Al límite

Linda Howard · Capítulo 2 de 12

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Al límite

Capítulo Uno

 

—Esto —dijo Brett Rutland con voz quedamente apreciativa— debería ser ilegal.

Evan Brady también había estado mirando a la joven que acababa de pasar por delante de ellos, y estaba completamente de acuerdo. Llevaba una semana en la oficina de Los Angeles y la había visto varias veces.

—Tendrás que ponerte en la cola, con el resto de nosotros —le aconsejó Brett secamente—. Su vida social haría que una debutante en Filadelfia se pusiera verde de envidia.

Una fría sonrisa asomó a los labios de Brett.

—Lo siento, creo que me saltaré el turno y me pondré en cabeza.

Evan se sintió algo alarmado ya que nunca antes había visto a Brett involucrarse con alguien de la empresa y realmente él solo había bromeado. De todos modos cuando un hombre miraba a Teresa Conway, todo lo demás desaparecía de su mente. Luego se encogió de hombros.

—Ella no se parece en nada a la imagen que se tiene de un contable, ¿verdad?

Los ojos azul oscuro de Brett se giraron bruscamente hacia él.

—¿Contable?

—Y malditamente buena en su trabajo, también. Automáticamente tiene que ser considerada como sospechosa.

Brett asintió con la cabeza, volviendo otra vez su aguda mirada hacia la mujer hasta que ella entró en el ascensor y desapareció de su vista. Evan y él estaban en Los Angeles para investigar en secreto la misteriosa diferencia que había salido a la luz en una revisión interna de cuentas de la oficina de Los Angeles de Ingeniería Carter, que pertenecía a Carter Marshall Group.

Cuando Joshua Carter se había enterado de la posible malversación en su empresa se había puesto lívido, y Joshua Carter encolerizado era algo digno de contemplar, incluso ahora que estaba cerca de los setenta años. Había hecho venir a su propio investigador para indagar y manejar el problema, y había dado instrucciones a Brett para aplicar todo el peso de la ley. ¡Nadie robaba a Joshua Carter y se escapaba con solo un despido y una palmada en la mano! La mala publicidad se podía ir al infierno, para lo que le importaba a él.

Brett compartía con Joshua Carter la misma fría desconfianza hacia un ladrón; había trabajado demasiado para lograr su éxito como para sentir nada que no fuera desprecio para todo aquel que trataba de llegar al éxito por el camino fácil, robando el fruto de los esfuerzos de otra persona. Podría tomarles un tiempo, pero Evan y él encontrarían al ladrón, y su manera de manejar la situación haría que todos los demás en Ingeniería Carter se lo pensaran dos veces antes de llevarse a su casa cualquier cosa, aunque fuera un lápiz.

El robo por ordenador, hecho por alguien que realmente sabía de ordenadores, era algo muy difícil de detectar, pero Brett tenía plena confianza en las habilidades de Evan. Había pocas personas en los Estados Unidos que pudieran igualar la maestría de Evan con un ordenador. Con Evan trabajando en la parte técnica, y Brett investigando a la gente, tendrían esto resuelto incluso antes de que el ladrón supiera que estaban ahí. El motivo que se había dado para justificar su presencia era que habían ido a Los Angeles para investigar la viabilidad de un nuevo sistema informático. Evan podía dar legitimidad a eso durante tiempo indefinido.

Brett se frotó la mandíbula pensativo.

—¿Sabes cómo se llama? —preguntó a Evan de una manera casi ausente.

—Todos y cada uno de los hombres de este edificio saben su nombre — contestó Evan, sonriendo abiertamente—. Teresa Conway, pero todo el mundo la llama Tessa. No está casada; yo… er, miré su expediente en Personal.

—¿Una lectura interesante?

—Depende de como lo mires. Aunque no hay esqueletos obvios en su armario.

—Creo que combinaré los negocios con el placer y llevaré a la señorita Conway a cenar —dijo Brett arrastrando las palabras—. Le sonsacaré información sobre el resto de los empleados. Puede que sepa de alguien con problemas financieros, o haya advertido alguna riqueza repentina.

—Siento mucho que tengas que trabajar tanto —Evan levantó las cejas sardónicamente—. Te liberaré del deber por esta noche y yo sacaré a la señora, así tú podrás descansar hasta mañana.

