Al límite
Capítulo Dos
Tessa se acercó más al espejo y examinó su pómulo hinchado y maquillado, luego frunció el ceño. Su maquillaje normal no había cubierto el golpe tanto como esperaba; cuidadosamente aplicó un disimulador y se lo puso hasta que quedó satisfecha y la contusión fue apenas visible.
Había quedado atrapada por el intrincado tráfico y por consiguiente había llegado a su casa solo media hora antes, pero la situación estaba controlada. Había enchufado los rulos para calentarlos, luego se había desnudado y se había dado una rápida ducha y se había lavado el pelo. Cuando se lo hubo secado, los rulos ya estaban calientes y se había puesto algunos para controlar y dar volumen a su cabellera. El maquillaje le había llevado diez minutos más. Ahora se quitó los rulos del pelo y hábilmente se lo cepilló en un estilo desenfadadamente sofisticado que se rizaba sobre los hombros. Un vistazo al reloj le dijo que le quedaban doce minutos, suficiente tiempo para vestirse.
A Tessa le desagradaba apresurarse, pero raras veces tenía que hacerlo, porque lo tenía todo organizado. La organización era un seguro contra la prisa. Sabía donde lo tenía todo, y tenía su rutina bien planeada; si las circunstancias conspiraran contra ella y le desbarataran el día programado, se apresuraría si el trabajo estuviera involucrado, pero nunca se había apresurado por motivos personales. Por alguna extraña razón, raramente llegaba tarde, como si los pequeños duendes que desestabilizaban su programa diario se dieran cuenta de que no obtendrían ninguna satisfacción ya que no la verían correr como una loca, así que rara vez perdían el tiempo con ella. Al menos, esa era la explicación que ella misma se había dado y la satisfacía como cualquier otra.
Se roció ligeramente con su perfume favorito, luego se puso la ropa interior, las medias y el vestido. El vestido era de seda color crema, con una fina falda y un corpiño más grueso, con mangas largas para mantener sus brazos calientes en la noche de abril. Se puso unos pendientes de perla en las orejas, luego se abrochó un largo collar de perlas cremosas de una sola vuelta alrededor del cuello. Los zapatos beige claro la alzaron unos centímetros, dándole una gracia esbelta, cimbreante. En el momento en que cogió su bolso de color beige sonó el timbre de la puerta y asintió con satisfacción.
—Justo a tiempo —se dijo felicitándose a sí misma, no a él.
Le abrió la puerta y en cuanto se encontró con sus ojos azul oscuro sintió que un repentino calor la golpeaba por dentro. ¡Jolín, pero que impactante era el hombre! Todo lo que tenía que hacer era sonreír y una mujer se tambaleaba en una cuerda floja. Pero nada de lo que ella estaba sintiendo se reflejó en su sonrisa perezosa cuando lo invitó a pasar.
—¿Te gustaría beber algo antes de que nos vayamos?
—No, gracias —echó una mirada alrededor de su pequeño apartamento, acogedor, lleno de muebles confortables y cálida iluminación, con muchas colecciones diferentes llenando cada rincón y cada esquina—. Acogedor. Parece hogareño.
Con algunas personas, “hogareño” habría sido una manera cortés de decir “desordenado”, pero por alguna razón Tessa pensó que era sincero. Andrew habría hecho una mueca de desprecio por la decoración cómoda pero definitivamente pasada de moda, pero en aquel entonces Andrew estaba muy preocupado cuidando su imagen. Suspiró; se había prometido a sí misma varias veces que nunca volvería a pensar en Andrew pero de alguna forma él se introducía en su mente en extrañas ocasiones. ¿Por qué tenía que pensar ahora en él, cuándo iba a salir con un hombre que eclipsaba completamente a Andrew? Quizás su subconsciente rebuscaba recuerdos de Andrew en un esfuerzo para ponerla en guardia y protegerla contra un hombre que era mucho más peligroso de lo que Andrew fue nunca.
El coche era de alquiler, pero a pesar de ello era un modelo de lujo. Había oído decir que Brett Rutland era el niño bonito del señor Carter, y quizás lo era. Después de ayudarla a entrar en el coche, dio la vuelta hacia el lado del conductor y dobló su largo cuerpo ante el volante. Cuando consideró su altura, ella se dio cuenta de que tenía que tener un coche grande; un hombre con esas piernas nunca podría estar cómodo en un modelo deportivo.
