Vuelta Atras

Robert J. Sawyer · Capítulo 9 de 45

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Vuelta Atras

Capítulo 9

Sarah siempre recordaría el 1 de marzo de 2009. Entonces tenía cuarenta y ocho años, hacía cinco que había sobrevivido a un cáncer de mama y diez que había conseguido la cátedra en la Universidad de Toronto.

Recorría el pasillo de la planta catorce cuando oyó, tenuemente, el teléfono de su despacho que sonaba. Corrió el resto del camino alegre como siempre de trabajar en un campo que nunca requería que llevara tacones. Por fortuna, ya tenía la llave en la mano, o nunca hubiera atravesado la puerta antes de que el sistema de correo de voz de la universidad grabara el mensaje.

—Sarah Halifax —le dijo al auricular de color beige.

—Sarah, soy Don. ¿Has oído las noticias?

—Hola, cariño. No. ¿Por qué?

—Hay un mensaje de Sigma Draconis.

—¿De qué estás hablando?

—Hay un mensaje de Sigma Draconis —repitió Don, como si la dificultad de Sarah para comprender se debiera simplemente a que no lo había oído—. Estoy en el trabajo. Lo dicen todos los servicios por cable y en internet.

—No puede ser —dijo ella, pero de todas formas prestó atención al ordenador—. Me habrían informado de ello antes de hacer ningún anuncio público.

—Hay un mensaje —repitió él—. Quieren que salgas esta noche en Tal como pasa.

—Ya, claro. Pero tiene que ser una broma. Según la Declaración de Principios…

—Seth Shostak está ahora mismo en la NPR hablando del tema. Al parecer lo detectaron anoche y alguien lo ha filtrado.

El ordenador de Sarah todavía estaba cargando el sistema operativo.

La melodía de Windows sonó por los altavoces.

—¿Qué dice el mensaje?

—Nadie lo sabe. Es abierto, y todo el mundo, en todas partes, está intentando comprender lo que significa.

Ella se dio cuenta de que tamborileaba con los dedos rápidamente en el borde del escritorio, murmurando quejas sobre la lentitud del ordenador.

Los iconos grandes llenaban el escritorio y los más pequeños aparecían en la barra del sistema.

—Bueno, tengo que irme —dijo Don—. Me necesitan en la sala de control. Te llamarán más tarde para una entrevista previa. El mensaje está en todas partes en la red, incluso en Slashdot. Adiós.

—Adiós.

Ella colgó el teléfono con la mano izquierda mientras manejaba el ratón con la derecha. Pronto tuvo en pantalla el mensaje, una enorme pauta de ceros y unos. Todavía dubitativa, abrió tres ventanas más y empezó a buscar información sobre cuándo y cómo se había recibido el mensaje, qué se sabía hasta el momento y ese tipo de cosas.

No había ningún error. El mensaje era auténtico.

No tenía a nadie cerca con quien hablar, pero se hundió en su asiento y lo dijo de todas formas. Aquélla era la frase sagrada de los investigadores del SETI desde que Walter Sullivan la había utilizado como título de su famoso libro:

— No estamos solos…

—Pero profesora Halifax, ¿no es cierto que quizá nunca podamos descubrir lo que dicen los alienígenas? —preguntó la presentadora, una mujer llamada Carol Off, en 2009, durante la entrevista radiofónica para Tal como pasa—. Compartimos este planeta con los delfines y no los entendemos. ¿Cómo vamos a comprender entonces lo que intenta decir alguien de otro mundo?

Sarah le sonrió a Don, que estaba al otro lado de la pecera; habían discutido sobre aquello antes.

—En primer lugar, puede que los delfines no tengan lenguaje, al menos no un lenguaje rico y abstracto como el nuestro. Los delfines tienen

el cerebro más pequeño que los humanos en relación a su peso corporal y casi todo lo que dicen está enfocado a la colocación.

—Entonces, ¿es posible que no hayamos descifrado su mensaje porque no hay nada que descifrar?

—Exactamente. Además, que seamos del mismo planeta no significa necesariamente que debamos tener más cosas en común con ellos que con los alienígenas. En realidad, tenemos muy poco en común con los delfines, que ni siquiera tienen manos, aunque los alienígenas deben de tenerlas.

—Vaya, profesora Halifax. ¿Cómo sabe eso?

