Un Verano, Una Mujer

Lavyrle Spencer · Capítulo 3 de 5 · parte 4/4

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Un Verano, Una Mujer

Gabe se puso de pie y levantó…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

–Lo siento -se excusó Roberta mientras se sentaba más derecha-. Me he quedado dormida.

El empujó la puerta contra la pared y entró en la habitación, donde todavía flotaba el olor fresco a jabón.

–Me parece muy bien. En realidad, me preocupaba que pudieras estar llorando todavía… o asustada… o no sé…

Gabriel se detuvo frente a ella y Roberta levantó la cabeza.

–He decidido que las lágrimas y el miedo no sirven para nada. Lo hecho, hecho está, y no voy a derrumbarme por eso.

–Odio haberte dejado sola, pero he tenido que hacerlo.

–Esta noche has sido muy bondadoso conmigo, Gabriel, sobre todo si consideramos lo mal que terminamos la última vez que estuvimos juntos.

El se quedó quieto cerca de un sillón, con los ojos fijos en la cara de Roberta.

–Aquí tienes tu gorro -le dijo.

Cuando extendió la mano para tomarlo, Roberta se detuvo.

–Enciende la luz, Gabriel.

–¿Porqué?

–Enciende la luz.

Él escondió la mano detrás de su espalda, con gorro y todo.

–¿Porqué?

–Tu mano… ¿Qué has hecho?

–Tú sabes lo que he hecho. Le he dado tantos puñetazos a Elfred Spear que no va a ver la luz del sol hasta dentro de mucho tiempo.

–¡Oh, Gabriel!

Y después de todas las veces que había logrado frenarlas, las lágrimas aparecieron otra vez. Bajó la cabeza y se tapó la cara con una mano, tratando de ocultar la evidencia de sus sentimientos hacia él, porque, una vez más, aquél no era el momento ni el lugar para revelarlos.

Gabe se sentó en cuclillas junto a las rodillas de Roberta y dejó el gorro en

el suelo, junto a la silla. En lugar de tocarla a ella, tocó a la gata y le acarició el cuello con un dedo calloso.

–Lo siento, Roberta, pero no podía dejarlo pasar. Ahora todo el mundo lo sabrá… Tus hijas, la esposa de Elfred, sus hijas. Pero alguna vez había que frenar a ese bastardo, y si no lo hacía yo, ¿quién lo iba a hacer?

Ella asintió.

–Lo sé -admitió-. Pero es tan inesperado… que tú te pelees por mí. Nadie ha peleado nunca por mí. Siempre he tenido que pelear sola.

Él extendió el brazo y apoyó una mano enorme, áspera, sobre su pelo.

Sintió el temblor de los sollozos en silencio, se arrodilló, le puso la otra mano sobre el pelo y la empujó hacia adelante hasta que la frente de Roberta se apoyó en su cuello, y su propia boca en el pelo castaño de ella.

Se quedaron un rato en esa posición. Hasta que la ventana se oscureció por completo y Caramel se despertó y se encontró rodeada por demasiadas personas. Saltó silenciosa al suelo y se perdió en la oscuridad de la casa.

Entonces Gabriel habló con un susurro apagado.

–Fui allá a buscar tu gorro y encontré también un botón. Y vi las marcas de pies arrastradas en la grava donde él te derribó y, que Dios me ayude, tuve ganas de volver a la casa de Elfred y terminar con él. En toda mi vida nunca he deseado hacer daño a nadie, pero esta noche quiero matar a Elfred. Creo que, si me lo pidieras, lo haría sin vacilar.

Roberta levantó la cabeza y sólo pudo ver el contorno borroso de los rasgos de Gabriel.

–¿Le golpeaste muy fuerte?

–Bastante. Le rompí algunos huesos.

–Oh, Gabe. ¿Crees que te arrestarán?

–No lo sé. Es una posibilidad. De cualquier manera, toda la ciudad se va a enterar.

Roberta suspiró y se echó hacia atrás en la silla con los ojos cerrados.

El volvió a sentarse sobre sus talones, cerca, pero sin tocarla.

–¿Estás pensando en tus hijas? – preguntó.

–Y en la tuya… y en ti. Porque ya sabes lo que todos van a decir de mí,

¿verdad? Soy divorciada y debo de haber provocado la situación.

–Pero yo conozco la verdad. ¡Vi la evidencia!

–Y también sabes lo que van a decir después, ¿no? Que primero vine a tu casa. ¿Qué me traería entre manos para venir a la casa de un hombre solo en semejante estado? ¿Por qué no fui a casa de mi madre? ¿Pero quieres saber por qué no fui a su casa? Porque ella diría lo mismo que los demás. Que fue culpa mía.

–No, Roberta… ella no diría eso.

–Sí, lo diría. Así es como piensa. Siempre es culpa de la mujer.

Gabe se quedó pensativo unos minutos.

–Roberta, lamento si he empeorado las cosas al darle esa paliza a Elfred.

Ella se compadeció de él y le acarició el cuello.

–Está bien, Gabriel. Y, si te detienes a pensarlo, verás que hay una justicia bastante exquisita en saber que su verdadero carácter ha salido por fin a la luz. Después de todo, ¿como podría ignorarlo, Grace, ahora que lo tiene delante délos ojos?

–Pero sus hijas lo saben también, y las chicas no se merecen eso. No debí hacerlo delante de las chicas.

