W de Wikileaks

Bruno Cardeñosa · Capítulo 4 de 47

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W de Wikileaks

4. Minuto zero: la aventura comienza

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MINUTO ZERO: LA AVENTURA COMIENZA

 

Fue en 2006. El hombre que sólo él conoce inaugura wikileaks.org. El término

wiki ya es muy utilizado en Internet; define un valor y a la vez una capacidad. La

expresión, originaria de los nativos de Hawai, significa «rápido». Y leaks —ya lo

he señalado— significa «filtración». El resultado es una expresión que es, a la vez,

el destino final a una vida de atrevimiento y sin normas y de viajar virtualmente en

busca de almas gemelas que sientan el mismo compromiso por la verdad.

Un pequeño puñado de personas comenzaron a trabajar a su lado desde el

primer momento. De esos, pocos quedan, pero hoy son más de mil los

colaboradores de Wikileaks. Salvo media docena de ellos, ninguno tiene un sueldo,

y quien lo tiene no aspira a vivir en grandes mansiones. Son voluntarios. También

él. No es un trabajo. Es una misión. No cobran por sus filtraciones. No las

venden; las entregan a los medios de comunicación en exclusivas limitadas —y sin

transacción económica— porque casi al mismo tiempo las vuelcan en la propia

página, aunque en los primeros años de funcionamiento llegaron a subastar la

información que habían obtenido: «Tenemos esta información: si os la damos, ¿en

cuanto la valorarías?», les decían a los directores de periódicos. Pero no parece que

hayan incidido mucho en este funcionamiento. Ahora, fundamentalmente, se

financian con aportaciones voluntarias, ninguna de las cuales puede ser superior a

los veinte mil dólares. Aunque se desconocen las identidades, Assange ha dicho

que entre ellos hay ONG, agencias de noticias, personajes comprometidos… Eso

sí: ni empresas ni organizaciones políticas.

Wired ha ido más allá. Es una revista especializada en actualidad relacionada

con ciencia y tecnología, pero con un concepto muy amplio de ambos términos.

Se edita mensualmente desde 1993, aunque, para ser sinceros, su enorme

influencia la ejerce a través de su versión digital. En un artículo de Kim Zetter

publicado el 13 de julio de 2010 se aseguraba que en los seis meses anteriores

Wikileaks había recibido donaciones a través de PayPal —el sistema de pago

seguro con tarjeta más utilizado en la red que después vetaría a Wikileaks— por

valor de 640 000 euros, de los cuales se habían gastado sólo 30 000. Y señala que

entre sus donantes hay magnates y grupos políticos de planteamientos poco

progresistas. Una aparente contradicción entre lo que se promulga y lo que se

hace. Pero pronto descubrirá el lector por qué Wired dice lo que dice…

Desde un principio, el objetivo de Wikileaks estaba claro: revelar aquello que

los gobiernos y las grandes empresas no quieren que sea conocido por el gran

público. Aunque entre las piezas a derribar también se encuentran algunas sectas,

extremo que resulta difícil de no asociar a la historia que antes hemos contado de La Familia y las reacciones adversas hacia cierto tipo de control mental de los

individuos que nuestro protagonista alberga en lo más profundo de sus

convicciones.

Invirtió todo su dinero en el proyecto. Junto a él, otros cuatro fundadores

participaron arriesgando su parte. Nadie sabe sus nombres. Llegó a confesar que

era necesario mantener el anonimato, entre otras cosas porque alguno de ellos

procedía de China y su vida podría correr peligro, ya que el gigante asiático —

especialmente a causa de las reiteradas violaciones de los derechos humanos en

aquel país— es uno de los objetivos a «derribar».

Los sistemas informáticos que había diseñado fueron la base del mecanismo de

trabajo de Wikileaks. Era necesario establecer herramientas que ofrecieran

confidencialidad absoluta a todos aquellos que decidieran entregar información

con el objetivo de darla a conocer. La base para ello se fundamenta en el software

libre, ya que es la única forma que no permite rastrear las huellas que dejan en la

red las fuentes de información.

Cualquier cosa que hagamos en Internet deja una impronta.

