Un poco menos que ángeles

Barbara Pym · Capítulo 7 de 23

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Un poco menos que ángeles

Capítulo 7

 

En cuanto Deirdre se repuso del shock que le produjo enterarse de que Tom y Catherine vivían juntos, empezó a recuperar el ánimo de nuevo. A los diecinueve años, las esperanzas no permanecen truncadas durante mucho tiempo y Deirdre no tardó en descubrir aspectos de esa relación que la alentaran. Mark y Digby no creían que Tom y Catherine fueran a casarse y era obvio que no aparentaban estar muy enamorados, aunque no resultaba fácil deducir cómo podrían haberlo demostrado en una fiesta en la que ambos estaban ocupados en atender a sus invitados. De cualquier modo, Catherine no era ni especialmente guapa ni tampoco joven, y era bastante probable que Tom estuviese empezando a cansarse de ella, sobre todo al no ser antropóloga y, por lo tanto, no poder compartir intelectualmente su trabajo. Esto último era de una importancia crucial, en opinión de Deirdre; era realmente un privilegio tener esa oportunidad, aún más cuando el trabajo era difícil e ingrato de por sí. No es que quisiera privar a Catherine del amor de Tom, pues había simpatizado con ella, en el sentido de que una mujer joven suele admirar a una de mayor edad que aparenta llevar una vida interesante y envidiable. La cuestión es que Deirdre consideraba a Catherine una persona espléndida…; su piso y su modo de vida bohemios, y que escribiese, eran particularidades que nada tenían que ver con las de sus orígenes en la periferia, que Deirdre encontraba tan asfixiantes y de las que creía estar luchando por liberarse.

El domingo que Catherine y Tom tenían previsto tomar el té en su casa era Pentecostés. Durante el desayuno se debatió la cuestión de la asistencia a la iglesia. A la señora Swan la apenaba que Deirdre no hubiese asistido con ellos a la primera ceremonia de la mañana. El párroco la llamaba missa lecta, pero ella aún no se atrevía a utilizar aquella terminología tan poco familiar y, en cierto modo, bastante espantosa.

—Malcolm y el señor Dulke hicieron la colecta —dijo la señora Swan—. Ha sido una ceremonia preciosa. Ojalá hubieses venido, cariño.

—No me apetecía —respondió Deirdre de forma evasiva—. La verdad es que ya no sé si creo en todo eso.

Se hizo el silencio en la mesa. Malcolm pasó su taza para que le sirvieran más café. Rhoda cogió otra tostada. Nadie decía nada, pero Deirdre empezó a sentir que su comentario había sido bastante infantil y de mal gusto.

—¿Qué fue lo que tocó el organista cuando nos levantamos? —preguntó Malcolm—. Era una melodía muy agradable, en mi opinión.

—Sonaba como la primera cantata de The Song of Hiawatha, la de la boda —apuntó Rhoda con tono preocupado—. De Coleridge-Taylor, ya sabéis. Pero no creo que fuese eso.

—El señor Lewis estaba improvisando —explicó la señora Swan—. Habrán comulgado casi cien personas, y diría yo que estaba distraído. Supongo que en cierto modo la música no era en realidad tan inapropiada; hay muchos indios en India que son cristianos, ¿no es cierto?

—Estos eran indios americanos, creo yo —puntualizó Malcolm.

Daba la impresión de que estaban metiéndose en camisas de once varas, así que Mabel cambió de tema mencionando que habría una procesión en la ceremonia de las once.

—A eso puede que vaya —dijo Deirdre—. Supongo que será un espectáculo interesante.

Mabel, por prudencia, no hizo ningún comentario y se alegró al ver que Deirdre estaba dispuesta a acompañar a Rhoda y a Malcolm llegado el momento. Ella se quedaría en casa para cocinar el asado del domingo, un excelente solomillo de ternera.

Ojalá viviese sola en un piso como el de Catherine, pensó Deirdre, sentada entre su hermano y su tía en su banco habitual, así no tendría que preocuparme por la armonía familiar ni por herir los sentimientos de los demás.