En un lenguaje admirablemente sucinto, Brett le dijo lo que podía hacer con su sugerencia, y Evan sonrió alegremente. Era delgado, moreno e intenso y nunca le había faltado compañía femenina. Probablemente él mismo hubiera pedido a Tessa una cita antes de que hubiera acabado el encargo, pero había estado demasiado ocupado y ahora Brett intervenía, lo que significaba que nadie más tendría ninguna posibilidad hasta que Brett decidiera alejarse. Las mujeres no rechazaban a Brett Rutland; la naturaleza le había dado una sexualidad apasionada, una cruda y exigente virilidad que hacía que las mujeres se acercaran como polillas a una vela, pero reprimía sus apetitos físicos con el helado control de su cerebro. Evan nunca había conocido a un hombre más controlado que Brett Rutland.

Joshua Carter no podía haber escogido a alguien mejor que Brett para enviar allí; era frío, siempre estaba alerta y nunca se involucraba emocionalmente. Evan había oído que a Brett Rutland no le importaba nadie, y en ocasiones había pensado que el rumor podría ser cierto. La claridad de los procesos mentales de Brett nunca se había visto nublada por sentimientos ni emociones. Tenía una personalidad cautelosa, mantenía sus pensamientos bien ocultos, aunque la mayoría de la gente nunca se daba cuenta de ello porque era un experto en manipularlos y doblegarlos a voluntad.

—Cuando regresemos del almuerzo quiero ver su expediente —dijo Brett. Su mirada azul oscura era decidida, y Evan por un momento sintió compasión por Tessa Conway. Ella no tenía ni una posibilidad.

Cuando Tessa entró de nuevo en el edificio después del almuerzo, sonrió al guarda de seguridad de la puerta principal y fue correspondida con una sonrisa de oreja a oreja y un bufido exasperado de Marta “Billie” Billingsley que trabajaba en el departamento de nóminas de Ingeniería Carter y que era también la amiga más cercana de Tessa.

—Coquetearías con un muerto —gruñó Billie.

—No, no —se defendió Tessa con amabilidad—. Hay una diferencia entre coquetear y ser amistosa.

—En lo que a ti concierne, no la hay. Tienes a todos los hombres de este edificio que se caen a tus pies cuando estás cerca de ellos.

Tessa se rio, sin tomarse en serio la crítica de Billie. Ella era una coqueta alegre, que se reía y se burlaba, pero lo hacía tan suavemente que era casi imposible no reírse con ella. A la mayoría de la gente le gustaban las mujeres como Tessa, porque no era una caza hombres, a pesar del luminoso encanto que atraía a los hombres como un imán. Era siempre a la primera que invitaban a una fiesta porque era muy alegre. Tenía un ingenio agudo pero amable, era la clase de persona que tenía a los demás pendientes de sus palabras perezosas, esperando con anticipación casi dolorosa que acabara el chiste, estallando en risas cuando finalmente acababa. La cansina voz de Tessa habría vuelto ya locos a todos si la música perezosa de su tono no hubiera sito tan amena. Había nacido en Mobile, en el Golfo de la Costa de Alabama, y Billie hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que ni un terremoto obligaría a Tessa a apresurarse. Era realmente extraño como lograba hacer tan bien todo su trabajo, porque lo acometía con una gran calma, sin parecer nunca nerviosa o frenética, fuera cual fuera la crisis que cayera en la oficina. Tessa paseaba a través de ello y las cosas de algún modo se hacían. Era un completo misterio.

Entraron en el ascensor donde se encontraron con el genio de los ordenadores de la empresa, Sammy Wallace. Sammy era alto, delgado y rubio, con despistados y dulces ojos azules tras sus gafas de carey que le daban aún más apariencia de genio. Lo ponían en el teclado de un ordenador y él prácticamente podría hacerle cantar ópera, pero era dolorosamente tímido. Tessa se sentía protectora con él, a pesar de que era unos años mayor que ella, y lo saludó calurosamente. Todavía se ruborizaba cuando ella le hablaba, pero Sammy ya sabía que la bondad en sus ojos no era falsa y le devolvió la sonrisa. Puede que normalmente tuviera su mente en los ordenadores, pero se había dado cuenta de cómo miraban los hombres a Tessa, y se sentía algo orgulloso de que ella siempre le diera conversación.