–No, Gabriel, no debiste hacerlo. Pero lo hiciste. Y ellas, como el resto, tendrán que vivir con lo que saben sobre su padre. Tal vez sea ése el peor castigo que Elfred deba pagar: la pérdida del respeto y el amor de sus hijas.

–¿Entonces no tienes intención de denunciarlo ante la justicia por lo que te ha hecho?

Ella apartó la mano y meneó con lentitud la cabeza.

–No, en absoluto.

–Ya me lo imaginaba. – Suspiró, se levantó de su posición en cuclillas y se paró otra vez erguido delante de ella-. Pero es injusto. Él debería pagar como cualquier otro criminal.

–Gabriel, no hablemos más de este tema.

La oscuridad era total, él veía sólo el contorno borroso de la cara de Roberta.

–Estoy muy cansada y quiero irme a casa.

–Yo te llevaré.

–No, por favor… Las niñas.

–Las niñas saben qué pasa entre nosotros. No creas que las engañamos.

–¿Qué pasa entre nosotros, Gabe? Me parece que ni yo misma lo sé.

–Acabas de decir que estás cansada, y has pasado por muchas cosas hoy.

Este no es el momento para entrar en ese tema, así que venga, señora

Jewett. Voy a hacer algo que sólo he hecho una vez en mi vida, en mi noche de bodas.

Un segundo después ella estaba en sus brazos.

–Gabriel, bájame. No soy Caroline.

–Sé que no eres Caroline. Lo sé desde hace bastante tiempo -reconoció él, y se dirigió a la escalera-. Enciende la luz. El interruptor está abajo, a la altura de tus caderas.

Un instante después se oyó el clic del interruptor y la claridad hizo que los dos parpadearan mientras él la cargaba escalera abajo.

Ella le rodeaba el cuello con los dos brazos, porque si no lo hacía él paseo resultaba muy incómodo.

–No me has oído bien, Gabriel, he dicho que me bajes.

–Te he oído.

La llevó a través de la cocina, abrió la puerta de alambre tejido con los pies de ella y salió a la noche estrellada a través de la fragancia intensa de las rosas.

–Acabas de cargarme por debajo de la pérgola de rosas de Caroline.

–Sí.

–Y si me llevas a casa en mi automóvil, tendrás que volver a pie.

–Sí -respondió-. Lo he hecho antes.

–Y si por casualidad alguien hace entrar a su gato para que no pase la noche afuera y nos ve, los dos tendremos que irnos de la ciudad.

–Me importa un pimiento.

Roberta no pudo evitar sonreír. Ni siquiera él guardaba sus acostumbrados modales suaves esa noche. Cuando llegaron al coche la depositó de pie en el suelo, le abrió la puerta del acompañante y la cerró de un golpe cuando Roberta subió. Tardó apenas un minuto en colocar las palancas en posición, encender los faros y arrancar el motor. Cuando subió, se quedó en silencio un momento antes de poner en movimiento el automóvil.

–Escucha, Roberta. Cuando te sientas dispuesta, tú y yo tenemos que hablar.

–¿Sobre qué?

–Sobre algunas de las cosas que nos dijimos la noche del picnic en la playa.

–Ah, eso.

–¿No crees que deberíamos hablar?

–Sí, supongo que sí.

–Muy bien. Entonces cuando tú digas iré a tu casa y aclararemos las cosas.

–¿Crees que podremos?

–No sé, pero tenemos que intentarlo. ¿No te parece?

–Sí, supongo que sí.

–Muy bien.

Gabriel volvió a hablar cuando se acercaban a la casa.

–¿Qué vas a decirles a las niñas sobre esta noche?

–La verdad. ¿Qué otra cosa puedo hacer, cuando llevo puesto un vestido de

Caroline? Además, he tenido mucho tiempo para pensar mientras estabas fuera, y he decidido que, como nunca antes les he ocultado la verdad a mis hijas y que, como siempre nos hemos llevado muy bien, tampoco lo haré ahora. Sólo debo buscar una manera que no les resulte traumática cuando les cuente lo que ha pasado.

Cuando llegaron, Gabe frenó, paró el motor, puso las palancas en posición y se volvió hacia Roberta.

–De acuerdo, Roberta, lo haremos a tu manera. Nada más que la verdad.

–¿Y con respecto a Isobel?

Él pensó un instante antes de responder.

–Ella tiene la misma edad que Susan.

–Pero ha llevado una vida más protegida. Además, en realidad no es su problema. Yo no soy su madre.

Gabe no le dio ninguna respuesta porque no sabía qué decir.

Roberta apoyó una mano sobre el asiento, cerca de la pierna de él.

–Te diré algo, Gabriel. En realidad no sé qué voy a decir cuando entre allí.

Esas cuatro niñas son inocentes. No merecen saber que en el mundo hay tanta crueldad como la que tiene Elfred y cuando pienso en ellas, lo detesto aún más. Él es su tío, Gabe… ¡su tío!

Durante unos minutos guardaron silencio.

Por fin Gabriel soltó un suspiro.

–Bien. Ahora entremos allí y veamos qué dicen. Yo me guiaré por lo que digas tú.

–Gracias, Gabriel.

Bajaron del coche y Roberta esperó a que él detuviera el goteo de carburo de los faros. Después caminaron hacia su casa para enfrentarse a las niñas.

