Un poco menos que ángeles

Barbara Pym · Capítulo 9 de 23

Páginas del PDF

Un poco menos que ángeles

Capítulo 9

 

—Tom, la hoja de laurel que le estoy poniendo a este boeuf à la mode procede de un árbol que crecía en el jardín de la casa natal de Thomas Hardy —gritó Catherine desde la cocina. En realidad, no esperaba ninguna respuesta, y, en efecto, ninguna le llegó de boca de Tom, que estaba sentado encorvado sobre su máquina de escribir, así que continuó, casi para sus adentros—: Me pregunto si estará mal usarla para cocinar. Tal vez debería haberla conservado entre las páginas de Jude el oscuro, o de los poemas, eso habría sido más adecuado. Esas parejas tristes sobre las que escribe se nos parecen un poco, o eso creo, a veces. Me pregunto si cuando sea vieja me

ofrecerás la mano de la amistad al bajar por la umbría de la vida[8], o comoquiera que fuese. ¿Lo harás? —preguntó alzando la voz.

—No sé de qué me hablas, tesoro —dijo Tom con tono abstraído.

Catherine regresó en silencio a su ternera. Ay, qué maravilla que el carnicero le hubiese dado un auténtico pie de ternera, pensó, y no tener que hacer trampa añadiendo gelatina. Las pequeñas cosas de la vida eran a menudo mucho más grandes que las cosas importantes, reflexionó, preguntándose cuántos escritores y filósofos habían dicho aquello antes que ella; los placeres banales como la cocina, la casa de una, los pequeños poemas, sobre todo los tristes, los paseos solitarios, las cosas divertidas que por casualidad se veían o se oían. La larga ausencia de Tom durante su estancia en el extranjero la había hecho encerrarse en sí misma y valerse por sus propios medios, que siempre habían sido considerables. Los dieciocho meses que estuvieron separados los habían convertido aún más en ellos mismos, de manera que ahora se sentían aún más desconocidos que cuando se conocieron.

Le llevó a Tom una copa de jerez.

—Toma, para que te animes —le dijo—. ¿Cómo va?

—No muy bien.

—Vaya, lo siento. Es como si tu tesis fuese un familiar anciano pelmazo, ¿no crees?, uno que no se va nunca. ¿No será estupendo cuando se acabe? Podríamos decir que ha muerto, o que ha pasado a mejor vida, y celebrar un espléndido funeral.

—Catty, ¿es que siempre tienes que hacer un chiste de todo?

—No, soy muy mala —dijo, seria—. De verdad que te compadezco, ya lo sabes.

Tom se levantó del escritorio y empezó a deambular por la habitación.

—Lo peor de todo es que creo que he perdido la fe.

La imagen saltó de inmediato en la mente de Catherine, sin duda un daguerrotipo en sepia, de un clérigo victoriano con alzacuellos y bigote, cuyas creencias se veían socavadas por Darwin y los racionalistas. Pero intentó apartar la idea de su mente y dijo con ánimo tranquilizador:

—No sabía que profesaras ninguna fe, al menos del tipo que se puede perder, así que yo de ti no me preocuparía.

—Me refiero a la fe en la antropología —repuso algo exasperado.

—Ah, eso. —Las palabras salieron antes de que pudiese retenerlas—. ¿Pero qué es la fe en la antropología? No sabía que fuese algo que la gente pudiera tener.

—Bueno, tal vez no en el sentido habitual del término. Pero es solo que a veces me pregunto para qué sirve todo esto. ¿Quién le sacará partido a mi trabajo?, ¿para qué sirven exactamente mis investigaciones? ¿Será más feliz mi tribu porque resulta que yo he descubierto que tienen un sistema de descendencia doble? ¿A quién le beneficiará que yo haya descubierto nuevos datos sobre la importancia del hermano de la madre? —Tom se detuvo en su deambular y se quedó junto a Catherine, mirándola desde arriba con un gesto casi acusador.

Ella sintió en ese momento la absoluta inutilidad de las mujeres que no son capaces de comprender o admirar el trabajo de un hombre, o incluso cuando lo son.

—Haces que me sienta como algo salido de Milton —le espetó con aire desafiante—. Imponiéndote sobre mí de ese modo. Es como… Ay, ¿como qué? El Paraíso perdido, supongo, Adán y Eva.

