W de Wikileaks

Bruno Cardeñosa · Capítulo 3 de 47

Páginas del PDF

W de Wikileaks

3. El hombre de la melena blanca

3

EL HOMBRE DE LA MELENA BLANCA

 

Nacido en Townsville, una ciudad industrial que, aunque pequeña —unos

165 000 habitantes—, es la más grande de la mitad norte del país y la capital del

estado de Queensland (Australia) el 3 de julio de 1971, de Julián Assange sabemos

poco. En torno a él se ha tejido un halo de misterio, seguramente porque él

mismo ha querido que así sea. O porque los acontecimientos lo han desbordado a

pesar de repetir tantas veces que lo importante era Wikileaks y no él. Pero cuando

el mundo esperaba con deseo o pavor —depende de quién— la revelación de los

documentos relativos a la guerra de Irak, a quien se quería ver era a él, tras meses

viviendo en una situación próxima a la clandestinidad a la que después tuvo que

volver. Meses atrás lo habían acusado por acoso sexual en Suecia, justo tras la

aparición del vídeo —divulgado a través de su servicio de filtraciones— en el que

se veía cómo los marines norteamericanos abatían sin motivo alguno a doce

personas desde un helicóptero Apache en Irak y la revelación de casi 100 000

documentos relativos a las barbaridades cometidas por los invasores en

Afganistán.

Nadie creyó aquellas acusaciones. De hecho, pocos días después de ser

acusado, las imputaciones se levantaron, aunque la fiscalía sueca decidió no cerrar

el caso a pesar de haber anulado la orden de arresto que pesó contra él durante

varias horas. El daño estaba hecho. Pero ya entonces, el gobierno de Suecia le

denegó el permiso de residencia que tenía, ya que vivía allí gracias a la protección

del Partido Pirata, una fuerza política de considerable importancia en el país y con

representación en el Parlamento Europeo.

Aunque la acusación acabara siendo archivada —de hecho, no tardaría en ser

resucitada para utilizarla en la brutal persecución que sufriría meses después—,

nadie se olvidaría jamás de que alguien dijo alguna vez que era un violador. Buena

prueba de ello es que el domingo 23 de octubre de 2010 aceptó ponerse delante de

las cámaras de la CNN tras comparecer en Londres para presentar los diarios de la

guerra de Irak. La periodista que se sentó frente a él le hizo dos o tres preguntas

serias, y de inmediato le cuestionó sobre el estado de la denuncia que habían

efectuado contra él en Suecia. Se negó a responder. «Preocuparse de ese asunto

cuando estamos hablando de más de cien mil muertos en Irak es una falta de

respeto», respondió. Ella insistió. Acto seguido, Assange se quitó el micrófono, se

levantó y dio por finalizada la entrevista. Semanas después ya no le quedaría más

remedio que afrotar las preguntas.

Dicen algunas fuentes que estudió en más de treinta colegios e institutos y en

al menos seis universidades. Si tal cosa es real, se puede explicar atendiendo a lo poco que sabemos sobre su familia, en concreto sobre su madre, una mujer casi

nómada e inconformista, en permanente movimiento debido a su trabajo en

televisión y teatro. Sólo como consecuencia del proceso judicial en Londres, que

obligó a Assange a mostrarse más transparente respecto a su vida personal, hemos

podido verla, saber que sigue ahí, que es una madre como la de todos, preocupada

por la suerte de su hijo.

Christine se casó con el director de teatro Brett Assange cuando nuestro

protagonista tenía un año de edad. Le dio su apellido. Tras separarse de su marido,

la madre inició una relación con un hombre del que casi nada sabemos, salvo que

por culpa de él cayeron en las garras de La Familia (también llamada La Gran

Hermandad Blanca o, más tarde, Los Niños de Dios), el nombre que recibía un

movimiento de corte sectario liderado por una mujer llamada Anne Hamilton-

Byrne, una profesora de yoga cuya filosofía era próxima a la de los movimientos

de Nueva Era que orbitaban alrededor de la filosofía hippy y que llegaron a

construir un centro de reuniones de considerable relevancia. Su escasa biografía

«oficial» señala que, en un momento determinado, él, su madre y su hermanastro

huyeron de las garras de aquel hombre y estuvieron viviendo a la fuga durante

varios meses hasta que se libraron del peligro.

