espuma del mar, bella a pesar de que estuvieran tan enredados en ella sus dos hijos, cada uno con su corona de espinas, como en una zarza ardiente. La muchacha de Sahagún la vigilaba desde lejos, convencida de que Nora no la estaba viendo. Nora, magnánima, estuvo a punto de llamarla a su lado y pedirle que contemplara con ella la que tal vez sería la última noche del universo, pero cambió de parecer, pues pensó que la muchacha podría ser una hipócrita de buen ver contratada por su marido y por el gobierno lacayo para espiarla. No lo creía así, pero siempre era aconsejable la cordura en este mundo en el que todo desaparecía o se convertía en dolor. Prudencia.

Entonces, saliendo de la nada, aparecieron a lo lejos los niños, que corrieron en tropel, dando gritos en la noche, y pasaron frente a ella sin verla, armados de linternas y de palos con los que perseguían y aniquilaban a los cangrejos bajo las estrellas.

9:00 p.m.

Después de que Javier le dijo que se callara ya, maldita sea, el padre se había quedado en silencio y, casi una hora después, seguía en silencio. El cardumen de sábalos se había ido y la pesca era escasa. Javier rompió la promesa de no tocar más la marihuana durante la pesquería y buscó a tientas el frasco en la mochila. También sacó una linterna de las de poner en la cabeza, semejante a las de los mineros, y la encendió para llenar la pipa.

El padre no dijo nada, ni por la luz ni por la marihuana. Mario tampoco protestó por la luz, que ahuyentaría aún más a los peces. Javier le dio tres fumadas largas a la pipa, volvió a guardarla y se sintió sereno. Sin quitársela de la cabeza, apagó la linterna para sentir el mar negro que los rodeaba y contemplar los resplandores del temporal lejano. El agua que movía Mario al pescar sonaba como música.

—¿Ajá? —preguntó Javier.

—Pargo. Mediano.

A duras penas alcanzaba a ver a Mario y al padre. Los dos habían cruzado al más allá, pertenecían al caos más que a la luz y eran espectros, más que seres vivos. Javier respiró hondo tres veces, cosa que hacía siempre que la marihuana amenazaba de repente con abrirle las puertas de la oscuridad y el horror. Si en ese preciso momento el padre hubiera dicho algo, si hubiera expresado alguna burla o sarcasmo, habría sido inevitable que Javier entrara en el infierno, pero el padre no dijo nada. Con un esfuerzo pudo entonces Javier regresar a este mundo nuestro, donde las cosas son lo que parecen, y una rosa es una rosa, y una tormenta solo una tormenta, y admiró a fondo los resplandores silenciosos de esa tormenta de aquí y de ahora, los relámpagos que se superponían y variaban en intensidad y duración como si expresaran alguna emoción descomunal e inhumana. «Fumé demasiado. No me puede dar la pálida ahora», pensó, y tuvo que controlarse otra vez para que el silencio del padre en la oscuridad no lo abrumara.

—Pásame un termo —le dijo a Mario.

Su hermano se movía bien en la oscuridad. Javier lo oyó vaciar el café en la tapa del termo, que servía de taza, y moverse hacia él.

—Aquí —dijo Mario y le entregó la taza.

El café le devolvió hasta cierto punto la ecuanimidad, aunque seguían llegándole, como chispazos, vislumbres de la monstruosidad que es la vida.

Respiró profundamente otras tres veces y logró calmarse. Le regresó la placidez y decidió dejar de pescar durante un rato. Recobró sus cordeles, como si fuera a cambiarles de carnada, y los lanzó otra vez, vacíos, al mar.

Miró al cielo con la esperanza de ver alguna estrella fugaz y se sintió feliz aunque no viera ninguna.