—Ni siquiera lo has intentado comprender nunca —repuso él con tono indiferente, lo que era más hiriente que si su tono hubiese sonado enfadado.

—Ay, Tom —protestó ella—. Sabes que he intentado leer esos libros, pero no he podido acabármelos. Supongo que soy demasiado tonta —añadió con un deje de sorpresa—. Pero es obvio que eso es lo tuyo.

—Ya no estoy tan seguro. A veces pienso que debería haberme quedado en casa ayudando a Giles y a mi madre a sacar el negocio adelante. Aquello al menos habría sido útil.

Se sentaron juntos en el diván y Catherine lo rodeó con los brazos, preguntándose qué habrían hecho las esposas y madres victorianas con sus hombres cuando perdían la fe. ¿Qué les habrían dicho? Casi sin darse cuenta se le vino a la cabeza Matthew Arnold, los últimos versos de «Dover Beach».

—«Ah, amor, seamos sinceros el uno con el otro» —dijo ella en voz baja.

—¿Qué te hace decir eso? —preguntó él.

—Es una cita. Probablemente recuerdes cómo sigue, algo sobre que en el mundo no haya alegría ni amor, ni paz, ni remedio para el dolor. «Y estamos aquí como en oscura llanura ⁄ barrida por confuso fragor de lucha y fuga, ⁄ donde ignorantes ejércitos combaten en la noche».

—Ah, ya —dijo él sin estar a la altura—. Aunque no creo que tus poetas victorianos sean de mucha ayuda ahora mismo.

—Bueno, no es un poema cómodo —dijo, molesta—. No es lo que pretende. La gente se ha formado muchas ideas equivocadas sobre los victorianos.

—Bueno, pues dime cuáles son las ideas acertadas. —Sonrió.

—¿Salimos a comer? —sugirió Catherine, con la impresión de que seguramente las esposas y madres victorianas al menos les habrían ofrecido una buena tajada a sus escépticos hombres—. El boeuf à la mode no estará listo hasta dentro de unas horas.

—Sí, buena idea. Démonos un banquete.

La comida, en el pequeño restaurante chipriota de la acera de enfrente, salió bien y fue agradable. Catherine se sorprendería recordándola al cabo de algunas noches, mientras regresaba a casa a paso lento porque su bolsa de malla iba cargada de alimentos exóticos que había comprado en el Soho. Decidió entrar en el restaurante a por una botella de vino. Aún era temprano para cenar y la sala estaba casi vacía, salvo por una mujer de pelo oscuro con dientes de oro que hablaba en griego y una pareja que, ensimismada en su conversación, ocupaba la mesa donde ella y Tom solían sentarse.

—Buenas tardes, señora Katerina —la saludó el viejo camarero gordo—. El señor Tom ha llegado pronto esta noche.

—Sí, ¿verdad? —dijo Catherine.

Una vez que hubo reconocido a Tom y a Deirdre en la mesa del rincón, se sintió serena y no del todo sorprendida. Llevaba un tiempo sospechando que a veces comían juntos, ¿y por qué no habrían de hacerlo? Se quedó de pie muy quieta, esperando a que le llevaran la botella de vino, con la mirada fija en la mano de Tom sobre el mantel de cuadros manchado por la comida de otros clientes, que tenía la de Deirdre posada encima con la intención de consolarlo.

Le está hablando de su fe perdida, pensó Catherine, y ella, pobre niña, se está preguntando qué demonios podría decirle. Sería terrible que ella también citase «Dover Beach»: Tom pensará que todas las mujeres son iguales. ¿Pero sabían las chicas de diecinueve años quién era Matthew Arnold?… ¿Se leería mucho hoy en día?

El camarero le trajo la botella del vino tinto barato que Catherine solía tomar. Lo cogió, distraída, y le entregó un billete de diez chelines.

