Tras el olvido

Maya Blake · Capítulo 2 de 14

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Tras el olvido

Capítulo 1

 

SIENNA Newman salió de la ducha, terminó de secarse y se soltó el moño que había recogido su melena morena todo el día. Pasó la mano por el espejo cubierto de vaho y no pudo evitar sonreírse a sí misma.

La hermana Margaret, del orfanato en el que Sienna había pasado casi toda la niñez, le había dicho con frecuencia que tenía muchas cosas por las que sentirse afortunada. Aunque la matriarca del orfanato no habría aprobado aquella reacción puramente carnal de su cuerpo mientras se ponía en él una crema muy cara y pensaba en la velada que tenía por delante. Por suerte, la hermana M., como la habían llamado los niños, no estaba allí para ver aquella pequeña caída del estado de gracia. Porque Sienna tenía la sensación de que ni siquiera con los viejos ojos redondos de la mujer posados en ella habría podido contener la sonrisa.

Era el día de su veintiocho cumpleaños y había empezado de manera espectacular. Le habían mandado al trabajo cuatro ramos gigantes de calas y rosas blancas, sus flores favoritas, entre las nueve de la mañana y el mediodía, en todas las ocasiones acompañados de un impresionante regalo envuelto en papel de seda blanco y lazos de terciopelo negro. Lo único capaz de superar la impresionante belleza de la pulsera de diamantes que había llegado a las once había sido el conjunto de collar y pendientes de zafiros de las doce. No obstante, lo más especial de todos los regalos habían sido las notas manuscritas de Emiliano que habían acompañado a cada regalo. La letra era fuerte y dominante, como el hombre, sin florituras, pero las palabras de deseo y felicitación le habían llegado al alma.

La tarde había tomado un rumbo distinto, pero igualmente increíble, con exquisiteces culinarias que habían ido de los bombones al caviar, pasando por un único pastelito cubierto de un glaseado rosa y plateado sobre el que descansaba una vela encendida, para que la soplase y pidiese un deseo.

Y Sienna lo había pedido, por supuesto. Era un deseo que tenía desde hacía unos tres meses, cuando se había dado cuenta de que hacía casi un año que tenía una relación con un hombre que, hasta entonces, le había parecido inalcanzable.

El instinto de supervivencia desarrollado a causa de dolorosas experiencias anteriores le había hecho ignorar aquel deseo cada vez más acuciante, pero, con el paso de los días, había empezado a tener la esperanza de no ser rechazada en aquella ocasión.

Salió al dormitorio y su sonrisa menguó un ápice.

El único aspecto ligeramente negativo de aquel fantástico día había sido el tener que ser, una vez más, evasiva con sus compañeros de trabajo acerca de su vida amorosa.

La última vez que habían hablado de hacer pública su relación habían discutido.

Tras un acalorado tira y afloja sobre el tema, se habían retirado a la zona poco neutral del dormitorio, donde él le había expresado su enorme disgusto de manera muy apasionada.

Sienna se ruborizó al recordarlo, pero ya no pudo volver a sonreír.

Lo que también habría hecho que su cumpleaños fuese perfecto habría sido la presencia de Emiliano o, al menos, una llamada de teléfono.

Solo había recibido un correo electrónico deseándole feliz cumpleaños y una línea más en la que le decía que estaba ya subido en su avión, volviendo de Argentina. A ella le había alegrado saber que su viaje de cuatro días había tocado a su fin, pero también había ansiado oír su voz. Tanto que lo había llamado nada más llegar a casa, pero le había saltado el buzón de voz. Lo mismo que la mayoría de las veces que lo había llamado en los tres últimos días. Y la única vez que Emiliano le había respondido había sido brusco, monosilábico.

Intentó contener los nervios y se puso la ropa interior y el vestido que había tardado horas en comprar y que, finalmente, había encontrado en una pequeña tienda en el Soho. Era rojo, sin mangas, y le permitía lucir el ligero bronceado que había adquirido durante el fin de semana que habían pasado en St. Tropez. Se puso el collar y los pendientes nuevos, se peinó la melena, que le llegaba hasta los hombros, y se subió a unos tacones negros. Emiliano seguía siendo mucho más alto que ella incluso con tacones, pero una inyección de confianza siempre le venía bien.

Suspiró e intentó acallar a su vocecita interior que le decía que se lo habían arrancado todo en la vida, salvo su carrera. Y que lo siguiente que le quitarían sería lo que tenía con Emiliano. Se perfumó, tomó el bolso y el chal y fue hacia la puerta.