Pensó que si tres inhalaciones profundas de Cannabis sativa alcanzaban a producir tanta angustia, ¡cómo sería el mundo de la pobre Sajamarakajanda! A veces Javier se quedaba mirándola u oyéndola y se

preguntaba si en algún momento gozaría de instantes de felicidad o si viviría en un infierno deslumbrante y continuo. «Cosa que también puede uno preguntarles a los cuerdos», pensó. En los libros que hasta ahora había leído casi nunca había gente feliz. En las obras de Shakespeare, que leía como si fueran novelas, pero lo sobrecogían con todo su poder, lo más cercano a la alegría era el alboroto fugaz de la codicia o de la venganza triunfal, antes de desencadenarse la debacle. En alguna parte Javier había leído que uno no nace para ser feliz sino para admirar el mundo. Cuando llega la alegría, lo hace sin ton ni son y porque le dio la gana. «O, si no, mírenme ahora, todo contento, con el culo aplastado a las nueve y media de la noche en una lancha, acompañado por dos tipos que se quieren sacar los ojos el uno al otro».

Buscó los cigarrillos y el encendedor en la mochila, y el humo se difundió invisible en la noche. Encontró belleza en la brasa del cigarrillo, que para su padre y su hermano estaría suspendida en el aire, como un cocuyo. Eran iguales la luz de una estrella, la brasa del Pielroja y la luz de un cocuyo. Ninguna de las tres tenía importancia. La gente tampoco tenía importancia. Su padre era un pobre diablo que se creía rey.

Sajamarakajando V. Y ahora el Rey tenía el tobillo vuelto mierda y el alma convertida en un pozo de bilis. Él, Javier, tampoco era nada, tampoco era nadie, pensó.

Y justo en eso estaba la gracia de todo.

Encendió otra vez la linterna y alcanzó una cerveza de la canasta. En la nevera que estaba al lado del padre había algunas frías, pero llegar a ellas era complicado. Y como también el destapador estaba en esa nevera, destapó la cerveza de un puñetazo contra el borde de la lancha. El ruido sonó violento en la noche del mar. Javier apagó la luz y bebió a sorbos pequeños, para evitar el desagrado del gas de la bebida casi caliente que picaba en la lengua y espumaba demasiado en la garganta. Su padre era sagaz y se habría dado cuenta ya de que no quería acercársele. «El tipo al que tapian en aquel cuento de pronto se queda en silencio, como él, cuando se da cuenta de que lo van a tapiar», piensa Javier, que otra vez contempla la aparición de pensamientos oscuros y se concentra más bien en el tejido

de estrellas y en la euforia suave que le produce la cerveza. Enciende la linterna y mira el reloj. Nueve y cuarenta. El padre lleva más de cincuenta minutos sin decir palabra y Javier está a punto de preguntarle que cómo sigue del tobillo, pero al final decide no hacerlo. «Me importa un chorizo cómo siga del tobillo», piensa.

—¿Qué es tu joda con la luz? —dijo Mario, y Javier apagó la linterna.

Otra vez se oye el sonido de un pez al ser subido a la lancha y Javier siente un involuntario golpe de admiración por su padre, que, a pesar de todo, no había dejado de pescar en silencio. Suena el garrote y Javier piensa que la obra de Dios es chapucera. «Los micos de Playamar gozamos acuchillando a los cerdos, desnucando a las gallinas y dándoles garrotazos a los peces. Y después masticándolos». Aunque mucho menos intensa e ingenua que en Mario, en Javier la conciencia de la crueldad de la Creación es constante. No era por lástima de los animales sino más bien por sentido estético que tanta matazón lo asombraba —pues las cosas son como son, y a quién carajo le importa una gallina—. Y además, siendo Dios tan poco escrupuloso en lo que a justicia se refiere, ellos, llegado el caso, tendrían,

¿cierto?, la opción de hacer lo que quisieran. Cosa que nunca había ocurrido, por supuesto, al menos no en instancias graves, pero esa decisión de respetar a los demás es algo que uno toma libremente, piensa Javier, y libremente puede dejar de tomar según le dé la gana.

