Wayward Pines. El paraíso
Capítulo 2
2
Una mujer sonriente estaba inclinada sobre él. Al menos, los dientes de su boca parecían bonitos, aunque la visión borrosa y doble le impedía estar del todo seguro. Ella se acercó un poco más. Sus dos cabezas se fundieron en una y sus rasgos quedaron suficientemente definidos. Pudo comprobar entonces que se trataba de una mujer hermosa. Llevaba un uniforme de manga corta de color blanco y con botones frontales hasta el final de la falda, que quedaba justo por encima de las rodillas.
No dejaba de decir su nombre.
—Señor Burke… ¿Puede oírme, señor Burke? Señor Burke…
Ya no le dolía la cabeza.
Con mucho cuidado, respiró hondo hasta que el dolor de las costillas se lo impidió.
Debió de hacer una mueca de dolor, porque la enfermera dijo:
—¿Todavía sufre molestias en el costado izquierdo?
—¿Molestias? —Soltó una risa entre quejidos—. Sí, se podría decir que sufro molestias.
—Si quiere, puedo ir a buscar algo más fuerte para el dolor.
—Creo que me las arreglaré.
—Está bien, pero no se haga el mártir, señor Burke. Si hay algo que pueda hacer para que esté más cómodo, dígamelo. Yo me encargaré. Me llamo Pam, por cierto.
—Gracias, Pam. Creo que la recuerdo de la última vez que estuve aquí. Nunca olvidaría ese uniforme clásico de enfermera. No sabía que todavía los hacían.
Ella se rio.
—Bueno, me alegra oír que está recuperando la memoria. Eso es bueno. El doctor Miter vendrá pronto a verlo. ¿Le importa que le tome la presión?
—Adelante.
—Muy bien.
La enfermera Pam cogió un tensiómetro de un carrito que había al pie de la cama y envolvió el brazalete alrededor del bíceps izquierdo del señor Burke.
—Nos ha dado un buen susto desapareciendo así —dijo Pam mientras inflaba el brazalete. Luego permaneció en silencio mientras la aguja descendía.
—¿He aprobado? —preguntó él.
—Sobresaliente. La sistólica es de ciento veintidós. La diastólica, de setenta y cinco. —Abrió el velcro y le quitó el brazalete—. Cuando lo han traído, estaba delirando —dijo ella—. No parecía saber dónde se encontraba.
Él se incorporó en la cama. La niebla de su cabeza se estaba comenzando a disipar. Se encontraba en una habitación privada de hospital que le resultaba familiar. Junto a la cama había una ventana. Las persianas estaban echadas, pero la luz que se filtraba parecía lo bastante tímida para ser de primera hora de la mañana o de última de la tarde.
—¿Dónde me han encontrado? —preguntó.
—En el patio de Mack Skozie. Se desmayó. ¿Recuerda qué estaba haciendo ahí? Mack nos ha dicho que parecía usted muy agitado y confuso.
—Me desperté ayer junto al río. No sabía quién era o dónde estaba.
—Se marchó del hospital. ¿No lo recuerda?
—No. Fui a casa de Skozie porque era el único Mack del listín telefónico.
—Creo que no le entiendo.
—Mack era el único nombre que tenía algún significado para mí.
—¿Y eso?
—Porque Mack es la última palabra que leí antes de que el camión se nos llevara por delante.
—Ah, sí… El camión que chocó con su coche era un Mack.
—Exacto.
—La mente es algo muy extraño —dijo la enfermera mientras rodeaba la cama y se dirigía hacia la ventana—. Sus caminos son inescrutables. Realiza las conexiones más extrañas.
—¿Cuándo me trajeron otra vez al hospital?
Ella abrió las persianas.
—Hace un día y medio.
Entró la luz.
Se estaba haciendo de día. El sol comenzaba a asomar por encima de la pared oriental de los acantilados.
—Ha sufrido usted una grave conmoción cerebral —dijo ella—. Podría haber muerto.
—Así es como me sentía.
La luz de la mañana que bañaba el pueblo era increíble.
—¿Qué tal su memoria? —preguntó Pam.
—Es raro. En cuanto recordé el accidente, todo volvió a mí. Fue como si alguien hubiera accionado un interruptor. ¿Cómo está el agente Stallings?
—¿Quién?
—El hombre que iba sentado en el asiento del acompañante cuando tuvo lugar el accidente.
—Oh.
—No ha sobrevivido, ¿verdad?
La enfermera Pam se acercó a la cama. Extendió la mano y la colocó en su muñeca.
—Me temo que no.
Se lo esperaba. No había visto un traumatismo como aquél desde la guerra. Aun así, resultaba duro confirmar sus sospechas.
—¿Eran amigos? —preguntó la enfermera.
—No. Lo había conocido ese mismo día.
—Debe de haber sido horrible. Lo siento.
—¿Qué daños he sufrido yo?
—¿Cómo dice?
—Mis heridas…
—El doctor Miter podrá informarle mejor que yo. Por lo que yo sé, ha sufrido una conmoción cerebral, pero ya la ha superado. También tiene unas pocas costillas fisuradas, así como algunos cortes y magulladuras superficiales. Teniendo en cuenta el accidente, podría haber sido mucho mucho peor.
Se volvió y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, echó un vistazo por encima del hombro y dijo:
—Entonces ¿estamos seguros de que está recuperando la memoria?
—Absolutamente.
—¿Cuál es su nombre de pila?