La mano de Deirdre seguía sobre la de Tom; se les estaría enfriando la musaka, pensó Catherine, y luego se reprendió a sí misma, horrorizada por la sarcástica impasividad con que los había estado observando. Cuando le trajeron el cambio, huyó a toda prisa para regresar a su piso, donde dejó la compra y el vino y volvió a salir corriendo sin una idea muy clara de adónde se dirigía. Yo no soy una de esas mujeres excelentes que pueden simplemente quedarse en casa, comerse un huevo cocido, prepararse una taza de té y estar espléndidas, pensó, ¡pero qué bien le vendría serlo! Pensó con nostalgia en sí misma de ese modo. Pero seguro que había, o tenía que haber, alguna amiga íntima, alguna antigua compañera del colegio a quien pudiera recurrir. ¿Alguien que viviese en un piso compartido, que trajinara de acá para allá para prepararle unos huevos revueltos y café en un hornillo de gas y después se sentara con ella, dispuesta a escuchar sus confidencias? Catherine se acordó, arrepentida, de todas las personas con las que había pretendido mantener el contacto y, bastante avergonzada, de otras a las que había rechazado por anodinas. Por algún motivo, las mujeres que conocía por su trabajo no eran del tipo de mujeres cercanas que preparaban café en un hornillo de gas, y, en cualquier caso, casi todas estaban ya casadas. Se imaginó que la madre y la tía de Deirdre serían de ese tipo de personas reconfortantes, pero era casi imposible plantarse allí. A lo máximo que podía aspirar era a dirigir sus pasos hacia uno de esos comedores inmensos en los que la gente estaría degustando una curiosa variedad de alimentos, ya que era demasiado tarde para el té y demasiado temprano para la cena. Y aun así, cuantísimas almas —pensó en ellas con aquella expresión propia de un himno religioso— parecían estar comiendo allí a aquella hora tan poco habitual.

Catherine se sirvió una bandeja de cosas diversas, una tostada con queso fundido, pan con mantequilla y un pastelito con forma de barco, y se sentó en una mesa donde ya había otras dos mujeres. Poco a poco se dejó llevar por el incesante fluir de su conversación.

Era evidente que trabajaban en la misma oficina, pues comenzaron hablando del jefe, de cómo llegaba y esperaba que algo estuviese hecho antes de las cinco y media, lo que era naturalmente imposible. Catherine imaginó que siempre se hablaba así de los jefes; atrajeron más su interés los defectos de alguien que acababa de marcharse y cuyo sistema de archivos nadie más era capaz de comprender.

—Pues adivina en qué letra lo archivó —dijo una de ellas con un tono expectante de victoria.

—La verdad es que no se me ocurre —respondió la otra, siguiéndole el juego a su amiga.

—En la eme. ¡Eme de miscelánea, supongo! ¿A que nunca has oído nada más estúpido?

—Yo siempre pienso en un montón de referencias cruzadas. Cuando me vaya no tendrán la menor dificultad para encontrar nada.

Ah, seguro que las tendrán, pensó Catherine. Entender el sistema de archivos de otra persona es más o menos igual de difícil que llegar a conocer de verdad a otro ser humano. Justo cuando crees saberlo todo sobre él, sucede lo imposible, la eme de miscelánea cuando diste por sentado que estaría en otro apartado.

Ahora, se percató, habían cambiado de tema, un asunto eclesiástico, por lo visto.

—El pastor es un hombre bastante joven y no siempre viste de clérigo. — Esa frase provino de la mujer que Catherine había bautizado como Cucaracha; la otra era Sombrero de leopardo.

—Claro que en la otra iglesia, o sea, en la anglocatólica, el párroco es un anciano —continuó Cucaracha—. Es una lástima que la Iglesia de Inglaterra no reclute a algunos de estos jóvenes; da la impresión de que son todos viejos, ¿no te has fijado?

—Bueno, la juventud no lo es todo —repuso Sombrero de leopardo—. Los jóvenes son a veces un poco torpes. Y hasta los viejos han debido de ser jóvenes alguna vez.

—Hombre, sí, eso no te lo discuto. Jóvenes han debido de ser. Pero lo que yo quiero saber es: ¿qué pasa con los que se acaban de ordenar? ¿Quién se los queda? —La voz de Cucaracha había subido de volumen por la indignación.

Un órgano eléctrico, en el que Catherine no había reparado hasta ahora, empezó a sonar en ese momento; lo tocaba una mujer de aire competente con un traje sastre. Los sonidos que provenían del instrumento, susurrantes, melosos y a la vez alegres, se entremezclaron con las voces monótonas de Cucaracha y Sombrero de leopardo como en una pesadilla.