Javier contemplaba la forma como sus pensamientos insistían en adentrarse por laberintos donde el mundo dejaba de tener norte y el asesinato se hacía plausible. Los sonidos que venían del lado del padre cada vez pesaban más en él, que aguzaba los oídos y se empeñaba en descifrarlos: al padre acababa de picarle un pez, acababa de cambiar de carnada en una de las cañas, se le habían robado la carnada en otra, tal vez se había acomodado contra el borde de la lancha para orinar… Había ruidos que Javier tardaba un momento en reconocer, como el del pie metiéndose otra vez en la nevera llena de hielo y peces, o el del gorgoteo de agua de la garrafa mientras el padre bebía, y había murmullos que eran casi claros aunque no inequívocos, como cuando el padre parecía decir «maldito tobillo» o tal vez «si no fuera por este maldito tobillo», y de los que Javier

no podría afirmar si los estaba oyendo porque su padre los estaba pensando, o si realmente los estaba oyendo. Además, los sonidos todos se fundían con el del agua al golpear el casco y se hacían así indeterminados e intemporales. Entonces se oyó, esta vez inequívoca, la voz del padre, que habló como si hubiera terminado por fin de levantarse de entre los muertos:

—Ahí te quería ver.

El padre encendió la linterna y sin ponerse de pie empezó a pelear con lo que después resultaría ser uno de los meros más grandes que Javier hubiera visto nunca. Doscientos kilos, si no más. Pero a este pez tampoco lo verían nunca en el piso de la lancha. Aunque los mellizos ofrecieron los dos ocuparse del animal, el padre no entregó su caña y ni siquiera contestó a sus ofrecimientos. Sentado en la banca, bufando y maldiciendo, lucharía con él durante mucho tiempo y lo perdería cuando ya lo tenía al lado del casco, como si el pez se hubiera dejado acercar por voluntad propia y solo para que lo alumbraran y lo vieran en todo el esplendor de su tamaño y de su poder. Entonces rompería el cordel y desaparecería triunfal en la infinitud del agua oscura que golpeaba cada vez con más fuerza los costados de la lancha.

—Jaló el viejo marica hasta que se le reventó el cordel —diría Mario en voz no tan baja, después de apagar su linterna.

10:00 p.m.

Esa noche me costó trabajo dormir. No estaba acostumbrado a las hamacas ni a la presencia de tantas personas en una misma casa. Soy el turista que llegó a acampar a las islas con su mujer y con el niño. ¡Qué inquietud la mía! Mi mujer y yo habíamos tenido una pelea al atardecer, pues cuando las cosas se desarreglan me pongo insoportable, dice ella, y no

me había gustado la idea de irnos de nuestra tienda en la playa por culpa de la tormenta. Jamás me habría recibido ella en la hamaca en esas circunstancias, e incluso de haberla podido convencer habría sido demasiado difícil, pues no domino la técnica del amor colgando de un trapo, y el piso de tierra no era opción viable. Para distraerme y olvidarme del asunto oía los truenos que sonaban muy lejos uno tras otro, superponiéndose, y fumaba.

Salí de la casa sin mirar a la gente que dormía en hamacas y en catres de lona en los otros cuartos, como en un campamento de refugiados.

Alumbrado por la linterna, me fui por el camino del manglar hasta la playa donde habíamos acampado, no a ver, sino a presenciar los rayos y las estrellas, que parecían haberse volcado al mismo tiempo, como si no fueran contradictorios, sobre la bóveda celeste. ¡Y qué minúsculo se siente uno con sus acuarelas y carboncillos cuando está frente a algo así! Solo los grandes, como Turner, se atreven a pintar la totalidad; los demás podemos, como máximo, ambicionar captar las partes, los detalles, con la esperanza y la intención de que contengan el todo. En esas disquisiciones sobre arte me ocupaba yo, pues, sentado en la arena, y con ellas trataba de sacarles el quite a las imágenes eróticas que por todos los costados me acosaban.

En el mar no se veían luces de embarcaciones. Habían decidido dejar en los muelles los barcos de la flota de pesqueros industriales que tenía su sede en Tolú, para no exponerlos a alguna desgracia en caso de que la borrasca al fin decidiera visitarnos en el golfo y los alrededores. Y después la capitanía había prohibido la salida de embarcaciones menores, especialmente las de pesca artesanal. Todo eso me lo había contado Javier, el muchacho de las cabañas Playamar amigo de nosotros, el de los libros, con quien nos habíamos encontrado en la tienda del caserío de la isla, cuando llegó a comprar unas cervezas.

—Lo más seguro es que se nos venga una mareta del carajo —dijo.

—¿Y así y todo van a salir? —le pregunté, y contestó con una frase heroica de corte antioqueño, aunque expresada con acento de la Costa:

—De algo nos tenemos que morir, ¿no? No nacimos pa’ semilla.