—Ethan —dijo él.
—Excelente.
—¿Me podría hacer un pequeño favor? —preguntó Ethan.
Una enorme y reluciente sonrisa se dibujó en el rostro de la enfermera.
—Usted dirá.
—He de llamar a algunas personas. A mi esposa. A mi jefe. ¿Se ha puesto alguien en contacto con ellos?
—Creo que justo después del accidente alguien de la oficina del sheriff llamó a sus contactos de emergencia y les explicó lo que le había pasado y cómo se encontraba.
—En el momento del choque llevaba un iPhone en el bolsillo de la americana. ¿No sabrá dónde puede estar?
—No, pero me puedo poner mi uniforme Nancy Drew de detective e intentar averiguar su paradero.
—Se lo agradecería.
—¿Ve ese pequeño botón rojo que hay en la barandilla de la cama?
Ethan bajó la mirada.
—Estoy a un clic.
La enfermera Pam volvió a sonreír y se marchó.
En la habitación no había televisor ni teléfono. El mejor y único entretenimiento era el reloj de pared que colgaba encima de la puerta, de modo que permaneció durante varias horas tumbado en la cama mirando cómo el segundero recorría su órbita infinita y la mañana daba paso al mediodía y luego a la tarde.
No podía estar seguro, pero su habitación parecía encontrarse en la tercera o cuarta planta. La enfermera Pam había dejado abiertas las persianas, y, cuando se cansó de mirar el reloj, se volvió cuidadosamente hacia su costado bueno y se dedicó a contemplar las calles de Wayward Pines.
Desde su privilegiado punto de vista, podía ver la calle Main y varias manzanas a cada lado.
Sabía de sobra que se trataba de un pueblo pequeño y tranquilo, pero aun así le sorprendió la inactividad que reinaba en Wayward Pines. Pasó una hora y, en la avenida más concurrida del pueblo, apenas contó una docena de personas y ni un solo coche. Lo único que perturbaba un poco la tranquilidad del lugar se encontraba a dos manzanas: las obras de una casa.
Pensó en su mujer y en su hijo, allá en Seattle. Esperaba que ya estuvieran de camino para verlo. Seguramente habían cogido el primer avión disponible. Tendrían que volar primero a Boise o a Missoula, y ahí alquilar un coche para el largo trayecto hasta Wayward Pines.
Cuando volvió a mirar el reloj, eran las cuatro menos cuarto.
Llevaba todo el día tumbado en la cama y el doctor Miter, o comoquiera que se llamara, no se había tomado la molestia de ir a verlo. Ethan había pasado una significativa cantidad de tiempo en hospitales y, según su experiencia, las enfermeras y los médicos no lo dejaban a uno solo durante más de diez segundos; siempre acudía alguien a llevarle un nuevo medicamento o a examinarlo.
Allí prácticamente lo ignoraban.
La enfermera Pam no había regresado con su iPhone y sus pertenencias. ¿Tan ocupada podía estar en este hospital en medio de la nada?
Extendió la mano hacia el panel de control que había en la barandilla de la cama y con el pulgar presionó el botón para llamar a la enfermera.
Quince minutos después, la puerta de su habitación se abrió y apareció la enfermera Pam.
—Oh, Dios mío, lo siento mucho. No he visto que había llamado hasta hace diez segundos. Creo que tenemos problemas con el intercomunicador. —Se detuvo al pie de la cama y colocó las manos en la barandilla de metal—. ¿Qué puedo hacer por usted, Ethan?
—¿Dónde está el doctor Miter?
Ella hizo una mueca.
—Ha estado toda la tarde ocupado con una operación urgente. Una de esas pesadillas de cinco horas. —Se rio—. Pero esta mañana le he informado de su estado y de lo rápido que ha recuperado la memoria, y opina que usted está evolucionando estupendamente.
Alzó los pulgares de ambas manos.
—¿Cuándo podré verlo?
—Dentro de una media hora traeremos la cena, y después el doctor hará la ronda.
Ethan intentó disimular su creciente frustración.
—¿Ha conseguido encontrar mi teléfono y las otras cosas que llevaba encima antes del accidente? Entre ellas deberían estar mi cartera y un maletín negro.
La enfermera Pam se llevó una mano a la frente y marcó el paso.
—Estoy en ello, capitán.
—Mientras tanto, tráigame un teléfono. Necesito hacer algunas llamadas.
—Claro, comisario.
—¿Comisario?
—¿No es usted una especie de comisario o algo así?
—No, soy un agente especial del Servicio Secreto de Estados Unidos.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Creía que se encargaban de proteger al presidente.
—También hacemos algunas otras cosas.
—¿Y qué está haciendo en nuestro pequeño pedazo de paraíso?
Una fría y distante sonrisa se dibujó en el rostro de Ethan.
—Eso no se lo puedo decir.
En realidad sí podía, pero no tenía ganas.
—Bueno, bueno… Ahora me ha dejado intrigada.
—El teléfono, Pam.
—¿Cómo dice?
—De verdad que necesito llamar.
—Ahora mismo.
La cena llegó al cabo de un rato —unos mejunjes verdes y marrones servidos en los distintos recipientes de una reluciente bandeja metálica—, pero el teléfono no. Así que Ethan decidió marcharse.
Sí, ya lo había hecho una vez, pero entonces estaba fuera de sí a causa de una grave conmoción cerebral.
Ahora pensaba con claridad.
