Temporal
Temporal
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Sabe bien que sus hijos se alegran de verlo derrotado.
9 a.m.
«Se pone a jalar hasta que el cordel se le revienta, viejo marica», piensa Mario, que no había estorbado abiertamente, aunque sí mostrado cierta lentitud de movimientos mientras su padre luchaba con el pez.
Lo ve sentarse en la segunda banca, derrotado, sacar dos huevos duros y una arepa, partir con golpes excesivos los huevos en el borde de la lancha, descascararlos con desprecio, dejar caer las cáscaras sobre la cama de peces que chapotean en el fondo, ponerles sal y empezar a comer mientras mira el
agua con sus ojos negros e intensos. Mario decide esperar a que su padre termine de comer y regrese a su banca, para ir por su desayuno sin tener que acercársele.
—Pasame un termo —dice el padre, y Mario finge no oírlo—. Pasame el termo, ¿sí?, no te me hagás el pendejo —dice, y Mario, apoyándose en el hombro de Javier, que recobra uno de sus cordeles, lleva el termo, pero no se lo entrega, sino que lo pone en la banca que hay entre la del padre y la de Javier, donde se verá obligado a hacer un movimiento para alcanzarlo.
El aire está menos frío y ya se presiente el mazo del sol. Cuando el padre, con el café en la mano, se mueve otra vez hasta la proa y se aleja de la nevera de la comida, Mario se apoya otra vez en el hombro de Javier —
que acaba de quitarle el anzuelo a un tiburoncito como de medio metro y se dispone a devolverlo al mar— y saca dos huevos y dos arepas, aunque sin poder evitar, por la relativa cercanía del padre, que sus movimientos se le hagan demasiado veloces y algo furtivos, como los de un mico ladrón.
«Viejo marica», piensa cuando se da cuenta de que en la prisa se ha olvidado de la sal. Se la pide a Javier, que deja de cebar el anzuelo y lanza el salero, para que lo agarre en el aire. Desde el comienzo de la adolescencia Mario viene usando la expresión «viejo marica» para referirse a su padre.
—Pendeja tu abuela, viejo marica —dice ahora entre dientes.
—¿Qué dijiste? ¿Qué dijiste? Cuando hablés, hablá claro, ¿querés? Así nos entendemos.
—A ver, a ver. Silencio. Dejen pescar.
En la época que siguió al despertar de la conciencia, esto es, en los días de la euforia por la presencia del sol, del mar, del mundo, Mario había alcanzado a sentir gran apego por su padre. Fueron los días en que su padre y el mar y los manglares eran lo mismo. El padre y las canoas y las lanchas y los motores fuera de borda. El padre y las atarrayas y los anzuelos y las cañas de pescar. Y nadie habría podido pensar entonces que ese afecto empezaría a desaparecer con rapidez poco antes de la adolescencia y terminaría por convertirse en rencor.
Grande había sido la maravilla del niño durante los recorridos de pesca con su padre por los manglares de la ciénaga, tan llenos de silencio como de ruido, tan llenos de oscuridad como de luz. Tenía ocho, nueve años. «Gotear de los remos caño arriba, íbamos en silencio entre los mangles, quietas nuestras vidas en medio del bullicio cercano de los pájaros», habría recordado el mellizo, si hubiera sido persona dada a las palabras. «La luz de la mañana venía del cielo y se volvía espesa bajando por las ramas, metiéndose en el agua, buscando el origen de los mangles que venían desde el lodo y tocaban el agua con sus ramas…».
El padre les señalaba a los mellizos, con el chorro de la linterna, espacios de agua del manglar, donde, poco antes de las seis de la mañana, la noche estaba aún intacta. En ellos brillaban los ojos de los caimanes. «En lo alto de los mangles alumbraban las garzas como si en ellas estuviera el origen de la luz. Y en la espesura del agua, más allá de más allá, estaban los caimanes. En el piso de la canoa, atadas unas a otras, movían las patas y tenazas seis jaibas, grandes como platos y rojas como brasas, y también había yo sacado varios róbalos».
En la época en que el niño alcanzaba el uso pleno de la razón empezaba la madre a perder la suya propia. La aflicción del mellizo por la enfermedad de la madre y la enfermedad de ella serían igual de infinitas, estarían llenas las dos de ruido y furia, y para él serían tan mudas e inexpresables como la magia del manglar. Las palabras nunca serían el fuerte de Mario, quien aun de niño tendía al silencio, a los monosílabos o a las frases cortas. Tampoco se aficionaría nunca a la lectura ni a los estudios. La pesca, la lancha y el amor por la madre eran lo suyo.
Al regresar del mar o del manglar, el niño llegaba a sumergirse en el ámbito de la madre, pasando así de un extremo al otro en un mundo del todo alucinado: los cantos de la multitud, que al principio venía solo a visitarla y después se quedó del todo, y que a veces él alcanzaba a oír; las personas que iban y venían por los dos cuartos, por la sala y la cocina, por el techo y por el baño, y que él a veces alcanzaba a ver; y, sobre todo, las cosas que ella decía —«cuando nazca el niño me voy de esta casa»—, que lo dejaban tan perplejo y asustado que Javier, para calmarlo, debía decirle
que no hiciera caso de todo lo que ella decía, que no había ningún niño ni qué nada, ni había ningún lugar al que ella fuera a irse. «No creas todo lo que te dice, eche, que está loca…». Javier tenía ocho, nueve años, y parecía de doce.
Llegaba, pues, Mario a la casa de su madre y entraba en un universo de sobreabundancia, desmesura y miedo, en el que eran más impresionantes las frases incomprensibles que las comprensibles, aunque unas y otras inundaban al niño por los cuatro costados y lo dejaban náufrago.