Además, ¿quién convence al hijueputa viejo?

Le pregunté por lo que estaba leyendo y entonces hablamos de Macbeth, ni más ni menos. En esa tienda abigarrada y caliente, donde el Milo a esa hora casi se volvía líquido en los tarros, Javier, todo bronceado, descalzo y sin camisa, con pantaloneta amarilla y gorra de los Yankees, hablaba con rapidez y pasión de la escena en la que lady Macbeth se lava la sangre de las manos. Nos tomamos dos cervezas muy frías. Comentamos también El rey Lear, que lo impresionaba tanto que, después de algunas frases emotivas («es que el viejo se pasó también de güevón, ¿o no?, ¿o no?»), se quedó en silencio, como si siguiera pensando en el asunto. O tal vez se acordó de que lo estaban esperando, y por eso se afanó a terminarse la segunda cerveza. No había en Javier actitudes intelectuales, en todo caso, ni poses, ni demasiadas elaboraciones: estaba solo admirado por lo que el rey había dejado que le pasara. «Listo, viejo David, hablamos, nos vemos.

Suerte», dijo al despedirse. Lo invité a otra cerveza y dijo que no, que ni riesgos. Se iba ya, pues el viejo debía estar hecho un tití por la tardanza.

Decía, pues, que me había sentido asfixiado en esa casa repleta de gente y había decidido irme a fumar a la playa. Con mi mujer relativamente lejos y la erección bajo control, contemplé con calma el mar, sobre el cual la negrura de la tormenta había empezado a avanzar y a dejarlo sin estrellas.

Allá en alguna parte estarían los tres en la lancha y verían, igual que yo, cómo se emborronaba el cielo y aumentaba el oleaje. Con el temporal soplándole en la nuca, Javier se distraería pensando en las tragedias que había venido leyendo, en las que a todo el mundo, de principio a fin, le soplaba siempre en la nuca el aliento de la muerte. En mi mente las imágenes de los tres pescadores con la tormenta encima, como un ángel sombrío, se sucedían una tras otra, muy definidas en su falta de bordes, en su manera de estar medio sumergidas ya en el caos, pinturas donde se trataría de plasmar los afectos y odios oleaginosos de esos tres seres precarios al filo de la disolución.

Somos los turistas.

Soy Yónatan, otra vez, el nieto de doña Libe, la señora de las cabañas de allá abajo. Tengo ocho años y la estatura de un niño de siete, pero soy muy despierto, aunque sea bajito, y volví de matar cangrejos ¡con un hambre! Mi abuela me estaba esperando en la playa. «Eavemaría Yonatancito, ¡qué tal la hora de volver!», me dijo. «¿No sabés la mareta tan verrionda que se nos viene? Te agarra caminando por esas playas tarde en la noche con esos otros niños ociosos y, mejor dicho, llega una ola de esas y no te da tiempo ni para una jaculatoria».

Una jaculatoria es, por ejemplo: «Para Dios toda la gloria». Entonces uno va por la playa todo tranquilo y apenas alcanza a decir «para Dios toda la…» y pum, se lo llevó la ola. Mi abuela dice que soy muy chistoso. Yo y otros niños habíamos quedado de volarnos por la noche, por ahí a las diez, apenas empezara la mareta, para ir a mirarla y ver esas olas que decían que eran como casas de dos pisos. Pero qué mirarlas ni qué nada, ¿cierto?

Cuando me desperté ya era el otro día y miré por la ventana y la playa estaba llena de palos y basura. Como que ni había sido tan grande, decía todo el mundo, y así y todo había hasta juguetes en la arena. Me fui en piyama para donde los hijos de la mayordoma y empezamos a mirar todas esas cosas que había traído el agua. Me encontré un casco de Dar Vader medio rajado y todo desteñido y mi abuelita me dijo que con él puesto parecía un hongo…