Ya no le dolía la cabeza ni tenía dificultades para respirar, y, si el médico estuviera realmente preocupado por su estado, el muy capullo habría tenido la cortesía de ir a verlo en algún momento de las últimas diez horas.
Ethan esperó a que la enfermera Pam se hubiera marchado. Antes de hacerlo, ésta le dijo que la comida del hospital «¡Sabe mucho mejor de lo que su aspecto sugiere!».
En cuanto la puerta se cerró, se quitó la vía intravenosa de la muñeca y, tras pasar las piernas por encima de la barandilla, sintió el frío suelo de linóleo bajo las plantas de sus pies desnudos. Su equilibrio todavía era inestable, pero aun así estaba a años luz de cómo se encontraba cuarenta y ocho horas antes.
Procurando no hacer ruido, se dirigió al armario y lo abrió.
Su camisa, su americana y sus pantalones estaban en un colgador, y sus zapatos en el suelo.
No encontró sus calcetines.
Ni sus calzoncillos.
«Supongo que tendré que prescindir de ellos.»
Sólo sintió dolor cuando se inclinó para coger los pantalones: una aguda punzada en el costado izquierdo que remitió en cuanto volvió a erguirse.
Echó un vistazo a sus piernas desnudas y, como siempre, la cicatriz le hizo evocar la habitación de paredes marrones cuyo hedor a muerte ya nunca lo abandonaría. Hacía ya ocho años de todo aquello.
Revisó los bolsillos y confirmó que la pequeña navaja que siempre llevaba consigo todavía estaba en la americana. Bien. Se trataba de una reliquia de cuando a los veintipocos años trabajaba de mecánico de helicópteros. Era más un talismán que una herramienta funcional, pero saber que estaba ahí le ofrecía cierto consuelo.
Se miró en el espejo e intentó anudarse la corbata. Le llevó cinco intentos conseguirlo. Parecía que sus torpes dedos no hubieran anudado una en años.
Cuando finalmente consiguió un mediocre nudo Windsor, dio un paso atrás para verse bien en el espejo.
Los moratones de su rostro tenían mejor aspecto, pero en la americana había aún rastros de hierba y manchas de tierra, así como un pequeño rasgón en el bolsillo de la izquierda. La camisa Oxford blanca también estaba manchada; se podían ver restos de sangre cerca del cuello.
Había perdido varios centímetros de cintura en los últimos días y tuvo que abrocharse el cinturón en el último agujero. Aun así, los pantalones le iban un poco grandes.
Abrió el grifo, se mojó las manos y se pasó los dedos por el pelo.
Intentó hacerse la raya y que el cabello le quedara lo más digno posible.
Se enjuagó la boca varias veces con agua tibia, pero seguía teniendo la sensación de que sus dientes estaban cubiertos de musgo.
Se olió las axilas: apestaban.
También necesitaba afeitarse. Hacía años que no tenía un aspecto tan descuidado.
Se puso los zapatos, los ató y salió del cuarto de baño en dirección a la puerta.
Su primer instinto fue marcharse sin avisar a nadie, y esto le desconcertó. Era un agente federal y contaba con la autoridad del gobierno de Estados Unidos. Esto significaba que todo el mundo tenía que hacer lo que les pidiera. Incluidos enfermeras y médicos. ¿No querían que se marchara? Le importaba una mierda. Y, sin embargo, una parte de él no deseaba montar ningún jaleo. Era una estupidez, lo sabía, pero su intención era evitar que la enfermera Pam lo pillara.
Cogió la manilla de la puerta y la abrió un par de centímetros.
El tramo de pasillo que podía ver estaba vacío.
Aguzó el oído.
No se oía a ninguna enfermera.
Ni pasos.
Únicamente silencio.
Asomó la cabeza.
Una rápida mirada a izquierda y derecha confirmó su sospecha. De momento, el lugar estaba vacío, incluso el mostrador que había a unos quince metros, y que en circunstancias normales debería haber estado lleno de enfermeras.
Salió al pasillo (cuyo suelo era de linóleo, con cuadros blancos y negros) y cerró la puerta tras de sí.
El único ruido era el de las luces fluorescentes del techo: un zumbido débil y constante.
De repente, se dio cuenta de lo que debería haber hecho en primer lugar y, aguantando el dolor en las costillas, se inclinó para desatarse los zapatos.
Comenzó a recorrer el pasillo con los pies desnudos.
Todas las puertas de su ala estaban cerradas y por las rendijas no se filtraba luz alguna. Aparte de la suya, ninguna de las habitaciones parecía estar ocupada.
El mostrador se encontraba en la intersección de cuatro pasillos, tres de los cuales conducían a otras tantas alas de habitaciones.
Detrás del mostrador había un pasillo más corto que llevaba a una puerta de doble hoja. Encima de ésta, había una placa en la que se podía leer la palabra CIRUGÍA.
Ethan se detuvo delante del ascensor que había frente al mostrador y apretó el botón de llamada.
A través de las puertas, oyó que se ponían en marcha las poleas.
—Vamos.
Iba muy lento.
Se dio cuenta de que debería haber bajado por la escalera.
No dejaba de mirar hacia atrás por si alguien se le acercaba por la espalda.
Finalmente, las puertas se abrieron con un chirrido que le dio dentera. Se hizo a un lado por si iba alguien dentro.
No salió nadie.
Entró rápidamente y presionó el botón con la letra G.
