Viaje al Centro de la Tierra

Capítulo XXXVIII

–¡Una cabeza humana, tío! – respondí, no menos sorprendido.

–¡Sí, sobrino! ¡Ah, señor Milne-Edwards! ¡Ah, señor de Quatrefages! ¡Qué lástima que no os encontréis aquí donde me encuentro yo, el humilde Otto Lidenbrock!

Capítulo XXXVIII

Para comprender esta evocación dirigida por mi tío a los ilustres sabios franceses, es preciso saber que, poco antes de nuestra partida, había tenido lugar un hecho de trascendental importancia para la paleontología.

El 28 de marzo de 1863, unos trabajadores, haciendo excavaciones en las canteras de Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Soma de Francia, bajo la dirección del señor Boucher de Perthes, encontraron una mandíbula humana a catorce pies de profundidad. Era el primer fósil de esta clase sacado a la luz del día. Junto a él, fueron halladas hachas de piedra y sílices tallados, coloreados y revestidos por el tiempo de una especie de barniz uniforme.

Este descubrimiento produjo gran ruido, no solamente en Francia, sino en Alemania e Inglaterra también. Varios sabios de Instituto francés, los señores de Quatrefages y Milne-Edwards entre otros, tomaron el asunto muy a pecho, demostraron la incontestable autenticidad de la osamenta en cuestión, y fueran los más ardientes defensores del proceso de la quijada, según la expresión inglesa.

A los geólogos del Reino Unido señores Falconer, Busk, Carpenter, etc., que admitieron el hecho como cierto, se sumaron los sabios alemanes, destacándose entre ellos por su calor y entusiasmo mi tío Lidenbrock.

La autenticidad de un fósil humano de la época cuaternaria parecía, por consiguiente, incontestablemente demostrada y admitida.

Cierto es que este sistema había tenido un adversario encarnizado en el señor Elías de Beaumont, sabio de autoridad bien sentada, quien sostenía que el terreno de Moulin-Quignon no pertenecía al diluvium, sino a una capa menos antigua, y, de acuerdo en este particular con Cuvier, no admitía que la especie humana hubiese sido contemporánea de los animales de la época cuaternaria. Mi tío Lidenbrock, de acuerdo con la gran mayoría de los geólogos, se había mantenido en sus trece, sosteniendo numerosas controversias y disputas, en tanto que el señor Elías de Beaumont se quedó casi solo en el bando opuesto.

Conocíamos todos los detalles del asunto, pero ignorábamos que, desde nuestra partida, había hecho la cuestión nuevos progresos. Otras mandíbulas idénticas, aunque pertenecientes a individuos de tipos diversos y de naciones diferentes, fueron halladas, en las tierras livianas y grises de ciertas grutas, en Francia, Suiza y Bélgica, como asimismo armas, herramientas, utensilios y osamentas de niños, adolescentes, adultos y ancianos. La existencia del hombre cuaternario se afirmaba, pues, más cada día.

Pero no era esto sólo. Nuevos despojos exhumados del terreno terciario plioceno habían permitido a otros sabios más audaces aún asignar a la raza humana una antigüedad muy remota. Cierto que estos despojos no eran osamentas del hombre, sino productos de su industria, como tibias y fémures de animales fósiles, estriados de un modo regular, esculpidos, por decirlo así, y que ostentaban señales evidentes del trabajo humano.

El hombre, pues, subió de un solo salto en la escala de los tiempos un gran número de siglos; era anterior al mastodonte y contemporáneo del elephas meridionalis; tenía, en una palabra, cien mil años de existencia, toda vez que ésta es la antigüedad asignada por los más afamados geólogos a la formación de los terrenos pliocénicos.

Tal era a la sazón el estado de la ciencia paleontológica, y lo que conocíamos de ella bastaba para explicar nuestra actitud en presencia de aquel osario del mar de Lidenbrock. Se comprenderán, pues, fácilmente el júbilo y la estupefacción de mi tío, sobre todo cuando, veinte pasos más adelante, encontró frente a sí un ejemplar del hombre cuaternario.

Era un cuerpo humano perfectamente reconocible. ¿Había sido conservado durante tantos siglos por un suelo de naturaleza especial, como el del cementerio de San Miguel, de Burdeos? No sabría decirlo. Pero aquel cadáver de piel tersa y apergaminada, con los miembros aún jugosos -por lo menos a la vista-, con los dientes intactos, la cabellera abundante y las uñas de los pies y de las manos prodigiosamente largas, se presentaba ante nuestros ojos tal como había vivido.

Quedé sin hablar ante aquella aparición de un ser de otra edad tan remota.

Mi tío, tan locuaz y discutidor de costumbre, enmudeció también.

Levantamos aquel cadáver, lo enderezamos después; palpábamos su torso sonoro, y él parecía mirarnos con sus órbitas vacías.

