Al límite

Linda Howard · Capítulo 8 de 12

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Al límite

Capítulo Siete

 

A Tessa la habían hecho daño antes, pero nunca nada le había hecho sentirse como se sentía cuando salió de la habitación del hotel de Brett. Fue un dolor tan profundo, tan paralizante, que ni podía imaginarse el alcance de ello, y a la vez era también una bendición, porque el shock la entumeció. ¡No solo no la amaba, sino que también la había estado usando todo el tiempo! Se había creído que tenían algo verdadero, algo infinitamente precioso entre ellos, y se encontraba que la había buscado para su investigación. El amor que ella había estado tan segura de que había existido, solo lo había hecho en su mente. Si él había sentido algo por ella había sido solo lujuria. Había usado su cuerpo porque ella se lo había ofrecido, y no había significado nada para él más allá del placer físico momentáneo.

Ahora, sabiéndolo, recordó todas las preguntas casuales que le había hecho la primera vez que la había invitado a cenar. Una risa áspera rasgó su garganta. ¡Había creído que él le había dado conversación como una manera fácil de llegar a conocerla, pero en cambio había estado buscando información!

Se sintió… sucia. El horror de la detención, la toma de huellas digitales no la había hecho sentirse así, porque sabía que era inocente de los cargos que habían hecho contra ella, que Brett había hecho contra ella. Pero ahora se sentía violada, tanto mental como físicamente. Le había entregado su amor de todas las maneras que conocía, abiertamente, confiadamente, y él la había usado, como hubiera usado despreocupadamente, como si fuera una puta. Le había dado la espalda sin preocuparse, sí, había pisoteado sus emociones, sin preocuparse si ella se sentía sucia y sin vida.

Se formó un nudo en su garganta que era como si la ahogara. Tragó convulsivamente, mirando a su alrededor con una débil sorpresa. Estaba en su apartamento y no se acordaba de haber llegado hasta allí. No recordaba nada desde el momento en que había salido de la habitación de Brett, aunque el reloj de pared le dijo que no había pasado mucho tiempo, así que debía haber vuelto directamente a su casa.

Había habido otras veces en su pasado en las que se había sentido golpeada, pero siempre se había recuperado, siempre había vuelto a encontrar la habilidad de reírse y disfrutar de la vida. Quizá la risa estaba ahora lejos, pero había acero en ella, acero que no la permitiría derrumbarse. No iba a ir mansamente a prisión por algo que no había hecho, aunque Brett le hubiera destrozado el corazón. Haría lo que pudiera para demostrar su inocencia. Él la podría vencer totalmente solo si ella se lo permitía, y no iba a hacerlo. Todo lo que le quedaba era su orgullo y saber que era inocente; con esto sobreviviría. Tenía que darle la espalda al dolor, sacar a Brett de su mente, porque si dejaba que sus torturados pensamientos volvieran a él, se volvería loca.

Con aquella decisión, fue como si en su mente cerrara una puerta de golpe. Su expresión era tranquila cuando fue hacia el teléfono. Quería a la única persona que no se volvería en contra de ella.

—¡Querida, que agradable es oír tu voz! —exclamó Silver alegremente, centenares de kilómetros y tres bandas horarias lejos—. Precisamente estaba pensando en ti. ¿Me llamas porque ya haces planes de boda?

—No —dijo Tessa con calma—. Tía Silver, me han detenido. Te necesito.

Cinco minutos más tarde, cuando Tessa colgó el teléfono sonaba en sus oídos la sombría confirmación de Silver de que estaría allí al día siguiente. Si Tessa había necesitado un ejemplo de amor y confianza para compararlo con el comportamiento de Brett, Silver se lo había dado. El apoyo de su tía había sido inmediato e incondicional, y tan feroz que si Silver hubiera podido poner sus manos sobre Brett Rutland en aquel momento, lo habría golpeado antes de que hubiera tenido posibilidad de protegerse.

Apenas había colgado el teléfono cuando sonó el timbre de la puerta. Al recordar la noche anterior cuando había abierto la puerta a los dos detectives, que fue un shock especialmente cruel ya que estaba esperando con impaciencia la llegada de Brett, Tessa se congeló unos momentos. ¿Algo iba mal? ¿Podía rescindirse su fianza?

—¿Tessa? ¿Estás bien?