—Flor de belladona que crece junto a mi rostro —decía la madre.
—¿Cómo?
—Noche certera, noche de corneja, albaricoque el mío. ¿Cierto, Mario?
—¿Es una canción?
Su madre había estado en la universidad, usaba palabras raras y le pasaba libros a Javier o los leía con él. Desde que Mario tenía memoria estuvieron allí los libros de su madre, por tamaños, sobre las repisas, no como los ponía su hermano, tirados por todas partes en el piso. Años después ella los empezaría a quemar uno por uno en el patio, a lo largo de los días, de los meses, mientras se reía en voz muy baja, jijijiji, como las brujas de las películas, hasta dejar en su casa solo las repisas vacías.
—Ave, ave negra que reza en mi puerta.
—¿Cómo?
La madre lo miraba y seguía hablándole con palabras llenas de color y de una lógica terrible que lo dejaban quieto en el sitio, como ante un potente foco de luz. El niño se sentía de pronto cansado, caminaba hacia la puerta y decía ya vuelvo, mamá, no me demoro. Se iba a caminar por la playa y al rato llegaban Javier y los hijos del administrador, y se metían todos al mar y jugaban en el agua con los maderos cilíndricos que usaban los pescadores para varar las lanchas. Ellos eran el motor, y los maderos, las lanchas…
Luego de desayunar, también Mario se sirvió café y le pasó el termo a su hermano, que comía con los ojos puestos en algún punto impreciso del
horizonte. El padre empezó a cebar los cordeles, cosa que hicieron poco después los mellizos, y otra vez sacaron sierras grandes, y cojinúas, y pargos de cuatro y cinco libras, y los kilos siguieron aumentando en el fondo de la lancha.
La tormenta se mantenía muy lejos y no había aumentado en extensión, pero sí en intensidad. Los relámpagos eran tantos, superponiéndose, que ahora se oía desde la lancha un ruido constante, como si en algún sitio remoto estuvieran removiendo piedras. Mario sacó una sierra muy grande, que resplandeció en el aire con destellos metálicos luego de haber peleado un buen rato y hacer que el nailon rasgara como un cuchillo la superficie del agua. El padre no tuvo más remedio que admirar el animal, aunque sin hacer comentarios y sobre todo sin mirar al mellizo. Ya tenían más de ciento cincuenta kilos, que no habían tenido tiempo de empezar a limpiar y acomodar en las neveras, y casi no perdían carnada. El mar seguía en calma. El padre enganchó otra sierra, y luchó con ella, y la sacó del agua, y resplandeció en el aire, y era más grande que la que había sacado Mario.
Sopló durante unos segundos una ráfaga de viento como empujada por alguna explosión lejana, y el aire otra vez se quedó quieto.
Las dos sierras abrían y cerraban la boca mientras miraban el cielo sin nubes, y se agitaban de vez en cuando sobre todos los demás peces en el fondo de la lancha.
10 a.m.
Nora quedó agotada de la fiesta. Catalina, su enemiga de toda la vida, y el grupo de una tal Carlota estuvieron muy odiosos, haciendo cosas que pasaban ya del erotismo a la cochinada. Cochinas. Y estuvieron hablando un rato largo, en búlgaro, sobre ella y riéndose con vulgares carcajadas búlgaras. Los perseguidores la injuriaban por la derecha y los protectores la
tranquilizaban por la izquierda. Agradables por un oído, insultantes por el otro. Al final llegaron Armando y su coro y ella tuvo relaciones con todos.
—Maldito el día que no lo alcancé a su vida —dijo Nora, que se había sentado en el corredor a meditar—. Vida de placeres junto a mí y que sola sin ti vuelvo a empezar.
Ya el sol golpeaba con fuerza. Algunos alcatraces se precipitaban como paraguas a las aguas que en ese mismo momento rodearían a sus hijos y a su marido, y, como ellos, pescaban peces parecidos a piedras. Nora se mecía en una silla que no era mecedora y se trenzaba el pelo con un dedo hasta que le dolía la cabeza y casi le salían lágrimas. Entonces se tocaba la cara con la punta de los dedos. Un perro negro pasó caminando por el piso como una cucaracha por el cielo raso.
—Lancha, lancha —dijo el perro.
—Calabozo le dio por almohada —cantó de pronto la multitud desde los cocoteros, sobresaltándola—. Lejos de su vida. Lejos de su casa. Imagen perfecta que ella perdería. Vida traviesa la de ella, juguetona desde la infancia. ¿Por qué, si hasta entonces había soñado sueños de mandarina, se enfermó su espíritu y su alma se partió hecha añicos y perdió la vida, sola, en manos de él?
El eco de las voces llegó a los manglares y después a la carretera y a las fincas ganaderas, más atrás, donde pastaban los cebúes en la mañana todavía fresca. Más tarde las reses escaparían de la calcinación, bajo los árboles.
—Cierto —dijo Nora—. Maldito. Que el agua te acoja y te lleve.
En el horizonte de la arena se fue formando un espejismo que se convirtió en aparición, luego en persona, luego en mujer robusta, y caminó hacia ella con un platón de cocadas sobre la cabeza.
—Avanza cadenciosa la población africana a ritmo de tambores —cantó la multitud.
—Bueeenas, doña Nora. Le traigo sus caballitos de papaya, sus caballitos de coco, sus dulces de tamarindo.
—¡Sus dulces de tamarindo! —cantó el coro desde los cocoteros.
Nora fue a la cocineta de la cabaña por un plato sopero, y la mujer lo llenó de dulces que los mellizos después le pagarían. Se puso en la boca un caballito de papaya entero, todavía tibio, y el azúcar crujiente le inundó de sabor los oídos, y ella cerró los ojos mientras el deliciosísimo sabor a sol de la papaya con azúcar bajaba y la recorría toda.