—He reservado mesa para las siete —dijo él y Tessa vio un destello de diversión en su expresión normalmente controlada—. Deberías poder estar en casa a eso de las diez y media; ¿puedes permanecer despierta tanto tiempo?
—Podría —habló ella arrastrando las palabras, no cediéndole ni un centímetro.
Una pequeñísima sonrisa tiró de la comisura de sus labios.
—Trataré de asegurarme de que permanezcas despierta —dijo con una voz que casi era un ronroneo de sensualidad.
¡Oh, apostaba a que lo conseguiría! Probablemente el único momento en que cualquier mujer se dormiría con él sería estando en sus brazos, después de hacer el amor.
—¿De qué parte del sur eres? —preguntó él casualmente, como si no hubiera leído su expediente.
—Nací en Mobile, Alabama. Pero cuando tenía trece años mi madre y yo nos mudamos a Tennessee para vivir con su hermana —esos eran los hechos desnudos; no hablaban de la larga batalla de su madre con la enfermedad, la pobreza que habían soportado, las veces en las que simplemente no habían tenido nada para comer porque su madre no había ido a trabajar. Finalmente su madre se había rendido, se había tragado su terco orgullo y le había preguntado a su hermana si podían ir a Tennessee para vivir con ella, e incluso entonces lo hizo solo por el bien de Tessa, no por el suyo propio. Pero es que toda la familia de su madre había estado en contra del padre de Tessa, y habían tenido razón, ya que él las abandonó cuando Tessa era demasiado joven como para recordarlo. La madre de Tessa vivió apenas un año más después de mudarse y después de su muerte solo quedaron Tessa y Silver en la vieja granja situada en las afueras de Sevierville.
—¿Por qué te mudaste aquí?
—Quería conocer un poco el país —contestó Tessa con desenvoltura.
No iba a contarle nada sobre Andrew. Había odiado la idea de partir, pero la tía Silver le hizo entrar en razón. Ella no huía, le dijo la tía Silver; ella estaba dando la espalda a una mala situación y alejándose de ella. Bueno, Andrew pensó que ella había huido, pero casualmente Tessa había caído en la cuenta de que lo que Andrew pensaba no tenía ninguna importancia. ¡Si al menos Andrew no hubiera sido un ardiente y joven ejecutivo que empezaba a escalar puestos en la compañía donde Tessa había trabajado!
—¿Te gusta esto?
—Bastante. ¿Y tú? Hablas arrastrando las palabras, pero no puedo situar tu acento.
Él pareció asombrado, como si hubiera supuesto que ella no iba a hacer preguntas.
—Soy de Wyoming. Mi padre y yo tenemos un rancho allí.
—¿Un rancho de verdad? ¿No lo añoras? —Sus ojos brillaban de interés y se dio la vuelta en el asiento para mirarlo, un movimiento que hizo que el corpiño de su vestido se abriera justo un poco, lo bastante como para permitir una rápida y acariciadora mirada a la curva suave, incipiente de su pecho. Quiso ponerle la mano dentro del vestido y sentir la elevación satinada, hacer que su pezón se frunciese bajo su palma. La sacudida de puro deseo lo golpeó sorprendiéndolo y tuvo que obligarse a concentrarse en la pregunta.
—Sí, lo añoro —la admisión lo asombró, porque había estado ignorando la creciente necesidad de alejarse de aquel mundo de ratas y volver a lo que había estado haciendo mientras crecía, la cría de ganado.
El viejo Tom se enorgullecía de su hijo por haber triunfado en el mundo de los negocios, y Brett tenía que admitir que él había disfrutado del desafío. Pero ahora… se estaba haciendo mayor, y también el viejo Tom, y en estos momentos no había nada que le diera más satisfacción que una dura jornada en la silla de montar. Se preguntó que diría esa suave y sofisticada criatura que estaba a su lado si él le dijera que cada vez más a menudo sentía la necesidad de ir a casa, a Wyoming y a la cada vez mayor extensión de rancho Rutland.
—Yo voy a volver a casa algún día —dijo ella suavemente—. No viviré siempre aquí. Mi casa es una vieja granja que necesita una capa de pintura con un granero desaprovechado detrás donde hasta la vieja vaca tenía miedo de entrar —contó riéndose de sus recuerdos, pero eran buenos recuerdos, cálidos, porque la tía Silver había llenado aquella vieja granja del suficiente amor como para hacer sentirse segura a su joven y confundida sobrina. Ahora la tía Silver había abandonado la vieja granja, aunque todavía era suya, y se había mudado a una casa moderna de Gatlinburg, pero Tessa pensaba arreglar la vieja granja y vivir algún día en ella. Los mejores momentos de su vida los había pasado allí.