Era la voz de Billie y parecía ansiosa. Cuando Tessa le abrió la puerta a su amiga, se preguntó cuanto sabía Billie, si ya se sabía en la oficina que la habían detenido.

Los ojos de Billie estaban preocupados cuando entró en el apartamento.

—¿Estás enferma? —preguntó—. Nadie sabía por qué hoy no has ido a trabajar. Intenté llamarte durante el desayudo, pero no contestaste.

—¿Quieres un café? —le ofreció Tessa, con voz tranquila y plana. Billie ya había contestado una de sus preguntas: la razón de su ausencia no se había hecho pública, aunque eso fuera, desde luego, eventualmente. Los rumores se infiltraban como el polvo por las grietas de un piso.

—Me gustaría una respuesta, pero también tomaré un café —contestó Billie con irritación.

Bueno, ¿por qué no? ¿Por qué tenía que evitar el tema? Ella no había hecho nada malo.

—Me han despedido, creo —una sonrisa débilmente sardónica curvó sus labios. Realmente no había recibido una carta de despido, pero desde luego una orden de arresto había sido bastante eficaz.

Siguiéndola a la cocina, Billie empezó a preguntar a trompicones.

—¿Despedida? No seas ridícula… ¿De qué estás hablando? ¿Por qué iban a despedirte? ¿Y qué pasa con Brett?

Bajando la lata de café del armario, Tessa se ocupó serenamente del proceso de medirlo.

—Brett hizo que me arrestaran —declaró con un tono de remota indiferencia—. Por malversación. Resulta que solo estaba interesado en mí por la investigación.

Se giró y miró a Billie, preguntándose si su brusca declaración pondría fin a su amistad. En este tema, ella no tenía mucha fe en nadie, excepto en Silver.

La cara de Billie adquirió un rojo oscuro.

—¿Hablas en serio? —pregunto en tono áspero.

Tessa no dijo nada, pero al mirar su cara pálida y sin expresión, Billie se convenció.

—¡Qué ciego! ¡Bastardo conspirador! —gruñó Billie, sus pequeñas manos fuertemente apretadas en un puño—. ¡Tú eres tan ladrona como… como mi madre! ¿De dónde ha sacado esa estúpida idea? ¿Qué evidencias tiene?

—No lo sé. He contratado a un abogado; supongo que él lo averiguará —una parte de su congelado corazón se calentó ante la instantánea defensa de Billie, pero era una pequeña parte. La mayor parte de su corazón había muerto hacía como una hora.

Billie miró a Tessa y cuando vio el vacío en los ojos de su amiga, sus labios temblaron.

—Oh, Dios mío, no puedo soportar esto —susurró, abrazando con fuerza a Tessa—. ¡Eras tan feliz y viene él y te da un golpe entre los ojos como…! ¡Me voy a despedir mañana mismo! ¡No voy a trabajar para un monstruo así!

—Estaré bien —dijo Tessa quedamente—. Sé que soy inocente; eso es lo más importante. No hay ninguna necesidad de que te despidas por mi causa. Necesitarás el sueldo para todas esas cosas que tendrás que comprar cuando te cases con Patrick.

—Pero…

—Por favor, no es necesario.

De momento logró convencer a Billie para que no dejara su trabajo, pero su amiga hervía de rabia y caminó rabiosa por el apartamento amenazando a Brett con arrancarle todos sus miembros o planeando febrilmente cualquier clase de defensa que Tessa pudiera emplear. Tessa permaneció tranquila, en realidad no le prestaba mucha atención. Estaba interesada en su futuro solo de una manera abstracta, porque ya no tenía un verdadero futuro. Incluso aunque limpiara su nombre… no, cuando limpiara su nombre… solo estaría medio viva, yendo por la vida sin sentir alegría, una cáscara vacía que mantenía solo el eco de la risa.

Cuando Billie se calmó, ella y Tessa se sentaron en la mesa y bebieron el café. Billie intentó animar a Tessa y Tessa intentó responder, aunque solo fuera para aliviar la preocupación de Billie, pero el tema era como un dolor de muelas. No importaba si intentaban hablar de otras cosas, acababan volviendo al mismo tema.

—No ha habido ni un murmullo en la oficina —dijo Billie con incredulidad—. Juraría que ni siquiera Perry lo sabe.