Que el coro sospechara o no sospechara lo que estaba ocurriendo en ese mismo momento carecía de importancia, pero algo sabrían, pensó Nora, pues todo el mundo había empezado a cantar:
—¡Peces, uno detrás del otro, uno, dos, tres, diga treinta y tres!
—Nos vemos, doña Nora.
—Viento —asintió Nora.
Pasó la cucaracha por la arena y por los parches de pasto ralo que había frente a la casa. Ella se sintió desconcertada, luego triste, y dijo:
—Borrascas de los mares que llegan a mi vida.
Supo que muy arriba, donde no podía verlas, volaban tres gaviotas negras, de picos y patas rojas, de esas que nunca están a poca altura y son muy bellas, aunque en algo recuerden a las aves de carroña. Tijeretas.
¿Habría muerto el Rey? Aterrador, aterrador. ¿Habría venido hoy doña Libe? ¿Habría terminado ya la mañana de este día en que se imponía lo imponderable en el mar? El tiempo de Nora, como el de todo el mundo, transcurría siempre en una sola dirección, hacia el origen, pero lo cruzaban fuertes ventiscas que la desorientaban.
Se comió el plato completo de dulces de papaya y de coco y sintió hambre de sal. Había desayunado temprano con huevos y bollos de maíz, y ahora quería pan con queso costeño y una Colombiana fría. Nora comía demasiado y se había engordado. De la bonita figura que había tenido antes de la locura no quedaba nada. «Mis piernas eran bellas y todos me querían
comer», dice a veces, sin ton ni son, a propósito de cualquier cosa, y la gente se desconcierta. Los medicamentos le dañaron los dientes y ahora le faltaban varios de los incisivos. Casi nunca se peinaba, aunque le gustaba bañarse, y pasaba gran parte del día en levantadora o en combinación.
En combinación, Nora fue a la cocina del hotel y le pidió a la cocinera pan y queso costeño y se sentó en una silla a comer. Desde allí no se veía el mar, pero se oía. Todas las mañanas las olas caían pausadas en el golfo y se iban agitando a medida que avanzaba el día. El queso costeño, muy salado, debía comerse a trozos pequeños y con mucho pan. El pan costeño era casi dulce; la Colombiana, muy fría, era picante por el mucho gas, espumosa.
De pronto el coro empezó a cantar con tanta fuerza que Nora no alcanzaba a oír lo que le decía la cocinera y mucho menos lo que a cien metros murmuraba el mar:
—Sol enrarecido. Venganza. Ventarrón, piedra y muralla.
—Sí —respondió Nora con calor, sin oír lo que la cocinera seguía diciéndole—. Cancelación y estupor.
La cocinera terminó de decir lo que venía diciendo, fuera lo que fuera, sonrió y se alejó flotando, gorda como un globo, a trabajar en el poyo, al lado de la estufa. El pollo voló, vuelto pedazos, y se precipitó en la olla. El plátano perdió las puntas de dos cuchilladas y fue despellejado; otras tres cuchilladas rápidas lo descuartizaron y también se fue al abismo. Flotó una pequeña nube de cominos. Flotó una nube mayor de achiote, como si un demonio color de zapote hubiera abierto las alas sobre la olla de lo que iba a ser el sancocho. Diez postas de róbalo esperaban, nítidas, en una tabla. Las yucas eran blancas, como nucas de ángeles. ¡Horrendo! El trópico, el trópico, pensó Nora.
Viento.
11:00 a.m.
Javier sacó otra vez la pipa y la marihuana, y fumó conteniendo el humo, soltándolo sin ruido y cuidando de que no le llegara a su padre. El sosiego que a veces emanaba de las cosas era lo que el viejo nunca en su vida había logrado disfrutar y no entendía. Estaba bien que a uno le gustaran la plata y los negocios, la codicia es el motor del mundo, pensaba Javier, pero tampoco había que crisparse tanto.
El sol caía con fuerza sobre la lancha desde el cielo sin nubes.
Javier sacó tres mandarinas de la mochila y le lanzó una a Mario y otra a su padre. Las recibieron sin agradecerlas, les quitaron la corteza, y una mancha de olor a mandarina se tomó la lancha y un intenso sabor a mandarina invadió a todos, y a Javier —por lo que había fumado— más que a todos. Pasaba el tiempo. Hablaban poco. Javier pensaba sin orden, y a veces era pensar, a veces admirar sin palabras el mar y el cielo y su limpieza, a veces admirar la tormenta que por el norte ya se había tomado la costa y la emborronaba. Pensaba en Mario. Pensaba en su padre, sin gorra bajo ese sol que cada minuto se hacía más violento.
Sacó de la mochila las sobregafas oscuras y las ajustó con un clic a la montura, para protegerse del sol que, a pesar de la visera de la gorra, lo obligaba ya a entrecerrar los ojos. En la primera caña se le enganchó una cojinúa no muy grande que sacó del agua luego de una lucha intensa, eficiente, corta. Los peces seguían picando. Cuando se quedó sin carnada, Javier lanzó la totuma para que cayera a los pies de su padre, que estaba sentado al frente de la nevera donde iba la mochila llena de sardinas y camarones.
—Carnadita, ¿sí? —pidió.
En los escasos cuatro metros cuadrados de la lancha todo se magnificaba y se hacía difícil.
—Los patos disparándoles a las escopetas —dijo el padre.