Catherine no pudo soportarlo un segundo más, y, para colmo, todo apuntaba a que tampoco podría tomar café.

—¿Sirven el café en las mesas? —le preguntó a Cucaracha.

—Sí, sí, van pasando. Pero no habrá café hasta las siete.

Catherine se quedó un instante cavilando sobre la extrañeza de aquello. Así que ni siquiera eran aún las siete. ¿Qué iba a hacer aquella noche? ¿Irían Tom y Deirdre a su piso?, se preguntó. Podría parecer el sitio obvio adonde ir si querían seguir haciendo manitas tranquilamente. Qué poco sutiles eran los hombres, pero tal vez lo fuesen solo en comparación con la enrevesada delicadeza de las mujeres, que asfixiaban a sus hombres bajo una nube de asociaciones sentimentales: nuestra canción, nuestro poema, nuestro restaurante, hasta que finalmente ellos acababan luchando por liberarse, cual pájaros atrapados bajo las pesadas mallas negras de la red que protege las fresas, pensó, modificando su metáfora. No obstante, hasta aquel momento para ella aquel pequeño restaurante era suyo y de Tom, y no se le había pasado antes por la cabeza que simplemente daba la casualidad de que era un lugar que estaba cerca y era barato, y que quizá eso era todo, y pare usted de contar.

Un joven con una bata blanca estaba sirviéndole en la taza un líquido de intenso aroma. Lo aceptó con gratitud y resignación, ya que era fuerte y amargo, casi medicinal, y al beberlo se dio cuenta de que le sentaba bien. El té es más sano que el alcohol y mucho más barato, reflexionó, y debe de haber miles de personas que lo sepan.

—Qué buena taza le han servido —dijo Cucaracha con un tono bastante afable.

—Sí, es bueno y fuerte —dijo Catherine—. A veces es lo que hace falta.

—Perdone que le pregunte —empezó a decir Sombrero de leopardo—, pero ¿tiene…, usted ha… perdido recientemente a un ser querido? —acabó soltando de sopetón.

—¿Yo? Oh, no, no, no exactamente —respondió Catherine, sintiéndose algo azorada e insegura.

—Lo decía por su vestido negro y esos pendientes de azabache… Discúlpeme.

—Ah, no pasa nada. Al fin y al cabo, podría haber sido el caso.

—Sí, tenemos que estar preparadas —comentó Sombrero de leopardo—. Aquí tiene usted a mi amiga, que acaba de perder a su madre.

—Vaya, cuánto lo siento… —Catherine miró a Cucaracha con una suerte de asombro y pensó en lo extraño que era que alguien que parecía tan mayor hubiese tenido a su madre viva hasta hacía poco.

—Ahora que mi madre ya no está podré ir a la Iglesia congregacional — anunció Cucaracha a modo de confidencia—. El pastor es un hombre bastante joven y no siempre va vestido de clérigo. Por supuesto la otra iglesia, la anglocatólica, tiene un párroco viejo…

Catherine se levantó de forma más bien brusca. Todo apuntaba a que la pesadilla, que el té fuerte había disipado temporalmente, estaba regresando. Se preguntó cuánto tiempo seguirían allí sentadas hablando sobre la edad de los clérigos y si alguna vez descubrirían quién se llevaba a los jóvenes recién ordenados.

—Les ruego que me disculpen —se excusó—, pero tengo que irme… ¡Buenas noches!

Ahora que mi madre ya no está… Habría sido una triste pérdida, sin duda, pero al menos ahora podía ir a rendir culto donde quisiera. Si Tom se marchase, ella también sería libre, pero no tenía la reconfortante seguridad de la Iglesia congregacional y el joven pastor esperándola. Se lo imaginó de pie junto a la puerta, estrechando las manos de los feligreses después de la ceremonia vespertina del domingo, tal vez dedicándoles unas palabras a aquellos que hubiesen sufrido recientemente la pérdida de un ser querido…

