Wayward Pines. El paraíso
Capítulo 1
1
Se dio la vuelta y se quedó tumbado de espaldas. El sol le daba en la cara y podía oír el murmullo de un río cercano. Sintió una punzada en el nervio óptico y una constante e indolora palpitación en la base del cráneo. El lejano trueno de una migraña se acercaba. Tras colocarse de costado, se incorporó y puso la cabeza entre las rodillas. Sintió la inestabilidad del mundo mucho antes de abrir los ojos, como si el eje de la Tierra se hubiera soltado y ahora él se balanceara de un lado a otro. Al respirar hondo, notó como si alguien le atravesara las costillas del costado izquierdo con una cuña de acero, pero sobrellevó el dolor con un gruñido y se obligó a abrir los ojos. Debía de tener el ojo izquierdo muy hinchado, pues parecía como si mirara por una ranura.
La hierba más verde que hubiera visto nunca —un bosque de hojas largas y suaves— descendía hasta la orilla. El agua estaba limpia y fluía veloz entre las rocas que sobresalían. Al otro lado del río, se alzaba un acantilado de más de trescientos metros. A lo largo de las cornisas, crecían los pinos. Su olor y el del agua dulce inundaban el aire.
Iba vestido con pantalones y americana negros. Debajo de ésta, llevaba una camisa Oxford de color blanco con el cuello salpicado de sangre. Una corbata negra colgaba de un nudo que estaba demasiado flojo.
En el primer intento de ponerse en pie, las rodillas le flaquearon y cayó al suelo con fuerza suficiente para sentir un inmenso dolor en su caja torácica. El segundo intento fue exitoso y, a pesar de tambalearse, consiguió permanecer de pie. El suelo se movía como la cubierta de un barco en plena tempestad. Se volvió lentamente, arrastrando los pies para no perder el equilibrio.
Al dar la espalda al río, se encontró en el borde de un campo abierto. A lo lejos, las superficies metálicas de unos columpios y unos toboganes resplandecían bajo el intenso sol del mediodía.
No se veía ni una sola alma.
Más allá del parque, divisó unas casas victorianas y, algo más lejos, unos edificios. El pueblo estaba a un kilómetro y medio, y se encontraba en medio del anfiteatro de piedra que conformaban los acantilados circundantes. Éstos se elevaban varios cientos de metros y estaban compuestos de rocas con vetas rojizas. En los rincones más altos y recónditos de las montañas todavía había restos de nieve, pero en el valle hacía bueno y el azul cobalto del cielo resplandecía sin nubes.
El hombre comprobó los bolsillos de los pantalones, y luego los del abrigo.
No llevaba cartera. Ni pinza para billetes. Ni carnet de identidad. Ni llaves. Ni teléfono.
Sólo una pequeña navaja del ejército suizo en uno de los bolsillos interiores.
Cuando llegó al otro lado del parque, estaba más tenso y más confuso, y las palpitaciones que sentía en las cervicales ya no eran indoloras.
Sabía seis cosas:
El nombre del actual presidente del país.
El aspecto del rostro de su madre, si bien no podía recordar su nombre o el sonido de su voz.
Que sabía tocar el piano.
Y pilotar un helicóptero.
Que tenía treinta y siete años.
Y que debía ir a un hospital.
Más allá de esos hechos, era incapaz de comprender lo que le rodeaba. Como si el mundo estuviera escrito en una lengua extranjera. Podía sentir la verdad flotando en la periferia de su conciencia, pero se encontraba fuera de su alcance.
Comenzó a recorrer una tranquila calle residencial sin dejar de estudiar cada uno de los coches que había aparcados. ¿Sería suyo alguno de ellos?
Las casas que había a cada lado tenían un aspecto impoluto: las habían pintado recientemente, sus perfectos patios de reluciente hierba estaban rodeados por una cerca de madera y tenían el nombre de cada familia estarcido en letras mayúsculas a un lado del buzón negro.
En casi cada patio, había un resplandeciente jardín repleto no sólo de flores, sino de vegetales y frutas.
Todos los colores eran extremadamente puros y vívidos.
Cuando cruzó la segunda manzana, el dolor le hizo dar un respingo. El esfuerzo de caminar le había obligado a respirar hondo, y el daño en el costado lo obligó a detenerse. Tras quitarse la americana, sacó los faldones de la camisa de los pantalones y la desabotonó. Su cuerpo tenía todavía peor aspecto del que había imaginado: por todo su costado izquierdo se extendía una magulladura de color morado oscuro con el centro amarillento.