Pero quizá este capítulo no deba darse por concluido en tan pocas líneas…

Lo más inquietante es que uno de los miembros del grupo, llamado Marión

Villimek, era el dueño de un hospital psiquiátrico de Kew que pronto se convirtió

en la guarida de las «locuras» de este grupo: tratamientos con LSD y terapias

electroconvulsivas. El resto de la historia es aún más extraño, porque los

miembros del grupo entregaban a sus hijos a la comunidad —de ahí el nombre de

la secta—, y Anne llegó a ser, entre 1968 y 1975, la madre adoptiva de cuarenta

niños. A los padres biológicos, que eran miembros del grupo, los propios niños

los llamaban tíos y tías.

La líder de La Familia sometía a los muchachos a todo tipo de vejaciones:

castigos corporales y reclusiones forzosas, aislamiento sensorial e ingesta de

numerosas sustancias psicotrópicas. En ocasiones —así lo denunció una de sus

«hijas», Sarah Hamilton-Byrne—, aquellos niños se perdían no se sabe dónde, y

los padres biológicos incluso aseguraban haber extraviado en el parque a sus hijos

cuando, en realidad, los estaban entregando a la gurú del grupo, que presidía una

suerte de consejo de directores en el cual sus ayudantes decían ser las

reencarnaciones de los apóstoles de Jesús.

A partir de 1987 las autoridades comenzaron a actuar contra el grupo y Anne

abandonó el país con algunos de los miembros de La Familia —el mismo nombre,

por cierto, que Charles Manson daba a su grupo satánico, responsable de la

muerte de Sharon Tate, la mujer del director de cine Román Polansky—, pero el

cerco policial se acabó de estrechar en 1993, cuando el FBI la detuvo y extraditó a

Australia, donde fue condenada por infinidad de delitos, entre ellos, por el maltrato de catorce niños de La Familia.

Hoy, Anne es una anciana. Está en libertad vigilada. Rompió su silencio en

agosto de 2009, cuando atendió desde una de sus propiedades a James Campbell,

periodista del The Herald Sun. Sigue negando los cargos que pesan sobre ella y

«trata de mostrarse como una mujer normal» que ha dejado atrás su pasado.

No lo quieren así quienes se consideran sus víctimas, que continúan con los

pleitos, entre ellos su nieta Rebecca Cook-Hamilton, que la demandó en 2007

alegando que sus trastornos mentales son todavía una herencia de los años en los

que La Familia estaba en plena actividad: «Los daños que sufro fueron causados

por el cruel e inhumano tratamiento que recibí de ella y de sus sirvientes, que me

encerraban en lugares helados para corregir mi actitud y me obligaban a consumir

tranquilizantes». Otras víctimas suyas aún reclaman el dinero que le dieron al

comprar algunas de sus posesiones. Cynthia Chan exige los 352 000 dólares

australianos que le pagó por una casa en Olinda. Nunca le dio las llaves. Anne

sigue viviendo allí. Según las autoridades, las posesiones de las que se adueñó

durante los años de autos sumaban un valor de cincuenta millones de dólares en

los años ochenta.

Todo esto podría ser importante en la historia de Wikileaks. «¿Tienes treinta y

ocho años?», le preguntó a Assange la periodista australiana Nikky Barrowclough

en mayo de 2010, cuando las primeras filtraciones empezaron a tener eco. Algunas

de ellas —y no parece casualidad— tenían como objetivo poner al descubierto

prácticas de control y dominación de algunas sectas como la Iglesia de la

Cienciología y los Legionarios de Cristo, grupos sobre los cuales Wikileaks ha

publicado información muy comprometedora. A aquella pregunta, por cierto,

Assange respondió lacónico: «Más o menos». Es como si no lo supiera o como si

hubiera querido que su compleja biografía no fuera demasiado conocida para

evitar que saliera a la luz su vinculación con La Familia y que se utilizara ese lado

oscuro de su vida como arma arrojadiza contra él.

Hasta la aparición de la orden de búsqueda que emitió la Interpol el 1 de

diciembre de 2010, su fecha de nacimiento era un secreto que, aunque más o

menos desvelado, parecía dormir entre las informaciones reservadas a las que

había reducido su biografía personal.

