A través de la noche

Stig Saeterbakken · Capítulo 9 de 12 · parte 2/2

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A través de la noche

3 Weinachtstadt

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

No comprendí lo que quería decir.

—¿Te pasa algo? ¿Padeces algún trastorno? — preguntó, luego se le puso cara de susto—. ¿Debería salir corriendo?

—Perdón —le dije, aún sin saber si había captado bien lo que había dicho.

—Esa cámara —dijo señalando el lugar al que habíamos estado aferrados —. Esa cámara me costó siete mil euros.

Por fin empecé a entender lo que había ocurrido.

—¡Dios mío! —Se me escapó.

Un golpe de aire hizo ondear su abrigo. Al mismo tiempo, sonó el claxon de un coche a escasa distancia y de repente oí ruidos, voces gritando y música que salía de algún lado, como si el golpe de aire hubiera despertado otra vez a la ciudad.

Extendí los brazos en un gesto.

—¡Dios mío! ¿Cómo…? —empecé a decir, pero las frases en alemán se me partían por la mitad antes de alcanzar a salir de mi boca—. Lo siento.

De verdad que lo siento — dije en inglés y me alivió que contestara fluidamente en el mismo idioma.

—¿Lo sientes? Siete mil euros y catorce días de trabajo, ¿y dices que lo sientes?

—Escucha. Te lo reembolsaré, por supuesto. Te compraré una cámara nueva. Por Dios, lo siento, pensé que…

—Canon EOS I Ds Mark III — dijo con frialdad—. La venden en el Karstadt de Heidelberg Platz.

—Muy bien —dije—. Entonces quedamos mañana en algún sitio y vamos a comprarte una nueva, ¿de acuerdo?

Ella esbozó una maligna sonrisa.

—¡Ya! ¡Y voy yo y me lo creo! ¡Mañana no apareces!

—Claro que sí. Es lo mínimo que puedo hacer.

—Eso dices ahora, pero luego te coges el primer tren para tu casa.

—Te doy mi dirección —repliqué—. Mi teléfono. Te enseño mi pasaporte, para que veas que no miento.

—Dame tu tarjeta de crédito y te la devuelvo mañana después de irme de compras, ¿qué te parece?

Luego se echó a reír, pero su descarada propuesta me había dado una idea. Saqué el móvil y se lo tendí.

—Toma. Coge mi móvil. Puedes quedártelo hasta que nos veamos.

—¿Un móvil que cuesta diez euros?

Saqué el pasaporte del bolsillo interior de mi chaqueta.

—Y mi pasaporte. Coge las dos cosas. Así al menos sabes que no me voy a escapar.

Esperó un momento, luego cogió las dos cosas.

—Entonces, ¿tenemos un trato? —pregunté.

Abrió el pasaporte y lo estudió con detenimiento.

—Karl Christian Andreas Meyer —leyó y levantó la vista —. Noruego.

Asentí con la cabeza.

—Tenemos un trato —dijo ella, aunque no parecía muy convencida.

—Solo una cosa —le dije y le expliqué que no sabía dónde estábamos ni dónde quedaba Heidelberg Platz, pero que si me explicaba cómo llegar a la KUNSTHAUS y desde allí al punto de encuentro, me creía capaz de encontrar ambos sitios.

Mi actitud despistada pareció atemperarle el ánimo.

—Te acompaño —dijo guardándose mis pertenencias en el bolsillo del abrigo, como para indicar que a partir de entonces mi destino estaba en sus manos.

Mientras recorríamos el camino al único lugar de referencia que tenía en la ciudad, que resultó ser bastante corto, sentí la necesidad de entablar una conversación, pero ella se mantuvo todo el rato unos pasos por delante de mí, como si quisiera impedirlo, hasta el punto de que un par de veces tuve que correr para seguirle el paso.

—Aquí estamos —dijo al doblar una esquina y, delante de nosotros, plenamente iluminada apareció la KUNSTHAUS, como un castillo de ensueño en medio de las brillantes luces de la ciudad.

Durante unos instantes, nos quedamos parados el uno frente al otro.

—¿Alas diez? —me dijo—. Nos vemos aquí. Heidelberg Platz no queda lejos.

—Vale —dije—. Aquí, mañana a las diez.

Me mostró algo parecido a una sonrisa.

—¡Espera! —le grité cuando se marchaba—. ¿Cómo te llamas?

Se dio la vuelta y me mostró el dedo corazón mientras seguía caminando.

— Fuck you!

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Cuando eran cerca de las diez y media de la mañana siguiente y todavía no había aparecido, había tenido ya tiempo de repasar una serie de escenarios posibles, tanto sobre los modos en que podía haberse aprovechado de mi pasaporte como sobre lo que iba a tener que hacer yo para conseguir uno nuevo. No paraba de mirar a la gente que se iba congregando en la plaza y, cada dos por tres, tenía la impresión de verla. Al final había visto tantas versiones de aquella mujer que ya no recordaba su verdadero aspecto.

Quizá a ella le esté pasando lo mismo, me dije. Tal vez estamos cada uno en una punta de la plaza, buscándonos inútilmente, podríamos incluso estar mirándonos en este mismo momento y reconocernos.

¡¡Ahora voy!!

Entonces alguien me dio un ligero golpe en la corva y se me doblaron las piernas. Me di la vuelta y ahí estaba, distinta a cómo la recordaba, pero ella de todos modos.

—¿Vamos?

Mientras caminábamos hacia el centro comercial, me vi otra vez buscando algo apropiado que decir. Una luz gris caía sobre la ciudad confiriendo un aire de desconsuelo a todo, tanto a personas como a edificios, y pensé que, de no ser por los nervios que me producía el encuentro con aquella desconocida, habría estado muy deprimido.

Caminando a su lado tuve la extraña sensación de conocerla, como si fuéramos viejos amigos o padre e hija. Todavía no me había hecho una idea clara de su edad, pero si no fuera muy lejana a la mía, habría en su forma de ser una frescura juvenil. Y si fuera joven, la caracterizaría un aire de madurez y seriedad ante la vida. Apenas habíamos intercambiado palabra más allá de la agitada conversación en el puente de la noche anterior.