La totuma había caído con demasiada fuerza contra el revoltijo de agua y peces del fondo, y había salpicado y humillado al padre. Entendió Javier que su manera de pedir la carnada había tenido, además, el tono de una orden, especialmente por el diminutivo, y que a su padre le bastaba la sombra de una ofensa de parte de sus hijos para sentirse retado.
—¿Escopetas? —dijo, consciente de que el padre sabía que él, Javier, había entendido y que ahora se hacía el lento solo para exasperarlo.
Esquivó, ágil, la totuma, que habría podido hacerle una cortada honda en el caballete de la nariz y arrancarle las gafas. La totuma cayó a unos cinco metros de la lancha, y Mario, sin decir nada, se metió en el mar y la trajo en dos braceadas. Mario salió del agua, le pasó la suya llena de carnada a Javier y, goteando, fue hasta la nevera y llenó la que acababa de sacar del agua, cuidando siempre de no mirar al padre ni rozarlo.
Casi mediodía. Los peces habían empezado a picar menos. Javier pensó que, si se devolvían ya, la labor de todas formas habría sido excelente, pero ni Mario ni su padre iban a aceptarlo. Calculó en doscientos kilos lo que tenían. La mayoría de los peces boqueaba aún y algunos chapoteaban; pero, mientras picaran, Mario, el padre y él seguirían pescando, e incluso lo harían si dejaban de picar. Quedaba el resto del día y la pesca de la noche, de profundidad, cuando podrían sacar meros, sábalos y otras variedades grandes. Después, si el mar se ponía difícil, lanzarían por la borda el excedente.
Luego del incidente de la carnada el ambiente se hizo aún más denso y la lancha pareció ganar peso. Con una totuma Javier empezó a sacar el agua del fondo, que cubría ya el intrincado colchón de peces estremecidos o asfixiados. Sus movimientos eran precisos, secos, los de alguien que ha venido achicando lanchas desde niño. El padre, Mario, Javier, los peces, la lancha y el mismo mar eran un cuerno de abundancia al borde del abismo.
La brisa era suave. Del azul tranquilo era más que posible pasar en una fracción de segundo, pensó Javier, en cualquier fracción de segundo, a un mundo de confusión y muerte.
Terminó de achicar, se puso de pie y orinó en el mar. Pensó «qué tal si me volteo y meo al viejo güevón», pero no lo hizo, más por la costumbre del respeto que por miedo. Mirando el horizonte, en el que no había velas ni nubes, y sin orinar al padre, guardó el miembro en la pantaloneta y se sentó a pescar. Manejaba tres cañas y hasta ahora había tenido pocas pausas.
Prefería el camarón a las sardinas, pero el padre no le permitía que escogiera la carnada al sacarla de la nevera.
Entre las once y cincuenta de la mañana y las doce del mediodía no pasó nada. El reloj de Javier era grande, de los de buceo, y brillaba mucho en su brazo fuerte y velludo. Ninguno de los tres sacó peces en ese corto tiempo. Pero no era necesario que pasara nada notable para que la existencia misma fuera notable, y más que eso, admirable, por lo menos para Javier, a quien la marihuana ofrecía un mundo de gran detalle y lentitud.
Desde su sitio veía bien los brazos velludos del padre, muy parecidos a los suyos. Les detallaba las venas, como talladas en madera, y podía imaginar el poderoso árbol de sangre que se le hinchaba al padre a golpes con el bombear del corazón. «Debe de tener el corazón del tamaño de un coco verde, igual que las pelotas», pensó Javier absurdamente. Entonces vio pasar la cuña de alcatraces, rumbo a la costa, la siguió con la mirada y allá estaba la tormenta. El manchón gris era cada vez más amplio, cada vez más mineral, y los rayos lo iluminaban desde su interior como si adentro se estuviera produciendo, no un aquelarre, que es maldad humana, maldad mezquina, sino algo más grande e impersonal. También podía observar Javier con cierta impunidad desde sus gafas oscuras el perfil de su hermano, que, al parecer olvidado de sí mismo, se concentraba en los muchos cordeles, unos con caña, otros con carrete de madera, que lanzaba y colocaba con cuidado en el borde de la lancha. Mantenía además un cordel entre los labios. Ya Mario había separado algunos peces para carnada viva, que esperaban en un balde con agua, sin casi mover las aletas ni las branquias, a que los engancharan por la noche al hierro de los anzuelos y a que después meros y jureles, al quererlos devorar, también murieran. Javier pensó de pronto en la muerte de su padre. Solo la muerte existe, pensó, un
poco agobiado por estas, las imágenes más recientes que la marihuana le estaba trayendo.
Para distraerse de los pensamientos oscuros, más que por la sed, le pidió a su hermano un garrafón de agua. La manzana de Adán, justo debajo del límite de su barba muy cerrada y bien afeitada, subió y bajó muchas veces ante la mirada del padre, que pareció haber adivinado, pensó Javier, lo que le había estado pasando por la mente.
Las doce. Sintió la mirada de su padre en la nuca durante un buen rato; giró la cabeza cuando supo que había dejado de mirarlo y lo vio lanzarse sobre una de sus cañas y casi irse al agua, por el impulso y por el tirón del pez. Al final, el tamaño del animal que saldría del mar —después de una pelea difícil en la que el padre parecería estar sacando del fondo una motocicleta o una transmisión de jeep— sería demasiado poco, seis kilos escasos calcularía Javier, para la resistencia tenaz que había mostrado. «Así son los jureles», pensó. Miró con cierta curiosidad a su padre, que se veía tenso, crispado, triunfal. «El viejo hijueputa y el mar», pensó Javier, y empezó a buscar la pipa de la marihuana en el fondo de la mochila.
12:00 m.