Con la mirada puesta en los números luminosos que había encima de la puerta, observó cómo el ascensor descendía lentamente del tercer piso, y pasó todo un minuto —tiempo suficiente para volver a ponerse los zapatos— hasta que la G se iluminó y la puerta se abrió con otro chirrido.
Salió a otra intersección de pasillos.
No muy lejos, oyó unas voces cercanas.
Y el rechinar de las ruedas de una camilla.
Se alejó en la dirección opuesta. Tras recorrer tres largos pasillos, empezó a pensar que se había perdido, pero finalmente vio un letrero en el que ponía: SALIDA.
Bajó a toda velocidad medio tramo de escalera, abrió la puerta con un pie y salió al aire libre.
Era última hora de la tarde. El cielo estaba completamente despejado y comenzaba a anochecer. La luz del crepúsculo teñía las montañas circundantes de distintos tonos de rosa y naranja. Ethan permaneció un momento de pie en un corto sendero que se alejaba del hospital, un edificio de ladrillo de cuatro pisos que le recordó más bien a una escuela o un manicomio.
Respiró tan profundamente como el dolor en las costillas le permitió. Resultaba increíble aspirar este aire fresco con aroma a pino después del hedor antiséptico del hospital.
Llegó a la acera y comenzó a recorrer la calle Main en dirección a los edificios del centro.
Había más gente en la calle que antes.
Pasó por delante de un restaurante situado en una pequeña casa con un patio al lado. Había gente cenando bajo unos álamos de cuyas ramas colgaban lucecitas blancas.
El olor a comida hizo que le rugiera el estómago.
En la esquina de Main con la calle Cinco, cruzó y regresó a la cabina en la que había perdido la consciencia dos días atrás.
Entró y repasó el listín hasta que encontró la dirección de la oficina del sheriff de Wayward Pines.
De camino a la parte oriental del pueblo, comenzó a oscurecer y la temperatura descendió. Hacía días que no se sentía tan bien.
Pasó por delante de una barbacoa.
El olor a carbón en la brisa.
El aroma amargo de la cerveza en vasos de plástico.
Las risas de los niños resonando por el valle.
El chasquido de un aspersor cercano, parecido al de una cigarra.
Mirara lo que mirase, parecía un cuadro.
Era como el ideal platónico de un pueblo. No debían de vivir más de cuatrocientas o quinientas personas, y se preguntó qué las había llevado a ese sitio. ¿Cuántos habían descubierto Wayward Pines por accidente, se habían enamorado del lugar y se habían quedado? ¿Cuántos habían nacido allí y nunca habían dejado el pueblo?
Aunque siempre había sido un urbanita, Ethan entendía que uno no dejara nunca un lugar como ése. ¿Por qué abandonar lo que parecía la perfección total y absoluta? La quintaesencia de Estados Unidos, rodeada por la naturaleza más increíble que sus ojos hubieran contemplado jamás. Había visto fotografías de Wayward Pines antes de salir de Seattle, pero ninguna conseguía hacer justicia a ese pequeño valle.
Sin embargo, él estaba allí.
Y gracias a este hecho, o mejor dicho, por su culpa, ese lugar no era perfecto.
En su experiencia, allí donde se congregaban seres humanos, había un lado oscuro.
Así era el mundo.
La perfección era algo superficial. Epidérmico. Si uno rascaba un poco, comenzaba a ver tonalidades más oscuras.
Al llegar al hueso, la oscuridad era total.
No podía apartar la mirada de las montañas. La pared oriental de la más alta de ellas debía de alcanzar los cien o ciento veinte metros de altura. En la cima sólo había roca y hielo.
Los últimos rayos horizontales del sol iluminaban los picos que quedaban a su espalda. Se detuvo un momento y se dio la vuelta para ver cómo se apagaba su resplandor.
En cuanto la luz se hubo ido, la roca se volvió del color del acero pavonado.
Y su naturaleza cambió.
Seguía siendo hermosa.
Pero más lejana.
Indiferente.
En el letrero que había encima del cristal de la puerta de doble hoja podía leerse:
OFICINA DEL SHERIFF DE WAYWARD PINES
Mientras recorría el sendero bordeado por pinos en dirección a la entrada principal, una nueva sensación de frustración se apoderó de él.
A través del cristal, advirtió que el vestíbulo estaba a oscuras y vacío.
Aun así, agarró la manilla de la puerta y tiró de ella.
Cerrada.
Era tarde, sí, pero maldita fuera.
Ethan retrocedió y miró la fachada del edificio, de una sola planta. En un extremo, parecía filtrarse algo de luz a través de la persiana de una ventana.
Volvió a acercarse a la puerta y llamó con los nudillos.
Nada.
Volvió a llamar con más fuerza, golpeando el cristal tan fuerte que las puertas repiquetearon en sus marcos.
Pasaron cinco minutos, pero no acudió nadie.
Cuando llegó a la calle Main, en el cielo habían aparecido dos estrellas y un planeta, y el fresco que quince minutos antes le había parecido agradable ahora atravesaba su fina camisa Oxford y comenzaba a entumecer sus pies sin calcetines.
Lo peor, sin embargo, era que las primeras señales de verdadera hambre habían comenzado a manifestarse en forma de un dolor sordo en la boca del estómago y un leve mareo.
Caminó varias manzanas hasta el hotel Wayward Pines y ascendió los escalones de piedra que conducían a la entrada.
A través de los paneles de cristal de la puerta, vio luz en el interior y a una mujer joven sentada detrás del mostrador de recepción.