—Porque han construido transmisores de radio. Han demostrado que son una especie tecnológica. De hecho, casi con certeza viven en tierra firme, lo cual significa de nuevo que tenemos más en común con ellos que con los delfines. Hay que ser capaz de domeñar el fuego para dedicarse a la metalurgia y a todo lo necesario para construir una radio. Además, naturalmente, el uso de la radio implica saber matemáticas, así que obviamente también tienen eso en común con nosotros.

—No todos nosotros somos buenos en matemáticas —dijo amistosamente la presentadora—. Pero ¿lo que está usted diciendo es que, necesariamente, quien envió el mensaje tiene mucho en común con el tipo de persona que intentaba que lo recibiera?

Sarah guardó silencio unos segundos mientras reflexionaba.

—Bueno, pues… sí. Sí, supongo que así es.

La doctora Petra Jones era una mujer negra, alta e impecablemente vestida de unos treinta años. Aunque con los empleados de Rejuvenex… a Don le pareció que nunca se podía estar seguro de la edad. Era sorprendentemente hermosa, de pómulos altos y ojos vivaces, y llevaba rastas, un estilo que había estado de moda y desfasado varias veces ya.

Había ido a hacerles la revisión semanal, como parte de su circuito de visitas a clientes de Rejuvenex en diversas ciudades.

Petra se sentó en el salón de la casa de Betty Ann Drive y cruzó sus largas piernas. Frente a ella había una ventana, una de las dos situadas a cada lado de la chimenea. Fuera, la nieve se había fundido; llegaba la primavera. Miró a Sarah, luego a Don y luego otra vez a Sarah. Finalmente dijo:

—Algo ha salido mal.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Don de inmediato.

Pero Sarah simplemente asintió y su voz sonó llena de tristeza.

—No estoy volviendo atrás, ¿verdad?

Él sintió que el corazón le daba un vuelco.

Petra negó con la cabeza y las perlas entretejidas en sus rastas tintinearon levemente.

—Lo siento muchísimo —dijo, en voz muy baja.

—Lo sabía —dijo Sarah—. Yo… en el fondo, lo sabía.

—¿Por qué no? —exigió Don—. ¿Por qué demonios no?

Petra se encogió levemente de hombros.

—Esa es la gran pregunta. Tenemos un equipo trabajando en ello ahora mismo y…

—¿No se puede arreglar? —preguntó él. «Por favor, Dios, di que se puede arreglar.»

—No lo sabemos —respondió Petra—. Nunca nos habíamos encontrado con un caso como éste.

Hizo una pausa, al parecer para recomponer las ideas.

—Conseguimos alargar sus telómeros, Sarah, pero por algún motivo las nuevas secuencias finales son ignoradas cuando sus cromosomas se reproducen. En vez de transcribir su ADN hasta el final, la enzima duplicadora se detiene en seco donde solían estar los brazos de sus cromosomas. —Hizo una pausa—. Algunos de los otros cambios bioquímicos que introdujimos están siendo rechazados también y, una vez más, no sabemos por qué.

Don se había puesto en pie.

—Esto son chorradas —dijo—. Nos dijeron que sabían lo que estaban haciendo.

Petra se acobardó, pero luego recuperó el aplomo. Tenía un leve acento; de Georgia, tal vez.

—Mire —dijo—. Soy médico, no relaciones públicas. Sabemos más sobre senectud y muerte celular programada que nadie. Pero hemos realizado menos de doscientos tratamientos de rejuvenecimiento multidécada en seres humanos. —Abrió un poco los brazos—. Esto sigue siendo territorio inexplorado.

Sarah se estaba mirando las manos hinchadas, manchadas, de piel transparente, dobladas en su regazo.

—Voy a seguir siendo vieja.

Era una afirmación, no una pregunta.

Petra cerró los ojos.

—Lo siento muchísimo, Sarah. —Luego animó un poco la voz, aunque a Don le pareció que fingía—. Pero parte de lo que hicimos ha sido beneficioso y nada parece haber sido perjudicial. ¿No me dijo la última vez que estuve aquí que su incomodidad física diaria había desaparecido parcialmente?

Sararí miró a Don y entornó los ojos, como si tratara de ver a alguien que estuviera muy, muy lejos. Él se le acercó y se quedó de pie a su lado, colocando una mano sobre su huesudo hombro.

—Deben tener alguna idea acerca de cuál ha sido la causa de todo esto

—le dijo Don bruscamente a Petra.

—Como decía, estamos trabajando en ello, pero…

—¿Qué?