Y yo soy Johanna, la que vino con el novio y él se quedó en el sol el primer día y recibió quemaduras horribles, por imprudente, quién lo mandaba a meterse al mar sin camiseta ni loción, justo él que es azul de lo blanco. Así que de ellos, los tres pescadores, no me enteré al detalle, distraída como estaba con las fiebres de mi novio, que comenzó a delirar y a decir que no lo fueran a dejar morir. «Nadie se muere por insolación ni porque se haya ardido, bobo», le decía yo, pero él seguía todo asustado diciendo que había soñado con viejas puercas que se lo iban a llevar quién sabe para dónde. Seguro se impresionó por los gritos de la loca mujer del dueño que, de buenas a primeras, ya muy tarde en la noche, le dio por insultar durísimo a una tal Carlota y a llamarla cochina recochina. Yo fui a la administración a quejarme y a ver si sabían de un médico para Ricardo,

pero cuál administración ni qué nada, la administración es la casa del dueño, que era uno de los pescadores precisamente y estaba en el mar, de bruto, y con los hijos. Todos decían que se iban a ahogar.

Vino la cocinera, que se había quedado esa noche en una hamaca en la cocina, para cuidar a la loca, que había estado toda alborotada ese día, y la cocinera me dijo que el médico más cercano estaba en Tolú, pero que eso de quemaduras de sol no necesitaba ningún médico, y entre las dos levantamos al pobre Ricardo y lo metimos en el agua fría, para que le bajara la fiebre.

Estaba tan aturdido que casi ni se quejaba de las lastimaduras que le hacíamos cuando le ayudábamos a llegar a la ducha.

Le dimos dos aspirinas extrafuertes y santo remedio. Se durmió tan profundo que hasta me asusté, porque parecía en coma o peor. Y más tarde llegó ese vendaval y los rayos que eran como para levantar muertos, y olas que retumbaban como si estuvieran en la puerta. El agua del mar pasaba a ríos por entre las cabañas, y él ni cuenta se daba. A la de nosotros se le entró el agua, aunque poca, pues las hacen altas encima de planchas de cemento, pero a ratos yo sí sentí que se iba a entrar más y nos iba a arrastrar. De vez en cuando yo sacaba el agua con la escoba y, cuando sentía que otra vez se había entrado, volvía a prender la vela, porque se había ido la luz, y me levantaba a empujar el mar para afuera con la escoba.

11 p.m.

«Se necesita mucho más que un par de fracasados y unas olas de mierda para acabar conmigo», piensa el padre. Aunque el dolor del tobillo es intenso, se cansa de subir el pie para buscar alivio en la nevera que ahora contiene peces, agua fría y muy poco hielo, y se dispone a sufrir el dolor sin esquivarlo, como si hubiera nacido con él. De vez en cuando se yergue con el remo a manera de muleta, no para hacer algo, pues todo lo está haciendo

sentado, sino para comprobar que no ha quedado inválido y a merced de sus hijos.

Otra vez los peces empiezan a picar sin pausa. Padre e hijos sacan róbalos, sacan cojinúas, salmonetes, bonitos, y no han alcanzado a cebar y lanzar los cordeles cuando deben recobrarlos de nuevo. El piso de la lancha, en el que habían quedado solo los peces grandes —los demás, limpios de tripas y vísceras, están en las neveras—, vuelve a cubrirse de peces medianos que boquean y chapotean en la noche cada vez más oscura. En trescientos kilos calcula el padre lo que tienen y en cuatrocientos lo que deberán llevar, contando con la pesca de ahora. No quedan estrellas en el cielo y es tal la oscuridad que ya no alcanzan a verse ni a ellos mismos. El padre siente primero el olor a marihuana y después el de cigarrillo Pielroja.

Nunca ha fumado y desprecia los vicios. No considera debilidad su afición al alcohol, sino herramienta profesional, ya que es locuaz con tragos, pero callado sin ellos, y mostrarse hospitalario le exige algún esfuerzo.

El aire frío lo pone a tiritar. Las olas cada vez elevan más la lancha y los rayos cada vez son menos lejanos y menos silenciosos. Cuando Javier le dice que si salieran «ya ya» estarían a tiempo de huir de la tormenta y llegar sin problemas a la playa del hotel, el padre decide con firmeza total lo que ya había casi decidido: apostar a que no los agarre de lleno y seguir pescando hasta completar la cuota en la que se había empeñado. En menos de dos horas la logran, calcula, y tampoco es seguro que la tormenta los embista. Además, así hubiera habido alguna posibilidad de aceptar que salieran corriendo como gallinas ante el temporal, el irrespetuoso y desfachatado «ya ya» de Javier lo habría hecho imposible. «¿“Ya ya”? Vas a ver lo que es “ya ya”, pendejo», piensa con odio el padre.