Juntos.

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Capítulo 13

La casa estaba impregnada de un fuerte olor a chocolate. El cuarto se hallaba a oscuras, pero a través del portal iluminado de la cocina Roberta vio a las cuatro niñas reunidas alrededor de la mesa. Apoyadas sobre los codos, comían algo directamente de una cacerola. Hablaban en voz muy alta y Lydia debía ser la encargada de divertirlas, porque de pronto se levantó de su silla, giró en redondo y abrió los brazos como si fuese un predicador.

Las otras reían a carcajadas cuando Roberta y Gabriel entraron en la cocina.

–Hola, niñas. Ya hemos llegado -anunció Roberta.

Las cuatro miraron hacia la puerta y sus rostros se iluminaron al ver otra vez juntos a Roberta y Gabriel.

–¡Habéis venido los dos! – exclamó Rebecca.

–Sí, estamos los dos aquí.

–¿Eso quiere decir que os habéis reconciliado? – preguntó Lydia.

–Supongo que sí. ¿Qué hay en la cacerola?

–Caramelos de chocolate. Becky los ha hecho para cenar.

–¿Caramelos de chocolate? ¿Para cenar?

–Bueno, tú no estabas, así que no sabíamos qué otra cosa podíamos comer.

Y aparte de eso, teníamos ganas de comer caramelos de chocolate.

Susan, entretanto, miraba a su madre con curiosidad.

–¿Qué es eso que llevas puesto?

–Es un vestido de mi madre -respondió Isobel.

–¿Por qué llevas puesto un vestido de su madre?

Roberta se miró el vestido usado.

–Porque tuve un percance y necesitaba cambiarme urgentemente. Y Gabriel se ofreció a prestarme éste.

Isobel miró a su padre con ojos muy abiertos.

–¿Él hizo eso? ¿Papá, tú le dijiste que podía ponerse un vestido de mamá?

–Así es -contestó él con fingida indiferencia, mientras se servía un caramelo de chocolate.

–¡Pero ése es un vestido de embarazada!

–Yo soy más robusta que tu madre -explicó Roberta-. Éste era el único que me quedaba bien.

Rebecca había permanecido en silencio, más suspicaz que las otras. Su actitud indicaba que no la convencían esas explicaciones superficiales.

–¿Qué le ha pasado a tu vestido? – preguntó.

–Se ensució.

Gabe dio un mordisco a su caramelo.

–¿Qué te ha pasado en la mano? – preguntó Isobel a su padre.

–Una pelea a puñetazos.

Las cuatro niñas hablaron al mismo tiempo.

–¿Qué?

–¡Una pelea a puñetazos!

–¿Por nuestra madre?

Todas estaban muy excitadas y el parloteo sonaba como los graznidos de las gaviotas. Al final se hizo oír la pregunta de Rebecca.

–¿Qué está ocurriendo?

Los ojos de Roberta buscaron los de Gabe.

–Creo que será mejor que les contemos lo que pasó y terminemos con esto.

Gabe dejó el caramelo sobre la mesa.

–De acuerdo, lo que tú digas. Susan, trae una silla para tu madre. Le han sucedido muchas cosas esta noche.

Susan fue al salón y volvió con el taburete del piano. Cuando Roberta se sentó, Gabriel sorprendió a todas al colocarse detrás de ella con las manos sobre sus hombros.

–Lo que tengo que deciros no debe salir de esta habitación. ¿Está claro?

Los ojos de Roberta recorrieron el círculo de caras solemnes. Dos de las niñas asintieron con la cabeza.

–Vosotras no confirmaréis ni negaréis nada, no importa lo que podáis oír por la ciudad, no importa lo que vuestros amigos o quien sea puedan deciros.

Rebecca habló por las cuatro.

–Tienes nuestra promesa, mamá.

Roberta hurgó en su mente el punto más apropiado por donde empezar y extendió las manos hacia las dos niñas que tenía más cerca.

–Creo que necesito apretar un par de manos. Esto va a ser difícil.

Con las manos unidas a las de Lydia y Susan, les contó la historia. Evitó de manera manifiesta las descripciones gráficas y utilizó para ello un lenguaje ambiguo.

–La razón de que las manos de Gabriel estén magulladas es que él le dio una paliza al tío Elfred por haberme atacado. Yo estaba en medio del campo y mi coche se quedó sin gasolina. Elfred pasó por allí y se ofreció a ayudarme a llenar el tanque, y entonces creyó que yo debía besarlo para darle las gracias. Cuando me negué, se puso muy grosero conmigo y trató de obligarme. Me lastimó mucho y mis ropas se ensuciaron. Y yo estaba muy, pero muy asustada.

Era evidente que Rebecca era la única que entendía todo el sentido de lo que Roberta les decía; su cara así lo demostraba. Aunque estaba sentada a la mesa con las otras, había avanzado a un plano de meditación adulta que de inmediato la distanció de las tres más jóvenes. No hizo preguntas, pero Roberta supo que le rondaban agitadas por la cabeza.

–El tío Elfred no es un hombre decente. Él es… bueno… ¿cómo puedo decirlo…?

–Un mujeriego -sugirió Gabriel, todavía con las manos en los hombros de Roberta.

–Sí, supongo que ésa es una palabra tan buena como cualquier otra. ¿Todas sabéis lo que significa?

