Una noche no es suficiente
Capítulo 2
–¿Dónde está ese medio novio?
–Temporalmente en Suiza, en viaje de negocios.
–Supongo que también es abogado.
–¿Importa eso?
–Sí, claro que importa -respondió él, riendo-. Que me dé una paliza un novio celoso es una cosa, pero acabar en un tribunal y privado de una gran suma de dinero otra muy distinta, por no mencionar el daño que eso le haría a mi reputación. Me estás pidiendo que corra un gran riesgo solo por…
–Por una experiencia inolvidable -lo interrumpió ella-. No me digas que no te has imaginado nunca algo como esto…
–No se trata de eso. La fantasía es una cosa y la realidad otra…
–De eso se trata precisamente. Los dos tenemos la oportunidad de llevar a cabo una fantasía, sin repercusión alguna. Esa oportunidad no se presenta todos los días.
–Creo que no…
–Si no aprovechas esta oportunidad, lo lamentarás toda tu vida…
–Entonces, ¿lo único que quieres de mí es…?
–Este momento. Yo ya he encontrado al hombre de mi vida, que está en Suiza durante unos días. Lo que te pido es que seas mi hombre ahora…
Aquella situación la hacía ser osada. Miró al bulto delator que aquel hombre tenía por debajo del cinturón de herramientas. Al menos, en aquel sentido, se había apuntado una victoria.
En el arte de la persuasión, el sentido de la oportunidad lo era todo.
Había que dejar de hablar para que las palabras pudieran surtir su efecto.
–Depende de ti -dijo ella-. Si estás interesado, estaré en mi despacho.
Con eso, se giró lentamente y desapareció por el pasillo, lanzándole una silenciosa invitación con cada uno de los movimientos de sus caderas.
Capítulo 2
Mientras observaba cómo ella se marchaba, Shane sintió que tenía la cabeza a punto de estallar. Aquello no podía estar ocurriéndole. Sabía que a los instaladores de teléfonos les encantaba hilar historias de mujeres sedientas de sexo que los esperaban en su lugar de trabajo, pero, en la mayoría de las ocasiones, dichas historias no eran ciertas o los hombres se veían envueltos en una pesadilla con una mujer psicópata. Pero no creía que aquella abogada fuera una psicópata.
Sus rosadas mejillas y sus temblorosas manos le habían dicho que estaba nerviosa. Nerviosa y decidida, del modo en el que una mujer podía estar si tuviera una fantasía sin cumplir y una aburrida monogamia la estuviera esperando para adueñarse de ella. Podía comprenderla.
Desgraciadamente, creía su historia y aquello debería hacer que le fuera fácil tomar una decisión. Servir como fantasía de una noche para luego desaparecer no era su estilo, y mucho menos con una mujer como aquella.
Le daba la sensación de que ella podría ser exactamente el tipo de mujer que estaba buscando y precisamente por eso no querría desaparecer.
Por lo tanto, lo mejor que podría hacer sería marcharse de aquel bufete.
Regresaría al cabo de unas horas para terminar su trabajo. Después de todo, tras aquella descarga de adrenalina, no iba a dormir mucho.
Entonces, ¿por qué seguía allí? En lo más profundo de su ser, conocía el porqué. Aparte de la evidente tentación sexual, ella representaba un desafío, algo de lo que había carecido en su vida últimamente. Su negocio ya no le proporcionaba aquella clase de excitación. Era simplemente la rutina diaria.
Ella le había dado exactamente una oportunidad para que pudiera hacerle cambiar de opinión sobre lo de irse a vivir con su novio. Si conseguía que así fuera, podría pasar a la fase número dos y convencerla de que era precisamente Shane el hombre que necesitaba. De repente, vio su vida tal y como la había imaginado. Una esposa, un hogar y una familia como la que él había tenido en su Infancia. Sus padres no hacían más que preguntarle sobre su vida amorosa, o, más bien, la falta de la misma.
Estarían encantados de saber que había encontrado a la mujer de sus sueños.
Además, le daba la sensación de que aquella mujer lo obligaría a reducir su volumen de trabajo. Necesitaba desesperadamente una compañera que lo sacara de la rutina, porque no podría conseguirlo él solo. Lo único que tenía que hacer para conseguirlo era derrotar al novio de aquella mujer.