Con amargura en los ojos, Tessa dijo:

—No voy a intentar taparlo. No soy una ladrona y no voy a actuar como si fuera culpable. Quizás Brett y Evan tienen sus motivos para mantenerlo en secreto, pero voy a intentar que todo el mundo lo sepa y les dejaré saber que tengo la intención de aclarar esto hasta el final.

—¿Tú quieres que yo lo suelte? —preguntó Billie con incredulidad.

—¿Por qué no? Ya sabes que dicen que la mejor defensa…

—Es un buen ataque. Vaya. Vas a darle algo en lo que pensar, ¿eh?

—No me importa lo que él piense. Estoy peleando por mi vida —dijo Tessa con rotundidad.

 

Cuando Billie se fue, Tessa recorrió cuidadosamente el apartamento y se aseguró de que todo estaba cerrado, pero aun así se sentía vulnerable y expuesta, como si hubiera ojos curiosos mirándola desde las paredes. Tuvo un horrible pensamiento: ¿habían puesto micrófonos en el apartamento? Salvajemente miró a su alrededor, antes de que el sentido común le dijera que en su caso no se emplearían semejantes medidas. Se obligó a ducharse y prepararse para ir a dormir, pero cuando entró en el dormitorio se detuvo, mirando fijamente la cama. No había ninguna posibilidad de que pudiera dormir en aquella cama. Brett había dormido allí con ella, la había iniciado en las abrasadoras intimidades del acto amoroso, la había abrazado durante la noche… y todo había sido una mentira. El amor del que ella había estado tan segura era un espejismo, una imagen falsa proyectada para ganarse su confianza. No había habido seguridad entre sus brazos, solo mentiras.

Obligándose a moverse, cogió una manta y regresó a la sala de estar, enroscándose en el sofá como había hecho la noche anterior.

Estando allí, a oscuras, mirando la oscuridad, con los ojos abiertos y vacíos, se preguntó cuando sentiría el primer arranque de cólera. ¿Por qué no podía estar enfadada? Con la cólera vendría la fuerza, la fuerza que necesitaba, pero la única emoción que podía sentir era el dolor vacío de la traición, y aquel dolor era demasiado profundo para las lágrimas. Había llorado una vez, aquella mañana en la ducha, pero de algún modo parecía como si hubiera pasado hacía años, a algún otro. Sin pensar conscientemente en ello, ella ya lo había perdonado, por lo mucho que lo amaba. Aquella mañana, ella todavía era capaz de confiar.

Ahora no había nada más excepto una triste extensión de años. Después de Andrew, incluso en las profundidades de su amargura, estaba segura de que habría días de luz en el futuro. No se había hundido; había estado furiosa, herida, pero nunca se había hundido, porque ella no había amado a Andrew con la suficiente profundidad como para que su traición hubiera roto totalmente su corazón. Bien, la alegre chica finalmente pagaba todas sus viejas deudas al destino. Había salido revoloteando ilesa demasiadas veces, pero ya no revolotearía nunca más. Incluso la prueba de su inocencia no cambiaría el hecho de que Brett no la amaba, y de que nunca la había amado.

Había estado demasiado segura de sus propios encantos, comprendió amargamente; era justicia poética. Estaba tan acostumbrada a que los hombres se rindieran a sus pies, que nunca se había imaginado que Brett no haría lo mismo. Toda su vida, había podido atraer a los hombres con su sonrisa lenta y un revoloteo de sus largas pestañas, pero Brett Rutland era acero puro, y probablemente había sonreído fríamente cuando la tuvo bailando de su dedo meñique, permitiéndola todo el tiempo que creyera que era ella la que lo tenía embelesado.

¡Pero, Dios querido, ella nunca había sido malévola en sus coqueteos! ¿Realmente se merecía esto?

Fue la noche más negra de su vida, incluso peor que la anterior. Al menos antes había estado entumecida y había podido dormir un poco. No había sueño para ella esta noche. Yació despierta, fría bajo su manta, y ninguna oración de las que rezó aligeró la oscuridad de su corazón. Su corazón latía despacio, pesadamente, como si nunca más fuera otra vez a correr con alegría o con la excitación de estar en los brazos del hombre que amaba.