Mirándola ahora, Brett encontraba difícil de creer que hubiera sido pobre en su niñez. Parecía una mujer cara, con el respaldo de una fortuna, de sangre azul, educada en un colegio privado de Virginia. ¿Por qué quería regresar si ella vivía mucho mejor aquí?
Tessa aprobó interiormente el restaurante que él había escogido; nunca había estado allí antes, pero el interior tenía una tenue iluminación y todas las mesas estaban discretamente aisladas, mientras la música era suave y agradable. Les acompañaron a un pequeño apartado privado, donde un candelabro con tres altas velas blancas era la única luz.
La mesa era pequeña y se dio cuenta de ello cuando se sentaron y sus rodillas chocaron. Sus ojos se encontraron a través de la mesa, y una sonrisa lenta, soñolienta tocó sus labios e hizo que sus párpados se inclinaran perezosamente. Él extendió sus piernas, una a cada lado de las suyas, entonces las cerró suavemente hasta que sus pantorrillas se cerraron sobre las de ella. El latido de su corazón empezó a ir a un ritmo más rápido cuando ella notó el calor de sus piernas, la fuerza muscular de sus pantorrillas. Tenía las piernas de un defensa de fútbol, pensó de pronto y sus piernas empezaron a arder bajo su calor.
Con una copa de excelente vino él siguió haciéndole pequeñas e inocentes preguntas a las que ella contestó de buen grado. Estaba demasiado aturdida por el abrazo posesivo de sus piernas para prestar alguna atención al cortés interrogatorio, preguntas como para “llegarse a conocer el uno al otro” que cuidadosamente le planteaba de vez en cuando. Inevitablemente hablaron del trabajo, puesto que era un asunto de interés mutuo para ambos. Él no parecía interesado en datos truculentos y de todas maneras estaba tan informado en lo que se refería a la empresa que ella se encontró contándole anécdotas chistosas sobre la gente con la que ella no trabajaba, nada que pusiera en peligro sus empleos, sino pequeñas cosas humorísticas que les pasaban a todos. Tampoco tuvo piedad de ella misma y se rio lo mismo con las historias que le habían pasado a ella como con las otras. Él respondió con sus propias anécdotas que le habían sucedido durante los años que había estado con Carter Marshall, y Tessa se relajó completamente.
El control que Brett había ejercido sobre su carácter durante toda su vida era un obstáculo para su vida social, pero en una situación privada con la mujer que deseaba, no tenía rival. La hechizó sin que se sintiera amenazada, la hizo sentirse apreciada sin atosigarla, derribando hábilmente cualquier defensa interior. Deseaba muchísimo a Tessa. Y no porque fuera la mujer más bella que hubiera conocido, que no lo era; pero desde luego era la mujer más sexy que había encontrado. Realmente no había ningún detalle que pudiera señalar; era más delgada que voluptuosa, aunque muy bien proporcionada, la verdad. Pero sus suaves ojos verdes centelleaban de diversión, y su boca amplia, generosa estaba hecha para la pasión. Su pelo negro parecía gruesa seda allá donde se rizaba sobre sus delicados hombros. Con sus pómulos altos y bellos, se veía exótica y parecía extranjera. Ella bromeó y coqueteó… oh, su coqueteo era todo un arte. Siempre que sus largas y oscuras pestañas descendían lánguidamente para velar el destello alegre y malicioso de sus ojos, él sentía su cuerpo contraerse de necesidad. Jugaba a ser una vampiresa, pero lo hacía con tanta audacia, riéndose de sí misma y disfrutando tanto de su papel, que era increíblemente efectivo. Invitaba a los demás a divertirse con ella, pero no parecía darse cuenta del desafío que representaba. Brett pensó en tenerla bajo él, en la cama, esa boca llena ya sin sonreír pero hinchada por sus besos, y su cuerpo dulce y sedoso acomodando sus pasiones. Tendría que ser suave con ella, al menos al principio, pensó mientras sus ojos se estrechaban fijos en ella. Estaba delicadamente creada, con huesos delgados y frágiles.
Tessa alzó la vista de la costilla que estaba devorando con elegante glotonería, y lo encontró mirándola con un brillo sexual abrasador en sus ojos. Se quedó repentinamente inmóvil, su boca suave y un poco trémula.