—¿«Ya ya»? —pregunta en voz alta, como un eco y casi asfixiándose.

La rabia le produce un poderoso deseo de mostrarse venenoso, pero es tanto lo que quiere decir que no logra articularlo.

«Se necesita mucho más que dos debiluchos incapaces de vivir por su cuenta a los veintiséis años, maldita sea, para que salga yo corriendo sin que me haya salpicado siquiera la primera espuma. La mamá se cagó en ellos

por mimarlos, se los digo yo. ¿Irnos cuando los pescados casi se están metiendo ellos mismos en la lancha? ¡No me crean tan imbécil!». El padre, que siempre incluye a los dos mellizos en sus juicios, no tiene ahora reparo alguno en considerarlos cobardes, así sea evidente que a Mario le importaría muy poco acabar flotando bocabajo en el mar entre los desechos vegetales y plásticos que las tormentas producen, y que la muy justificada inquietud de Javier está lejos de convertirse en pánico. Pero juzgar a sus hijos con severidad se le ha convertido en hábito, en pasatiempo casi, y ya lo tiene sin cuidado la verdad de los hechos. Que a los veintiséis años no hayan sido capaces de independizarse, según él, le da derecho a todo.

Javier nada responde. El padre se calma a medida que se concentra en el manejo de sus cordeles, y tan seguro está de sí mismo que se olvida de la inminente tormenta y, sobre todo, de los sentimientos de sus hijos, palpables como ráfagas de viento. El tobillo palpita. Se enciende la linterna en la cabeza de Javier, que alumbra uno de sus cordeles para remplazar el anzuelo que un pez acaba de llevarse. El padre mira sin afecto el perfil de su hijo. Las olas que llegan son cada vez más altas, aunque lentas, y la lancha al bajar no alcanza a producir vértigo. El padre ha sacado peces a dos manos, literalmente; muchos más que sus hijos, piensa, pues ellos temen que todo y todos vayan a terminar en el fondo del mar, y por eso trabajan sin ganas, tan jóvenes y tan flojos que son, gente sin empuje, sin convicción. «Y véanlo fumando otra vez», piensa al ver el humo que opaca el brillo de la linterna en la cabeza de Javier.

—La luz —dice Mario. Pasan los segundos y Javier no apaga la linterna

—. La luz, güevón. Sí que jodes tú con eso, ¿no?

El padre tirita por la fiebre, que empieza a aumentar. Antes de que se apague la linterna alcanza a vislumbrar las masas de agua que han empezado a levantarse y a hundirse bajo la lancha. Llevado tal vez por la fiebre, las juzga a la vez con admiración y con desprecio. En las tardes de aguardientes en Playamar, el padre acostumbra decirle al turista que él, el padre, le tiene mucho respeto al mar; pero no lo dice porque en realidad lo sienta así, sino porque la frase es sonora y es además el lugar común que a los turistas que vienen de Antioquia les gusta oír y, luego, como alguna

artesanía local, llevarse de recuerdo a sus montañas, donde la repiten para admiración de aquellos que no han visto nunca el mar.

Antes de comprar la hectárea y media del hotel, el padre analizó el sector durante varios meses. Para él seguía siendo un misterio el gusto de la gente de Medellín por achicharrarse bajo el sol sobre la arena caliente. Pero eso no era asunto suyo. Lo que sí había entendido desde el principio era que de aquel impulso, tan poderoso e inatajable como el desove de las tortugas, los dueños de cabañas hoteleras de la región sacaban plata por montones, y que no había nada que le impidiera a él hacer lo mismo. Así que miró las palmas, miró la amplitud de la playa, constató que el subsuelo tuviera abundante y accesible provisión de agua dulce, calculó la cantidad de unidades que podría construir en una primera etapa, hizo números, pagó la tierra y comenzó a levantar las primeras tres cabañas, que se pagaron pronto y dieron el dinero para otras siete. Aunque Nora y los niños estaban con él, y ella aún no se había enfermado, el padre nunca la tuvo en cuenta e hizo todo como si estuviera solo.