Para asegurarse de obtener sus asientos favoritos habían llegado demasiado temprano, y no tenían otra cosa que hacer más que mirar de un lado a otro de la iglesia, que, como tantas otras iglesias de extrarradio, había sido construida a principios del presente siglo y no poseía memoriales antiguos ni elementos arquitectónicos extraordinarios. Todo lo que podía relucir, lo hacía a las mil maravillas, desde los candelabros del altar hasta las placas conmemorativas de los difuntos párrocos, Ernest Hugh La Motte Spofford, George William Brandon y James Edward Ferguson Law. El actual titular, Laurence Folkes Tulliver, no podía esperar que lo inmortalizaran en latón hasta pasados unos años, pues era un hombre en la flor de la madurez que había introducido en las ceremonias muchos elementos que resultaban nuevos y asombrosos a sus feligreses. Había tenido la prudencia de hacerlo de modo paulatino, de forma que cuando la iglesia se ganó el derecho a lucir las

misteriosas letras DSCR[4] después de su nombre en la Guía de iglesias de Mowbray, la mayoría de los feligreses aceptó con orgullo que se hubiese convertido en una parroquia de la High Church casi sin saberlo. Solo algunos de los parroquianos más ancianos encontraban un poco alarmantes las campanas y el incienso, pues tal como decía el padre Tulliver, muy acertadamente en lo que al rito del asperges se refiere, los jóvenes se habían habituado a los rituales como peces en el agua.

Claro que si te veías en la tesitura de tener que ir a la iglesia, se decía Deirdre a sí misma, este tipo de celebración era muchísimo más interesante y no tenía nada que envidiar a las ceremonias religiosas de los pueblos sobre los que leía en sus estudios de antropología. A menudo había desconocidos que visitaban la iglesia, algo que jamás había ocurrido en los años de párroco del señor Law. Incluso hoy había un desconocido avanzando por el pasillo en busca de un asiento, pues el padre Tulliver había eliminado el viejo sistema de tarjetas en los bancos para marcar los puestos fijos de los parroquianos más fieles y los contribuyentes a las finanzas de la iglesia. Normalmente el señor Diprose, el sacristán, acompañaba a los desconocidos hasta el banco adecuado, pero todo apuntaba a que este se le había escapado, y cuando las pisadas resonaron junto a Deirdre, vio que se trataba de Jean-Pierre, vestido todo de gris claro y con un par de guantes amarillos. Vaciló un instante y se decantó por un banco cerca de la primera fila, desde donde debió de calcular que gozaría de una buena panorámica de todo cuanto allí sucediera.

—Ese hombre se ha sentado en el banco de los Dulke —le susurró Malcolm a Deirdre—. No sé si pedirle que se mueva.

Pero antes de que tuviese tiempo de hacer nada, los mismísimos Dulke habían llegado y se les veía vacilar en el pasillo cuando repararon en el desconocido. Hay pocas cosas más desconcertantes o incluso perturbadoras para un feligrés asiduo de una iglesia que no suele llenarse demasiado que encontrar su asiento habitual ocupado por otra persona. Puede que en sus cuarenta años como parroquianos de esta iglesia, a los Dulke nunca antes les hubiese sucedido algo así. De hecho, había un banco vacío delante y otro detrás, pero no era exactamente lo mismo. Su banco estaba justo enfrente del punto donde en invierno ascendían las ráfagas de aire más caliente desde las rejillas de las baldosas hidráulicas. Ahora era verano, pero eso era lo de menos.

—¿Qué harán? —le susurró Rhoda a Deirdre.

Por un segundo la tensión pudo cortarse con un cuchillo, y entonces la señora Dulke pareció recobrar la calma e hizo ademán de entrar en el banco. Jean-Pierre, con una sonrisa encantadora, se desplazó para hacer sitio y, con un gesto cortés, desenganchó un cojín reclinatorio para la señora Dulke. Ella, tras quitarse los guantes y la piel de zorro, se arrodilló un instante en agitada oración. El señor Dulke no tuvo tiempo siquiera de intentarlo, pues en ese momento se oyó el tintineo de una campanilla, el organista empezó a tocar una música indeterminada y la procesión hizo su entrada en la iglesia.