Ella probablemente ni siquiera consideraría que Shane podría ser un adversarlo para un abogado que era tan importante como para tener que ir a Suiza de viaje de negocios. Podría decirle que era el dueño de Mercury Communications e igualar aquella situación, pero estaba acostumbrado a trabajar en desventaja. De hecho, funcionaba mejor cuando tenía las posibilidades en contra.
Además, sentía que el novio estaba también en desventaja. Si él hubiera sido capaz de que las sábanas ardieran cada vez que se acostaba con su
abogada, ella no estaría buscando una aventura sexual en el momento en el que él se marchaba de la ciudad. Shane tenía muchas probabilidades de ganarle en el terreno sexual, especialmente por la fantasía que ella había elegido.
¿Significaba todo aquello que estaba considerando seriamente la proposición que ella le había hecho? Si le hablaba a cualquiera de lo ocurrido, podría arruinar su reputación en un instante. La responsabilidad por el bienestar de sus empleados le pesaba en la conciencia.
Pensó en cómo lo había mirado mientras esperaba que se decidiera. Su instinto le decía que, probablemente, no hablaría con nadie de lo ocurrido, su instinto no lo había traicionado nunca. No. No podía utilizar sus responsabilidades laborales para huir de aquella situación.
Finalmente, tuvo que admitir que no quería excusas. Aquella desconocida tenía todo el potencial para ser todo lo que deseaba en una mujer. Físicamente, era perfecta. Además, era inteligente y sexy, a juzgar por la fantasía que deseaba tener antes de verse inmersa en la rutina de la monogamia.
Lentamente, se desabrochó el cinturón de herramientas. Los dedos le temblaban un poco. Justo cuando lo dejó sobre el mostrador de recepción, su teléfono comenzó a sonar.
Como era de esperar, la persona que había llamado era uno de sus clientes más antiguos, que había tenido un problema con su teléfono, pero que no había podido llamar hasta entonces. Había tenido que hacerlo justo cuando una apasionada mujer lo estaba esperando, una mujer que parecía tener todas las características para un final feliz. No recordaba la última vez que había tenido una perspectiva como aquella. El cliente tendría que esperar.
–Lo siento, George -dijo-. Me has pillado en un mal momento. Te llamaré mañana por la mañana y podremos hablar entonces.
Cortó la llamada antes de que George pudiera darle más explicaciones.
Entonces, apagó el móvil. Y el busca. Entonces, cuadró los hombros y se dirigió hacia el lugar por el que ella había desaparecido. No tenía preservativos, así que tendría que ser creativo a la hora de satisfacerla.
Pensó que creatividad era precisamente lo que ella buscaba.
Con el pulso a punto de estallar, se dirigió hacia la única puerta por la que se veía luz por debajo. En el interior del silencioso despacho, estaba
seguro de que ella lo oiría acercarse. Se preguntó cómo la afectaría aquel hecho, sabiendo que su fantasía estaba a punto de hacerse realidad. Y así sería. Shane ya había planeado la noche de sexo más memorable que aquella mujer hubiera tenido nunca, tanto que no podría deshacerse de él…
nunca.
Cuando entró en el despacho, vio que la mujer, la mujer de sus fantasías, estaba apoyada contra la parte frontal del escritorio, esperándolo.
La respiración se le había acelerado. La pechera de la blusa le temblaba, ya que se había desabrochado tres de los botones de modo que se vislumbraba el encaje del sujetador. La blusa era de manga larga, con botones de perlas en la pechera y en los puños, y estaba perfectamente metida por debajo de una falda azul marino que le llegaba un par de centímetros por encima de las rodillas.
Unas medias de nylon, también azul marino, cubrían sus esbeltas piernas. Llevaba unos zapatos de tacón de punta afilada de aspecto muy caro. Se estaba enfrentando con una profesional, una abogada que quería que destruyera aquella perfecta imagen de éxito, que quería que le subiera la falda por encima de las caderas y que le bajara las braguitas hasta los tobillos.
Aquella imagen casi destruyó su compostura. A pesar de todo respiró profundamente y contuvo la necesidad de abalanzarse sobre ella e inmovilizarla sobre el escritorio. Dio un paso al frente y capturó su aroma, en el que la dulzura del azahar se mezclaba con el olor de su excitación. La boca se le hizo agua.
–Veo que te has decidido a arriesgarte -dijo ella, con voz ronca.
