Tras el olvido

Maya Blake · Capítulo 9 de 14

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Tras el olvido

Capítulo 8

 

BUENOS días, cariño –la saludó Emiliano en español.

–Buenos días, guapo. ¿Has dormido bien? –respondió ella en el mismo idioma.

Emiliano se quedó de piedra ante Sienna, que estaba tomando el sol en la terraza.

–¿Hablas español? –le preguntó.

Ella se sonrojó antes de responder otra vez en español:

–Un poco, pero lo estoy intentando.

Emiliano se sentó frente a ella a la mesa del desayuno.

–Yo diría que lo haces muy bien.

Ella sonrió antes de meterse un trozo de mango en la boca. Se limpió la comisura con la punta de la lengua y Emiliano se excitó al verlo. Entre aquello y el bikini blanco que llevaba puesto, cubierto a duras penas por un pareo casi transparente, Emiliano supo que la siguiente media hora iba a ser una tortura.

Llevaban en su isla situada enfrente de la costa de las Bahamas algo más de una semana. Y cada día era un reto para Emiliano, que tenía que luchar contra la irresistible tentación de tocar a Sienna.

Ella había ido apareciendo cada día con menos ropa, motivo por el que Emiliano había enviado a los empleados de la casa a sus alojamientos y solo permitía que Alfie entrase en la residencia principal.

–¿Cuánto tiempo llevas ocultándomelo? –le preguntó, concentrándose en servirse una taza de café solo… muy despacio… para poder así dejar de pensar en su piel.

Sienna sonrió todavía más. Sus ojos verdes se iluminaron.

–Me he despertado esta mañana y había recuperado la memoria. Recuerdo haber escuchado cintas, aunque no sé de dónde las saqué ni cuánto tiempo he estado aprendiendo. Supongo, por tu reacción, que no lo sabías. Así que… ¡sorpresa!

–No, no lo sabía –admitió Emiliano, que estaba muy tenso–. Y, sí, es una maravillosa sorpresa.

Esperó un par de segundos y añadió:

–¿Recuerdas algo más?

La sonrisa de Sienna menguó hasta desaparecer por completo.

–Sé… el motivo por el que nadie vino a verme a la clínica. Salvo tú.

–Dime –la alentó él.

Ella bajó la vista.

–Recuerdo mi niñez. Soy huérfana, Emiliano. Me dejaron con unas monjas en Surrey cuando era solo un bebé. Había un papel con mi nombre escrito en la manta en la que estaba envuelta. Las monjas me pusieron el apellido.

Dejó escapar una amarga carcajada. Sonaba muy parecida a la que le salía a él cuando pensaba en su propia niñez.

–Me abandonó una madre que solo se detuvo a escribir un nombre que debió de parecerle adecuado para la hija a la que no quería criar.

Se llevó la mano al vientre e hizo una mueca.

–Esa es mi historia. Ahora ya la sabes.

Emiliano vio tal vulnerabilidad en su mirada que no pudo evitar tocarle la barbilla.

–Eso no cambia nada. Eres quien eres, independientemente del misterio de tu nacimiento. Que una persona sepa de dónde procede no garantiza que haya crecido con cariño y aceptación.

Ella parpadeó, le temblaron los labios unos segundos, levantó la cabeza y ya había determinación en su mirada.

Asintió.

–Recuerdo algo más.

Emiliano tragó saliva.

–¿El qué?

–Suiza.

–¿Qué pasa con Suiza?

–Que recuerdo que tu hermano está en coma. Fuimos a verlo cuando volvíamos de Praga. ¿Fue en julio?

Él se sintió enormemente aliviado. Tomó su taza de café y le dio un sorbo.

–Sí, eso es.

–¿Y está…? ¿Ha habido algún cambio?

Emiliano recordó la última vez que Sienna le había hecho aquella pregunta, negó con la cabeza.

–Fui a verlo hace dos semanas. No ha habido cambios. Los médicos están barajando la posibilidad de utilizar un método experimental con él para despertarlo.

–¿Y es peligroso?

–Siempre hay riesgos, pero piensan que aguantará. Su actividad cerebral es prometedora. Los médicos opinan que ya debería estar despierto.

