Alas de plata
Capítulo 27
SONÓ EL MÓVIL de David. Apareció una vez más «Johanna» en la pantalla; con un suspiro, lo puso boca abajo sobre la mesa y trató de aparentar normalidad.
Faye le sonrió, y David respondió, sonriendo también.
Se encontraban en un bar de tapas junto a una plaza con un empedrado muy bonito, no muy lejos de la Puerta del Sol.
Ya había anochecido, pero todavía hacía calor. Los fascinantes acordes de los músicos callejeros vibraban entre las fachadas pintadas de blanco. Faye llevaba un vestido color marfil, y David una camisa de hilo azul claro y unos pantalones de algodón muy ligeros.
Les sirvieron un plato con gambas al ajillo, que habían colocado en el centro de la mesa, y, a la derecha de Faye, una tentadora botella de Godello en un cubo plateado lleno de hielo.
—¿Quieres que hablemos del asunto? —preguntó Faye señalando el teléfono.
David meneó la cabeza.
—En realidad, no. No quiero hablar de nada que no tenga que ver con nosotros.
—Bueno, entonces no hablaremos.
—Ya tendremos que afrontar todo ese tipo de cosas cuando lleguemos a casa. Vamos a disfrutar de estar juntos aquí, en la ciudad más bonita de Europa, ¿no te parece?
Faye alzó su copa.
—Tienes razón.
—Estoy perdidamente enamorado de ti, ¿lo sabes? —le dijo David.
A pesar de que Johanna había intentado con todas sus fuerzas estropear su viaje, llevaban ya dos días maravillosos en Madrid. Faye se enamoraba más a cada minuto que pasaba con David. Era considerado y amable; le sujetaba la puerta para que pasara, le retiraba la silla, insistía en invitarla a todo, le compraba flores y chocolate… Al mismo tiempo, tenía una visión moderna de la igualdad entre los sexos, como si fuera algo evidente, y era capaz de ponerse en el lugar de las mujeres y ser consciente de hasta qué punto recibían un trato muy distinto al de los hombres. En los consejos de administración, en la calle, en las instituciones educativas… Le interesaba lo que ella tuviera que decir y le hacía preguntas no porque se sintiera obligado, sino por una curiosidad sincera por sus ideas y opiniones. Cuando ella hablaba a él le brillaban los ojos, hacía que se sintiera valorada y querida de un modo que no conocía.
Faye se dio cuenta de pronto de que estaba sonriendo, y David la miró interrogante, pero ella meneó la cabeza para darle a entender que no era nada. Resultaba imposible expresar con palabras todos aquellos sentimientos.
—Perdona.
David se levantó para ir a los servicios, que se encontraban en uno de los edificios de la plaza. Faye lo siguió con la mirada. Su móvil seguía en la mesa y, por un momento, se planteó echar un vistazo a sus conversaciones con Johanna para averiguar qué era lo que ella quería y ver cómo le hablaba él. Había tomado nota del código en una ocasión en que lo marcó delante de ella; sin embargo, quería confiar en él, así que se contuvo.
Revisar la correspondencia de David sería una intromisión en su vida privada y, aunque él nunca llegara a enterarse, ella sí lo sabría, de modo que se puso a mirar a los demás clientes que estaban sentados a su alrededor. Faye se había fijado en que muchas parejas apenas hablaban entre sí, y solamente se dedicaban a mirar el móvil con expresión distraída. Qué manera de perder el tiempo, y la vida… Debajo de un árbol enorme unos niños jugaban y corrían, riendo sin parar. Faye sonrió melancólica. Le habría encantado tener allí a Julienne, que pudiera conocer a David; él se convertiría en el padre que la pequeña tanto había echado de menos desde que Jack las abandonó.
De pronto se quedó perpleja: acababa de tomar conciencia de que se imaginaba perfectamente un futuro en el que David y ella tendrían hijos y formarían una familia.
La voz de David la sacó de su ensimismamiento.
—Faye…
Se sentó frente a ella y, al ver que la miraba angustiado, se le encogió el estómago. Algo no iba bien, se lo veía en la cara. Se agarró al borde de la mesa, se preparó para lo peor.
—Faye… he estado pensando…
Faye tragó saliva. Fuera lo que fuera, se comportaría con dignidad, no se mostraría débil en ningún momento.
—He estado pensando en lo a gusto que estamos juntos —continuó David —. O bueno, hablaré por mí: a mí me encanta estar contigo. Y espero que a ti te ocurra lo mismo.
La miró expectante, con una expresión de vulnerabilidad que rara vez mostraba. Faye se inclinó levemente sobre la mesa y le apretó la mano.
—A mí también me encanta estar contigo.
Los ojos azules de David brillaban con más intensidad que nunca mientras estrechaba con fuerza la mano de Faye.
—Sé que es pronto, pero es que no soporto estar lejos de ti. Me gustaría mucho que empezáramos a buscar algo juntos, un hogar que podamos crear los dos. Volver a empezar. Espero que no te parezca que me estoy pasando.
Apartó la mirada avergonzado.
En ese momento apareció el camarero con más platos, que colocó en la mesa: pimientos de Padrón, tortilla, jamón y croquetas.
Faye se oyó reír. Una risa que fue creciendo en medio de la oscura y suave noche, y que retumbó en el empedrado y contra las fachadas de ladrillo. De alguna parte, un poco más allá, se escuchaba un gran alboroto de música y risas que se abría camino a través de las estrechas callejuelas.
—Yo también quiero compartir un hogar contigo, David. Por ahora podrías mudarte al apartamento que tengo alquilado ¿no te parece? Hasta que podamos comprar algo juntos. Donde estoy ahora ya me han preguntado si quiero prolongar el contrato, y tú me has dado una razón para pasar más tiempo en Suecia…
—¿Seguro?
David volvió a estrechar la mano de Faye entre las suyas.
—Será nuestra prueba de fuego —dijo ella sonriendo—. Puedes mudarte en cuanto haya encauzado la operación de Estados Unidos.
David sacó del bolsillo una cajita muy bien envuelta con un lazo de seda precioso.
—Tranquila —susurró con media sonrisa—, no es un anillo. —Le lanzó un guiño—. Todavía no.
Faye apretó la cajita entre las manos tratando de adivinar qué contenía, pero, lógicamente, no tenía ni idea. Muy despacio, deshizo el lazo y la abrió. Dentro había un bonito medallón tallado en plata con una cadena.
Lo sacó para apreciarlo mejor.
—Me encanta. Es una preciosidad.
—Una vez me contaste que Kate Gabor te había fotografiado junto con… bueno, con tu familia, antes de que ocurriera todo. Así que me puse en contacto con ella, le dije quién era y por qué la llamaba… Abre el medallón, Faye.
Faye clavó la mirada en el medallón de plata y lo abrió despacio con dedos temblorosos. Dentro encontró su fotografía favorita de ella y de Julienne. Se veía perfectamente lo mucho que se querían, y ella acariciaba el pelo de su hija con muchísima ternura… Se quedó mirando el retrato. Y luego miró a David, tratando de contener las lágrimas.
Un músico callejero empezó a interpretar Kalinka. Mientras estaban allí, envueltos en la oscuridad de la noche, Faye comprendió que hacía mucho que no se sentía tan feliz. Y de pronto se acordó de lo que ella tenía para David. Se secó las lágrimas, rebuscó en el Birkin, sacó el paquetito y se lo dio a David. Mientras él abría el estuche del reloj Patek Philippe, ella se puso el medallón y lo acarició despacio pensando que quizá ya estaba preparada para formar otra familia.