—Acaba de comer —dijo él quedamente.
—No puedo —a pesar de la forma en que él la hacía sentir, interiormente temblorosa, ella le sonrió—. Me estás mirando.
—Lo sé. Pensaba en lo mucho que me gustaría hacer contigo lo que tú estás haciendo con ese rosbif.
Su voz era tan tierna y suave que ella tardó un momento en darse cuenta exactamente de lo que él había dicho y sus ojos se abrieron aún más. Se sintió completamente hipnotizada, sentada allí y mirándolo tan desvalidamente como un conejo debía mirar a un león a punto de saltar. Dándose a sí misma una sacudida interna, Tessa reprimió sus sentidos.
—De todos modos termínate el asado —lo amonestó—. La tía Silver siempre me decía que más valía pájaro en mano que ciento volando, así que no rechaces tu pájaro en la mano… o en este caso, tu ternera en el plato.
Su dura boca se curvó divertida.
—¿Realmente tienes una tía Silver o solamente usas esa imagen para divertirte?
Sintiendo que empezaba a controlar otra vez la situación, Tessa lo miró tan inocentemente que debería haber patentado esa mirada.
—¿Pero qué dices? ¿Acaso podría inventarme a una tía Silver?
—Si eso te divirtiera.
—Probablemente tienes razón —estuvo de acuerdo ella con toda tranquilidad, sonriéndole—. Pero en este caso no tengo que confiar en mi imaginación. La tía Silver es real, vivita y coleando.
—¿La tía con la que tú y tu madre os fuisteis a vivir?
—Sí, mi madre murió no mucho después de mudarnos a Tennessee, así que mi tía y yo nos unimos aún más de lo normal. Solo nos teníamos la una a la otra. Es fantástica. Ella es mi tía, mi madre y mi mejor amiga, todo en uno.
—¿Todavía vive en Tennessee? —esa era otra información que ya había leído en su expediente pero el frío interés de Brett por los detalles siempre estaba ahí. Quería que ella misma le contara los pormenores de su vida, en parte para compararlos con lo que ya sabía, y también para saber si ella era reacia a contestar algunas preguntas personales. Hasta ahora era una mujer accesible, cálidamente sensible, y cada minuto que pasaba la deseaba más.
—Tiene una tienda de muñecas en Gatlinburg; ahora vive allí. La vieja granja necesita muchos cuidados y la única fuente de calor es la chimenea y una vieja estufa de madera, así que era más sencillo mudarse a Gatlinburg y también más seguro en invierno. Ahora no tiene que conducir por esas carreteras heladas —Tessa le sonrió lentamente—. Espero que este invierno, durante la temporada baja, cierre la tienda un par de semanas para tomarse unas vacaciones y venga aquí a visitarme.
Los ojos de Brett se agudizaron interesados.
—¿Temporada baja?
—La oficina central del parque Smoky Mountain está en Gatlinburg. Los meses de verano, hasta octubre, son los más ajetreados, aunque mucha gente también va durante el invierno por la nieve.
Él negó con la cabeza. Había nacido y crecido en Wyoming, todavía no podía entender por qué alguien querría nieve. Siempre le parecía que en un solo invierno tenían más nieve de la que nadie podría querer en toda una vida. A veces esquiaba y lo hacía bien, pero nunca había sido un entusiasta de ese deporte o con la nieve necesaria para practicarlo. Pero añoraba cada vez más Wyoming, incluso con sus espantosos inviernos.
Tessa se rio de su expresión.
—Escucha, cuando vives en el sur, la nieve es rara. Yo nunca había visto nada de nieve hasta que nos mudamos a Tennessee.
Se terminaron los platos principales y rápidamente el camarero retiró los platos mientras ellos se entretenían con el vino. Tessa había pensado que ya no podría comer postre, pero cuando el camarero trajo el carro con los postres, clavó los ojos en los deliciosos pasteles hasta que se le hizo la boca agua.
—No puedo resistirme —suspiró, escogiendo uno.
Brett rechazó el dulce, pero ambos pidieron café, y lentamente él se bebió el suyo mientras ella atacaba el pastel. Desde luego disfrutaba de la comida para ser alguien tan delgado. Tessa alzó la vista y vio que la miraba, y se rio cuando leyó sus pensamientos. Las palabras no eran necesarias, era uno de esos interludios extrañamente íntimos en los que dos mentes caminan juntas, y ella se sintió más cerca de él en ese momento de lo que nunca se había sentido con nadie.