–¿Y entonces?

Él dio otro sorbo de café antes de responder.

–Espero que lo intenten mañana. Matías necesita despertar y vivir su vida. Por desgracia, mis padres tienen que dar su consentimiento. Y están… pensándoselo.

Le enfurecía pensar en que Matías estaba perdiendo días de vida por la indecisión de sus padres.

–¿Por qué? Cualquier padre querría ver bien a su hijo –respondió Sienna sorprendida.

Emiliano se dio cuenta de que Sienna afrontaría la maternidad como había afrontado los retos laborales en su empresa.

Lo que no sabía era qué pensaría en un futuro, si consideraría que él estaba a la altura como padre.

Los cálidos dedos de Sienna le tocaron la mano, devolviéndolo al presente.

–Porque mantenerlo en coma implica que Matías sigue vivo. Lo que ocurre es que mientras no despierte yo ocupo su lugar como hijo primogénito y tengo que asumir sus responsabilidades.

–¿Estás diciendo que lo están utilizando como peón?

Unas semanas antes, Emiliano habría contestado de manera afirmativa sin dudarlo.

–Tal vez no lo hagan a propósito, pero es evidente que su indecisión me afecta a mí.

–¿Siempre ha sido así tu relación con tus padres? ¿Siempre ha habido distancia y… amargura?

–Hasta el accidente de Matías, llevábamos más de diez años sin hablarnos. Me marché de casa con dieciocho años.

–¿Por qué? –preguntó ella en tono dulce, pasándole una naranja ya pelada antes de servirse un cruasán.

Él masticó y tragó antes de responder.

–Yo me di cuenta muy pronto de que Matías era el hijo predilecto. Yo era solo el de recambio, para cuando me necesitaban.

–Lo siento mucho, Emiliano –murmuró Sienna en tono sincero.

Su voz lo tranquilizó. Ella lo tranquilizaba. Así que continuó hablando.

–Dudo que se dieran cuenta del día que me marché.

–Seguro que sí.

–Tal vez. Matías me contó una vez que mis padres habían preguntado por mí, pero nunca les importó lo suficiente como para hacer una llamada de teléfono. Nunca.

–¿No intentó convencerte tu hermano para que no te marcharas?

Él asintió.

–Muchas veces, después de que le contase mi plan. Creo que a él le dolía admitir que era el favorito de nuestros padres. Cuando se dio cuenta de que tenía las maletas hechas y que iba a marcharme con o sin su ayuda, se rindió.

Sienna lo miró con tal comprensión que Emiliano se preguntó por qué no le había contado todo aquello mucho antes, y por qué le estaba contando en esos momentos una historia que ya tenía completamente enterrada.

Aquella era una versión de Sienna más abierta, que hacía que fuese más sencillo hablar con ella. Deseó alargar las manos y… Pensó que tal vez aquella también fuese una mejor versión de sí mismo.

Tomó el cruasán que Sienna le había puesto delante y le dio un mordisco. Guardaron silencio durante varios minutos.

Después, Sienna tomó otro bollo y le puso mantequilla, pero no se lo comió. En vez de eso, miró fijamente a Emiliano a través de sus largas pestañas.

–¿Y adónde fuiste? ¿Qué hiciste después de marcharte de casa?

–Yo tenía planeado quedarme en Buenos Aires y buscar un trabajo cualquiera, pero a Matías se le ocurrió otra idea.

–¿Sí?

–Me llevó al aeropuerto y me dio un billete para Londres. Me apuntó a clases nocturnas para que pudiese seguir estudiando mientras hacía unas prácticas que también me había buscado él en una entidad financiera.

–Vaya, eso es increíble.

A él se le cerró la garganta un instante.

–Sí, Matías era… es… increíble. A cambio solo me rogó que no me olvidase de nuestra familia y que les ofreciese mi ayuda cuando la necesitasen. No me pidió nada en más de diez años.

–Así que a ambos os abandonaron, a cada uno de un modo distinto, las personas que tenían que haber cuidado de vosotros –comentó Sienna, pensativa.

