Una noche no es suficiente

Vicki Lewis Thompson · Capítulo 9 de 21

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Una noche no es suficiente

Capítulo 8

–Veamos si puedo darle a esto la atención que se merece.

–Me da la sensación de que podrás.

Eileen agarró el sándwich con las dos manos y, sin dejar de mirar a Shane, se lo llevó a la boca y comenzó a lamerlo, rodeándolo continuamente con la lengua.

–Mmm, delicioso.

–Esperaba que te gustara -afirmó él. Su propio sándwich, como su copa de vino, estaba completamente abandonado.

–Así es… -replicó ella. Recorrió con la lengua la longitud completa del sándwich-. Esta buenísimo…

Shane comenzó a preguntarse si podría soportar aquello. La erección que tenía en aquellos momentos luchaba por escapársele de la bragueta.

–Me apuesto algo a que el relleno también está buenísimo.

Agarró la punta del sándwich con la boca y lo apretó, sorbiendo para introducirse el relleno en la boca. Cuando lo hubo conseguido, se detuvo para relamerse los labios.

–Delicioso…

–Es mejor que pares -gruñó él.

–Me estoy divirtiendo mucho. ¿No es esto lo que tú tenías en mente? –

preguntó, tras lamer el relleno que rezumaba por la punta del sándwich.

–No tenía ni idea… Oh, Eileen, apiádate de mí.

Con una seductora sonrisa, ella dejó lo que le quedaba del sándwich sobre su servilleta.

–¿Tienes algún problema?

–Sí…

–¿Te gustaría que hiciera algo para solucionarlo?

Lo deseaba tanto que estaba temblando y, sin embargo, nunca antes le había pedido a una mujer que le hiciera sexo oral. Nunca antes había admitido estar tan desesperado que ya ni siquiera veía.

–Sí -murmuró.

Capítulo 8

Eileen no recordaba haberse divertido tanto con el sexo. Todos sus trucos más sugerentes funcionaban a la perfección con Shane y él no se mostraba avergonzado de admitirlo. Decidió que la noche siguiente irían a un restaurante, uno que tuviera una iluminación tenue y manteles.

Mientras tanto, estaba muy contenta con la situación en la que se encontraba en aquellos momentos. A cuatro patas, cruzó la distancia que los separaba.

–Túmbate -murmuró. Shane se estiró sobre el edredón, pero se mantuvo erguido sobre los antebrazos-. No pareces estar muy cómodo.

–No me importa no estar cómodo. Quiero mirar.

–En ese caso -susurró ella colocándosele encima de las rodillas, a horcajadas, para poder abrirle la bragueta-, es mejor que te dé un buen espectáculo, ¿no te parece?

–Como si no fueras a hacerlo.

Hasta aquel momento, Eileen nunca había pensado que el sexo oral fuera una exhibición artística. Con aquel concepto en mente, se tomó su tiempo para bajarle la cremallera.

–Está muy repleta esta zona, ¿no?

–Podríamos decir que es así -respondió él, con la voz muy tensa.

–Pobrecito.

A la luz de las velas, Eileen veía el enorme bulto que se erguía bajo el algodón de los calzoncillos. Pasó suavemente los nudillos por encima y consiguió que él pronunciara un gemido ahogado. A pesar de que el corazón le latía a toda velocidad, lo descubrió lentamente, como si estuviera perfectamente tranquila. No se podía decir lo mismo de Shane. A cada movimiento que ella hacía, la respiración se le aceleraba de tal manera que empezó a sonar como si fuera un hombre desesperado.

Unos segundos después, ella liberó el pene de su prisión. Mientras se la rodeaba con los dedos, lo miró a los ojos.

–¿Mejor?

–Todavía no -susurró, con voz ronca.

–Mmm -musitó ella. Entonces, tomó la sedosa erección entre las manos y apretó suavemente. Shane emitió un sonido gutural. Cuando ella volvió a mirarlo a los ojos, no le quedó ninguna duda de la súplica que vio en aquellas profundidades verdes-. ¿Sí?

