W de Wikileaks

Bruno Cardeñosa · Capítulo 30 de 47

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30. La brigada lobo

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LA BRIGADA LOBO

 

La victoria de Estados Unidos en Irak fue pura escenografía. La retransmisión

en directo de la caída de la estatua de Saddam Hussein fue poco más que una

puesta en escena que tenía por objeto enviar un mensaje a la población iraquí para

mostrarles que el dictador ya no ocupaba su puesto y que el país había recuperado

la libertad. Pero, sobre todo, el mensaje estaba dirigido a la opinión pública

mundial, porque en realidad el júbilo de los habitantes de Bagdad no era tal —las

imágenes de televisión estaban perfectamente medidas y estudiadas—. Más bien

los poderosos ataques aéreos que en pocas semanas habían arrasado la antigua

Mesopotamia resquebrajaron la sociedad civil, abriendo aún más las enormes

brechas que separaban a las diferentes etnias, nacionalidades y cultos.

Pocos meses después del final de la invasión propiamente dicha —tras la caída

de Saddam, la intervención inicial pasó a ser ocupación— la radiografía de la

situación del país era la de una guerra civil en la que Estados Unidos y los aliados

pretendían ser los árbitros. Pero desde un principio a la Casa Blanca la situación se

le escapó de las manos. Los aliados se convirtieron en blancos de los diferentes

bandos enfrentados, y Estados Unidos empezó a no tener ni idea de qué camino

tomar ni a quién apoyar. Lo que sí tenían claro era que resultaba necesario tomar

partido e intentar encauzar a algunos de los bandos hacia el poder que se había

nombrado desde Washington.

En los casi medio millón de documentos dados a conocer por Wikileaks sólo

unos pocos mencionan por su nombre a la Brigada Lobo. Se trata de un informe

del 13 de diciembre de 2005 en el cual se alude a lo que un militar iraquí dice a un

detenido: «Lo amenazó diciéndole que no vería nunca más a su familia y que sería

enviado a la Brigada Lobo, donde sería sometido a todo el dolor y agonía que la

Brigada Lobo practica con sus detenidos». En otros documentos, los redactores

de uniforme caqui se cuidan de mencionar el nombre del escuadrón y se refieren a

él como los grupos armados del Ministerio del Interior. Y se indica en alguna de

esas anotaciones de campo, que iraquíes detenidos por los norteamericanos fueron

entregados a ese cuerpo policial para que continuara los interrogatorios.

Poco a poco, si se van uniendo todos los datos que aparecen en los informes,

queda claro que la Brigada Lobo tenía carácter oficial y que mantenía estrecha

colaboración con los invasores. Finalmente, se descubrió que la Brigada Lobo —

escuadrón que en pocos meses se convirtió en sinónimo de miedo— formaba

parte de los grupos armados creados en el seno del Ministerio del Interior de Irak

en el año 2004 para intentar manejar la deriva de la guerra civil.

El problema es que cuando se dan a conocer por parte de los grandes medios

los datos extraídos de los informes relativos a la Brigada Lobo no se lleva a cabo un ejercicio de periodismo correcto. La ausencia de fondo documental e

informativo en el bagaje de los informadores reduce a una «anécdota» lo ocurrido

con este grupo armado. Ni siquiera se puede analizar la Brigada Lobo sin salir del

medio millón de documentos, pero en filtraciones anteriores que pasaron más

desapercibidas se encuentran las claves del escándalo.

Vayamos por partes.

En esas fechas existían tres grandes grupos sectarios en Irak. Por un lado

estaban los grupos de credo suní, que era el que predicaba y apoyaba Hussein en

detrimento de los chiíes, la rama del Islam que se profesa en Irán y que en el país

ocupado está representada por el ejército del Madhi, las también llamadas Brigadas

de Múqtada al Sáder, el clérigo más poderoso de este culto y que fue, poco a poco,

imponiéndose en la guerra civil. Es por ello que muchos ya señalaban por

entonces que la guerra no la estaban ganando ni Irak ni Estados Unidos, sino Irán.

Por otro lado, el tercer sector en combate son los kurdos, con guerrillas como los

peshmerga, que representaban las ansias de independencia de la región del

Kurdistán, al norte de Irak.

El primer protagonista de esta historia es Paul Bremer. Había sido nombrado

administrador de Irak por parte del presidente de Estados Unidos. Algo así como

una especie de presidente en la sombra. Ante el cariz de los acontecimientos que

ensangrentaban al país, decidió incluir a las fuerzas sectarias de credo chií en los

mismos cuerpos de seguridad que se estaban reconstruyendo. Era una forma de

aliarse con el nuevo enemigo —Irán—, ya que el Irak de Saddam era suní. Y, por

otro lado, estas milicias proporcionaban un marco perfecto para influir en el

conflicto social sin tener una participación directa. Junto a Bremer, el general

David Petraeus, el máximo responsable del Ejército de Estados Unidos en Irak,

fue el auténtico ejecutor del desastroso plan.

Un inciso: entre los disidentes del fenómeno Wikileaks, algunos de los más

sensatos han esgrimido por diferentes razones que las filtraciones de los war logs

pueden haber sido dirigidas intencionadamente por un sector del Pentágono

opuesto a los gestores de la invasión enviados por Bush. Señalan incluso que existe

una suerte de guerra civil en el seno del ejército norteamericano en cuyo

transcurso no se descartan maniobras que tengan por objeto «empapelar» a

quienes ejecutaron casi todas las barbaridades citadas.

Al frente de la brigada se situó a un oscuro personaje llamado Abu Waleed,

quien anteriormente había formado parte del ejército de Saddam y que ahora,

dólares en mano, se pasaba al otro lado. Se ha calculado en varios miles de

millones de dólares el dinero empleado por Estados Unidos en la creación de

estos grupos paramilitares. En el caso de la Brigada Lobo, sus más de 2000

miembros actuaban por todo el país como una policía sin normas que, a menudo,

ejecutaba los planes norteamericanos para detener a sospechosos de formar parte

de la insurgencia iraquí. Además, al estar vinculados al Ministerio del Interior, podían convertirse en algo así como el buzón de entrega de todos los presuntos

terroristas que eran capturados por los norteamericanos.

En varios informes, algunos de los cuales ya he citado anteriormente, los

soldados recuperaban cuerpos sin vida de algunos personajes que presentaban

rastros de haber sufrido intensas torturas. Aunque no hay un vínculo directo, en

muchos casos puede pensarse que fueron los policías paramilitares de la Brigada

Lobo los que cometían tales ejecuciones. Y que a ellos pertenecían aquellos

«pozos» que parecían ser salas de tortura.

El periódico The New York Times desveló quién fue el hombre que entrenó a

«los boinas rojas con gafas de sol» —esta característica estética de los dos mil

hombres de la brigada era un signo distintivo—, y se trataba de un viejo conocido:

un veterano coronel del ejército de Estados Unidos llamado James Steele. Su sola

presencia sirve para que nos demos cuenta de qué tipo de grupo era la Brigada

Lobo. Y es que Steele fue en los años ochenta el ideólogo y «entrenador» de los

escuadrones de la muerte de El Salvador…