Algo lo había golpeado. Con fuerza.
Se pasó la mano por la superficie del cráneo. El dolor de cabeza era cada vez más pronunciado, sobre todo en el lado derecho, pero no parecía haber sufrido ningún trauma grave.
Volvió a abotonarse la camisa, se metió de nuevo los faldones en los pantalones y siguió recorriendo la calle.
La conclusión más lógica era que había sufrido alguna especie de accidente.
Quizá de tráfico. O se había caído. O quizá le habían atacado; eso explicaría por qué no llevaba la cartera encima.
Debería ir inmediatamente a la policía.
A no ser…
¿Y si había hecho algo malo? ¿Y si había cometido un crimen?
¿Era eso posible?
Quizá sería mejor que esperara a ver si recordaba algo.
A pesar de que nada en este pueblo le resultaba familiar, se dio cuenta de que, mientras avanzaba a trompicones por la calle, iba leyendo los nombres que había en cada buzón. ¿Era su subconsciente quien lo hacía? ¿Acaso, en lo más hondo de su memoria, sabía que uno de estos buzones tendría su nombre impreso en un lado? ¿Y que verlo le haría recordarlo todo?
A unas manzanas de distancia, los edificios más altos se elevaban por encima de los pinos y, por primera vez, pudo oír ruido de coches en marcha, voces lejanas y el zumbido de los sistemas de ventilación. Estaba llegando al centro del pueblo.
Se detuvo en medio de la calle y ladeó involuntariamente la cabeza.
Se quedó mirando un buzón que pertenecía a una casa victoriana roja y negra de dos pisos.
Y leyó el nombre que había a un lado.
El pulso se le aceleró, aunque no comprendía por qué.
MACKENZIE.
—Mackenzie.
El nombre no le decía nada.
—Mack…
Pero la primera sílaba sí. O, más bien, provocaba en él cierta respuesta emocional.
—Mack. Mack.
¿Se llamaba Mack? ¿Era ése su nombre?
—Mi nombre es Mack. Hola, soy Mack, encantando de conocerlo.
No.
El modo en que su boca pronunciaba la palabra no le resultaba natural. No parecía pertenecerle. Para ser sincero, odiaba la palabra. Le inspiraba…
Miedo.
Qué raro. Por alguna razón, esa palabra le infundía miedo.
¿Le había hecho daño alguien llamado Mack?
Siguió caminando.
Tres manzanas después, llegó a la esquina de la calle Main con la Sexta y se sentó en un banco, a la sombra. Lentamente y con cuidado, respiró hondo. Miró a un lado y otro de la calle, desesperado por ver algo que le resultara familiar.
No había ninguna cadena de tiendas a la vista.
Sí una farmacia en la esquina opuesta.
Al lado, una cafetería.
Y, junto a la cafetería, un edificio de tres plantas con un letrero encima de la escalerilla de entrada:
WAYWARD PINES HOTEL
El olor a granos de café hizo que se pusiera en pie. Se volvió y divisó un lugar llamado The Steaming Bean a media manzana. El olor parecía provenir de allí.
Ajá.
No era precisamente el dato más útil en ese momento, pero al parecer le encantaba el buen café. Lo adoraba. Otra pequeña pieza del puzle que constituía su identidad.
Se dirigió a la cafetería y abrió la puerta mosquitera. Era un lugar pequeño y pintoresco. Sólo por el olor, podía decir que elaboraban un gran producto. En la barra, situada en la pared derecha, había cafeteras, molinillos, batidoras y botellas de distintos sabores. Tres taburetes estaban ocupados. En la pared opuesta había unos pocos sofás y sillones. Y una estantería con libros de bolsillo de lomos desvaídos. En las paredes colgaba una muestra de arte local: una serie de autorretratos en blanco y negro de una mujer de mediana edad cuya expresión no cambiaba de foto a foto. Únicamente lo hacía el foco de la cámara.
Se acercó a la caja registradora.
Cuando la camarera veinteañera de rastas rubias por fin lo vio, él creyó advertir un fugaz indicio de pánico en sus bonitos ojos.
«¿Me conoce?»
