Al límite
Capítulo Seis
Brett clavó los ojos en el microfilm de los cheques que habían sido emitidos al nombre falso de Conway, S.A. y sintió en la frente un sudor frío cuando luchó con el impulso de vomitar. Antes, nunca nada lo había hecho sentirse más enfermo de lo que se sentía en este momento. Cerró los ojos, cayendo lentamente contra el respaldo de la silla. No podía creerlo, simplemente no podía creerlo, no podía entender las implicaciones de aquello. La firma que había en aquellos cheques era muy femenina. Se había intentado disfrazar la escritura usando una letra que era mezcla de letra de imprenta y letra de mano, pero eso no importaba. Lo que importaba, lo que lo había golpeado con tal fuerza que sintió como si lo hubieran apaleado, era el nombre: Tessa Conway. ¡Tessa! Dios del cielo, ¿cómo podía ser ella? ¿Cómo podía pegarse a él como lo hacía, responder con tanta ferocidad, murmurar que lo amaba, mientras durante todo ese tiempo estaba robando a la empresa que era su trabajo proteger?
Levantó una temblorosa mano hasta sus ojos, como si quisiera protegerlos de la indiscutible evidencia que había ante él, pero no podía protegerse de sus propios pensamientos, que cada vez eran más amargos. Lo había usado, por un motivo tan viejo como el mundo. ¿Había pensado ella que forjando una relación con él no la procesaría si era descubierta? ¿Había pensado que incluso la protegería? ¡Maldición, si hasta le había dado su virginidad! Desde luego era una mujer lista. Pocos hombres se podrían liberar de las cadenas entrelazadas de culpabilidad, responsabilidad y pasión.
Había quedado como un tonto, pensó amargamente. Pero al menos no había tenido tiempo de pedirle que se casara con él. Al menos ella no sabía hasta que punto era él un idiota. Ese era el único consuelo que su orgullo podría encontrar, que ella no lo sabía. Una rabia negra empezó a hervir dentro de él cuando se la imaginó con aire de suficiencia, felicitándose por atraerlo tan fácilmente a sus redes. Apenas había pasado una semana desde que la había visto por primera vez y ella ya lo tenía atado, dispuesto a abandonar su trabajo y llevarla al rancho, lleno de sueños estúpidos sobre el futuro con ella como su esposa, hasta planeando los hijos que tendrían.
Era un infierno. Los signos habían estado allí para leerlos, si él no se hubiera dejado cegar por su propia lujuria. Tessa tenía tanto la habilidad como la oportunidad. Su apartamento, aunque no lujoso, seguramente no era barato. Conducía un coche nuevo, se vestía bien. Había crecido en la pobreza, tanto que su tía había tenido que acogerlas. ¿Había visto ella su robo simplemente como un seguro contra la miseria?
¡La pequeña perra mentirosa!
Se levantó rabioso de la silla, pasándose una mano por el pelo. Temblaba con la fuerza de su furia, una cólera tan poderosa que le quemaba las entrañas. Fuese cual fuese el motivo, ella era una ladrona y él era un idiota. Había estado tan caliente por ella que había descuidado su trabajo, algo que nunca había hecho antes. Pasaría mucho tiempo antes de que él se permitiera olvidar esto.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Sabía que era Evan.
—Adelante —dijo y se quedó asombrado del control frío de su voz.
—No podía alejarme de Ralph —dijo Evan cuando entró y cerró la puerta detrás de él. Ralph Little era el jefe del departamento de informática —. ¿Has conseguido el microfilm de los cheques?
Brett indicó su escritorio.
—Míralo.
Evan se acercó al escritorio y miró las copias de los cheques. Guardó silencio un momento, luego se frotó la nuca.
—Ah, maldición —dijo quedamente.
Brett guardó silencio.
Evan comenzó a jurar entre dientes, una serie de juramentos que habrían hecho honor a un marinero. Alzó la vista hacia Brett, sus ojos un poco atontados.
—Esto me pone enfermo.
Brett torció la boca amargamente, fue hacia la ventana y miró fuera.
—Conozco la sensación.
—Maldición, nunca pensé… ni aun cuando encontramos la cuenta falsa. Creí que solo era una coincidencia o que habían escogido el nombre porque se parecía mucho a Conmay.