¿Cómo era entonces posible que ya hubiera surgido algo entre nosotros? ¿O

sería solo la inevitable sensación de solidaridad que experimentan dos personas en cuanto se acercan la una a la otra?

Una vez tramitada la compra, me devolvió mis pertenencias.

—Gracias —dijo, pero al contrario de lo que me había esperado, no mostró urgencia por marcharse.

Nos quedamos parados delante de un descomunal bloque de oficinas sin saber qué hacer, ella con la enorme bolsa en el suelo, entre las piernas, y yo agarrando el móvil, que estaba frío porque había salido del bolsillo de su abrigo.

—Eres una persona honrada —dijo—. A pesar de todo.

Noté que me avergonzó escucharlo.

—Oye —le dije—. ¿Me permitirías invitarte a almorzar?

No dijo nada, pero parecía considerarlo.

—Por las fotos que has perdido —dije.

—Vale.

Sorprendido por lo fácil que había sido convencerla, le pedí que escogiera un sitio para almorzar. Luego volví a preguntarle su nombre. Leni Riefenstahl, contestó.

Al menos esta vez no me enseñó el dedo.

Me llevó a una cafetería de estilo americano con fotos de jugadores de béisbol en las paredes. Al entrar nos recibió el rugido de la máquina de café y, cuando quisimos mirar la pizarra en la que figuraba el menú, casi no pudimos leerlo a causa del vapor. Pedimos lo que venía recomendado como la especialidad de la casa y nos sentamos en uno de los muchos compartimentos con pequeñas mesas ovaladas de zinc. No podía faltar mucho tiempo para que alguno de los dos se sintiera obligado a decir algo.

—Así que sacas fotos —dije.

—Ajá.

—¿De qué?

—Del agua.

Tuve que reírme.

—Disculpa.

En respuesta, dio unos golpecitos sobre la gran caja que llevaba en la bolsa.

—Te ruego que me perdones —insistí, pretendía que sonara irónico, pero percibí la exagerada solemnidad de mis palabras.

—En esa cámara había fotos del agua de cuatro ciudades distintas.

—Entonces te debo cuatro comidas —dije, sin saber por qué, aunque no habría dudado en hacerlo en el supuesto de que hubiera aceptado la oferta.

La comida llegó con un banderín de barras y estrellas insertado en cada pan. Mientras comíamos, me fijé en que había un hombre solo en otra mesa, totalmente enfrascado en su plato. No comía con avidez, sino con movimientos rápidos y rutinarios, tomaba pequeños sorbos del café y estudiaba cada bocado antes de llevárselo a la boca con un gesto que mostraba gran aprecio por todo lo comestible.

—¿Por qué el agua? —pregunté cuando habíamos terminado de comer.

—El agua y las caras —dijo—. Es para una exposición. Alterno fotos de agua con retratos.

—Entonces, ¿eres fotógrafa artística?

Hizo una mueca y se encogió de hombros.

—Me interesan las arrugas —dijo—. Las arrugas en el agua y las arrugas en la piel. Rasgos de semejanza. El agua desaparece y las caras desaparecen. Primero les salen arrugas y luego desaparecen. Así pensaba titular la exposición. Ähnlichkeitszüge. ¿Qué te parece?

—Me suena muy bien —dije con una sonrisa—. Tanto el título como lo de las fotos.

Murmuró algo que no logré captar y luego se levantó y salió serpenteándose del compartimento. Afortunadamente dejó la bolsa y el abrigo, como un seguro, de la misma manera que lo habían sido mi pasaporte y mi móvil. Le eché una mirada al hombre de la otra mesa, que esta vez me la devolvió, quizá le tranquilizara notar que no era el único que estaba solo. Del compartimento detrás de él, asomó la pierna de una mujer que se mecía arriba y abajo. Empecé a buscar con la mirada a la chica sin nombre, hacía ya un buen rato que se había ido, pero no la vi por ningún lado.

De repente apareció con una taza en cada mano.

—El café es lo mejor que tienen aquí —dijo al pasarme una de las tazas.

—Me encantaría ver alguna foto tuya —dije.

—¿Quieres decir que te encantaría venir a casa a ver mi colección de sellos?

Qué idiota soy, me dije y enseguida me sentí abatido, como si diera igual lo que se dijera o se hiciera porque las equivocaciones y la infelicidad, antes o después, acababan siendo el único resultado.

—Perdón. No quise decir eso.

La expresión de su cara me dijo que me creía.

Me tomé el café que ya estaba tibio.

—¿Cómo te llamas? —pregunté y, cuando no me contestó, añadí —: Quizá a la tercera no va la vencida.

Y de pronto tuve la sensación de que habíamos llegado a un límite, si todavía no quería decirme su nombre, no merecía la pena seguir insistiendo.

Entonces se sacó algo del bolsillo interior de la chaqueta y me lo pasó.

Era un pasaporte con muchas grietas blancas en la cubierta de color marrón oscuro. Arrugas, pensé y luego lo abrí. En la foto tenía un aspecto severo, la mirada era casi de enfado, como la que había tenido en el puente. La luz destelló sobre el laminado de plástico resaltando los bordes transparentes que impedían la falsificación y por un momento me pareció que tenía la piel del rostro cubierta de conchas. Caroline Wondell, leí y, al devolvérselo, me di cuenta de que había dejado escapar la oportunidad de descubrir su edad.

—Anoche te sonó el móvil tres veces —dijo —. No me dio tregua.

Intenté apagarlo, pero no supe cómo.

—Seguro que era mi hija. Es típico de ella. No piensa en la hora que es.

—¿Tienes más hijos?

Quería responder, pero me di cuenta de que no tenía ni idea de qué decir. ¿Uno o dos? Mi cabeza echaba chispas. ¿Uno o dos? ¿Uno o dos?

—No —dije finalmente—. Solo ella.

Miré hacia fuera intentando encontrar a Stine entre la muchedumbre, no estaba seguro de cómo habría reaccionado si de repente hubiera aparecido por allí. Frente a la ventana había una escalera que daba acceso a un pasaje subterráneo de peatones. La gente que veía pasar desaparecía constantemente de mi campo de visión, mientras que otros aparecían con la misma rapidez, y sus cabezas eran lo primero que asomaba en el gran marco de la ventana.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿Tienes hijos?

—Un chico. De ocho años.