La mirada de él bajó hasta su boca.
—Tienes una miga en el labio —dijo suavemente, y Tessa se pasó la lengua, lentamente, buscando la miga errante.
Sus ojos color mar profundo se volvieron negros.
—No te la has quitado. Inclínate y te la quitaré yo.
Obsequiosamente Tessa se inclinó, sonriéndole, para que él le quitara la miga con el dedo. Él quedó inmóvil por un momento, quemándola con el calor oscuro de su mirada, luego se inclinó despacio, como un hombre que se mueve impulsado por una fuerza superior a la suya. Cuando la distancia entre ellos disminuyó, los ojos de Tessa se agrandaron hasta que fueron grandes pozos verdes, suaves y profundos. Seguramente él no iba a besarla, ¿verdad? Su boca la tocó ligeramente, encontró la miga y su lengua la capturó. Tessa se estremeció bajo aquel toque ligero, se llenó de su sabor, el calor y el olor de la piel rodeándola. Se sintió casi paralizada, totalmente incapaz de alejarse de él. Era como si estuviera abrumada por él, como si le hubiera puesto los brazos alrededor y la abrazara fuertemente contra él, envuelta en su fuerza, aunque él la hubiera tocado únicamente con su boca, y tan ligeramente y con tanta delicadeza que ella apenas había podido sentirlo.
Él se alejó, el calor de sus ojos intensificado, su mirada concentrada en su cara. Su expresión no había cambiado, pero un cosquilleo en sus terminaciones nerviosas le dio a Tessa pequeñas señales, casi imperceptibles de la creciente excitación de él. Su piel parecía más tirante sobre sus feroces pómulos, sus labios eran más rojos, un poco más llenos. El cuerpo de Tessa empezó a latir al compás del latido atronador de su corazón, como si el cuerpo masculino marcara la tónica del de ella. Su calor la atrajo, acercándola más.
—¿Estás lista para marcharte? —preguntó, y su profunda voz era aún más dura que de costumbre.
Tessa tenía una optimista imagen mental de si misma en su cabeza, vadeando a ciegas el oscuro y profundo mar de la tentación. En mi cabeza, pensó con débil desesperación, luego dejó a un lado la cautela y asintió con la cabeza.
—Sí, me gustaría ir a casa ahora, por favor.
Ni siquiera la cogió del brazo cuando fueron caminando hacia el coche, pero la tensión vibraba entre ellos. Tessa alzó la mirada hacia su cara controlada, preguntándose como un hombre con un autocontrol tan acerado podía al mismo tiempo proyectar una sensualidad tan cruda, tan ardiente que abrumaba su cautela instintiva antes aún de haber hecho un movimiento para acercarse a ella. Aquel breve toque de los labios en el restaurante no podía calificarse como un beso real, pero aun así había enviado cohetes de placer silbando a través de su cuerpo.
Estaba un poco atontada por la intensidad de sus sensaciones. Ni siquiera con Andrew había sentido tanto deseo, y ella había amado a Andrew. Ni se sintió atraída físicamente hacia Will, pero Will había sido un encaprichamiento, no amor. Estaba acostumbrada a atraer a los hombres, lo hacía sin ningún esfuerzo por su parte, y simplemente lo aceptaba como parte de su personalidad. Ella se lo tomaba a la ligera, pasaba un buen rato y disfrutaba porque sabía que los hombres que había en su vida se divertían cuando estaban con ella. La vida era para reír, para bromear, para divertirse y para bailar, para sentirse bien. También era para amar, pero sabía que el amor no venía tan fácilmente como la risa.
Tessa era una criatura hecha para la luz del sol, cálida y brillante; el hombre que iba a su lado era controlador, hasta un poco severo, aunque ella había sido capaz de llevar la risa a sus ojos varias veces. Incluso con todas las cálidas vetas doradas de su pelo, con todo el calor de su sexualidad, era un hombre que se mantenía apartado mentalmente, un hombre cuyas emociones eran frías y equilibradas. Pero hacía que su corazón se acelerara al mirarlo, como no lo había hecho nunca ningún otro hombre.