Yo soy el turista que se protegía del solazo del mediodía en su tienda de campaña, y a ratos leía y a ratos miraba el mar. Estaba sentado en una silla de lona en la especie de patio delantero de la tienda, bajo un alero amplio de tela de nailon verde limón sostenida por dos tubos de aluminio, livianos como plumas y fuertes como huesos. Mi mujer y mi hijo dormían en la carpa, detrás de mí, ella en su bikini, él en bola. Mi hijo tenía dos años y era muy bello y grande y sano. La carpa era excelente, fácil de armar, fácil de cargar, regalo de la hermana de mi mujer, que vive en Miami y compra siempre lo más caro y moderno. «Es más lujosa que muchos hoteles que
conozco», le dije, a manera de agradecimiento. Es más, yo opinaría que era la mejor tienda de toda la isla, la más liviana e impermeable, la del verde más limón, y probablemente la mejor que se ha armado nunca en estas playas.
Tenía yo treinta años, los mismos que mi mujer. El deseo por ella a veces no me dejaba en paz y me consumía los días. Ella me deseaba también, así que el amor era lo que a veces nos consumía los días. ¡Qué hermoso es el mar a mediodía! El padre y los mellizos habían pasado justo frente a esa playa horas antes, mientras nosotros dormíamos. La gente de la isla los conocía, por supuesto, y comentaría que había sido una gran imprudencia de su parte salir a pesar del posible temporal que se venía.
Yo había conocido a los muchachos hacía un año en Bogotá, en el bar-restaurante de un amigo común. Estaban visitando a la abuela paterna, que vivía en el barrio Teusaquillo. En el bar los mellizos me hablaron de sus vidas. No me dijeron mucho sobre la madre, aparte de que estaba enferma, ni hablaron demasiado mal del padre. Elogiaron el mar y los manglares; hablaron de lo mucho que yo disfrutaría algunos días en el hotel, «a ti que te gusta tanto pintar el agua». Yo acababa de publicar de mi bolsillo, mejor dicho, del mío, del de mi mujer y también del de algunos amigos, un libro ilustrado, con poemas muy cortos del mar, las lluvias y los ríos, libro que yo mismo repartía en persona, uno por uno, como considero aún que debe distribuirse la poesía. Le regalé un ejemplar a cada mellizo, claro, con abrazo y todo, autografiado.
Me cayeron bien, cada uno a su manera. Mario era buenmozo, parecido, exagerando un poco, a algún joven de los que pintaban los artistas del Renacimiento. Tenía la piel demasiado dorada y un poco manchada, y los bucles rubios se veían quemados y pajizos por el sol. En sus ojos claros había siempre un punto, una astilla de azoramiento, o terror, o angustia, como si una parte muy importante de su alma se hubiera quedado agazapada y agobiada en algún lugar de la infancia. No se parecían en nada el uno al otro. Javier era de rasgos fuertes, como los del padre, y así como había una astilla de terror en la mirada de Mario, en la de Javier había otra, no tanto de crueldad, ni de falta de piedad, sino de audacia, dureza,
disposición de tocar los límites. Cuando comenzaba a beber, uno sentía algo de zozobra, pues esa especie de alegría que empezaba a transpirar era luz peligrosa si las circunstancias se daban. Y así se dieron esa noche en el bar del amigo. Ya muy tarde, en el momento de cerrar, cuando hacía rato yo me había emborrachado y dormido en una silla, Javier se involucró en una riña callejera, a la que se unió Mario, justo al frente del local. Y supe que ellos dos solos habían terminado por hacer que los otros, no sé si pandilleros o atracadores, en todo caso muchos, soltaran sus cuchillos y corrieran.
Antes de viajar a la Costa, yo había pasado por una de esas maravillosas librerías grandes de segunda que hay en Bogotá y comprado los quinientos mil pesos en libros que me había encargado Javier. Llevé una lista con lo que ya él tenía y escogí los demás según mi gusto. Compré muchas cosas que él no conocía o no tenía, pero no tantas como pensé que alcanzaría a llevar con ese dinero. Nunca es mucha la plata para eso de comprar libros, así sean usados, y al fin cupo todo en dos cajas pequeñas de cartón que no dieron demasiado trabajo de cargar y que Javier me recibió en el aeropuerto de Montería, a donde había ido en el jeep del padre a recogernos.
Ya en el hotel no pude conversar mucho con ellos, pues estaban demasiado ocupados atendiendo a los demás turistas. Con Javier solo me tomé algunos tragos el día de mi llegada, y algo hablamos de libros y de poesía. Después lo vi poco, pues él andaba llevando turistas a la ciénaga en la lancha, o sacándolos a esquiar. Mi mujer, el bebé y yo estuvimos solo tres días en Playamar. El ambiente estaba demasiado cargado, mucha mucha bulla, mucha música de Rodolfo Aicardi y Los Graduados, mucha gente caminando por la playa con botellas de aguardiente en la mano, y resolvimos irnos para las islas.
La señora que allá nos vendía la comida aconsejó a mi mujer que durmiéramos en su casa esa noche, pues, con la leva, el agua podría entrarse a la playa donde teníamos la carpa y arrastrarnos con todo para el mar.
Tenía un cuarto con tres hamacas, así que esa noche dormimos en hamaca.
El niño se hizo amigo de los hijos de la señora, y era una maravilla verlo jugar con esa belleza de niños negros.
Pinté varias acuarelas de la tormenta, que estaba muy lejos, pero que, según todos decían, en cualquier momento se nos podía venir encima: el turquesa emborronado por el gris, por los muchos grises, que en mis acuarelas a veces eran azules oscuros. Cuando dejaba de leer, pintaba; y cuando dejaba de pintar, leía unas novelas muy cómicas de alguien de apellido Ibargüengoitia, que es el escritor con apellido más largo y complicado de todos los que he leído en mi vida, y en uno y otro caso estaba ante todo pendiente de que mi mujer se hubiera quitado o puesto el vestido de baño, o puesto esas camisas que tenía, de algodón blanco adornado con bordados, y que dejaban transparentar los pezones, pues sostén, a pesar del niño, no necesitaba todavía.