Y aunque no ha profundizado nunca en tan oscuro episodio —de hecho, a la

periodista le aseguró que era el padre a quien nunca conoció quien pertenecía a la

secta, no su madre—, lo cierto es que hay quien ha visto en su biografía algunos

datos en común con Mendax, el pseudónimo de un hacker que protagoniza una

novela titulada Underground, escrita por Suelette Dreyfus en 1991 con la ayuda

del propio Assange.

El tal Mendax aparece en la obra como miembro de un grupo de hackers

llamado Subversivos Internacionales que accede a los registros informáticos de los

ordenadores de la Policía Federal de Australia y que desarrolla un programa llamado Sycophant, con el cual se pretende espiar las redes del Pentágono, la NASA

o la Agencia de Seguridad Nacional. En la obra, Mendax es hijo de una activista y

artista de Queensland que dejó su casa a los diecisiete años para convertirse en

nómada. En Sidney, la madre de Mendax se enrola en las filas de un movimiento

contracultural y se enamora de un hombre que formaba parte de un grupo

activista que protestaba contra la guerra de Vietnam. Pero ella, tras nacer Mendax,

se separa de aquel hombre, y cuando el niño tiene dos años se casa con un actor

que viajaba de ciudad en ciudad representando obras de teatro.

Cuando Mendax tiene nueve años, la pareja se separa. Y un nuevo hombre, a

quien Underground presenta como un psicópata violento, aparece en su familia.

Este último hombre sería uno de los «hijos» de la creadora de La Familia. Mendax

no lo soporta. Se va de casa con diecisiete años y se casa con una mujer de treinta

y tres. El matrimonio sólo dura tres años. Ella lo deja y él se hunde en una

profunda depresión.

Una de las «locuras» de la líder de aquella secta era intentar que todos sus

«hijos» fueran clones. Que además de pensar igual, vistieran igual, y que

deslumbraran al mundo por su cabellera blanca. Les dejaba crecer el cabello y se lo

rociaba con agua oxigenada… Tras la revelación de los archivos sobre la guerra de

Afganistán, en un artículo de Stephen Moss en el periódico británico The

Guardian pudo leerse esto: «Alto, cadavérico, vestido con pantalones vaqueros

rasgados, chaqueta marrón, corbata negra, deportivas maltratadas —escribe sobre

él paseando hacia el restaurante donde comerán los dos juntos—. Mientras nos

dirigimos hacia allí alguien dice que se parece a Andy Warhol por su pelo

prematuramente blanco». Blanco y largo. Seguramente Moss desconocía esta

historia tan extraña…

Meses después, cuando en octubre de 2010 presentó los diarios de la guerra de

Irak, su aspecto había cambiado notablemente. Se cortó el pelo y dejó que

resaltara su color natural, castaño claro, con trazas rubias y algunas canas.

También su forma de vestir se modernizó y, en general, su imagen se sofisticó.

Que se trate de un tipo camaleónico en los tiempos en que lo están persiguiendo

es algo lógico. Es casi un personaje de cómic. Una especie de V de Vendetta del

periodismo: «Los periodistas han dejado a los Estados y a las grandes empresas

salirse con la suya durante demasiado tiempo», advirtió a Moss durante la

conversación, como diciéndole que los iba a poner en vereda.

Sea o no Mendax, sea incluso él mismo uno de los «niños de Dios» de la

propia líder del grupo sectario —todo es plausible— o estuviera «adoptado» por

ella durante un tiempo (desde un principio, tras revisar mis archivos sobre sectas y

las imágenes de las noticias que se publicaron en la época de la desarticulación del

movimiento, en las que aparecían los niños clónicos con sus cabelleras blancas y

en las que era posible distinguir a Assange en alguna de ellas, pensé que pronto

esas imágenes serían conocidas y que alimentarían la idea de que Wikileaks es una extraña operación tras la cual operan determinadas fuerzas ocultas), lo cierto es

que esa azarosa juventud lo marcó profundamente. Fue un muchacho retraído que

se volcó en sus pequeños inventos y en el manejo de ordenadores. Aunque Nikky

Barrowclough escribió que se casó —como hizo Mendax— cuando entró en la

universidad y que tuvo un hijo en aquella época, siendo aún muy joven, Assange

se limitó únicamente a no responder a cuestiones personales. «No deberías

escribir cosas que no son ciertas», le dijo en la conversación. Si ella siguió su

consejo deontológico, no lo sabemos. Lo cierto es que la periodista sugirió en su

artículo que sí, que se había casado joven, muy joven, que había tenido un hijo, y

que su mujer lo abandonó. Él, entonces, se habría lanzado a la búsqueda de la

verdad…

Hoy, forzado por la situación, habla de hijos. De dos.