 

Al amanecer, se levantó y se preparó el desayuno, pero solo se pudo obligar a comer una tostada. Faltaban horas para que el avión de Silver llegara, pero no tenía nada que hacer para pasar el rato, así que se vistió y condujo hasta L.A. International, dónde estuvo sentada durante horas con un vaso de café que compró en la cafetería hasta que sintió el estómago revuelto y se vio obligada a comprar un tubo de pastillas antiácidas. Su mente estaba en blanco de cualquier pensamiento que no fuera superficial mientras estaba allí sentada en el incómodo asiento, esperando el avión de Silver.

Aterrizó a la una y media y ella estaba allí esperando cuando Silver salió del túnel. En cuanto vio a su tía, Tessa sintió que el peso de sus hombros era un poco más liviano y sonrió.

—Tessa, cariño —la voz cálida y gutural de Silver, tan parecida a la de Tessa sonó en su oído cuando los cariñosos brazos la envolvieron, y las dos mujeres se abrazaron una a la otra con la fiereza de la lealtad y el amor de la familia.

—Me alegro de que estés aquí —dijo Tessa simplemente.

—Sabías que vendría, y me quedaré mientras me necesites. Gatlinburg puede prescindir de mí algún tiempo.

Recogieron la maleta de Silver y mientras iban hacia el coche, Silver hacía planes. No iba a dejar que su querida sobrina fuera a parar a la cárcel sin luchar de tal manera que Brett Rutland pensaría que había cogido un gato montés por la cola, sin posibilidad alguna de hacerlo girar. Lo primero era ir a ver a ese abogado que Tessa había contratado y juzgar por sí misma si era capaz de luchar por Tessa tan ferozmente como debía.

 

Al mediodía, no había nadie que trabajara en Ingeniería Carter que no supiera que Tessa Conway había sido arrestada por malversación, y Brett se sentía fríamente furioso. Maldita sea, había hecho todo lo posible por mantenerlo en secreto. A pesar de lo que ella había hecho, quería resguardar a Tessa todo lo posible. El saber que no sería capaz de protegerla lo roía, como si tuviera un roedor constantemente en sus entrañas. Ni siquiera había podido evitar los rumores dos miserables días. La única persona que lo sabía, aparte de él, era Evan, aunque Helen era demasiado lista para no haber imaginado la mayor parte. Pero cuando les preguntó, ellos negaron haber dicho ni una sola palabra. Helen miró con cautela la cara de piedra de Brett. Nunca había visto que un hombre pareciera tan letal.

—Al menos diez personas me han preguntado esta mañana sobre eso — dijo ella—. ¿Quiere que trate de averiguarlo? Alguien ha tenido que decirlo.

—Averígüelo —contestó Brett en tono cortante.

Helen era bastante competente y Brett estaba seguro de que ella sería capaz de llegar a la fuente del rumor antes de que acabara el día. Solo esperaba sentirse más calmado cuando supiera la identidad de la persona. Pero, diablos, ¿quién más podía saberlo?

Nunca había sido el tipo más popular de la reunión. Su trabajo lo hacía imposible y su distante personalidad no hacía más que aumentar la distancia entre él y la gente con la que trataba. Pero nunca antes se había sentido tan violentamente impopular como se sentía aquella mañana. En todo el edificio la gente lo miraba airadamente, incluido el guarda. El encanto de Tessa había burbujeado y tocado a toda persona con la que se encontró, cegándolos para que ignoraran cualquier prueba y se apresuraran en su defensa.

No había pasado una hora cuando Martha Billingsley, la amiga de Tessa, entró en su oficina y quedó allí derecha, con los brazos cruzados y la cara hostil.

—He oído que usted intenta averiguar quién ha soltado la noticia —dijo con frialdad—. He sido yo.

Brett se levantó, elevándose sobre la pequeña pelirroja, quien no obstante siguió fulminándolo con la mirada.

—Pensé que usted era su amiga —habló bruscamente.

—Lo soy. Soy lo bastante amiga como para querer que todos sepan el trato tan injusto que ha tenido. Tessa no ha robado un penique en su vida. Y si a usted no le gusta que lo diga, entonces despídame.

—¿Quién la ha informado de esto? —preguntó él, ignorando su última declaración.

—Tessa.

Por algún motivo, él no se lo esperaba. Se suponía que Tessa intentaría mantenerlo en secreto tanto como pudiera.

—¿Ella la llamó?