—Es como si fueras toda de coral moreno —le dije, y ella se rio.
—Como poeta romántico te morís de hambre. ¡Coral moreno! —
exclamó, asombrada por la imagen tan fea.
¡Cómo se le pudo ocurrir semejante adefesio! Yo era y soy su mujer, la de coral moreno, y la mamá del niño, que está ya terminando bachillerato aquí en Nueva York, donde vivimos desde hace ya algunos años. Mi marido sufre, pues cree que a veces no dejo que se me acerque de verdad, y ni se imagina lo mucho que lo amo y lo mucho que se me acerca. Pero se pone algo pesado con tanta libido como le agarra a ratos. En fin. Los muchachos y hasta el padre me habían caído bien: el padre porque era buenmozo y muy atento y servicial y coqueto con las señoras bonitas como yo, y los muchachos porque eran niños, niños, niños, y estaban demasiado desvalidos.
Cuando estábamos en Playamar yo había ido a la casa de la madre y habíamos charlado un rato en el corredor. Ella debió ser muy bonita, eso se veía, pero se le habían dañado los dientes y tenía la cara abotagada. Y era muy gracioso todo lo que decía. «¡Ay, no, mi amor!», decía. «Esto aquí es maravilloso y todo, pero las de Carlota se lo cagan». Le pregunté que quién era Carlota y me indicó que me arrimara para decírmelo al oído, mientras ella miraba con recelo las tablas del cielo raso, que eran tan bajitas que no te dejaban ni respirar, como si Carlota estuviera en el techo y la pudiera oír.
«Es la que manda la parada en ese grupo de sinvergüenzas», me susurró durísimo en el oído y me señaló las ventanas de la cabaña, como si todas las sinvergüenzas del grupo de Carlota se estuvieran asomando por los postigos.
Allá a todo lo llamaban «cabaña». Un cuartucho era una cabaña y una casona de mafiosos también, así tuviera grifería de plata, con tal de que estuviera frente al mar y tuviera algunas cosas de madera. Por ahí vimos unos cuchitriles donde embutían a familias enteras que iban de barrios pobres de Medellín. Por la noche se sancochaban de calor, porque a veces los ventiladores no funcionaban. No tenían mucha plata, pobrecitos, y con tal de estar en la playa se metían donde les dijeran. Entramos David y yo por curiosidad a ver unas tales cabañas de esas, y resultaron ser cuartos en hilera, cada uno con una cocineta minúscula y un baño tan pequeño que el agua de la ducha casi caía en el inodoro. Diez «cabañas» en total, en hilera, bajo el mismo techo, al frente de otra hilera de diez, debajo de otro techo, y con un patio con lavadero en la mitad, donde las turistas lavaban y colgaban la ropa interior. Todas estaban llenas, qué pesar, como un inquilinato, y la gritería era grande. Claro que la gente parecía contenta. Había por lo menos dos radios prendidos. Algunos niños iban desnudos de la cintura para abajo, otros de la cintura para arriba. Además, había en el patio una belleza de lora verde, de cabeza grande y amarilla. Silbaba Los guaduales, y David dijo que era la única versión de los tales Guaduales que hasta el momento le había gustado. A veces dice cosas graciosas el bobo ese. O por lo menos a mí me parecen graciosas.
La mamá de los muchachos me invitó una tarde a caminar por la playa.
Se llamaba Norma, y el demasiado apetito que le producían las drogas psiquiátricas la había puesto gorda y barrigona. No Norma, Nora, Nora. La levantadora con la que salió a caminar se le subía un poco por delante, como si estuviera embarazada. Antes de salir me dio pesar y la peiné con un cepillo que traía en mi mochila, para que por lo menos no estuviera desgreñada. Le puse un poquito de mi maquillaje. Me sonrió y vi que le faltaban varios dientes. Y era hasta raro, pues estaba muy estropeada, pero
todavía uno se daba cuenta de lo bella que había sido. O será que me cayó bien, la pobre loquita.
Me habló de lo mucho que la querían los muchachos, los dos, que todas las semanas iban a Egipto y a la India a traerle regalos. «La semana pasada me trajo Mario un sari precioso, precioso, de Bombay», dijo, y le brillaron los ojos por amor a su hijo. Me la imaginé toda desdentadita e hinchada, envuelta en un sari anaranjado. Después me dijo que ella era una reina persa. Y yo caminaba y casi ni tenía tiempo de mirar las conchas de la playa, ni las garzas que pasaban, por oírle los detalles de su reinado persa, y ella no paraba de contarlos, pues le inspiré confianza. Llegamos hasta un sitio que llaman La Caimanera, un manglar, y nos devolvimos. Nos tocó una belleza de atardecer, con el sol anaranjado que se metía en el mar. Nos paramos a mirarlo. Nora se quedó callada y vi que se sentía feliz. La abracé y nos pusimos a llorar.
1:00 p.m.
El sol contribuía a nublarle el juicio al padre. Nunca usaba gorra, pues le estorbaba, y como tenía el pelo grueso, crespo, abundante para su edad y muy pegado al cráneo, pensaba que el sol no le llegaba. Sentía resaca por los aguardientes de la noche anterior, y le pidió una cerveza a Mario, quien le contestó que solo habían traído agua y Coca-Cola. Cuando el padre lo trató de pendejo, Mario respondió con un insulto, y de no ser porque el padre estaba débil por la resaca y por el sol, el mellizo habría recibido una bofetada y se hubiera producido una pelea.