–Necesito…

–¿Qué? – preguntó acariciándolo muy suavemente-. ¿Qué necesitas?

–Tu boca… por favor… Ahora… La necesito, por favor…

–Como tú desees.

Se inclinó sobre él y le aplicó los labios a la aterciopelada punta.

Entonces, utilizó la lengua para estimular la parte inferior y la deslizó a lo largo de la columna prominente, hasta la base. Shane gimió de placer.

Tratando de proporcionarle más estimulación visual, le dio un baño completo con la lengua. Entonces, formó un cilindro con los dedos y comenzó a acariciarlo con él, fijándose bien para asegurarse de que aún seguía observándola.

Así era. Tenía apretada la mandíbula y una expresión tan caliente en los ojos que hubiera bastado para derretir el metal de los tubos de ventilación que los rodeaban. Eileen siguió chupando, hasta que él estuvo húmedo y preparado de nuevo para la estimulación manual. Shane comenzó a jadear.

De repente, ella detuvo sus caricias y le lamió la punta, haciendo que se sacudiera con un fuerte temblor.

–¿Te lo estás pasando bien?

Siguió mordisqueándole la tierna carne suavemente y decidió que el gruñido de placer que él le dedicó había sido suficiente respuesta.

Por fin, él comenzó a temblar visiblemente por la tensión. Entonces, Eileen cerró la boca sobre el pene y se lo introdujo en la garganta todo lo que pudo. A continuación, comenzó a aplicarle un ritmo constante. En aquel momento, era completamente suyo, su esclavo. Temblaba indefenso debajo de ella. Poco a poco, sus gritos fueron transformándose en gemidos de necesidad.

Al alcanzar el orgasmo, gritó el nombre de Eileen. Ningún hombre había pronunciado su nombre con tanta intensidad. El rico sonido la hizo temblar de gozo. Shane sabía quién era ella. Por fin un hombre sabía quién era.

Shane había esperado sentir el sexo oral más placentero de toda su vida, pero Eileen había ido más allá de sus expectativas. Durante mucho tiempo después, se quedó como inmóvil como un muerto, observando las estrellas y preguntándose qué era lo que había hecho para merecerse aquel placer tan increíble. Había tratado de expresar su gratitud farfullando palabras adecuadas, pero ella se había echado a reír y le había dado un beso para luego asegurarle que se había divertido más que él.

Aquello era imposible. Nadie podía haberse divertido más. Más diversión podría ser letal.

Poco a poco, fue recuperando las fuerzas. Incluso se paró a pensar en qué clase de aventura sexual se verían inmersos a continuación. Sin embargo, antes de nada debían terminar la comida y disfrutar del vino.

Eileen accedió encantada, pero, para su sorpresa, pidió que la abrazara.

Shane la estrechó entre sus brazos y, tras apagar las velas, tomó una parte del edredón para taparlos a ambos. Allí, tumbado, con la cabeza de Eileen acurrucada contra su hombro, sintió que una profunda paz se adueñaba de él.

–No nos podemos dormir -murmuró ella.

–Tú puedes hacerlo si quieres. Yo me quedaré despierto.

–Yo tampoco quiero dormirme, pero me gusta estar aquí, en nuestro lugar privado, contemplando las estrellas.

–A mí también. Además, yo he tenido el último orgasmo. Creo que te toca a ti.

–Bueno, si vamos a andar contando, yo tuve dos la primera noche.

Ahora estamos empatados.

–Sí, pero en este juego, la chica puede superar al chico cuando quiera.

Ya sabes lo que se dice: «Una mujer nunca tiene demasiados pares de zapatos ni demasiados orgasmos».

–Me alegro -comentó ella, riendo-. Por cierto, gracias por preparar una velada tan maravillosa…

–Gracias por venir.

Se quedaron en silencio durante un rato. Muy pronto, la respiración de Eileen se relajó profundamente. Shane la llamó con suavidad, pero, cuando ella no respondió, comprendió que se había quedado dormida. Confiaba en él. Le había prometido que permanecería despierto para que no terminaran pasando la noche en aquella azotea y ella había aceptado su palabra.