Ethan entró en el vestíbulo y sintió una agradable ráfaga de aire caliente.
Un gran piano ocupaba un rincón. Al otro lado, había una enorme chimenea en la que ardía un fuego crepitante.
Se detuvo un momento y alzó las manos hacia el calor. La resina de pino hirviendo desprendía un dulce olor a cera. Si se hubiera tumbado en el sofá, podría haber dormido durante días.
Un momento después, dejó la chimenea atrás y se dirigió al mostrador de recepción.
La mujer sonrió a Ethan.
Parecía tener veintitantos años. Era mona, aunque algo entrada en carnes. Llevaba el pelo negro recogido con una corta coleta, vestía una blusa blanca bajo un chaleco negro y, según su tarjeta identificativa, se llamaba Lisa.
Ethan apoyó los antebrazos en el mostrador para mantener el equilibrio.
—Buenas noches —dijo Lisa—. Bienvenido al hotel Wayward Pines. ¿En qué puedo ayudarlo?
Su saludo sonó algo extraño. No las palabras, sino su forma de decirlas. Como si estuviera recitando algo que rara vez tenía que decir.
—¿Tiene alguna habitación libre?
—Desde luego.
Lisa tecleó algo en su ordenador.
—¿Sólo para esta noche? —preguntó.
—Sí. Al menos por ahora.
Ethan echó un vistazo al monitor del ordenador. Era una monstruosidad prehistórica, como salida de finales de la década de los ochenta. No podía recordar la última vez que había visto un dinosaurio así.
—Tengo una habitación con cama de matrimonio en la primera planta. No se puede fumar ni están permitidas las mascotas.
—Perfecto.
Lisa terminó de teclear.
—¿Pagará con tarjeta de crédito?
Ethan sonrió.
—Ésa es una pregunta interesante.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Hace unos días sufrí un accidente. Un camión chocó con el lateral de mi coche. A una manzana de aquí. Quizá lo vio.
—No, no lo vi.
—Bueno, me acaban de dar de alta del hospital, y la cosa es que… todavía no he podido localizar mi cartera. De hecho, ninguno de mis efectos personales.
—Oh, lamento oír eso.
Le pareció que la sonrisa de Lisa perdía una parte de su entusiasmo inicial.
—Entonces ¿cómo piensa pagar, señor…?
—Burke. Ethan Burke. Verá, es lo que intento decirle. No podré pagar mi habitación hasta que recupere mi cartera mañana por la mañana. Me han informado de que mis cosas las tiene el sheriff. No estoy seguro de por qué… —se encogió de hombros—, pero así son las cosas.
—Me temo que no me está permitido realizar una reserva sin un anticipo en efectivo o al menos el número de una tarjeta de crédito. Es la política del hotel. Por si se produce algún desperfecto en la habitación, algo que no estoy sugiriendo que vaya a pasar, o por si hay algún otro problema…
—Lo entiendo. Soy plenamente consciente del propósito de los depósitos. Lo que le estoy diciendo, sin embargo, es que podré pagarle mañana por la mañana.
—¿No tiene siquiera el carnet de conducir?
—Está todo en mi cartera.
Lisa se mordió el labio inferior y Ethan advirtió lo que estaba pasando: una simpática trabajadora haciendo acopio de valor para decirle a alguien que no.
—Señor Burke, me temo que, sin una tarjeta de crédito ni dinero en efectivo o algún tipo de identificación, no puedo darle una habitación para esta noche. Me encantaría. De verdad. Pero es la política del hotel y…
Se calló de golpe cuando Ethan se inclinó por encima del mostrador.
—Lisa, ¿sabe por qué llevo un traje negro?
—No.
—Soy un agente especial del Servicio Secreto de Estados Unidos.
—¿Se refiere a uno de esos tipos que protegen al presidente?
—Ésa es sólo una de nuestras funciones. Nuestra misión principal es proteger la integridad de la infraestructura financiera de la nación.
—¿Y está investigando algo en Wayward Pines?
—Así es. Acababa de llegar cuando sufrí el accidente.
—¿Qué tipo de investigación?
—No puedo comentar los detalles.
—No me estará tomando el pelo, ¿verdad?
—Si lo estuviera haciendo, estaría cometiendo un crimen federal.
—¿De verdad es un agente especial?
—Sí. Y estoy cansado y le pido que se apiade de mí. Necesito una habitación para esta noche. La pagaré, se lo prometo.
—¿Mañana por la mañana?
—Mañana por la mañana.
Con la llave en la mano, subió a duras penas la escalera hasta la segunda planta y llegó a un largo y silencioso pasillo. Unos farolillos que colgaban de la pared cada veinte metros proyectaban una débil luz amarillenta sobre la moqueta persa.
Su habitación, la número 226, estaba al final del pasillo.
Abrió la puerta, entró en la habitación y encendió la luz.
La decoración era muy rústica.
Había dos cuadros con icónicas escenas del Oeste pobremente ejecutadas.
Un vaquero sobre un caballo salvaje encabritado.
Un grupo de rancheros reunidos alrededor de una hoguera.
El aire de la habitación estaba viciado y no había televisor.
Tan sólo un antiguo teléfono negro de disco en una de las mesillas de noche.
La cama era enorme y parecía mullida. Ethan se sentó en el colchón y se desató los zapatos. Caminar sin calcetines había causado que le comenzaran a salir ampollas en la parte trasera de los pies. Se quitó la americana y la corbata, y desabrochó los tres primeros botones de su camisa Oxford.