¿Y si me enamoro de él? Pensó llenándose de golpe con pánico, y lo miró con los ojos llenos de aprehensión. No se parecía a los otros hombres; con él, no podría controlar la relación como siempre había hecho. Él tomaría todo lo que ella tuviera para dar, toda la luz del sol y los dulces secretos, y no estaba segura de que él diera algo a cambio. Ah, sabía que se sentía sexualmente atraído por ella pero guardaba sus emociones y sus pensamientos cuidadosamente protegidos. Estaba completamente insegura de sí misma en este aspecto, no era capaz de definir sus sentimientos, como si caminara por arenas movedizas emocionales.
Brett había visto el breve momento de pánico que había brillado tenuemente en sus ojos y se preguntó que lo había causado. ¿De qué tenía ella miedo? Seguramente no tenía miedo de él como hombre; era demasiado malditamente buena seduciendo y coqueteando. Frunció el ceño momentáneamente y después su ceño desapareció. Acabaría desentrañando todos esos enigmas.
Cuando aparcó el coche en la acera de su apartamento, miró su reloj de pulsera.
—Las diez, Cenicienta. Ya estás segura esta noche.
Ella se rio ahogadamente, después enseguida se puso seria. ¿Estaba a salvo? Aún no estaba segura, y no lo estaría hasta que él se fuera. ¿Y si él quería quedarse? Ya se había dado cuenta de que el mayor problema para controlarlo era precisamente su propia falta de control. ¿Si podía hacer que ella se derritiera con apenas un beso, que haría si él desplegaba todo el poder de su atractivo?
La mano de Brett se apoyó ligeramente en su espalda mientras recorrían el camino, pero hasta ese ligero contacto afectó el ritmo de su corazón.
—Déjame la llave —murmuró él. Tessa la sacó del bolso y se la dio. Brett abrió la puerta, luego dio un paso y entró en el apartamento antes de que ella pudiera pensar en algún modo de impedirle entrar. Se quedó en la puerta y observó como él encendía las luces y comprobaba todos los cuartos —. Todo seguro —dijo sonriendo un poco.
—¿Tomas estas medidas de seguridad normalmente? —preguntó ella, toda su atención momentáneamente absorbida por la curiosidad.
Mirar sus ojos era como mirar las profundidades del Océano Pacífico, con luces de oro bailando sobre las crestas de las olas azules.
—Sí —dijo simplemente y fue hacia ella que todavía estaba apoyada en la puerta. Cogiéndola del brazo la hizo entrar y empujó la puerta para cerrarla. Envolvió su cara en sus manos duras, calientes, la levantó y estudio la generosa boca, el movimiento lánguido de sus espesas pestañas oscuras. Era una cara apasionada en toda su delicadeza y quería el sabor de su boca en la suya.
Tessa cerró sus manos sobre el grosor de las muñecas masculinas, y Brett sintió el débil temblor de su cuerpo. Sin una palabra, bajó la cabeza y le cubrió los labios con su boca, sintiendo la dulce suavidad estremecerse y abrirse y la besó más duro, echándole la cabeza hacia atrás aún más para así poder tener un mejor ángulo y profundizar la caricia. Tessa, impotente, abrió la boca dejando paso a su lengua. Ningún hombre debería probar este embriagador caramelo, pero él lo hizo, y ella interiormente dio un pequeño grito porque tenía miedo de que él le hiciera daño si ella le permitía ver algo de sus emociones, pero también temía que no fuera capaz de protegerse.
Brett apartó su boca unos milímetros y su aliento dulce con sabor a vino flotó sobre los labios de ella cuando él exigió con una voz baja y áspera.
—Bésame como yo te beso. Dame tu lengua. La quiero ahora; quiero que me beses como sé que puedes hacerlo —casi ferozmente puso de nuevo su boca sobre la de ella, y con un pequeño suspiro Tessa cedió ante la deliciosa y erótica demanda. Lo besó como si él fuera suyo, como si tuviera todos los derechos sobre él, derecho a exigir todo de él. Con sus labios y su lengua lo reclamó, besándolo profundamente, olvidando la necesidad de protegerse. Su sensualidad franca y apasionada derribó las barreras de risa que ella solía erigir para evitar que sus relaciones con las personas fueran demasiado íntimas y tocó el centro profundo y apasionado de su feminidad. Tessa era una mujer con una cantidad enorme de amor y pasión que guardaba para dar al hombre que sería el amor de su vida. Conocía el valor de su amor; no iba a gastarlo en una relación ocasional de un solo día, no importaba lo atractivo que fuera el hombre. Antes, siempre había sido capaz de mantener el control mental necesario para protegerlo, pero ahora sentía que su control se esfumaba, que estaba cediendo al probar por primera vez la magia abrasadora de su pasión.