No me había percatado del ruido, pero de repente empezó a rebuscar frenéticamente en los bolsillos de su abrigo.

—Hablando del rey de Roma —dijo cuando tenía el teléfono en la mano. Luego suspiró profundamente y descolgó, y todo el tiempo que habló estuvo mirando hacia arriba, como si ya supiera lo que el chico iba a decirle.

—¡Qué locura! —suspiró al colgar—. ¡En medio de una clase! ¡Está en medio de una clase y aun así me llama! ¿Es que ya no los controlan?

Sus palabras me trajeron a la memoria una redacción que le habían mandado a Ole-Jakob cuando tenía la misma edad que su hijo: «Cómo me imagino una vida mejor». De todas las cosas que enumeró — la redacción consistía en una larga lista de propuestas precedidas de asteriscos—, me acordaba de las siguientes: nunca llovería, se viviría en una isla, los coches estarían abiertos para que en cualquier momento pudieras cogerlos y usarlos, y en todo momento se tendrían cuatro amigos.

—Siempre tiene que hacer dos cosas a la vez, nunca se conforma con una — dijo ella—. Se niega a comer si no puede leer al mismo tiempo.

Tiene la mesa de la cocina llena de tebeos.

Intenté imaginármelos en una cocina pequeña con una sabrosa caldereta entre ellos, ella con un periódico y él con la nariz metida en un tebeo, mientras ambos se llevaban la cuchara a la boca, ausentes, comiendo sin darse cuenta de que lo hacían.

—El día que no quede nada que leer —dijo—, ¡se morirá de hambre!

Pensé que no tenía aspecto de madre, que algo en su naturaleza indicaba libertad y franqueza, indicaba impulsividad, desorden, desenfreno e irresponsabilidad, y pensé que el chico que la tenía de madre era un afortunado de tener una madre que no lo parecía. Entonces me vinieron a la cabeza más puntos de la lista de Ole-Jakob, como si tuviera delante la hoja con su caligrafía:

Puedes decidir cuándo te vas a la cama.

No hay que comer, pero puedes hacerlo si hay algo que te gusta.

Nochebuena cuatro veces al año.

El dinero no existe.

Se puede ser invisible.

No existen los malos.

Se tienen casas en cuatro países distintos.

Sabes hablar todos los idiomas.

Lo sabes todo, no necesitas aprender nada.

Los viajes duran cuatro minutos, sin importar la distancia.

Los superhéroes existen.

—¿Hola?

Caroline sacudió la mano delante de mi cara.

¿Cuánto tiempo llevaría ausente?

Nuestros pensamientos son como una película, pensé, veinticuatro imágenes por segundo: entre imagen e imagen, hay oscuridad, una nada, un vacío absoluto.

¿De dónde se sacaría el número cuatro?

¿Y para qué harían falta los superhéroes si no existían los malos?

Caroline hizo unos movimientos bruscos y extraños con el torso, luego se echó a reír. Madonna: Like a Prayer. La gramola que reproducía la canción resplandecía como una nave espacial junto a los aseos y delante había un niño de la misma estatura que la máquina parpadeante. El niño estaba totalmente absorto en la música, mientras que sus padres lo esperaban en la puerta ya a punto de marcharse. Lo llamaron varias veces, sonriendo tímidamente como si se disculparan frente a los demás clientes en nombre de su progenie, pero por fin la canción terminó y el niño, muy serio y muy digno, salió a la calle delante de las narices de sus padres.

—¿Nos vamos? —dijo Caroline.

Al salir, miré de reojo al hombre solitario. Le habían retirado el plato y ahora daba la impresión de estar incluso más solo que antes, tenía los brazos apoyados sobre la mesa y se miraba las manos como si no conociera su procedencia o para qué servían.

Una vez en la calle, me encendí un cigarro. Caroline sacó su propio paquete de tabaco y me disculpé por no haberle ofrecido. Sobre la fría acera, muy cerca de nosotros, dormitaba un hombre que parecía gordo por

todas las capas de abrigo que llevaba, una mancha oscura se estaba formando entre sus piernas y pensé: Cuando se despierte y quiera levantarse, se quedará pegado.

—Tienes una cara particular —dijo—. Melancólica.

Intenté alegrar la expresión.

—Me gustaría sacarte una foto.

—¿Una foto de mis arrugas?

Una mujer salió de la cafetería y, por un momento, la confundí con la chica del arpa de la noche anterior. Antes de alejarse, nos miró por un instante, como si le resultara indecente que estuviéramos juntos. De repente tuve la sensación de que nos miraban desde todas partes. Pensé en los cientos de miles de miradas que habría en aquella ciudad, miradas que cada día escudriñaban su entorno intentando captar todo lo posible de lo que pasaba. Cien mil miradas, doscientos mil ojos. Si cada ojo irradiara una luz propia, ¿cómo se vería la ciudad por la noche, con todas las calles, plazas y edificios atravesados por un arrollador caos de haces de luz procedentes de focos paralelos en constante movimiento?

—Ven —dijo Caroline y se encaminó hacia la parada de taxis que había al lado de la bajada al pasaje subterráneo. Apagué el cigarrillo y la seguí hasta el coche, ella ya se estaba montando. Quise sentarme en el asiento delantero, pero cuando puse la mano en la manilla de la puerta, sonó un ladrido desde el interior. Un perro que había estado tumbado en el suelo se subió de un salto al asiento y me miró con cara de pocos amigos. Caroline dio el nombre de una calle. Tenía la caja de la cámara sobre el regazo, como una niña que acabara de recibir un regalo. Después tuvo que indicar al taxista por dónde ir, aunque este negaba con la cabeza en respuesta a todas sus sugerencias. De pronto vi mi propia cara en el retrovisor y me pregunté si saldría con ese mismo aspecto en la foto que iba a sacarme. Me vi enjuto y demacrado y, aunque no estaba buscando nada con que compararme, se me pasaron por la cabeza distintos animales. ¿O sería solo que a mi rostro le faltaba carácter, que era la cara de alguien de quién se puede esperar cualquier cosa?

De repente el perro del taxista gruñó y sentí un escalofrío. El olor del animal nos alcanzó con el chorro de aire caliente procedente del sistema de

ventilación. Entonces entendí que debía de tratarse de un perro guardián, que probablemente el taxista había sufrido un atraco y ya no se atrevía a llevar el taxi sin la compañía de aquella bestia.