Al ser una festividad, los sacristanes vestían sus sobrepellices adornadas con encajes, y el padre Tulliver lucía una capa pluvial realmente magnífica. Era difícil que Jean-Pierre hubiese escogido una ocasión mejor para visitar la iglesia, y daba la impresión de que seguía con mucha atención el desarrollo de la ceremonia. No hubo ningún sermón como tal, es decir, el padre Tulliver no llegó a subir al púlpito, sino que se quedó en el presbiterio y pronunció unas palabras, haciendo alusión a la importancia de la festividad con un apunte sobre el significado de la palabra paráclito. La celebración se desarrolló magníficamente y lo más probable era que todo el mundo se sintiera mejor por haberla presenciado.

Deirdre llevaba un buen rato preocupada por Jean-Pierre, al recordar su precipitada invitación o medio invitación a comer un domingo en casa cuando estuvieron charlando durante la fiesta. Jamás se había imaginado que pudiera presentarse de verdad. Quizá debería escabullirse a hurtadillas ahora para ahorrarse la vergüenza, pero por lo que veía todos los asistentes salían de la iglesia juntos y a la vez, así que sería imposible evitarlo.

—Al final has venido —dijo ella de forma poco convincente—. ¿Te ha gustado la ceremonia?

—Me ha parecido mágica —respondió Jean-Pierre saludando con una inclinación.

No era aquel precisamente el adjetivo más adecuado, pensó Deirdre, aunque entendió a qué se refería.

—El hecho es que me he sentido casi como en casa, aunque hubiera algunas diferencias interesantes en la liturgia.

—Entonces es usted católico apostólico, señor…, eh…, —Rhoda apeló con la mirada a Deirdre, que aún no les había presentado a aquel apuesto joven.

Deirdre siempre se olvidaba de las presentaciones o las hacía al revés, pero al final quedó claro quién era Jean-Pierre, y la actitud de Rhoda se vio reconfortada.

—Quédese a almorzar con nosotros —le propuso—. Siempre nos alegramos de conocer a los amigos de Deirdre. Mi hermana, es decir, la madre de Deirdre, estará encantada. Está en casa preparando la comida, aunque, claro, las cosas ya no son lo que eran —añadió de forma enigmática.

Deirdre supuso que estaría recordando los viejos tiempos en que contaban con una cocinera.

—Imagino que se ha producido toda una revolución social en Inglaterra —comentó Jean-Pierre educadamente—. La dinámica del cambio cultural.

—Es una lástima —continuó Rhoda, desconcertada por el final de la frase de aquel joven—. En ciertos aspectos, quiero decir. Es obvio que sí queremos que las cosas se distribuyan de forma más igualitaria, eso es bueno…

—Siempre y cuando nos toque la porción más grande —puntualizó Jean-Pierre, adelantándose deprisa para abrir la verja—. ¡Qué fantástica casa!

—Es independiente, por supuesto —dijo Rhoda—, lo que resulta una ventaja.

—Sí, la independencia es algo bueno. Aunque puede que a veces uno sea demasiado independiente.

—¿Os apetece tomar algo? —sugirió Malcolm, y Rhoda sintió cierto alivio cuando los «jóvenes», como ella los consideraba, se llevaron sus gin-tonics al jardín. Ella fue corriendo a la cocina a darle la noticia a su hermana.

—Sabía que no te importaría que lo invitase a comer —le dijo—. Parecía un trozo tan grande de ternera, y queremos animar a Deirdre a que traiga a sus amigos, ¿no? Claro que es francés y sí que tiene un aire bastante extranjero, con esos guantes amarillos, pero habla inglés perfectamente y parece muy encantador. A ver, ¿hemos hecho suficiente verdura? ¿Tú qué crees? — prosiguió bastante alborotada—. Será mejor que vaya poniendo la mesa. Se sentó por error en el banco de los Dulke, pero les hizo sitio cuando llegaron, así que no pasó nada. Desenganchó un cojín para que se arrodillase la señora Dulke; me imagino que ningún hombre inglés haría algo así. No son más que las doce y veinte; qué bien que el padre Tulliver no nos haya dado un sermón de verdad, tan solo unas palabritas sobre el significado de Pentecostés.

—¿Y cuál es el significado? —preguntó Mabel, que seguía sentada a la mesa de la cocina, escuchando el alegre sonido de la carne chisporroteando en el horno—. Me lo he preguntado muchas veces.

—Oh, es de origen judío o griego —explicó Rhoda con voz aturullada—, y paráclito, eso también es griego. Ven, paráclito divino, ya conoces el himno. Creo que será mejor poner los manteles individuales de encaje, ¿no?