Las manos de Brett se apartaron de su cara; un brazo rodeó su caja torácica con fuerza de acero, lo que la hizo temblar cuando comprendió lo fuerte que era. Su otra mano la puso detrás de su cabeza y agarró un puñado de pelo, ejerciendo la presión justa para mantener inmóvil su cabeza sin llegar a lastimarla. Volvió a separar su boca de la de ella, su respiración era desigual, sus ojos ardían de necesidad.
Tessa se estremeció consciente de esa necesidad, apretándose contra él tanto que podía sentir cada línea tensa de su cuerpo. Sabía que debería decir algo ligero, hacer que se riera, romper el momento, pero no parecía poder pensar en nada que fuera efectivo.
—¿Era eso lo que querías? —pudo decir finalmente, pero su voz era tan baja y susurrante en su necesidad que era más una invitación que la ligera burla que pretendía.
—Eso era una parte —admitió él con voz áspera, y empezó a besarla otra vez. Sus sentidos advirtieron la aspereza de su voz, y ella supo que cuanto más excitado estaba él, más baja y áspera era su voz, hasta llegar a ser un gruñido. Se pegó a sus poderosos hombros, impotente, dando a la boca masculina todo lo que buscaba, la libertad y la profundidad y la respuesta de su propia boca. Él le enseñaba el poder del deseo físico, haciendo que lo deseara de un modo en que nunca antes había deseado a un hombre, tan profundamente, tan poderosamente que era casi desesperación.
En la experiencia de Brett, la respuesta indefensa que ella le daba quería decir que era suya para poseerla. Aunque sus ingles temblaban pesadamente, su mente estaba fría cuando deliberadamente puso su mano bajo el corpiño de su vestido tomando la suave y cálida piel de su pecho en su mano y descubriendo con deleite que las curvas de sus pechos eran más exuberantes de lo que había esperado dado su delgadez casi frágil. Su pulgar ligeramente áspero se movió suavemente sobre el pezón aterciopelado, convirtiéndolo en una firme, impúdica y pequeña protuberancia.
Tessa se alejó de él.
Su reacción instintiva la sobresaltó tanto como lo que había hecho él. Parpadeó aturdida, luego clavó los ojos en él como si no estuviera muy segura de lo que había pasado. Sus ojos estaban muy abiertos, su cara pálida.
—No esperaba esto —dijo desvalidamente.
Brett rechinó los dientes en una mezcla de rabia y frustración. Le dolía todo el cuerpo; sus manos se movieron nerviosamente queriendo la dulzura de su cuerpo otra vez bajo sus dedos.
—Maldición, debería… —empezó guturalmente, luego se detuvo antes de decir demasiado, antes de que su frustración masculina le impulsara a decir cosas que no pensaba. Tenía la intención de verla otra vez, incluso si esta noche no acababa del modo en que había planeado. Acabaría poseyéndola, y también pensó que tal vez así podría conseguir de ella más información sobre sus compañeros de trabajo.
Tessa se cubrió la boca con dedos temblorosos.
—Lo sé. Lo siento —dijo débilmente—. No tenía la intención de dejar que las cosas… que llegáramos tan lejos, me sobresaltaste cuando acariciaste… oh, maldita sea.
La miró con dureza. Ella estaba temblando visiblemente, y algo parecido al miedo se reflejaba en la mirada de sus ojos muy abiertos… miedo que ya había visto antes, durante la cena, y sintió una repentina y aguda curiosidad. No, tenía que tranquilizarla, calmarla antes de que se negara a volver a verlo.
Inspiró profundamente para tranquilizar su agitada respiración y normalizar su tono de voz.
—Ha ocurrido con demasiada rapidez, ¿verdad? —preguntó quedamente.
Tessa también logró controlarse.
—No soy una mujer provocativa, y tampoco duermo con el primero que se presenta. No creo en encuentros casuales. Y después de todo hoy nos hemos conocido. No tenía la intención de dejar que ocurriera esto.
—Entiendo —él se permitió una sonrisa, una sonrisa breve y sombría —. Y no es que piense que haya algo casual en nuestro encuentro. Probablemente haríamos volar la aguja de la escala de Richter.