–Sí…
Miró aquellos ojos azules y sintió como si los hubiera mirado como amante en muchas otras ocasiones, a pesar de que ni siquiera conocía su nombre. Sin embargo, lo descubriría. Aquel era su despacho y su nombre estaría escrito en alguna parte. Conseguir aquella información era importante, dado que planeaba llevar aquella situación más allá de la aventura de una noche que ella le había propuesto.
–Muy bonito -comentó él, mirando a su alrededor.
Todos los muebles eran de palo de rosa. Se alegró de ver que el escritorio era fuerte y resistente, ya que lo iba a necesitar. Seguía cubierto de papeles y de archivos. Tal vez era así como ella lo deseaba. El ordenador
estaba en una mesa auxiliar, aparte, pero el teléfono podía estorbarle para lo que tenía en mente. No importaba. Después de todo, le iban a instalar un teléfono nuevo.
Notó que tenía las persianas cerradas, por lo que comprendió que no le gustaba el exhibicionismo. Además, en el despacho había un archivo de madera, una librería repleta de libros de Derecho y un aparador con un jarrón de flores de seda y algunas fotos enmarcadas. Dos butacas que debían de haber estado al lado del escritorio se hallaban contra la pared.
Evidentemente, ella le estaba dando espacio para maniobrar.
Notó que había un par de alcayatas vacías. Comprendió que ella había quitado los diplomas antes de que él llegara. Si había una placa con su nombre sobre la mesa, había desaparecido también. No quería que supiera quién era, pero él lo descubriría de todos modos. Una mujer ansiosa de experimentar un deseado orgasmo podía resultar muy vulnerable.
Descubriría todo lo que tuviera que descubrir.
A pesar de la ausencia de diplomas, colgaba de la pared una acuarela en todos rosados que, para el observador casual tal vez no significara nada. Sin embargo, para Shane el cuadro trataba con toda seguridad sobre el sexo.
–¿Te gusta? – preguntó ella, suavemente.
–¿Qué se supone que es?
–Se titula Tonalidades del rosa. Lo compré en una feria de arte.
Supongo que se puede interpretar como uno quiera.
–¿Cómo lo interpretas tú?
–A mí… a mí siempre me ha parecido la representación de un orgasmo.
Nunca se lo había dicho a nadie, porque probablemente no sea eso en absoluto, pero…
–Lo has colgado en la pared porque te gustaba esa interpretación.
–Sí. Supongo que sí.
–De eso se trata precisamente esta noche. De ser sexualmente sinceros, tal vez por primera vez en nuestras vidas.
–Sí -susurró ella. La respiración se le había acelerado.
–Comenzaré yo. Nunca me he sentido tan excitado por una mujer ni por la perspectiva de tener relaciones sexuales. Quiero poseerte ahora mismo.
Quiero levantarte la falda hasta la cintura, desabrocharme los vaqueros e inmovilizarte contra el escritorio. Quiero desgarrar la ropa interior que lleves puesta y hundirme en ti…
Ella abrió la boca para aspirar profundamente.
–¿Te escandalizo?
–No, no… Eso es precisamente lo que yo deseo también.
–Pues serías una inconsciente si me lo permitieras. No tengo preservativos.
Lentamente, ella extendió la mano. Tenía los dedos cerrados, pero, cuando los abrió. Shane vio que tenía un paquetito cuadrado en la palma de la mano.
Él miró el condón y luego la miró a ella. Entonces, la joven habló, casi ronroneando como una gata.
–Aquí tienes…
El deseo se apoderó de él con tanta fuerza que lo hizo temblar. Esperó que pasaran los temblores y entonces, agarró aquella mano en la suya y, con preservativo y todo, se la llevó a los labios.
Primero, besó la punta de cada uno de los dedos. Y entonces fue ella la que se echó a temblar. A continuación le chupó suavemente las yemas de los dedos sin dejar de mirarla a los ojos. Vio que los párpados de ella temblaban y que su respiración se hacía más elaborada.
–Yo pensé… que querías… poseerme enseguida…
–Así es… pero, por el contrario, pienso hacerlo muy lentamente -
susurró él, haciendo que agarrara el preservativo con los dedos húmedos. Le desabrochó el botón de perla del puño, le subió la manga hasta el codo y comenzó a depositar suaves besos justo en el lugar donde le latía el pulso-.
Duro y rápido resulta muy excitante, pero lento y seductor lo es mucho más.
Dejaré que me guardes el preservativo hasta que esté listo para utilizarlo.
–¿Y si yo estoy lista ahora mismo?
