Un poco menos que ángeles

Barbara Pym · Capítulo 20 de 23

Páginas del PDF

Un poco menos que ángeles

Capítulo 20

 

El primer encuentro entre la señorita Clovis y la señorita Lydgate después del fin de semana fatal fue tempestuoso. Ambas partes se dijeron cosas de esas que se lamentan a posteriori, y ambas sintieron la perversa satisfacción que produce pronunciar palabras justo de esa índole. En muy pocas ocasiones podemos decirles a nuestros amigos exactamente lo que pensamos de ellos; para algunos, la ocasión ni siquiera llega a presentarse nunca, y tal vez echen en falta no haber experimentado el regocijo de arrojar sobre un amigo querido todos los rencores ocultos y los insultos a menudo irrelevantes.

Después de aquel episodio, ambas se sintieron extenuadas y hambrientas. Fueron juntas a la cocina y, con las manos aún temblorosas, la señorita Lydgate intentó abrir una lata de sardinas. La señorita Clovis se la arrebató con brusquedad afectuosa para hacerlo ella.

—Lo siento, Gertrude —se disculpó—. Ahora me doy cuenta de que tú no tuviste nada que ver.

La señorita Lydgate estaba inclinada sobre la caja donde se guarda el pan para sacar un pedazo.

—Tomemos una buena taza cargada de Nescafé —sugirió—, a las dos nos hace falta. Aunque no puedo evitar sentir —prosiguió mientras llenaba de agua el hervidor— que podría haber sido un poco más inteligente. Aquel día que almorzamos juntos, él me insinuó de esa forma suya tan sibilina, ya sabes cómo es, que tal vez consiguiese fondos de algún sitio. Yo quizá podría haber indagado.

—Pero aunque te hubieses enterado, ¿qué podrías haber hecho?

—Os podría haber advertido a ti y a Felix. Os podría haber ahorrado todo el agobio del fin de semana.

—Bueno, los muchachos comieron estupendamente bien, mejor de lo que acostumbran, estoy segura. Eso es algo positivo.

—Gemini…, gemelos… Hasta el nombre tiene algo de duplicidad — declaró la señorita Lydgate con tono indignado.

Se sentaron a la mesa, ambas bastante apagadas.

—Supongo que ha sido una purga, una catarsis —dijo la señorita Clovis —. Nos ha hecho el mismo efecto que nos podría haber provocado una tragedia griega. Ahora nos sentimos agotadas y exhaustas de toda emoción.

—Después de esto se acabó nuestra colaboración lingüística. Y sé muy bien lo que voy a hacer. —La señorita Lydgate dejó el cuchillo y el tenedor y dio un puñetazo en la mesa—. Estábamos escribiendo juntos un artículo, pero no estaba terminado. No le permitiré acceder a mi material sobre el verbo gana —declaró con dureza—, y sin él todo el asunto se desmoronará, ¡pero no se lo daré!

La señorita Clovis hizo una pausa, y luego dijo:

—Sí, Gertrude, entiendo que te sientas así, y te agradezco tu lealtad. Pero eres una académica demasiado buena y puedes sacarlo adelante pese a todo. Ese material sobre el verbo gana es demasiado importante como para ocultarlo, y debe publicarse de forma conjunta con las investigaciones del padre Gemini.

—Sí, entiendo a lo que te refieres. Es algo que tiene más importancia que cualquiera de nosotros y por ello, de alguna manera, debemos superar nuestras pequeñas rencillas.

—Exacto. ¡Floreat scientia! —gritó la señorita Clovis.

Se levantaron de la mesa sin hacer ademán de recoger los platos, puesto que no era su costumbre.

—Estoy preocupada por Alaric —dijo la señorita Lydgate—. Lo llamé por teléfono anoche y no estaba en casa. En realidad, la señora Skinner no sabía adónde había ido.

—Imagino que no se lo dijo… Puede que ni siquiera lo considerase necesario.

—Pero me contó que él estaba en casa cuando ella salió al servicio vespertino en la capilla y que, al regresar, había desaparecido sin dejar ninguna nota. No sabía qué hacer con la cena.