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Después de pasar por una zona despoblada a las afueras de una urbanización que parecía marcar el límite exterior de la ciudad, entramos en un polígono industrial y Caroline pidió al taxista que parara. Al maniobrar para irse, el taxi pasó delante de nosotros y pude ver la cabeza del perro, iba sentado como una persona, mirando por la ventanilla. Caroline me condujo por entre unos edificios de ladrillo rojo, todos parecían abandonados.

Aquello parecía una ciudad evacuada. Una chimenea se irguió ante nosotros y, en un cartel sobre ella, podía leerse: MADAGASKAR, una flecha señalaba hacia la derecha. Llegamos a un edificio de oficinas con algunas ventanas iluminadas. Entramos y cogimos un ascensor que nos subió a la última planta a velocidad de caracol. Subimos aún otro tramo de escalera que conducía media planta más arriba. Dos fotos colgaban sobre una puerta, una mostraba un cielo de azules intensos con nubes blancas, al menos eso creí al principio, luego me di cuenta de que era el reflejo del cielo en un agua quieta. La otra era una fotografía de fotomatón muy ampliada de Caroline y un chico, ambos con gesto travieso.

Detrás de la puerta se abría una única estancia alargada con enormes vigas pintadas de blanco bajo un techo abuhardillado, las vigas estaban tan juntas que, desde donde las veía, daban la impresión de formar una superficie continua, como un segundo techo. Del suelo salían unos tubos gruesos, distribuidos conforme a un patrón aparentemente regular, que estaban cortados a un par de centímetros del suelo y cubiertos con unas planchas circulares soldadas sobre las que había candelabros y macetas.

Pregunté a Caroline qué eran y me contó que el local había sido un laboratorio y que los tubos suministraban gas a las antiguas mesas de trabajo.

Caroline dejó la bolsa sobre una larga mesa que tenía un extremo cubierto por un mantel blanco. A la sombra de un florero con crisantemos había una pila de tebeos.

—¿También vives aquí? —pregunté.

—En realidad no está permitido —dijo.

Al echar un vistazo, descubrí los colchones en el suelo, la cocina, la nevera y una gran pantalla plana conectada a una consola, y aún había otras señales de la vida cotidiana que transcurría en el lugar, aunque todos los objetos daban la impresión de estar aislados y abandonados debido a las grandes distancias que los separaba, como si estuviéramos en un piso en el que hubieran arrancado todas las paredes de cuajo.

Caroline abrió la caja. La cámara estaba sepultada entre numerosas capas de embalaje, daba la impresión de estar pelando una hortaliza que hubiera crecido dentro de la caja. Después de introducir la batería, probó el flash un par de veces.

—¿Contenta? —pregunté, sintiéndome como un padre.

—¿La probamos? —dijo ella.

Mientras cruzábamos la habitación le conté que había leído un artículo sobre un pintor alemán que tenía su estudio en un antiguo taller de locomotoras y usaba una bicicleta para moverse de un lado al otro. Cerca de la pared del fondo había una colección de trípodes y focos con pantallas blancas. Caroline sacó un taburete, lo centró en la pared blanca y me invitó a sentarme. Luego enroscó la cámara en uno de los trípodes, le conectó un cable disparador y enchufó los focos, que emitieron una luz que me calentó ligeramente las mejillas.

—¿Pongo algo de música? —dijo después de mirar por el visor y asegurarse de que todo estaba a su gusto.

Se acercó a una estantería en la que los CD’s, colocados en columnas perfectamente alineadas, formaban una pared brillante y reluciente.

—¿Qué quieres escuchar?

—No sé.

—Dime algo que te guste.

—No tengo ni idea.

—¿No tienes ni idea? Todos tenemos preferencias, ¿no?

Pensé en mi gusto musical y en el de Eva, que a grandes rasgos coincidían, pero al mismo tiempo eran diferentes puesto que cada vez que uno de los dos compraba un disco, nos fijábamos en canciones distintas, de

modo que a menudo su canción favorita era la que menos me gustaba a mí y a la inversa.

—Hace más de un año que no puedo escuchar música — dije.

Caroline pareció indignarse.

—¿Y qué es lo que te ha impedido escuchar música durante todo un año?

Tomé una profunda bocanada de aire. De pronto el taburete me pareció endeble bajo mi peso.

Luego le expliqué el motivo.

Y enseguida me maldije a mí mismo por haberlo hecho y a ella porque ahora se sentiría obligada a decir algo.

—Lo siento —dije y noté que me temblaban las manos.

Caroline seguía delante de la estantería de los CD’s, buscando algo que, pese a todo, pudiera adecuarse a las circunstancias que acaba de conocer, o al menos así lo interpreté.

—Mi hermano se quitó la vida —dijo al cabo de un rato. Se había agachado y estaba pasando la mano por las últimas filas de CD’s —. Así que intentaste salvar a la persona equivocada.

La miré. Sonrió. Se levantó y volvió a situarse junto a la cámara.

—Si lo prefieres, podemos dejar las fotos para otro momento — dijo—.

Aunque en realidad… En realidad me gustaría sacar algunas ahora, si no te importa.

Para tranquilizarme, supongo, empezó a contarme la historia de una fotógrafa americana que sacaba fotos de sus hijos y causó mucha polémica porque a menudo los retrataba desnudos. La mayor controversia, sin embargo, surgió a causa de una foto en la que una de sus hijas sangraba por la nariz. ¿Qué clase de madre iba a buscar la cámara en vez de ayudar a su hija?

Mientras hablaba, iba pulsando el disparador, haciéndose la distraída, sin darle importancia, como si quisiera despistarse a sí misma tanto como quería despistarme a mí.

El chasquido seco de la cámara, el calor de la luz que me cosquilleaba en la cara como unas plumas — y me hizo pensar en las alas de ángel del enano de los brazos descomunales—, el relajo con el que se movía Caroline

al trabajar, todo ello me produjo la liberadora sensación de estar en buenas manos y de que no necesitaba hacer nada ni pensar en cosa alguna. Con la mente en blanco, me dejé llevar, moviéndome un poco a un lado, un poco al otro, conforme a las instrucciones de Caroline, y me costó ocultar la decepción cuando, después de unos cuantos disparos que yo había interpretado como pruebas, se inclinó, echó un vistazo a las fotos, desmontó la cámara y dijo:

—Ya está. ¿Quieres un café?