Las niñas menores se miraron entre sí y alzaron los hombros como avergonzadas, con las manos juntas entre las rodillas, debajo de la mesa.

–Le gusta flirtear con otras señoras aparte de la tía Grace. Sólo que algunas veces va más allá y se pone exigente. Eso es lo que me sucedió a mí.

–¿Él te pegó, mamita? – preguntó Lydia con inocencia Hacía mucho que había dejado de llamarla «mamita», pero le salió de las entrañas ahora que el bienestar de su madre se veía amenazado.

–Bueno… no… -Roberta pensó un segundo y entonces completó la frase con mayor energía-. Pero yo le pegué a él. Y bastante fuerte, además.

Los ojos de Lydia se iluminaron.

–¿En serio? ¡Cielos!

Antes de que las chiquillas pudieran preguntarle por los detalles del ataque, Roberta dio un nuevo giro a la conversación.

–Ahora, por favor, tenéis que escucharme bien, porque esto es importante.

Vuestras primas estaban allí cuando Gabriel golpeó a su padre, y también la tía Grace. Así que no creo que quieran seguir viniendo aquí a jugar con vosotras.

–¿Podemos pedirles que lo hagan? – inquirió Susan.

–Por un tiempo, no. Dejemos que las cosas se calmen un poco. Y no creo que vosotras debáis ir a su casa. A partir de ahora eso va a ir en contra de las reglas.

Lydia parecía consternada, y Roberta vio venir una andanada de protestas.

Lydia protestó.

–¡Pero Sophie hace los mejores bizcochitos almendrados! ¡Oh, mamá, a todas nos encantan sus bizcochitos almendrados!

–Aun así, no quiero que vayáis allá.

Rebecca miraba fijamente las manos de Gabe sobre los hombros de Roberta. Sus preocupaciones estaban a una infinita distancia de los almendrados de Sophie.

Roberta respiró hondo y se sentó más derecha.

–Gabriel y yo pensamos que debíais saber lo que pasó, pero ahora estoy bien, de modo que no os preocupéis. Yo fui a su casa y él cuidó muy bien de mí. Así que ahora de lo único que tenemos que preocuparnos es de que vosotras cuatro no hayáis cenado nada más que caramelos de chocolate.

¿No es así?

Aunque Roberta trató de terminar el discurso con una nota más alegre, era evidente el malestar de su hija mayor. Rebecca, ya más alejada de sus hermanas por su amorío con Ethan Ogier, se retiró a su dormitorio y dejó que las otras les dieran las buenas noches a Isobel y Gabriel. Todas salieron al porche, donde Isobel le dio un fuerte abrazo de despedida a Roberta.

–Lamento que el señor Spear haya sido tan grosero con usted.

–Gracias, Isobel, pero no te preocupes por mí. Buenas noches, mi amor.

Las luciérnagas centelleaban en los arbustos cuando las tres niñas se retiraron. El vecindario yacía en silencio bajo un cielo bañado por la luna, y la atmósfera tenía ese rocío frío que por la mañana dejaría empañado de humedad el suelo pintado del porche. Gabriel se quedó allí con Roberta.

Quería protegerla y se sentía poco dispuesto a dejarla. Allí, en las sombras, volvió a ponerle las manos sobre los hombros.

–¿Estarás bien? – le preguntó.

Ella pensó que le había gustado esa pequeña manifestación de afecto, pero que todavía faltaba un largo camino por recorrer.

–Sí. Sólo necesito descansar.

Gabe espantó con la mano un mosquito que zumbaba alrededor de su oreja.

–¿Mañana te quedarás en tu casa?

–Necesito hasta el último centavo que pueda ganar. Iré a trabajar.

–¿En el campo?

–Por la mañana estaré en Rockport; por la tarde, no sé. Lo sabré cuando reciba mis órdenes.

–Me preocupa que andes por esos caminos con tu coche, siempre sola.

También Roberta espantó un mosquito.

–No tiene sentido que te preocupes. Nadie, excepto Elfred, podría representar ningún tipo de peligro para mí. Y tú ya te has encargado de él.

–No obstante, me preocuparé.

–Yo no soy del tipo que se acobarda y se esconde, Gabriel. Voy a hacer lo que deba, y si tengo que conducir por todas esas montañas para mantener a mis hijas, así lo haré. Habrá veces en que el corazón me saltará hasta la garganta cuando vea a un hombre acercarse a mí, pero tendré que aprender a vivir con eso. ¿No crees?

Él le cogió una mano y la estrechó entre las suyas. A su alrededor había suficiente luz para que ella viera el contorno de su nariz y su mentón y unos destellos que brotaban de sus ojos.

–Eres toda una mujer, Roberta. ¿Lo sabías?

–En realidad, creo que soy bastante común, pero de todos modos es agradable que lo digas. Gracias, Gabe. Y gracias por golpear a Elfred.

Espero de todo corazón no haberte metido en problemas.

–No creo que suceda nada porque, debajo de toda su fanfarronería, Elfred es un cobarde. Y si me acusa en público, de la misma manera tendrá que explicar también por qué. Y no creo que tenga agallas para eso.

Justo en aquel momento lo llamó Isobel.

–¡Papá, vamos! ¡Me están comiendo los mosquitos!

–A mí también -le dijo Gabriel a Roberta, y le soltó la mano-. Bueno, buenas noches. Trataré de pasar mañana a ver cómo estás.