La conciencia lo corroía por dentro. Le había mentido sobre su trabajo y tal vez aquello no había sido justo. Sin embargo, decirle que era el dueño de la empresa no era justo tampoco porque, después de aquella noche, se estaba cuestionando de verdad su estilo de vida.

Era un hombre de todo o nada. Le costaba delegar en los demás. Aquel día le había costado ceder parte de su trabajo a Rhonda, por lo que entregarle la operación a otra persona y darle el control de su reputación profesional sería muy difícil para él. Además, no dejaban de preocuparlo sus empleados.

Eileen le había demostrado lo hermosa que podía ser la vida cuando uno se tomaba tiempo para saborearla. Si conseguía alejarla de su novio, ¿cómo conseguiría compaginar una relación y su trabajo?

Llevaba tiempo sospechando que aquella era la razón de que, inconscientemente, hubiera evitado tener una relación con nadie. Una vez que Eileen había aparecido en su vida, tenía que enfrentarse al problema o dejarla marchar. Decidió que se enfrentaría al problema. Le resultaba imposible dejarla marchar.

Mientras, se conformaría con tenerla entre sus brazos, algo que consideraba un gran honor. Una persona era muy vulnerable mientras dormía y, sin embargo, ella no se había mostrado preocupada, tal vez porque ya era muy vulnerable ante él después de haberle revelado su afición a las aventuras sexuales. En realidad, él había hecho lo mismo. Se habían entregado al otro mucho más que sus cuerpos. Se habían entregado sus almas.

Un avión despertó a Eileen. Estaba soñando que estaba haciendo el amor en una Isla tropical con Shane. Abrió los ojos y vio que él la estaba observando, con el rostro entre las sombras.

–Lo siento -dijo-. No quería quedarme dormida. ¿Es muy tarde?

–¿Tarde para qué?

–Bueno, estoy segura de que no has venido aquí para verme dormir.

Después de todo lo que has preparado, voy yo y te dejo plantada. Es…

–Un cumplido.

–Venga ya.

–Lo digo en serio. Solo hemos pasado unas horas juntos y, a pesar de todo, tú te sientes lo suficientemente relajada como para dormirte entre mis brazos.

–Creo que ha sido el sexo.

–La clase adecuada de sexo.

La torre del aire acondicionado seguía haciendo que el suelo vibrara.

Eileen sintió necesidad de volver a experimentar esa clase adecuada de sexo, pero tal vez se había pasado durmiendo el tiempo que tenían disponible.

–Probablemente tienes que irte a casa. Mañana hay que trabajar.

–¿Es eso una proposición? – preguntó Shane tumbándose de espaldas-.

Juraría que he oído una proposición enterrada en esas palabras.

–Bueno, me gusta mucho cómo vibra esta azotea.

–¿Ves? – replicó él. Entonces, se incorporó y se sacó la camiseta por la cabeza-. Sabía que estaba en lo cierto.

Inmediatamente, ella se incorporó y se despojó de la chaqueta.

–Una vez más y luego nos vamos a casa.

–¿Es que tienes hora límite? – quiso saber él. Se quitó los pantalones y los calzoncillos.

–Estoy tratando de ser sensata…

Se dio cuenta de que ya presentaba una magnífica erección. Se quitó la falda, el liguero y las medias al mismo tiempo.

–Pensé que, durante esta semana, había quedado prohibida esa palabra -

dijo él mientras rebuscaba un preservativo en la cesta, abría el envoltorio y se lo colocaba-. ¿No?

–Supongo que sí…

Saber que Shane se excitaba tan rápidamente ante la perspectiva de tener relaciones sexuales con ella le quitaba el aliento.

–Muy bien. Ahora, túmbate y deja que el aire acondicionado haga lo demás. Podemos considerar que se trata de los juegos previos.

–Ya estoy excitada -susurró, antes de tumbarse sobre el edredón.