—¿Tienes alguna noche libre para otra lección de ajedrez? —le preguntó ella y Sammy se sonrojó un poco más por la manera en que Tessa sugería que su vida social fuera tan activa que sus noches libres eran pocas y muy espaciadas. Le gustó eso y la miró con su dulce sonrisa.

—¿Qué tal mañana por la noche?

—¡Maravilloso! —lo recompensó con una deslumbrante sonrisa, sus profundos ojos verdes centelleando—. ¿Te va bien a eso de las siete?

—Claro. ¿También querrás jugar al póquer otra vez?

—Y tanto, sabes que nunca rechazo una partida de póquer —le guiñó un ojo y Sammy le devolvió el guiño, sorprendiéndose hasta él mismo. Enseñaba a Tessa a jugar al ajedrez y ella a cambio le enseñaba a jugar al póquer. Era tan bueno con los números que aprendía lo básico del póquer mucho más fácilmente de lo que lo hacía ella con el ajedrez. Tessa jugaba al ajedrez con brío y sin meditarlo mucho, guiándose por el instinto en vez de por la estrategia y la tabla era a menudo un caos antes de que su adversario entendiera que pasaba y comenzara metódicamente a asediar a su rey. Por otra parte era muy buena con el póquer; le gustaba la diversión que resultaba de la mezcla de habilidad y suerte.

El ascensor se paró en el siguiente piso y entraron varios hombres; Tessa se movió hacia atrás, cogiéndose al pasamanos cuando las puertas se cerraron. Realmente tuvo suerte al agarrarse al pasamanos; cuando el ascensor llego al siguiente piso dio unas violentas sacudidas antes de estremecerse y pararse. Eduardo Baker, el hombre que estaba de pie delante de ella, perdió el equilibrio y se movió bruscamente en un esfuerzo para no caerse. Tuvo éxito, pero su codo se estrelló contra el pómulo de Tessa, y ella se tambaleó por la fuerza del golpe. Al instante, el hombre que estaba a su lado le puso el brazo alrededor de la cintura, sosteniéndola y juró suavemente.

El hombre que la había golpeado se giró, deshaciéndose en excusas.

—No ha sido culpa suya —intentó tranquilizarlo Tessa.

—Baker, llame a alguien de mantenimiento para que revise el ascensor —ordenó el hombre que sostenía a Tessa y Baker rápidamente asintió.

Tessa ya se había recobrado del breve mareo causado por el golpe y trató de alejarse del hombre, pero él la mantuvo firmemente dentro del duro círculo de su brazo. Billie los miró con ojos ansiosos.

—Tessa, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien —pero se tocó cautelosamente el pómulo con los dedos, sin estar segura de si estaba siendo sincera o valiente. Sintió la cara un poco entumecida.

—Venga conmigo y le pondré hielo en el golpe —dijo la voz autoritaria por encima de su cabeza y tuvo sus dudas de que alguien hubiera desobedecido alguna vez ese tono de mando. Desde luego nadie en el ascensor sugirió otra cosa. Billie se bajó en su piso, mirando hacia atrás a Tessa con preocupación, pero ella no intentó acompañarlos. Poco a poco el ascensor se vació mientras subía más y más arriba del edificio y Tessa frunció los labios pensando lo que significaba eso. Quisiera alzar la cabeza para ver a su salvador, pero él estaba ligeramente detrás de ella y no estaba segura de poder mover la cabeza. Volvía a sentirse la cara y su pómulo palpitaba dolorosamente.

Salieron en el piso de los ejecutivos, donde Tessa solo había ido un par de veces hacía tiempo, desde entonces rara vez los de contabilidad habían necesitado aventurarse tan lejos de su departamento. Él abrió una puerta donde no había ninguna placa, pero una secretaria levantó la vista de su escritorio.

—Helen, ¿hay algo de hielo en mi oficina? Ha habido un pequeño accidente.

