Y el cerebro creó al hombre
Cifrar el cuerpo en mapas
Debido a esta curiosa configuración, la representación del mundo exterior al cuerpo sólo puede entrar en el cerebro a través del propio cuerpo, a saber, a través de su superficie. El cuerpo y el entorno que lo rodea interactúan entre sí y los cambios que esa interacción causa en el cuerpo llegan a ser cifrados en mapas en el cerebro. No hay duda de que la mente conoce el mundo exterior a través del cerebro, pero es igualmente cierto que el cerebro sólo puede ser informado a través del cuerpo.
La segunda consecuencia especial de ese «ocuparse del cuerpo», propio del cerebro, no es menos notable: al cifrar el cuerpo en mapas de una forma integrada, el cerebro consigue crear el componente crítico de lo que se convertirá en la identidad reflexiva, del «sí mismo». Tal como tendremos oportunidad de ver, esa actividad de acotación del cuerpo en mapas tiene una importancia decisiva a la hora de dilucidar el problema de la conciencia.
En último lugar, y por si los hechos que acabamos de exponer no fuesen ya bastante extraordinarios, las estrechas relaciones del cuerpo y el cerebro son esenciales para comprender algo que tiene una importancia fundamental en nuestras vidas: las sensaciones corporales espontáneas y los sentimientos de las emociones.
Cifrar el cuerpo en mapas
El problema ahora estriba en saber de qué modo el cerebro consigue cifrar el cuerpo en mapas. Si nos limitamos a decir que lo consigue tratando al cuerpo propiamente y a sus partes como si fueran un objeto cualquiera, apenas si habremos hecho justicia al problema, porque en lo relativo al cerebro el cuerpo propiamente dicho es más que un simple objeto, es el objeto central de la elaboración de mapas en el cerebro, el principal centro de su atención. (Siempre que puedo utilizo el término «cuerpo» en el sentido de «cuerpo propiamente dicho») (body proper), y dejo a un lado el cerebro. El cerebro, sin lugar a dudas, es también una parte del cuerpo, pero tiene una condición particular: (forma parte del cuerpo que puede comunicarse con cualquier otra parte del cuerpo, y con él cualquier otra parte del cuerpo se comunica).
William James tuvo una cierta idea de la medida en que el cuerpo necesitaba ser proyectado en la mente, pero no podía conocer lo intrincados que iban a resultar los
mecanismos responsables de llevar a cabo esa transferencia del cuerpo a la mente[51]. Para comunicarse con el cerebro, el cuerpo utiliza señales tanto químicas como neuronales, y la gama de información transportada es más amplia y detallada de lo que James podría haber llegado a imaginar. De hecho estoy convencido de que hablar meramente de comunicación entre cuerpo y cerebro es no comprender la cuestión. Aunque parte de la señalización que va del cuerpo al cerebro se convierte en una elaboración directa de mapas —por ejemplo, el mapa de la posición que ocupa una extremidad en el espacio—, una parte sustancial del tráfico de señales es tratada primero por los núcleos subcorticales, en el interior de la médula espinal y, en especial, en el tronco encefálico, lugares que no hay que tomar sólo como una serie de pasos intermedios o estaciones repetidoras para las señales corporales que van camino de la corteza cerebral. Tal como veremos en la sección siguiente, en esos lugares intermedios se les añade algo a las señales. Esto es bastante importante cuando se trata de señales que guardan relación con el interior del cuerpo y que llegan a constituir las sensaciones. Además, aspectos de la función y estructura física del cuerpo se hallan grabados en los circuitos cerebrales desde las primeras fases del desarrollo, y generan patrones de actividad persistentes. Dicho de otro modo, en la actividad cerebral se recrea de manera permanente cierta versión del cuerpo. En el cerebro se imita la heterogeneidad del cuerpo, lo que es una de las pruebas más claras de que el cerebro tiene como referente de su actividad al cuerpo. En última instancia, el cerebro puede hacer algo más que elaborar mapas, con más o menos fidelidad, de los estados que ocurren en realidad: puede también transformar los estados corporales y, de una manera aún más asombrosa, simular estados corporales que aún no han ocurrido.
Quienes no están familiarizados con la neurociencia pueden suponer que el cuerpo opera como una sola unidad, como un solo conglomerado de carne conectado al cerebro por cables vivos que llamamos nervios. La realidad, sin embargo, es bastante diferente. El cuerpo tiene numerosos compartimentos separados. Las vísceras a las que tanta atención se presta son, sin duda, esenciales, y en una lista, sin ánimo de que ser exhaustivo, incluiría el corazón, los pulmones, los intestinos, el hígado y el páncreas, la boca, la lengua y la garganta; las glándulas endocrinas (la hipófisis, la tiroides y las suprarrenales); los ovarios y los testículos, las dos gónadas masculinas. Pero en la lista es preciso incluir algún sospechoso menos habitual, esto es, un órgano igual de vital pero menos nombrado, la piel, que envuelve al conjunto del organismo. Todos estos compartimentos son indispensables para que el cuerpo funcione con normalidad.
Quizá no sería de extrañar que las mentes humanas antiguas, menos integradas y sofisticadas que las nuestras, percibieran fácilmente la realidad compuesta de partes del cuerpo humano, tal como lo sugieren las palabras que a través de Homero han llegado hasta nuestros días. Los hombres de la Ilíada, por ejemplo, no hablan del cuerpo como un todo (soma) sino de partes del mismo, a saber, las extremidades. La sangre y el aliento, así como las funciones de las vísceras se designaban con la palabra psyché, que aún no se había circunscrito al «espíritu» —la «mente»— o el «alma». La animación que impulsa al cuerpo, probablemente combinada con el
aliciente y la emoción era el [52] thymos y el phren.