En un espejo que había detrás de la caja registradora vio su reflejo e inmediatamente comprendió lo que había provocado esa expresión de rechazo: tenía un enorme moratón en el lado izquierdo del rostro, y el ojo izquierdo le sobresalía de tal forma que casi se le cerraba de lo hinchado que estaba.
«Dios mío. Alguien me ha dado una paliza.»
Dejando de lado el horrible moratón, no era feo. Debía de medir un metro ochenta, quizá ochenta y cinco. Tenía el pelo corto y negro, y una barba de dos días oscurecía la mitad inferior de su rostro. A juzgar por la forma en que la americana colgaba de sus hombros y la tirantez de la camisa en el pecho, su complexión era sólida y musculosa. Pensó que parecía el ejecutivo de una gran empresa; su aspecto debía de ser rematadamente bueno cuando iba limpio y afeitado.
—¿Qué le pongo? —preguntó la camarera.
Habría matado por una taza de café, pero no tenía un centavo.
—¿Hacéis un buen café aquí?
La pregunta pareció confundir a la mujer.
—Eeeh… Sí.
—¿El mejor del pueblo?
—Es la única cafetería del pueblo, pero, sí, nuestro café es la hostia.
El hombre se inclinó sobre el mostrador.
—¿Me conoce? —susurró.
—¿Cómo dice?
—¿Me reconoce? ¿He venido alguna vez aquí?
—¿No sabe si ha estado aquí antes?
Él negó con la cabeza.
Ella lo estudió un momento, como si evaluara su sinceridad e intentara determinar si ese tipo con el rostro magullado estaba loco o si tan sólo trataba de tomarle el pelo.
—No creo haberlo visto en mi vida —dijo finalmente.
—¿Está segura?
—Bueno, tampoco es que esto sea Nueva York.
—Cierto. ¿Lleva mucho trabajando aquí?
—Poco más de un año.
—Y está segura de que no soy un cliente habitual…
—Estoy convencida.
—¿Le puedo preguntar otra cosa?
—Claro.
—¿Dónde estamos?
—¿No sabe dónde está?
Él vaciló. Una parte de él no quería admitir un desamparo tan absoluto y total. Cuando finalmente negó con la cabeza, la camarera frunció el ceño como si no pudiera creer la pregunta.
—No le estoy tomando el pelo —dijo él.
—Estamos en Wayward Pines, Idaho. Su cara… ¿Qué le ha pasado?
—No… Todavía no lo sé. ¿Hay algún hospital en el pueblo? —En cuanto hizo la pregunta, un mal presentimiento le recorrió el cuerpo.
¿Una premonición que no acababa de entender?
¿O un recuerdo profundamente enterrado pasándole sus fríos dedos por la columna vertebral?
—Sí, a siete manzanas al sur de aquí. Debería ir a urgencias inmediatamente. Si quiere, puedo llamar a una ambulancia.
—No es necesario. —Se apartó del mostrador—. Gracias… ¿Cómo se llama?
—Miranda.
—Gracias, Miranda.
Cuando volvió a salir a la calle, la luz del sol hizo que su paso vacilara y que su incipiente dolor de cabeza aumentara. No había tráfico, así que cruzó sin mirar al otro lado de la calle Main y se dirigió hacia la Cinco. Al pasar por delante de una joven madre, su hijo pequeño susurró algo que sonó como:
—¿Es él, mami?
Tras hacer callar a su hijo, la mujer miró al hombre como pidiendo disculpas y dijo:
—Lo siento. No pretendía ser maleducado.
Llegó a la esquina de la calle Cinco con Main y se detuvo frente a un edificio con el rótulo PRIMER BANCO NACIONAL DE WAYWARD PINES estarcido en el cristal de la puerta doble. Al otro lado de la esquina, cerca de un callejón, divisó una cabina.
Cojeando, se dirigió hacia ella tan rápido como pudo y se metió dentro.
El listín telefónico era el más delgado que hubiera visto nunca. Comenzó a pasar las hojas esperando encontrar algún dato revelador, pero no eran más que ocho páginas con cientos de nombres que, como todo lo demás de ese pueblo, no tenían ningún significado para él.
Dejó caer el listín, que quedó colgando de su cadena metálica, y apoyó la frente en el frío cristal.
El teclado del teléfono llamó entonces su atención.
El feliz descubrimiento lo hizo sonreír.
«Recuerdo mi número de teléfono.»
Antes de descolgar el auricular, tecleó el número varias veces para estar seguro. Sus dedos parecían deslizarse con la fluidez de un movimiento aprendido de memoria.
