Alas de plata
Fjällbacka. El pasado
NOS BAJAMOS DEL barco y Tomas dijo que cerca de allí, en el bosque, había una cabaña; la encontramos en una zona despejada, después de un corto paseo. Delante había una parrilla, y Sebastian empezó a encender el fuego enseguida. Allí, con sus amigos, parecía más contento y más seguro de sí mismo que cuando estábamos en casa, más resuelto y enérgico.
Yo también estaba menos tensa y disfrutaba al verme por fin integrada y aceptada. Era la hora del almuerzo y estábamos muertos de hambre, así que asamos unas salchichas y nos pusimos a comer. Los chicos siguieron bebiendo cerveza mientras yo me pasaba a la Coca-Cola.
Tomas vino y se sentó a mi lado. Noté el calor de su cuerpo y tuve que refrenar el impulso de pegarme un poco más.
—¿Te acuerdas de aquella pasta asquerosa que comíamos cuando éramos pequeños y salíamos de excursión con el colegio? Envolvíamos en ella las salchichas antes de asarlas —dijo Tomas.
—Ay, sí, ¡puaj! Aquella mezcla de harina, sal y agua, ¿no?
—¿Cómo la llamaban? ¿Masa mágica?
—¿Esa no era la plastilina casera que usábamos para jugar?
—Era la misma, ¿no?
—¡Qué asco!
Me eché a reír. Sentí que era una risa sincera que me llegaba a lo más hondo.
—¿Es que no te gusta la cerveza? —preguntó Tomas señalando mi lata de refresco.
—Sí, sí, lo que pasa es que ya empezaba a notar un poco de mareo — respondí algo avergonzada, y escondí el refresco a mi espalda.
Se volcó y me levanté de un salto.
También Tomas se levantó enseguida, miró a su alrededor en busca de algo con lo que secar la mancha de la falda, pero no encontró servilletas ni nada de papel, así que arrancó un puñado de musgo gris y empezó a frotar la mancha, que se quedó igual de mojada y, además, sucia.
—Tú en la asignatura de Hogar no eres de los buenos, ¿no? —dije con una risita, y Tomas se encogió de hombros con expresión bobalicona.
—¿Se nota mucho? —preguntó.
Allí estaba otra vez, ese destello en sus ojos…
Roger y Sebastian no nos quitaban ojo. Hablaban en voz baja, muy cerca el uno del otro. Un escalofrío me recorrió la espalda, y pensé que sería por el viento.
Después de comer nos fuimos a la cabaña, en cuya cerradura había puesta una llave oxidada. La giré y entré, aunque no había mucho que ver en su interior.
—En fin, no puede decirse que sea un chalé de lujo —afirmó Tomas, pero Sebastian le dio una palmada en la espalda.
—Es gratis, ¿qué te esperabas? Claro, como tú duermes en sábanas de seda…
—Oye, cuidado con lo que dices —le cortó Tomas dando un puñetazo en el aire hacia Sebastian, que se apartó de un salto.
Cuando los ojos se habituaron a la penumbra traté de examinar el lugar. Fuera brillaba el sol intensamente, pero allí dentro no se veía prácticamente nada; dos gruesas planchas de madera cubrían la ventana, y no había más mobiliario que una cama con un colchón sucio en un rincón. Roger le dio sin querer una patada a una lata de conserva vacía, que salió rodando por el suelo. Me sobresalté con el ruido, se me aceleró el corazón como el de un colibrí, pero me tranquilicé enseguida.
Me preguntaba quiénes habrían vivido en aquella cabaña. Tendría cien años por lo menos. Y ¿habrían estado allí de forma permanente, en invierno y en verano? Seguro que sí. Yo sabía que antes había familias que vivían todo el año en las islas, y a lo mejor aquella cabaña estuvo un día llena de niños pequeños.
A veces me imaginaba viviendo en una de esas islas siempre azotadas por el viento, sin más compañía que las gaviotas, las malvarrosas, la madreselva y los cangrejos que subían arrastrándose por las rocas.
Pasé la mano por las paredes siguiendo las vetas de la madera mientras me adentraba más en la cabaña. Había dos habitaciones diminutas. Me asomé a la del fondo, pero el olor a moho era tan fuerte que me aparté enseguida de allí.
—¿Hola?
Los llamé, pero nadie respondió. Los chicos habían salido y la puerta estaba cerrada. Me acerqué y bajé el picaporte. Cuando comprendí que habían echado la llave, volví a sentir un escalofrío.