No quería estar nerviosa, pero no podía evitarlo. Saber que aquella noche se haría pública su relación la emocionaba y la asustaba al mismo tiempo. Le latía con tanta fuerza el corazón que estuvo a punto de no oír el mensaje que acababa de llegar a su teléfono.

Se quedó sin aliento al ver el nombre de Emiliano en la pantalla:

 

Pequeño cambio de planes. Cenaremos en casa. Van a llevar la cena

del restaurante. Dime si te parece bien. E.

 

Sienna volvió a sonreír y respondió enseguida: Perfecto. ¡Estoy deseando verte!

Lo envió, vio que Emiliano lo estaba leyendo y esperó una respuesta que no llegó.

Tragó saliva, volvió a meter el teléfono en el bolso y salió del dormitorio.

El restaurante al que habrían ido estaba solo a tres kilómetros del ático que compartía con Emiliano en Knightsbridge. Y, si Emiliano había llamado a su cocinero favorito, la cena debía de estar ya de camino.

Recorrió el pasillo y entró en el salón donde, Alfie, su joven mayordomo, ya estaba poniendo la mesa.

Este levantó la vista al oírla entrar y sonrió.

–Buenas noches, señorita.

Ella le devolvió la sonrisa.

–Al parecer, Emiliano ya te ha contado el cambio de planes.

–Sí. Y también me ha dado la noche libre –respondió él–. Esperaré a que llegue la cena y después me marcharé.

Ella intentó no ruborizarse.

–Gracias.

Alfie asintió y siguió poniendo la mesa, y ella fue hacia la zona del salón, decorado con todo tipo de lujos, donde la chimenea estaba encendida porque hacía una noche de noviembre muy otoñal.

Sienna se acercó a ella, tomó la única fotografía que adornaba la repisa y miró el selfie que ella misma se había hecho con Emiliano tres meses antes. Había sido un extraño momento de locura, un momento especial. Después de haber pasado la mañana y la tarde haciendo el amor, habían salido a dar un paseo por el parque que había enfrente de casa y ella le había confesado con tristeza que no tenía recuerdos de una niñez pasada en acogida. Emiliano había insistido en que inmortalizasen aquel momento. Y, aunque no había mirado hacia la cámara, acostumbrado a huir de los paparazzi, sí que había posado para la instantánea. El resultado había sido una fotografía en la que Emiliano la miraba a ella y ella, a la cámara.

Él se había mostrado satisfecho con la foto, la había imprimido y enmarcado y la había puesto sobre la chimenea.

Sienna estudió el perfil del hombre que dominaba sus días y sus noches, del jefe que cambiaba las normas de la empresa, a pesar de sus protestas, para estar con ella. Le dio un vuelco el corazón solo de pensarlo.

Emiliano Castillo había hecho algo más que cambiar las normas de la empresa. Había instaurado algunas novedades durante los meses siguientes al inicio de su relación. Para empezar, no era un hombre que tuviese «relaciones». Mucho menos con una de las vicepresidentas de su empresa de capital de riesgo. Casi todas sus aventuras solo habían durado un par de meses. Tampoco había vivido nunca con sus amantes.

Aquellos eran los motivos por los que Sienna había empezado a pensar que lo suyo era algo más que una fuerte atracción física. Por eso había empezado a esperar más. Nunca habían hablado de formar una familia, sobre todo porque era un tema intocable para ambos.

Lo único que sabía Sienna era que la relación de Emiliano con sus padres era, como poco, tensa. Sí lo había visto destrozado cuando su hermano había sufrido un accidente de tráfico cuatro meses antes. Y en cada viaje que lo había acompañado a visitarlo al hospital en el que Matías estaba ingresado en Suiza, en coma, había visto en él tristeza y dolor.

Su historia era muy diferente. Ella no tenía un pasado del que hablar, así que jamás lo hacía.

La desolación con la que había aprendido a vivir la invadía solo un segundo antes de que consiguiese controlarla. Era su cumpleaños. Era afortunada, tenía una fecha que celebrar. Aunque también había trabajado duro para tener su propia vida, y estaba decidida a no ser una víctima del rechazo y el sufrimiento.

Así que lo iba a celebrar.

Devolvió la fotografía a la repisa de la chimenea y oyó la puerta.

Se imaginó que sería Alfie, que había recibido la cena, y le dio un vuelco el corazón al ver entrar a Emiliano.

Se había marchado para dos días y al final había estado fuera seis. Sienna no se había dado cuenta de lo mucho que lo había echado de menos hasta que no lo vio dar las cajas con comida a Alfie y avanzar por el salón. Sus miradas se encontraron y Sienna se sintió feliz.