Shane se colocó encima de ella y le tocó suavemente la entrepierna.

–Ya veo -dijo, mientras le colocaba los brazos por encima de la cabeza-.

Naciste para el sexo. Veamos si estás preparada -añadió, mientras la acariciaba con la punta del pene-. Mmm, estás muy húmeda, fierecilla.

Gracias, señor Aire Acondicionado.

–No es solo el aire acondicionado.

–Lo sé. Eres tú, mujer de gran imaginación. ¿Qué te parece tener relaciones sexuales al aire libre?

–Me encanta.

–A mí también -musitó. Entonces, con un suave movimiento, la penetró.

A continuación, se inclinó para besarla-. Hay tantas posibilidades y tan poco tiempo… Esta es una de mis favoritas. El sexo lento y suave. Va genial con las vibraciones del aire acondicionado.

Mientras movía suavemente la boca sobre la de ella, inició un ritmo muy suave, que parecía amoldarse perfectamente al sutil temblor de la superficie sobre la que estaban tumbados. Eileen no parecía necesitar hacer nada más que permanecer allí tumbada, absorbiendo las vibraciones y

gozando con la fricción que él le proporcionaba. Gradualmente, su cuerpo se hizo tan maleable como la cera caliente.

Aquello era placer, pero era tranquilo, dulce y constante. Casi no se dio cuenta cuando se hizo un poco más insistente, cuando las vibraciones de la azotea parecieron acelerarse. De repente, casi sin darse cuenta, se aferró con más fuerza a él.

–Oigo un avión en la distancia -murmuró él-. Voy a hacerte alcanzar el orgasmo cuando nos pase por encima.

–El avión es un símbolo fálico.

–Sí…

En aquellos momentos, Eileen comenzó a escuchar el rumor del avión.

Shane incrementó el ritmo, no demasiado, pero sí lo suficiente como para tentarla con el inicio del clímax. A medida que los motores del avión se fueron escuchando con más claridad, comenzó a hacerlo con más fuerza. La tensión se acumuló implacable en el vientre de Eileen.

–Te estás acercando -susurró Shane mientras se movía cada vez más rápido dentro de ella-. Estalla para mí, Eileen.

El sonido del avión se había convertido en un rugido. Eileen estaba a punto de conseguirlo. Justo cuando las luces del avión pasaron por encima de sus cabezas, un triunfante grito de placer se vio ahogado por el ruido de los motores. Shane fue aminorando el ritmo a medida que los gemidos de gozo se fueron transformando en meros susurros.

–¿Te ha gustado?

–Sabes que sí…

Shane soltó una carcajada y siguió moviéndose dentro de ella.

–Me encanta la improvisación.

Eileen pensó que eso era precisamente la marca que delataba a un verdadero aventurero.

Shane experimentó su orgasmo un poco después. Se había contenido para no perderse en sus propias sensaciones y correr el riesgo de estropear la imagen del avión para Eileen. Se le había ocurrido anteriormente, al paso de otro avión.

Habría podido quedarse mucho más tiempo en aquella azotea, pero, cuando ella insistió en que debían marcharse a sus casas, no discutió. Lo importante de las fantasías era que no debían convertirse en rutina. Si se quedaban en la azotea demasiado tiempo, podría estropearse todo.

De todos modos, se imaginó que el sexo con Eileen nunca podría resultar aburrido. Cuando las dos personas que componían una pareja gozaban con la simulación y la imaginación, podían pasar una vida juntos sin aburrirse. Eso era lo que no dejaba de pensar ni un solo momento.

Cuando acompañó a Eileen a su coche, no estuvo seguro, por el beso de despedida que ella le dio, de si la joven abogada estaba empezando a pensar lo mismo o no. Al menos, le quedaban dos noches más para convencerla.

Para la noche del día siguiente ella ya había elegido un restaurante en el que podrían disfrutar de sus cuerpos por debajo del mantel.