Tras algunos instantes de silencio, el catedrático se sobrepuso al tío. Otto Lidenbrock, dejándose llevar de su temperamento, olvidó las circunstancias de nuestro viaje, el medio en que nos hallábamos, la inmensa caverna que nos cobijaba; y, creyéndose sin duda en el Johannaeum, dando una conferencia a sus discípulos, dijo en tono doctoral, dirigiéndose a un auditorio imaginario:

–Señores: tengo el honor de presentaros un hombre de la época cuaternaria.

Grandes sabios han negado su existencia, y otros, no menos ilustres, la han afirmado y defendido. Si se hallasen aquí los Santo Tomás de la paleontología lo tocarían con el dedo y se verían obligados a reconocer su error. Sé muy bien que la ciencia debe ponerse en guardia contra estos descubrimientos. No ignoro la inicua explotación que han hecho de los hombres fósiles los Barnum y otros charlatanes de su misma ralea. Conozco perfectamente la historia de la rótula de Ajax, del supuesto cadáver de Orestes, hallado por los esparteros, y del cadáver de Asterio, de diez codos

de largo de que nos habla Pausanias. He leído las memorias relativas al esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo XIV, en el cual se creyó reconocer a Polifemo, y la historia del gigante desterrado durante el siglo XVI en los alrededores de Palermo. Conocéis, lo mismo que yo, el análisis practicado cerca de Lucerna, en 1577, de las grandes osamentas que el célebre médico Félix Plater dijo pertenecían a un gigante de diecinueve

pies[18]. He devorado los tratados de Cassanion, y todas las memorias;

folletos, discursos y contradiscursos publicados a propósito del esqueleto

del rey de los cimbrios, Teutoboco, el invasor de la Galia, exhumado en

1613 de un arenal del Delfinado. En el siglo XV hubiera combatido con

Pedro Campet la existencia de los preadamitas de Scheuchzer. He tenido

entre mis manos el escrito titulado Gigans…

Aquí reapareció el defecto peculiar de mi tío, quien, cuando hablaba en público, no podía pronunciar los nombres difíciles.

–El escrito -prosiguió titulado- Gigan?. …

Pero se atascó de nuevo.

– Giganteo…

¡Imposible! ¡El enrevesado vocablo no quería salir cuánto se hubieran reído del pobre profesor en el Johanaeum!

– Gigantosteología -concluyó por fin el profesor Lidenbrock, entre dos juramentos terribles.

Y animándose después, prosiguió:

–¡Sí señores, no ignoro nada de eso! Sé también que Cuvier y Blumenbach han reconocido en estas osamentas simples huesos de mamut y de otros animales de la época cuaternaria. Pero, en el caso actual, la duda solo sería una injuria a la ciencia. ¡Ahí tenéis el cadáver! ¡Podéis verlo, tocarlo! No se trata de un esqueleto, sino de un cadáver intacto, conservado únicamente

con un fin antropológico.

No quise contradecir esta aserción.

–Si pudiese lavarlo en una solución de ácido sulfúrico añadió el profesor-, haría desaparecer todas las partes terrosas y esas conchillas resplandecientes incrustadas en él. Pero no poseo de momento el precioso disolvente. Sin embargo, este cadáver, tal como le veis ahora, nos referirá su historia.

El profesor entonces cogió el cadáver fósil, manejándolo con la destreza de los que se dedican a mostrar curiosidades.

–Ya lo veis -prosiguió-, no tiene seis pies de altura[19], y nos encontramos,

por tanto, a gran distancia de los pretendidos gigantes. Por lo que respecta o

la raza a la cual pertenece, es incontestablemente caucásica: la raza blanca,

¡la nuestra! El cráneo de este fósil es regularmente ovoideo, sin un

desarrollo excesivo de los pómulos, ni un avance exagerado de la

mandíbula. No presenta ninguna señal de progmatismo que modifica el

ángulo facial[20]. Medid este ángulo, y hallaréis que tiene cerca de 90°.

Pero de ir todavía más lejos en el camino de las deducciones, y me atrevería

a afirmar que este ejemplar humano pertenece a la familia que se extiende

desde la India hasta los límites de la Europa Occidental. ¡No os sonriáis,

señores!

No se sonreía nadie; pero, ¡era tal la costumbre que el profesor tenía de ver sonreír a todo el mundo durante sus sabias disertaciones!

–Si -prosiguió, animándose de nuevo-; se trata de un hombre fósil y contemporáneo de los mastodontes cuyas osamentas llenan este anfiteatro.

Pero no osaré deciros por qué vía han llegado aquí; de qué modo esas capas donde yacían se han deslizado hasta esta enorme caverna del globo. Sin duda, en la época cuaternaria, se verificaban aún trastornos considerables en la corteza terrestre: el enfriamiento continuo del globo producía grietas, sendas, hendeduras por las cuales se escurría probablemente una parte del