Emiliano no lo había pensado nunca así, pero asintió.

–Pero lo hemos superado.

Ella asintió ligeramente, no parecía muy convencida.

–¿Qué ocurre?

–Que no puedo evitar preguntarme si nuestras cicatrices afectarán a nuestro hijo.

Él empezó a negar con la cabeza antes de que Sienna terminase la frase.

–Lo haremos mejor por nuestro hijo, querida. Tienes mi promesa.

A Sienna le temblaron los labios y se le llenaron los ojos de lágrimas.

–Estás llorando otra vez.

En todo el año que habían estado juntos no la había visto llorar jamás y tenía que admitir que aquello también lo sacaba de su zona de confort.

Sienna se limpió las mejillas.

–Estoy bien, con las emociones un poco a flor de piel, ya te lo he dicho. Y, sí, esta vez es culpa tuya.

–¿Por haberte contado mis problemas?

Ella puso los ojos en blanco, se levantó de la silla y se sentó en su regazo. Emiliano contuvo un gemido al notar que lo abrazaba por el cuello. Sienna olía a crema solar y a mujer, era un olor embriagador. Y él no podía desearla más.

–Por querer tranquilizarme diciendo que este bebé no se arrepentirá algún día de haberme tenido como madre.

–Que eso te preocupe implica que te importa, por lo que el bebé será afortunado teniéndote como madre –respondió Emiliano a regañadientes, mientras sus manos se movían solas por los muslos de Sienna.

Ella se inclinó hacia delante, hasta que sus narices estuvieron a punto de tocarse.

–También será una niña afortunada por tenerte a ti como padre –le susurró, con los ojos llenos de lágrimas otra vez.

–Deja de llorar, querida. No me gusta verte llorando.

–De acuerdo, Emiliano. Haré todo lo posible por no molestarte con mis horribles lágrimas –le dijo ella, acariciándole los labios con el aliento.

Tanto su boca como sus pechos eran una pura tentación.

–No hay nada horrible en ti, guapa.

–Salvo las cicatrices de mi cabeza, pero te voy a dejar que ganes esta discusión.

Emiliano decidió que no era perfecto y que no pasaba nada por ello, así que inclinó la cabeza y probó sus dulces labios. Ella respondió al instante, como si estuviese tan desesperada como él.

La oyó gemir y notó que se apretaba todo lo posible contra su cuerpo, y Emiliano se dijo que tenía que parar aquello antes de que fuese demasiado tarde. Había salido a hablar de su futuro con ella. Era una discusión que había que manejar con delicadeza. Después de hablar con su padre había decidido continuar con su plan.

Había pensado mucho acerca de esperar a que recuperase la memoria antes de hacerlo, pero el médico ya le había advertido que la recuperación podía ser muy lenta.

Y, con cada día que pasaba, Emiliano iba perdiendo la convicción de que esperar fuese la mejor opción. Fuese lo que fuese lo que les deparase el futuro, iban a tener a aquel bebé. E iban a ser felices juntos.

Así que la besó hasta dejarla sin aliento, y después se apartó y la miró a los ojos.

Sí, estaba haciendo lo correcto.

–Esta mañana tengo cosas que hacer, pero me gustaría que esta tarde dieses un paseo en barco conmigo –la invitó, dándole otro beso rápido.

Ella sonrió.

–¿Adónde vamos a ir?

Él apartó las manos de su pelo y las pasó por sus hombros. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no tomarla en brazos y llevársela a la cama más cercana.

–Es una sorpresa.

El pedido que había realizado había llegado la noche anterior. El resto de preparativos estarían listos pronto, pero antes tenía que terminar la investigación que le estaba haciendo a Cabrera y encontrar su punto débil.

Se puso en pie con Sienna todavía entre sus brazos. Le inquietaba comprobar que pesaba mucho menos de lo habitual, pero ya había dado instrucciones a sus empleados para que lo ayudasen a cambiar eso. Y, por el momento, a ella no parecía molestarle que la cebasen.

–¿Adónde me vas a llevar?

–A tu segundo lugar favorito de la isla.