Era un hombre muy alto, moreno y guapo, y tenía algo más que hacía que todas las cabezas se girasen a su paso. Sin embargo, su rostro no era perfecto. Tenía una cicatriz en la mandíbula derecha, que se había hecho al caerse de un caballo en la adolescencia, y que le daba un aire peligroso. Las cejas eran oscuras, lo mismo que los ojos, y la boca generosa y sensual, esculpida para pasarse las noches haciéndole el amor.

Así que Sienna se quedó hipnotizada al verlo avanzar lentamente hacia ella. Emiliano se detuvo a varios pasos y entre ambos fluyó una corriente eléctrica. Entonces, la recorrió despacio con la mirada, de la cabeza a los pies.

Sienna se preparó para que llegase a su lado y la abrazase, pero no lo hizo.

–Feliz cumpleaños, querida. Estás exquisita –le dijo con voz profunda, pero seria.

Además, tenía las manos metidas en los bolsillos, en vez de alargarlas hacia ella para tocarla, como solía hacer cuando volvía de viaje.

–Gracias. Qué bien que hayas vuelto –le respondió Sienna, nerviosa, con la boca seca de repente.

Él bajó la vista un instante, luego ladeó la cabeza y la miró fijamente.

–¿Has tenido un buen día? –preguntó.

Aquello la hizo sonreír.

–Ha sido maravilloso, Emiliano. No sé cómo has podido planearlo todo sin que me enterase, pero me ha encantado. Gracias por esto –le dijo, tocándose el collar y los pendientes–. Aunque debería estar enfadada contigo, por obligarme a afrontar tantas preguntas.

–Estoy seguro de que has utilizado tu habitual diplomacia para negar mi existencia, a pesar de ser un secreto a voces –contestó él en tono ligeramente tenso.

Sienna contuvo la respiración. Aquel seguía siendo un tema controvertido entre ambos, un tema del que tendrían que hablar pronto. Tal vez aquella noche…

–Yo nunca he negado tu existencia. Lo que he hecho es no alimentar las habladurías en el trabajo. Es muy diferente.

–Si tú lo dices.,,

Sienna se preguntó si el hecho de que ella negase su relación fuera de la intimidad del ático estaba causando más daños de los que había pensado.

Tomó aire y sonrió más.

–El día habría sido perfecto si hubieses estado aquí, sepa quien sepa lo nuestro.

–Lo siento, pero no me ha sido posible.

La respuesta, ligeramente críptica, no la sorprendió. Emiliano Castillo era un enigma, siempre. Y ella había aprendido que para ganarse su atención tenía que ponerse cara a cara con el amante y el jefe que era. Así era como había llamado su atención en la sala de juntas. Y el motivo por el que seguían teniendo tanta química en la cama. Una química que al principio la había sorprendido mucho y que seguía maravillándola. Y era la razón por la que no se apartó de la chimenea para acercarse a él a pesar de que aquello era lo que le pedía el cuerpo.

Se negó el placer y se quedó donde estaba, sintiendo la tensión que había entre ambos.

–No me has contado mucho. ¿Ha sido algo relacionado con Matías? – preguntó.

–En cierto modo, sí –respondió él.

–¿Está bien? ¿Ha habido alguna mejora…?

–Continúa igual –la interrumpió Emiliano antes de que terminase la pregunta.

Ella bajó la vista a su labio inferior. Emiliano respiró hondo, pero siguió con las manos en los bolsillos.

–Entonces, ¿te has pasado seis días en casa de tus padres?

Él volvió a apretar la mandíbula.

–Sí –respondió en tono gélido.

–Emiliano… ¿Está todo bien?

Él se acercó por fin y le tomó la mano. Bajó la vista a sus manos unidas y estuvo en silencio varios segundos antes de soltarla.

–No, no está todo bien, pero acabará solucionándose.

Sienna abrió la boca para seguir pidiéndole información, pero él le dio la espalda.

–Ven, se va a enfriar la cena.

Ella lo siguió hasta el comedor y se obligó a sonreír mientras Emiliano la ayudaba a sentarse. Anticipó una caricia en los hombros desnudos, un suave beso en la sien, pero no recibió ninguno de los dos actos.

Su gesto neutral, pero serio, la preocupó.

–Emiliano…

–No he pedido ostras. Me ha dado miedo que se estropeasen por el camino. Así que vamos a tomar tu segundo plato favorito.

–No te preocupes. La comida me da igual. Ya tomaremos ostras en otra ocasión –le respondió ella–. Dime qué está pasando.

Emiliano apretó los labios un instante y la miró con frialdad.

–No quiero estropearte la celebración, querida.

Sienna frunció el ceño.