–Si crees que estás lista ahora mismo… -susurró, con una sonrisa en los labios, mientras le desabrochaba el segundo puño- piensa en lo lista que estarás dentro de un rato. Bien -añadió, al ver la pasión que se reflejaba en los ojos de ella-. Ahora te estás imaginando todas las posibilidades que tenemos.
Comenzó a desabrocharle lentamente la blusa, aunque manteniendo las distancias que había entre ellos.
–¿Te has quedado desnuda alguna vez en este despacho?
–No -musitó ella.
–¿Has tenido alguna vez relaciones sexuales aquí? – preguntó, mientras le sacaba la camisa del interior de la falda y se la abría para revelar los pechos más dulces que el encaje y el alambre habían moldeado nunca.
–No.
Aquello significaba que el abogado no había llevado a cabo antes aquella fantasía en particular. ¿Cómo podía ser que él fuera el hombre de su vida?
–Esta noche, yo deseo las dos cosas -susurró él. Le quitó la blusa y la dejó caer sobre los papeles que había sobre el escritorio-. Hay algo muy excitante sobre estar desnudo en un lugar en el que la gente suele llevar trajes de negocios.
–Me parece irreal que mañana raya a volver a trabajar aquí, como siempre…
–Sí -dijo él, mientras le abría el broche del sujetador, que se encontraba entre los senos-. Quiero que mañana estés pensando todo el día en esto.
–Lo haré -prometió ella, temblando.
Él le bajó el sujetador con la intención de dejarlo caer sobre el mismo lugar que la blusa. Sin embargo, se había quedado tan hipnotizado con los senos que acababa de dejar al descubierto que la prenda se le cayó al suelo.
Aquel verano, ella había estado al sol. La piel dorada se convertía en un tono más pálido justo donde el biquini había tapado a duras penas los rosados pezones. Se erguían en tensa promesa y lo invitaban a que los acariciara con los dedos. De algún modo, él encontró la fuerza para resistirse.
–¿No… no quieres tocarme?
–Sí, claro que sí, pero todavía no…
Le daba la sensación de que su novio debía de ser algo previsible, por lo que él no lo sería. Cuando ella ya no lo pudiera soportar más, comenzaría a acariciarla.
Encontró la cremallera de la falda y la bajó. La falda cayó fácilmente al suelo. Al ver el liguero de encaje blanco que sujetaba las medias azul marino, sintió que su erección luchaba por escapársele de la tela que aún la cubría. Era como si aquella mañana, ella se hubiera vestido pensando en él.
A cada paso se mostraba más como la mujer que había estado esperando encontrar.
Ella se sacó la falda de los pies y, con una suave patada, la apartó a un lado.
–¿Te vas a desnudar tú también? – preguntó.
–¿Te gustaría? ¿O quieres que…?
–Sí. Quítate la camiseta -le ordenó ella. Sin decir una palabra, él se la sacó por la cabeza y la dejó caer sobre la moqueta-. Pareces muy fuerte…
–Lo suficiente para lo que tengo en mente esta noche.
Sin dejar de mirarla, se arrodilló delante de ella y comenzó a acariciarle suavemente los muslos. Se mostraba cálida y temblorosa ante sus caricias, al tiempo que un tentador aroma se le escapaba de entre las piernas.
Suavemente, él le quitó uno de los zapatos y comenzó a acariciarle la planta del pie.
–Te deseo… -gimió ella.
–Lo sé -replicó él. Le bajó una media y se inclinó sobre su piel para deslizarle la lengua por la pierna a medida que iba retirando la prenda del todo.
–Quiero…
–Dímelo. Cuéntame tus secretos…
–Hazme alcanzar el orgasmo…
–¿Cómo quieres que lo haga?
Ella le agarró la cabeza y lo llevó hasta el triángulo de encaje y de seda que le cubría la entrepierna. Suplicó una vez más, de un modo urgente…
–Con la lengua… por favor… No puedo esperar…
Como si él pudiera resistirse estando tan cerca de ella y rodeado por su aroma.
–Cuando estés completamente desnuda…
–Entonces, desnúdame. Ahora mismo.
Él le agarró el liguero y las braguitas al mismo tiempo y se los bajó con un rápido movimiento. Cuando ella se los sacó de los pies, se detuvo para mirarla. La mujer de sus sueños estaba completamente desnuda, rodeada por el elegante ambiente de su despacho de abogado. El contraste era absolutamente delicioso y quería saborearlo antes de dejarse llevar por el deseo.