El color del mar, la blancura de las playas, los alcatraces que cruzaban frente a su propiedad le gustaban, por supuesto, pero tanta era la repetición por parte de ciertos huéspedes de lo bello que era aquel lugar y de lo mucho que valía la pena cuidarlo, que las alabanzas terminaban por producirle cierto malhumor, exasperarlo, como si se viera obligado a oír manifestaciones impúdicas de amor. Y aunque estaría dispuesto a vender la propiedad, sin pestañear, a quien le diera lo que él pedía, sentía sincero apego por ella y hasta cierto punto la trataba con cariño. Con la idea de dar un toque ambientalista, bueno siempre para el negocio, puso basureros de plástico verde abrazados a los troncos de las palmas y avisos en las duchas, que decían: «El agua es de todos, cuídela». Pero era realista y se ahorró los costos de un nuevo pozo séptico al poner las aguas negras de las dos cabañas del fondo a fluir por tubos directamente hacia el manglar. Se sentía el olor en esas cabañas, y solo en ellas, y muy pocos turistas se quejaban.

La mayoría pensaba que era así como olía a veces el aire en el mar.

Cae un rayo no muy lejos de la lancha y el resplandor la vuelve de mercurio. El padre queda enceguecido y aturdido. Está erizado de fiebre en

lo más profundo de la oscuridad, la que sigue al relámpago, y otra vez le castañean los dientes.

—No me jodás ahora con eso, ¿sí? —le dice al rayo o al responsable del rayo—. ¿Con que muy alzadito? A mí no me vengás con ruidos y maricadas, que aquí lo que tenés es un hombre.

Elevado en medio de la total oscuridad por la ola, junto con la lancha y sus dos hijos, el padre empieza desde lo alto a recobrar uno de sus cordeles.

Un pez de los poderosos, una barracuda tal vez —aunque da unos tirones extraños, parecidos a los que daría la mano de un ser humano u otra criatura inteligente—, le ofrece una pelea que hace que el padre no se dé cuenta de que la lancha cada vez sube más hacia la negrura más alta y desciende cada vez más hacia lo profundo. El temor que nunca sintió por el temporal empieza a sentirlo por el pez que trae enganchado. El tobillo le produce relámpagos de dolor a los que hace tan poco caso como a los rayos que caen cerca y los iluminan mientras suben y bajan por las montañas de agua. Lo que está tratando de sacar del mar lo abruma y lo preocupa, pero no puede parar de recobrar cordel, a pesar de que el miedo ha estado a punto de hacer que suelte la caña, para que se hunda de una buena vez con el pez, en paz, en el abismo.

El orgullo y el coraje lo hacen resistir. El animal de pronto deja de tirar y es como si el cordel se hubiera roto o como si el padre nunca hubiera enganchado nada. Y cuando empieza a recobrarlo, el peso brutal otra vez aparece y debe entonces agarrar la caña con fuerza, para que el súbito tirón que sigue no se la arranque de las manos. A veces tiene la impresión de que se trata otra vez de un mero enorme.

Hay cosas que el padre ya no oye. No oye a Mario cuando le pregunta a Javier que qué será lo que le está pasando allá al viejo marica, y no oye a Javier cuando responde que en mal momento le dio por enfermarse. No oye a Javier cuando le dice a Mario que él, el padre, probablemente tenga el tobillo quebrado, ni a Mario responder que ojalá se le gangrene, a ver si aprende. Es posible que tampoco los mellizos alcancen por momentos a oírse entre ellos, pues los truenos han empezado a hacerse continuos,

aunque no estén todavía encima ni haya empezado a soplar el viento ni a caer la lluvia. Y, sobre todo, no oye el padre a Javier cuando dice que mejor sería emprender el regreso.

De repente está solo. El dolor del tobillo se hace tan externo como los truenos y los relámpagos, y los hijos desaparecen. Del abismo viene subiendo hacia la superficie, hacia ellos, algo que el padre desconoce y le produce horror, y deberá subir a la lancha. No es un pez. Delira. Con las olas altas se le confunden los límites y olvida que están a escasos quince metros sobre los corales y no sobre un abismo. «A mí no me van a avasallar, hijueputas», dice con voz que quiere ser firme.