—Sí, señor, estoy segura de que hay —Helen se levantó de un salto para abrirle la puerta, luego fue directamente hacia la pequeña barra empotrada en la esquina de la gran oficina para comprobar el suministro de hielo—. Sí, hay hielo. ¿Necesita algo más?

—Cogeré una toalla de mi baño —dijo él con tranquilidad—. Eso será todo, gracias.

La secretaria se marchó, cerrando la puerta detrás de ella, y Tessa se encontró sola en la gran oficina con un hombre que nunca había visto antes.

—Siéntese aquí —la instruyó, colocándola en la enorme silla de cuero de detrás del escritorio tan grande que parecía un campo de fútbol. Él se alejó dando media vuelta para ir a buscar la toalla de su baño privado y Tessa inmediatamente se puso de pie, movida por la curiosidad y una cautela instintiva hacia un hombre que parecía acostumbrado a dar ordenes y a que lo obedecieran. Fue hacia las amplias ventanas y miró la vista casi infinita de Los Angeles. Lo oyó cuando volvió a entrar en la oficina pero no se giró.

—Le dije que se sentara —dijo bruscamente a sus espaldas.

—Sí, lo hizo —estuvo de acuerdo Tessa con voz suave.

Después de un momento, caminó hacia la barra y oyó el tintineo de los cubitos de hielo cuando los sacó.

—Me sentiría mejor si se sentase. Recibió un buen golpe.

—Le prometo que no me desmayaré —podía oír como se acercaba… no, la gruesa alfombra amortiguaba sus pasos. Sintió como se acercaba, como si su piel se hubiera vuelto sumamente sensible en lo que a él se refería; en realidad sintió el calor de su cuerpo cuando se aproximó a ella. Girándose, lo miró por primera vez.

Mientras él la había estado sosteniendo firmemente contra si, Tessa había advertido unas cuantas cosas. La primera era que él era muy alto, probablemente un poco más de uno noventa, y muy fuerte. Ella era de altura media pero de constitución delicada y llena de gracia y le había dado la impresión de que podría levantarla con una sola mano. El calor y el poder de su cuerpo de duros músculos habían sido casi avasallador. También había advertido su limpio olor masculino y había sentido la fuerza controlada de sus manos.

Ahora estaba de pie ante ella, mirándola con los ojos entrecerrados, atentos y fijos en Tessa.

Un extraño aturdimiento le sobrevino y se preguntó por un momento si debía tener una leve conmoción cerebral; entonces se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Volvió a respirar con un suave suspiro, todavía con la mirada fija en aquella dura cara, que no era atractiva, pero si notablemente sensual y atrayente. Tenía los ojos más bellos que había visto nunca: ojos azul marino, enmarcados por unas larguísimas pestañas. Un azul más puro y profundo de lo que nunca se hubiera podido imaginar. Su pelo era marrón rojizo, con hebras de oro atravesándolo y casi de aspecto desgreñado. Se veía duro y sensual y quizás un poco cruel; Tessa no podía apartar la mirada de él.

Su barbilla era un poco prominente, su mandíbula un poco ancha, sus pómulos un poco altos, despiadados y duros; casi podría decirse que su nariz era ganchuda. Sus rasgos eran casi tan esculpidos que incluso podría decirse que era feo si no hubiera sido por la belleza azul oscura de sus ojos y por la perfección sensualmente cincelada de su boca. Esa boca era positivamente malvada y dejó de respirar otra vez cuando la miró. Su boca era del tamaño correcto, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, y sus labios eran expresivos con una pequeña mueca que podía ser cinismo o diversión. Esa era la boca de un hombre con amplia y variada experiencia, un hombre que sabía como besar, como saborear el gusto de la piel de una mujer. Tessa sintió de repente la necesidad de alzarse de puntillas y averiguar lo bien que besaba.

Con mucho cuidado, él puso un dedo bajo su barbilla y le movió la cara hacia la luz para poder examinar su mejilla.

—Le saldrá un morado —dijo— pero no creo que el ojo se le ponga negro.

—¡Espero que no!