—Bueno, ya está crecidito —dijo la señorita Clovis profiriendo una carcajada—. Siempre me he imaginado que en algún momento era posible que echara a volar.

—No creerás que se ha fugado, ¿verdad? —preguntó la señorita Lydgate con cara de preocupación—. Soy quince años mayor y siempre me he sentido responsable de él. Nuestra madre siempre solía decir que era débil.

—Puede que simplemente haya ido al cine —conjeturó la señorita Clovis para tranquilizarla—, pero si estás angustiada, hagámosle una visita sorpresa. Seguro que ya habrá vuelto, veinticuatro horas después.

—Sí, hagamos eso. Vamos en autobús.

Tras bajarse del autobús, mientras iban caminando por la calle, oyeron una serie de explosiones, algunas a lo lejos, otras tan cerca que se sobresaltaron, y en una ocasión el cielo nocturno se vio iluminado por un cohete que explotó en una lluvia de estrellas verdes y doradas. En el aire fresco y escarchado se percibía el olor a pólvora.

—¡Anda, pero si es la noche de Guy Fawkes! —exclamó la señorita Clovis—. ¡Qué divertido!

—No me imagino yo a Alaric celebrándolo —dijo la señorita Lydgate mientras recorrían el sendero que conducía a la puerta principal de la casa.

—Pues no sé yo… —repuso la señorita Clovis asomándose por un lateral de la casa—. Yo diría que hay una hoguera en el jardín, a menos que sea en la casa de al lado.

Llamaron al timbre, pero no apareció nadie en un buen rato, hasta que por fin la señora Skinner les abrió la puerta. Su gesto era de mayor preocupación incluso que de costumbre, y sus grandes pendientes de flores contrastaban de forma incongruente con su angustiada carita demacrada.

—Ay, señorita Lydgate —gritó—, el señor Lydgate está en el jardín, con la señorita Oliphant.

—¿La señorita Oliphant? ¿Quién es la señorita Oliphant?

—La conocimos aquel domingo por la tarde —empezó a explicar la señorita Clovis, aunque la señorita Lydgate avanzaba ya a grandes zancadas por el vestíbulo y salía por la puerta trasera.

—¡Alaric! —gritó—. ¿Qué estás haciendo?

No hubo respuesta, así que se aventuraron a adentrarse aún más en el jardín, hasta que se detuvieron en mitad del césped y emitieron un grito ahogado al ver el panorama que se desplegaba ante sus ojos. Una gran hoguera de palos y broza resplandecía más allá del huerto. Dos figuras, las de un hombre alto y una mujer pequeña, lo atizaban enérgicamente con largos palos, deteniéndose de vez en cuando para arrojar sobre ella legajos de papeles que sacaban de un baúl metálico que había cerca.

—¡Alaric, ¿qué estás haciendo?! —La señorita Lydgate había elevado la voz hasta convertirla en un alarido.

—¡Anda! Hola, Gertrude —la saludó él—, estamos haciendo una hoguera.

—Sí —convino Catherine, con el rostro iluminado por el fuego—. Alaric tenía muchísima basura acumulada en el desván y la noche de Guy Fawkes nos pareció el momento perfecto para deshacernos de una parte de ella.

Lo está llamando Alaric, pensó Gertrude sin venir al caso.

—Pero son tus notas —gritó la señorita Clovis, rescatando una hoja medio quemada de los márgenes de la hoguera—. «No sabían cuándo ni por qué sus antepasados habían abandonado el enclave de la gran roca, ni tampoco sabían decir cuánto tiempo llevaban viviendo en su hábitat actual…» —leyó, y luego con gesto irritado lanzó la hoja de nuevo al fuego—. ¡Cuadros de parentesco! —chilló—. ¡No te puedes deshacer de esto! —Agarró otra hoja, repleta de circulitos y triangulitos, pero Alaric la sujetó y con el palo la introdujo de nuevo en el fuego.

—Esther, no sirve de nada —dijo él—. Ya nunca lo pasaré a limpio. Si Catherine no me hubiera animado, no creo que se me hubiese ocurrido liberarme de esta carga para siempre.

