Vuelta Atras
Capítulo 22
Una tarde de primavera de 2009.
—¡Cariño, estoy en casa! —llamó Sarah.
Don fue de la cocina al salón y se detuvo al pie de los seis escalones que conducían a la entrada.
—¿Cómo te ha ido?
Era la Primera Sesión de Colaboración Internacional para tratar el mensaje de Sigma Draconis, un maratón de tres días organizado por la Universidad de Toronto y presidido por la propia Sarah, al que habían acudido expertos de todo el mundo.
—Ha sido agotador —dijo Sarah, corriendo la puerta de espejo del armario y colgando su gabardina; abril era el mes más húmedo en Toronto
—. Beligerante. Pero definitivamente merece la pena.
—Me alegro —contestó—. Tengo carne mechada asada, por cierto.
Estará lista dentro de unos veinte minutos.
La puerta de la casa volvió a abrirse y entró Carl, empapado y con aspecto abatido.
—Hola, mamá. ¿Qué tal la conferencia?
—Bien. Se lo estaba contando a tu padre.
—Cenamos dentro de veinte minutos, Carl —dijo Don.
—Magnífico. Voy a lavarme.
Carl consiguió quitarse los zapatos mojados sin agacharse ni deshacer los nudos. No se sacó la chaqueta mojada, pero subió corriendo las escaleras, rozando a su padre.
—Bien, ¿qué ha pasado? —preguntó Don.
Sarah entró en el salón y se dieron un beso.
—Hemos empezado con un inventario de los mensajes no autorizados que sabemos que se han enviado ya a Sigma Draconis.
—¿Como cuáles?
—Hay un grupo que ha conseguido traducir el principio del Génesis al lenguaje que proporcionaron los dracos.
—Cristo —dijo Don.
—No. Ese no aparece hasta los Evangelios. Otro grupo ha enviado una biblioteca de arte islámico digitalizado. Alguien más dice haber enviado una lista del número de serie de todos los soldados estadounidenses muertos en Irak. Otra persona mandó una versión del mensaje de admisión de Mensa. Dijo que en vez de preocuparnos por aprobar el test de los alienígenas, deberían ser ellos quienes se preocuparan de aprobar uno de los nuestros: tal vez no sean lo bastante buenos para unirse a nuestro club.
—Vaya —dijo Don.
—Y han enviado un montón de música. —Sarah se acostó en el sofá.
Él le indicó que levantara las piernas para poder sentarse al otro lado. Ella así lo hizo y luego las bajó para apoyarlas en su regazo. Don empezó a masajeárselas—. Mmmmm. Qué bien. Como iba diciendo, Fraser Gunn estaba allí… ¿lo recuerdas? Argumentó que enviar música era un error.
—¿Por qué? —preguntó Don—. ¿Teme que los dueños de los derechos los demanden?
—No, no. Pero, como decía, lo único que tenemos para comerciar con los alienígenas es nuestra cultura; es lo único que uno puede querer de otra civilización. Y si regalamos lo mejor (Bach, Beethoven, los Beatles), no tendremos nada bueno que ofrecer cuando los alienígenas digan eh, ¿qué tienen para cambiar por nuestras mejores obras?
Don sabía bien lo que era rebuscar en el fondo del barril. Era adicto al DVD… más coleccionista que espectador. Estuvo encantado cuanto todos los programas de televisión de su infancia y adolescencia salieron en DVD
y se había hecho con las cajas de las colecciones: Thunderbirds, Todo en familia, M*A*S*H, Raíces, Kolchak: The Night Stalker y, por supuesto, la Star Trek original. Pero la última vez que había estado en Future Shop, en la sección de nuevos lanzamientos sólo había encontrado porquerías como The Sugar Time! , una comedia de situación de la década de 1970
protagonizada por Barbi Fenton, y Los Roper, una adaptación de
Apartamento para tres, cuyo único mérito era que demostraba que el original no era el peor programa de televisión jamás creado. Los estudios habían saqueado el material bueno a toda velocidad, y estaban tratando desesperadamente de encontrar algo que mereciera la pena sacar al mercado.