—No. Anoche fui a su apartamento.

Apretó el puño lentamente. Cuando ella había dejado la habitación del hotel su cara estaba blanca y vacía. Sus últimas palabras se le habían quedado grabadas en la mente, pero aún no podía entender el significado. No, no creo que cambiara nada en absoluto, había dicho con voz remota, había dado la vuelta y se había marchado silenciosamente. ¿Quería decir que ella creía que él seguiría adelante con el procesamiento incluso aunque estuviera embarazada? Se había quedado tan pálida que él había empezado a ir tras ella, pero su orgullo lo detuvo. No la perseguiría como un perro a una perra en celo, no después de haber sabido que era una mentirosa y una ladrona.

—¿Cómo se encontraba? —preguntó con brusquedad, incapaz de detener las palabras.

Billie lo miró mordazmente.

—¿Y a usted que le importa?

—Maldita sea, ¿cómo se encontraba? —rugió, un músculo tiró de su mejilla cuando sintió que perdía el control.

No era propio del belicoso carácter de Billie echarse para atrás.

—Si está tan interesado, vaya a su casa y pregúnteselo usted mismo, aunque dudo que Tessa le abra la puerta —salió violentamente y cerró la puerta de un portazo. Brett se tuvo que contener para no agarrar a aquella pequeña y pelirroja gata montesa y sacudirla, pero al mismo tiempo y de mala gana sintió respeto hacia ella. Pocas personas eran capaces de hacerle frente.

Desasosegadamente fue hacia la ventana. ¿A qué jugaba ahora Tessa? ¿Pensaba que si encontraba bastante apoyo entre las filas de Ingeniería Carter, retirarían los cargos contra ella? ¿Quién podía saber lo que le pasaba por la mente? Era una ladrona, lo suficientemente experta en el engaño que incluso él había sido totalmente conquistado hasta que la evidencia le había obligado a aceptar la verdad. Era capaz de un grado tan alto de duplicidad que las dos imágenes que tenía de ella luchaban una contra otra en su mente. Simplemente no podía mezclarlas y formar una sola persona.

Y él la deseaba. Que el cielo lo ayudara, todavía la deseaba.

 

Tessa deshizo la cama y puso sábanas limpias.

—Tú puedes dormir en la cama —le dijo con calma a Silver—. Yo dormiré en el sofá.

—Ni hablar —replicó Silver, ayudando a Tessa a poner las sábanas—. Yo dormiré en el sofá.

—El sofá estará abarrotado con nosotras dos en él —dijo Tessa. No alzó la vista—. No puedo dormir aquí. He estado durmiendo en el sofá desde…

Calló, sus manos seguían trabajando y Silver miró a su sobrina con preocupación. Tessa había cambiado, no era solamente que ella estuviera perturbada por la detención, aunque eso ya era bastante para poner histérico a cualquiera. Pero Tessa no estaba nerviosa; estaba tranquila, de una manera poco natural. El brillo que siempre la había iluminado desde el interior se había ido. Silver no quería ni pensar que se hubiera extinguido permanentemente, pero nunca había visto así a Tessa, ni siquiera después de lo de Andrew.

Silver miró la cama, y luego volvió a mirar a Tessa.

—Te sedujo, ¿verdad?

—Entonces pensé que me hacía el amor —dijo Tessa, después de un momento de silencio. Sonrió a Silver, pero la sonrisa no llegó a los ojos—. Estaré bien. Al menos no estoy embarazada.

—¿Estás segura?

—Sí, desde esta mañana —ahora Brett ya no tenía nada de que preocuparse. Podría procesarla con la conciencia tranquila. Luego lo apartó de su mente, porque no podía pensar más en él sin sufrir una crisis nerviosa, algo a lo que se negaba. Tenía que conservar el dolor acorralado, o no sería capaz de funcionar. Por ese motivo mantenía sus pensamientos ocupados únicamente en el presente. Repasar cada instante en que había estado con él no lograría más que debilitarla emocionalmente.

Estaba cansada, cansadísima, después de no haber dormido la noche anterior, pero se preguntó si esta noche le iría mejor. Sus ojos le quemaban, pero se sentía incapaz de cerrarlos.

Sonó el teléfono y Tessa dio un salto. Luego su cara se quedó sin expresión, sus ojos extrañamente vacíos.

