Alas de plata

Camilla Läckberg · Capítulo 61 de 76

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Alas de plata

Capítulo 43

 

FAYE RESPONDIÓ Y puso el altavoz. Jack se colocó en cuclillas delante de ella con el cuchillo preparado.

—¿Sí? —contestó.

—Hola, soy Oscar Veslander, de la Policía de Estocolmo —respondió una voz. Faye contuvo la respiración—. Nada, llamamos como todos los días, solo para comprobar que todo está en orden.

Faye miró a Jack a los ojos; era incapaz de reconocer en ellos al hombre con el que había compartido su vida. ¿Quién era aquella persona?

—Sí —dijo, y Jack asintió. Desplazó las manos hacia las ingles de Faye—. Todo en orden.

Jack le rajó la camiseta. Faye empezó a temblar.

—¿Dónde te encuentras?

Faye apretó los dientes. Se retiró un poco para evitar la punta del cuchillo.

—¿Hola?

Miró a Jack, que no pestañeó siquiera.

—Estoy en casa, trabajando —respondió con voz monótona.

—Por desgracia, no tenemos noticias de tu exmarido, pero estamos haciendo todo lo posible por encontrarlo, te lo aseguro.

—Bien. Estupendo. Ya sé que os esforzáis al máximo.

La voz le tembló un poco.

No se había dado cuenta antes, pero ahora lo sabía: Jack estaba loco. Era totalmente impredecible y capaz de decidirse a matarla en cualquier momento. Tenía que salir de allí.

—Si tienes alguna duda, llámanos. Que pases un buen día.

—Gracias, lo mismo digo.

Faye colgó y bajó la vista hacia Jack.

Él se levantó despacio, sin apartar la mirada. De pronto, y sin previo aviso, volvió a golpearla. Faye se desplomó en el sofá. Jack echó mano del teléfono mientras ella observaba.

—Jack, tienes que irte, tienes que huir de aquí. De lo contrario, te atrapará la policía. Yo no voy a decir nada, ni que has estado aquí ni lo que has hecho.

Él no respondió.

Lo único que se oía eran sus jadeos al respirar pesadamente. Se sentó delante de ella, se llevó a la nariz uno de sus rizos y aspiró el aroma.

—Echaba de menos tu olor. A pesar de todo lo que me has hecho. Eres el amor de mi vida. Nadie más significó nada para mí ¿no lo entiendes? ¿No entiendes que lo hacía porque podía, porque las mujeres se abalanzaban sobre mí? Fui débil, pero en realidad, solo tú me importabas.

Faye se estremeció. Parecía que Jack se estuviera despidiendo de ella.

—¿Piensas matarme?

—No lo sé. Creo que sí.

Se le aceleró tanto el pulso que empezó a sentirse mareada. Se le nubló la vista.

—No, Jack, tú no eres ningún asesino, no eres así de verdad. Soy yo. Faye.

Le puso las manos en las mejillas y lo obligó a mirarla.

—Tienes otra hija, Jack. ¿Qué será de ella si te acusan de otro asesinato? La policía te atrapará tarde o temprano. Y Julienne… tienes razón, está viva, está a salvo. Si olvidamos esto, si me perdonas… Ella sentiría una felicidad inmensa. Todavía habla de ti. Tú eres su héroe, Jack. A pesar de todo, tú eres su héroe.

Faye tragó saliva y escrutó a Jack con la mirada para comprobar si sus palabras surtían algún efecto. Antes era capaz de leerle el pensamiento solo con verlo entrar en la habitación, pero ahora su rostro no desvelaba nada. Jack se había convertido en un extraño.

—Y te echo de menos —confesó mientras dejaba correr las lágrimas—. A pesar de todo lo que hice, te quiero y siempre te he querido. Es solo que me hiciste daño. Me humillaste. Me destrozaste el corazón. Lo único que yo quería era vivir contigo y con Julienne, pero tú me engañaste, Jack. Primero me impediste que trabajara, me negaste el derecho a participar en algo que yo había contribuido a crear; luego, me impediste conservar a mi familia, me cambiaste por otra.

Jack apretaba las mandíbulas. Ya empezaba a dulcificar la expresión de la cara, y Faye gritó de alegría para sus adentros: «¿y si se marchaba sin más?».

—Julienne… —dijo Jack—. ¿Tienes alguna foto suya? Pienso en ella cada día, cada segundo.

Faye recordó las fotografías que había encontrado en el ordenador de Jack, aquellas fotografías terribles y asquerosas. La mirada vacía de Julienne. Jamás le mostraría una foto de su hija. Sin embargo, no tenía elección si quería sobrevivir y estar al lado de su hija en el futuro.

Asintió despacio.

—Podemos llamarla. Imagínate lo contenta que se pondrá al verte.

Jack entornó los ojos con suspicacia. Meneó la cabeza y dejó el móvil de Faye encima de la mesa.

—No. Nada de teléfonos, nada de tecnología.

Faye respiró hondo.

—Tengo una foto suya. ¿Quieres verla?

—¿Dónde?

—Si te apartas voy a buscarla.

Jack se levantó despacio.

Cuando Faye se puso de pie, él levantó el cuchillo.

—Si intentas engañarme, te mato. No lo olvides.

—Sí, lo sé.

Se dirigió al cuarto de baño con él pisándole los talones. Una vez allí, retiró con dificultad la bañera, metió el brazo por detrás y sacó la funda de plástico con la fotografía de Julienne y de su madre. Se irguió y le dio la funda a Jack. Él examinó la foto sin decir una palabra, pero el destello que vio en sus ojos la aterrorizó. Miraba la fotografía de Julienne como si fuera su presa, como si pudiera hacer lo que quisiera con ella, y, a continuación, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

En ese momento, Faye comprendió que había cometido un error, que él la había engañado. Y ahora iba a matarla. Jack levantó la mano en la que sostenía el cuchillo. Faye dejó escapar un grito y enseguida se le nubló la vista.