El padre dio la orden de ir a comprarlas a una de las islas. Sabía que a los mellizos no les hacía gracia el viaje, ni la interrupción de la pesca, y alcanzaba a sentir en el aire lo mucho que lo estaban detestando. «Donde manda capitán no manda marinero. Uno a los hijos no puede dejar que se le
monten. Así aprenden. Que me odien si les da la gana», pensó. «Y que se atrevan a algo, si es que son tan hombres».
Encendieron el Evinrude y se enrumbaron a la isla. «No puede ser que a mí me toque siempre estar en todo», pensó el padre. «La Coca-Cola sabe a jarabe para la tos, con este sol tan bravo. Las cervezas eran de sentido común. Hay que aprender de los propios errores». Cuando al padre le va disminuyendo el malhumor, no solo empieza a pensar con menos palabrotas, sino que le vienen a la mente expresiones como «aprender de los propios errores» o «eran de sentido común», las mismas, por cierto, que emplea siempre al hablar con los huéspedes. En una época había acostumbrado a usarlas en tono conciliatorio también con sus hijos —«es que es de sentido común, putamente, Mario, traerse algunas cervezas para un viaje como este ¿o me equivoco, a ver?», habría dicho en este caso—, pero el enojo de ellos se hacía peor y lo rechazaban con gestos o con palabras duras, pues pensaban que los adulaba para hacerse perdonar, y a él le volvía redoblada la rabia y debía contenerse para no terminar otra vez recurriendo a la violencia.
«Cuando trabajaba yo con el suzukicito aquel, vendiendo peroles de cocina por los pueblos, estaba más joven que este par de bellezas, y si se me quedaba alguna mercancía o se me olvidaba algo era solo yo el perjudicado.
Nadie me tenía que recordar lo que tenía que hacer… ¡Allá van las agujetas!», se admiró el padre mientras miraba los puntiagudos peces verdes pasar al lado del azul cielo del casco, en el verde-azul profundo del agua. Dejó vagar la mente por los pueblos de la Costa, a veces bellos, a veces no tanto, siempre de nombre sonoro, San Onofre, Santiago de Tolú, San Bernardo del Viento, por los que había pasado con peroles y campero cuando tenía escasos veinte años. En ellos había roto el corazón de más de una muchacha y de algunas que ya no lo eran tanto. Al padre su historial con las mujeres lo enorgullecía. «Mi prontuario», lo llamaba, usando, no una expresión propia, sino la de un amigo suyo de Barranquilla, abogado, que gozaba de un sentido del humor del que él, el padre, se mantenía más bien corto.
«Y estos dos que ni novias tienen y andan tras las faldas de la loca de la mamá como si todavía fueran niños. A ratos me dan lástima, sobre todo Mario, que es como tan… En fin. Ya sacaré adelante al par de güevones.
Algo de mi verraquera tuvieron que haber heredado. Lo que sí sacaron, sobre todo Javier —aunque Mario no lo hace mal tampoco—, es la muñeca para conseguir la plata. Se inventan cosas, como hacía yo, y se la rebuscan, eso hay que reconocerlo. Mario administra bien el restaurante y no deja que ni la cocinera ni los demás empleados se la monten, ni tampoco que se la monte el turista, que a veces jode mucho y es mejor tratarlo firme, firme, pero sin que vaya a sentir tampoco que no es él quien manda. El buen servicio es la clave, pero si uno se deja termina de esclavo del primer hijueputa que se consiguió tres pesos y se le subieron a la cabeza. Como aquellas dos parejas de franceses que llegaron esa vez a quejarse por todo y al final tuve que decirles no, esto aquí no es de cinco estrellas, pero es limpio y tiene el mejor mar de Latinoamérica. Si les gusta así, listo, les dije, si no, ya saben, señores, aquí no se secuestra a nadie. Y lo mejor fue que se quedaron, porque el hotel es bueno, al fin de cuentas, y seguro, bonito y barato.
»Con la tienda les ha ido más que bien a los muchachos. Hasta plata tendrán ya guardada por ahí en el banco, par de vivos. Si no fuera porque les gusta mucho la droguita ya hasta tendrían su carro y todo, pero en eso no hay fuete o regaños que sirvan, pues si uno quiere quedar hecho un bobo por la marihuana o por todo lo otro que consumen, que ni sé yo qué sea, pues no hay nada que hacer. Esperar a que ellos mismos recapaciten y sepan que si uno los estruja fuerte y los regaña es por su bien.
»Total ya estaban picando menos, o sea que no perdemos mucho por ir a traer las cervezas. Esta noche nos desquitamos con los meros y los pargos grandes. Miren lo enojados que van, sobre todo Mario. La mamá le ha dicho Marito desde chiquito y lo ha consentido tanto que es un milagro que no haya salido marica. Marica no es, le gustan las mujeres, pero no le duran. Bueno, a su edad a mí tampoco me duraban mucho que digamos, porque me tocaba estar yendo de un lado para otro para ganarme la vida. Ya cuando monté la ferretería en Montería me quedé más quieto y las novias
me duraban más. Lo malo con Mario es que medio se emborracha y las maltrata. Y no solo de palabra. A esa belleza de muchacha que tenía en Tolú, la morenita de ojos claros, hija de pescadores, alcanzó a darle su par de puños en una borrachera. Los hermanos vinieron a pedirme plata o lo agarraban a palo y yo les dije tóquenmele un pelo y van a ver lo que es bueno, hijueputas, y no les di ni un culo. Nada hicieron. La gente de la Costa a veces es pura alharaca y al final salen con nada. Me dijeron que me iban a dinamitar el hotel, porque es con eso que pescaban a veces, y les dije dinamítenmelo, hijueputas, y acabo con todos ustedes de uno en uno. No les dejo ni los perros. Después fui yo mismo a hablar con la muchacha, que tenía los ojos todavía hinchados, y le di unos pesos. Los hermanos hubieran agarrado los pesos y se los habrían bebido.