En el cajón de la mesita de noche había un listín telefónico. Lo sacó, lo dejó sobre la cama y descolgó el auricular del teléfono.
Daba línea.
«Gracias a Dios.»
Curiosamente, su número de teléfono no acudió de inmediato a su mente. Se pasó un minuto entero intentando visualizar la pantalla de su iPhone cuando lo marcaba. El otro día había conseguido recordarlo, pero…
—Dos… Cero… Seis… —Sabía que comenzaba con esos tres números, el prefijo de Seattle, y en cinco ocasiones los marcó en el teléfono, pero en todas ellas se quedó en blanco después del seis.
Marcó el 411.
Después de dos timbrazos, contestó una operadora.
—¿Ciudad y apellido?
—Seattle, Washington. Ethan Burke. B-U-R-K-E.
—Un momento, por favor. —Ethan pudo oír cómo la mujer tecleaba algo, hubo una larga pausa, y finalmente—: ¿B-U-R-K-E?
—Así es.
—Señor, con ese apellido no me aparece nadie.
—¿Está segura?
—Sí.
Era extraño, pero, teniendo en cuenta la naturaleza de su trabajo, era probable que su número no apareciera en el listín. Aunque, ahora que lo pensaba, estaba casi seguro de que sí. Casi.
—Está bien. Gracias.
Colgó, abrió el listín telefónico y buscó el número de la oficina del sheriff.
Sonó cinco veces y saltó el contestador automático.
Tras el pitido, Ethan dijo:
—Soy el agente especial Ethan Burke, del Servicio Secreto de Estados Unidos, delegación de Seattle. Como sabe, hace varios días estuve implicado en un accidente de tráfico que tuvo lugar en la calle Main. Necesito hablar con usted tan pronto como le sea posible. El hospital me ha informado de que tiene usted mis efectos personales, entre los cuales están mi cartera, mi teléfono, mi maletín y mi arma. Mañana por la mañana a primera hora pasaré a recogerlos. Si alguien escucha este mensaje antes, que por favor me llame al hotel Wayward Pines. Mi habitación es la doscientos veintiséis.
Ya se había hecho de noche cuando Ethan descendió los escalones de la entrada del hotel. Los pies le dolían horrores, pero estaba hambriento.
La cafetería contigua al hotel estaba cerrada, así que se dirigió al norte bajo un cielo repleto de estrellas. Pasó por delante de una librería, un par de tiendas de regalos y un bufete de abogados.
No era tan tarde, pero como todo estaba cerrado las aceras de la calle Main estaban vacías. Había comenzado a aceptar la terrible posibilidad de no poder cenar cuando divisó el reflejo de una luz en el pavimento de la siguiente manzana. Su paso se aceleró involuntariamente en cuanto percibió el olor a comida caliente procedente de un respiradero del edificio que tenía delante.
Al llegar a la entrada, pudo ver a través del cristal de la fachada el interior de un pub tenuemente iluminado llamado The Biergarten.
Se le hinchió el corazón de alegría: todavía estaba abierto.
Entró.
Había tres mesas ocupadas, pero el resto del local estaba desierto.
Se sentó en un taburete de la barra.
A través de unas puertas batientes, oyó el chisporroteo de carne asándose en una parrilla.
Sentado en este pub, con los brazos apoyados en la gastada barra, se sintió en paz por primera vez en varios días. El recuerdo de Stallings y el accidente era demasiado reciente y amenazaba con atribularlo, pero no pensaba permitir que dominara su mente. Respiró hondo y procuró permanecer tan sereno como le fuera posible.
Cinco minutos después, una mujer alta con el pelo castaño recogido con palillos chinos apareció por las puertas batientes y se metió detrás de la barra.
Se acercó a Ethan con una amplia sonrisa y le colocó un posavasos delante.
—¿Qué quiere tomar?
Llevaba una camiseta negra con el nombre del pub serigrafiado en el pecho.
—Una cerveza estaría bien.
La camarera cogió un vaso de pinta y se acercó a los tiradores de cerveza.
—¿Rubia? ¿Negra?
—¿Tienen Guinness?
—Tenemos una parecida.
Ella ya había accionado el tirador de cerveza cuando él recordó que no tenía dinero.
La camarera colocó el vaso rebosante de espuma delante de Ethan y preguntó:
—¿Sólo va a beber o quiere ver el menú?
—Quiero comer algo —dijo él—, pero me va a matar.
La mujer sonrió.
—Todavía no, apenas lo conozco.
—No tengo dinero.
Ella dejó de sonreír.
—¿Y cómo piensa pagar?
—Tiene una explicación. ¿Sabe el accidente de coche que tuvo lugar hace unos días en la calle Main?
—No.
—¿No ha oído hablar de él?
—No.
—Bueno, pues hubo uno a unas pocas manzanas de aquí, y yo estuve implicado. De hecho, acabo de salir del hospital.
—¿Por eso tiene esos moratones?
—Efectivamente.
—Todavía no entiendo qué tiene que ver todo esto con que no me pague.
—Soy agente federal.
—Le repito la pregunta.
—Al parecer, el sheriff tiene mi cartera y mi teléfono. Bueno, en realidad tiene todas mis pertenencias. Un auténtico dolor de cabeza.
—¿Es usted del FBI o algo así?
—Del Servicio Secreto.
