Viaje al Centro de la Tierra

Capítulo XLIV

No puedo precisar cuántas veces se repitió esta maniobra; lo que sí puedo decir es que, cada vez que se reproducía el movimiento, éramos despedidos con una violencia mayor recibiendo la impresión de ser lanzados dentro de un proyectil.

Mientras permanecíamos parados, me asfixiaba; y, durante las ascensiones, el aire abrasador me cortaba la respiración. Pensé un instante en el placer inmenso de volverme a encontrar súbitamente en las regiones hiperboreales a una temperatura de 30° bajo cero. Mi imaginación exaltada se paseaba por las llanuras de nieve de las regiones árticas, y anhelaba el momento de poderme revolcar sobre la helada alfombra del polo.

Poco a poco, mi cabeza, trastornada por tan reiteradas sacudidas, se extravió, y a no ser por los brazos vigorosos de Hans, en más de una ocasión me habría destrozado el cráneo contra la pared de granito.

No he conservado ningún recuerdo preciso de lo que ocurrió durante las horas siguientes. Tengo una idea confusa de detonaciones continuas, de la agitación del macizo de granito, del movimiento giratorio que se apoderó de la balsa, la cual se balanceaba sobre las olas de lava, en medio de una lluvia de cenizas. La envolvieron llamas crepitantes. Un viento huracanado, como despedido por un ventilador colosal activaba los fuegos subterráneos.

Por vez postrera vi el semblante de Hans alumbrado por los resplandores de un incendio, y no experimenté más sensación que el espanto siniestro del hombre condenado a morir atado a la boca de un cañón, en el momento en que sale el tiro y dispersa sus miembros por el aire.

Capítulo XLIV

Cuando volví a abrir los ojos, me sentí asido por la cintura por la mano vigorosa de Hans, quien, con la otra, sostenía también a mi tío. No me encontraba herido gravemente, pero si magullado por completo cual si hubiera recibido una terrible paliza.

Me encontré tendido sobre la vertiente de una montaña, a dos pasos de un abismo en el cual me habría precipitado al menor movimiento. Hans me había salvado de la muerte mientras rodaba por los flancos del cráter.

–¿Dónde estamos? – preguntó mi tío, dando muestras de gran irritación por haber salido a la superficie de la tierra.

El cazador se encogió de hombros para manifestar su ignorancia.

–¿En Islandia? – dije yo.

– Nej -respondió Hans.

–¡Cómo que no! – exclamó el profesor.

–Hans se engaña -dije yo levantándome.

Después de las innumerables sorpresas de aquel viaje, todavía nos estaba reservada otra nueva estupefacción. Me esperaba ver en un cono cubierto de nieves eternas, en medio de los áridos desiertos de las regiones septentrionales, bajo los pálidos rayos de un cielo polar, más allá de las más elevadas latitudes: mas, en contra de todas mis suposiciones mi tío, el islandés y yo nos hallábamos tendidos hacia la mitad de la escarpada vertiente de una montaña calcinada por los ardores de un sol que nos abrasaba.

No quería dar crédito a mis ojos, pero la tostadura real que sufría mi organismo no dejaba duda alguna. Habíamos salido medio desnudos del cráter, y el astro esplendoroso, cuyos favores no habíamos solicitado durante los dos últimas meses, se nos mostraba pródigo de luz y de calor y

nos envolvía en oleadas de sus espléndidos rayos.

Cuando se acostumbraron mis ojos a aquellos resplandores, a los cuales se habían deshabituado, me valí de ellos para rectificar los errores de mi imaginación. Por lo menos quería hallarme en Spitzberg, y no había manera de convencerme de lo contrario.

El profesor fue el primero que tomó la palabra, diciendo:

–En efecto, este paisaje no se parece en nada a los de Islandia.

–¿Y a la isla de Juan Mayen? – respondí yo.

–Tampoco, hijo mío. No es éste un volcán del Norte, con sus colinas de granito y su casquete de nieve.

