Wayward Pines. El paraíso
Capítulo 5
5
Ella se acerca a Ethan y él la envuelve con los brazos y entierra la nariz en su pelo. Es algo que últimamente hace a menudo, en un intento de volver a capturar el olor del primer encuentro; aquella mezcla de perfume y acondicionador que, junto con el propio aroma del cabello de Theresa, le provocó un vuelco en el corazón. Ahora, sin embargo, ha cambiado, o se ha perdido, o se ha vuelto una parte tan integral de él que ya no puede detectar la fragancia que siempre le hacía recordar esos primeros días. La definía aún más que el pelo corto rubio y los ojos verdes. Transmitía novedad. Frescura. Era como una de esas despejadas tardes de octubre en las que el cielo está azul y radiante, las primeras nevadas han llegado a las montañas Cascades y a las Olímpicas, y los árboles de la ciudad están comenzando a cambiar de color.
La abraza.
El dolor y la vergüenza por los que la ha hecho pasar siguen presentes. No puede asegurarlo, pero sospecha que, si ella le hubiera hecho lo mismo, él ya se habría marchado. Le maravilla el amor que siente por él. Su lealtad. Mucha más de la que se merece, y eso no hace sino intensificar la vergüenza.
—Voy a ver un momento a Ben —susurra Ethan.
—De acuerdo.
—Cuando vuelva, ¿te sentarás conmigo mientras ceno?
—Claro que sí.
Él deja su abrigo en la barandilla de la escalera, se quita los zapatos negros y sube al primer piso saltándose el quinto escalón para evitar el chirrido que hace.
No hay más tablones en mal estado, y pronto llega al umbral de la habitación. Abre un poco la puerta y mira a través de ella.
Para su quinto cumpleaños, pintaron el espacio en las paredes de su dormitorio: negrura. Estrellas. Galaxias lejanas. Planetas. Algún satélite o un cohete. Un astronauta flotando.
Su hijo duerme envuelto en un revoltijo de mantas. Tiene un pequeño trofeo en las manos: un niño de plástico dorado chutando una pelota de fútbol.
Ethan cruza la habitación sin hacer ruido, esquivando los Legos y Hot Wheels que hay por el suelo.
Se arrodilla junto a la cama.
Sus ojos se han acostumbrado a la oscuridad y ahora ya puede distinguir los rasgos del rostro de Ben.
Suaves.
Serenos.
Están cerrados, pero tiene los ojos de su madre.
Y la boca de su padre.
Arrodillado en la oscuridad, junto a la cama de su hijo de casi seis años, al final de otro día que se ha perdido por completo, Ethan siente un dolor físico.
Su hijo es lo más perfecto y hermoso que sus ojos han visto nunca, y se convertirá en un hombre más pronto de lo que se puede imaginar. Siente con gran intensidad la inexorable pérdida de miles de momentos con él.
Acaricia la mejilla de Ben con el dorso de la mano.
Luego se inclina hacia adelante y lo besa en la frente.
Y le coloca un mechón detrás de la oreja.
—No te puedes ni imaginar lo orgulloso que estoy de ti —susurra.
El año pasado, la mañana del día en el que murió en una residencia aquejado por la edad y la neumonía, el padre de Ethan le preguntó con su áspera voz:
—¿Pasas tiempo con tu hijo?
—Todo el que puedo —contestó, pero su padre se dio cuenta de que mentía.
—Eres tú quien sale perdiendo, Ethan. Llegará un día en el que se habrá hecho mayor, y entonces será demasiado tarde. Un día en el que darías todo un reino para retroceder en el tiempo y pasar una hora con tu hijo pequeño. Sostenerlo en brazos. Leerle un libro. Jugar a la pelota con esa persona que te idolatra. Él todavía no ve tus defectos. Siente por ti un amor absoluto, y eso no durará, así que aprovéchalo.
Ethan piensa a menudo en esa conversación, sobre todo cuando está tumbado en la cama, de noche, mientras los demás están dormidos. Es entonces cuando comienza a darle vueltas a su vida. No puede evitar que el peso de las facturas y el futuro y sus viejas equivocaciones y todos esos momentos que se está perdiendo —toda la felicidad perdida— le opriman el pecho.
—¿Me puedes oír? Ethan…
A veces tiene la sensación de que no puede respirar.
A veces, esos pensamientos llegan con tal rapidez que ha de encontrar un recuerdo perfecto.
Aferrarse a él.
Como si fuera un bote salvavidas.
—Ethan, quiero que prestes atención a mi voz. Deja que te conduzca a la superficie de la conciencia.
Rememorarlo una y otra vez hasta que la ansiedad retrocede y llega el cansancio y finalmente puede dejarse llevar por él.
—Sé que es difícil, pero has de intentarlo.
Al único momento del día en el que se siente en paz.
—Ethan.
Los sueños.
Abrió los ojos de golpe.
Tenía una luz encima: un pequeño punto azul brillante y cegador.
Una linterna de bolsillo.
Ethan parpadeó y la luz desapareció. Cuando volvió a abrir los ojos, un hombre con gafas de montura metálica lo estaba mirando a menos de medio metro.
Sus ojos eran pequeños y negros.
Y llevaba la cabeza afeitada.
Una tenue barba blanca era lo único que podía dar una pista sobre su edad. Por lo demás, su piel era suave y lisa.
El hombre sonrió: tenía unos dientes blancos y perfectos.
—¿Me puede oír?
En su tono de voz había cierta formalidad. Sugería cordialidad.
Ethan asintió.
—¿Sabe dónde está?
Ethan tuvo que pensarlo un momento. Había estado soñando con Seattle, con Theresa y Ben.
—Comencemos con otra cuestión. ¿Recuerda su nombre? —preguntó el hombre.
—Ethan Burke.
—Muy bien. Probemos otra vez. ¿Sabe dónde está, Ethan?
Podía sentir la respuesta en el umbral de su memoria, pero también había confusión, varias realidades compitiendo entre sí.
En una, estaba en Seattle.
En otra, en un hospital.
En otra, en un idílico pueblo de montaña llamado… Había un agujero en su memoria.
—Ethan.
—Sí…
—Si le dijera que se encuentra en un hospital en Wayward Pines, ¿le despierta eso algún recuerdo?
No sólo despertó un recuerdo: hizo que todo le viniera a la cabeza de golpe, como si de repente lo hubiera arrollado con fuerza un jugador de fútbol americano. El recuerdo de los últimos cuatro días se ordenó en una secuencia de acontecimientos a la que le encontraba sentido.
—Sí —dijo Ethan—. Sí, lo recuerdo.
—¿Todo?
—Eso creo.
—¿Qué es lo último que recuerda?
Le llevó un momento sacudir las telarañas de las sinapsis, pero finalmente lo consiguió.
—Tenía un terrible dolor de cabeza. Estaba sentado en la acera de la calle Main, y…
—Perdió la conciencia.
—Exacto.
—¿Todavía le duele la cabeza?
—No, se me ha pasado.
—Soy el doctor Jenkins.
El hombre le dio la mano a Ethan y luego se sentó en una silla que había junto a la cama.
—¿Qué clase de doctor es usted? —preguntó Ethan.
—Psiquiatra. Si no le importa, necesito que me conteste a unas preguntas. La primera vez que lo trajeron al hospital, les contó al doctor Miter y a su enfermera unas cosas muy interesantes. ¿Recuerda a qué me refiero?
—No.
—Les dijo que no había podido ponerse en contacto con su familia. Y que había un cadáver en una de las casas del pueblo.
—No recuerdo haber hablado con ninguna enfermera o doctor.
—Estaba usted delirando. ¿Tiene antecedentes de trastornos mentales?
Ethan permanecía reclinado sobre la cama.
Con gran esfuerzo, se acomodó.
A través de las rendijas de la persiana cerrada se colaban rayos de luz.
Era de día.
En lo más profundo de su inconsciente, ese hecho lo alegró.
—¿Qué clase de pregunta es ésa?
—Las que me pagan por hacer. Anoche llegó a este hospital sin cartera ni identificación alguna…
—Hace varios días sufrí un accidente de coche, y ni el sheriff ni los enfermeros de la ambulancia hicieron su jodido trabajo, de modo que ahora estoy atrapado aquí sin teléfono, dinero ni carnet de identidad. No he perdido mi cartera.