–¿Por qué me la vas a estropear por contarme cómo ha ido tu viaje? ¿Qué ha pasado? –insistió.

Emiliano apartó la mirada y la clavó en la bandeja que tenía en la mano.

–Mis padres –contestó, levantando la vista–. Y dado que son uno de los temas de los que no hablamos, ¿por qué no lo dejamos estar?

El comentario le dolió un poco a Sienna, y aunque tuvo que admitir que Emiliano tenía razón, no pudo evitar sentirse nerviosa.

–¿Por qué no hacemos una excepción? Y, antes de que me arranques la cabeza, te diré que solo te pregunto porque veo que, sea lo que sea lo que ha ocurrido, te ha afectado, Emiliano.

–Eres muy amable, querida, pero ten cuidado. Hay cosas que, una vez dichas, no se pueden retirar. Además, me parece que estás exagerando un poco.

Le sirvió ensalada de marisco, se sirvió él también y llenó las copas de vino blanco frío.

–¿Te parece que estoy exagerando? –le preguntó ella–. Entonces, ¿por qué no me has dado un beso al llegar? Ni siquiera me has tocado. Y como aprietes más la mandíbula se te va a romper.

–Ya te he dicho que estás preciosa. Te he deseado feliz cumpleaños, te he cubierto de regalos todo el día. Y tal vez esté reservando el resto para más tarde. Sé lo mucho que te gustan las sorpresas –dijo él antes de dar un buen trago a su copa.

Sienna vio deseo en sus ojos y se le aceleró el corazón, pero no pudo evitar seguir estando preocupada.

–Seis días esperándote han sido suficientes. Tú mismo me dijiste, cuando el mes pasado estuviste dos días en Atenas, que solo un día separados era demasiado.

–Ten cuidado, Sienna, o voy a pensar que te gusta que haga esas declaraciones que, en circunstancias normales, me haces creer que son excesivas.

Ella se ruborizó, pero no bajó la mirada.

–Como he dicho, tal vez hoy quiera hacer una excepción.

Él se encogió de hombros casi… aburrido.

–No es necesario. He tenido un viaje largo y turbulento. Lo que quiero es relajarme y verte saciada con la cena. ¿Acaso es mucho pedir?

Su tono de voz advirtió a Sienna que dejase de presionarlo.

Ella sacudió la cabeza, todavía más convencida de que algo iba mal, muy mal.

–Sea lo que sea lo que te preocupa… quiero ayudarte –le contestó, dejando la copa para tocar su mano.

Él se puso tenso, bajó la vista a las manos.

Y entonces quitó la suya de debajo de la de Sienna.

A Sienna se le detuvo el corazón, se le ocurrió algo distinto.

–¿Emiliano? ¿Soy yo?

–Sienna, déjalo estar…

–¿Te has enfadado conmigo por haber cerrado el acuerdo con Younger sin ti?

–¿Qué?

–Me diste carta blanca, ¿recuerdas? Dijiste que ofreciese lo que fuese necesario para cerrar el trato. Y eso es lo que hice. Sé que han sido cinco millones más de lo que habíamos hablado al principio, pero hice números y me pareció que merecía la pena.

Él frunció el ceño y se aflojó la corbata.

–Santo cielo, no todo gira en torno al trabajo –le contestó–. Estate tranquila, no estoy enfadado contigo por eso. De no ser por tu rapidez a la hora de pensar y de actuar, habríamos perdido el negocio. De hecho, le pedí a Denise que te enviase un correo electrónico felicitándote por ello.

Sienna había visto el mensaje de su secretaria, y había vuelto a preguntarse por qué no le había escrito Emiliano directamente.

–De acuerdo, pero…

–¿Quieres que te alabe más? ¿Más flores? ¿Más regalos? ¿Es eso?

–¿Qué has dicho? –inquirió Sienna, dolida y enfadada.

Emiliano vació su copa y la dejó en la mesa con más fuerza de la necesaria. Se puso en pie y rodeó la mesa, pero no consiguió acobardarla.

Sienna lo imitó.

–¿Acabas de llamarme caprichosa?

–¿Estoy equivocado? Ahora que estamos a solas, que tu reputación no corre ningún peligro, ¿qué más necesitas de mí? ¿No te das cuenta de que llevas pidiendo desde que he entrado por la puerta? –la acusó.

–No tergiverses mis palabras. Solo quiero hablar contigo, saber qué…

–Pues yo no quiero hablar, querida. Normalmente te das cuenta enseguida y lo respetas. ¿Tanto te ha afectado mi ausencia, o hay algo más?

La miró fijamente mientras Sienna guardaba silencio.