Sienna se echó a reír mientras él la llevaba hacia la piscina.

–¿Cuál es el primero?

–Una cama enorme, por supuesto. Tus ronquidos de felicidad hacen temblar toda la casa.

La dejó en una tumbona junto a la que habían colocado una mesa con bebidas frías y algo de comer. Emiliano estaba seguro de que Alfie se pasaría por allí de vez en cuando para asegurarse de que a Sienna no le faltaba de nada.

Ella se desató el pareo y lo dejó caer al suelo.

–Ten compasión, por favor.

Ella sonrió de manera descarada y muy femenina y se recogió el pelo en un moño mientras bajaba la mirada a su evidente erección.

–Hasta la vista, cariño.

Sienna se tumbó y empezó a ponerse crema por todo el cuerpo. Emiliano pensó que tenía que marcharse, pero antes la miró por última vez, clavando la vista en su vientre que comenzaba a estar redondeado. Sintió que se le cortaba la respiración.

Sí, estaba haciendo lo correcto. Ya solo tenía que asegurarse de que ella iba a aceptar.

 

Estaban dando las seis cuando Sienna oyó que llamaban con suavidad a la puerta de su dormitorio. Le dio la espalda al espejo y le encantó el modo en que el vestido blanco sin mangas que llevaba puesto flotaba a su alrededor. La razón le había hecho ponerse unas chanclas doradas en los pies aunque le habría gustado ir descalza. El camino que rodeaba la casa para llegar al embarcadero en el que tomarían la lancha que los llevaría hasta el yate de Emiliano era pedregoso y no quería arriesgarse a torcerse un tobillo o a caerse.

Se apartó el pelo moreno de los hombros, se puso unos aros de oro en las orejas y abrió la puerta.

Vio a Alfie vestido con una túnica blanca y unos pantalones oscuros.

–He venido a acompañarte –dijo, ofreciéndole el brazo.

Su sonrisa era tranquila, aunque la semana anterior Sienna había visto algo extraño en su mirada que había preferido no analizar. Sabía que Emiliano había dado, tanto a él como al resto del personal, una versión abreviada de su enfermedad y las instrucciones de que la cuidasen.

El camino que recorría el jardín y llevaba a la playa estaba bordeado de antorchas. Los grillos cantaban entre las coloridas plantas y las palmeras se mecían suavemente con la brisa. Sienna intentó disfrutar de todo, aunque tenía el corazón acelerado solo de pensar en la velada que la esperaba.

En Emiliano.

Se había pasado la mayor parte del día al aire libre, pensando en los secretos que él le había revelado. Y en el secreto que albergaba su propio corazón.

Quería a Emiliano. Quería estar con él, que fuese suyo. Y no porque estuviese embarazada, sino porque reconocía y aceptaba sus sentimientos por él.

Emiliano la estaba esperando al final del embarcadero. Iba vestido con unos pantalones blancos de sport y mocasines. Llevaba la camisa blanca de lino remangada, dejando al descubierto sus fuertes antebrazos bronceados por el sol. La brisa lo había despeinado, dándole un aire disoluto que amenazó con hacer que Sienna perdiese la compostura.

Emiliano tenía la mirada clavada en ella y alargó las manos para tomar las suyas al verla llegar a su lado. Le besó ambas mejillas y a Sienna se le aceleró el corazón mientras él aspiraba descaradamente su aroma antes de meterle un mechón de pelo detrás de la oreja.

–Buenas noches, Sienna. Estás preciosa.

–Gracias –balbució ella mientras Alfie arrancaba la lancha.

El yate estaba a tan solo una milla. Era un barco increíble, que brillaba bajo la luz del atardecer. Sienna ya había montado en él dos veces desde que habían llegado a la isla y le había encantado la experiencia.

No había hecho todavía una lista de cosas maravillosas, pero el yate habría estado entre las diez primeras, aunque, por supuesto, encabezada por el hombre que había apoyado la mano en su cintura para guiarla a bordo. En cubierta había una mesa para dos, adornada con un candelabro, con copas de cristal y cubertería de plata.