—¡Cómo no!

Mabel estaba pensando que Rhoda, después de la mañana en la iglesia, se parecía más a la Marta del Evangelio que ella misma, que se había pasado la mañana en la cocina sin rechistar. Le gustaba que Deirdre invitase a un amigo a comer, pero esperaba que su hermana no montase demasiado jaleo por ello. Deirdre había estado tan difícil y taciturna últimamente que debían proceder con mucho tacto.

La comida fue un éxito y a todo el mundo le cayó bien Jean-Pierre, que formuló sus preguntas sobre la vida en la periferia inglesa de forma tan encantadora que era imposible que nadie se sintiese ofendido por ellas. Cuando acabaron de comer, Mabel y Rhoda se retiraron a fregar los platos mientras el resto se llevó el café al jardín. Era una tarde calurosa y la quietud del domingo solo se veía perturbada por el sonido de un cortacésped lejano.

—No querría impediros que echéis un sueñecito —dijo Jean-Pierre por cortesía—. Supongo que lo haréis al aire libre en verano.

Malcolm se recostó en su tumbona.

—Solo las personas ancianas y de mediana edad duermen después de comer —explicó—. Yo normalmente me paso por el club a echar una partida de tenis.

—¿Vas a ir hoy? —le preguntó Deirdre, preocupada por cómo iba a mantener la conversación si se quedaba a solas con Jean-Pierre.

—Sí, supongo que me pasaré sobre las tres. ¿Quizá te apetecería venir? — se dirigió a Jean-Pierre.

—Por desgracia no soy muy de deportes al aire libre —respondió con franqueza—. Y tengo otro compromiso a las tres. Hay una reunión en Bayswater, un mensaje del Más Allá. ¿Tal vez haya un autobús desde aquí?

—Oh, sí, claro —respondió Deirdre—. Yo te acompaño.

—Debo despedirme de vuestra madre y vuestra tía, si no es molestia.

—Me imagino que aún están en la cocina fregando los platos.

—Entiendo, los miembros de la familia de mayor edad se encargan de la cocina cuando no hay criados. ¿La madre y la hermana del padre?

—No, mi tía Rhoda es la hermana de mi madre.

—Ah, sí, comprendo. En teoría, las mujeres con lazos familiares más estrechos trabajarán mejor…, no se pelearán.

Cuando se fue, Deirdre se instaló en el jardín, esperando, inquieta, la llegada de Tom y Catherine para tomar el té. Mabel y Rhoda seguían en el interior de la casa, descansando en sus habitaciones o sacando el mejor juego de té. Habían declinado la ayuda de Deirdre, que se había enfurruñado un poco. Se sentó en una tumbona con un libro de antropología y un volumen de poesía sobre las rodillas, pero no abrió ninguno. Se tumbó con los ojos cerrados pensando en Tom, intentando recordar su cara. Al cabo de unos minutos de concentrada meditación, consiguió evocar todos sus rasgos por separado, pero no logró ensamblarlos en una única pieza, por lo que el resultado fue similar a una cabeza picassiana, con los ojos grises y brillantes y la nariz afilada colocados en lugares inesperados. Comenzó entonces a tener la sensación de que alguien la estaba observando a través del seto que separaba su jardín del de los vecinos, los Lovell. Abrió los ojos y en un primer momento el sol la deslumbró demasiado como para poder ver nada. Pero por fin distinguió lo que sin duda eran dos luminosos ojos oscuros mirándola fija y atentamente a través de un pequeño hueco entre las hojas. Reconoció a uno de los hijos de los Lovell, una niña pequeña de unos cinco años. Por un instante le devolvió la mirada, pero se vio obligada a apartarla ante su inquebrantable intensidad. Cogió uno de sus libros y lo abrió.

—¿Qué estás haciendo? —Las palabras llegaron en un ronco susurro.

—Nada —respondió Deirdre con tono distante.

—¿Por qué?

A Deirdre no se le ocurría ninguna respuesta razonable a aquella pregunta que una niña de cinco años pudiese entender y, de repente, deseó poder sentirse más cómoda en compañía de niños. Wordsworth, pensó, recordando con desagrado los poemas que había leído en el colegio, podría haberle sacado partido a aquella situación, pero a ella la superaba. Pasó las páginas de su libro de antropología, un volumen verde y delgado, bastante mal escrito y con demasiadas notas al pie. No era el tipo de lectura más apropiada para una estupenda tarde de domingo.