Tendría que llamar a cobro revertido y esperar que hubiera alguien en casa, suponiendo que viviera con alguien. El problema era que no podía dar ningún nombre, al menos no uno auténtico, pero quizá esa persona reconocía su voz y aceptaba la llamada.
Descolgó y se llevó el auricular a la oreja.
Marcó el 0.
No había señal.
Lo comprobó varias veces, sin éxito.
Le sorprendió la rapidez con la que se enfureció. Una oleada de miedo y rabia se extendió por su cuerpo, y colgó el auricular con un golpe. Sin importarle lo que les pudiera suceder a sus nudillos, echó el brazo derecho hacia atrás con la intención de atravesar el cristal con el puño, pero el dolor que sintió en sus maltrechas costillas hizo que se doblara en el suelo de la cabina.
La palpitación en la base del cráneo regresó con fuerza.
Su visión se volvió doble, luego borrosa, y finalmente todo se desvaneció.
Cuando volvió a abrir los ojos, la cabina estaba a oscuras. Se agarró a la cadena metálica que sujetaba el listín telefónico y se puso en pie. A través del cristal, que estaba muy sucio, vio cómo el sol comenzaba a esconderse detrás de la hilera de acantilados que rodeaba la frontera oriental del pueblo.
En cuanto el sol desapareció, la temperatura descendió diez grados.
Todavía se acordaba de su número de teléfono. Practicó varias veces en el teclado para estar seguro, y comprobó que no hubiera señal. Sólo se oía una leve crepitación de ruido blanco que no recordaba haber oído antes.
—Hola. ¡Hola!
Colgó y volvió a coger el listín. La primera vez, había mirado apellidos con la esperanza de que alguno le trajera algún recuerdo o le causara alguna emoción. Esta vez repasó los nombres propios, recorriendo la lista con el dedo índice mientras intentaba ignorar el dolor que sentía en la base del cráneo.
Nada en la primera página.
Nada en la segunda.
Nada en la tercera.
Hacia el final de la sexta página, su dedo índice se detuvo.
SKOZIE Mack y Jane
Calle Tres, 403, este, W. Pines, 83278.........559-0196
Miró por encima las dos últimas páginas: Skozie era el único Mack que aparecía en el listín de Wayward Pines.
Empujó la puerta de cristal con el hombro y salió de la cabina. Ahora que el sol se había escondido por detrás de los acantilados, había comenzado a oscurecer con rapidez y la temperatura había empezado a caer.
«¿Dónde dormiré esta noche?».
Comenzó a caminar por la acera con paso tambaleante. Una parte de él le decía que debía ir directamente al hospital. Estaba enfermo. Deshidratado. Confundido. Sin dinero. Le dolía todo el cuerpo. Y cada vez le costaba más respirar por culpa del dolor que sentía en las costillas cuando los pulmones se inflaban y las presionaban.
Pero algo en él todavía se resistía a la idea de ir al hospital, y, mientras se alejaba del centro en dirección a la residencia de Mack Skozie, entendió de qué se trataba.
De nuevo… miedo.
No sabía por qué. No tenía sentido. Pero no quería pisar ese hospital.
Ni ahora ni nunca.
Era un desasosiego de lo más extraño. Indeterminado. Como cuando uno camina de noche por un bosque y no sabe de qué tiene miedo exactamente, pero eso no hace sino aumentar su temor.
Tras recorrer dos manzanas, llegó a la calle Tres. Al torcer la esquina y comenzar a caminar en dirección este, alejándose del centro, el pecho se le agarrotó inexplicablemente.
Pasó por delante de un buzón que tenía el número 201 en un lado.
Supuso que la residencia de Skozie debía de estar a apenas dos manzanas.
Un poco más adelante, en un jardín, jugaban unos niños, turnándose para saltar sobre un aspersor. Al llegar a su altura, intentó andar erguido y con paso firme, pero no podía evitar inclinarse hacia la derecha para suavizar el dolor de las costillas.
En cuanto lo vieron aparecer, los niños se detuvieron y, sin ningún disimulo, observaron cómo avanzaba arrastrando los pies. Esa mezcla de curiosidad y de desconfianza lo incomodó.
Avanzando todavía más lentamente en dirección a la siguiente manzana, cruzó otra calle bajo las grandes ramas de tres enormes pinos.