Uno de los empleados de Emiliano esperaba cerca y, a la señal de este, se acercó con dos cocos en los que habían servido un cóctel. Sienna bebió y gimió complacida al degustar la exótica mezcla de sabores.

De repente, el yate empezó a moverse. Iba a preguntar a dónde iban cuando recordó que era una sorpresa. Así que siguió a Emiliano, que la llevaba agarrada de la mano, hacia una barandilla con vistas a la puesta de sol.

–Es precioso –murmuró, maravillada.

–Sí que lo es.

Sienna se giró a mirarlo. Tenía la vista clavada en el horizonte, pero entonces la miró a ella y sonrió.

–Supongo que todavía no echas de menos Londres.

Ella estuvo a punto de contestarle que, a su lado, jamás echaría nada de menos, pero se contuvo. Le parecía demasiado pronto para expresarle sus sentimientos.

–No, todavía no, aunque estaba pensando que tal vez deberían hacerme una ecografía.

–¿Te encuentras mal?

–No –respondió ella enseguida–, pero según los libros sobre el embarazo, debería hacérmela.

–Si es lo que quieres, lo organizaré para que vengan a hacértela.

Ella sonrió.

–Ten cuidado, voy a pensar que quieres retenerme aquí, descalza y embarazada para siempre.

Emiliano la miró de arriba abajo.

–No sería mala idea.

Sienna se echó a reír. Él se rio también, pero su mirada era seria.

Terminaron las bebidas y se pusieron a charlar animadamente, continuaron mientras se sentaban a la mesa y disfrutaban de los calamares salteados y el pollo con arroz que los siguió. Sienna levantó la mirada, sorprendida, al ver que Emiliano se ponía en pie en cuanto les retiraron los platos.

–No te preocupes, querida, que vamos a tomarnos el postre allí.

Sienna siguió la dirección de su dedo y vio una playa desierta en la que había una enorme manta iluminada por dos antorchas altas.

Unos minutos después, Emiliano la llevaba en brazos por las aguas poco profundas hacia la playa. Alfie, que también había bajado del yate, dejó una nevera portátil junto a la manta y después volvió a bordo.

Ya en tierra, Sienna miró a su alrededor.

–¿Por qué tengo la sensación de que estamos solos? –le preguntó a Emiliano.

Él sonrió de medio lado.

–Porque lo estamos.

–¿A quién pertenece este lugar?

–A mí.

–¿Tienes dos islas en las Bahamas?

Él se encogió de hombros.

–En realidad, tengo cinco, pero ¿qué más da?

Abrió la nevera y sacó una sola cosa.

–¡Oh! –exclamó Sienna.

Emiliano se echó a reír.

–He pensado que te gustaría tomar helado de postre.

Ella tomó una cuchara con impaciencia.

–No sé cómo voy a sobrevivir sin él cuando regresemos.

–No te preocupes. Solo tienes que pedir todo lo que te apetezca y lo tendrás –le respondió Emiliano, dándole una ración de helado de mango con caramelo.

Comieron en silencio hasta que Sienna no pudo más. Entonces, Emiliano apartó la nevera y la abrazó.

Sienna llevaba toda la velada temiéndose que Emiliano continuase con su política de no tocarla y se sintió aliviada al comprobar que no.

–Gracias por esta noche. Ha sido maravillosa.

–De nada, querida.

Lo notó tenso y levantó la cabeza para mirarlo a los ojos.

–Hay algo más, ¿verdad?

–Sí.

–¿El qué?

–Ambos queremos lo mejor para nuestro hijo, ¿verdad?

Ella asintió con cautela.

–Por supuesto.

–En ese caso, pienso que deberíamos comprometernos de verdad.

Sienna tuvo que recordarse que debía continuar respirando, se apartó más de Emiliano para mirarlo mejor a los ojos y estar segura de que había oído bien.

–¿Comprometernos de verdad?

Él asintió con la mirada oscura. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una caja de terciopelo negro con un logotipo muy conocido, pero a Sienna le interesaban más las palabras que iban a salir de sus labios. Palabras que la dejaron boquiabierta.

–Sí, Sienna. Te estoy pidiendo que te cases conmigo.

 

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