—¡Estabas dormida! —Ahora la voz se alzó triunfal, rematada por un gorjeo de risas—. ¡Te he visto!

—No estaba dormida. Estaba pensando.

—¿Por qué?

Aquel intercambio podría haberse prolongado toda la tarde si en ese momento Rhoda no hubiese salido al jardín con un soporte para tartas.

—Creo que podríamos tomar el té en el jardín —dijo—. Me imagino que a tus amigos les gustará.

—Sí, sería muy agradable. ¿Nos ponemos al otro lado, bajo el manzano?

—Sí, creo que es el mejor sitio.

Rhoda se alegraba de que Deirdre lo hubiese sugerido, ya que, secretamente, prefería tomar el té en el lado del jardín que daba a la casa del señor Lydgate, a quien intuía más interesante que los Lovell. El señor y la señora Lovell, los niños, Roy, Jenny y Peter, y Snowball, el viejo perro sealyham, eran insulsos y no constituían ninguna novedad. A saber qué cosas podrían llegar a ver y oír a través del seto del lado del señor Lydgate…

A Catherine, que caminaba por la calle con Tom desde la parada de autobús, le entusiasmaba la belleza apacible de la escena de aquella tarde de domingo, la calle flanqueada por los árboles, los cuidadísimos y coloridos jardines delanteros, algunos vacíos bajo el sol, otros atendidos con gran vitalidad por hombres con el cuello de la camisa desabotonado o mujeres con vestidos de algodón y sandalias. De todas partes les llegaban los agradables sonidos de los niños, los perros, los pájaros, los cortacéspedes y las tijeras para podar setos.

—Supongo que esto es lo que llaman las afueras —comentó Tom—. Tiene un aire bastante agradable. —Él había vivido en Londres y había visitado alguna que otra vez a sus tías en los barrios de Kensington y Belgravia, pero desconocía por completo aquel territorio en el que una inmensa cantidad de personas pasaba la vida.

—¡Ay, mira! —gritó Catherine—. ¡Esta casa se llama Nirvana!

—Chist, Catty, pueden oírnos —la reprendió Tom en voz baja.

Aquella tarde, Catherine estaba en lo que Tom consideraba uno de sus peores estados de ánimo, de aquellos a los que a él le resultaba más difícil hacer frente. Cuanto menos le siguiese la corriente, más delirantes y frívolas serían sus fantasías. En ese momento, comprobó horrorizado que ella empezaba a cantar algo sobre las flores de loto y la búsqueda del nirvana en sus brazos amorosos.

—«Mientras el río corra hasta el océano, / Mi alma, ¡mi alma correrá

hasta la tuya!»[5] —concluyó triunfal, aferrándose a él cariñosamente.

Caminaron en silencio unos segundos, pero entonces a Catherine le llamó la atención una hilera de casas con los pilares de entrada custodiados por unos leones de piedra. Se detuvo maravillada delante de ellos y comenzó a acariciarles el cuerpo y la cabeza.

—Pobrecitos —se compadeció—, tienen los hocicos y las garras muy desgastados, como debe de ocurrirles a los leones de jabón después de usarlos por primera vez. Sabes cuál es mi soneto favorito de Shakespeare, ¿no?

«Tiempo voraz, embota las garras del león.»[6] ¿Crees que es posible que él viera un león de piedra gastada y aquello le diese la idea? ¿Tal vez sobre el pilar de entrada de alguna casa noble?

—Pues ni idea —dijo Tom, impaciente—. Venga, date prisa, que no lleguemos demasiado tarde.

—Claro que a Shakespeare no le importaría mucho que el tiempo voraz embotase las garras del león —continuó, meditabunda—, o ni siquiera que la «longeva fénix ardiese en su sangre». La cuestión era que el tiempo no debía «tocar la frente de su amado. Ni trazar allí líneas con su antigua pluma», ¿te acuerdas de esa parte? —Levantó la mirada hacia él, aunque él no le contestó —. Pues a ti sí que te han salido unas cuantas líneas que no había visto antes —añadió con bastante malicia—. Pero, bueno, a mí también, vaya, ¡un montón! Le confieren personalidad al rostro, eso es lo que siempre digo cuando escribo artículos para mayores de cuarenta. Si tienes la cara lisa, es imposible que hayas experimentado de verdad la alegría, la pena, el amor…

—Creo que esta debe de ser la casa —anunció Tom bastante cortante.

