Tras el olvido

Maya Blake · Capítulo 3 de 14

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Tras el olvido

Capítulo 2

 

NO, NO estás loca.

A pesar del dolor que le causó aquella información, Sienna pensó que Emiliano todavía la deseaba. No era aquello lo que ella quería de él, pero la idea la tranquilizó un poco. Por el momento.

Ya hablarían al día siguiente, tras haber aplacado otras necesidades más inmediatas y urgentes. Aunque fuese contra su naturaleza dejar un problema sin resolver, no iba a seguir pidiéndole respuestas esa noche.

Con aquello en mente, se terminó de quitar el vestido y lo dejó caer al suelo un segundo antes de que Emiliano la levantase del suelo, ya vestida solo con un tanga y las joyas, para ayudarla a salir de él. Luego la dejó de nuevo y bajó las manos. Sienna vio cómo cerraba los puños un instante, antes de decirle:

–Ven aquí, Sienna.

Ella aceptó la invitación sin dudarlo, se metió entre sus brazos.

Emiliano la apretó contra su cuerpo, enredó las manos en su pelo y la sujetó con fuerza. La miró con deseo, pero Sienna volvió a ver algo más en su mirada, algo que hizo que se le encogiese el corazón.

–Emiliano…

Él la apretó contra su cuerpo todavía más.

–Toma de mí lo que necesites, mi pequeña gata salvaje –susurró él contra sus labios.

Ella gimió, se puso de puntillas, lo abrazó por el cuello y lo besó apasionadamente. Cerró los ojos para saborear mejor lo que tanto había echado de menos, lo que tan desesperadamente había necesitado durante los últimos seis días. Todos sus sentidos cobraron vida cuando él la abrazó todavía con más fuerza.

Sus lenguas se entrelazaron y se devoraron, el beso se hizo más profundo, ambos respiraron con dificultad y Emiliano la hizo retroceder hasta la cama.

Cuando intentó apartarse un poco para terminar de desnudarse, Sienna se lo impidió, no podía dejarlo marchar.

Él se tumbó en la cama sin soltarla, sin dejar de besarla, y entre beso y beso se quitó los zapatos y los pantalones. Después la ropa interior y a Sienna se le cortó la respiración al notar su erección en el muslo.

Lo acarició con urgencia. Ambos gimieron. ¡Cuánto había deseado aquello!

–¡Te he echado mucho de menos! –admitió, confesando por una vez sus sentimientos.

Él se excitó todavía más y Sienna esperó que le contestase con alguna de sus frases cargadas de erotismo.

Pero guardó silencio mientras la acariciaba fervientemente.

Pasó la lengua por su piel, probando sus pezones, chupándoselos, jugando con ellos, consiguiendo que Sienna dejase de pensar. Le quitó el tanga y se posicionó allí, donde ella más lo necesitaba, para darle todavía más placer.

Sienna hundió los dedos en su pelo, gritó con más fuerza, sintiendo cómo aumentaba el placer en su interior. Hasta que llegó por fin al éxtasis.

Seguía flotando cuando Emiliano le separó más los muslos y llenó todos sus sentidos con su presencia. Sienna abrió los ojos y miró a aquel dios cuyo intelecto y carisma la maravillaban, cuyas caricias la hacían volar.

La mirada de Emiliano era todavía más seria que unos minutos atrás, pero antes de que a Sienna le diese tiempo a expresar lo que pensaba, él la besó y la penetró al mismo tiempo.

Ella volvió directa al paraíso. Le clavó las uñas, gritó. Emiliano la llevó al límite una y otra vez, aminorando el ritmo cada vez que veía que Sienna estaba a punto de llegar al clímax. Era como si quisiese que aquello durase eternamente. Como si quisiera grabarse para siempre en su alma.

Como si quisiera que aquella experiencia fuese inolvidable.

¿Por qué?

Sienna volvió a hacerse la pregunta. Tomó el rostro de Emiliano y buscó sus ojos.

–Emiliano… por favor… –susurró.