–Sin embargo…

–¡Mira, Axel, mira!

Encima de nuestras cabezas, a quinientos pies a lo sumo, se abría el cráter de un volcán, por el cual se escapaba, de cuarto en cuarto de hora, con fuerte detonación, una alta columna de llamas, mezcladas con piedra pómez, cenizas y lavas. Sentía las convulsiones de la montaña, que respiraba como las ballenas, arrojando de tiempo en tiempo fuego y aire por sus enormes respiraderos. Debajo, y por una pendiente muy rápida, las capas de materias eruptivas se precipitaban a una profundidad de 700 u 800

pies, lo que daba para el volcán una altura inferior a 100 toesas. Su base desaparecía en un verdadera bosque de árboles verdes, entre los que distinguí olivos, higueras y vides cargadas de uvas rojas.

Preciso era confesar que aquél no era el aspecto de las regiones árticas.

Cuando rebasaba la vista aquel cinturón de verdura, iba rápidamente a perderse en las aguas de un mar admirable o de un lago, que hacían de aquella tierra encantada una isla que apenas medía de extensión unas

leguas. Por la parte de Levante, se veía un pequeño puerto, precedido de algunas casas, en el que a impulso de las alas azules, se mecían varios buques de una forma especial. Más lejos, emergían de la líquida llanura tan gran número de islotes, que semejaban un inmenso hormiguero.

Hacia poniente, lejanas costas se divisaban en el horizonte, perfilándose sobre algunas de aquellas montañas azules de armoniosa conformación, y sobre otras, más remotas aún, se elevaba un cono de prodigiosa altura, en cuya cima se agitaba un penacho de humo.

Por el Norte, se divisaba una inmensa extensión de mar, que relumbraba al influjo de los rayos solares, sobre la cual se veía de trecho en trecho la extremidad de un mástil o la convexidad de una vela hinchada por el viento.

Lo imprevisto de semejante espectáculo centuplicaba aún sus maravillosas bellezas.

–¿Dónde estamos? ¿Dónde estamos? – repetía yo.

Hans cerraba, con indiferencia, los ojos, y mi tío lo escudriñaba todo, sin darse apenas cuenta de nada.

–Sea cual fuere esta montaña -dijo al fin- hace bastante calor; las explosiones no cesan, y no valdría la pena de haber escapado de las peligros de una erupción para recibir la caricia de un pedazo de roca en la cabeza.

Descendamos, y sabremos a qué nos atenernos. Por otra parte, me muero de hambre y de sed.

Decididamente, el profesor no era un espíritu contemplativo. Por lo que a mí respecta, olvidando las fatigas y las necesidades, habría permanecido en aquel sitio durante muchas horas aún; pero me fue preciso seguir a mis compañeros.

El talud del volcán presentaba muy rápidas pendientes; nos deslizábamos a lo largo de verdaderos barrancos de ceniza, evitando las corrientes de lava que descendían como serpientes de fuego; y yo, mientras, conversaba con

volubilidad, porque mi imaginación se hallaba demasiado repleta de ideas, y era preciso darle algún desahogo.

–¿Nos encontramos en Asia -exclamé-, en las costas de la India, en las islas de la Malasia, en plena Oceanía? ¿Hemos atravesado la mitad del globo terráqueo para salir de él por las antípodas de Europa?

–Pero, ¿y la brújula? – respondió mi tío.

–¡Sí, sí! ¡Fiémonos de la brújula! A dar crédito a sus indicaciones, habríamos marchado siempre hacia el Norte.

–¡Según eso, ha mentido!

–¡Oh¡ ¡Mentido! ¡mentido!

–¡A menos que este sea el Polo Norte.

–¡El Polo! No; pero…

Era un hecho inexplicable; yo no sabía qué pensar.