Cautelosamente colocó la compresa provisional de hielo contra su mejilla, y cogió a Tessa para que estuviera quieta. Su mano tocó la suya y notó que sus dedos eran ligeramente ásperos, no eran las manos de un hombre cuyo trabajo más duro fuera el de firmar. Él no apartó la mano, la mantuvo bajo la de ella y la miró con tal calma, con tal seguridad en sí mismo que Tessa automáticamente quiso poner más distancia entre ellos. Estaba acostumbrada a hechizar tan fácilmente a los hombres que ni siquiera era consciente de esforzarse en ello, pero era un hechizo alegre, y siempre volaba alejándose antes de que las emociones pudieran llegar a volverse intensas. No hubiera podido decir como lo supo, pero cada hueso de su cuerpo, cada fibra de su cuerpo, cada instinto de su personalidad muy femenina, lo reconoció como a alguien a quien no podría manipular. No era un hombre de un encanto fácil; abrumaba a las mujeres con la intensidad de su masculinidad. Él no permitiría que la mariposa se escapara después de haber bailado seductoramente ante él; extendería la mano y la capturaría y la mantendría cautiva mientras su belleza lo intrigase. Tessa sabía que tenía que alejarse para proteger mejor sus propios intereses. Pero no se quería ir, pensó melancólicamente. Quería quedarse cerca de él…

Bajo toda su luz y su alegría, Tessa tenía una firme veta de sentido común, y ahora salió a la superficie.

—Gracias por el hielo —murmuró mientras se alejaba—. Será mejor que vuelva al trabajo antes de que me despidan por llegar tarde. Gracias otra vez…

—Quédese —ordenó suavemente, y eso era definitivamente una orden, a pesar de la uniformidad de su tono—. Llamaré al jefe de su departamento y la excusaré.

—No será necesario. Realmente me encuentro bien, así que puedo volver al trabajo.

—Si insiste —sus párpados cayeron perezosamente sobre sus ojos del color de las profundidades del mar—. Sin embargo me gustaría hablar con usted, así que la llevaré a cenar esta noche. ¿Le va bien a las siete y media?

—¡Vaya! —exclamó ella alarmada—. ¡Pero ni siquiera le conozco!

—Eso es fácil de arreglar —tendió su mano dura y bronceada—. Soy Brett Rutland, de Carter Marshall.

Los ojos de Tessa se agrandaron levemente. Había oído el nombre tantas veces durante la última semana y tantas personas parecían ser cautelosas con él que de hecho ella había empezado a creer en todas las cosas de las que se había enterado. El rumor de que él pudiera caer sobre Ingeniería Carter había puesto nervioso a un gran número de personas. Debía haber llegado aquella mañana. Pero todavía estaba ofreciendo la mano, y lentamente Tessa alargo la suya para estrechársela. Los dedos de él envolvieron cuidadosamente los suyos, como si fuese muy consciente de la diferencia ente su fuerza y la suya.

—Tessa Conway —dijo ella presentándose—. Trabajo en el departamento de contabilidad.

Él no liberó su mano.

—Bien, Tessa Conway, ahora tú sabes quién soy yo y yo sé quién eres tú. ¿Y la cena?

Ella lo miró por un momento cautelosamente; luego su natural sentido del humor salió a la superficie. ¿Era ese hombre el ogro del que habían estado contando historias de terror? No era ninguna fiera domesticada, eso desde luego, pero tampoco parecía que tomara carne cruda para desayunar. Luces de diversión empezaron a bailar en sus ojos verdes.

—No estoy segura de que vaya a estar a salvo con alguien conocido como el Hombre Hacha —indicó descaradamente.

Él echó la cabeza hacia atrás y se rio, un sonido hermoso, profundo, y un calor empezó a crecer dentro de ella.

—¿Hombre Hacha? ¡Eso es mejor de lo que había pensado! Pero tú no tienes nada de que preocuparte, Tessa Conway. No te cortaré en pedacitos.

No, pero era un hombre que podría poner las emociones de una mujer en una trituradora de carne. Solo estando de pie allí en la oficina con él, Tessa podía sentir como su corazón latía más aprisa, y el modo en que su sangre tarareaba por sus venas la hizo sentir caliente por todas partes. La tentación la debilitaba porque realmente quería ir con él, pero sabía que lo más inteligente sería correr, no caminar, hacia la puerta más próxima.