Tessa creía que ya había pasado la edad de ruborizarse, pero el rubor que apareció en sus mejillas era de excitación, no de vergüenza. Él la miraba de una forma que casi la abrasaba, y lo peor era que ella todavía lo deseaba, también, precisamente en la misma forma en que él se imaginaba. Su cuerpo había reaccionado instintivamente, independiente de su mente y su sentido común y su cuerpo lo había reconocido inmediatamente como un digno compañero.
—Mañana por la noche. Iremos a cenar otra vez.
—No puedo. Sammy Wallace trata de enseñarme a jugar al ajedrez — dijo sin poder apartar los ojos de él.
Brett recordó haber oído por casualidad en el ascensor que habían quedado, y su memoria casi fotográfica le dio una imagen de Sammy Wallace: delgado y rubio y en absoluto una pareja adecuada para esta pequeña y dulce Dalila del sur.
—Bien —accedió con gravedad—. Pasado mañana entonces. Y no me digas que no.
—No iba a hacerlo —habiendo evitado llegar demasiado lejos, Tessa permitió que una sonrisa empezara lentamente a dibujarse en su boca dejándolo sin aliento cuando vio como los labios femeninos empezaban a curvarse y esperando que la sonrisa alcanzara todo su esplendor—. Debo tener más coraje que cerebro.
Brett no tenía ganas de sonreír, pero el centelleo de sus ojos lo invitaba a compartir la sonrisa con ella. No quería reír; quería llevarla a la cama, y la tensión que retorcía su cuerpo le decía que tendría que darse una ducha fría antes de poderse ir a dormir.
—Te veré el jueves por la noche. ¿A las seis y media?
—Sí, de acuerdo.
Ya se había vuelto hacia la puerta, pero se detuvo para girarse y mirarla con cara sombría.
—¿Ese Sammy Wallace es especial para ti?
—Es un hombre muy dulce y muy tímido, y también es un genio. Me enseña a jugar al ajedrez —¿por qué estaba dándole explicaciones? Por la manera en que la miraba no parecía que a él le bastara esa explicación.
—No vuelvas a citarte con él, ni con nadie más que no sea yo.
Aquella orden posesiva le hizo abrir mucho los ojos.
—¿Vas a comportarte como un Neandertal conmigo? —preguntó con suspicacia.
—Sí, voy a hacerlo. No deberías haberme besado como lo has hecho si no querías que yo te reclamará —con mucha calma le cogió la barbilla con la mano y la besó, lenta y duramente—. Recuérdalo.
Cuando se fue, Tessa se desmaquilló y se cepilló el pelo, luego se puso un ligero camisón y se acostó. Normalmente no le costaba dormirse. Nada interfería en su descanso y esta noche no fue una excepción. Se durmió enseguida, pero su subconsciente jugó con ella y una y otra vez soñó con el toque de la mano masculina sobre su cuerpo.
Los ojos de Evan estaban cansados y enrojecidos por el trabajo que había estado haciendo por las noches así como por el trabajo ficticio necesario durante el día, pero su mente corría todavía a toda velocidad. Estaba totalmente concentrado en su búsqueda encubierta del malversador.
—¿Conseguiste alguna información interesante de la señorita Conway anoche? —preguntó distraídamente cuando Brett entró en la oficina.
—He tomado notas —contestó Brett, sacando un pequeño cuaderno del bolsillo interior de su abrigo. Los detalles que había apuntado eran insignificantes, excepto para él y para Evan. Había tenido que ser cuidadoso con su interrogatorio, ya que Tessa no era una chismosa, pero había obtenido una cantidad sorprendente de información de sus historias humorísticas.
Evan leyó las notas, frunciendo el ceño cuando agregó la información a los perfiles que había hecho de todos los trabajadores que estaban bajo sospecha, que es este momento eran prácticamente todos.
—¿Qué tienes sobre Sammy Wallace? —preguntó Brett lentamente, frunciéndose el ceño a él mismo por hacer esta pregunta. No le gustaban los celos posesivos que sentía; nunca antes había sentido algo así por ninguna mujer, y no quería sentirlo ahora.
La cabeza de Evan se alzó.
—Es un genio de la informática —dijo con cautela—. Tiene un sistema informático en su apartamento que podría usar la CIA. Por lo que he encontrado hasta ahora, él es el principal sospechoso. ¿Qué te ha hecho preguntar por él?
Brett se encogió de hombros, ocultando la expresión de sus ojos. Si Wallace era el principal sospechoso, él estaba malditamente seguro de que haría que Tessa no volviera a relacionarse con él.
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