—Ah, sí, seguro. Las casas de este extremo de la calle son mucho más bonitas, grandes y majestuosas. ¿Crees que el difunto señor Swan era un próspero comerciante, tal vez con un negocio boyante de té y especias en Mincing Lane?

—Mira, ahí está Deirdre, en el jardín delantero —dijo Tom al instante.

—Y el arbusto bola de nieve del que me hablaste —añadió Catherine, avanzando deprisa para saludarla—. ¡Qué cosa tan bonita!

—Espero que no haya sido demasiado lío llegar hasta aquí —dijo Deirdre —. Yo siempre pienso que es una lata tener que salir un domingo por la tarde.

—Ay, el trayecto en autobús fue estupendo y a Tom le ha encantado que lo apartaran a la fuerza de su tesis —comentó Catherine con tono jovial—. Llevaba todo el día refunfuñando.

—Pobre Tom —dijo Deirdre en voz baja.

—A veces los hombres parecen tener muy poca fuerza de voluntad y capacidad de concentración —continuó Catherine mientras esperaban el té sentados en el jardín—. ¿Por qué será?

Deirdre jamás se había planteado demasiado el asunto y creyó que Catherine estaba siendo algo desleal por hablar de Tom de aquel modo. Todavía era demasiado joven e inexperta como para estar del todo segura de que se pueda amar y criticar a alguien al mismo tiempo.

—Escribir una tesis debe de ser muy difícil —se aventuró a comentar.

—Claro que lo es, pero él solito decidió hacerlo. Se echó la carga al hombro sin que nadie lo obligara.

—Tal vez necesite… —empezó a decir Deirdre.

—¿Alguien que lo entienda de verdad? —Catherine se echó a reír, lanzándoles una ojeada a ambos.

—Sí, Deirdre, eso es justo lo que necesito —intervino Tom, dedicándole una mirada bastante peculiar.

—Ay, aquí llegan mi madre y mi tía —anunció Deirdre saltando de la silla.

Dos señoras de mediana edad ataviadas con primorosos vestidos veraniegos y saliendo al césped por una cristalera, cargadas con bandejas de té, es un espectáculo de lo más agradable y reconfortante, pensó Catherine, envidiosa de Deirdre, que debía de presenciarlo muy a menudo.

Una vez hechas las presentaciones, se sentaron bajo el manzano. Mabel empezó a servir. El té trazó un amplio arco desde el pitorro de la tetera de plata. Rhoda no dejaba de mirarlo, ansiosa, ya que creía servir el té mejor que su hermana, pero logró controlar sus temores y se dirigió a Catherine con una pregunta de cortesía.

—¿Así que usted escribe? Historias, nos contó Deirdre. —Su tono era algo inseguro, ya que era la primera escritora que conocía. Había oído que, o bien odiaban que se les mencionase su profesión, o bien se ofendían si no se hacía, y no tenía claro a qué grupo podía pertenecer Catherine.

—Sí, las típicas historias triviales para mujeres, por lo general con final feliz —explicó Catherine, adoptando aquel tono bastante peyorativo detrás del que a veces se ocultan los escritores del desprecio y las burlas del mundo —. Me las arreglo para ganarme así la vida.

—Cuánto me alegra que escriba finales felices —dijo Mabel—. Al fin y al cabo la vida no es en realidad tan desagradable como la pintan algunos escritores, ¿no cree? —añadió, expectante.

—No, tal vez no. Es cómica y triste e indefinida…, a veces aburrida, pero rara vez realmente trágica o locamente alegre, salvo cuando se es muy joven.

—«Rara, rara vez nos visitas, Espíritu del Deleite [7]» —murmuró Deirdre con una apesadumbrada intensidad, ya que de repente le asaltó la idea de Tom y Catherine conviviendo en la intimidad.

—Pues tenemos que estar atentas a sus relatos —añadió Rhoda por cortesía.