—Sí, yo también —ya volvía a tener el control de sí mismo, ahora que había pasado el brutal choque inicial.
—¿Qué vas a hacer? —dijo Evan al cabo de un momento.
—Conseguir una orden de detención. Entablar una acción judicial. Hacer el trabajo para el que me enviaron aquí.
El acero de la voz de Brett hizo estremecer a Evan.
—Esperemos unos días; tal vez si hablamos con el señor Carter…
—Sus instrucciones son entablar una acción judicial y aplicar la ley con todo su rigor. Y tengo la intención de hacer justamente eso.
—¡Brett, maldita sea, es de Tessa de quien estamos hablando!
—Sé exactamente de quien estamos hablando: de un ladrón.
—No puedo hacerlo —susurró Evan.
No había nada más frío que los ojos de Brett. La expresión en ellos era un yermo ártico.
—Yo sí puedo —dijo.
Tenía que hacerlo. No le quedaba otra opción. Nada aliviaría el dolor de la traición, la sensación de que le habían arrancado algo de sus entrañas, pero al menos podría hacer el trabajo por el que había sido enviado a Los Angeles. Podía evitar hacer más el idiota de lo que ya lo había hecho. Con el tiempo incluso podría sentir algo de agradecimiento hacia Tessa. Después de todo, ella le había mostrado irrefutablemente que el mejor camino era el que siempre había seguido antes de conocerla: Disfruta de una mujer pero no le permitas atravesar tus defensas. No cometería ese error otra vez. Lo único que él podía hacer ahora era su trabajo… y pasar las noches sin ella, cuando su cuerpo la ansiaba, cuando su mente se llenaba de recuerdos eróticos haciendo el amor.
Ya se sentía atormentado. La apartó de sus pensamientos y caminó a grandes pasos hacia su escritorio para apretar el intercomunicador.
—Helen, póngame con la oficina del fiscal del distrito, por favor.
—¿El fiscal del distrito? —preguntó Helen para confirmarlo, con un tono algo desconcertado.
—Sí.
Apagó el interfono y se encontró con la mirada sombría de Evan.
—Tenemos todas las pruebas que necesitamos, aunque de todos modos haré que analicen la firma —dijo Evan—. Así podremos confirmarlo, si eso es lo que quieres hacer. Pero por el amor de Dios, no la arrestes aquí en el trabajo. No le hagas esto.
Los ojos de Brett se volvieron negros.
—No iba a hacerlo —dijo bruscamente—. ¿Crees que la humillaría así?
De golpe el dolor lo golpeó rudamente y cerró los ojos un momento. No, él no quería humillarla públicamente. Quería darle un susto de muerte para que no volviera a robar; después quería encadenarla a su muñeca, arrastrarla a Wyoming y mantenerla allí para el resto de su vida. Incluso ahora, aún sabiendo como lo había usado, la deseaba, y admitir eso le hizo tanto daño como el saber que ella había estado jugando con él.
El intercomunicador zumbó.
—Señor Rutland, el fiscal del distrito, John Morrison en la línea uno.
—Gracias Helen —Brett apretó el botón de la línea sin preguntarse como había conseguido Helen que se pusiera el propio fiscal. No le importaba. Lo único que podía hacer era concentrarse y acabar con todo esto, y sobrevivir.
Cuando diez minutos más tarde colgó el teléfono, tenía un vació en el estómago. Las ruedas se habían puesto en movimiento. El sudor perló su frente y se lo quitó.
—Tenemos que llevar todo esto a la oficina del fiscal —dijo, indicando las copias irrefutables de los cheques, los montones de listados del ordenador, las listas de números de cuentas, todo lo que habían usado para saber cuales eran los pagos legítimos.