Su barbilla se volvió de piedra bajo las manos de Sienna. Gruñó y salió de su cuerpo, la tumbó boca abajo y volvió a penetrarla. Le apartó el pelo de la nuca y clavó los dientes en ella, probándola, marcándola. Sienna se estremeció del placer y sintió que volvía a llegar al orgasmo.

A sus espaldas, oyó la respiración acelerada de Emiliano, notó que llegaba al clímax también. Quiso abrazarlo, mirarlo a los ojos y que le asegurase que todo estaba bien entre ambos. Todo lo bien que era posible.

Porque, aunque le doliese oírselo decir a Emiliano, sabía que su relación tenía defectos insalvables. Defectos que se hacían más grandes con el paso de cada segundo. Defectos de los que ella necesitaba hablar.

Pero Emiliano la tenía atrapada, disfrutando de una sensación que no quería que terminase jamás. Así que cerró los ojos y se dejó llevar.

Varios minutos más tarde, cuando sus cuerpos ya se habían enfriado y sus respiraciones se habían calmado, Emiliano se apartó de ella y la abrazó.

Hundió los dedos en su pelo de manera más brusca de lo habitual y la miró a los ojos.

–Feliz cumpleaños.

Ella dudó un instante, se preguntó si debía retomar su resolución.

–Emiliano…

–Te queda estupendamente –dijo él, pasando la mano por la piel que había justo debajo del collar de zafiros.

«Mañana», decidió ella una vez más.

–Gracias –murmuró.

Él le dio un beso en los labios hinchados.

–Ahora, duerme –le ordenó.

Y Sienna tuvo que obedecer.

 

De repente, se incorporó con el corazón acelerado. Emiliano dormía a su lado, con un brazo doblado sobre la cabeza. Ella lo observó con el corazón encogido, intentando descifrar lo que ocurría. Dormido, su belleza era igual de intimidante, pero más relajada. Sienna lo miró e incluso se atrevió a llevar un dedo a su labio inferior y a acariciarlo. Él respiró hondo y Sienna apartó la mano y se volvió a tumbar en la cama, sabiendo que no podría volver a dormirse.

Media hora después, se rindió y se levantó de la cama. Eran las cinco y media de la madrugada, noviembre, y todavía no había amanecido. Sabía que a Emiliano no le gustaría que saliese a correr sin él siendo todavía de noche. De hecho, le había prohibido que saliese a correr sin él, pero Sienna necesitaba hacer ejercicio si no quería despertarlo y pedirle explicaciones.

Sin hacer ningún ruido, se puso la ropa de deporte en el amplio vestidor que había junto al dormitorio, salió del ático y bajó al sótano, donde había un exclusivo gimnasio reservado a los dueños de la última planta. Se colocó los auriculares y empezó a correr en la cinta, donde pasó una hora antes de que sus piernas empezasen a estar cansadas.

Cuando se bajó de la máquina tenía claro lo que iba a hacer. Emiliano la valoraba profesionalmente porque no le daban miedo las negociaciones duras. Así era como se había convertido en vicepresidenta de su empresa en solo tres años.

A pesar de que su falta de experiencia sexual la había hecho sentirse inferior, nunca se había dejado acobardar por Emiliano. También era lo suficientemente valiente para admitir que sus nuevas y secretas emociones estaban influyendo en la situación que se había desencadenado entre ambos. Aquel era el motivo por el que necesitaba abordarla cuanto antes.

Dejó el sótano por las escaleras. Recogería los periódicos y las revistas que les llevaban a casa para que así no los interrumpiese el conserje.

Llegó a la planta baja y se acercó al mostrador. Saludó, tomó la prensa y fue hasta el ascensor. El otro secreto que llevaba varias semanas ocultando la animó un poco mientras tocaba el botón.

No le había contado a Emiliano que había empezado a aprender español porque quería ser capaz de hablarlo antes de decírselo, pero ya devoraba periódicos y revistas en español en su tiempo libre con la esperanza de aprender la lengua materna de su amante, y se interesaba por todo lo que tenía que ver con Argentina.