–Aquí estaré -respondió ella.

Subió los escalones mientras él los bajaba. Gabriel se cruzó con las niñas que corrían de vuelta a casa, perseguidas por los mosquitos.

–¡… noches, señor Farley! – gritaron a coro.

–Buenas noches, niñas. Cuidad bien a vuestra madre.

Las niñas subieron los escalones de dos en dos y Susan gritó:

–¡Vamos, entremos antes de que nos coman vivas!

En su dormitorio, diez minutos después, Roberta colgó en un gancho detrás de la puerta el vestido de embarazada de muselina manchado de lavanda de Caroline Farley. Desparramadas por toda la habitación desde hacía una semana, estaba su vieja ropa. Pero el cuidado que escatimaba a sus pertenencias se lo dedicó al vestido de la mujer muerta, con tanto esmero como si la misma Caroline la observara. Lo colgó con mucho cuidado en

una percha y acarició las pequeñas manchas antes de apartar la mano y dejarla caer a un costado de su cuerpo.

¡Oh, Gabe! ¿Qué vamos a hacer?, pensó.

Al quitarse el vestido, Roberta quedó desnuda. Se puso una mano sobre el bajo vientre y cerró los ojos, con un odio profundo hacia Elfred Spear. Al mirarse las piernas desnudas, sintió una oleada de desesperación y la necesidad de llorar. Nunca había sido vanidosa. En realidad, para Roberta los cuerpos eran simples recipientes que alojaban el alma, la mente y el carácter. Necesitaban combustible para alimentar esas almas, mentes y carácter, así como también algún que otro mantenimiento. Pero más allá de eso, Roberta pensaba poco en el aspecto físico del cuerpo humano. Sin embargo, al mirarse ahora, vio con toda claridad su mediocridad… tamaño, textura, forma. Todo revelaba la historia de una mujer que había dado a luz tres hijos y pasado toda una vida de trabajo duro con poco tiempo para el cuidado personal. Aun así, su carne, por rolliza y poco firme que fuese, era su propia carne y nadie tenía derecho a usarla como quisiera.

En su habitación no tenía un espejo de cuerpo entero, sólo uno pequeño, rectangular, con un marco barato de yeso, colgado encima de una cómoda.

Al pasar frente a él, echó una rápida mirada a sus pechos y se apresuró a cubrirlos con un camisón, como si Elfred pudiera estar todavía al acecho.

Aun cuando tenía puesto su camisón de verano y trataba de pensar en el día siguiente, persistía esa necesidad de llorar que le apretaba la garganta. Dos deseos opuestos la acosaban. Uno decía: «Llora»; el otro decía: «No llores.»

Luchaba entre los dos, alisando su cama deshecha, cuando Rebecca llamó a la puerta.

–Mamá, ¿puedo entrar?

Roberta se frotó los ojos con la sábana antes de contestar.

–Claro, Becky. Entra.

Becky entró y se quedó cerca de la puerta, con una reserva desacostumbrada en ella. Con la espalda apoyada contra la puerta, miró a su madre e intentó un esbozo de sonrisa que fracasó por completo.

Roberta se sentó en el borde de la cama, tratando de parecer despreocupada.

–¿Todavía levantada?

–Te estaba esperando.

Oh, Becky, ojalá no lo hubieses comprendido. Quería ahorrarte eso. Los rasgos de Roberta se desvanecieron en una expresión de tristeza.

–Supongo que a ti no te puedo engañar -admitió.

Un silencio prolongado hizo más íntima la noche y agudizó la necesidad de buscar la verdad. ¿Por dónde empezar? Una mujer de treinta y seis años que sabía demasiado del mundo en el que hombres y mujeres se conocían y se encontraban, una de dieciséis años que sólo sospechaba. Una que quería proteger, una que quería saber.

Rebecca encontró el coraje para hablar primero.

–No lo has contado todo, ¿verdad?

En la garganta de Roberta se formó otra vez ese nudo terrible, acompañado por una congoja abrumadora. Sus labios dibujaron la palabra «no», pero se negaron a pronunciarla mientras sacudía la cabeza de un lado a otro con evidente pesadumbre.

Rebecca cruzó la habitación y se sentó en el lado opuesto de la cama, en diagonal a su madre. Estaba descalza y llevaba puesto un camisón blanco.

Ese día se había hecho una corona de trenzas en el pelo -uno de los tantos experimentos desde que Ethan Ogier empezó a cortejarla-, y ahora que lo tenía suelto semejaban sogas desenrolladas que le caían sobre los hombros.

De manera inconsciente, cuando se sentó apoyó la espalda contra el rodapié

como lo había hecho contra la puerta, pero su madre comprendió. Esa noche su hija iba a crecer de una manera que ninguna de las dos deseaba.

Pasó un rato antes de que Becky pudiera hablar.

–Tú crees que no sé nada, pero lo sé. Sobre lo que te hizo el tío Elfred. –

Sus ojos revelaban que sabía lo que decía-. Él lo hizo, ¿no?

Rebecca ya nunca volvería a ser la niña inocente que había sido, pero Roberta no podía ni quería mentirle a su hija. Asintió despacio con la cabeza, dos veces.

–Sé también cómo se llama eso. He oído hablar a los muchachos.

La voz de Becky tenía matices tanto de desafío como de miedo.