La tenía un poco desubicada la conversación con Catherine, que no era exactamente lo que se había esperado. Catherine, como si se hubiera percatado de aquello, empezó a elogiar los pasteles caseros y no tardaron demasiado en compartir recetas alegremente, mientras Deirdre y Tom iniciaban su propia conversación sobre personalidades del mundo de la antropología. Mabel y Rhoda pensaban cada una por su cuenta qué muchacha tan agradable era Catherine, y cuánto se alegraban de que Deirdre hubiese encontrado una amiga sensata, y que probablemente sería una influencia muy positiva.

—Parece que también están tomando el té fuera —dijo Rhoda como si nada, señalando con un gesto hacia el jardín de Alaric Lydgate.

Y, en efecto, oyeron una voz femenina, muy alta y clara, que declamaba, casi como la megafonía de una estación:

—… Tren procedente de Ealing, no efectúa parada en South Kensington y Gloucester Road. El padre Gemini estaba realmente consternado… Imagínense, ¡fue a parar a Earl’s Court!

—Es la señorita Lydgate —susurró Deirdre.

—Él se quejó, pero el tren siguió adelante. No hubo forma de que parase en Gloucester Road.

—El tren de Richmond habría sido más seguro —apuntó otra sonora voz femenina, que pertenecía sin lugar a dudas a la señorita Clovis—. O incluso el de Hounslow, aunque los trenes de Hounslow tienen un algo que no me gusta y, por lo general, me da la sensación de que es mejor evitar los trenes de Wimbledon…

—Fue toda una experiencia —comentó el padre Gemini con su voz más suave—, y he aprendido la lección. En el futuro cogeré el autobús.

Las voces de los hombres eran más bajas que las de las mujeres y resultaba más peliagudo oír el resto de la conversación, sobre todo porque los Swan eran conscientes de que no podían dedicarse a fisgar lo que decían. Tras la pregunta de Catherine acerca de Alaric Lydgate, Rhoda proporcionó un retrato a todo color.

—Se pasea de noche por el jardín con una máscara africana —susurró— y nunca viene nadie a verlo, que yo sepa, salvo su hermana, claro está. Da la impresión de ser una persona solitaria.

—Siempre pienso que la soledad de los hombres es muy triste —comentó Catherine—. Esos anuncios que se ven a veces de hombres que buscan compañía para ir de vacaciones…, y además en periódicos muy respetables, como el Church Times. La verdad es que no los soporto.

—Ay, venga, Catty, también hay muchísimas mujeres que están solas, muchas más que hombres —apuntó Tom con un deje de autocomplacencia.

—Sí, pero, no sé por qué, eso no es tan malo. La soledad a menudo puede considerarse una especie de fortaleza en el caso de las mujeres, puede que también en el de los hombres, claro, pero no se deja ver con tanta frecuencia.

—¿Diría que el señor Lydgate tiene ese tipo de fortaleza? —preguntó Mabel.

—Es algo interior, la verdad —respondió Rhoda—. Hace pensar en los ermitaños… —Se detuvo, pues quizá no se pudiese hablar de ermitaños en las afueras.

—Bah, el señor Lydgate no es más que un hombre de mal carácter que escribe reseñas de libros que no dejan títere con cabeza —dijo Deirdre exasperada—. No tiene nada de noble ni de ermitaño.

—No te olvides de todos esos baúles de material que guarda en el desván —dijo Tom—. ¿No fue eso lo que nos contó la señorita Clovis?

—Sí, supongo que deberías conocerlo —dijo Deirdre.

—No, pero si ya lo conozco —repuso Tom—. Sobre el terreno, a los europeos nos resulta difícil evitar toparnos unos con otros todo el tiempo.

—Pues no me lo dijiste —apuntó Deirdre—. Yo pensaba que…

—¿Que tendrías que engatusármelo como sugirió Clovis? —Tom acabó la frase riéndose.

—¿No le gustaría retomar su relación con él? —propuso Rhoda, ilusionada—. Tal vez si el señor Mallow se pusiera de pie, la cabeza sobresaldría y se vería por encima del seto.

Tom se puso de pie obedientemente, sintiéndose bastante ridículo.

—Anda, miren, pero si es el señor Mallow —gritó la señorita Clovis—. Vaya, Alaric, ustedes dos sin duda deben hacer algo juntos.