—Sí —la voz de Evan sonó apagada y su cara estaba gris. Brett se preguntó por un momento como diablos se vería él si Evan se veía tan mal. Evan la conocía solo superficialmente, mientras que él… Dios mío, él la había tenido debajo en la cama, retorciéndose en una violenta necesidad, su dulce y caliente cuerpo pegado a él, aceptando sus poderosos empujes con alegre abandono. Al menos había mantenido la cabeza lo suficientemente fría como para no dejarla embarazada… En cuanto tuvo ese pensamiento, sintió frío. Ayer por la tarde. Recordó estar de pie en la entrada, levantándola y estrechándola contra él. Recordó sus piernas alrededor de la cintura. La había llevado a la cama, y en su urgencia para poseerla no se acordó de protegerla. Quizás en el fondo de su mente no había visto la necesidad de hacerlo, ya que había decidido casarse con ella tan pronto que cualquier embarazo solo habría llegado un poco más pronto. Pero ahora…
¿También eso era parte de su estrategia? Ella nunca había mencionado el control de natalidad. ¿Deliberadamente la había ignorado, esperando que la posibilidad de estar esperando un bebé suyo lo forzaría a protegerla si la descubrían?
¿Qué maldita diferencia había? Se preguntó atormentado. Si ella estuviera embarazada, fuera accidental o deliberadamente, él tendría que protegerla. No podía permitir que su hijo naciera en un hospital de la prisión. Ya no tendría la posibilidad de dejar su trabajo. Tendría que ir a hablar con Joshua Carter y retirar los cargos contra ella, tenía la autoridad legal para hacerlo, y la usaría si era necesario. Una sonrisa amarga curvó su boca. Era una medida de hasta donde había llegado su locura, que deseara que estuviera embarazada y así tener una excusa para intervenir y sacarla de todo este lío en el que se había metido.
—Brett, ¿estás bien?
La pregunta hecha por Evan a regañadientes lo sacó de sus negros pensamientos y se dio cuenta de que tenía los puños apretados. Despacio, se obligó a relajarse.
—Estoy bien —dijo, pero las palabras le quemaban la garganta, como si las hubiera gritado—. Llevemos todo esto a la oficina del fiscal y acabemos de una vez.
Aquel día, durante el almuerzo, Tessa no podía evitar la sonrisa en sus labios ni el brillo de sus ojos. Estaba enamorada, y después de lo de ayer estaba segura de que Brett también la amaba, aunque no lo hubiera dicho. Instintivamente se dio cuenta de que a él le costaría decirlo; que estaría reacio a admitir su vulnerabilidad emocional. Su carácter distante y controlado le hacía difícil permitir que alguien se acercara a él, pero no tenía ninguna duda de que por algún maravilloso milagro ella había hecho precisamente eso. El pensar que tenía el amor de aquel hombre increíblemente duro y atractivo la hacía sentirse extrañamente humilde. Su vida había sido monótonamente común y normal, nunca había hecho nada excepcional o trascendental como para merecer su amor. No era una abogada o ejecutiva importante, o una doctora apasionadamente dedicada o una artista con un gran talento. Era una contable y contenta con su vida, pues carecía de una intensa ambición con la que embellecer su vida. Sus únicos regalos eran la risa y la habilidad para disfrutar la vida. ¿Cómo podía ser que eso fuera suficiente para atraer a un hombre como él? ¿Y de verdad le importaba siempre que él se sintiera atraído? ¡Desde luego que no!
Era tan feliz que cuando el camarero le sirvió descuidadamente la comida, su alegría se desbordó y lo recompensó con una sonrisa que lo dejó aturdido y se retiró con una expresión atontada en la cara.
—Se te ve feliz —subestimó Billie secamente.
—¿A mí? —feliz no era como se sentía. Se sentía delirante de alegría.
—El camarero tiene la lengua colgando —Billie rio—. ¿Tengo que suponer que has pasado un agradable fin de semana?
—Nunca me imaginé que pasara tan rápido —reflexionó Tessa, contestando a la pregunta de Billie oblicuamente—. Creía que crecería gradualmente, como construir un edificio ladrillo a ladrillo.
—Brett Rutland no parece un tipo que pueda tener la paciencia para ir ladrillo a ladrillo. Nunca debería haber dudado de ti. El pobre tipo no tenía ninguna posibilidad. En vez de advertirte a ti, tendría que haberlo advertido a él. ¿Y cuándo es la boda?
—No hemos hablado de eso —contestó Tessa serenamente, sin dudar de que el tema saldría pronto—. Si puede escaparse este fin de semana, me llevará a su rancho de Wyoming.
—Oh, oh. ¿A presentarte a la familia?
—Su padre. Los dos son propietarios del rancho. No ha mencionado a ningún otro familiar.