—¡Señorita Oliphant, es usted una mala mujer! —gritó la señorita Clovis haciendo ademán de golpearla.

—La hoguera fue idea mía —explicó Alaric—, y ahora todos vamos a tomar un vino caliente.

—¿Cómo? ¿Incluso la señora Skinner? —preguntó la señorita Lydgate, de nuevo sin venir al caso, pese a que la idea de tomar una copa con la señora Skinner era, sin duda, algo sorprendente.

—Sí, ella también. —Arrojó al fuego otro legajo del baúl. Una parte de él, comida por las polillas, se deshizo como una lluvia de confeti.

—¡Ay, qué bonito! —gritó Catherine.

—Pero ¿qué piensas hacer ahora? —preguntó la señorita Lydgate.

—La verdad es que no lo sé. Seré libre de hacer lo que realmente quiera. Seguiré escribiendo reseñas de libros, por supuesto, pero incluso podría escribir una novela, ¿por qué no?

Todos enmudecieron de asombro.

—Tiene un material fantástico —dijo Catherine.

La señora Skinner apareció en el césped.

—El vino está listo —anunció, incómoda.

—Pues entremos a tomarlo —propuso Alaric—. Ya saldremos de nuevo más tarde para ver cómo sigue la hoguera.

Fue «más tarde» cuando Rhoda, situada junto a la ventana sin cortinas, a oscuras, los vio bailando, o eso pensó, alrededor de la hoguera. Se imaginó, aunque en realidad no veía con la suficiente claridad como para estar segura, que algunos llevaban máscaras. La figura de una persona pequeña, que podría haber sido Catherine o incluso la señora Skinner, parecía estar envuelta en una especie de paño o manta indígena.

Aquella tarde, Rhoda había salido para cenar en la casa del párroco, así que no había visto cómo encendían la hoguera, sino solo esta extraña «orgía», pues era cierto que es lo que parecía.

—¿No los viste antes? —le preguntó a su hermana con tono acusatorio.

—Pues no, estaba preparando la cena, y desde mi habitación no se ve su jardín.

—Tendrías que haber entrado en la mía.

—Pero ¿cómo iba yo a saber realmente que estaba pasando algo? — preguntó Mabel, un poco de malas maneras—. Malcolm trajo a Phyllis a cenar y había cosas que hacer.

—No sé cómo interpretarlo —dijo Rhoda—. Pensé que tal vez Deirdre estaría con ellos, eso deduje al ver ahí a Catherine.

—Ah, Deirdre está al otro lado, en casa de los Lovell, ayudándoles con los fuegos artificiales. Se marchó después del té.

—Ay, ya veo. —Rhoda pareció vacilar, como si se preguntara qué debía hacer en ese caso—. Pues entonces quizá me pase por casa de los Lovell.

En la casa de al lado se encontró con la fiesta de fuegos artificiales en pleno apogeo. El señor Lovell se lo estaba pasando en grande, lanzando cohetes y haciendo explotar los modelos más elaborados. Tal vez lamentase constatar que sus hijos pequeños, Roy y Peter, no parecían compartir su entusiasmo, pero su propio disfrute pronto le hizo olvidar esa desilusión. Los niños estaban encogidos de miedo a una distancia de seguridad, y alguna que otra vez encendían una bengala y observaban cómo ardía con una suerte de temeroso placer. Jenny estaba aterrorizada y se aferraba a Deirdre, quien, al recordar su propio miedo infantil a los fuegos artificiales y el terror que le producía la noche de Guy Fawkes, consolaba a la niña pequeña e intentaba desviar su atención hacia los encantos de la escena. La señora Lovell estaba dentro de la casa con Snowball, el viejo sealyham, a quien le permitían asustarse porque habían dicho por la radio que era recomendable dejar a los animales domésticos dentro de casa. Descansaba satisfecho en su habitual silla junto al fuego, que cubría con sus pelos blancos y tiesos.

—No sé qué es lo que pasa en casa del señor Lydgate —dijo Rhoda, tropezándose en el césped—. Están quemando papeles en una hoguera y bailando alrededor. Me parece tan… —vaciló en busca de la palabra— poco apropiado —añadió finalmente—. Normalmente por estos lares no suceden cosas como esta, ¿no?