—Bueno, tal vez Fraser tenga razón —dijo—. A fin de cuentas, para lo único que sirve el SETI es para enviar información de un tipo u otro,
¿no?
—Oh, estoy segura de que tiene razón —respondió Sarah—. Pero no podemos hacer nada al respecto. La gente va a enviar lo que quiera. Han tergiversado lo que quería decir Carl Sagan: «¿Quién habla por la Tierra?»
La verdadera cuestión es: «¿Quién no habla por la Tierra?»
—Es nuestro producto número uno de hoy en día, ¿no? —dijo Don—.
El spam.
La vio asentir con tristeza. El SETI, como la había oído decir a menudo, era una idea de mediados del siglo XX creada por el famoso estudio de Morrison y Cocconi y, como tal, tenía un montón de problemas inherentes. La idea de que los gobiernos, cooperando internacionalmente, controlaran el envío y la recepción de señales era un mensaje de una época pasada, de antes de que las antenas parabólicas baratas y fabricadas en serie fueran comunes y le permitieran a todo el mundo en todas partes ver Eurosport y el canal Playboy.
Cualquiera que tuviera ganas de montar el equipo por su cuenta podía construirse su propio radiotelescopio. Usando software astronómico para ordenadores caseros, las parabólicas domésticas seguían fácilmente Sigma Draconis en el cielo. Esas parabólicas, separadas por amplias distancias, podían enlazarse a través de internet y, con la ayuda de software para corregir errores y eliminar la estática, grupos de ellas formaban de manera efectiva antenas mucho más grandes. La expresión «SETl@home» había adquirido un nuevo significado.
Naturalmente, la FCC estadounidense y estamentos comparables de otras jurisdicciones tenían autoridad para limitar las emisiones privadas de radio. A instancias de la comunidad SETI, la FCC trataba de llevar a juicio a muchos de los individuos y grupos que emitían respuestas oficiales a Sigma Draconis. Pero todos esos casos sin duda estaban perdidos de antemano porque iban en contra de la Primera Enmienda. No importaba lo potentes que fueran, las transmisiones de banda estrecha que apuntaban a
un punto diminuto del cielo no tenían ningún impacto en el uso normal de las ondas de radio y cualquier intento por prohibir tales emisiones era una violación injustificada de la libertad de expresión.
Don sabía que algunas organizaciones religiosas, incluidos unos cuantos cultos nuevos surgidos hacía poco, ya habían construido sus enormes antenas dedicadas a enviar señales a Sigma Draconis. Algunas lo hacían veinticuatro horas al día: Sigma Drac nunca se ponía en el cielo para quienes estuvieran a más de veinte grados latitud norte.
Y para aquellos que querían enviar uno o dos mensajes… teorías descabelladas, poesía execrable, manifiestos políticos… algunas empresas privadas habían construido antenas y ofrecían diversos planes de transmisión. Una de las más conocidas era Dracon Express, cuyo eslogan rezaba: «Cuando es absolutamente preciso que esté allí dentro de 18,8
años.»
Emily subió del sótano.
—Hola, cariño —dijo Don—. Faltan unos minutos para la cena. Pon la mesa, ¿quieres?
A los nueve años, Emily era un poco repipi.
—¿Tengo que hacerlo?
—Sí, querida, tienes que hacerlo.
La niña dejó escapar un suspiro teatral.
—¡Tengo que hacerlo todo!
—Sí, es verdad —contestó Don—. Después de la cena, tienes que salir y arar el campo durante unas horas. Y cuando acabes con eso, barrer todas las calles desde aquí a la avenida Finch.
—¡Oh, papá!
Pero sonreía mientras se dirigía a la cocina. Don se volvió hacia su esposa, que trataba de no dar un respingo cada vez que Emily hacía entrechocar los platos.
—¿Ha descubierto tu grupo por qué exactamente están los alienígenas interesados en nuestra moralidad?
Ella negó con la cabeza.
—Algunos paranoicos piensan que nos están poniendo a prueba y que, si nos declaran incapaces, nos castigarán. No sé quién en Francia llegó a sugerir que los de Sigma Draconis nos están sometiendo al equivalente al PETA, con la intención de decidir, antes de venir a comernos, si hemos
alcanzado el grado moral y cognitivo superior de la verdadera inteligencia o si somos sólo ganado tonto.