—Contesta tú —le dijo a Silver bruscamente—. Voy a terminar de hacer la cama.

Frunciendo el ceño, Silver entró en la sala de estar y contestó al teléfono.

—¡Hola!

Desde el dormitorio, Tessa podía oír claramente la parte de la conversación de Silver y se tensó. ¿Y si era Brett? No, estaba siendo estúpida. Brett no iba a llamarla. Él había hecho un esfuerzo extraordinario para asegurarse de que ella no pudiera localizarlo por teléfono, así que no era probable que intentara llamarla. Rápidamente acabo de hacer la cama, luego entró en el cuarto de baño y cerró la puerta, abriendo el agua, así no podría oír nada de lo que dijera Silver.

Después de algunos momentos, Silver tocó a la puerta del cuarto de baño, y Tessa cerró el agua precipitadamente.

—Era tu amiga Billie.

Tessa abrió la puerta.

—Gracias —dijo quedamente, segura de que las explicaciones no eran necesarias.

Silver pensó en contarle lo que Billie había dicho, pero decidió no hacerlo. De todos modos, Tessa había dejado bien claro con su actitud que no quería hablar de Brett Rutland.

De todas maneras esto inquietaba a Tessa, así que fue rápidamente hacia el teléfono y lo desenchufó.

 

Al día siguiente, Tessa tenía una reunión con su abogado y Silver fue con ella. Si Calvin Stine no aprobaba que hubiera alguien más presente, no lo dejó translucir. Sus ojos grises parecían más afilados cuando miró a Tessa.

—He hablado con John Morrison, el fiscal del distrito. Él parece pensar que hay un caso claro contra usted.

Mirándolo a los ojos, Tessa se dio cuenta de que él no creía en su inocencia y su sangre se enfrió.

—No cogí el dinero —dijo con voz inexpresiva—. Alguien lo ha hecho.

—Entonces ese alguien ha hecho un buen trabajo para que pareciera que lo ha hecho usted —advirtió él.

—¿No es su trabajo averiguar quién es ese alguien? —le espetó Silver, mirando airadamente al hombre.

Él tenía los ojos tan fríos, pensó Tessa.

—No, señora, ese es el trabajo de un detective. Mi trabajo es dar el mejor consejo legal a su sobrina y representarla ante el tribunal si puedo. Mi trabajo es presentar pruebas que contradigan a las de ellos, o hacer que el jurado dude de las pruebas de la parte acusadora.

—¿Y si la única forma de probar mi inocencia es encontrar quién es realmente el culpable? —preguntó Tessa suavemente.

Él suspiró.

—Señorita Conway, usted ha estado viendo demasiados “Perry Mason”. Las cosas no funcionan así. Tratamos con un robo por ordenador. No hay cuentas marcada, nada de huellas digitales, ninguna daga sangrienta. Todo está en un archivo electrónico.

—Y se usó mi nombre.

—Y se usó su nombre —estuvo de acuerdo él.

Tenía la espalda muy recta, su tono de voz era igual que la de él.

—Muy bien, ¿entonces dónde está el dinero? ¿Qué he hecho con él? ¿Me lo he gastado? Si es así, ¿en qué? ¿Usted cree que un malversador roba simplemente para almacenar el dinero en alguna parte y no usarlo?

—Se sabe que eso pasa —sus cejas estaban levantadas—. Si el dinero se invierte bajo otro nombre, o simplemente se oculta en una cuenta de ahorros en alguna parte, un malversador puede estar en prisión por un tiempo relativamente corto, luego recoger el dinero después de ser puesto en libertad y desaparecer.

—¿Así que no hay ningún modo de demostrar mi inocencia a no ser que el verdadero malversador confiese?

—Eso es algo improbable. No suele pasar.

Tessa se levantó.

—Entonces supongo que depende de mí —le dijo educadamente—. Gracias por su tiempo.

Él se levantó frunciendo el ceño.

—¿Qué es lo que depende de usted?

—Probar mi inocencia, por supuesto.

—¿Cómo va a hacer eso?

—Siguiendo la pista del verdadero malversador. Conozco a alguien que me puede ayudar.

Cuando estuvieron en el coche, Silver dijo bruscamente:

—Tessa, ese no te servirá de nada. Creo que deberías contratar a otro abogado.