—Entonces ningún problema. ¿Y sabes qué? —Billie suspiró con intensa satisfacción—. Nos cronometramos la mar de bien. Las dos en el mismo fin de semana.
Tessa asombrada, miró la cara iluminada de Billie, luego rápidamente echo un vistazo a su mano izquierda. Estaba adornada con un brillante diamante. Dio un grito, luego se levantó de un salto para arrancar a Billie de su silla y abrazarla.
—Te has movido furtivamente —se rio—. ¡No me habías dicho que ibas en serio con alguien! Bueno, ¿quién es? ¿David? ¿Ron? ¡No, ya lo sé, no me lo digas! ¡Lo sé!
—No lo sabes —se rio Billie, sin hacer caso de la escena que hacía en el restaurante.
—¡Patrick!
—¿Cómo lo has sabido? —gritó Billie agudamente; luego se abrazaron la una a la otra de nuevo.
—Esto pide un brindis —dijo Tessa cogiendo su vaso de agua mineral —. ¡Por Billie y Patrick!
—Por Tessa y Brett —Billie cogió su taza de café y las dos chocaron vaso contra taza, luego bebieron. Cuando volvieron a sentarse, Billie preguntó:
—¿Cómo lo has sabido?
—Elemental, mi querida Billingsley —Tessa inspiró—. Patrick es, sin lugar a dudas, más listo que los otros dos.
Billie había estado saliendo con Patrick Hamilton, así como también con sus otros dos pretendientes durante casi un año, pero nunca había revelado ni una preferencia por ninguno de ellos. Sin embargo Tessa pensaba que Patrick era definitivamente el mejor hombre para Billie. Era un ingeniero civil, más cómodo en vaqueros y casco protector que en traje, pero con una masculinidad segura de sí mismo, que haría maravillas en el ego bastante delicado de Billie.
—Gracias —dijo Billie suavemente—. ¿Qué habría hecho sin ti?
—Encontrarlo y casarte con él. Ya te lo he dicho. Patrick es listo.
—Nunca me había mirado más de dos veces antes de que tú vinieras e hicieras que dejara de parecer un fugitivo de un concierto malo de rock. Supe lo que hacías, pero fingí que no me daba cuenta —admitió Billie tímidamente—. Cuando Patrick me invitó a salir, tuve que pellizcarme para saber si era real. Quiero decir que yo ya me había fijado en él. ¡Y él se fijó en mí! No me lo podía creer; pero no quise hacerme ilusiones. Pero este fin de semana… bueno, él se irá del país por un trabajo que lo mantendrá fuera unos dos años, y Patrick… Patrick me puso este anillo en el dedo y me informó rotundamente que no tenía ni una maldita intención, esas fueron sus palabras, de pasar dos años sin mí, así que tendría que dejar mi trabajo e irme a Brasil con él —sonrió abiertamente—. Casi me hice un esguince en la lengua de lo rápido que le dije que sí. Me despediré a finales de este mes.
Estaban tan concentradas en su celebración que casi llegaron tarde al trabajo, y Tessa pasó el resto del día como en una nube. Brett no la había llamado para hacer planes para la noche, pero en cierta forma, ella no lo había esperado. Su relación había progresado hasta el punto en que sentía que él sabía que ella no tendría ningún otro plan, porque lo esperaría esta noche. Ni siquiera sintió una punzada de arrepentimiento cuando rechazó las invitaciones de dos hombres muy agradables. Simplemente no eran Brett.
Después del trabajo se precipitó hacia su casa, sacó unos bistecs de ternera del congelador y la puso en el fregadero para que se descongelara. No sabía que clase de trabajo hacía Brett, pero había visto la tensión en su cara cuando apareció ayer por la tarde. Estaba cansado; si quería cenar, cenarían allí. Y si tenía que trabajar, bueno, ella de todas maneras tenía que cenar, pensó filosóficamente, aunque se sintiera sola por el mero hecho de pensar que no lo vería aquella noche.