La comunicación cuerpo-cerebro se efectúa en los dos sentidos, del cuerpo al cerebro y del cerebro al cuerpo. Las dos direcciones que sigue la comunicación, sin embargo, apenas son simétricas. Las señales aferentes que van del cuerpo al cerebro, tanto químicas como neuronales, permiten que el cerebro cree y mantenga actualizado su documental multimedia sobre el cuerpo, y permite al cuerpo alertar al cerebro de importantes cambios que se producen en su estructura y estado. El medio interno —el caldo en el que vive toda célula corporal y del que es una expresión la química de la sangre— envía asimismo señales al cerebro, no a través de los nervios sino por medio de moléculas químicas que inciden directamente en algunas partes del cerebro diseñadas para recibir esos mensajes. De este modo, la gama de información transmitida al cerebro resulta ser en extremo amplia e incluye, por ejemplo, el estado de contracción o dilatación de los músculos lisos (los que forman, por ejemplo, las paredes de las arterias, los intestinos y los bronquios); la concentración local de
oxígeno (O ) y de dióxido de carbono (CO ) en cualquier región del cuerpo; la 2 2 temperatura y el pH en diversos lugares; la presencia local de moléculas químicas tóxicas, y un largo etcétera. Dicho de otro modo, el cerebro sabe cuál ha sido el estado pasado del cuerpo y se le puede informar de las modificaciones ocurridas en ese estado. Esta comunicación tiene una importancia esencial para que el cerebro pueda producir respuestas capaces de corregir los cambios que amenazan la vida del organismo. Las señales que van del cerebro al cuerpo, por otro lado, tanto si son neurales como químicas, consisten en órdenes destinadas a cambiar el cuerpo. El cuerpo informa al cerebro: «Así es como estoy hecho y este es el estado en el que me encuentro». El cerebro le informa al cuerpo de lo que tiene que hacer para mantener el equilibrio estable. Sirva para lo que sirva, informa al cuerpo sobre el modo de construir un estado emocional.
En el cuerpo hay, sin embargo, más cosas aparte de órganos internos y un medio interno. Hay también músculos que se presentan en dos variedades: lisos y estriados. La variedad estriada muestra, cuando la observamos al microscopio, unas características «bandas» (estrías), en tanto que la variedad lisa no las presenta. Los músculos lisos son antiguos en términos evolutivos y su distribución en el cuerpo se limita a las vísceras. Así, los bronquios y las paredes de los intestinos se contraen y distienden gracias a los músculos lisos, y la presión de la sangre en el organismo aumenta cuando estos músculos atenazan las arterias. Los músculos estriados están unidos a los huesos del esqueleto y son los que producen el movimiento externo del cuerpo. El corazón es la única excepción a este orden compositivo, ya que está hecho también de fibras musculares estriadas, cuyas contracciones no sirven para producir movimiento corporal, sino para bombear sangre. Las señales que describen el estado del corazón son enviadas a los lugares del cerebro que se dedican a las vísceras, no a aquellos otros que corresponden al movimiento.
Cuando los músculos esqueléticos están conectados a dos huesos enlazados a través de una articulación, la contracción de las fibras que los forman genera movimiento. El acto de recoger un objeto del suelo, andar, hablar, respirar o comer son todos actos que dependen de la contracción y estiramiento de los músculos esqueléticos. Siempre que estas contracciones se producen, la configuración del cuerpo cambia. Salvo en los momentos en que impera una completa inmovilidad, que son poco frecuentes durante el estado de vigilia, la configuración del cuerpo en el espacio cambia continuamente y el mapa del cuerpo representado en el cerebro lo hace en consonancia.
A fin de controlar con precisión el movimiento, el cuerpo tiene que transmitir instantáneamente información al cerebro sobre el estado de la contracción muscular esquelética. Y para hacerlo son precisas rutas nerviosas eficientes, que son en términos evolutivos más modernas que las encargadas de transmitir señales desde las vísceras y el medio interno. Estos recorridos neurales llegan a regiones del cerebro dedicadas a sentir el estado de estos músculos.
Tal como ya se observó, el cerebro envía asimismo mensajes al cuerpo. De hecho, muchos aspectos de los estados corporales que son cifrados de manera continua en el cerebro fueron causados en primer lugar por las señales que el cerebro envió al cuerpo. Al igual que sucede en el caso de la comunicación del cuerpo con el cerebro, el cerebro informa al cuerpo a través de canales neurales y químicos. El canal neural utiliza los nervios, cuyos mensajes llevan a la contracción de los músculos y la ejecución de las acciones. Entre los ejemplos de canales químicos cabe citar hormonas como el cortisol, la testosterona o los estrógenos. La liberación de hormonas cambia el medio interno y el modo de operar de las vísceras.
El cuerpo y el cerebro se hallan inmersos en una danza interactiva continua. Los pensamientos que son implementados en el cerebro pueden inducir estados emocionales que son implementados en el cuerpo, mientras que el cuerpo puede cambiar el paisaje del cerebro y, de este modo, el sustrato que sustenta los pensamientos. Los estados cerebrales, que se corresponden a ciertos estados mentales, hacen que se produzcan estados corporales particulares. Los estados corporales son entonces cifrados en mapas en el cerebro e incorporados a los estados mentales en curso. Una pequeña alteración del sistema en el cerebro puede tener consecuencias de primera magnitud para el estado corporal (basta pensar, por ejemplo, en la secreción de cualquier hormona); de igual modo, un pequeño cambio en el cuerpo (un diente roto que está a punto de caerse) puede tener un efecto de primer orden en la mente, una vez que se incorpora el cambio al mapa y se percibe como dolor agudo.