—No creo que contratar a otro abogado sirva para algo —Tessa esperó a que no pasara ningún coche y aceleró con brusquedad—. Ha sido honesto conmigo, y prefiero eso a que algún otro solo finja creerme.

Después de unos instantes, Silver asintió.

—¿Qué vas a hacer? ¿A quién conoces que te pueda ayudar?

—No sé lo que hará, pero voy a preguntárselo. Su nombre es Sammy Wallace. Es un genio en ordenadores. Si alguien puede seguirle la pista a un ladrón electrónico, ese es Sammy —entonces frunció el ceño—. Sin embargo, no quiero que arriesgue su trabajo. Está en Ingeniería Carter y probablemente lo despedirán si alguien se entera de que trata de ayudarme.

—Pregúntaselo de todas maneras —le urgió Silver—. Déjale tomar su propia decisión sobre esto. ¡Tener que encontrar otro trabajo no es tan malo como ir a la cárcel!

Por primera vez, desde que la arrestaron, Tessa sonrió, sonrió de verdad, aunque la sonrisa se fue rápidamente.

—No, supongo que no —el enfrentarse a la cárcel era algo tan espantoso que su mente eludió el pensamiento. Repentinamente se preguntó si estaría peleando para probar su inocencia si solo la hubieran despedido, en vez de presentar cargos contra ella. ¿Aceptaría el estigma de ser una ladrona si no tuviera que luchar tanto por su libertada como por su dignidad? Se sintió avergonzada al pensar que sí. Habría sido lo más fácil. Pero no ahora. Había aprendido el valor del honor. Su sentido del honor era lo único que le quedaba ahora, eso y su libertad, que estaba en peligro.

Silver la forzó a comer la comida más sustancial que había hecho desde que la dura experiencia había comenzado; luego hicieron juntas la limpieza y hablaron de la tienda en Gatlinburg y de las muchas amistades que Tessa tenía en Tennessee. Ponerse al día con las noticias la mantuvo ocupada hasta la hora en que Sammy solía llegar a casa. Él podría negarse, por supuesto. Incluso Sammy tenía que saber que ayudarla era un asunto arriesgado. Pero todo lo que ella podía hacer era preguntar.

 

Dejó sonar el teléfono, sabiendo que si Sammy estaba jugueteando con Nelda, podría llevarle un tiempo el darse cuenta de que el teléfono estaba sonando. Su paciencia fue recompensada y alrededor del doceavo timbrazo, se oyó su voz vagamente sorprendida.

—¿Hola? —como si su mente estuviera en otro sitio.

—Sammy, soy Tessa.

—¡Tessa! ¿Dónde estás? He oído… bueno, es, un rumor, pero…

—No es un rumor. Me han detenido por malversación.

—Eso es una locura —dijo violentamente.

—Yo no lo he hecho.

—Por supuesto que no lo has hecho. ¿Pensabas que tenías que decírmelo?

—No, desde luego que no —dijo ella quedamente—. Sammy, necesito tu ayuda para averiguar quién lo hizo. Pero… eso podría costarte tu empleo si alguien averigua que me estás ayudando. Si no quieres arriesgarte, lo entenderé.

—Voy a verte. ¿Cuál es tu dirección?

Se la dijo y él colgó. Su apoyo inmediato, como el de Billie, hizo que le escocieran los ojos. ¡Solo si… No! Apartó el pensamiento antes de que pudiera tomar forma.

No había pasado una hora cuando llegó Sammy; su pelo rubio estaba despeinado, pero su aire normalmente despistado había desparecido. Abrazó a Tessa apretándola con suavidad contra su larguirucho cuerpo durante un momento.

—No te preocupes —le dijo seguro de si mismo—. Averiguaré quién lo ha hecho y te sacaré de este lío. Quieres que use los ordenadores, ¿verdad?

—Sí, pero no va a ser fácil —lo avisó.

Sammy sonrió abiertamente, y ella se dio cuenta de que la perspectiva de enfrentar su ingenio contra los ordenadores lo excitaba.

—Dime todo lo que sepas.

En realidad no sabía nada, pero había estado pensando sobre ello y había decidido lo que era más probable. Se había creado una cuenta falsa entre las cuentas reales y se había programado al ordenador para emitir cheques a esa cuenta. Luego esos cheques habían sido ingresados en un banco y se habían cobrado. Pero no sabía el nombre de la cuenta falsa y la falta de ese hecho sumamente importante hizo que Sammy frunciera el ceño.