Se paró en medio de la cocina, sus ojos soñadores, su pulso acelerado. Hasta que lo encontró, no se había dado cuenta de que ella fuera tan sensual, pero todo lo que tenía que hacer era mirarlo para sentir como se calentaba su cuerpo. Lo amaba con una intensidad que era alarmante, porque su vida se había enfocado en él, excluyendo todo lo demás. La manera en que le hacía el amor inundó su mente y la llenó de un deseo febril. No podía controlarlo, ni siquiera quería controlarlo. Solo quería estar con él cada noche del resto de su vida. Quería tener a sus hijos, pelearse con él, amarlo, pasear a su lado por el rancho, coquetear hasta que sus hermosos ojos color mar ardieran de deseo y la poseyera con una necesidad obsesiva. No podía esperar para decírselo a la tía Silver…
¡Silver! Gimiendo, Tessa se acordó de la carta de Silver que había en el buzón, pero había tenido tanta prisa para sacar los filetes del congelador, que había lanzado todo sobre el sofá y se había ido directamente a la cocina. Volvió a la sala de estar, rebuscó el correo, cogiendo la carta de Silver y rasgó el sobre.
Sonriendo leyó la larga carta. Las montañas estaban llenas de flores y los veraneantes ya habían empezado a llegar a Gatlinburg. La tienda de Silver iba tan bien que había tenido que contratar a alguien para que la ayudara, y un hombre se le acercó porque quería comprar la vieja granja de Sevierville, si Tessa estaba interesada en vender su mitad.
Silver no mencionó a Brett hasta el último párrafo, pero Tessa soltó una carcajada cuando lo leyó. Ya sabía que el instinto de Silver se sentiría atraído como el acero al imán. “Tráeme a ese Brett Rutland para verlo —la instruía Silver en su carta—. Tu mano temblaba cuando escribiste su nombre”.
Sonó el timbre de la puerta y, todavía riéndose quedamente, Tessa dejó la carta a un lado. Su corazón ya había empezado a correr cuando abrió la puerta, esperando a Brett. Pero no era Brett el que estaba allí. No conocía al hombre ni a la mujer que la miraban.
—¿Teresa Conway? —preguntó la mujer.
—Sí. ¿En qué puedo ayudarles?
La mujer abrió la tapa de su cartera, exhibiendo una insignia.
—Soy la detective Madison, del L.A.P.D. Este es el detective Warnick. Tenemos una orden de arresto para usted.
Ya era de noche cuando Tessa volvió a su apartamento. Anduvo a tientas en la oscuridad hasta el sofá, ni siquiera se le ocurrió encender la luz. Se sentó, la carta desechada de Silver crujió bajó ella, y automáticamente apartó las hojas de papel. Pequeños temblores sacudían todo su cuerpo y no podía detenerlos. Había estado temblando durante horas, desde que la pesadilla había empezado. Esto no estaba ocurriendo. No podía estar ocurriendo. Al principio no había creído al detective Madison. La verdad es que se había reído, y preguntó quién estaba detrás de aquella broma. El detective Warnick le había leído sus derechos, amablemente pero inexorablemente había insistido en que cogiera su bolso y fuera con ellos, y aún entonces Tessa no había creído que fuera algo serio. Solo cuando fue escoltada fuera y colocada en el asiento trasero de lo que indudablemente era un coche de policía comprendió que no era ninguna broma, y fue entonces cuando empezó a temblar.
La habían detenido por desfalco. No había entendido demasiado de lo que le habían dicho. Y habían dicho mucho, pero aunque hizo un gran esfuerzo por concentrarse, nada de lo que decían tenía ningún sentido. Estaba demasiado asustada, también demasiado atontada como para entenderlo. La comisaría había sido un zumbido de actividad, con gente yendo y viniendo y sin prestarle la menor atención, pero la registraron con tal indiferencia profesional que se quedó helada. Le habían tomado las huellas digitales y le hicieron una foto y ambos la interrogaron. Alguien le había dado un pañuelo para limpiarse la tinta negra de las yemas de los dedos y ella se había dedicado a esa tarea. Había sido de suma importancia limpiarse la mancha de las manos.
Finalmente le vino el pensamiento de que debería llamar a Brett. Él la sacaría de esta pesadilla. Pensando en él se había tranquilizado. No había nada que Brett no pudiera manejar. Aclararía este error, porque obviamente eso es lo que era. ¿Pero y si no estaba en el hotel? ¿Y si estaba esperando en su apartamento, poniéndose cada vez más furioso porque ella no estaba allí? ¿Y si pensaba que había salido con otro hombre… lo que en cierto modo era verdad?