Por desgracia, aquel fue el motivo por el que el titular de la revista del corazón que tenía en la mano la hizo tambalearse mientras salía del ascensor. Se le cayó el alma a los pies. Estudió la fotografía, después volvió a leer el titular.

Anunciaba una unión entre las familias Castillo y Cabrera.

El resto de periódicos se le cayó de la mano y su mirada bajó a la letra pequeña.

Emiliano Castillo iba a casarse con Graciela Cabrera.

También había otras palabras:

La boda del año. Unión dinástica. Boda el Día de San Valentín.

 

Pero a Sienna se le nubló la vista, no podía respirar. Iba a desmayarse. Estaba segura. No podía seguir mirando la fotografía de Emiliano con aquella espectacular rubia que estaba sentada frente a él a una mesa adornada con velas, con una mano encima de la suya, sonriéndole.

Emiliano también la miraba.

Sin sonreír. Emiliano nunca sonreía en presencia de una cámara. Casi siempre la fulminaba con la mirada. Aunque en esos momentos la expresión de su rostro era… de cariño.

Sienna se obligó a respirar. Sintió que todo su mundo se derrumbaba, pasó las páginas de la revista en las que salían Emiliano y su nuevo amor. Al llegar a la quinta, los ojos se le llenaron de lágrimas al ver el anillo que, desde el dedo de Graciela, anunciaba su compromiso con Emiliano Castillo.

Se le detuvo el corazón al ver que él llevaba puesta una corbata que le había regalado ella por su cumpleaños, dos meses antes, y que Emiliano había metido en la maleta exactamente una semana antes, cuando ella le había despedido con un beso en los labios. Sienna sabía que, en ocasiones, la prensa rosa sacaba fotografías antiguas y manipulaba imágenes, pero la corbata le confirmaba que aquellas fotos no eran falsas.

Entendió por fin lo ocurrido la noche anterior, el silencio de los últimos días.

Entró en casa sin recoger los periódicos que se habían caído al suelo, sintiéndose aturdida.

Llegó sin saber cómo a la puerta de la habitación, llevó una mano temblorosa al pomo y se aferró a él para intentar recuperar el control. Tenía que enfrentarse a aquello, fuese cual fuese el resultado.

Tenía que hacerlo.

Sintió que tiraban de la puerta desde dentro, haciéndola perder el poco control que había conseguido alcanzar. Emiliano estaba delante de ella, con el ceño fruncido.

–Sienna, ¿qué haces ahí…?

Ella lo miró fijamente. Lo tenía justo delante. Poderoso. Magnéticamente carismático. Muy guapo.

«Bastardo».

No quería mirarlo. Le dolía incluso mirarlo a los ojos. Porque hasta en esos momentos quería, desesperadamente, pensar que estaba equivocada. Quería que todo fuese fruto de su imaginación: las fotografías de la revista que llevaba en la mano, el hecho de que Emiliano no le hubiese escrito, su expresión fría nada más volver, que le hubiese hecho el amor en silencio.

Pero lo miró a los ojos y supo que se estaba aferrando a falsas esperanzas.

–¿Es verdad? –preguntó de todos modos.

–¿El qué?

Aquello la enfadó.

–No juegues conmigo, Emiliano. Eso no va con…

Había estado a punto de articular la palabra «nosotros», pero ya no había ningún «nosotros». ¿Lo había habido alguna vez? Sienna intentó recordar, analizó gestos, palabras, se preguntó si todo lo que había vivido, disfrutado y soñado durante su relación había estado basado en una enorme mentira.

–¡Esto! –le espetó, plantándole la revista en el torso–. ¿Es verdad que estás prometido?

Se quitó los auriculares y los dejó junto con el MP4 en la cómoda que había al lado, luego se giró y vio a Emiliano hojeando la revista antes de tirarla a un lado.

La miró a los ojos con arrogancia, sin arrepentimiento.

–Sí.