En cualquier página que visitamos queda rastro de nuestra presencia a través

de diversos mecanismos, y esas huellas las vamos arrastrando de un lugar a otro,

de modo que si alguien visita una página A, cuando acude a B, los registros de B

incluyen la información de que hemos estado en A, y así sucesivamente. La

privacidad se ha convertido en una quimera. La indefensión generada por el

progreso informático es absoluta. Quizá aquí —podríamos incluso prescindir del

quizá— puedan residir algunas de las causas que explicarían la obsesión por acabar

con Wikileaks: el uso de determinadas piezas de los mecanismos empleados por

Assange podrían significar el retorno a un tiempo en el cual la red era libre;

nuestros pasos eran secretos, y nuestra actuación un ejercicio de privacidad.

Wikileaks utiliza un conjunto de herramientas de criptografía, que garantiza a

quién va a entregar la información la seguridad de que estará accediendo a un sitio

web seguro. Freenet es una red entre sitios seguros que facilita el intercambio

entre dos personas o usuarios de la información que quiere protegerse. Es un

funcionamiento similar a las redes del estilo eMule, pero completamente seguras y

muy difíciles de rastrear incluso por parte de quienes poseen las herramientas de

espionaje adecuadas. Estas redes oscuras vendrían a ser algo así como el callejón

sin peatones en el que se citan dos personas para intercambiarse información lejos

de miradas indiscretas. Sólo que, en este caso, nadie verá entrar al emisor ni al

receptor de la información en el callejón, porque para poder acudir a ese callejón

los dos comunicantes necesitarán disponer de un programa que, metafóricamente,

los hace invisibles al resto del mundo. El asunto es mucho más complejo, pero

básicamente consiste en que si yo entro en contacto con Wikileaks porque

dispongo de unos informes secretos del Centro Nacional de Inteligencia, ellos me

proporcionarán las herramientas para instalar esos programas en el equipo que vaya a utilizar. Me darán la llave para que entre en su casa. Y nadie sabrá qué hago

allí dentro.

Una de las tecnologías que mejor permiten trabajar a Wikileaks es Tor, una red

que ni siquiera se puede detectar mediante el análisis de tráfico. Es decir, que no

sólo no sabrán dónde entra el filtrador, sino que incluso su proveedor de conexión

no registrará que hay tráfico de información. En este caso, incluso Wikileaks

también se garantiza que nadie sepa que está haciendo de las suyas. Pero además

de circular en el anonimato por las redes virtuales, es necesario redoblar esfuerzos

para la encriptación de la información que se suministra. Para ello se usa el sistema

PGP, que genera, en relación a un mismo archivo, dos claves —unidas a una firma

digital que asegura el control de la misma durante el trayecto— que sólo estarán

en manos del emisor y el receptor de la información. Así que si existe un pirata

informático que nos está controlando, a lo máximo que podrá acceder será al

contenedor de la información, pero jamás lo podrá abrir porque no dispone de la

clave necesaria para hacerlo.

Quienes consideran que Wikileaks es poco más que un buzón de correos a

modo de caja negra donde dejar documentación, se equivocan. Se trata de un

argumento que se ha usado bastante para sugerir que realmente no se trata de

periodismo, sino de un servicio de entrega segura de la información.

El equipo de Julián Assange contrasta el contenido y certifica que es real.

Hasta el momento, en ninguna de las filtraciones se ha detectado engaño alguno,

lo cual ha contribuido, y mucho, a que el mito se extendiera.

Tampoco se ha podido determinar si alguna de las revelaciones que se han

efectuado tienen su origen en prácticas de piratería informática. Pero,

lógicamente, Wikileaks se cuida mucho de sugerirlo. Al contrario. El propio

creador de toda esta leyenda ha sido muy explícito: «Ahora hay muchos intentos

de hace creer que soy un hacker debido a mis actividades como tal hace veinte

años, pero eso se hace para devaluar mi trabajo como periodista», declaró a Joseba

Elola, del diario El País («Cita secreta con el hombre que hace temblar al

Pentágono», 24 de octubre de 2010).