Cuando le agarró el trasero, ella volvió a gemir. Aquel ligero sonido le hizo saber que estaba desesperada por alcanzar el placer. Se inclinó sobre su
cuerpo y deslizó la lengua entre los suaves rizos rubios para saborear el paraíso.
El preservativo que ella tenía en la mano cayó al suelo, al lado de él, un segundo antes de que le agarrara la cabeza con las manos y comenzara a temblar.
Poco a poco, colocó los muslos sobre sus hombros y fue empujándola suavemente hasta que estuvo sentada sobre el borde del escritorio. Cuando comenzó el festín, ella gimió de placer y se agarró con fuerza a su cabello.
El sabor de su cuerpo era celestial y se le deshacía en la lengua como el chocolate caliente. La obligó a abrir las piernas más y, con un suspiro de rendición, ella extendió una pierna sobre el escritorio. Los papeles crujieron y terminaron en el suelo.
La acarició con la lengua y deslizó los dedos para entrar profundamente en su húmedo calor, estimulándola y tocándola hasta que sus gritos comenzaron a hacerse más intensos y su respiración más elaborada.
Entonces, cuando se rompió la tensión, el despacho resonó con los sonidos de su éxtasis. La entrepierna de él palpitaba con una tensión casi insoportable. Deseaba despojarse de los vaqueros y penetrarla mientras aún estaba presa de las convulsiones del placer, pero no quería negarle nada del gozo que ansiaba darle. La acompañó en su clímax, lamiendo el néctar de su dicha e incrementando las contracciones con el ritmo del movimiento de los dedos.
Por fin, los temblores terminaron y los músculos se relajaron. Entonces le agarró la cintura y comenzó a besarle el vientre. Gradualmente, fue incorporándose del suelo para tumbarla encima del escritorio, dejando que los papeles cayeran por todas partes. De puro milagro, el teléfono no cayó al suelo.
Ella colocó las manos sobre la mesa y arqueó la espalda, como si estuviera anticipando el siguiente movimiento. Él le tomó un pezón entre los dientes y los deslizó suavemente por la punta.
–Sí… -gimió ella-. Oh, sí…
Sin dejar de mordisquearle el pezón, comenzó a acariciarle el otro seno muy suavemente.
–Nos veo… en el cristal del cuadro -murmuró ella.
–¿El cuadro del orgasmo? – preguntó, lamiendo el camino hasta llegar al otro seno.
–Sí…
–¿Te gusta vernos?
–Sí -susurró ella, ahogando la voz cuando sintió que él comenzaba a chuparle el otro pezón.
Sintió que volvía a estar lista. Sin dejar de mordisquearle suavemente el seno, deslizó dos dedos entre sus húmedos rizos.
–Ahora, podrás verte mientras alcanzas un orgasmo -musitó, contra la humedad de su piel.
Con un suave gemido de asentimiento, ella abrió las piernas y lo invitó a acceder a su interior. Lentamente, comenzó a acariciarla hasta que se tensó alrededor de sus dedos. Nunca había estado con una mujer tan caliente, tan excitada.
Había tenido la intención de darle la experiencia de toda una vida, pero se estaba volviendo contra él. Hacerle el amor a una mujer como ella era algo que solo había soñado hasta entonces. Lo hacía sentirse como si fuera el amante más dotado del mundo. El modo en el que ella respondía a sus caricias hacía que todo fuera posible.
Incrementó el ritmo de los dedos y utilizó el pulgar para estimular el centro de su feminidad, gozando con cada gemido de placer que ella emitía y que la llevó irremediablemente a otro devastador orgasmo. Lo encontró al cabo de pocos segundos y comenzó a mover las caderas al ritmo de las caricias que él le proporcionaba, haciendo así que cayeran más papeles al suelo.
Mientras trataba de tomar aire, él la soltó hasta que quedó tumbada sobre la mesa, con las piernas colgando por el borde del escritorio.
Entonces, se colocó entre sus muslos, se inclinó sobre ella y le puso las manos a ambos lados de la cabeza.
–Ni siquiera te he besado todavía…
–Bésame ahora…
–Dime tu nombre.
–No.
–El mío es…
–Ven aquí.
Tiró de él y lo besó tan profunda, tan eróticamente, que las caderas se le empezaron a mover como si el pene luchara por salir de su confinamiento.
Le tomó la lengua entre sus labios y la entrelazó con la suya, enredándola y