—Relájese, Ethan. Nadie ha dicho que haya hecho algo malo. De nuevo, necesito que conteste a mis preguntas. ¿Tiene usted antecedentes de trastornos mentales?
—No.
—¿Y alguien de su familia?
—No.
—¿No ha sufrido nunca trastorno por estrés postraumático?
—No.
—Pero sirvió en la guerra del Golfo.
—¿Cómo sabe eso?
Jenkins señaló su cuello.
Ethan bajó la mirada y vio la chapa identificativa que colgaba de su cuello. Era extraño. Siempre la guardaba en el cajón de la mesita de noche. No podía recordar la última vez que la había llevado. Estaba seguro de no haberlo hecho en este viaje ni, desde luego, de haberla empaquetado o haber tomado la decisión de ponérsela.
Examinó la información grabada en el acero inoxidable: nombre, rango, número de seguridad social, tipo de sangre y preferencia religiosa (NINGUNA PREFERENCIA RELIGIOSA).
Sargento mayor Ethan Burke.
—Ethan…
—¿Qué?
—¿Sirvió en la guerra del Golfo?
—Sí, pilotaba un UH-60.
—¿Qué es eso?
—Un helicóptero Black Hawk.
—¿Llegó a entrar en combate?
—Sí.
—¿Muchas veces?
—Se podría decir que sí.
—¿Lo hirieron?
—No entiendo qué tiene que ver esto con…
—Limítese a contestar a mis preguntas, por favor.
—Me derribaron en la segunda batalla de Faluya, en el invierno de 2004. Era una misión de evacuación médica, y acabábamos de recoger a unos marines heridos.
—¿Murió alguien?
Ethan exhaló un largo suspiro.
La verdad era que la pregunta lo había sorprendido y, de repente, se vio asaltado por una retahíla de imágenes que le había costado muchas sesiones de terapia aceptar.
La onda de choque cuando la granada, lanzada con un cohete, explota a su espalda.
La cola y el rotor trasero cayendo a la calle desde una altura de cincuenta metros.
La repentina presión de la fuerza G cuando el helicóptero comienza a dar vueltas.
El aullido de las alarmas.
La imposible rigidez de los mandos.
El impacto, no tan fuerte como había temido.
La pérdida de consciencia durante medio minuto.
El cinturón de seguridad atascado, que le impide alcanzar el cuchillo de combate.
—Ethan. ¿Murió alguien?
Fuego insurgente al otro lado de los restos del helicóptero, alguien les dispara con un fusil AK-47.
A través del parabrisas roto, ve cómo dos médicos se alejan cojeando del helicóptero.
Confundidos por la explosión.
—Ethan…
Van directamente hacia el rotor de cuatro palas, que sigue dando vueltas a gran velocidad…
No lo ven.
Les da de lleno.
La sangre salpica el parabrisas.
Más disparos.
Los insurgentes se acercan.
—Ethan…
—Todos murieron, excepto yo —contestó Ethan.
—¿Usted fue el único superviviente?
—Así es. Me capturaron.
Jenkins anotó algo en un bloc encuadernado en piel, y luego dijo:
—Necesito hacerle unas cuantas preguntas más, Ethan. Cuanto más sincero sea, más posibilidades tendré de ayudarle, y eso es lo único que quiero. ¿Oye voces?
Ethan intentó reprimir una mirada de odio.
—¿Está de broma?
—Limítese a contestar…
—No.
Jenkins anotó algo en su bloc.
—¿Ha experimentado dificultades de habla? Algo como un discurso desordenado o confuso, por ejemplo.
—No. Tampoco deliro. Ni he sufrido ninguna alucinación, ni…
—Bueno, en realidad no puede saber si ha sufrido alguna alucinación, ¿no? En ese caso, creería que lo que ha visto y oído es real. Es decir, si yo y esta habitación del hospital fuéramos producto de una alucinación, tampoco notaría la diferencia, ¿verdad?
Ethan deslizó las piernas por un lateral de la cama y se puso en pie.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Jenkins.
Ethan se dirigió hacia el armario.
Se sentía débil y las piernas apenas lo sostenían.
—No está en condiciones de marcharse. Todavía están evaluando la resonancia magnética que le han hecho. Podría tener una lesión craneal y desconocemos la gravedad. Necesitamos continuar la evaluación y…
—Haré que me examinen. Pero no aquí. No en este pueblo.
Ethan abrió la puerta del armario y descolgó su traje.
—¿Es verdad que fue a la oficina del sheriff con el torso desnudo?
Ethan se puso la camisa blanca. Parecía que la habían lavado desde la última vez que la llevó puesta. El hedor a descomposición humana había sido reemplazado por un aroma a detergente.
—Apestaba —dijo Ethan—. Olía al hombre muerto que acababa de…
—Se refiere al de la casa abandonada que dice que encontró.
—No digo que lo encontré. Lo encontré.
—Y me han dicho que acudió a la residencia de Mack y Jane Skozie, a quienes no había visto nunca, y acosó verbalmente al señor Skozie en el porche delantero de su casa. ¿Diría que esto se ajusta a la verdad?
Con dedos trémulos y algunas dificultades para pasar los botones por los ojales, Ethan comenzó a abotonarse la camisa. Lo hizo de forma desordenada, pero no le importaba. Tenía que vestirse. Salir de allí. Largarse de ese pueblo.
—Ir por ahí con una posible lesión cerebral no parece algo muy inteligente —dijo Jenkins. Se había puesto en pie.
—Aquí hay algo raro —dijo Ethan.
—Ya lo sé, eso es lo que he estado intentando…
—No. Me refiero al pueblo. A su gente. A usted. Hay algo extraño, y va listo si cree que me voy a quedar aquí sentado para dejar que me sigan dando por el culo…
—No le estoy dando por el culo, Ethan. Nadie aquí lo está haciendo. ¿No se da cuenta de lo paranoico que suena eso? Sólo estoy intentando determinar si está sufriendo un episodio psicótico.
—Pues la respuesta es no.
Ethan se puso los pantalones, los abotonó y cogió los zapatos.
—Perdone que no dé crédito a su opinión. «Estado anormal de la mente, generalmente caracterizado por una pérdida de contacto con la realidad.» Ésa es la definición clásica de psicosis, Ethan. Podría estar causada por el accidente de coche. O por haber visto a su compañero muerto. O quizá por el resurgimiento de algún viejo trauma de la guerra.
—Salga de mi habitación —dijo Ethan.
—Ethan, su vida podría estar…
Ethan miró a Jenkins desde el otro lado de la habitación, y algo en los ojos del agente, en su lenguaje corporal, debió de sugerir una verdadera amenaza de violencia, porque el psiquiatra trató de esquivar su mirada y, por primera vez, se calló.
La enfermera Pam, que se encontraba detrás del mostrador de enfermería, levantó la mirada de unos papeles.
—¡Señor Burke! ¿Qué diantre está haciendo vestido y fuera de la cama?
—Me voy.
—¿Se va? —Lo dijo como si no hubiera comprendido lo que le había dicho—. ¿Del hospital?
—De Wayward Pines.
—Pero si ni siquiera está en condiciones para estar fuera de…
—Necesito mis cosas ahora mismo. El sheriff me dijo que posiblemente los enfermeros de la ambulancia las cogieron del coche.
—Creía que las tenía el sheriff.
—No.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Bueno, me puedo poner el disfraz Nancy Drew de detective y…
—No me haga perder el tiempo. ¿Sabe dónde están?
—No.
Ethan se dio la vuelta y se alejó pasillo abajo.
La enfermera Pam gritó su nombre.
Él se detuvo delante del ascensor y pulsó el botón de llamada.
Ella fue detrás. Él podía oír sus rápidos pasos repiqueteando sobre el linóleo de cuadros negros y blancos.
Se detuvo a unos pocos metros de Ethan.
Él medía diez o doce centímetros más que ella. También era algo mayor.
—No puedo dejar que se vaya —afirmó—. No hasta que sepamos qué le pasa.
Las puertas del ascensor se abrieron con un chirrido.
Ethan se metió dentro.
—Gracias por su ayuda y por su interés —dijo, y presionó la G tres veces hasta que el botón se iluminó—. Pero creo que ya me he dado cuenta.
—¿Qué dice?