Cuando vino su hijo, estábamos sentados a la mesa. Caroline había sacado una revista con fotos de la fotógrafa de la que me había hablado y yo la estaba hojeando. El chico estaba acostumbrado a que hubiera desconocidos en su casa, al menos así me expliqué su sorprendente falta de curiosidad, puesto que apenas se dignó en mirarme a pesar de que se sentó frente a mí, y que no era por timidez quedó claro por el descaro con que contestó a su madre cuando esta le preguntó por su día en el colegio.

Caroline lo regañó por haber llamado por teléfono en medio de una clase y le preguntó por qué los profesores no hacían nada con ese tipo de cosas.

Tantas preguntas lo molestaron y al final se levantó: O lo dejas o me voy. Se quedó parado junto a la silla, con mirada sombría. Me recordó a la chica enfadada del pasaporte destrozado.

Caroline empezó a prepararle la comida, el chico cogió algo de un cajón de la encimera de la cocina y se lo trajo de vuelta a la mesa, luego empezó a cortarse las uñas, esmerándose en redondear los bordes todo lo posible.

Cogí el primer cómic del montón y le pregunté si era su favorito. La portada mostraba a un hombre trajeado, de cara afilada y barbilla puntiaguda, que sostenía un látigo que formaba una espiral por encima de su sombrero de copa. No contestó enseguida, de hecho creí que no había escuchado la pregunta, pero después me soltó una retahíla de nombres de superhéroes sin apartar la vista de lo que estaba haciendo. Era una delicia oír aquellos nombres alemanes fluir de su boca infantil con juguetona ligereza. Todo lo contrario que el cortauñas, que producía fríos chasquidos. Caroline vino con la comida y lo regañó por dejar los restos de uñas tirados por el mantel. Él agarró un tebeo del montón y empezó a comer, me llamó la atención que ni siquiera miró lo que había en el plato.

Caroline se había encendido un cigarrillo y había puesto en marcha la campana extractora de la cocina, parecía estar secándose el pelo. Durante un momento dejamos de comunicarnos. «Solitarios mano a mano», no recordaba de dónde había sacado aquella frase. Eché un vistazo a los colchones del suelo, separados por pocos metros. Junto a ellos, se habían acumulado una serie de objetos personales: lámparas de lectura, tazas, periódicos, revistas, libros, una caja de pañuelos de papel, un tubo de crema… y pensé en todos los retos a los que tendrían que enfrentarse cuando el chico creciera en aquella buhardilla sin paredes. ¿Dieciséis años y nada que separe tu dormitorio del de tu madre? Luego pensé en la fotógrafa polémica yen las reacciones que había despertado, en todo lo que ocurre dentro de una familia y que acaba resultándonos normal, cosas que a un extraño pueden resultarle raras o inquietantes, pero que hace tiempo que forman parte de las rutinas de los implicados. Rachel tuvo un período en la adolescencia en el que vomitaba todo lo que comía; a veces la oíamos vomitar en el baño de la segunda planta, pero no decíamos nada, y en una ocasión mi madre me preguntó con voz serena si quería algo más de comer, con los espantosos ruidos de sus arcadas de fondo.

Observé al chico comer. Estaba tan concentrado en la lectura que dudo que un incendio hubiera bastado para arrancarlo de la historia sobre John Carter vom Mars. Algunas veces, después de masticar y tragar, se quedaba boquiabierto, como esperando que le dieran una cucharada. El ávido primer trago que le había dado al vaso de leche le había dejado un cerco blanco sobre el labio superior.

Las flores olían a alcanfor, tenía el florero a mi lado y el olor me recordaba al de la clínica, tenía un cierto efecto purificador que eliminaba el olor de la comida. Todo lo que había en aquella buhardilla transmitía luminosidad y limpieza. El vaso blanco de leche sobre el mantel blanco, la porcelana blanca y los crisantemos blancos, las paredes blancas y la cara blanca del chico, todo era blanquísimo, incluso Caroline irradió una luz blanca cuando se inclinó sobre el chico y le dio un beso en la cabeza. Este levantó la vista y, mirando a su madre, se limpió el cerco de leche con la manga del jersey, como si fuera eso lo que su madre había querido decirle.

De repente tuve la sensación de que en aquel enorme estudio reinaba una paz que yo solo perturbaba con mi presencia. Me sentí superfluo, como un intruso y me preparé para marcharme.

—Me gustaría sacarte también unas fotos en el exterior — dijo ella.

—¿Sí?

—¿Mañana? Si tienes tiempo…

—Me sobra tiempo —le dije, contento de no tener que inventarme una excusa para volver a verla.

—Llamaré a un taxi.

Me levanté y contuve el impulso de acariciar la cabeza del chico, me habría bastado con extender el brazo para tocarla. Caroline me acompañó a la puerta. Quedamos para el día siguiente e intercambiamos nuestros números de teléfono. Detrás de ella, se encendió el televisor y un monstruo verde llenó la pantalla al son de una música enérgica y trepidante.

—¡Oskar! —gritó Caroline—. ¡Primero los deberes!

En el rellano de la escalera había mucha resonancia así que no capté todo lo que dijo antes de cerrar la puerta. Lo último que escuché fue un salvaje grito del niño.

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Por la noche soñé con Eva. Llevaba el vestido rojo y me estaba ayudando a instalar vías de tren en algún lugar remoto. Cuando me desperté, aún notaba el olor de las traviesas cubiertas de brea.

Ya había pasado más de un año y todavía no había soñado una sola vez con Ole-Jakob. ¿Dónde se metía mi niño cuando me quedaba dormido? ¿En qué parte del país de los sueños se escondía?

Me levanté y encendí el móvil, al instante llegó un mensaje: «¿Qué tal estás?». Número desconocido. Pero creí saber de quién era. ¿Habría soñado ella que la estaba ayudando a colocar unas vías de tren?

«Bien, —contesté—. ¿Y tú?». «Bien», contestó ella.

La orgullosa y perseverante Eva.