Por un instante más, Sienna había querido pensar que estaba equivocada, pero en esos momentos se sintió sin aliento, con las rodillas temblorosas. Sacudió la cabeza y esperó a que Emiliano se explicase. No lo hizo. Se limitó a mirarla con expresión neutral.

–¿Sí? ¿Eso es todo lo que me vas a decir?

Él puso los brazos en jarras.

–Ahora mismo no estás en condiciones de escuchar nada más…

–¿En serio? ¿Y qué esperas que haga? ¿Continúo con el día hasta que tú estimes que estoy en condiciones? –inquirió ella con incredulidad, con la voz ronca y temblorosa.

–Preferiría tener esta conversación cuando no estés tan alterada –replicó él mientras empezaba a abrocharse la camisa azul marino que llevaba puesta.

Sienna respiró hondo para tranquilizarse como hacía en el trabajo, pero aquello no era trabajo. Aquello era mucho más.

–Me debes una explicación. Ahora mismo. ¿O eres demasiado cobarde para dármela?

Él se quedó inmóvil y la miró a los ojos.

–Ten cuidado con tu tono de voz, querida –le advirtió.

–¡No me llames así! Me acabas de decir que vas a casarte con otra mujer. ¿Y te atreves a llamarme «querida»?

Él puso gesto de sorpresa, como si no entendiese la objeción de Sienna, pero le duró solo un instante. Entonces volvió el mismo extraño que había llegado al ático doce horas antes.

Sienna lo fulminó con sus ojos verdes.

–¿La has estado viendo a mis espaldas?

Él frunció el ceño mientras se abrochaba el último botón.

–No. Yo no engaño.

–¿No? ¿Y qué fue lo de anoche? ¿No la has engañado a ella conmigo?

–Tú eres mi amante. Y ella lo sabe y entiende que es un tema del que me tengo que ocupar.

–Qué amable por su parte. Entonces, ¿es eso lo que hiciste anoche? ¿Ocuparte de mí antes de dejarme?

Él se echó hacia atrás, como si le hubiese dado una bofetada.

–Sienna, tienes que calmarte.

–¿No has podido resistirte a un último revolcón antes de ordenarme que me fuera?

Aquello pareció incomodarlo.

–Era tu cumpleaños…

Ella se sintió dolida, no podía más, así que se puso a andar de un lado a otro.

–Qué detalle por tu parte. No podías decepcionar a tu pobre y patética amante, casi examante, en el día de su cumpleaños, así que has preferido que se enterase por la prensa de lo que estabas tramando.

–¡Basta! No era así como pretendía darte la noticia.

–¡Qué lástima!

Emiliano se apretó el puente de la nariz con dos dedos y respiró hondo.

–Ahora tengo que irme al despacho, tengo una videoconferencia con Noruega que ya he pospuesto dos veces, pero luego hablaremos. ¿Qué te parece esta noche? No me importa que te tomes el día libre para poder asimilar la noticia. Y esta noche hablaremos tranquilamente.

–¿De que fuiste a ver a tus padres y has vuelto comprometido?

Él apretó la mandíbula.

–Entre otras cosas, sí.

Ella se obligó a parar. A enfrentarse a él.

–De acuerdo, vamos a hablar. Supongo que podrás dedicarme cinco minutos de tu tiempo ahora.

–No pienso que…

–¡Yo sí!

Emiliano respiró hondo, la miró.

–Sienna, no tenía que haber ocurrido así.

–¿El qué? Habla claro, por favor, para que te entienda.

Él arqueó una ceja, como si la estuviese viendo de repente de manera distinta. Sienna no quiso saber cómo la veía.

–Tu reacción casi me hace pensar que tu carrera no te importa más que esto que hay entre nosotros, mientras que, si yo te pidiese que escogieses una de las dos cosas, estoy seguro de que te quedarías con la primera.

Ella respiró hondo.

–Para empezar, si en alguna ocasión nos encontrásemos en esa situación, tendríamos un serio problema, en especial, porque sé a cuántas mujeres con familia tienes en tu junta directiva. Lo que me hace pensar que es una especie de prueba. ¿Y para qué me ibas a hacer ese tipo de prueba, Emiliano?