—Creía que era un artículo de fe en los círculos del SETI que los alienígenas sólo se comunican y que nunca van a ninguna parte.
—Al parecer en París no recibieron ese informe —dijo Sarah—.
Alguien sugirió que sólo éramos un dato más en una encuesta más amplia, de las que se resumirían en gráficas de tarta multicolores en el equivalente draco del USA Today.
Un avisador sonó en la cocina. Don le dio a Sarah una palmadita en las piernas para que le dejara levantarse. Ella lo hizo y él se marchó a la cocina. Se enjuagó las manos y abrió el horno, que soltó una vaharada de aire caliente.
—¿Y de las respuestas? —preguntó desde allí—. ¿Qué habéis decidido sobre eso?
—Espera, voy a lavarme las manos —respondió Sarah.
Don se puso las manoplas, sacó la fuente y la dejó sobre el horno.
—¿Dónde están las servilletas? —preguntó Emily.
—En esa alacena —respondió él, indicando con un movimiento de cabeza—. Igual que ayer. Y que anteayer.
—Stacie dijo que vio a mamá en la tele —dijo Emily.
—Eso es guai, ¿eh? —respondió Don, removiendo las verduras que rodeaban la carne.
—Sí.
Sarah apareció en la puerta.
—Huele bien.
—Gracias —dijo Don, y luego gritó—: ¡Carl! ¡La cena!
Tardaron unos minutos en estar todos sentados y servidos, y entonces él continuó preguntando:
—¿Así pues, qué vais a enviarles a los alienígenas?
—Vamos a hacer lo que pidieron. Vamos a crear una página web de la Universidad de Toronto y dejaremos que gente de todo el mundo responda a las preguntas que nos han hecho. Escogeremos al azar mil encuestas completas y las enviaremos.
Carl echó mano a los bollitos de pan de la cena.
—Eh —dijo Don—, vamos, Carl. No pases el brazo por encima de la mesa. Pídeselos a tu hermana: ella te los acercará.
Carl suspiró.
—¿Puedes pasarme el pan?
—Di por favor —dijo Emily.
—¡Papá!
Don estaba cansado.
—Emily, dale a tu hermano el pan.
Con el ceño fruncido, ella obedeció.
—¿Por qué crees que quieren mil conjuntos de respuestas? —continuó Don—. ¿Por qué no, ya sabes, enviar un esquema con un eje X, porcentaje de respuestas «A» y un eje Y porcentaje de respuestas «B», o algo así?
—Esto no es Todo queda en casa —dijo Sarah.
Don se echó a reír.
—En serio —añadió Sarah—. Sospecho que, porque si lo resumes todo, no se ven las aparentes contradicciones. Ya sabes, decir que un tanto por ciento X está contra el aborto y un tanto por ciento Y está a favor de la pena de muerte no te permite deducir el hecho de que a menudo la misma gente que está a favor de la vida está también a favor de la pena capital. O, ya puestos, los alienígenas podrían considerar mis propias creencias extrañamente contradictorias. Estar a favor de la capacidad de la mujer para elegir si aborta o no y estar en contra de la pena de muerte podría ser interpretado como que estás a favor de asesinar a niños inocentes pero en contra de matar a aquellos que podría decirse que se lo merecen. Yo nunca lo expresaría de esa forma, naturalmente, pero ese tipo de combinaciones son interesantes y supongo que no quieren perdérselas en un mar de datos.
—Parece un buen plan —dijo Don, mientras cortaba otro trozo de carne mechada para Carl—. Pero ¿qué hay de tus propias respuestas?
—¿Cómo?
—Tú descubriste que era una encuesta —respondió él—. Sin duda uno de los mil conjuntos de respuestas debería ser tuyo.
—Oh, no sé…
—Claro, mamá —dijo Carl—. Tienes que incluir tus propias respuestas. Estás en tu derecho.
—Bueno, ya veremos —contestó Sarah—. Emily, ¿quieres pasar los guisantes, por favor?
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