»Lo que es a mí, no me gusta pegarles a las mujeres. Mientras menos, mejor, lo mismo que a los hijos. Casi siempre hay la manera de arreglar las cargas con un insultico o un estrujón de nada, y a la larga todos salimos ganando. Es un asunto de sentido común. Ya está fumando marihuana otra vez este pendejo. Huele a plumas chamuscadas o a llanta quemada, ¿cierto?
No me explico yo cómo les puede gustar tanto esa basura.
»Tan bonitos que son chiquitos y tan problemáticos que se van volviendo. Vean a Manny. Me va a dar pesar cuando se ponga todo rebelde, como se van poniendo, y haya que aplicarle mano dura para que no me vaya a crecer torcido y agarrar las mañas de estos dos. Con él voy a empezar con el pie derecho. Lleva la ventaja de que no tiene mamá loca. Y es que Iris diligente no es, pero está muy buena, que es lo importante, y no tiene las tetas caídas, como se le cayeron a Nora. El culo sí lo tiene caído…, pero caído del cielo», pensó el padre y se rio en voz baja del chiste que le había oído hacía poco a su amigo abogado y le había causado mucha gracia.
«Para eso están las empleadas del hotel, para que barran y tiendan la cama mientras Iris se pinta de rojo las uñas en la mecedora. Come mucho y no hace ejercicio y si sigue así va a pasar de buenona a gorda. Tuvimos que llamar al médico para que le pusiera calmantes a Nora cuando Iris llegó con el niño, pero yo no estoy enfermo, yo, y no me puedo enterrar en vida con la loca, como seguramente querían este par de güevones. No es bueno que
el hombre esté solo y mucho menos que esté acompañado de una chifloreta.
Uno la cuida y todo, pero no puede dejar de vivir, y a mi edad ya no se tiene paciencia para visitar mujeres de mala vida por ahí y uno tiene que tener alguna permanente al lado, en la cama propia, para lo que se ocurra cuando se ocurra. A los locos hay que tratarlos con mano firme, pienso yo, o a nadie van a dejar tener vida, que es lo que no ha entendido nunca este par».
Un grupo grande de pájaros pequeños cruzó frente a la lancha, compacto y muy pegado al agua, como una sola criatura oscura. «Miren eso, miren eso», pensó el padre, que venía recibiendo el viento en la primera banca. Entonces apareció la sombra azul de la isla titilando sobre el verde turquesa del mar, sombra que fue ganando consistencia, se perfiló, alcanzó la solidez y finalmente se dibujó, inequívoca, con sus detalles de aves marinas y palmeras. Atrás, el turquesa contrastaba con el gris casi negro de la tormenta y creaba una raya verde oscura muy definida de separación a lo largo del horizonte. «Yo no soy creyente ni voy a misa y esas bobadas, pero en Dios creo. ¿O cómo más se explica uno esto? El único que está sobre uno es Él, no algún arzobispo o archiarzobispo, que orina y caga igual que uno. Para ver lo que estoy viendo no se necesitan curas ni iglesias. A estos dos, que eran una belleza a la edad de Manny, los bauticé yo mismo en el mar. Madrugué y me metí al agua con uno en cada brazo a las seis de la mañana, los dos empelota, apenas cumplidos los tres meses. Los bañé, los sumergí, berrearon como un putas, se los ofrecí a Dios, y lixto calixto, quedaron bautizados».
2:00 p.m.
Mario siguió con la vista a Javier, que se alejaba trotando en pantaloneta y sin camisa por el camino que se adentraba en el manglar. Habían varado en una pequeña playa de arena coralina que se abría entre los mangles. El
padre se sentó en un tronco a mirar el mar y a esperar. Mario, de pie, ceñudo, se quedó al lado de la lancha.
A mucha altura volaban sobre el mar decenas de tijeretas con su vuelo circular, solemne, que recordaba al de las aves carroñeras de tierra firme. En la playa, al borde de los mangles, había una pila alta de conchas de caracol del tamaño de melones, con el anaranjado del interior empalidecido por el tiempo. En la penumbra de los mangles alumbraba el azul de las bolsas plásticas desechadas. Cerca de la playa el agua era verde clara y del todo transparente, y el sol brillaba cegador en sus rizos y espumas, y también en la arena de coral pulverizado.
Pero el rencor hacía que a Mario lo dejara indiferente el esplendor.
«Qué vida triste la mía, eche, tocarme a mí quedarme aquí a mirar al comemierda de mi padre», pensó. «Hubiera ido yo, más bien, por las cervezas. Véanlo. Sentado como si nada, que pudiera yo darle un remazo en la cabeza por detrás y listo. Asunto concluido». El mellizo se sintió inquieto por lo que acababa de pensar y, huyendo de su conciencia, fue hasta la lancha por carnada y uno de sus cordeles. Caminó unos veinte metros con el mar casi llegándole a las rodillas, paralelo a la playa, que en ese punto estaba ya tomada por los mangles. Y, allí donde ya no podía ver a su padre, cebó el anzuelo, hizo girar el cordel en el aire, lo lanzó a unos quince metros de distancia, con tino, pues era algo que venía haciendo desde niño, y empezó a recobrarlo. Mario prefería el tambor de madera en la playa; en la lancha usaba caña.