–Es una palabra terrible.

–Supe que debía de serlo, porque los muchachos susurraban cuando la decían, y si se daban cuenta de que las chicas los escuchábamos, se enojaban y nos echaban. – Aparecieron lágrimas en sus ojos, y entonces bajó la mirada a su camisón y al contorno de sus rodillas debajo de él. Un súbito ultraje reemplazó la duda horripilante en su voz y dio un puñetazo sobre el cubrecama-. ¿Cómo ha podido tío Elfred hacerte esto? ¡Es tan horrible!

–Sí, lo es. Lo fue. Pero yo no podía permitir que las más pequeñas lo supieran. – Rebecca asintió con tristeza-. Elfred me ha hecho insinuaciones desde el primer día que llegué aquí. Es un libertino taimado, insidioso, de la peor especie posible. Siempre lo hace cuando Grace está de espaldas a él.

Pobre Grace, estar casada con semejante hipócrita…

–¿Ella sabe lo que te ha hecho?

–Gabriel dice que sí. Él no trató de mantenerlo en secreto, porque golpeó a Elfred hasta convertirlo en una masa informe en el jardín de su propia casa.

Y Grace estaba allí y lo vio todo. Y oyó de qué lo acusaba Gabe.

–¿Ella se divorciará de él como lo hiciste tú de papá?

–No sé, Becky. Sospecho que va a pensar que yo provoqué a su pobre y acosado esposo, que todo fue por mi culpa, sólo porque soy una mujer divorciada. Ella y la abuela forman una asociación indisoluble respecto de esa idea.

La indignación de Rebecca iba en aumento.

–¿Pero cómo puede pensar así? ¡Ella sabe que no es así! ¡Tú eres una buena persona, y siempre nos has enseñado a ser buenas, también!

–Ah, Becky…

Roberta se dejó caer hacia atrás, una parte sobre las almohadas, otra contra la cabecera de su cama.

–¡Si sólo el resto del mundo fuese tan justo, tan imparcial como tú! – Cerró los ojos por un instante y agregó-: Pero no lo es. Y por eso les he dicho a las niñas que no pueden defenderme porque habrá gente en esta ciudad que se pondrá de parte de Elfred. Él es un hombre, después de todo, y de un modo u otro a los hombres se los perdona por perpetrar actos tan viles como éste.

A las mujeres se las culpa… Así son las cosas. Sobre todo a las mujeres divorciadas -giró la cabeza para mirar de frente a Rebecca-. Pero tú y yo conocemos la verdad, y la conoce Gabriel, y eso es lo único que me importa, en realidad. Cualquier cosa que los demás puedan decir significa poco o nada para mí. Sólo lamento que esto os haga daño a vosotras, sobre todo si hace que tus hermanas menores se den cuenta de lo que pasó. – Se incorporó otra vez y enderezó la espalda-. Ése es uno de los efectos subsiguientes a su vileza que me hace odiar mucho más a Elfred, por robarle a mis pequeñas su inocencia. Mira, aquí estás tú, manteniendo esta conversación, cuando deberías estar por completo ajena a un hecho semejante y vivir tu joven vida sin este baldón en tu memoria. ¡Oh, Becky… cómo me gustaría poder borrarlo por ti!

Ante la repentina explosión emocional de la madre, Becky se levantó y corrió a su lado.

–¡Oh, mamá, yo quisiera poder borrarlo por ti!

Sentada al lado de Roberta, Rebecca la abrazó como si ella fuese la madre y Roberta su hija.

Roberta se permitió soltar algunas lágrimas… pero pocas. Ella y Rebecca siempre habían estado muy unidas, pero aun más desde el divorcio. Como hija mayor, Becky había asumido sin la menor queja las responsabilidades que le salían al paso, y muchas veces hasta había sustituido a su madre en su ausencia. Esa noche, su conmovedora preocupación le trajo paz y curación. El dulce contacto de su mano sobre el hombro de Roberta hizo que las dos se sintieran mucho mejor.

Con la cara hundida en el pelo de Roberta, su hija le habló:

–Pero el papá de Isobel fue muy bueno contigo, ¿no es así, mamá?

Roberta se echó hacia atrás y retuvo las dos manos delgadas de Becky.

–Me alegro de haber podido contar con él. Es un hombre muy bondadoso.

–Yo me sentí mal cuando os peleasteis.

–Yo también.

–Y estoy contenta de veros juntos otra vez.

–Yo también.

–¡También Isobel!

Encontraron suficiente frivolidad para algunas sonrisas, y entonces Rebecca

hizo una revelación.

–Isobel me dijo que le gustaría que su papá se casara contigo.

–¿Dijo eso? – Roberta esbozó una suave sonrisa al imaginarse a Isobel, a quien amaba… también-. Aunque me temo que eso no va a suceder. Somos demasiado diferentes.

–¿Diferentes cómo?

–Bueno, ya sabes. Él es quisquilloso, yo soy desordenada. Él vive según un horario, yo odio los relojes. Él considera que tienes que sentarte a una mesa con un tenedor y un cuchillo, yo creo que las mesas están hechas para apoyar los pies sobre ellas. Además, su familia se opone a mí porque soy divorciada.

–¡Oh! – Pasó sólo un segundo antes de que Rebecca preguntara-: Pero de todos modos ¿te casarías con él si te lo pidiera?