No había señales de vida cuando alzó la vista hacia la ventana de su piso, aunque ni siquiera sabía si esperaba ver alguna. En la sala de estar, el escritorio estaba repleto de páginas desperdigadas mecanografiadas por Tom, llenas de erratas. Cogió una y leyó una frase que comenzaba así: «Con anterioridad al inicio de mi segundo viaje de campo…». Recordó haberle sugerido que simplificara la frase, pero no había seguido su consejo. Supongo que amamos a las personas por lo que son y no por lo que esperamos hacer de ellas, pensó, sujetando la página contra la mejilla. Deambuló por la habitación, observando cómo fuera iba oscureciendo y preguntándose si Tom y Deirdre seguirían en el restaurante. Podría ser; todavía no era muy tarde, y con todo aquel agarrarse de la mano seguramente avanzaban muy despacio con la comida. Tal vez fuesen a dar un paseo por el parque. Tom, por norma, no era muy aficionado a la naturaleza, pero Catherine sabía que en las primeras fases de una aventura amorosa era bastante habitual que las personas tuviesen comportamientos poco propios de su carácter.

En ese momento recordó que no había conseguido tomar café durante la cena, así que se preparó una taza y se instaló frente a su máquina de escribir, en la mesa junto a la ventana. Había, como de costumbre, una página escrita a medias, detenida en mitad de una frase, así que pudo continuar directamente donde lo había dejado, introduciéndose en el ambiente francés de la historia que estaba escribiendo, en la que dos desconocidos, que pronto se convertirían en el héroe y la heroína, se encontraban con tres horas de espera entre trenes en medio de una calurosa tarde y paseaban hasta la plaza de una pequeña localidad francesa. Se sentaban en un banco y observaban las adelfas rosas y blancas mientras conversaban al son de una lejana banda militar… Catherine se abstrajo tanto que pasaron casi dos horas, hasta que oyó pasos en las escaleras y descubrió a Tom de pie, mirándola por encima del hombro.

—Hola —lo saludó ella sonriéndole ensimismada, pues aún estaba muy muy lejos—. ¿Ha ido bien la tarde?

—Sí, gracias. Aunque tengo bastante apetito.

—Supongo que has comido temprano —comentó Catherine como si nada —. La verdad es que yo también… Voy a hacer una tortilla, ¿te apetece?

Mientras cocinaba, Tom se sacó un papelito del bolsillo y lo leyó, luego preguntó en voz alta:

—¿Sabes quién era Scheherezade, Catty?

—¡Qué pregunta más curiosa! Creo que una especie de muchacha esclava árabe que no dejaba de contarle historias al sultán y no podía dejar de hacerlo porque si no lograba mantener su interés, él la decapitaría al día siguiente.

—Entiendo. Una de esas cosas que a ti se te podrían dar bastante bien, aunque no a todo el mundo.

Catherine notó que sonreía al decirlo. Hizo las tortillas y las llevó a la mesa, apartando a un lado su máquina de escribir.

Siguieron sentados en silencio durante un rato, y entonces, con un tono poco natural, Tom dijo:

—Estar casado debe de ser bastante cómodo, en cierto modo.

—¿En qué modo? —preguntó Catherine, sin querer ponérselo fácil, ya que no tenía ganas de iniciar una conversación sobre el matrimonio en general.

—Bueno, pues tener a una persona ahí todo el tiempo, ya sabes…, la misma cara sobre la almohada, y durante el desayuno, y que luego siga ahí cuando llegues a casa por la noche.

—Creo que haces que suene muy pero que muy deprimente, si solamente se trata de tener siempre la misma cara cerca.

—Sí, yo también lo veo así, en cierto modo —repuso Tom casi con entusiasmo—. Quiero decir, puede que llegue un momento…

—En el que quieras ver una cara distinta —Catherine acabó la frase al punto.

—Bueno, quizá no todo el tiempo, pero sí de vez en cuando.

—Por desgracia todavía no somos capaces de lidiar demasiado bien con eso —objetó Catherine—. Para arreglártelas con dos esposas o incluso con dos novias se necesita muchísimo tiempo y habilidad, y también dinero, y tú tienes que acabar tu tesis, no te olvides.

—Ay, Catty, de verdad que eres incluso demasiado comprensiva… Entiendes las cosas casi demasiado bien.

—Tampoco hay tanto que entender, ¿no?

—Es que ella parece tan infeliz, tal vez sea eso —dijo Tom con tono desconcertado—. En cierto modo, siento que me necesita y a un hombre le gusta sentir eso a veces.