—Tengo que saber el nombre o no podré hacer nada.

—Pregúntaselo a quién lo sepa —dijo Silver simplemente.

Sammy pareció asustado, luego sonrió abiertamente.

—Usted quiere decir que se lo pregunte directamente al señor Rut…

—No, no se lo preguntes —interrumpió Tessa severamente—. Eso te podría costar el empleo. No puedes dejar que nadie sepa lo que haces.

—Nadie lo sabrá. Puedo hacerlo sin informar a nadie, pero tengo que saber el nombre. Fisgonearé un poco en el trabajo —arrugó la frente, luego dijo—. Tuvieron que usar los ordenadores de la oficina para buscar la cuenta falsa con la que comenzar. Habrán dejado huellas como cualquiera que use el ordenador. Si no puedo encontrar algo de esta manera, entonces preguntaré. Alguien lo sabrá. Tal vez lo sabrá Perry. Después de todo tú trabajas en su departamento.

Trabajaba, corrigió su mente. Pasado. Todo era pasado.

Sonó el teléfono y Silver se levantó para contestar. Con el pánico asomando a sus ojos, Tessa preguntó precipitadamente a Sammy.

—¿Qué tal está Hillary?

—No lo sé. Creo que está enfadada conmigo, pero no comprendo por qué.

El hábito de ayudar a Sammy era difícil de romper.

—Préstale más atención y tal vez eso ayude —le aconsejó.

—¿Qué le preste más atención? ¿Quieres decir que la invite a salir?

—Bueno, ¿por qué no? ¿Te ocasionaría algún problema? Ella te gusta, ¿verdad?

—Sí, pero Hillary no siente…

—Hillary sí siente —le aseguró ella, apenas sonriendo—. Ella cree que el sol sale y se pone contigo. Invítala a salir.

Silver colgó el teléfono y volvió a sentarse, en su frente había arrugas de preocupación.

—Hay problemas en casa —suspiró—. Dejé tu número de teléfono en la tienda por si necesitaban ponerse en contacto conmigo.

—¿Qué es lo que pasa?

—Al parecer, un poco de todo. Un pedido que llega tarde, anoche hubo una tormenta y en la tienda hay goteras y una cliente que compró una muñeca para el cumpleaños de su nieta, la dejó en una silla y su perro la cogió y la hizo pedazos con los dientes. Era una muñeca hecha a mano — dijo Silver suspirando—. Ahora la cliente quiere otra para el domingo.

—Creo que tienes que ir a casa —dijo Tessa tras un momento de silencio.

—No, tendrán que arreglárselas sin mí. No puedo abandonarte ahora.

—Siempre puedes volver —indicó Tessa—. No pasará nada hasta que convoquen al jurado y eso será dentro de dos semanas.

Silver vacilaba. La veta fuertemente práctica que había en ella reconocía que Tessa tenía razón, pero incluso así se resistía a dejarla. Si Tessa hubiera estado enfadada, si hubiera llorado o hubiera insultado a Brett con todos los insultos que se le ocurrieran, Silver no se habría preocupado, pero no había ocurrido nada de eso. Tessa lo estaba ocultando todo detrás de una expresión tranquila y cuidadosamente controlada, una caldera que hervía de dolor y ultraje por el amor traicionado. Aquel hombre tenía mucho que responder.

—Estaré bien —aseguró Tessa—. Vete. Llama ahora y consigue un vuelo para mañana. Puedes volver cuando lo hayas solucionado todo, si así te sientes mejor. Sabes que Sammy y Billie están aquí. No estaré sola.

—No. Llamaré o vendré todos los días —prometió Sammy.

—Bueno, bien —cedió Silver—. Pero yo también te llamaré todas las noches.

Tessa comprendió que eso quería decir que tendría que empezar a contestar otra vez al teléfono. Bueno, ¿y qué? Brett no iba a llamarla. Era solo que había desarrollado ese miedo absurdo por contestar tanto el teléfono como la puerta. Tenía que superar eso al igual que tendría que superar todo lo demás. Pero en lo más profundo, dentro de ella, había un pequeño grito de dolor porque Brett no iba a llamarla.

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