—Si saliéramos juntos, daríamos pie a un exceso de rumores. Realmente no creo…

—Me importan un bledo los rumores y a ti tampoco deberían importarte —los dedos de él apretaron los suyos—. ¿A las siete y media?

Lo miró otra vez, y ese fue un error táctico. Con una risa baja, musical, echó la precaución a un lado.

—Prefiero a las seis y media. Soy la típica dormilona; si no duermo mis ocho horas soy incapaz de funcionar. Entre semana ni siquiera espero la hora de la Cenicienta para retirarme y todos sabemos que ella era una aguafiestas.

Brett ocultó sus ojos con sus pestañas, no dejándola que viera el destello depredador que había en ellos. Tendría mucho gusto en asegurarse de que ella estuviera pronto en la cama; dejarla dormir ya era otra cosa completamente diferente.

—Allí estaré. Apúntame tu dirección —planeaba leer su expediente, y podía conseguir allí su dirección, pero ella no tenía por qué saberlo.

Tessa sostuvo la compresa fría en su lugar con su mano izquierda mientras garabateaba su dirección sobre un trozo de papel, con su número telefónico. Luego lo miró otra vez y sacudió un poco la cabeza.

—Debo haberme vuelto loca —murmuró, y salió rápidamente de la oficina antes de que él, de algún modo pudiera convencerla para quedarse un rato más.

Brett se sentó en el escritorio y jugó ociosamente con el trozo de papel que tenía su dirección. Así era justo como la quería, descontrolada, con los sentidos totalmente nublados por el placer que tenía intención de darle. Él había tenido un buen número de amantes, las suficientes como para que la perspectiva de otra mujer en su cama solo debería producirle un sentimiento de suave anticipación, pero lo que sentía nunca podría ser descrito como suave. Él quería todo lo que tuviera que ver con Tessa Conway. Realmente no podía recordar a una mujer que hubiera querido y que no hubiera conseguido en poco tiempo. No había ninguna razón para que las cosas fueran diferentes con Tessa. Pensó en la manera en que ella caminaba, sus finas caderas moviéndose con un balanceo que hacía que su frente se llenara de sudor. Podría llevarle un tiempo en cansarse de ella.

 

—Soy una idiota —se dijo Tessa una y otra vez cuando regresó a su oficina, sosteniendo todavía el hielo envuelto en la toalla sobre su pómulo amoratado.

La verdad era que había acordado salir con un hombre que ocupaba un peldaño bastante alto en la escala corporativa de la empresa, y que eso ya bastaba para ocasionar una abundante cosecha de rumores. Y no solo esto, el hombre tenía una reputación horrible; siempre que aparecía la gente perdía sus empleos. “El Hombre Hacha” era un apodo singularmente apropiado. Pero aparte de eso, también era el hombre más sexy que hubiera conocido nunca, o hubiera imaginado. No era particularmente guapo, aunque sus ojos fueran casi impresionantes por su belleza. Era la forma en que miraba a una mujer, como si ella fuera suya para poseerla, y como si él supiera todas las formas deliciosas para hacerla suya, y se entretendría en cada una de ellas. Ojos intensos… excepto que también había algo frío y controlado en su mirada, como si mantuviera lejos una parte de él, completamente aparte del calor de su pasión.

¿Qué se suponía que hacía una mujer con un hombre que quería más de ella de lo que ella estaba dispuesta a dar para mantenerse segura? Nunca le habían roto el corazón, pero lo habían golpeado lo suficiente como para que ella no quisiera arriesgar sus emociones otra vez, especialmente con un hombre como Brett Rutland. Él ignoraría las barreras de risas y bromas, apartándolas a un lado para llegar hasta la mujer que había detrás de ellas. A Tessa le gustaba coquetear y divertirse, y con frecuencia hacía sentirse bien a la gente. Pero la idea de ir en serio con alguien la asustaba y tenía muchísimo miedo de que mantener su postura frívola con Brett Rutland fuera una remota posibilidad.

Después de dos compromisos rotos, Tessa ya no tenía tantas estrellas en los ojos. Era lo suficientemente optimista y sensata como para condenar a todos los hombres debido a dos relaciones fracasadas. Conocía el peligro cuando lo veía, y aquel hombre emitía señales de peligro tan fuertes como la luz de un neón. ¿Entonces por qué abandonaba ahora toda precaución, aceptando salir con él cuando normalmente tenía mejor criterio?