—¡Pues ya era hora! —exclamó el señor Lovell jovialmente—. Venga, chicos, el último. ¿Quién quiere encenderlo? ¿Roy? ¿Peter?

Los niños dieron un paso atrás, titubeando.

—Ay, bueno, pues supongo que tendré que hacerlo yo mismo. ¡Atento todo el mundo!

Se oyeron gritos entremezclados de gozo, terror y alivio en el momento en que el último cohete silbó al salir despedido hacia el cielo. Estalló en una lluvia de estrellas doradas y plateadas.

El señor Lovell invitó entonces a todos a entrar en casa para tomar un refrigerio. Bebieron chocolate caliente y comieron sándwiches en la fría y desnuda sala de estar, llena de desgastados muebles escandinavos. Mientras que el perro estaba sentado en la única silla cómoda que había, ellos se vieron obligados a agacharse junto al fuego y no tardaron en irse, ya que la señora Lovell tenía que acostar a los niños y el señor Lovell debía sacar a Snowball a dar su paseo nocturno.

—Mira, parece que el grupo se está dispersando —anunció Rhoda con entusiasmo, pues se oían voces en el jardín delantero del señor Lydgate y al acercarse un poco pudieron ver a la señorita Clovis y la señorita Lydgate junto a la puerta principal.

Catherine estaba en algún lugar entre las sombras, junto a un laurel, y cuando las otras dos se marcharon, se acercó para hablar con Deirdre.

—¿Tienes noticias de Tom? —preguntó.

—Ay, pues acabo de escribirle —respondió Deirdre—. Resulta difícil saber realmente cómo está. Parece ocupado —añadió con aire dubitativo.

—¡Me las conozco yo esas cartas! —dijo Catherine—. Siempre tan espantosamente atareado con cosas trascendentales. Pero, ay, nuestro querido Tom, tampoco querríamos que fuese de otra forma, ¿verdad?

A Deirdre no le gustó demasiado aquel «nuestro», pero no podía por menos que estar de acuerdo con ella.

—No te olvides de enviar la felicitación navideña con muchísima antelación —le advirtió Catherine—. Yo diría que deberías hacerlo ya.

—Sí, lo sé —respondió Deirdre de forma algo forzada.

—Tom siempre envía unas tarjetas tan curiosas, con esas escenas de la vida africana, que lo único que consiguen es que parezca que está aún más lejos, y siempre llegan semanas antes de Navidad.

Catherine no sabía —de hecho, cómo podría saberlo— que antes de que Tom tuviera la oportunidad de enviar sus tarjetas navideñas, yacería muerto, víctima de un disparo fortuito, en medio de unos disturbios políticos en los que se había implicado más por curiosidad que por pura convicción.

El joven funcionario administrativo que se había encargado de todos los trámites, abrumado por la enorme cantidad de trabajo, ya tenía bastantes cosas de las que preocuparse como para, además, tener que proteger a los antropólogos que se inmiscuían en política. Pero Tom Mallow le caía bien, a menudo habían ido a tomar una copa juntos por la noche, y fue él quien encontró las felicitaciones navideñas, selladas y listas para enviar, sobre la mesa de la cabaña de Tom. Las había tirado a la basura, al creer que a sus amigos solo les causaría dolor recibirlas ahora. También había una carta inacabada sobre la mesa; era obvio que estaba dirigida a una chica, y no había sabido qué hacer con ella. Recordó que Mallow, en una ocasión, le había mostrado una fotografía de una chica sentada en un jardín con dos perros a sus pies: golden retrievers, creía. Sin embargo, más tarde, al recoger otros documentos, se había topado con cartas de dos chicas distintas. ¿Cuál era entonces la de los perros? ¿Y era su novia, o la única de la que, por casualidad, tenía una fotografía? Bueno, no era asunto suyo, y tal vez fuese mejor no inmiscuirse en cosas que podrían complicarse demasiado. Así que añadió la carta a las notas sobre parentesco y propiedad de la tierra, preparó un paquete y lo envió todo junto a la familia de Mallow en Inglaterra.