Si es que era ella.

Al salir me topé con un verdadero festín de olores. Un turco estaba asando castañas en un bidón de acero combado que basculaba sobre el fuego sirviéndose de un asa lateral, muy cerca había una pareja asiática colocando un número indeterminado de rollitos de primavera recién hechos en filas meticulosamente alineadas sobre un mantel blanco lleno de oscuras manchas de aceite de freír. Humo de puros. Gofres. Mermelada recién hecha. Salchichas especiadas. Albóndigas. Y una mujer que usaba el mismo perfume que Mona y que, al pasar, me rozó como un fantasma. Esta vez era yo quien llegaba tarde. Y aunque no tenía por qué significar nada, me alegró ver que Caroline se había sentado a la misma mesa que cogí yo el primer día.

Parecía ausente, enfrascada en sus propios pensamientos.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó—. ¿Tu hijo?

En vez de contestar, saqué el móvil, busqué su nombre entre los contactos y se lo mostré.

—Ole-Jakob —dijo, y pronunció el nombre de tal manera que pareció el pseudónimo de un mago —. Ole-Jakob y Stine.

No sabía por qué me había metido en aquel berenjenal y me arrepentí cuando ella añadió:

—¿Solo esos dos?

—¿Qué?

—¿No tienes más contactos? ¿No tienes amigos?

—Intenté deshacerme de todo lo que pude —respondí, preguntándome si yo me lo tomaría en serio en caso de que alguien me dijera lo mismo.

Ella volvió a ensimismarse.

—Mi padre se enfadó mucho con mi hermano después de que lo hiciera

— dijo—. Le llamó de todo, cosas muy feas. Cobarde. Egoísta. Mi madre también, no se enfadó tanto, pero le reprochaba las mismas cosas. Como si lo hubiera hecho por falta de consideración. Hacia ellos. Hacia nosotros.

Continúa, pensé. Continúa hablando. Por favor. No pares. Cuéntame cómo es. Cuéntame cómo hay que hacerlo.

Y como en respuesta a mis pensamientos:

—Lo peor de todo era que querían involucrarme. No me lo decían de frente, pero estaba claro que veladamente me invitaban a participar, que querían que tomara parte en aquel terrible improperio. Como si pensaran que de ese modo podríamos mantenernos unidos los que quedábamos, distanciándonos de él, expulsándolo. Pero ¿cómo iba a enfadarme con él?

Yo estaba triste, nada más. Estaba enferma de tristeza. Tan enferma que tampoco yo quería seguir viviendo — sonrió antes de continuar—: Durante mucho tiempo no pude escuchar música. No lo aguantaba. Ni siquiera la música que más me gustaba, la que hasta entonces nunca me había cansado de escuchar, la mía. Tenía la sensación de que me metían en los oídos unas agujas largas y afiladas, de que me introducían algo por la garganta.

Pensé en la música de la arpista en la plaza, la primera que había escuchado en no sé cuánto tiempo, la primera que había sido capaz de percibir como algo hermoso.

—Al cabo de un tiempo, vino a verme uno de sus amigos. Me dijo que él y mi hermano habían sido novios, pero que había cortado con mi hermano una semana antes de que se quitara la vida. Nadie sabía nada de su relación, ni nosotros, ni su familia, ni sus amigos. Habían logrado mantenerla en secreto, a pesar de que había durado bastante tiempo. Por eso

había venido. Porque su dolor era tan secreto como lo había sido su relación. Estaba totalmente destrozado, pero tenía que fingir no estarlo. No aguantaba más. Echaba tanto de menos a mi hermano que creía que se iba a morir, pero no podía contárselo a nadie. Se arrepentía de haber roto la relación. Y aunque sabía que no lo había hecho por eso, no podía dejar de pensar que había contribuido a que tomara la decisión. A la vez decía que mi hermano había estado totalmente obsesionado con el suicidio y que, en parte, fue por eso que rompió con él, porque no soportaba más su tristeza y su fijación con la muerte, porque no pasaba ni un día sin que mi hermano hablara de quitarse la vida.

Tenía ganas de preguntarle cómo lo había hecho, pero pensé que entonces me devolvería la pregunta. Y pensé en lo estúpido que me había parecido siempre que, cuando algún famoso moría repentinamente y los periódicos no decían nada sobre la causa de la muerte, todo el mundo diera por supuesto que se trataba de un suicidio o de una sobredosis. Como si la autodestrucción fuera el último tabú.

—Cuando decides quitarte la vida, estás solo en el mundo — continuó Caroline—. No tienes dónde meterte. Es una decisión que se toma mucho antes de llevarla a cabo. Un día pasa algo y decides morir. En este sentido, pude comprenderlo.

—¿Cómo se llamaba? —pregunté.

Me miró con preocupación, como mira una madre a su hijo enfermo.

—Oskar.

Pensé: El dolor es un regalo. Las personas que no son infelices, no tienen nada que decir.

Su mirada me esquivó y se fijó en algo detrás de mí.

—Por la noche la iluminan —dijo—. Queda bastante bien. Bueno, eso ya lo sabes.

Me volví. En el río, una gabarra había atracado junto a la escultura de cristal, en cada punta del bote había un hombre vestido con mono de trabajo, ambos se mecían mientras cumplían la labor que les habían encomendado, cuando uno subía, el otro bajaba.

—Lo peor es… —dije, pero de repente me sentí inseguro de lo que había comenzado a decir.

—¿Sí? —respondió ella con una suavidad que me resultó casi estremecedora, no pude evitar pensar que era más de lo que me merecía.

Entonces le conté la historia de aquella vez que Ole-Jakob apareció en la puerta con su disfraz de vaquero y yo le eché la bronca y le grité como si fuera un imbécil o un niñato obstinado.

Al acabar de contárselo, noté que se me habían quedado heladas las manos, al igual que el resto del cuerpo, como si me hubieran apagado la calefacción interior con un interruptor.

A Caroline se le había quedado una extraña expresión de la que no pude sacar nada en claro, como si lo que acababa de contarle siguiera dando vueltas por su cabeza y no se hubiera determinado aún la reacción que iba a desencadenar.

—En su día, el intento de suicidio se castigaba con la muerte — dijo por fin—. Pero supongo que eso sería salir bien parado, ¿no?