—Porque soy una idiota —refunfuñó cuando se sentó en su escritorio.

Perry Smitherman, jefe del departamento de contabilidad, salió de su oficina y se acercó a su pequeño cubículo. Su amplia frente se fruncía con un ceño perpetuo.

—Billie Billingsley llamó para decir que usted había tenido un pequeño accidente. ¿Se encuentra bien?

—Sí, me encuentro bien —Tessa se quitó la compresa fría y se tocó el pómulo abotagado ligera y cuidadosamente—. ¿Cómo se ve?

Su ceño se frunció aún más cuando se inclinó y examinó el golpe tan a fondo como si estuviera comprobando los libros.

—Doloroso —se pronunció finalmente—. ¿Necesita irse a casa?

Tessa disimuló una risa alarmada.

—No, puedo trabajar —le reconfortó tímidamente. Perry Smitherman siempre se quejaba pero era muy bondadoso, y a ella le gustaba, a pesar de ser tan quisquilloso.

—¿Ha ido al hospital?

—No. El señor Rutland me llevó a su oficina y me puso esta compresa de hielo sobre…

—¿Brett Rutland? —preguntó Perry Smitherman bruscamente.

—Sí, él estaba en el ascensor…

Su amplia frente empezó a brillar por el sudor.

—¿Le preguntó algo sobre el departamento? ¿Dijo algo sobre los libros?

La ansiedad era evidente en su cara y en el tono elevado de su voz.

—Ni una palabra. Solo cogió el hielo de la barra de su bar y lo envolvió en la toalla —lo tranquilizó Tessa.

—¿Está usted segura? Él nunca hace nada sin una razón. Puede ser sutil cuando le conviene. Estoy seguro de que vendrá aquí, pero antes preguntará y tratará de enterarse de si somos vagos o descuidados en cualquier aspecto.

—No tiene nada de que preocuparse, el departamento funciona muy bien y usted es un gerente muy competente.

—Nunca se sabe —dijo retorciéndose las manos—. Nunca se sabe.

Estaba decidido a pensar lo peor, y con un suspiro Tessa dejó de esforzarse para tranquilizarlo. De todos modos él parecía ser más feliz buscando una parte oscura en una nube de plata. Algunas personas simplemente eran algo melancólicas y Perry Smitherman era una de ellas.

 

Billie hizo una corta e imprevista visita en el descanso del mediodía para comprobar cómo estaba Tessa. Otra mujer que estaba muerta de curiosidad por Brett Rutland, sus grandes ojos negros estaban aún más redondos que de costumbre cuando miró fijamente a Tessa y empezó a dispararle preguntas sin darle tiempo a contestar.

—¿Qué te dijo? ¿Cuánto tiempo estuviste con él? ¿Te asustaste? ¡Dios mío, de toda la gente que hubiera podido estar en el ascensor! ¿Dijo por qué estaba aquí?

Tessa eligió una pregunta e ignoró las demás.

—¿Por qué tendría que asustarme? Yo no sabía quien era.

Billie boqueó.

—¿No conocías a Brett Rutland?

—Había oído su nombre, pero nunca lo había visto, así que, ¿cómo querías que lo conociera?

Billie parecía impaciente con su lógica, quería información de Tessa, que podía ser exasperante cuando quería.

—¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo?

—Entre otras cosas me dijo que me sentara mientras conseguía una toalla —murmuró Tessa. No iba a decirle a Billie que la había invitado a cenar; solo en pensar que iba a salir con él la ponía nerviosa, tanto de miedo como de excitación, todo a la vez. Todavía sentía un hormigueo por las chispas de electricidad de su masculinidad.

La tía Silver lo adoraría.

Solo con pensar en su tía hizo que Tessa sonriera, porque Silver era la mujer más cálida, más viva, más adorable del mundo, y si había algo que Silver apreciara era un hombre excitante. “Cariño”, le había dicho Silver más de una vez, “si alguna vez dejo de mirar a un hombre, sabrás que puedes enterrarme, porque ese será un signo seguro de que estoy muerta”. Y aunque Silver prosperaba con su pequeña y exclusiva tienda de muñecas en Gatlinburg, Tessa tenía la seguridad de que su tía todavía era feliz mirando a un hombre.