La mujer sonrió y se inclinó hacia él sobre la barra. Antes no se había dado cuenta por la escasa luz, pero de cerca Ethan comprobó que era realmente guapa. Unos pocos años más joven que él, con pómulos de modelo, torso corto y piernas largas. Seguramente, a los veintitantos debía de ser una chica impresionante, y la verdad era que ahora, con treinta y cuatro o treinta y cinco, tampoco estaba nada mal.
—No tengo claro si es un timador o algo parecido: entrar aquí con su traje negro y esta loca…
—No la estoy engañan…
Ella llevó un dedo a los labios de Ethan.
—O bien es exactamente quien dice ser, o es un mentiroso increíble. Es una buena historia, y me encantan las buenas historias. En cualquier caso, no tengo inconveniente en dejarlo cenar a crédito.
—De verdad que no es ningún embuste… ¿Cómo se llama?
—Beverly.
—Yo Ethan.
Ella le dio la mano.
—Encantada de conocerte, Ethan.
—Mañana por la mañana, en cuanto recupere mi cartera y mis cosas, vendré y…
—Deja que lo adivine… ¿Me dejarás una buena propina?
Ethan negó con la cabeza.
—Te estás burlando de mí.
—Lo siento.
—Si no me crees, yo…
—Te acabo de conocer —dijo ella—. Cuando hayas acabado de cenar sabré si volveré a verte o no.
—Ahora es demasiado pronto para decirlo, ¿eh? —repuso él, y sonrió. Tenía la sensación de que había conseguido convencerla.
Ella le llevó el menú, y él pidió patatas fritas y una hamburguesa con queso lo más cruda que el Departamento de Sanidad permitiera.
Tan pronto como Beverly desapareció en la cocina, él dio un trago a su cerveza.
Hum. Había algo raro. Estaba desbravada, y aparte de un leve amargor al final, prácticamente no sabía a nada.
Dejó el vaso en la barra justo cuando Beverly regresaba a la barra.
—Voy a cenar gratis, así que no debería quejarme —dijo—, pero esta cerveza no está bien.
—¿De verdad? —Acercó la mano al vaso—. ¿Te importa?
—Adelante.
Ella cogió el vaso y le dio un trago. Luego se lamió la espuma del labio superior y volvió a dejar el vaso en la barra.
—A mí me sabe bien.
—¿De verdad?
—Sí.
—No, está desbravada y, no sé… Es sólo que… no sabe a nada.
—Qué raro. Yo no lo noto. ¿Quieres probar otra cerveza?
—No, seguramente tampoco debería estar bebiendo alcohol. Tomaré agua.
Ella le llevó un vaso con hielo y le sirvió agua.
Ethan agarró con ambas manos la humeante hamburguesa con queso.
Beverly estaba limpiando el otro extremo de la barra cuando él la llamó. Tenía la hamburguesa a unos centímetros de su boca.
—¿Qué sucede? —preguntó ella.
—Nada. Todavía. Ven un momento.
Ella se acercó.
—Mi experiencia —comenzó a decir— es que el ochenta por ciento de las veces que pido una hamburguesa poco hecha me traen una muy hecha. Por alguna razón que desconozco, la mayoría de los cocineros son incapaces de cocinar una hamburguesa como se les pide, pero así son las cosas. ¿Y sabes lo que hago cuando me traen una hamburguesa demasiado hecha?
—¿La devuelves? —A ella no pareció hacerle ninguna gracia.
—Exacto.
—Realmente eres difícil de complacer, ¿lo sabías?
—Soy consciente de ello —respondió él, y le dio un mordisco a la hamburguesa.
Masticó el bocado durante unos diez segundos.
—¿Y bien? —preguntó Beverly.
Ethan volvió a dejar la hamburguesa en el plato y tragó el bocado mientras se limpiaba las manos con la servilleta de algodón.
Señaló la hamburguesa.
—Es una auténtica maravilla.
Beverly se rio y entornó los ojos.
Para cuando Ethan hubo terminado hasta la última miga del plato, era el único cliente del local.
La camarera retiró su plato y luego regresó para servirle más agua.
—¿Tienes donde pasar la noche, Ethan?
—Sí, he convencido a la recepcionista del hotel para que me dé una habitación.
—¿Así que ella también se ha tragado tu embuste? —Beverly soltó una sonrisita.
—Hasta el fondo.
—Bueno, ya que invito yo, ¿puedo ofrecerte postre? Nuestra «muerte de chocolate» es de otro mundo.
—Gracias, pero debería retirarme.
—¿Qué es exactamente lo que estás haciendo aquí? Me refiero a la razón oficial. Si no puedes hablar de ello…
—Investigo la desaparición de unas personas.
—¿Quiénes?
—Dos agentes del Servicio Secreto.
—¿Desaparecieron aquí? ¿En Wayward Pines?
—Hará un mes. El agente Bill Evans y la agente Kate Hewson estaban aquí realizando una investigación clasificada. Hace diez días que nadie sabe nada de ellos. Se perdió todo contacto. Nadie ha recibido ningún email. Ni ninguna llamada. Incluso la señal del GPS de su coche se apagó.
—¿Y te han enviado para que los encuentres?
—Solía trabajar con Kate. Éramos compañeros cuando trabajaba en Seattle.
—¿Eso es todo? —dijo Beverly.
—¿Cómo dices?
—¿Sólo compañeros?
Un estremecimiento indefinido —tristeza, vacío, rabia— le recorrió el cuerpo.