–Veo que hay algo más. ¿Tengo tres intentos? O voy directo al grano y adivino que vas a plantearme la conversación que todas las mujeres necesitan plantear en los momentos más inadecuados. ¿Me vas a preguntar hacia dónde va nuestra relación?

–Le estás dando la vuelta a la conversación, Emiliano. Estábamos hablando de ti.

–Pues yo ya te he dicho que no quiero hablar. Ahora, ¿quieres que continuemos discutiendo, o cenamos?

Sienna levantó la barbilla.

–He perdido el apetito.

–¿De comida? ¿O de todo en general? –inquirió Emiliano, mirándola con deseo.

–¿Por qué estás tan enfadado conmigo? –susurró Sienna.

La expresión de Emiliano fue enigmática por un instante.

–Tal vez esté cansado de que me tengas solo para y cuando tú quieres.

–¿Qué? Yo nunca…

Él apoyó un dedo en sus labios.

–Quiero terminar con esto ya. Así que te lo voy a volver a preguntar: ¿De qué has perdido el apetito?

El deseo, el ansia, la ira y el dolor la estrangularon a partes iguales. Con solo unas palabras, Emiliano la había reducido a una mujer necesitada, la había convertido en lo único que había jurado que no volvería a ser jamás.

En una mujer dependiente.

Habían tenido desacuerdos en otras ocasiones, pero ninguno como aquel. Sienna se sentía más dolida que nunca, pero según fueron pasando los segundos creció en ella otra emoción diferente, que le era familiar, sobrecogedora, demoledora.

Empezó a temblar de la cabeza a los pies. Él vio su reacción y su gesto fue triunfante. Esperó.

–Emiliano…

–¿Sí, Sienna? –susurró contra sus labios, jugando con la cercanía.

–Está pasando algo. No me hagas creer que soy yo la que exagera, o que estoy loca. Por favor, dime…

–Basta. Sabes que hay temas que es mejor no tocar. De hecho, eres una experta en zanjar conversaciones. Así que no permitas que esta noche sea el momento en el que cambies de cantinela, querida.

Sienna lo miró a los ojos, vio deseo en ellos, sí, pero había algo más.

–¿Quién eres? ¿Por qué me hablas así?

–Eres tú la que insiste en hablar y hablar –le espetó él.

–¿No quieres que hable? ¡Bien!

Lo agarró de la corbata y le deshizo el nudo, tiró de ella y la hizo volar por encima de la mesa. Después atacó la camisa. Los botones salieron despedidos cual minúsculos misiles por la habitación. El deseo la volvía loca, irracional.

Tragó saliva al ver el pecho bronceado y musculoso de Emiliano y gimió, no pudo evitarlo.

Emiliano tomó aire cuando ella agarró su cinturón.

–Querida…

–¡No! Si yo no puedo hablar, tú tampoco –insistió Sienna, probablemente por miedo a que hablar le hiciese pensar en lo que estaba haciendo, en la posible razón del comportamiento de Emiliano.

Sabía que lo que hacía no estaba bien, pero no podía evitarlo. No en esos momentos. No después de haber sentido, una hora antes, que se comía el mundo.

Sus dedos recobraron la fuerza. Tiró del cinturón y lo hizo caer al suelo. Rozó con los dedos la poderosa erección que había debajo de los pantalones y sintió que Emiliano temblaba.

–Dios mío, Sienna… –murmuró, excitado.

–Salvo que vayas a decirme que no me deseas –respondió ella, quitándose los zapatos y alargando las manos hacia la cremallera del vestido.

Se la bajó y vio cómo Emiliano se ruborizaba del deseo.

Lo vio separar los labios y respirar con dificultad mientras el vestido se soltaba y se quedaba sujeto solo a sus pechos.

Sienna dejó de sentirse valiente, volvió a sentirse frágil, desesperada.

¿Qué demonios estaba haciendo?

Bajó las manos y retrocedió un paso, luego otro. Emiliano la siguió como un depredador hambriento.

Así, envueltos en un baile erótico, salieron del salón. De camino al dormitorio el vestido se bajó del todo y Emiliano se tambaleó y juró entre dientes. En cualquier otra ocasión, Sienna habría sonreído con malicia, pero no lo hizo.

–¿Estoy loca, Emiliano? –insistió a pesar de que una parte de ella la alentaba a estar callada.

Pasaron varios segundos, la espalda de Sienna tocó la puerta de la habitación, abriéndola. Él miró hacia donde estaba la enorme cama que llevaban seis meses compartiendo. La miró con deseo y con pesar. Sienna no supo si era por la discusión que habían tenido o por algo más. Aunque, desgraciadamente, seguía teniendo la sensación de que era por algo más.

 

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