—Bueno, es que usted tuvo cáncer de mama, señora Halifax…

Sarah entornó los ojos.

—Sí. ¿Y? Fue hace mucho tiempo.

—Cuando revisamos su historial médico, antes de comenzar nuestra aplicación, nos contó usted lo de su tratamiento. Un poco de quimioterapia.

Radiación. Medicamentos. Una mastectomía.

—Sí.

—Bueno, uno de nuestros expertos opina que puede tener que ver con eso, aunque no con el tratamiento que dio resultado y que usted nos contó.

Lo que quiere saber es si probaron ustedes algún tratamiento sin éxito.

—Santo cielo —dijo Sarah—. No recuerdo todos los detalles. Fue hace más de cuarenta años y he intentado olvidarlo.

—Naturalmente —dijo Petra con amabilidad—. Tal vez deberíamos hablar con los médicos que la atendieron.

—Nuestro médico de familia de entonces hace mucho tiempo que murió —dijo Don—. Y la oncóloga que trató a Sarah tenía sesenta años.

Habrá muerto también.

Petra asintió.

—Y no creo que sus antiguos médicos pasaran los historiales a los nuevos.

—Cristo, ¿cómo vamos a saberlo? —dijo Don—. Cuando cambiamos de médico rellenamos los historiales y estoy seguro de que autorizamos la

transferencia de nuestros datos, pero…

Petra volvió a asentir.

—Pero eso fue en la época en que los historiales médicos estaban en papel, ¿no? Quién sabe qué habrá sido de ellos después de todos estos años.

A pesar de todo, nuestro investigador descubrió que aproximadamente por esa época (a principios de siglo, ¿verdad?), se aplicaron algunos tratamientos contra el cáncer con interferonas aquí, en Canadá, que no estaban aprobados por la FDA estadounidense; por eso no sabemos mucho sobre ellos. Hace tiempo que desaparecieron del mercado; aparecieron medicamentos mejores en dos mil diez. Pero estamos intentando encontrar un suministro en alguna parte, para realizar algunas pruebas. Él opina que ese tratamiento podría ser la causa del fallo del nuestro, posiblemente porque eliminó de manera permanente algunos virus comensales cruciales.

—Jesús, tendrían que haberlo estudiado con más atención —dijo Don

—. Podríamos demandarlos.

Petra se envaró y lo miró, retadora.

—¿Demandarnos por qué? ¿Por un tratamiento médico por el que no han pagado y que no tiene ningún efecto adverso?

—Don, por favor —dijo Sarah—. No quiero demandar a nadie. No—

Guardó silencio, pero él supo lo que había estado a punto de decir: «No quiero desperdiciar el poco tiempo que me queda en un pleito.» Don le acarició el hombro.

—Muy bien —dijo—. Muy bien. Pero ¿no podemos intentarlo otra vez? Tal vez con otra ronda de tratamientos. Otro intento de vuelta atrás.

—Lo hemos intentado con muestras de tejido de su esposa—dijo Petra

—. Pero no funciona.

Él sintió que la bilis le subía por la garganta. Malditos… malditos fueran todos: Cody McGavin, por meter en sus vidas aquella idea demencial; la gente de Rejuvenex; los malditos alienígenas de Sigma Draconis II. Todos podían irse al infierno.

—Esto es ridículo —dijo Don, cabeceando. Apartó la mano del hombro de Sarah y luego, con ambas manos a la espalda, empezó a caminar por el estrecho saloncito, la habitación que había sido su hogar y el de su esposa, la habitación donde sus hijos habían aprendido a gatear, la habitación que contenía tanta historia, tantos recuerdos… recuerdos que

Sarah y él habían compartido, década tras década, buenos y malos tiempos, alegrías y sinsabores.

Tomó aire, lo dejó escapar.

—Entonces quiero que detengan también para mí el proceso —dijo, dando brevemente la espalda a las dos mujeres.

—Cielos, no —dijo Sarah—. No hagas eso.

Él se dio media vuelta y se acercó a ellas.

—Es lo único que tiene sentido. Nunca quise esto, para empezar, y desde luego no lo quiero si tú no lo consigues también.

—Pero es una bendición —dijo Sarah—. Es todo lo que habíamos hablado: ver crecer a nuestros nietos, ver a sus hijos. No puedo… no consentiré que renuncies a eso.

Él negó con la cabeza.

—No. No lo quiero. Ya no. —Dejó de caminar y miró directamente a Petra—. Desháganlo.