Pero lo ocultó bien.
—Sí, sólo éramos compañeros. Aunque también amigos. Estoy aquí para encontrarlos. Descubrir qué ha pasado. Llevarlos de vuelta a casa.
—¿Crees que les ha pasado algo malo?
Él no contestó. Se limitó a mirarla, pero eso ya era una respuesta.
—Bueno, Ethan, espero que encuentres lo que buscas. —Beverly sacó la cuenta de uno de los bolsillos de su delantal y la dejó encima de la barra.
—Veamos la magnitud de la tragedia.
Ethan bajó la mirada a la cuenta. No era una factura detallada. Beverly había escrito a mano una dirección sobre las columnas.
Primera Avenida, n.º 604
—¿Qué es esto? —preguntó Ethan.
—Mi dirección. Si necesitas algo, cualquier cosa, o tienes algún problema…
—¿Cómo? ¿Estás preocupada por mí?
—No, pero sin dinero, teléfono ni carnet de identidad, quizá necesites ayuda.
—De modo que ahora ya me crees.
Beverly extendió la mano y la dejó un segundo encima de la de él.
—Siempre te he creído.
Una vez fuera del pub, Ethan se quitó los zapatos y comenzó a recorrer la acera con los pies descalzos. El suelo estaba frío, pero al menos así podía caminar sin que le dolieran.
En vez de regresar al hotel, tomó una de las calles que salían de Main y se adentró en el vecindario.
Pensando en Kate.
Casas victorianas iluminadas por el resplandor de las luces de sus porches bordeaban la calle.
El silencio era total.
En Seattle no había noches así.
Siempre se oía algún grito lejano, alguna ambulancia, la alarma de un coche, o el repiqueteo de la lluvia en la calle.
Allí, el silencio absoluto sólo se veía interrumpido por el débil ruido que hacían sus pies en la acera…
Un momento.
No, había otro ruido. El canto de un grillo solitario en un arbusto cercano.
Esto le hizo pensar en su infancia en Tennessee y recordó esas noches de mediados de octubre que pasaba sentado en el porche cubierto, mirando los campos de soja mientras su padre fumaba en pipa y el coro de grillos había quedado reducido a uno solo.
¿No había escrito sobre esto el poeta Carl Sandburg? Ethan no recordaba el verso al pie de la letra, sólo que tenía algo que ver con el canto del último grillo tras una helada.
Una esquirla musical.
Sí, ésa era la expresión que le gustaba.
Una esquirla musical.
Se detuvo delante del arbusto. Creía que el canto se detendría de golpe, pero siguió sonando a un ritmo tan constante que casi parecía mecánico. Había leído en algún lugar que los grillos hacían ese sonido frotando las alas.
Ethan se quedó mirando el arbusto.
Una especie de enebro.
Su olor era fuerte y aromático.
Una farola cercana proporcionaba suficiente luz para iluminar las ramas, y se inclinó para ver si descubría al grillo.
El canto no disminuyó.
—¿Dónde estás, pequeñín?
Ladeó la cabeza.
Algo sobresalía ligeramente entre las ramas, pero no era un grillo, sino una especie de caja del tamaño de un iPhone.
Metió la mano entre las ramas y tocó su superficie.
El volumen del canto bajó.
Apartó la mano.
Volvió a subir.
¿Qué diantre era esto?
El canto del grillo salía de un altavoz.
Eran casi las diez y media cuando llegó a la habitación del hotel. Dejó los zapatos en el suelo, se desnudó y se metió en la cama sin ni siquiera apagar las luces.
Antes de salir a cenar había dejado entreabierta una de las ventanas, y ahora podía sentir en el pecho una corriente de aire fresca que ventilaba la cargada atmósfera de la habitación.
Al cabo de un minuto, tenía frío.
Se levantó, retiró la colcha y la sábana y se metió debajo.
Ethan luchaba por su vida y estaba perdiendo. La furibunda criatura que tenía encima estaba a punto de arrancarle la garganta. Había conseguido detenerla unos instantes cogiéndola por el cuello, pero la fuerza de ese monstruo era tremenda. Los dedos de Ethan se clavaban en su piel lechosa y traslúcida y podía notar sus fornidos músculos. Pero era incapaz de detenerlo. Había empezado a tener calambres en los tríceps y se le doblaban los brazos. La cara y los dientes de la criatura estaban cada vez más cerca…
Ethan se despertó de golpe, cubierto de sudor, con la respiración jadeante y el corazón latiéndole tan fuerte que parecía como si le temblase el pecho.
No tuvo ni idea de dónde se encontraba hasta que vio el cuadro de los vaqueros y la hoguera.
El despertador que había en la mesita de noche marcaba las 3.17.
Encendió la luz y se quedó mirando el teléfono.
«Dos, cero, seis… Dos, cero, seis…»
¿Cómo podía ser que no recordara su número de teléfono? ¿O el móvil de Theresa? ¿Cómo era eso posible?
Se sentó en un lateral de la cama, se puso en pie y se dirigió a la ventana.
Abrió la persiana y miró la calle, que estaba tranquila.
Edificios a oscuras.
Aceras vacías.
«Mañana todo irá mejor», pensó.
Recuperaría su teléfono, su cartera, su arma y su maletín. Llamaría a su esposa y hablaría con su hijo. Llamaría también a Seattle e informaría de la situación a su superior. Por fin retomaría la investigación que le había llevado a Wayward Pines.