—Es este pueblo lo que está mal.
Pam colocó un pie en el umbral del ascensor, impidiendo que se cerraran las puertas.
—Ethan, por favor. No está pensando con claridad.
—Quite el pie.
—Estoy preocupada por usted. Todo el mundo lo está.
Hasta entonces, Ethan había permanecido reclinado en la pared del ascensor. De repente, dio un paso adelante, se detuvo a unos centímetros de Pam y se la quedó mirando fijamente desde el otro lado del umbral del ascensor.
Bajó la mirada y, con la punta de su zapato negro, dio un golpecito en la punta del zapato blanco de la enfermera.
Por un momento, ella permaneció inmóvil. Ethan se preguntó si tendría que obligarla a apartar el pie del umbral de la puerta.
Finalmente, la enfermera Pam lo hizo por sí misma.
Una vez en la acera, Ethan pensó que el pueblo parecía demasiado tranquilo para la hora que era. No se oía un solo coche. De hecho, no se oía nada, salvo el canto de los pájaros y el viento empujando las copas de los árboles que se cernían sobre el jardín delantero del hospital.
Se dirigió hasta la mitad de la calzada.
Una vez ahí, aguzó el oído y miró a su alrededor.
Podía sentir los cálidos rayos del sol en el rostro.
La brisa era agradablemente fresca.
Levantó la mirada al cielo: un cristalino azul oscuro.
No había ninguna nube.
Impecable.
Sin duda, se trataba de un lugar hermoso, pero, por primera vez, las montañas que rodeaban el valle le inspiraron algo más que sobrecogimiento. Por alguna razón, lo que ahora sentía era miedo. Un temor cuyo origen no conseguía determinar.
Se sentía… extraño.
Quizá había sufrido una herida. Pero quizá no.
Quizá el hecho de haber permanecido alejado del mundo exterior durante cinco días estaba comenzando a pasarle factura.
Sin iPhone, ni internet, ni Facebook.
Ahora que lo pensaba, le parecía imposible no haber tenido contacto alguno con su familia, ni con Hassler, ni con nadie que no fuera de Wayward Pines.
Comenzó a caminar en dirección a la oficina del sheriff.
Sería mejor marcharse. Reagruparse. Volver a repasarlo todo desde el otro lado de esas montañas.
En la comodidad de un pueblo normal.
Porque definitivamente allí había algo que no cuadraba.
—¿Está el sheriff Pope?
Belinda Moran levantó la mirada de su partida de solitario.
—Hola —dijo—. ¿En qué puedo ayudarlo?
Ethan volvió a hacerle la misma pregunta en un tono de voz más alto.
—¿Está el sheriff Pope?
—No, ha salido un momento.
—Entonces ¿volverá pronto?
—No sé cuándo volverá.
—Pero ha dicho «un momento», o sea, que…
—No es más que una expresión, joven.
—¿Me recuerda? Soy el agente Burke, del Servicio Secreto.
—Sí. Ahora lleva camisa. Me alegro de que por fin haya decidido vestirse.
—¿Me ha llamado alguien?
Ella frunció el ceño y ladeó la cabeza.
—¿Por qué habría de llamarlo alguien aquí?
—Porque les dije a varias personas que podrían localizarme aquí.
Belinda negó con la cabeza.
—No ha llamado nadie preguntando por usted.
—¿Ni mi esposa, Theresa, ni un agente llamado Adam Hassler?
—No ha llamado nadie preguntando por usted, señor Burke, y usted no tiene ningún permiso para recibir llamadas en esta oficina.
—Necesito volver a utilizar el teléfono de la sala de reuniones.
Belinda frunció el ceño.
—No creo que sea una buena idea.
—¿Por qué?
Ella no le respondió. Se limitó a mantener el ceño fruncido.
—Theresa, soy yo. Sólo intentaba localizarte. He vuelto a estar en el hospital. No sé si has llamado a la oficina del sheriff o al hotel, pero no he recibido ningún mensaje. Sigo en Wayward Pines. No he conseguido encontrar el teléfono ni la cartera, pero ya estoy hasta las narices de este lugar. Voy a tomar prestado un coche patrulla de la oficina del sheriff. Te llamo esta noche cuando llegue a Boise. Te echo de menos, te quiero.
Colgó y se inclinó hacia adelante en la silla. Volvió a descolgar y, entonces, cerró los ojos e intentó recordar el número.
Apareció en su memoria.
Lo marcó y, tras cuatro timbrazos, volvió a oír la misma voz de la última vez.
—Servicio Secreto.
—Soy Ethan Burke. Quiero hablar con Adam Hassler.
—No está disponible en este momento. ¿Puedo ayudarlo yo en algo?
—¿Es usted Marcy?
—Sí.
—¿Recuerda nuestra conversación de ayer?
—Recibimos muchas llamadas cada día, y no puedo recordar tod…
—Me dijo que le daría al agente Hassler mi recado.
—¿De qué se trataba?
Ethan cerró los ojos y respiró hondo. Si la insultaba, ella le colgaría. Si esperaba a estar de vuelta en Seattle, podría destriparla en público y hacer que la despidieran de inmediato.
—Se trata de un agente del Servicio Secreto muerto en Wayward Pines, Idaho.
—Hum. Bueno, si dije que le daría su recado, estoy segura de que lo hice.
—Pero no sé nada de él. Fíjese bien: un agente de la oficina de Hassler, en este caso yo, tiene como misión encontrar a otro agente. Y mire usted por dónde que, cuando lo encuentra, resulta que está muerto. Lo han asesinado. Ahora dígame: ¿no le parece extraño que, veinticuatro horas después de avisarlo, Hassler todavía no me haya devuelto la llamada?
Hubo una breve pausa.
—¿Hay algo en que pueda ayudarlo yo?
—Sí, me gustaría hablar ahora mismo con el agente Hassler.
—Oh, lo siento, no está disponible en este momento. ¿Hay algo…?
—¿Dónde está?
—No está disponible.
—¿Dón-de es-tá?
—No está disponible en este momento, pero estoy segura de que lo llamará en cuanto pueda. Ha estado muy liado.
—¿Quién es usted, Marcy?
Ethan notó que le quitaban el auricular del teléfono de las manos.
El sheriff Pope colgó el auricular de golpe y lo fulminó con la mirada.
—¿Quién le ha dicho que puede venir aquí y utilizar mi teléfono?
—Nadie, yo sólo…
—Así es. Nadie. Póngase en pie.
—¿Cómo dice?
—He dicho que se ponga en pie. Puede salir de aquí por su propio pie, o puedo arrastrarlo por el vestíbulo yo mismo.
Ethan se puso en pie lentamente y se quedó mirando al sheriff desde el otro lado de la mesa.
—Está hablando con un agente federal, señor.
—No estoy muy convencido de eso.
—¿Qué diantre quiere decir?
—Se presenta usted aquí sin identificación, ni teléfono, ni nada…
—Ya le he explicado mi situación. ¿Ha acudido al 604 de la Primera Avenida a ver el cadáver del agente Evans?
—Sí.
—¿Y bien?
—Lo estamos investigando.
—¿Ha llamado a los especialistas para que examinen los…?
—Estamos en ello.
—¿Qué significa eso?
Pope se lo quedó mirando. Ethan pensó: «Está desquiciado y no tienes ningún apoyo en este pueblo. Limítate a conseguir un coche y a salir de aquí. Ya irás a por él cuando regreses con la caballería. Perderá la placa y lo procesarán por entorpecer una investigación federal».
—He de pedirle un favor —dijo Ethan en un tono conciliador.
—¿Qué?
—Me gustaría tomar prestado uno de sus vehículos.
El sheriff se rio.
—¿Por qué?
—Bueno… Obviamente, desde el accidente no dispongo de ninguno.
—Esto no es un local de alquiler de vehículos.
—Necesito transporte, Arnold.
—No es posible.
—¿Acaso no es el sheriff? Puede hacer lo que quiera, ¿no?
El sheriff parpadeó.
—No puedo dejarle ninguno. —Pope comenzó a caminar en dirección a la puerta —. Vamos, señor Burke…
Se detuvo delante de la puerta abierta y esperó a Ethan.
Cuando éste llegó a su altura, Pope lo agarró del brazo y tiró de él. Su mano, grande y poderosa, le aplastó el bíceps.