—Claro, es normal —convino Catherine—. Eso es lo que parece no funcionar con muchas relaciones hoy en día, que las mujeres crean que son las fuertes de la pareja y que los hombres no pueden salir adelante sin ellas. Antaño —sonrió al pronunciar aquella palabra— era muy distinto…, o eso nos imaginamos siempre. ¿O eran más diplomáticas las mujeres de entonces?

—La pobre vive en esa casa deprimente de las afueras, donde nadie la entiende de verdad —continuó Tom—. Y sí, ya sé que fue muy agradable ir a tomar el té…

—Así que es de Deirdre de quien hablamos.

Tom puso cara de perplejidad.

—Pues claro. ¿De quién pensabas que podría ser?

—No sé, pero da la impresión de que conoces a muchísimas chicas nuevas en la universidad… ¿Cómo voy a saber con cuáles vas a hacer manitas en restaurantes? Por cierto, espero que la de esta noche fuese una de las cenas buenas. Ya sabemos cómo puede variar en ese sitio la calidad de la comida. —Ella le lanzó una mirada divertida, que a él le hizo pensar en lo distintos que eran aquellos ojos grises, alegres y burlones de los de Deirdre, de un marrón intenso, con su aire de devoción, como los de un spaniel.

El problema era que a él le gustaban las dos, tal vez hasta las amase a las dos. Empezó a construir una frase sobre la poligamia y cómo las sociedades primitivas estaban en realidad mucho mejor organizadas que nuestra civilización, pero otra mirada de Catherine lo detuvo.

—Sí, sí, te vi —dijo ella—. A ver, Tom, ¿qué cambios prácticos implicará esto? No puedes traértela a vivir aquí, eso lo sabes. A su madre y a su tía no les haría gracia la idea, y además no hay espacio.

—No, supongo que no lo hay —convino Tom, como si hubiese estado considerando seriamente la idea de llevarse a Deirdre a vivir al piso de Catherine—. Tal vez yo podría alquilar una habitación con Mark y Digby.

—Ay, Tom, en esa casa deprimente que se cae a pedazos junto a las vías del tren…, ¡y con ese espantoso calentador en el cuarto de baño!

—Es un sitio como cualquier otro para acabar mi tesis —arguyó Tom con frialdad.

—Y cualquier sitio vale cuando hay amor, ¿no? Ahora entiendo a qué se refería el poeta John Donne cuando escribió aquello de que el amor convierte una pequeña habitación en un cosmos. Y será una habitación diminuta, casi un cuchitril, podría decirse… —Catherine se echó a reír, indecisa.

—Catty, no, por favor. —Tom se acercó y se sentó a su lado—. No tengo que irme, ya lo sabes. No era mi intención empezar todo esto, y no creo haberlo hecho. Me da la impresión de que todo ha sido idea tuya.

—Pero es una buena idea, y te resultará mucho más fácil acabar la tesis si estás lejos de mí. —Levantó la mirada hacia él, en teoría recuperada.

—Creo que dentro de una o dos semanas se desocupa la habitación de Ephraim Olo, podría quedármela —comentó Tom pensativo—. Pronto regresará a África.

—¿Ha acabado entonces sus estudios?

—Sí, va a ser ministro.

—Claro, ahora tienen su propia especie de gobierno, ¿no? Me tranquiliza pensar que en su día la habitación fue de un ministro. Es un poco como el hecho de que Marx y Lenin vivieran en Londres antes de regresar a Rusia. Me tranquilizaría aún más que fuese alguien como el señor Gladstone, ¿no crees?

—Sí, querida —contestó él siguiéndole la corriente.

—Supongo que nos podemos encargar de tus maletas por la mañana, ¿no?

—Santo cielo, sí. No me voy hasta dentro de una o dos semanas.

—Hay que tener bastante sangre fría, ¿no crees?, eso de no irse hasta dentro de una o dos semanas. En los libros y en las películas, e incluso en la vida real, la gente coge y hace las maletas en un segundo y sale a toda prisa de la casa.

—Catty, por favor, no quiero irme ahora. —De repente Tom reparó en que estaba muy cansado.

El largo paseo con Deirdre por el parque, algo a lo que no estaba acostumbrado, debía de haberlo dejado agotado. Ni de lejos había sido su intención iniciar nada; tal vez por la mañana se diesen cuenta de que todo había sido un error.