Casi se puso a reír nerviosamente, pensando en el modo en el que el detective Warnick la había sostenido del brazo cuando iban hacia el coche.
Pero de todos modos llamó al hotel, solo para escuchar que el señor Rutland había dado instrucciones para que no le pasaran ninguna llamada. Tessa intentó explicar que era una emergencia, pero el telefonista del hotel fue inamovible. Desesperada, pidió que le pasaran con la habitación de Evan Brady. Él le podría llevar un mensaje a Brett, si Brett estaba trabajando.
Evan contestó al segundo timbrazo y con una prisa que la hacía tartamudear le explicó lo que pasaba y que tenía que hablar con Brett. Hubo una larga pausa, luego Evan dijo sin entonación.
—Él lo sabe.
Los dedos de Tessa temblaron tanto que casi se le cayó el teléfono.
—¿Q-qué? —tartamudeó—. ¿Cómo…? Bueno, no importa. ¿Cuándo llegará aquí?
—Yo… eh… no creo que vaya.
Eso no tenía sentido. Tessa cerró los ojos, reprimiendo las náuseas que la amenazaban desde hacía un rato.
—¿Qué quiere decir? Usted no entiende de lo que hablo…
—Sí, lo entiendo —la voz en su oído se hizo más áspera—. Señorita Conway… Tessa… Brett ha sido quien ha presentado cargos contra usted.
¿Había dicho él algo más? Tessa no lo sabía, simplemente había apartado el teléfono de su oreja y se había sentado allí agarrando tan fuerte el receptor con la mano que sus dedos se habían vuelto blancos, hasta que el detective Warnick se lo quitó cuidadosamente de la mano y se ofreció, probablemente contra todas las normas, a llamar por ella a alguien más. Ella rehusó, su mente en blanco, sus emociones entumecidas. ¿A quién más iba a llamar? ¿Y de todos modos, qué importaba?
No vio las miradas algo preocupadas que intercambiaron los detectives Madison y Warnick. No encontró extraño que le pusieran en la mano una taza de café muy caliente, que apretó entre sus dedos. No bebió, pero la sostuvo, agradecida por el calor que le daba a sus manos heladas.
La informaron que el tribunal designaría un abogado de oficio para ella si no podía permitirse uno, y frunció el ceño, perpleja.
—Puedo permitirme un abogado —dijo suavemente y volvió a examinar los remolinos de color que hacía la superficie del café.
Le habían permitido firmar su propia fianza y así lo hizo, pero aunque ya podía irse, no le pareció importante y siguió allí sentada, en la incómoda silla. Cuando la detective Madison acabó su turno, a las once, se ofreció a llevarla en su coche, y así fue como Tessa llegó a su casa.
No podía pensar. Palabras sin formarse creaban remolinos en su mente, pero no las podía sujetar lo bastante fuerte como para que se volvieran coherentes. Por fin, moviéndose despacio y a trompicones se enroscó como una pelota en el sofá, como para protegerse del dolor que la esperaba si ella se permitía notarlo. Estaba allí, cerniéndose sobre el borde de su consciencia, agachado como un animal salvaje, preparado para saltar sobre ella y destrozarla. Solo si no se permitía notarlo, si no admitía su presencia, estaría a salvo. Estaría salvada. Diciéndose eso a sí misma, se hundió en la oscuridad consoladora del sueño.
Ya era de día cuando se despertó y se levantó con la mente espesa por el sueño, pero se dio cuenta instintivamente que era tarde. Tenía que apresurarse o llegaría tarde a trabajar. Quitándose la ropa arrugada fue a trompicones hacia el cuarto de baño, sin preguntarse por qué había dormido en el sofá. Ya estaba bajo la ducha cuando recordó lo que había pasado la noche antes. ¿Llegaría tarde a trabajar? ¡Los guardas probablemente tendrían órdenes expresas de no dejarla entrar en el edificio! Si había algo de lo que estaba segura era de que ya no tenía trabajo.