Petra abrió mucho sus ojos castaños.

—No puedo. No podemos.

—¿Qué quiere decir con que no puede?

—El tratamiento ha sido aplicado —dijo Petra—. Sus telómeros han sido alargados, sus radicales libres están recargados, su ADN ha sido reparado y etcétera, etcétera. No hay manera de deshacerlo.

—Tiene que haberla.

Petra se encogió filosóficamente de hombros.

—No ha habido muchas subvenciones para encontrar medios de acortar el lapso de vida humano.

—Pero tienen que poder ustedes detener el rejuvenecimiento, ¿no? Sí, comprendo que no pueda volver a tener ochenta y siete años físicamente.

Vale, de acuerdo. Tengo… ¿cuántos? Supongo que ahora parece que tengo setenta, ¿no? Detengan aquí la vuelta atrás. —Señaló con el índice hacia abajo, como marcando el lugar. Podía vivir con setenta años; no estaría tan mal, no sería un abismo infranqueable. Bastaba con ver al viejo Ivan Krehmer, casado con una mujer cincuenta años más joven que él. Así a bote pronto, Don no recordaba que ninguna pareja de su círculo social estuviera formada por una mujer quince años mayor que el hombre, pero seguramente aquello también se había convertido en algo corriente.

—No hay forma de detenerlo antes de que acabe —dijo Petra—.

Codificamos en la terapia genética hasta dónde llegaría la vuelta atrás. Es inexorable una vez que ha comenzado. Cada vez que sus células se dividan, se hará usted físicamente más joven y más robusto basta que se alcance el objetivo.

—Sométanme entonces a otra sesión de terapia genética —dijo Don

—. Ya sabe, para contrarrestar…

—Lo hemos intentado con animales de laboratorio, sólo para ver qué pasaba —contestó Petra.

—¿Y?

Ella se encogió de hombros.

—Los mata. La división celular se detiene por completo. No, tiene usted que dejar que la vuelta atrás continúe. Bueno, podríamos cancelar las operaciones siguientes: el arreglo dental, el de las articulaciones de las rodillas y el trasplante de ese nuevo riñón cuando esté lo suficientemente fuerte para soportar someterse al bisturí. Pero ¿qué sentido tendría?

Don sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Así que voy a seguir teniendo físicamente veinticinco años?

Petra asintió.

—Transcurrirán un par de meses antes de que el rejuvenecimiento termine pero, cuando lo haga, ésa será su edad biológica, y entonces empezará a envejecer de nuevo hacia delante a partir de ese punto, a ritmo normal.

—Jesús —dijo él. Veinticinco años. Y Sarah seguiría teniendo ochenta y siete—. Dios mío.

Petra parecía anonadada, y lenta, casi imperceptiblemente, empezó a cabecear.

—¿Qué? —preguntó Don.

La doctora alzó la cabeza y tardó un momento en enfocar la mirada.

—Lo siento —dijo—. Es que… bueno, nunca había pensado que acabaría teniendo que pedir disculpas por darle a alguien otros sesenta o setenta años de vida.

Don se agachó junto a su esposa, que continuaba sentada. Qué terrible esfuerzo le habría significado hacer aquello hacía tan sólo… Sin embargo, hacerlo con facilidad no le dio ningún placer.

—Lo siento, cariño —dijo—. Lo siento muchísimo.

Pero Sarah negó con la cabeza.

—No lo sientas. Todo va a salir bien. Ya verás.

«¿Cómo puede salir bien?», se preguntó él. Habían vivido en sincronía: nacidos el mismo año, creciendo con los mismos acontecimientos de fondo. Ambos recordaban exactamente dónde estaban cuando Neil Armstrong pisó la Luna, el año en que cumplieron nueve años.

Ambos eran adolescentes cuando estalló el escándalo Watergate; tenían veintitantos años cuando cayó el Muro de Berlín; treinta y pocos cuando se desplomó la Unión Soviética; cuarenta y pico cuando se detectó por primera vez vida alienígena. Incluso antes de conocerse, habían recorrido a la par las etapas de la vida, envejeciendo a la vez y mejorando, como dos botellas de vino de la misma cosecha.

La cabeza le daba vueltas y, momentáneamente, se le nubló la visión.

El rostro de Sarah estaba borroso y, luego, las lágrimas hicieron lo que no había logrado la brujería de Rejuvenex: borrar sus arrugas, suavizar sus rasgos.

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