Él se encogió de hombros.

–Tal vez no me guste sentirme segundo plato. O tal vez esté aburrido de ello.

Ella dejó escapar una carcajada.

–¿Segundo plato? ¿Desde cuándo te conformas tú con eso? ¡Si eres siempre el primero en todo!

–Ahí te equivocas –respondió él, haciendo una mueca.

–Bien. Quizás no nos conozcamos tan bien como deberíamos, pero el hecho de que no me des ninguna opción lo dice todo.

Él se pasó una mano por el pelo.

–Iba a dártela… No era así como… Tengo que hacerlo.

–¿Tienes que hacerlo? –preguntó ella.

–Sí, he dado mi palabra.

–¿Tu palabra? ¿A quién?

Emiliano resopló con frustración.

–Es un asunto familiar. No sé mucho de tus circunstancias familiares, porque nunca me cuentas nada, así que te perdonaré si no lo comprendes.

–¿Cómo te atreves? –inquirió ella, dolida–. Tú tampoco has querido hablarme de tu pasado. No me castigues por haber pensado que estaba respetando tus deseos. Además, sean cuales sean mis circunstancias, no puedes dar por hecho que no voy a entender el concepto de familia.

Como era huérfana, Sienna siempre había anhelado tener su propia familia y era un sueño que no pretendía abandonar.

Emiliano apretó los labios.

–Me has entendido mal.

–Al parecer, he entendido mal muchas cosas. Como que se te ha olvidado contarme que ibas a casarte con ella.

–No es así. Yo tampoco lo sabía.

–Entonces, ¿qué es esto? –preguntó ella, señalando la revista–. No insultes a mi inteligencia. La conoces, es evidente, así que tiene que haber algo entre vosotros.

–Nuestras familias están… relacionadas. La conozco desde que era niña.

–¿Y necesitaban una boda y tú has accedido? –preguntó Sienna en tono burlón, riéndose.

Dejó de reírse al ver que Emiliano asentía.

–Sí, algo así.

–Lo dices en serio.

Él no parpadeó.

–Lo digo en serio.

Sienna separó los labios, pero no habló, sacudió la cabeza porque estaba aturdida.

–Si quieres que nuestra… aventura continúe, estoy dispuesto a discutir contigo la manera… –dijo él al ver que seguía callada.

Aquello la enfureció.

–¡No pretenderás que sea tu amante mientras estás casado con otra!

–No pongas en mis labios palabras que yo no he dicho, por favor.

–De acuerdo, te escucho –respondió ella, cruzándose de brazos.

Él empezó a hablar, sacudiendo la cabeza.

–Tal vez lo que más haya que valorar en este caso sea la discreción. Hablaré con mis abogados esta misma mañana. Puedes quedarte con el ático y con todo lo que hay en él. Y con uno de los coches, elige el que más te guste. Y, si quieres algo más, házmelo saber, intentaré complacerte…

–¿Me estás hablando de propiedades, Emiliano? Yo lo que quiero saber es cómo es que vas a casarte con otra mujer, ¡si se supone que eres mío! – acabó gritándole, furiosa.

Y, con cada palabra que ella le gritó, él se fue volviendo más frío, como un bloque de mármol. Tomó unos gemelos y se los puso con toda tranquilidad.

–Pensé que podríamos… negociar, pero es evidente que estaba equivocado.

–¿Negociar? ¿Se puede saber de qué estás hablando?

–Ya no importa. No he tomado la decisión a la ligera, Sienna, pero ya está hecho. Y no va a poder cambiar en un futuro inmediato. Es evidente que diseccionarla no te va a ayudar ahora mismo. Tal vez nunca.

–¿Y entonces? ¿Me dejas sin más, sin tan siquiera una explicación?

Él la miró fijamente durante unos segundos.

–Lo queramos admitir o no, ambos somos conscientes de que lo que había entre nosotros se iba a terminar antes o después. Tal vez sea mejor cuanto antes.

Emiliano tomó su chaqueta y salió por la puerta.

 

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