Los dos nos reímos, una risa larga y buena que me quitó el frío del cuerpo, como si por un instante me hubiera muerto y luego ella, mi ángel de la guarda, me hubiera reanimado.

Después me fijé en lo silencioso que estaba el restaurante a pesar de estar lleno de gente. Había estado ansioso por volver a verla, pero de pronto me sentía vacío, ya no me quedaba nada en la cabeza que pudiera transformarse en una conversación sensata. Miré de reojo a Caroline, me preocupaba que se diera cuenta. Pero ella también se había quedado callada, sin nada que aportar.

Luego propuso que fuéramos a sacar las fotografías y, aunque al salir ninguno de los dos dijo tampoco nada, el silencio ya no me resultó tan hostil. Teníamos algo que hacer, algo que salía solo, sin necesidad de explicarlo o desarrollarlo.

Sentí que el hecho de estar con ella, de compartir un objetivo con ella, despertaba en mí un deseo. Noté los latidos de mi corazón y algo que iba creciendo al compás del latido. Un incipiente deseo de que ocurriera alguna cosa que me posibilitara seguir viviendo. ¿Se trataría de ese sentimiento que había creído que nunca volvería y que, en caso de que volviera, había pensado que detestaría? Y me vino a la cabeza aquella vieja fantasía: no desaparecer sin dejar rastro, sino aparecer de la nada. Romper con todas

las ataduras y llegar a algún lugar como un forastero desarraigado, arrancado de todas tus penas, de todo lo que te pesa y te mantiene subyugado, con el propósito de renacer en la rejuvenecedora luz del nuevo mundo. Euforia, expectación y alivio, eso era lo que sentía. Alivio por todo lo ocurrido, lo que había hecho posible que caminara a su vera justo ahora, justamente así, enfilando hacia un día despejado y frío para ponernos manos a la obra con lo que teníamos por delante y que ninguno de los dos sabía adónde nos conduciría. Un alivio que también incluía el hecho de que él, mi hijo, estaba ausente, como si el agujero de pena que había dejado su desaparición formara parte de lo que, en cualquier momento, tendría que empezar a considerar como mi nueva vida, mi nueva felicidad.

Varios transeúntes se quedaron mirándome. ¿Sería porque me estaban fotografiando y buscaban en su memoria una cara conocida que pudiera explicarlo? Al cabo de un rato tenía la sensación de que todo el mundo me miraba, muchos incluso se paraban, como si lo que tenían delante fuera algo excepcional. La luz se fue yendo, Caroline empezó a usar el flash y daba la impresión de que los ojos que nos rodeaban lucían en la oscuridad. La visión nocturna de los putos depredadores de mierda, pensé, armándome de valor para luchar contra el primero que intentara atacarme.

Pero luego, en medio del enjambre de miradas amenazadoras, divisé a una chica al pie de la escalera. También me miraba fijamente, pero no compartía la hostilidad, tenía algo diferente en la mirada, algo que la distinguía de los demás, una mezcla de sorpresa y reconocimiento, ¿o sería yo el asombrado ahora que empezaba a darme cuenta de quién era?

Antes de que me diera tiempo a darme a conocer, se le acercó una mujer que cortó nuestro contacto visual y, a los pocos segundos, las dos se estaban alejando, tragadas al momento por aquel revuelto mar de cabezas humanas.

—¡Espera un momento! —grité a Caroline, que estaba arrodillada con la cámara como una máscara ante la cara, y eché a correr hacia el lugar donde las había perdido de vista.

Un par de veces las vi a lo lejos, pero la muchedumbre se volvía cada vez más impenetrable, como si la gente saliera de todas partes para obstaculizarme el paso y ayudarlas a ellas en su huida, y aunque caminaba tan rápido como podía, la distancia no dejaba de aumentar cada vez que

atisbaba sus abrigos. Al final me detuve con la sensación de que, al correr tras ellas, las estaba empujando a alejarse y, al contrario, de que si me quedaba en el sitio, se me acercarían. Hasta trascurridos unos minutos no se me ocurrió lo más evidente. Y en cuanto saqué el móvil, empezó a sonar.

Pero no era Stine. Aturdido, cogí el teléfono y escuché la voz de Caroline, con un familiar tono de irritación.

—¿Dónde te has metido?

—Lo siento. He creído ver a un conocido.

Resopló.

—¡Habrás visto un fantasma!

—Sí —dije—. Tienes razón. Habrá sido eso.

—¿Dónde estás?

—Estoy… —me interrumpí y miré a mi alrededor —. ¡No tengo ni idea!

—¿Otra vez?

—¿Sigues ahí?

—Tengo que irme. Oskar está solo.

—Comprendo.

—Escucha. Mañana por la tarde tengo un trabajo que se me había olvidado por completo. Así que he pensado que si vienes a casa por la mañana, podemos sacar las últimas fotos y luego, si te es posible, ¿podrías quedarte con Oskar hasta que yo vuelva?

—Por supuesto. Con mucho gusto.

—Qué bien.

—¿A qué hora quieres que vaya?

—¿Por qué no nos llamamos? Tengo que marcharme.

Luego quedamos, ¿vale?

—Vale.

— Tschüß!

En cuanto colgó, me apresuré a buscar a Stine en la lista de contactos, marqué y me aplasté el teléfono contra la oreja con tanta fuerza que cada vez que sonaba el timbre, me vibraba la cabeza, y me imaginé las ondas elevarse desde la calle hasta la atmósfera y luego desplegarse en forma de fuegos artificiales en lo alto del cielo, me las imaginé generando una lluvia de luz que golpeaba la tierra como pequeños relámpagos en una frenética

búsqueda de su móvil, todo ello mientras el tiempo pasaba y el fulgor de los fuegos artificiales se iba apagando despacio, hasta que no quedaban nada más que unos delgados hilos de luz que terminaban apagándose también.

Cuando dejó de sonar la señal, me di cuenta del frío que hacía, era como si mis piernas hubieran perdido el contacto con el resto del cuerpo al quedarme allí parado, en medio de un flujo de clientes que entraban y salían de un supermercado con fotos de verduras sobredimensionadas en el escaparate, tenía la sensación de tener los pies a un lado y no tenía la menor idea de dónde me encontraba ni de dónde se habían metido Eva y Stine.