—Puede que dentro de no mucho tenga que hacerle unas preguntas.
—¿Sobre qué?
Pope se limitó a sonreír.
—Ni se le ocurra marcharse del pueblo.
Mientras se alejaba de la oficina del sheriff, Ethan echó un vistazo por encima del hombro y vio que Pope lo observaba a través de las persianas de la sala de reuniones.
El sol ya se había escondido por detrás de las montañas.
El pueblo estaba en silencio.
Recorrió una manzana y se sentó en el bordillo de una silenciosa calle.
—Todo esto es muy extraño —susurró para sí, y luego lo repitió varias veces.
Se sentía débil y hambriento.
Pensó en todo lo que le había sucedido desde que había llegado a Wayward Pines e intentó encajar las piezas. Creía que, si conseguía verlo todo en conjunto, podría desentrañar todos esos extraños acontecimientos y resolver el problema. O, al menos, encontrarle un sentido. Pero, cuanto más lo intentaba, más tenía la sensación de estar pensando dentro de una nube.
Tuvo una epifanía: allí sentado no iba a conseguir cambiar absolutamente nada.
Se puso en pie y comenzó a caminar en dirección a la calle Main.
«Debería ir al hotel. Puede que haya algún recado de Theresa o de Hassler.»
Eran falsas esperanzas. Lo sabía. No encontraría ningún mensaje. Sólo animosidad.
«No estoy perdiendo la cabeza. No estoy perdiendo la cabeza.»
Dijo en voz alta su nombre. Su número de la Seguridad Social. Su dirección en Seattle. El apellido de soltera de Theresa. La fecha de nacimiento de su hijo. Todo parecía real. Fragmentos de información que conformaban su identidad.
Esos nombres y números le resultaban tranquilizadores.
Al llegar a la manzana siguiente, un sonido metálico llamó su atención.
Al otro lado de la calle, había un solar vacío con varias mesas de picnic, unas cuantas barbacoas y un par de fosos de tierra para jugar a las herraduras. Unas familias estaban celebrando una fiesta. Junto a un par de neveras rojas había un grupo de mujeres charlando mientras dos hombres cocinaban hamburguesas y perritos calientes en una barbacoa. Espirales de humo se elevaban al sereno cielo vespertino. El olor a carne hizo que a Ethan le doliera el estómago, y se dio cuenta de que tenía más hambre de la que creía.
Tenía un nuevo objetivo: comer.
Cruzó la calle en dirección al canto de los grillos y el sonido de los aspersores.
No pudo evitar preguntarse si serían reales.
Los niños se perseguían en la hierba. Corrían, reían, gritaban.
Estaban jugando.
El ruido metálico provenía del juego de las herraduras. Dos grupos de hombres permanecían de pie en fosos opuestos. El humo de los cigarrillos envolvía sus cabezas como halos en expansión.
Ethan ya casi había llegado al solar. Pensó que lo mejor sería acercarse a las mujeres y utilizar su encanto. Parecía un grupo de personas decentes viviendo un auténtico momento del sueño americano.
Mientras cruzaba la calzada en dirección al solar, pasó la mano por la americana para alisar las arrugas y colocar bien el cuello.
Había cinco mujeres. Una de veintipocos, tres entre los treinta y los cuarenta, y otra, con el pelo canoso, de cincuenta y tantos o sesenta y pocos.
Bebían limonada en vasos de plástico transparente y comentaban cotilleos del vecindario.
Todavía no lo había visto nadie.
Cuando estaba a unos diez metros, y mientras intentaba pensar en un modo no intrusivo de interrumpir la conversación de las mujeres, una de ellas —que debía de tener su edad— se volvió hacia él y sonrió.
—¡Ey, hola! —dijo ella.
Vestía una falda por debajo de las rodillas, zapatos planos de color rojo y una blusa de cuadros. Llevaba el pelo corto y con un peinado retro, digno de una serie televisiva de los años cincuenta.
—Hola —dijo Ethan.
—¿Se quiere unir a nuestra pequeña fiesta vecinal?
—He de admitir que el olor de lo que sea que estén cocinando en esa barbacoa ha llamado mi atención.
—Me llamo Nancy. —La mujer se apartó del grupo y le ofreció la mano.
—Ethan —dijo él.
—¿Eres nuevo aquí? —preguntó ella.
—Llegué al pueblo hace unos días.
—¿Y qué te parece nuestra pequeña aldea?
—Tenéis un pueblo encantador. Muy cálido y acogedor.
—Oh, gracias. Al final puede que sí te demos de comer… —dijo ella, y se rio.
—¿Vives por aquí? —preguntó Ethan.
—Sí, todos vivimos cerca. Los vecinos intentamos juntarnos para hacer una barbacoa al menos una vez a la semana.
—Qué Mayberry[1] de vuestra parte.
La mujer se sonrojó.
—¿Y qué estás haciendo en Wayward Pines, Ethan? —preguntó ella.
—Oh, estoy de vacaciones.
—Qué envidia. Yo ya ni recuerdo mis últimas vacaciones.
—Cuando uno vive en un sitio como éste —dijo Ethan al tiempo que señalaba las montañas circundantes—, ¿por qué querría marcharse?
—¿Te apetece un vaso de limonada? —preguntó Nancy—. Es casera y está deliciosa.
—Desde luego.
Ella le tocó el brazo.
—Ahora vuelvo. Luego te presentaré a los demás.
Mientras Nancy iba a las neveras, Ethan echó un vistazo a las demás mujeres en busca de una oportunidad para entrar en la conversación.
La mayor del grupo —una mujer con el pelo completamente blanco— se reía de algo. Él tuvo la sensación de que había oído esa risa antes.
Luego ella se colocó el pelo detrás de las orejas y Ethan pudo ver la marca de nacimiento que tenía en el rostro. Era una mancha del tamaño de una moneda de cinco centavos. El corazón le dio un vuelco.
No podía ser, pero…
La misma altura.
La misma complexión.
Su voz le resultaba, también, incuestionablemente familiar.
—Ésta no te la perdono, Christine —oyó que le decía a otra mujer más joven mientras se alejaba del grupo.
Se acercó a los hombres y entrelazó su mano con la de un individuo alto y de espaldas anchas que lucía una melena de pelo ondulado y plateado.
—Vamos, Harold. Nos vamos a perder nuestro programa —dijo ella tirando de él.
—Un lanzamiento más —protestó él.
La mujer lo soltó. Ethan permanecía estupefacto. Harold cogió entonces una herradura de la arena, apuntó y la lanzó.
La herradura voló sobre la arena y se insertó en la varilla metálica.
Los hombres del equipo de Harold estallaron en vítores. Él les correspondió con unas cuantas reverencias teatrales mientras dejaba que la mujer del pelo blanco se lo llevara.
Sus amigos les dieron las buenas noches.
—Aquí está tu limonada, Ethan. —Nancy le ofreció el vaso.
—Lo siento, me he de ir —respondió él, luego se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la calle.
—¿No te quieres quedar y comer? —exclamó Nancy a su espalda.
Cuando llegó a la esquina, vio que la pareja mayor estaba a una manzana de distancia.
Aceleró el paso.
Los siguió varias manzanas mientras ellos caminaban con el paso de dos personas que no tienen ni una sola preocupación en el mundo. Iban charlando con las manos entrelazadas. Sus voces y risas se perdían entre los pinos.
En un momento dado, desaparecieron detrás de una esquina.
Ethan corrió hasta la siguiente intersección.
Pintorescas casas victorianas a ambos lados de la calle.
Ni rastro de la pareja.
De repente, resonó en la calle el ruido de una puerta al cerrarse. Ethan se volvió e identificó la casa de la que procedía. Era una de color verde con los bordes blancos. En el porche delantero había un columpio. La tercera por la izquierda.
Cruzó la calle y caminó por la acera hasta llegar a su altura.
Tenía un pequeño jardín de perfecta hierba verde y el porche delantero estaba bajo la sombra de un viejo pino. El apellido del buzón no le sonaba. Se apoyó en la cerca de madera. Estaba anocheciendo. Las luces de algunas casas se habían comenzado a encender. A través de algunas ventanas abiertas se podían oír fragmentos de conversaciones.