–No sé. ¿A ti te gustaría?

–Bueno… no por nosotras… Es decir, nosotras nos llevamos muy bien y nos divertimos mucho juntas, nosotras cuatro solas. Pero tú pareces más feliz cuando estás con él.

–No me he dado cuenta de eso.

Roberta quedó en silencio y después de pensar un momento, agregó:

–Bueno, quizá sí me he dado cuenta, porque cuando ese día lo vi en la escuela y él no me habló, me sentí fatal. Y después no pude dejar de pensar en él. No sé, Becky… Cuando has estado casada una vez y el matrimonio no funcionó, te asusta un poco intentarlo otra vez. Y, como tú dices, nosotras, las cuatro Jewett, estamos muy bien solas, ¿no?

Becky extendió la mano y abrochó dos botones del cuello del camisón de

Roberta.

–Pero él golpeó al tío Elfred por ti, y te dejó usar el vestido de su esposa, y dejó que Isobel volviera a venir a aquí todas las veces que quisiera. Yo creo que él te ama, mamá. Creo que te quiere mucho, pero todavía no lo sabe.

Rebecca se incorporó y besó la cabeza de su madre.

–Tú no te preocupes por nada. A partir de ahora voy a cuidar mucho más de ti. Y, se case o no contigo, creo que el señor Farley también lo hará.

El señor Farley, en aquel momento, reflexionaba sobre lo mismo: cuidar a Roberta Jewett. Vestido sólo con ropa interior de verano, en su dormitorio, descubrió unas partículas de grava en el lugar de la colcha donde ella había apoyado la cabeza.

¡Condenado Elfred Spear! ¡Merecerías que te cortaran los testículos!

Recogió un par de partículas de grava, las frotó entre los dedos y las arrojó con furia al suelo. Durante un largo rato se quedó sentado allí mientras representaba en su mente lo que ese mal nacido le había hecho a Roberta. Y

ella, tan llena de valor y de vida, incapaz de hacer daño a una mosca.

Roberta era una de las personas más cariñosas que jamás había conocido.

Buena con sus hijas. Buena con Isobel. Buena con él. Probablemente muy buena también con la gente enferma a la que atendía y curaba por todo el condado. Era una injusticia enorme que una mujer como ella tuviera que caer presa de un bruto asqueroso como Elfred. Pero si se le preguntaba a cualquiera que lo conociera, dirían que Elfred era un honorable hombre de negocios, y que poseía una hermosa mansión, y que tenía una familia ejemplar. ¡Y que ese hombre sí que sabía hacer dinero! Y aparte de lo

«bien» que Elfred sabía hacer las cosas, podrían festejar con risitas cómplices sus eternos «pecadillos». ¿Pero lo frenaban? ¿Alguien trataba alguna vez de frenar a hombres como Elfred?

No. En cambio, murmuraban sobre las mujeres como Roberta, porque ella

tenía un papel blanco que decía que ya no debía estar casada con un vividor inservible, que nunca se ocupó de ella ni de sus hijas. ¿La había amado alguna vez su esposo? Difícil de creer que un hombre así sintiera algún amor. Si lo hubiera sentido, habría cuidado más su hogar y la habría hecho feliz, en lugar de engañarla con otras mujeres y dejarla mantener sola a esas niñas.

Pobre Roberta; había llevado una vida de infierno, siempre luchando por ganarse la vida, y nunca se quejaba de ello. Pero ahora… ¿y si llevaba otra vida en su interior? ¿Y si ese hijo de puta de Elfred la había dejado embarazada? ¿Eso no daría pasto a las matronas de Camden para veinte años más de chismes? Y sus hermosas tres hijas también pagarían un precio. ¡Por Dios, no era justo!

Gabe no era un experto, pero había hecho algunos cálculos sobre el tiempo transcurrido desde que Elfred la violó hasta el momento en que la dejó sola para higienizarse. Y le pareció que, con independencia de lo que ella hubiera hecho después de que él cerrara la puerta, la naturaleza había tenido tiempo más que suficiente para seguir su curso.

Supuso que en aquel momento Roberta debía estar tendida en su cama, preocupada por lo mismo. ¿Y si…? ¿Y si…?

Suspiró y se incorporó como un viejo, estiró uno por uno sus músculos cansados y se metió debajo de las sábanas. Apagó la luz, se tendió de espaldas con las manos detrás de la cabeza y se preparó para pasar la noche.

Pero en lo único que pudo pensar fue en Roberta, siempre en Roberta.

Roberta junto a él, donde estaría a salvo de hombres como Elfred durante el resto de su vida.

Estaba todavía dormida, a la mañana siguiente, cuando en el piso de abajo sonó el teléfono y su sonido se entremezcló con algo que estaba soñando.

Se incorporó de golpe y sintió el pulso acelerado mientras se quedaba sentada en la cama y trataba de explicarse por qué sonaba la campanilla de la escuela en su casa y se preguntaba dónde estaban las niñas el sábado por

la mañana. ¡Oh! Era viernes y, a juzgar por el ángulo del sol, ella debería ir camino a su trabajo.

El teléfono volvió a sonar.

–Diablos… -refunfuñó.

Saltó de la cama y vio que el despertador marcaba las siete y media. Con las manos apoyadas en las paredes de la escalera, la bajó casi de un salto y levantó el auricular cuando la campanilla sonaba por quinta vez.