Fue entonces cuando llegaron las primeras lágrimas, y lloró impotente mientras automáticamente se enjabonaba y se enjuagaba. ¿Cómo había pasado todo esto? No tenía ningún sentido. Ella nunca había robado nada. ¿Acaso Brett no lo sabía? ¡Tenía que saberlo! A no ser que alguien deliberadamente hubiera hecho que pareciera que ella había cometido un desfalco, por supuesto. ¿Qué más podía ser? Tenía que hablar con Brett. Si él creía que ella había estado robando, tenía que haber una evidencia bastante fuerte contra ella, pero haría que él la creyera.
Apresurándose ahora, cerró el grifo de la ducha, se secó, luego se envolvió en una toalla y fue hacia el teléfono, marcando los números de Ingeniería Carter. La pasaron con la oficina de Brett sin ningún problema y su ánimo empezó a levantarse alocadamente. Pero cuando Helen Weis contestó al teléfono y Tessa pidió que le pasara con Brett, Helen vaciló.
—Lo siento —dijo finalmente—. El señor Rutland no atiende ninguna llamada.
—Por favor —pidió Tessa—. Soy Tessa Conway. ¡Tengo que hablar con él!
—Lo siento —repitió Helen—. Dijo expresamente que no atendería ninguna llamada de usted.
Tessa temblaba otra vez cuando colgó el teléfono. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué podía hacer? Brett no quería hablar con ella, y ante eso ella estaba perdida.
Varios minutos más tarde, suspiró y enderezó la espalda. No, no estaba perdida. Si no podía hablar con Brett por teléfono, iría a verlo personalmente, a su hotel, esa tarde. No iba a dejar que continuara pensando que era una ladrona. Incluso no iba a creer que había sido él el que la había demandado hasta que el mismo Brett se lo dijera. Mientras tanto tenía que tomar medidas para protegerse. Había sufrido un shock, pero no estaba indefensa, y no iba a permitir que la condenaran y la metieran en la cárcel por algo que no había hecho. El primer paso era contratar a un abogado, y el mejor lugar para encontrar uno era la guía telefónica.
Al mediodía había contratado los servicios legales de Calvin R. Stine y había tenido una larga reunión con él.
Había resultado ser un hombre observador, al principio de los treinta y estaba empezando a establecerse como abogado. Había pedido mucha información, la mayoría de la cual a Tessa le había parecido irrelevante, pero contestó todas sus preguntas de buen grado. También le había dicho a ella lo que podía esperar. Su caso, siendo un delito mayor, sería llevado ante un jurado de acusación, que consideraría la prueba y decidiría si el Estado de California tenía pruebas suficientes en su contra para garantizar un juicio. Si el jurado decidía que no había pruebas suficientes sería absuelta.
Tessa fijo sus esperanzas en eso. Si la procesaban… no creía que pudiera soportarlo.
Cuando finalmente dejó la oficina de Stine, se sintió tan débil que apenas podía andar y con una leve sorpresa se dio cuenta de que no había comido nada desde el almuerzo del día antes, cuando Billie y ella rieron y brindaron la una por la otra. ¡Qué intensamente había brillado el sol apenas veinticuatro horas antes! Ahora todo era gris, pensó, sin notar en el magnífico día de primavera que hacía.
Tenía que comer algo, pero ya casi era la hora en que Brett regresaría al hotel y no quería perder la oportunidad. Lo mejor que podía hacer, pensó, era ir hacia el hotel y comer algo en la cafetería de allí.
Hizo exactamente eso, pero cuando le sirvieron el sándwich de dos pisos, solo pudo picotear un poco. Cada trozo que mordía se le dilataba en la boca cuando lo masticaba y sabía a serrín. Tenazmente se obligó a tragar un poco, luego cogió un poco de lechuga y se la comió mientras bebía poco a poco el agua mineral de su vaso y miraba la hora cada dos por tres. ¿Brett dejaría puntualmente el trabajo a las cinco? No lo conocía lo suficiente como para saber sus hábitos personales, comprendió con una aguda punzada. Él no la conocía lo suficiente como para creer sin lugar a dudas de que no era capaz de malversación.
Finalmente, cuando la camarera empezó a mirarla con desconfianza, Tessa decidió probar su suerte. Si aún no estuviera en su habitación, simplemente esperaría un ratito en el vestíbulo y luego lo intentaría otra vez. Afortunadamente no tuvo que pedir su número de habitación. Brett se lo había dado la semana pasada por si ella quería ponerse en contacto con él.