Para escapar, pensé, porque no me cabía duda de que Stine me había reconocido mientras esperaba a su madre junto a la escalera.

¿Qué tiene esto de amar a alguien que puede salir tan redomadamente mal?

Con la sensación de estar empuñando los mandos de la cabina de una máquina, seguí avanzando sobre mis piernas entumecidas, procurando doblar a la izquierda cada vez que se presentaba una ocasión, porque partía de la teoría de que si me movía en círculos cada vez mayores, tarde o temprano llegaría a algún lugar en el que hubiera estado antes. No sé cuánto tiempo estuve dando vueltas, conduciéndome a mí mismo, pero por fin creía reconocer un edificio amarillo de estilo rococó. Y tenía razón, un par de manzanas más adelante, llegué a la plaza de los castaños en la que había visto a la chica en la motocicleta.

Tranquilizado, regresé por donde había llegado hasta un restaurante que había visto al pasar y que resultó ser una cervecería de ambiente marinero.

Las paredes estaban cubiertas de filas y filas de estantes con jarras de porcelana artísticamente decoradas, sobre todo con dibujos de barcos, según pude apreciar al adentrarme en aquel camarote de color ocre. Tomé una comida sencilla que me ayudó a expulsar los últimos restos de alteración que me quedaban en el cuerpo. Una vez saciado, me quedé sentado bebiendo y me ruboricé al pensar en el ridículo espectáculo que debía de haber dado al correr con la lengua fuera y los bordes del abrigo ondeando como alas demasiado pesadas para hacerme despegar. Y pensé en las fantasías que tenía de niño de volar y en la maravillosa sensación que me habría producido planear en el aire, con vistas sobre la multitud, hasta dar

con las dos mujeres que había creído, equivocadamente, que eran mi mujer y mi hija. Mi exmujer y mi exhija. Me imaginé sus caras de desconcierto al verme de pronto aterrizar ante ellas en medio del ajetreo. Aunque la situación que me imaginaba no tardó en adquirir un carácter más siniestro, porque las caras se quedaban congeladas en el gesto de sorpresa, no resistían a transformarse en alegría por el reencuentro, más bien al contrario, cuanto más me miraban más sorprendidas parecían, hasta que, al final, su expresión se transformaba en algo que lejos de poder interpretarse como alegría, más bien parecía miedo.

En un intento de desembarazarme de aquella desagradable visión, agarré el teléfono y llamé de nuevo a Stine y me estremecí en cuanto sonó el primer timbrazo porque en ese mismo momento empezó a sonar un teléfono en la otra punta del local.

De repente sentí náuseas. La comida que había ingerido pareció crecer hasta no caberme en el estómago. Pensé en Oskar, a quien había accedido a cuidar al día siguiente. Había sido sincero al decirle a Caroline que lo haría con mucho gusto. Pero de pronto me daba miedo quedarme a solas con él.

Recordé lo mucho que me había apetecido acariciarle la cabeza, agacharme y darle un beso, como había hecho Caroline. Por otra parte, ¿qué sabía yo de las tendencias que se ocultaban tras su aparente seguridad en sí mismo?

Es más, ¿qué sabía yo, a esas alturas, sobre cómo manejar a los chicos de su edad? No lo conocía y es probable que fuera injusto por mi parte, pero era uno de esos tipos a los que resultaba fácil imaginarse cambiando radicalmente de personalidad según la situación en la que se encontrara o la gente ante la que tuviera que responder. Uno de esos chicos que, instantes después de despedirse educadamente de su madre, podían volverse hacia su canguro con una expresión totalmente distinta en los ojos. Y ahora que lo pensaba, ¿acaso tenía motivos para confiar más en Caroline que en su hijo?

¿En qué lío me estaba metiendo? ¿Qué pintaba yo en su mundo de madre e hijo? Y por otro lado, ¿qué motivo tenía ella para confiar en mí, para dejar al muchacho a mi cuidado una tarde entera, al cuidado de un hombre con quien solo había pasado unas horas? Y cuando apuré la bebida para pedir la cuenta y me preparé para marcharme, de pronto me pareció todo una estupidez, todo eso en lo que me había metido llevado por la endemoniada

esperanza de que existiera otra vida en otro lugar, por la creencia de que podía empezar de nuevo, de que podía creer en algo.

Querido Ole-Jakob, ¿podrás perdonarme?

Al salir, sentí algo húmedo sobre la punta de la nariz. Levanté la vista y por un momento tuve la sensación de que las estrellas se habían desprendido del firmamento y se precipitaban hacia mí a toda velocidad.

Antes de llegar a la hospedería, ya nevaba con ganas, los tejados estaban cubiertos de una capa fina y transparente, aunque las calles adoquinadas aún guardaban el calor suficiente para impedir que cuajaran los copos. Sentí la nieve como una salvación. No sería en casa de Caroline donde haría mi entrada. Sería en otra casa, en una que no tenía ni idea de dónde estaba, ni siquiera de si existía, pero que algo en mi interior ya había decidido que era el objetivo de todo, de la misma manera que en un sueño puedes ser consciente de que estás soñando y al mismo tiempo creerte todas las cosas horribles y extrañas a las que estás expuesto. O creer que estás soñando a la vez que sabes que lo que ocurre es real. Ole-Jakob. Sé que estás ahí. Estás ahí en algún sitio y te voy a encontrar.

Hice la maleta y me fui a la cama. Me arropé con el edredón y me hice una cueva caliente debajo. Una colección de adornos sobre un estante al otro lado de la habitación hacía que la pared parpadeara como el panel de control de la cabina de un avión por la noche. Me quedé un rato mirándola.

Luego me levanté para comprobar los horarios de los trenes y, para mi alivio, encontré uno que salía muy temprano, por lo que consideré preferible esperar en la estación. Sentí una punzada de mala conciencia al pensar en Caroline. Pero me dije que por lo menos había saldado mi deuda antes de traicionarla. Y al volverme al final de la calle peatonal y mirar por última vez la pequeña ciudad navideña, tuve la sensación de que era algo que ya había dejado atrás, porque se quedó allí aislada e inalterable, envuelta en una gruesa capa de nieve blanca e inmaculada, idéntica a como me la había imaginado.

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