Los números de las coloridas casas victorianas de esta manzana comenzaban todos con el tres.
Skozie sería la siguiente.
Las palmas de las manos le habían empezado a sudar y las palpitaciones de la cabeza sonaban como el pum-pum-pum de un bombo enterrado en lo más profundo de su cráneo.
Durante dos segundos, volvió a ver doble.
Cerró con fuerza los ojos y, cuando los volvió a abrir, se le había pasado.
Se detuvo al llegar al cruce. Antes tenía la boca seca. Ahora parecía que tenía un algodón dentro. Le costaba respirar y podía sentir la bilis en la garganta.
«Cuando le veas la cara, le encontrarás un sentido a todo esto».
Comenzó a cruzar la calle con paso vacilante.
Estaba anocheciendo, y el frío de las montañas había descendido al valle.
El crepúsculo había dotado a los acantilados que rodeaban Wayward Pines de un tono rosado, idéntico al del cielo. Intentó encontrar el paisaje hermoso y conmovedor, pero el dolor se lo impedía.
A lo lejos, vio a una pareja de ancianos que paseaba cogida de la mano.
Por lo demás, la calle estaba vacía y en silencio. El tráfico del centro del pueblo ya no se oía.
Cruzó el liso asfalto negro y llegó a la acera opuesta.
Delante tenía el buzón del número 401.
El del 403 era el siguiente.
Se veía obligado a mantener los ojos entrecerrados para evitar ver doble y mantener a raya las dolorosas palpitaciones de su migraña.
Tras quince dolorosos pasos, llegó al buzón negro del número 403.
SKOZIE.
Para mantener el equilibrio, se agarró a la punta de un tablón de la cerca de madera.
Extendió la mano para abrir el pestillo de la cancela y luego la empujó con la punta de su rasguñado zapato negro.
Las bisagras crujieron.
La verja golpeó suavemente contra la cerca.
El sendero estaba hecho de retazos de ladrillos antiguos y conducía a un porche cubierto en el que había un par de balancines separados por una pequeña mesa de hierro forjado. La casa era de color morado, con adornos verdes, y a través de las delgadas cortinas se veía luz en el interior.
«Adelante. Has de averiguar qué te ha pasado.»
Se dirigió hacia la casa.
Cada vez veía peor.
Llegó al porche y, justo cuando ya estaba a punto de caer desplomado, extendió el brazo y se apoyó en el marco de la puerta. Con un incontrolable temblor en las manos, cogió la aldaba y la alzó.
Se negó a pensarlo ni siquiera un segundo.
Golpeó la aldaba cuatro veces en la lámina de latón.
Se sentía como si alguien le estuviera golpeando en la nuca cada cuatro segundos mientras unas abrasadoras manchas oscuras le nublaban la vista como diminutos agujeros negros.
Al otro lado de la puerta, oyó los crujidos del suelo de madera bajo el peso de unos pasos que se acercaban.
Tuvo la sensación de que se le licuaban las rodillas.
Para mantener el equilibrio, se cogió a uno de los postes que soportaban el tejado del porche.
La puerta de madera se abrió, y un hombre que por edad podría haber sido su padre se lo quedó mirando desde detrás de la puerta mosquitera. Era alto y delgado, con escaso pelo de color gris, una perilla blanca y microscópicas venas rojas en las mejillas que sugerían toda una vida dándole a la bebida.
—¿Puedo ayudarlo? —preguntó el hombre.
No reconoció al anciano. Se irguió y parpadeó con fuerza para atenuar la migraña. Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para mantenerse en pie sin apoyarse.
—¿Es usted Mack? —Notaba el miedo en su voz y supuso que este hombre también lo percibiría.
Se odió por ello.
El anciano se inclinó hacia adelante para ver mejor al desconocido que estaba en su porche.
—¿Qué puedo hacer por usted?
—¿Es usted Mack?
—Sí.
Se acercó un poco para ver mejor al anciano. Advirtió la amarga dulzura del vino tinto en su aliento.
—¿Me conoce? —preguntó.
—¿Cómo dice?
El miedo comenzó a dar paso a la rabia.
—Le pregunto si me conoce. ¿Me ha hecho usted esto?
—No lo había visto en mi vida —dijo el anciano.
—¿De verdad? —Involuntariamente, sus puños comenzaron a cerrarse—. ¿Hay algún otro Mack en este pueblo?