–¿Hola?

–Buenos días, Roberta.

–Ah… Gabe. – Se rascó la cabeza y miró de soslayo la luz que entraba por la ventana de la cocina-. ¿Cómo es que llamas a estas horas?

–Quería saber cómo estás hoy.

–Acabo de despertarme y voy a llegar tarde al trabajo, pero aparte de eso estoy bien, Gabe. En serio, estoy bien.

–Bueno, me alegro. Hay algo de lo que quiero hablar contigo, pero no con la central telefónica de por medio. ¿Crees que podríamos encontrarnos en algún lugar a las doce?

–¿A las doce?

–O a cualquier otra hora, la que te vaya mejor. Pensaba que tal vez podrías escaparte un rato después de presentarte en tu oficina en Rockport. Yo tengo un trabajo cerca de allí y tal vez podríamos encontrarnos, digamos… no sé… ¿en el extremo sur de Lily Pond, al final de la calle Chestnut?

–Seguro, creo que sabré llegar.

Él le dio algunas indicaciones específicas y quedaron en encontrarse a las once y media.

–Hasta luego, entonces -se despidió Roberta.

–Hasta luego, te veo allí.

Todavía durante algunos segundos se quedó parada con la mano sobre el auricular después de haber colgado, preguntándose qué querría Gabriel.

Recordó su preocupación del día anterior, su inquietud por protegerla, pero eso era lo que haría cualquiera en una situación semejante. No era el Gabriel de todos los días. Bueno, lo sabría esa misma mañana, y mientras tanto se estaba haciendo más tarde que nunca.

Cuando llegó al lugar de encuentro, el camión de Gabe estaba estacionado fuera del camino, a la sombra, junto a un claro desde donde partía un sendero que llegaba hasta la laguna. Los lirios acuáticos cubrían toda su superficie con hojas del tamaño de un plato y grandes flores amarillas. Al otro lado del agua se veían algunas casas, pero las residencias de la orilla más cercana estaban escondidas en los bosques y sólo una roca saliente interrumpía el tramo de terreno abierto entre dos secciones de espesa floresta verde. Alguien había cortado las hierbas silvestres y las había dejado para que se secaran al sol. Todo el aire se hallaba impregnado del delicioso aroma de los tréboles cortados. A la izquierda de Roberta, una cerca de alambre dividía el bosque del campo, en cuyo extremo opuesto algunas vacas negras y blancas rumiaban su alimento y movían las colas.

Dos de ellas miraron con curiosidad a Roberta cuando bajó de su automóvil, se puso las manos sobre los ojos para hacerse sombra y saludó con la mano a Gabriel.

Él estaba apoyado contra una roca a unos diez metros de distancia, con un sombrero de paja en la cabeza y una brizna de hierba en la boca. Cuando la vio, se apartó de la roca y caminó hacia ella. A Roberta le produjo un placer especial observar el ritmo de sus movimientos, las zancadas relajadas de sus piernas, sus pantalones azules de trabajo y el cuello de su camisa blanca

ondulado por una brisa suave. Se encontraron en medio del claro, donde los saltamontes chocaban contra el dobladillo del uniforme de ella y aterrizaban en las puntas de las botas de cuero de él.

Todavía los separaban unos diez pasos cuando Roberta comentó:

–Huele muy bien este lugar.

–Son los tréboles.

–Y es muy tranquilo también.

Cuando estuvieron frente a frente se detuvieron.

–Tan tranquilo que me he dado cuenta demasiado tarde de que podrías no estar muy ansiosa de encontrar a otro hombre en medio de ninguna parte sin nadie más alrededor.

–¡Oh, Gabe! Yo no tengo miedo de ti.

–Bueno, espero que no.

El sol fuerte del mediodía se reflejaba sobre su uniforme blanco y la hacía parpadear.

–Hace mucho calor aquí -comentó Gabe-. Ven, vamos a sentarnos a la sombra, junto al camión.

–De acuerdo.

Caminaron juntos por el sendero bordeado de hierbas silvestres. El aroma de los tréboles se hacía más y más intenso con el fuerte calor. A lo lejos se oyó el mugido de una vaca, como si preguntara adonde iban. Los bosques formaban una ondulante pared verde.

–Estaba observando cómo las ranas se comían a las moscas…

–Ajá…

Roberta sonrió. Le hacía gracia notar que para ponerse a la par, ella tenía que apretar el paso, y él, demorarlo.

–También hay algunas tortugas en la laguna.

–Tendremos que decírselo a las niñas. Querrán venir enseguida a pescar una.

–Cuando yo era chico solíamos comer tortuga. Mi madre hacía sopa.

Llegaron a la sombra fresca y bienhechora, junto al camión, y Roberta se dio la vuelta para mirarlo a la cara.

–¿Me has hecho venir hasta aquí para hablarme de eso, Gabriel? ¿De las ranas y las tortugas?

Él la miró serio por debajo del ala de su sombrero de paja. El cuello abierto de la camisa estaba un poco sucio, por el trabajo de la mañana, y tenía restos de aserrín sobre los hombros. Su garganta lucía el color bronceado de un hombre que pocas veces se abrocha el primer botón del cuello. Sus ojos, de un azul grisáceo como el humo, miraban serios.

–No, no es por eso. ¿Has almorzado en la ciudad?