En un instante todos estaban de pie y charlando por encima del seto. Tom y Alaric se comportaban como animales desconfiados, observándose con recelo. Tom comentó que de todas formas su tesis estaba casi acabada, y que no creía que pudiera incluir más material. Alaric se apresuró a señalar que sus notas se ocupaban casi exclusivamente de temas religiosos y de cultura material, y que por lo tanto no le servirían de mucho a alguien que escribiera su tesis sobre estructura social y política. Las mujeres conversaban entre ellas y el padre Gemini se mantenía distante; entonces, de repente, se despojó de dos capas de sus desfasadas prendas negras como si estuviese actuando en un espectáculo de estriptis.

Catherine, que había estado observando a Alaric de cerca con el franco interés y la curiosidad que le suscitaba cualquier hombre que acabase de conocer, pensó: «¡Vaya, pues es bastante atractivo! Tan alto y tosco, y esas facciones tan duras con esa expresión adusta me recuerdan a esas figuras de la Isla de Pascua que una vez vi en el Museo Británico. Pobre hombre de la Isla de Pascua, intimidado por su hermana y su autoritario amigo, ¡qué cosas tienen que soportar los hombres!».

Rhoda notó que sin duda habían «avanzado», aunque era obvio que Alaric no era una persona socialmente «accesible».

—Me imagino que uno de estos días lograremos conocerlo de verdad — apuntó bastante pensativa una vez que ambos grupos hubieron regresado a sus respectivas mesas de té.

Vio de nuevo la extraña escena al otro lado del seto: la pareja de hermanos de gran estatura, la señorita Clovis, baja y fornida, y el padre Gemini con su barba rala, quitándose la ropa de buenas a primeras de aquel modo desconcertante. También se había fijado en el té rudimentario, el trozo de pan sin cortar, la mantequilla todavía en el envoltorio y el tarro de mermelada. Sin duda la señora Skinner podía haber dejado las cosas un poco más preparadas, ¿no? Más tarde, cuando ya comenzaba a oscurecer, sentada junto a la ventana de su habitación, Rhoda vio que los restos del té aún seguían sobre la mesita de bambú, con un extraño aire de abandono. ¿Por qué nadie los había metido dentro?, se preguntó. Hacía un rato había oído salir a las señoritas Lydgate y Clovis y al padre Gemini, pero ¿qué hacía él ahora? Se imaginó entrando en el estudio de Alaric Lydgate.

Estaba sentado frente a su escritorio, sin hacer nada. Habría sido un buen momento para empezar a redactar una parte del material que contenían sus baúles metálicos, ya que ahora mismo no tenía ningún libro que reseñar, pero carecía de la energía necesaria para subir las escaleras y ponerse manos a la obra. En vez de eso, le dio por pensar en el grupo que tomaba el té en casa de los vecinos: las dos muchachas y el joven, y las señoras con sus vestidos bonitos y ligeros, tan diferentes de Esther Clovis y su hermana Gertrude, vestidas sin ningún estilo y cargadas de cotilleos antropológicos y entrometidas insinuaciones. ¿Por qué no los había invitado a tomar una copa? Porque él no hacía las cosas así, se suponía que ese era el porqué. Aquella tarde hacía demasiado calor para esconderse tras una máscara y se sintió desprotegido, como si la gente que pasara pudiera mirar a través de la ventana y verlo allí sentado, ocioso. Se le fueron las manos hacia el lateral de su escritorio, donde estaban colgados los catálogos de publicaciones de distintas sociedades e institutos académicos, y también los catálogos de vinos de un par de bodegas. Leería unos u otros en función de su humor, para refrescarse de distinto modo. A aquella hora, con el sol ya poniéndose, las invectivas de los trabajos antropológicos de otros le resultaban en cierto modo mortificantes y de mal gusto, así que se concentró en un catálogo de vinos y se calmó con el mágico nombre Deidesheimer Rennpfad Riesling Auslese…, 67 chelines y 6 peniques la botella. Ese parecía combinar bien con las chicas del jardín, con las voces y las risas que flotaban por encima del seto. No encontraba ningún vino apropiado para su propio té poco refinado en compañía de su hermana y el padre Gemini haciendo una demostración de algo que denominaban «voz entrecortada».