Entretanto, nos aproximábamos a aquella verdura que tanto recreaba la vista. Me atormentaba el hambre, como asimismo la sed. Por fortuna, después de dos horas de marcha, se presentó ante nuestras ojos una hermosa campiña, enteramente cubierta de olivos, de granados y de vides que parecían pertenecer a todo el mundo. Por otra parte, en el estado de desnudez y abandono en que nos encontrábamos, no era ocasión de andarse con muchos escrúpulos. ¡Con qué placer oprimimos entre nuestros labios aquellas sabrosas frutas, aquellas dulces y jugosísimas uvas! No lejos, entre la hierba, a la sombra deliciosa de los árboles, descubrí un manantial de agua fresca, en la que sumergimos nuestras caras y manos con indecible placer.

Mientras nos entregábamos a todas las delicias del reposo, apareció un chiquillo entre dos grupos de olivos.

–¡Ah! – exclamé-, un habitante de este bienaventurado país.

Era una especie de pordioserillo miserablemente vestido, de aspecto bastante enfermizo, a quien nuestra presencia pareció intimidar extraordinariamente; cosa que a la verdad, no tenía nada de extraña, pues medio desnudos y con nuestras barbas incultas, teníamos muy mal cariz; y al menos que no nos hallásemos en un país de ladrones, nuestras extrañas figuras tenían necesariamente que amedrentar a sus habitantes.

En el momento en que el rapazuelo emprendió, asustado, la huida, corrió Hans detrás de él y lo trajo nuevamente, a pesar de sus puntapiés y sus gritos.

Mi tío comenzó por tranquilizarlo como Dios le dio a entender, y, en correcto alemán, le preguntó:

–¿Cómo se llama esta montaña, amiguito?

El niño no respondió.

–Bueno -dijo mi tío-; no estamos en Alemania.

Formuló la misma pregunta en inglés, y tampoco contestó el chiquillo. A mí me devoraba, la impaciencia.

–¿Será mudo? – exclamó el profesor, quien, orgulloso de su poliglotismo, repitió en francés la pregunta.

El mismo silencio del niño.

–Ensayemos el italiano -dijo entonces mi tío. Y le pregunto en esta lengua:

– Dove siamo?

–Sí, ¿dónde estamos? – repetí con impaciencia. Pero el niño no respondió

tampoco.

–¡Demontre! – exclamó mi tío, que empezaba a encolerizarse, dándole un tirón de orejas-, ¿acabarás de reventar de una vez? Come si noma qaesta isola?

–Strombolí -repitió el pastorcillo, escapándose de las manos de Hans y emprendiendo veloz carrera a través de los olivos hasta llegar a la llanura, sin que nos volviéramos a ocupar más de él.

¡El Estrómboli! ¡Oh, qué efecto produjo en mi imaginación aquel nombre inesperado! Nos hallábamos en pleno Mediterráneo, en medio del archipiélago eolio, de mitológica memoria, en la antigua Strongyle, donde Eolo tenía encadenados los vientos y tempestades. Y aquellas montañas azules que se veían por el Este eran las montañas de Calabria. Y aquel volcán que se erguía en el horizonte del Sur era nada menos que el implacable Etna.

–¡El Estrómboli! – repetía yo-, ¡el Estrómboli!

Mi tío me acompañaba con sus gestos y palabras. Parecía que estábamos cantando un dúo.

–¡Oh, qué viaje! ¡qué maravilloso viaje! ¡Entrar por un volcán y salir por otro, situado a más de 1.200 leguas del Sneffels, de aquel árido país de Islandia, enclavado en los confines del mundo! Los azares de la expedición nos habían transportado al seno de las más armoniosas comarcas de la tierra. Habíamos trocado la región de las nieves eternas por la de la verdura infinita, y abandonado las nieblas cenicientas de las zonas heladas para venir a cobijarnos bajo el cielo azul de Sicilia.

Después de una deliciosa comida compuesta de frutas y agua fresca, volvimos a ponernos en marcha con dirección al puerto de Estrómboli.

No nos pareció prudente divulgar la manera cómo habíamos llegado a la isla: el espíritu supersticioso de los italianos no hubiera visto en nosotros