—No que yo sepa. —Mack abrió la mosquitera y salió al porche—. Amigo, no parece encontrarse muy bien.
—Es que no me encuentro bien.
—¿Qué le ha pasado?
—Dígamelo usted, Mack.
De repente, se oyó una voz en el interior de la casa.
—¿Cariño? ¿Va todo bien?
—¡Sí, Madge, todo va bien! —Mack se lo quedó mirando—. ¿Por qué no me deja que lo lleve al hospital? Está herido. Necesita…
—No pienso ir a ningún lado con usted.
—Entonces ¿por qué está en mi casa? —dijo Mack en un tono de voz más arisco —. Le acabo de ofrecer ayuda. ¿No la quiere? Está bien, pero…
Un ruido empezó a crecerle en lo más hondo del estómago y dejó de oír al anciano, que seguía hablando. Aquel ruido era como el aullido de un tren de mercancías que fuera directamente hacia él. Los agujeros negros se multiplicaron y el mundo comenzó a dar vueltas. No se podría mantener en pie otros cinco segundos sin que le explotara la cabeza.
Levantó la mirada hacia Mack. La boca del hombre seguía moviéndose y el tren de mercancías se acercaba con gran estrépito. El ritmo del ruido encajaba exactamente con el brutal martilleo de su cabeza, y no podía apartar la mirada de la boca y los dientes del anciano. Sus sinapsis bullían intentando hacer conexión, pero el ruido —el maldito ruido— y la palpitación…
No notó que se le doblaban las rodillas.
Ni siquiera advirtió que caía hacia atrás.
Un segundo estaba en el porche.
Al siguiente, en la hierba.
Tumbado de espaldas y con la cabeza dándole vueltas por el duro golpe que se había dado contra el suelo.
Desde el suelo, vio cómo Mack se inclinaba con las manos en las rodillas y se lo quedaba mirando. Sin embargo, no pudo oír lo que le decía por culpa del estrépito del tren que recorría su cabeza.
Iba a perder la conciencia —lo podía notar, faltaban apenas unos segundos—, y lo deseaba, quería dejar de sentir ese dolor, pero…
Las respuestas.
Estaban ahí.
Tan cerca.
No tenía sentido, pero había algo en la boca de Mack. En sus dientes. No podía dejar de mirarlos. No sabía por qué, pero en ellos había…
Una explicación.
Respuestas a todo.
Y se le ocurrió algo: dejar de esforzarse.
Dejar de quererlo tan desesperadamente.
Dejar de pensar.
Limitarse a permitir que acudiera a él.
Los dientes losdienteslosdienteslosdienteslosdientes…
No son unos dientes.
Es la brillante y reluciente rejilla de un radiador con las letras
M A C K
estampadas en la parte frontal.
Stallings, el hombre que va sentado en el asiento del acompañante, no lo ve venir.
En las tres horas de viaje hacia el norte desde Boise, ha quedado claro que Stallings adora el sonido de su propia voz, y hace lo que ha estado haciendo durante todo el rato: hablar. Él lo ha dejado de escuchar hace rato, en cuanto ha descubierto que podía desconectar por completo mientras fuera intercalando un «No lo había pensado» o «Hum, interesante» cada cinco minutos más o menos.
Se vuelve hacia él para hacer una de estas contribuciones simbólicas a la conversación cuando lee la palabra MACK a apenas unos metros de la ventanilla de Stallings.
No tiene tiempo de reaccionar —apenas puede leer la palabra— antes de que la ventana de Stallings estalle en mil trozos de cristal que salen despedidos en todas direcciones.
El airbag del volante se activa, pero lo hace un milisegundo tarde y no consigue evitar que su cabeza se golpee contra la ventana con suficiente fuerza para atravesarla.
El lateral derecho del Lincoln Town Car se convierte en un apocalipsis de cristales rotos y metal doblado, y la cabeza de Stallings recibe el impacto directo del radiador del camión.
Él siente en la cara el calor del motor del camión que acaba de embestir el coche.
Y el repentino olor a gasolina y a líquido de frenos.
Hay sangre por todas partes: en el lado interior del parabrisas roto, en el salpicadero y en lo que queda de los ojos de Stallings.
Repara por unos instantes en cómo el Lincoln, empujado por el camión, se desliza a lo largo del cruce en dirección al lateral de un edificio con una cabina cerca de un callejón. Y entonces pierde la conciencia.