—Estás sonriendo —acusó Billie—. ¡Tessa Conway! ¡No intentes coquetear con ese hombre! Conozco esa mirada. ¿Has estado agitando tus pestañas delante de él?

—¿Acaso mi cara no parece como si hubiera salido de un combate de diez rounds con un boxeador de peso pesado? —preguntó Tessa suavemente.

—¿Acaso esa nimiedad te detendría?

—Te lo prometo, no he estado coqueteando con el señor Rutland —sus ojos centellearon; evidentemente el señor Rutland no esperaba que una mujer coqueteara con él antes de que él hiciera el primer movimiento.

—¡Espero que no! Se sabe que destroza y arranca la carne del que ha intentado burlarse de él.

Varias cosas de Brett Rutland asustaban a Tessa, pero ninguna de ellas era el miedo de que le arrancara la carne. No, lo que haría él con su carne no sería doloroso en absoluto, y esa certeza era lo que más la alarmaba de él. Siempre que una mujer miraba a un hombre y sabía instintivamente y sin lugar a dudas que él podría darle un exquisito placer, sus defensas contra ese hombre se debilitaban peligrosamente. Tessa no quería que sus defensas se debilitaran; la habían herido, no una vez, sino dos veces. Más tarde, cuando el tiempo hubiera curado todas sus heridas emocionales, intentaría enamorarse otra vez. Pero no ahora, pensó con desesperación. Todavía no estaba preparada.

Logró tranquilizar a Billie de que no había hecho nada vergonzoso que pudiera costarle el empleo. Billie era una extraña mezcla de la informalidad relajada de California y una sorprendente veta de mojigatería que con frecuencia se sentía conmocionada por la coquetería de Tessa. Como también era una amiga leal, Tessa cuidaba de Billie de una manera tan sutil que nadie se había percatado, aunque muchos pensaban que Billie había guiado a Tessa por los laberintos y las trampas de la vida en California del Sur, donde el flujo normal de tráfico era prácticamente una sentencia a muerte para una joven que usaba un andar mucho más pausado para ir de un sitio a otro. Desde que Tessa se había hecho amiga de ella, la ropa de Billie era más sencilla, con un estilo más clásico y más adecuado a su cuerpo menudo y más bien redondeado. El peinado que Billie llevaba ahora le embellecía la cara, el maquillaje resaltaba sus grandes ojos negros y disimulaba su piel más bien cetrina. Antes, el gusto de Billie por la joyería había pecado de exagerado, toscas piezas de colores brillantes que la hacían parecer un enano de circo. Ahora llevaba piezas más pequeñas, bien coordinadas con la ropa. La vida social de Billie había mejorado considerablemente en el último año, pero ella nunca se había preguntado por qué. Tessa sabía por qué, y el saberlo la llenaba de una serena satisfacción. Ella había tenido suerte; había tenido a la tía Silver para guiarla en sus confusos días de adolescente, la enseñó como vestir y usar el maquillaje; no había muchas chicas que hubieran sido tan afortunadas. Repartir a su alrededor algo de la sabiduría de la tía Silver era lo menos que podía hacer.

Tendría que acordarse de escribir a la tía Silver contándole lo de Brett Rutland. Estaba segura de que su tía disfrutaría de saber de un hombre con ojos azul mar y una boca que hacía que una mujer se volviera un poco loca.

 

Brett se reclinó sobre su silla, sus ojos se entrecerraron cuando hojeó la escasa información en el expediente de Tessa. No había mucho allí. Nunca la habían detenida, nunca había estado casada y no tenía ninguna cicatriz de identificación o marcas de nacimiento. Su supervisor, Perry Smitherman, le había dado una buena evaluación, pero Brett pensó cínicamente que cualquier hombre normal encontraría difícil decir algo desfavorable de Tessa, y más un viejo solterón como Perry Smitherman. Lanzó el expediente sobre su escritorio; lo que decía no servía para nada. Averiguaría más sobre ella esa noche.

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