El silencioso valle se enfriaba mientras en lo alto de las montañas circundantes se podían ver los últimos rayos de sol del día.
Ethan descorrió el pestillo de la verja y la abrió.
Recorrió un viejo sendero de piedra hasta el porche.
Los escalones crujieron bajo su peso.
Se detuvo delante de la puerta.
Podía oír voces al otro lado.
Y pasos.
Una parte de él no quería llamar.
Dio unos golpecitos en el cristal de la puerta exterior y retrocedió un paso.
Esperó un minuto, pero no acudió nadie.
Volvió a llamar una segunda vez, golpeando con más fuerza.
Se acercaron unos pasos. Oyó que descorrían el cerrojo. La puerta de madera se abrió.
El hombre de espaldas anchas se lo quedó mirando a través del cristal.
—¿Puedo ayudarlo en algo?
Ethan sólo necesitaba verla de cerca, bajo la luz del porche. Confirmar que no era ella, que no se estaba volviendo loco. Dedicar su atención exclusivamente a la miríada de problemas que tenía en ese pueblo.
—Busco a Kate.
El hombre permaneció un momento en silencio.
Finalmente, abrió la puerta de cristal.
—¿Quién es usted?
—Ethan.
—¿Quién?
—Un viejo amigo.
El hombre se volvió y exclamó:
—Cariño, ¿podrías venir un momento a la puerta?
Ella respondió con algo que Ethan no pudo oír bien, y a lo que el hombre contestó:
—No tengo ni idea.
Entonces apareció una sombra al final del pasillo que conducía a la cocina. La mujer pasó fugazmente por delante de la luz de una lámpara del techo y recorrió el salón con los pies descalzos.
El hombre se hizo a un lado y ella ocupó su lugar.
Ethan se la quedó mirando a través de la puerta de cristal.
Cerró los ojos y los volvió a abrir. Seguía de pie en el porche, y ella detrás del cristal.
—Sí… —dijo ella.
Esos ojos.
Inconfundibles.
—¿Kate?
—Sí…
—¿Hewson?
—Ése era mi nombre de soltera.
—Oh, Dios mío.
—Lo siento… ¿Lo conozco?
Ethan no podía apartar los ojos de ella.
—Soy yo —dijo—. Ethan. Vine aquí en tu busca, Kate.
—Creo que me está confundiendo con otra persona.
—Te reconocería donde fuera. Con la edad que fuera.
Ella volvió la cabeza por encima del hombro y dijo:
—Sí, cariño. Ahora voy.
Kate abrió la puerta y salió hasta la alfombrilla de bienvenida. Llevaba unos pantalones de color crema y una desvaída camiseta azul sin mangas.
Y un anillo de casada.
Olía como Kate.
Pero era mayor.
—¿Qué sucede? —preguntó Ethan.
Ella lo cogió de la mano y lo condujo al columpio que había al final del porche.
Se sentaron.
La casa se encontraba en una pequeña elevación, y desde el porche se veía el valle y el pueblo. Las luces de casi todas las casas se habían encendido, y habían aparecido tres estrellas.
Un grillo, o la grabación de un grillo, se oía entre los arbustos.
—Kate…
Ella puso una mano en su pierna, apretó, y se inclinó hacia él.
—Nos están observando.
—¿Quién?
—Chsssss. —Ella señaló disimuladamente el techo con el dedo y susurró—: Y escuchando.
—¿Qué te ha pasado?
—¿Es que ya no me encuentras guapa? —Ese tono sarcástico y mordaz era típico de Kate. Ella bajó la mirada un momento, y cuando volvió a levantarla sus ojos resplandecían—. Cuando por las noches me peino delante del espejo, todavía pienso en tus manos recorriendo mi cuerpo. Ya no es el de antes.
—¿Cuántos años tienes, Kate?
—Ya no lo sé. Es difícil llevar la cuenta.
—Llegué aquí en tu busca hace cuatro días. Perdieron el contacto contigo y con Evans, y me enviaron para que os encontrara. Evans está muerto. —A ella esa afirmación no pareció sorprenderle—. ¿Qué estabais haciendo aquí tú y Bill?
Ella se limitó a negar con la cabeza.
—¿Qué está pasando?
—No lo sé.
—Pero vives aquí.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Hace años.
—Eso es imposible. —Ethan se puso en pie. Los pensamientos se le arremolinaban en la cabeza.
—No tengo respuestas, Ethan.
—Necesito un teléfono, un coche, una pistola si tienes…
—No puedo, Ethan. —Ella se puso en pie—. Deberías marcharte.
—Kate…
—Ahora.
Él le sostuvo las manos.
—Tú eras la mujer que anoche me atendió cuando perdí la conciencia en la calle. —La observó detenidamente. Las líneas de expresión y las patas de gallo surcaban su rostro, pero todavía era hermosa—. ¿Qué me está pasando?
—Basta. —Ella intentó soltarse.
—Estoy metido en un problema —dijo él.
—Ya lo sé.
—Dime qué…
—Ethan, ahora estás poniendo mi vida en peligro. Y la de Harold.
—¿Por qué?
Ella se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección a la puerta. Cuando llegó, volvió la cabeza y, por un momento, en la oscuridad, a Ethan le pareció que todavía tenía treinta y seis años.
—Podrías ser feliz, Ethan.
—¿De qué estás hablando?
—Aquí podrías tener una vida maravillosa.
—Kate…
Ella abrió la puerta y entró en su casa.
—Kate…
—¿Qué?
—¿Estoy loco?
—No —dijo ella—. En absoluto.
Cerró la puerta tras de sí y echó el cerrojo. Ethan se acercó entonces a la puerta de cristal y contempló su propio reflejo. Casi esperaba ver a un hombre de sesenta años, pero su aspecto seguía siendo el mismo.
Ya no tenía hambre.
Ni estaba cansado.
Descendió los escalones del porche, recorrió el sendero y llegó a la acera. Sentía una opresión en el centro del pecho. Era una sensación familiar, como la que solía tener justo antes de una misión, al caminar hacia el helicóptero mientras el equipo de tierra cargaba la ametralladora Gatling de calibre cincuenta y los misiles Hellfire.
Miedo.
Ethan no vio el coche hasta que llegó a la siguiente manzana. Se trataba de un Buick LeSabre de la década de los ochenta, con el parabrisas cubierto de hojas de pino secas y las ruedas algo flojas.
Las puertas estaban cerradas.
Se acercó entonces al porche de la casa más cercana y cogió un querubín de piedra que había bajo una ventana. A través de las finas cortinas, vio a un niño que tocaba una preciosa pieza en un piano vertical. La ventana estaba abierta unos diez centímetros, y las notas llegaban con claridad al porche.
Al lado del niño, había una mujer que iba volviendo las páginas de la partitura.
Aunque sólo medía unos treinta centímetros, el querubín era de hormigón sólido y debía de pesar más de diez kilos.
Ethan lo cargó hasta la calle.
No había forma de hacer esto en silencio.
Arrojó el ángel a la ventanilla del conductor y el cristal se rompió con facilidad. Luego abrió la puerta y se sentó al volante, encima de los restos de cristales rotos. El impacto había decapitado el ángel, y Ethan cogió la cabeza del asiento trasero.
Dos golpes fueron suficientes para romper la cobertura de plástico que había debajo de la columna de dirección y dejar a la vista el cilindro de arranque.
Dentro del coche había poca luz.
Tuvo que buscar los cables de arranque y alimentación a tientas.
La música del piano había dejado de sonar. Echó un vistazo al porche y vio dos siluetas detrás de la cortina.
Ethan cogió la navaja de bolsillo que llevaba en la americana, abrió la hoja más larga y cortó los cables blancos, con los que esperaba arrancar el coche. Luego peló el plástico de los extremos y enroscó los cables.
La luz del salpicadero se encendió.
La puerta de la casa se abrió al tiempo que encontraba el cable de arranque.
—Mira la ventanilla del coche —se oyó decir a un niño.
Ethan peló el plástico del cable de arranque, dejando a la vista los hilos de cobre.
—Espera aquí, Elliot —dijo la mujer.
Por favor, por favor, por favor.
Ethan juntó el cable de arranque con el de alimentación. Una chispa azul refulgió en la oscuridad.
El motor carraspeó.
La mujer comenzó a recorrer el patio en dirección al coche.