Mientras regresaba a su casa, solo pensar en aquello lo excitaba aún más. En realidad, se excitaba solo con pensar en Eileen. Al día siguiente le costaría concentrarse en su trabajo, pero tendría que hacerlo. Darle sus noches era una cosa, pero no podía dejar que los días se le escaparan entre los dedos. La compañía seguía perteneciéndole.

Estaba seguro que hasta lo de tomarse la noche libre tendría repercusiones. Efectivamente, cuando llegó a su apartamento, descubrió que tenía diez mensajes esperándolo en el contestador. Diez.

Sin duda se debían a que había tenido desconectado el busca y el móvil toda la noche. Pensó escucharlos, pero se sentía tan feliz por lo que acababa de compartir con Eileen que no quería perder aquella sensación escuchando las quejas de sus clientes. Se fue a la cama con una ligera sensación de culpabilidad, aunque sintiéndose sexualmente muy satisfecho.

A la mañana siguiente, la satisfacción sexual de Shane se había desvanecido. En cambio, su sentimiento de culpabilidad había crecido hasta hacerse del tamaño del avión que había sobrevolado la azotea mientras le daba a Eileen un orgasmo.

Después de la ducha más rápida de la historia, se puso una camisa y unos pantalones. Como no iba a ver a Eileen en todo el día, podía vestirse con sus habituales trajes, aunque aquella noche se arreglaría para la cena más de lo que acostumbraba.

Mientras se preparaba un café, escuchó sus mensajes. Los diez eran de George Ullman, que era el dueño de una fábrica en la que trabajaban quinientas personas. Por lo tanto, necesitaba muchos teléfonos.

Por los dos primeros mensajes, comprendió que el sistema telefónico no le funcionaba correctamente, aunque era una avería sin importancia. El verdadero problema lo estaba causado el hecho de no poder localizar a

Shane. Cada mensaje era más frenético que el anterior. El décimo indicaba que Ullman estaba a punto de cancelar el contrato que tenía con Mercury Communications.

Mientras Shane iba a trabajar en la furgoneta, trató de no dejarse llevar por el pánico. Ullman tenía una cuenta muy grande con la empresa, pero se podía permitir perderlo como cliente. Sin embargo, lo peor de todo era que Ullman era un bocazas y miembro de todas las organizaciones de servicios de la ciudad. Si decidía empezar a hablar mal sobre Mercury, algunas personas podían dejar de trabajar con ellos solo porque conocían a Ullman.

Shane se recriminó haber llegado a aquella situación. Desde el principio se había ocupado él mismo de sus clientes. Podía enviarle fácilmente uno de los instaladores para corregir el problema, pero solo después de presentarle sus disculpas y de prometer que estaría localizable por si no se conseguía reparar el problema. En su opinión, así se mantenía contentos a los clientes.

Si se paraba a pensarlo, se había convertido en un departamento de quejas. Últimamente, ese departamento se había cerrado por primera vez en años, justo cuando su cliente más importante tenía una queja. Estupendo.

Cuando llegó a su despacho, Rhonda estaba preparando café. Rhonda Ferguson era una madre soltera, a la que Shane admiraba profundamente por haber criado sola a sus tres hijos.

–Hay una tonelada de mensajes de George Ullman -dijo-. ¿No se puso en contacto contigo anoche?

–No, no lo hizo.

A pesar de que Rhonda era de una edad muy similar a la de Shane, este sintió cómo debía de sentirse uno de sus hijos adolescentes cuando llegaba tarde a casa.

–Espero que no pase nada malo. No tienes aspecto de que así sea.

–Todo va bien -dijo. Sintió que le ardía la cara. Debía de estar sonrojándose-. Es que apagué mi teléfono móvil y mi busca anoche. Me tome la noche libre, ¿sabes?

–Me alegra saberlo -comentó Rhonda, con una sonrisa-. ¿Te lo pasaste bien?

–Sí -respondió, aunque la expresión «pasárselo bien» ni siquiera comenzaba a describir la noche que había pasado con Eileen.

–No estoy segura de que sea muy apropiado que una secretaria le diga esto a su jefe, pero creo que deberías apagar el móvil y el busca más a