Estudió Matemáticas y Física en la universidad, aunque no llegó a licenciarse.

Sólo tenía veinte años cuando fue arrestado por haberse colado en los sistemas

informáticos de la Universidad Nacional de Australia, en la compañía telefónica

del país y en los archivos de la policía. Se declaró culpable de veinticuatro cargos

pero quedó en libertad tras pagar una «pequeña» multa. El grupo de hackers al que

pertenecía Assange por esa época se llamaba igual que el grupo al que pertenecía

Mendax. Incluso se sospecha que fue el responsable de una infiltración que se

produjo en 1989 en los ordenadores de la NASA en la que los autores dejaron su

firma: Worms against Nuclear Killers (Gusanos contra Asesinos Nucleares).

Se convirtió en un defensor a ultranza del software libre. Y desarrolló en 1997

el sistema Rubberhose Deniable Encryption, un programa de encriptación que

diseñó para poner a disposición de organizaciones de defensa de los derechos

humanos que requirieran cifrar información en sus ordenadores, ante el peligro de

ser interceptados por órganos de poder poco dados a reconocer la verdad de sus

tramas corruptas. Ya se adivinaba el camino que había elegido…

En 1999 registró en Internet la página leaks.org, pero no hizo ningún uso de

ella. A día de hoy, el dominio está libre y en venta. Leak significa filtración. Ya

entonces parecía empezar a tejer lo que hoy ha creado. Pero Assange continuó

trabajando y estudiando. Aunque siguió sin graduarse, estuvo matriculado entre

2003 y 2006 en Física y Matemáticas en la Universidad de Melbourne. También

estudió Filosofía y Neurociencia, igualmente sin licenciarse, cosa que, al parecer,

no le preocupaba. Al hombre de la melena blanca sólo parecía importarle el saber

por el saber. Era un autodidacta. Siempre lo ha sido. Por ello tampoco le preocupó

matricularse en Ciencias de la Información. No deja de ser curioso: se ha

convertido en el periodista más importante del siglo XXI sin haberse preocupado

para nada en formarse como tal. Nada es casualidad. «Me parece ofensivo que me

llamen periodista», ha dicho en más de una ocasión.

Cuando acotando el término hasta convertirlo casi en un insulto, hoy se utiliza

la palabra hacker para referirse a él, se está aludiendo a sus actividades profesionales durante aquellos años. Hoy pensamos en los hackers como si se

tratara de ciberdelincuentes, de tipos sin escrúpulos y más raros que un perro

verde, que se esconden tras la pantalla de un ordenador para robar información

aquí y allí, en redes privadas y reservadas. Pero el hacker es mucho más que eso.

Es, en realidad, el arquitecto de los edificios de la comunicación sobre los que

empezamos a vivir y en los cuales viviremos siempre.

En esas fechas fue responsable de la creación de numerosos programas y

sistemas que hoy siguen estando a la vanguardia en las redes informáticas. De

hecho, suya es la paternidad de algunos de los avances de los sistemas de bases de

datos que utilizan algunas de las empresas más importantes del mundo, el software

PostgreSQL. También fue el autor de FreeBSD, que no es sino el sustento del

sistema operativo Mac OS X, que ha revolucionado la historia de la informática y

abrió a Apple el camino hacia la reconquista del mercado informático mundial.

Los expertos también recuerdan que maneja lenguajes informáticos complejos y

limitados a la destreza de muy pocos usuarios en todo el mundo. También creó

Strober, una aplicación que es la base de muchos de los mecanismos que permiten

las búsquedas de información a través de Internet. En definitiva, Assange es un

personaje que se desenvuelve por el mundo de la informática como sólo son

capaces de hacer unos pocos cientos de personajes de todo el mundo. Ahora bien,

¿tiene algo que ver esta parte de su historia con la obtención de las filtraciones que

han cambiado el mundo, o se trata de dos actividades distintas propias de un

inquieto renacentista del siglo XXI? Conocer la respuesta a esta pregunta es,

seguramente, el seguro de vida que el propio Assange guarda en el más absoluto

de los secretos.