—Vamos —dijo Ethan.
Volvió a juntar los cables, y el motor volvió a carraspear.
Una vez.
Dos.
Tres.
A la cuarta, arrancó.
Encendió los faros y puso primera al mismo tiempo que la mujer llegaba a la puerta del acompañante y se ponía a gritar al otro lado del cristal.
Ethan salió pitando calle abajo.
Al llegar al primer cruce, giró a la izquierda y levantó ligeramente el pie del pedal para reducir la velocidad. No quería llamar la atención. No era más que alguien que estaba dando un agradable paseo vespertino.
Según el indicador de gasolina, todavía le quedaba un cuarto del depósito. La luz de la reserva aún no se había encendido. Ningún problema. Había combustible suficiente para salir de Wayward Pines. A unos sesenta kilómetros, había un pueblo con gasolinera. Lowman, Idaho. Estaba al pie de esa misma carretera. Se habían detenido en ella de camino a Wayward Pines. Todavía recordaba a Stallings, trajeado, junto al surtidor de gasolina y llenando el depósito. Ethan se había acercado al borde de la carretera desierta y había contemplado los edificios vacíos que había enfrente: un motel y un colmado cerrados, y un restaurante, todavía abierto pero sin apenas clientela. De un conducto de ventilación del tejado salía humo con olor a grasa.
Desde ahí, casi sin cobertura, había llamado a Theresa.
Apenas recordaba la conversación que habían mantenido. En aquel momento él tenía la cabeza en otro sitio.
Fue la última vez que habló con su esposa.
Esperaba haberle dicho que la quería.
Al llegar a otro cruce, detuvo el Buick y encendió el intermitente izquierdo. Exceptuando un puñado de gente en las aceras, hasta donde podía ver el centro estaba muerto y la calle Main vacía.
Ethan giró suavemente a la izquierda y aceleró lentamente en dirección al sur.
Pasó por delante del pub, del hotel y de la cafetería.
Unas manzanas después, cruzó por delante del hospital.
No había afueras.
Los edificios simplemente terminaban.
Aceleró.
Se alegraba de salir al fin del pueblo. Con cada revolución del cigüeñal tenía la sensación de quitarse un palpable peso de los hombros. Debería haber hecho esto dos días atrás.
Esta zona no parecía estar habitada. La carretera seguía una trayectoria recta a través de un bosque de pinos tan grandes que debían de tener más de cien años.
El viento que se colaba dentro del coche era frío y aromático.
La niebla flotaba entre los árboles y sobre la carretera.
La luz de los faros apenas servía de nada. La visibilidad era cada vez menor.
La luz de la reserva se encendió.
Mierda.
La salida sur del pueblo consistía en una empinada y serpenteante pendiente de varios kilómetros, y en cualquier momento comenzaría la ascensión. En ella gastaría toda la gasolina que le quedaba. Debería dar media vuelta y regresar al pueblo para poner gasolina y asegurarse así de llegar a Lowman.
Ethan frenó para tomar una larga y pronunciada curva.
Entonces, la niebla se espesó todavía más. La visibilidad era ahora prácticamente nula. Ethan ralentizó y siguió avanzando muy lentamente sin otra guía que el desvaído haz de luz amarillento de los faros.
Finalmente, la carretera volvió a enderezarse y Ethan dejó atrás la niebla y los árboles.
A lo lejos vio un letrero.
Todavía se encontraba a varios centenares de metros de distancia, y lo único que podía distinguir eran cuatro figuras con los brazos entrelazados.
Lucían una amplia sonrisa dentuda.
Un niño con pantalones cortos y camiseta de rayas.
Madre e hija ataviadas con vestidos.
El padre trajeado, con un sombrero fedora en la cabeza y saludando con la mano.
Bajo la perfecta familia sonriente, se podía leer en letras mayúsculas:
BIENVENIDO A WAYWARD PINES,
DONDE EL PARAÍSO ES UN HOGAR
Ethan pasó de largo el letrero a toda velocidad. En paralelo a la carretera había una cerca de madera. Los faros del coche iluminaban de refilón un pasto y unas cuantas reses de ganado.
Luces a lo lejos.
Dejó atrás el pasto.
Pronto volvía a haber casas a ambos lados.
La carretera se ensanchó y perdió la doble línea amarilla.
Se había convertido en la Primera Avenida.
Volvía a estar en el pueblo.
Ethan aparcó, miró por el parabrisas e intentó no dejarse llevar por el pánico. Tenía que haber una explicación muy sencilla. Seguro que se había saltado el desvío hacia el puerto de montaña. Debía de haber pasado a su lado sin verlo por culpa de la densa niebla.
Dio media vuelta y volvió a enfilar la carretera. Al llegar a la pastura, iba a cien kilómetros por hora.
Una vez de vuelta a la niebla y los altos pinos, buscó un letrero o alguna indicación que señalara el desvío de la carretera que llevaba al puerto, pero no vio nada.
En el punto más cerrado de la curva, aparcó a un lado y puso punto muerto.
Dejó el coche en marcha y descendió.
Cruzó al otro lado de la carretera y comenzó a caminar por la cuneta.
La espesura de la niebla le impedía ver el coche. Todavía podía oír el motor, pero el ruido era más débil a cada paso.
Tras recorrer unos doscientos metros, se detuvo.
Había llegado al otro lado de la curva, donde la carretera se volvía a enderezar y regresaba al pueblo.
Ya no podía oír el motor del coche.
No soplaba viento alguno, y el bosque permanecía inmóvil y en silencio.
La niebla se cernía a su alrededor. Parecía contener una carga eléctrica, pero sabía que ese zumbido no era más que un ruido microscópico que se encontraba en su cabeza, audible únicamente por la total ausencia de sonidos a su alrededor.
Era imposible.
La carretera no debería llevar de nuevo al pueblo.
Debería adentrarse un kilómetro más en esos pinos y luego iniciar una larga serie de zigzags por el lateral de la montaña en dirección al sur.
Descendió de la cuneta y comenzó a caminar hacia los árboles.
El suelo estaba cubierto de hojas de pino y le daba la sensación de estar caminando sobre cojines.
El aire era húmedo y frío.
Estos árboles… Nunca había visto unos pinos tan altos y con tan poco sotobosque. Había mucho espacio y no costaba nada avanzar entre los troncos. Perderse no debía de ser muy difícil.
Dejó la niebla atrás y al levantar la mirada vislumbró la centelleante luz de las estrellas entre las copas de los árboles.
Recorrió otros cincuenta metros y se detuvo. Sería mejor que regresara. Seguro que había otras carreteras para salir del pueblo, y ya estaba comenzando a desorientarse. Echó un vistazo hacia atrás y creyó reconocer el camino que había tomado para llegar a este punto, pero no estaba seguro. Todo tenía el mismo aspecto.
De repente, oyó un grito.
Se quedó inmóvil.
El corazón le latía con fuerza.
El grito que acababa de oír sólo podía compararse con el de un ser humano
sufriendo o asustado. Parecía el de una hiena o un [2] banshee. Quizá un coyote. O el mítico grito de batalla de los soldados confederados. Alto y claro. Frágil. Terrible. Y, por debajo de la superficie, como el zumbido de unos cables eléctricos enterrados, la sensación de que no era la primera vez que lo oía.
Se oyó otro grito.
Más cerca.
Una alarma se le activó entre ceja y ceja y en la boca del estómago: lárgate de aquí. No lo pienses. Hazlo. Ahora.
Apretó a correr entre los árboles de vuelta a la niebla y el frío. A las veinte zancadas ya resollaba.
Al llegar a la carretera, el terreno hacía subida, y Ethan tuvo que trepar a cuatro patas para llegar al asfalto. A pesar del frío, había comenzado a sudar. El agua salada se le metía en los ojos y le escocía. Recorrió a toda velocidad la doble línea amarilla en dirección a la curva hasta que vio dos cilindros de luz que atravesaban la niebla a lo lejos.
Aminoró el paso y, por encima del ruido de su respiración jadeante, oyó al fin el motor en marcha del coche robado.
Cuando llegó a su lado, abrió la puerta del conductor y se sentó al volante. Desesperado por marcharse de ese lugar, puso el pie en el embrague y la mano en el cambio de marchas.