Sin embargo, tiene miedo. Rara vez ha sentido miedo en su vida.

domingo, 12:01 a.m.

Mario oyó a su padre hablar solo en la oscuridad con voz de fiebre, con voz de loco, y se sintió desconcertado. ¿Y ahora qué? Su hermano encendió la linterna y Mario vio cómo su padre cortaba apresuradamente uno de los cordeles, retrocedía espantado y caía al agua. Javier dio un salto, lo agarró de los brazos y lo subió otra vez a la lancha, que se elevaba ahora en la cima de una ola grande.

—Vámonos, vámonos —dijo Javier, y Mario encendió el motor, que sonó menos que precario, inexistente casi, entre los truenos.

Desde el lugar en que estaban hasta la playa del hotel había dos horas, en condiciones normales. Ahora nadie sabía cuántas habría. Una y media, si navegaban a favor del oleaje; cuatro, si empezaban los ventarrones o el mar cruzado; la eternidad, fácil, si sobre ellos se desataba con toda su fuerza la borrasca. En cualquier caso tendrían que evitar el paso por las islas y dar un rodeo, a fin de aproximarse al golfo por aguas más profundas. Mario sentía

una exaltación parecida a la felicidad, no tanto por la aparente derrota del padre, hecho que en las circunstancias presentes no tenía demasiado tiempo de considerar y disfrutar, sino porque sentía que del timón del Evinrude traía sujeto el mundo.

Mario vio cómo Javier, sin consultar con nadie, lanzaba al agua las neveras con toda la pesca y también los pescados grandes que había en el fondo de la lancha. Lo vio sentarse entonces y alumbrar al padre, que decía disparates en la proa, con la cabeza entre las manos —ronco de pavor por lo que, según él, había estado a punto de sacar del agua—, y seguir alumbrándolo, como si temiera que en cualquier momento se arrojara al mar. «Ahora está de buen hijo, véanlo, el pendejo», pensó.

La lancha, alumbrada por su linterna, por la de Javier y por los relámpagos intermitentes, avanzaba por masas de agua que subían buscando la negrura más alta y bajaban atraídas por el fondo del mar. Mario tenía instinto para agarrar las olas en la oscuridad y se sabía mejor lanchero que su padre, aunque nadie se lo reconociera. Desde que tenía memoria había flotado en el mar: en troncos cuando era casi un bebé, después en balsas fabricadas por él y otros niños, y que movían impulsándolas en la arena del fondo con pértigas de mangle, en balsas provistas de velas rústicas, en botes de remo, en botes de vela y en lanchas de vela y de motor. Pero a veces, cuando iba con el padre, su presencia lo cohibía y cometía errores grandes, impensables para él en otras circunstancias.

—Viejo marica —murmuraba entonces.

«Viejo marica», pensó ahora. Las olas eran altas como casas, pero anchas como arrozales o campos de béisbol, y suaves en esa su amplitud. Y

aunque no dijo nada, Mario pensó que su hermano había hecho mal en arrojar la pesca. En peores mares había navegado, y la tormenta podía arreciar, es cierto, pero tampoco era seguro que lo hiciera. «La yerba a veces agranda los problemas, y uno ve las cosas como no son», pensó. «Por lo menos trescientos kilos se perdieron».

También estaba Mario en desacuerdo con la decisión de regresar. Si había emprendido el regreso sin chistar había sido por el placer de navegar

la mar gruesa, pero bien habrían podido quedarse donde estaban hasta que pasara la tormenta, pues, así los alcanzara, ya no les iba a llegar con mucha fuerza. En un instante en el que la lancha se sostuvo en el tope de la ola, a Mario le pareció ver al frente las luces de una de las islas. Ni para qué preguntarle a Javier. El padre con su vista aguda sí podría confirmarlo, pero mírenlo cómo seguía allá, hecho un bulto. A pesar de la euforia, Mario no podía evitar cierta sensación de sobrecogimiento por el estado en que se encontraba su padre. Ni él ni Javier lo habían visto jamás postrado, ni siquiera las raras veces que había bebido demasiado o padecido gripas. Y

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