Sus rodillas le temblaban tanto que tuvo que sujetarse al pasamanos del ascensor cuando este se elevó, y todavía le temblaban cuando buscó su habitación. Cuando finalmente la encontró, se quedó congelada, en blanco, ante la puerta. ¿Y si no la dejaba entrar? Respirando profundamente varias veces, golpeó la puerta con fuerza.
Evidentemente debía esperar a alguien porque abrió la puerta sin preguntar quién era. Se quedó muy quieto, mirándola fijamente, su cara ásperamente tallada era despectiva.
—No creía que te atrevieras a venir —dijo fríamente.
—Tengo que hablar contigo —dijo Tessa desesperadamente, casi llorando, mirándolo.
—¿Realmente es necesario? —su voz estaba impregnada de aburrimiento—. No lograrás nada, como no sea hacerme perder el tiempo.
—Tengo que hablar contigo —repitió, y con un suspiro Brett dio un paso atrás, abriendo más la puerta.
—Entonces habla.
Tessa entró en la habitación, manoseando nerviosamente el bolso. Había tenido la intención de decirle inmediatamente que no era culpable, pero ahora que lo miraba y podía ver la aversión en sus ojos, como si con ella hubiera entrado en el cuarto un mal olor, no podía hacerlo. No parecía un hombre quebrantado, un hombre al que hubieran obligado a hacer algo que tendría que haber sido tan traumático para él como lo había sido para ella. Parecía más frío y controlado de lo que había estado alguna vez. No había ningún indicio en sus ojos que demostrara que aún se acordaba de las horas de sexo que había habido entre ellos.
Se paró en medio de la habitación y obligó a sus manos a cesar en sus movimientos nerviosos.
—Evan Brady… —su voz débil y temblorosa y se detuvo, aclarándose la voz—. Evan Brady me dijo que has sido tú el que me has demandado.
—Así es —dijo Brett despreocupadamente, apartándose de ella y apoyándose contra el borde del escritorio, delante de la ventana. Estiró las largas piernas, cruzándolas negligentemente por los tobillos.
—No me advertiste…
Brett se echó a reír, una risa fría, despectiva le lastimó su piel, haciéndola estremecer.
—¿Acaso creíste que porque teníamos relaciones sexuales juntos, estaría tan cegado por ti que dejaría que te salieras con la tuya en lo del robo? Follas bien, cariño, lo admito, pero yo tenía un trabajo que hacer.
Tessa clavó los ojos en él, la respiración se detuvo en su pecho, aunque su corazón latía tan fuerte que su sonido le llenaba la cabeza. ¡Él no podía estar diciendo aquellas cosas! Estaba tan quieta y pálida como una estatua, solo sus ojos que ardían lo miraban. Lentamente repasó sus palabras, sintiendo morir algo dentro de ella. Su lengua estaba entumecida y no quería trabajar, pero arrancó las palabras.
—Tú dices… me estás diciendo que la única razón por la que me pediste… que la única razón…
—Tú facilitaste nuestra investigación —dijo él y sonrió—. Tal vez no debería haber aprovechado los beneficios complementarios que me ofreciste, pero eres una cosita atractiva, y quise que te sintieras lo bastante segura como para no huir —tenía la mandíbula apretada por el esfuerzo que le costó reír, mentalmente le dio las gracias por darle ella misma una excusa. No podía dejar que ella viera que casi lo había tenido de rodillas. Aunque solo fuera por su orgullo, tenía que mantenerse firme. Dios, era preciosa, y tan delicada que casi era imposible creerla capaz de malversación, a pesar de que él mismo había visto la evidencia.
—Otra cosa —dijo, disfrazando su amargura con un tono casual—. Me hiciste perder la cabeza el domingo por la tarde y me olvidé de protegerte. Es poco probable, pero si estás embarazada, avísame. Maldita sea, conociéndote es posible que lo hicieras deliberadamente, un embarazo cambiaría las cosas —admitió de mala gana.
Tessa no se había movido ni un milímetro. Su cara estaba tan blanca como el papel.
—No, no creo que cambiara nada en absoluto —dijo y se fue.
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