Mirando con el rabillo del ojo le pareció ver una sombra en el espejo retrovisor lateral. Miró entonces por el del interior del coche y, a través del resplandor rojo de las luces de frenado, divisó un coche patrulla, apenas visible por la niebla, aparcado a unos diez metros del parachoques trasero.
Cuando volvió a mirar por la ventanilla del conductor, el cañón de una escopeta lo estaba apuntando a unos pocos centímetros de distancia. Una linterna iluminaba el interior del coche con una intensa luz que resplandecía en los elementos cromados y el cristal.
—Debe de estar mal de la cabeza.
Era el sheriff Pope.
El cristal amortiguaba ligeramente el iracundo tono de su voz.
Se preguntó si el sheriff Pope le dispararía si ponía primera y pisaba a fondo el acelerador. A esta distancia, con un arma de calibre 12, el disparo lo decapitaría.
—Ponga ambas manos en el volante muy lentamente —dijo Pope— y utilice la derecha para apagar el coche.
—Ya sabe quién soy. Será mejor que no se interponga en mi camino. Me voy de este pueblo —dijo Ethan a través del cristal.
—Y un cuerno.
—Soy un agente del gobierno de Estados Unidos, con todo…
—No, usted es un tipo sin identificación ni placa que acaba de robar un coche y que podría haber asesinado a un agente federal.
—¿De qué diantre está hablando?
—No se lo voy a decir otra vez, amigo.
Algo obligó a Ethan a obedecer. Llevarle la contraria a ese hombre podía ser peligroso. Incluso podía costarle la vida.
—Está bien —dijo Ethan—. Deme un segundo. He puenteado el coche. He de separar los cables para apagarlo.
Ethan encendió la luz interior del coche, metió las manos debajo de la columna de dirección y desanudó los cables blancos.
Las luces se apagaron.
El motor se detuvo.
Todo quedó a oscuras, salvo el intenso resplandor de la linterna de Pope.
—¡Salga del coche!
Ethan tiró de la manilla, empujó la puerta con el hombro y bajó del coche. La niebla envolvía el haz de la linterna. La furiosa sombra de Pope se intuía detrás de la luz y la escopeta. Sus ojos quedaban ocultos bajo el ala de su sombrero Stetson.
Ethan percibió el olor a aceite del arma. Supuso que Pope era uno de esos tipos que cuidan con gran celo de su arsenal.
—¿No le dije que no se marchara del pueblo? —exclamó Pope.
Ethan habría respondido, pero de repente el haz de luz cayó al suelo. Un segundo antes de que le golpeara, se dio cuenta de que la sombra que se dirigía hacia su cabeza era la culata de la escopeta.
El ojo izquierdo se le había cerrado por culpa del golpe. Estaba caliente e hinchado, y palpitaba. Utilizó el otro ojo para observar la sala de interrogatorios. Claustrofóbica y vacía. Paredes de bloques de hormigón pintados de blanco. Suelo de cemento. Y una sola mesa de madera. Frente a Ethan estaba sentado Pope, sin sombrero ni chaqueta, con las mangas de la camisa verde oscuro arremangadas, lo que dejaba a la vista unos gruesos antebrazos de marcados músculos y llenos de pecas.
Ethan se limpió el hilo de sangre que le caía del corte que tenía encima de la ceja izquierda.
Bajó la mirada al suelo.
—¿Me podría dar una toalla, por favor?
—No. Puede permanecer sentado, sangrar y contestar a mi pregunta.
—Más adelante, cuando todo esto haya acabado y haya salido de prisión, lo invitaré a mi casa para que vea su placa. Estará enmarcada y colgada encima de la repisa de mi chimenea.
Esto provocó una radiante sonrisa.
—¿Eso cree?
—Ha agredido a un agente federal. Eso supone el punto final de cualquier carrera.
—Cuénteme otra vez cómo descubrió el cadáver en el 604. Y no me venga con chorradas de camareras inexistentes…
—¿De qué está hablando?
—De la verdad.
—Lo que le conté es la verdad.
—¿En serio? ¿Quiere ir por esa vía? Porque quizá le interese saber que fui al pub. —Los dedos de Pope tamborileaban sobre el tablero de la mesa—. En ese establecimiento ni siquiera trabaja una mujer, y nadie lo vio ahí hace cuatro noches.
—Alguien está mintiendo.
—Lo que me pregunto es… ¿cuál es la verdadera razón por la que ha venido a Wayward Pines?
—Ya se lo dije.
—¿La «investigación»? —dijo Pope haciendo el símbolo de las comillas con los dedos.
Ethan respiró hondo. Podía sentir la rabia repiqueteando contra su pecho como si se tratara de arena en el interior de una calavera blanqueada. Le volvía a doler la cabeza, y sabía que en parte se debía al golpe que Pope le había dado en la cara. Pero también notaba ese viejo y familiar martilleo en la base del cráneo que lo había acompañado desde que se despertó junto al río sin saber quién era o dónde estaba. Y había algo más: el desconcertante déjà vu que rodeaba el interrogatorio.
—Hay algo extraño en este lugar —dijo Ethan. Un cúmulo de emociones le congestionaba el pecho. Ya eran cuatro los días de dolor, confusión y aislamiento—. Esta tarde he visto a mi antigua compañera.
—¿Quién?
—Kate Hewson. Ya le hablé de ella. Estaba más vieja. Tenía al menos veinte años más de los que debería tener. ¿Cómo es eso posible? Dígamelo.
—No lo es.
—¿Y por qué no consigo ponerme en contacto con nadie? ¿Por qué no hay ninguna carretera que salga del pueblo? ¿Acaso es una especie de experimento?
—Claro que hay carreteras que salen del pueblo. ¿Tiene idea de lo disparatadas que suenan sus palabras?
—En este lugar hay algo extraño.
—No, lo único extraño es usted. Tengo una idea…
—¿Qué?
—¿Qué le parece si le doy una hoja de papel y le dejo algo de tiempo para que escriba en ella todo lo que quiera contarme? ¿Tendrá suficiente con una hora?
La oferta provocó un escalofrío en Ethan.
—¿Quizá contestaría con más rapidez a mis preguntas si llevara puesta una capucha negra? ¿O si lo colgara de las muñecas y le hiciera cortes? ¿Le gustaría que le hiciera cortes, Ethan? —Pope sacó algo de su bolsillo y lo arrojó encima de la mesa, delante de Ethan.
—¿La tenía usted? —dijo Ethan al ver la cartera. La cogió y la abrió: detrás de una funda de plástico transparente había unas credenciales del Servicio Secreto, pero no eran las suyas.
Era la placa de William V. Evans.
—¿Dónde está la mía? —preguntó Ethan.
—Sí, ¿dónde? William Evans. Agente especial. Servicio Secreto. Oficina de Boise. ¿Cómo supo que el cadáver de la casa abandonada era el de Evans?
—Ya se lo he dicho. Me enviaron aquí a buscarlo a él y a Kate Hewson.
—Ah, por cierto. Se me olvidaba. He llamado al agente Hassler, de Seattle. Nunca ha oído hablar de usted.
Ethan se limpió más sangre del rostro y se inclinó hacia adelante.
—No sé qué está intentando hacer, qué juego…
—Mi teoría es que el agente Evans lo estaba persiguiendo y finalmente le encontró aquí, en Wayward Pines. Entonces usted lo asesinó y secuestró a su compañero, el agente Stallings, con la intención de marcharse del pueblo en su coche. El problema fue que, en plena huida, tuvo mala suerte y sufrió un accidente. Stallings murió y usted recibió un fuerte impacto en la cabeza. Seguramente se le aflojó algún tornillo y, al despertar, comenzó a creer que usted era agente del Servicio Secreto.
—Sé quién soy.
—¿De verdad? ¿No le parece extraño que nadie pueda encontrar su identificación?
—Sí, porque deliberadamente la están…
—Exacto, todos estamos involucrados en una gran conspiración. —Pope se rio—. ¿Se ha planteado la posibilidad de que nadie pueda encontrar la placa de Ethan Burke porque no existe? ¿Porque usted no existe?
—Está loco.
—Creo que está delirando, amigo. Usted asesinó al agente Evans, ¿verdad?
—No.
—Maldito pirado psicópata… ¿Con qué lo golpeó?
—Que lo jodan.
—¿Dónde está el arma del crimen, Ethan?
—Que lo jodan.
Ethan podía sentir cómo la ira crecía en su interior. Una rabia pura e inflamable.
—La verdad es que no sé si miente usted muy bien o si de veras se cree toda esta elaborada mentira que ha construido —dijo Pope.
Ethan se puso en pie.
Su equilibrio era precario.
Sintió cómo una náusea nacía en la boca de su estómago.
Por el rostro le caían hilos de sangre que goteaban desde la barbilla hasta un pequeño charco en el suelo.
—Me voy —dijo Ethan, y dio un paso en dirección a la puerta que había detrás del sheriff—. Ábrala.
Pope no se movió.
—Siéntese antes de que se haga daño de verdad —dijo con la confianza de un hombre que ha hecho muchas veces aquello con lo que amenazaba, y que de buen grado lo volvería a hacer.
Ethan rodeó la mesa y pasó junto al sheriff en dirección a la puerta.
Intentó abrirla.
Estaba cerrada.
—Vuelva a sentar su maldito culo. Todavía no hemos terminado.
—Abra la puerta.
Pope se puso lentamente en pie, se volvió y se acercó a Ethan. Se pegó tanto a él que éste podía oler su aliento a café y ver las manchas de sus dientes. El sheriff le sacaba diez centímetros y probablemente pesaba unos veinte kilos más.
—¿Cree que no puedo obligarlo, Ethan? ¿Que no soy capaz de hacer algo así?
—Esta detención es ilegal.
Pope sonrió.
—Está muy equivocado, caballero. Dentro de esta habitación no existen cosas como la ley o el gobierno. Estamos solos usted y yo. Yo soy la única autoridad en un pequeño mundo cuyas fronteras son estas paredes. Y podría matarlo ahora mismo si así lo quisiera.
Ethan dejó que los nudos de tensión de su espalda se relajaran y levantó ambas manos con las palmas abiertas confiando en que Pope lo tomara por una señal de deferencia y derrota.
—Está bien, tiene razón, deberíamos hablar… —dijo, al tiempo que echaba la cabeza hacia atrás.
De repente, se dio impulso con la punta de los pies como accionado por un resorte y aplastó la nariz de Pope con la frente.
Ethan notó cómo crujía el cartílago y un chorro de sangre le manchaba el pelo. Cogió a Pope por sus anchos muslos y trató de levantarlo. El sheriff intentó a su vez agarrarle el cuello con el brazo, pero reaccionó demasiado tarde.
Los talones de sus botas resbalaron en la sangre que había en el suelo y perdió el equilibrio.
Ethan hincó entonces el hombro en su estómago, empujándolo con fuerza hacia el suelo.
Pope se quedó momentáneamente sin respiración. Ethan aprovechó para sentarse a horcajadas encima de él y alzó el brazo derecho para golpearle.
De repente, sin embargo, el sheriff se revolvió y lo arrojó contra la pata de la mesa de madera, lo que provocó que se hiciera un corte en la mejilla.
Ethan se esforzó por levantarse, pero unos intensos puntos de luz nublaban su visión. Cuando consiguió ponerse en pie, advirtió que lo había hecho demasiado tarde.
Podría haber esquivado el puñetazo si hubiera tenido la cabeza despejada y los reflejos despiertos, pero en su estado actual no reaccionó a tiempo.
La fuerza del golpe le giró la cara de tal modo que sus vértebras torácicas crujieron.
De repente, se encontró a sí mismo mareado y tendido boca arriba sobre la mesa de madera, viendo con el ojo bueno cómo ese sheriff maníaco se le echaba encima para golpearle otra vez. La sangre de su nariz rota le salpicaba el rostro como si hubiera explotado.
Levantó las manos para intentar protegerse la cara, pero el puño del sheriff se abrió paso entre sus manos con facilidad e impactó en su nariz.
Las lágrimas afloraron a sus ojos y notó el sabor de la sangre en la boca.
—¿Quién eres? —exclamó el sheriff.
Ethan no podría haber respondido aunque hubiera querido. Estaba perdiendo la consciencia. Lo que podía ver de la sala de interrogatorios comenzó a dar vueltas a su alrededor mezclado con instantáneas de otra…
Vuelve a estar en esa habitación de paredes marrones y suelo de tierra situada en la barriada de Al-Golan. Una bombilla se balancea sobre su cabeza mientras Aashif lo mira fijamente a través de una capucha de tela negra que sólo deja a la vista dos cosas: un par de malévolos ojos marrones, y una sonriente boca con unos dientes demasiado blancos y perfectos para ser producto de un agujero de mierda cuartomundista del Próximo Oriente.
Está atado por las muñecas con una cadena colgada del techo, aunque tiene los pies lo bastante cerca del suelo para poder alzarse sobre los pulgares y suavizar la presión. No podrá mantenerse así mucho tiempo antes de que las falanges cedan bajo su peso. Cuando finalmente lo hagan, no tendrá forma alguna de evitar que se le corte la circulación en las manos.
Aashif se encuentra a unos centímetros de su rostro. Sus narices casi se tocan.
—Probemos con una pregunta que no deberías tener problemas en contestar… ¿De qué parte de Estados Unidos eres, primer suboficial especialista Ethan Burke? —pregunta el hombre en un excelente inglés con acento británico.
—De Washington.
—¿La capital?
—No, el estado.
—Ah. ¿Tienes hijos?
—No.
—Pero estás casado…
—Sí.
—¿Cómo se llama tu esposa?
Ethan no responde y se prepara para recibir otro golpe.
Aashif sonríe.
—Relájate. De momento, no habrá más puñetazos. ¿Conoces el dicho «Una muerte causada por mil cortes»? —Aashif sostiene en alto una cuchilla de afeitar que brilla bajo la luz de la bombilla—. Proviene de un método de ejecución chino abolido en 1905 llamado lingchi, que se podría traducir como «descuartizamiento lento» o «muerte prolongada».
Aashif se acerca a continuación al maletín que hay en una mesa cercana. Está forrado con espuma negra y encima de él descansa una aterradora colección de cuchillos que Ethan ha estado intentando ignorar las últimas dos horas.
Pope golpeó otra vez a Ethan. A éste, el puñetazo le trajo a la memoria el olor a sangre antigua y podrida que flotaba en esa casa de tortura de Faluya…
—Ahora te llevarán a una habitación y te darán un bolígrafo, una hoja de papel y una hora. Ya sabes lo que quiero —dice Aashif.
—No.
Aashif le da un puñetazo en el estómago.
Pope le dio un puñetazo en la cara.
—Me estoy cansando de pegarte. Ya sabes lo que quiero. ¿Cómo no vas a saberlo? Te lo he pedido más de veinte veces. Dime que lo sabes. Dímelo.
—¿Quién eres? —exclamó Pope.
—Lo sé —musitó casi sin aliento.
—Tienes una hora. Y, si lo que escribes no me hace feliz, prepárate para el lingchi.
Aashif coge una Polaroid de un bolsillo de su dishdasha negra.
Ethan cierra los ojos, pero los vuelve a abrir cuando Aashif dice:
—Mira esto, o te arrancaré los párpados.
Es la fotografía de un hombre colgado por las muñecas en esta misma habitación.
Estadounidense. Probablemente soldado, aunque no puede saberlo con seguridad.
A pesar de llevar ya tres meses de combate, no había visto nunca una mutilación como ésa.
—Tu paisano todavía está vivo en esta fotografía —dice su torturador. En su voz puede advertirse cierto tono de orgullo.
Ethan intentó abrir los ojos para ver a Pope. Estaba a punto de perder la consciencia. Deseaba que sucediera para aliviar el dolor que sentía, pero todavía más para borrar de su mente la imagen de Aashif en aquella sala de tortura.
—¿Quién eres? —preguntó Pope.
Ethan dejó caer los brazos a los lados.
—¿Quién eres?
«Hay una parte de mí que nunca salió de esa habitación de Faluya con olor a sangre rancia», pensó sin ya siquiera intentar defenderse.
Se quedó a la espera del golpe de gracia que lo dejara inconsciente e interrumpiera tanto los viejos recuerdos como el sufrimiento actual.
Llegó dos segundos después. Un puñetazo que impactó en su barbilla y que le hizo ver un estallido de luz incandescente como el de una bombilla al apagarse.